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Purificarnos para la invasión de Dios

M.-D. Molinié

El coraje de tener miedo

Purificarnos para la invasión de Dios

 

Salto de agua

 

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Al analizar La prueba de la fe, hemos descubierto que «no hay más que un combate en la vida de un hombre: el del orgullo y el de la humildad» (Una entrevista al padre Molinié)[1].

Vamos a seguir profundizando en este combate, describiendo ahora varios errores que hacen imposible que afrontemos esta batalla en la que nos jugamos toda nuestra vida.

Si evitamos estos errores, podremos aceptar la purificación necesaria para dejar que Dios nos inunde, que es la meta de nuestra vida.

No identificar el verdadero ideal de la vida cristiana

 

Lío en la cabeza

 

Un primer error, que hace absurdo el combate, y que afecta a muchos cristianos, es cambiar la meta de la vida cristiana:

Muchos se imaginan que el ideal de la vida cristiana es evitar que el hombre viejo haga de las suyas. Hay que ir mucho más lejos, es preciso darle muerte (M.-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Madrid 19792 (Paulinas), 122).

Dicho de otro modo, creemos que es suficiente controlar el orgullo, pero que no hace falta eliminarlo. Bastaría, según esta postura, con evitar las manifestaciones más fuertes de nuestro orgullo, pero sin intentar arrancarlo del todo. Conformarnos con adormecerlo, pero sin pretender matarlo.

Esta forma de ver la vida cristiana se convierte en un gran obstáculo porque paraliza la lucha a vida o muerte contra el orgullo. Este planteamiento nos justifica planteándonos una meta, aparentemente más fácil y más cómoda, pero profundamente equivocada y errónea, y nos lleva a luchar sólo contra las manifestaciones más visibles del orgullo, sin atacar la raíz.

La gran mayoría de nosotros nos conformamos con convivir pacíficamente con el orgullo, sin que haga demasiados estragos. Dios quiere invadir todo nuestro ser y quiere eliminar el orgullo totalmente. El principal error de esta forma de plantearse la vida cristiana es que va en contra de lo que Dios quiere para nosotros.

Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días (Lc 1,73-75).

Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor (Ef 1,4).

Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada (Ef 5,26-27).

Como nosotros preferimos la tranquilidad a la lucha, intentamos convivir pacíficamente con el orgullo, pero el Señor le ha declarado una guerra a muerte porque nos quiere totalmente para él. Si aceptamos ese pacto de no agresión con nuestro orgullo, no debemos sorprendernos de que aparezca cuando menos lo esperemos, que empape incluso nuestras buenas obras o que lleguemos a un verdadero atasco en nuestra vida espiritual:

Después de varios años de vida cristiana o religiosa, alcanzamos un cierto techo que no podremos nunca superar por nosotros mismos. Hacemos progresos, pero dentro de unos límites estrechos. Entonces llegamos a una coexistencia pacífica entre los dos hombres que habitan en nosotros (Molinié, Nacer de nuevo, conclusión)[2].

Una parábola nos puede ayudar a entender la dificultad que tenemos para llegar hasta el final en nuestra lucha contra el orgullo:

Comparo nuestra situación a la de un país infestado de bandoleros: son nuestros pecados, nuestros vicios, nuestro orgullo, que nos envenenan la existencia, interfieren la comunicación en el país, nos impiden vivir en paz.

Entonces este país descubre que su vecino es un rey maravilloso, generoso, dotado de un ejército poderoso. En su desesperación, lanza una llamada hacia este rey, que franquea la frontera con su ejército. Los bandoleros tienen miedo y desaparecen a lo profundo de los bosques; el país respira, sus habitantes encuentran la concordia y la alegría de vivir juntos.

Tal es el fruto de nuestra conversión a Jesucristo... En realidad estamos totalmente equivocados: lo que llamamos «paz» es un compromiso mediocre, una dosificación entre Bien y Mal que llamamos «equilibrio», una «coexistencia pacífica» entre el viejo hombre y el nuevo, entre nuestro corazón de carne y nuestro corazón de piedra. «No es magnífico, decimos, pero en fin, no hay que pedir demasiado».

Cristo ha venido para darnos su paz, y no la del mundo, que nos persuade a aceptar el compromiso. Cristo quiere darnos su paz por la extinción de todo lo que amenaza la circulación del Amor. También el rey dice un día: –¿Qué ha pasado con los bandoleros?

–Señor, se esconden, están neutralizados... –¡Sí, pero hay que acabar con ellos! Voy a perseguirles y exterminarlos. –¡Oh! pero les despertaréis, será de nuevo la guerra...

–No he venido a traer la paz sino la división: una guerra de exterminio contra todo lo que amenaza mi Paz.

Es pues el rey mismo el que desencadena a los bandoleros que su presencia había dormido. De ahí las tentaciones extrañas que pueden levantarse en nosotros después de largos años pasados al servicio de Cristo: el despertar de fiebres dormidas... también el nacimiento de fiebres desconocidas. ¡Es buen signo, es el Espíritu Santo que hace limpieza! (Una entrevista al padre Molinié)[3].

La clave está en si nosotros preferimos la tranquilidad de ese compromiso con el orgullo o dejamos que el Señor emprenda esa lucha sin cuartel que va a despertar a nuestro peor enemigo. La clave es si aceptamos la paz del mundo o buscamos la paz de Dios, la una sólo proporciona cierta tranquilidad, la otra nos lleva a la guerra:

El mundo da su paz a modo de negociación y de compromiso entre el hombre viejo y el nuevo, el corazón de piedra y el corazón de carne. Nosotros tenemos un poco de los dos, el agua de las lágrimas que está preparada para brotar de la roca... y la roca misma. Nuestro corazón de piedra no es líquido, no está roto, no está contrito, no está muerto.

De ahí surge una situación muy dolorosa. Querríamos que los dos adversarios que se baten en nuestro corazón, como Esaú y Jacob en el seno de Rebeca, lleguen a un pacto:

–¡No demasiada dureza! ¡No demasiado orgullo! ¡No demasiado egoísmo!, pide Jacob.

–¡No demasiado amor! ¡No demasiada humildad! ¡No demasiada locura!, responde Esaú.

Mediante este pacto es posible la coexistencia pacífica. Nosotros llamamos a eso la paz, el equilibrio cristiano, pero es una paz muy provisional. Cuando Cristo dice: «No os doy la paz como la da el mundo», eso significa: «No la doy a modo de pacto, sino por una disolución total del adversario».

Entonces va a ser necesario que el corazón de piedra sea roto, pulverizado, triturado. Y poco a poco, al calor de un fuego dulce que es el de la dulzura de Dios, se licúe. Cuando se vuelva líquido, ya no habrá conflicto entre el corazón de piedra y el corazón de carne, porque ya no habrá corazón de piedra. Esa será la Paz tal y como Jesús la da... la santidad. Un santo es alguien cuyo corazón de piedra ha sido engullido por la ternura (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 6,5)[4].

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Su primer ataque, que es suficiente la mayoría de las veces, es conseguir que aceptemos quedarnos en un nivel mediocre, bajo pretexto de modestia, de realismo, e incluso de humildad: «Esto no va demasiado mal... estoy en paz...» esta famosa paz de compromiso que el mundo da.

Entonces allí hay todo un arsenal de máximas destinadas a persuadirnos, a la vez, de que no es posible ir más lejos, y de que no es necesario. «Hay sin duda algunos viajeros interplanetarios que se embarcan en los cohetes espaciales: personajes más admirables que imitables que se llaman santos... ¡Pero eso no se le concede a todo el mundo!» No vemos el orgullo que se esconde detrás de estas máximas, la negativa a dejarse zarandear, humillar, desinflar... ¡entonces ya está hecho! El demonio ha ganado, porque Dios es tímido. Viene hacia nosotros con su gran Amor, paralizado como el albatros sobre el puente del navío por la amplitud de sus alas […]

La primera batalla, aquella donde flaquea la mayoría, es en suma una batalla doctrinal: ¿Cuál es el programa? Hay toda clase de venenos hoy, pero el más peligroso no es nuevo: es la famosa distinción entre el cristianismo «normal» u «ordinario», y el cristianismo excepcional o extraordinario de los santos, de la vida mística. Nos obstinamos en confundir la vida mística con las gracias, a veces sospechosas, que reciben algunos. Esta confusión sistemática es un maravilloso refugio para el demonio. Pues, antes de saber cómo llegaremos, la primera pregunta que se plantea es: ¿Reconoces tú que éste es el programa, y el programa para todo el mundo? Pues todos son llamados, los grados son diversos, pero nadie tiene el derecho de decir: No soy llamado a la vida mística, a la intimidad trinitaria. Por lo tanto hace falta esperar, hasta el final, la santidad. Cuando descubrimos que seguimos siendo lamentables, que no pasamos de la mediocridad, empieza entonces la segunda batalla: «¿Esperas, incluso hasta el final, la liberación total, la purificación total? ¿Sí o no?» Es la batalla de la esperanza. La primera batalla es la de la fe: creer que la santidad nos concierne a todos. La segunda batalla es la de la esperanza: creerlo efectivamente para nosotros (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7, apartado La cruz de Cristo y nuestra cruz. Los subrayados son del autor)[5].

Ignorar que hay una purificación más allá de la redención

 

Llevando más allá

 

Otro error que paraliza nuestra vida cristiana es creer que, con la reconciliación que Cristo realiza por medio de su entrega en la cruz, ya está hecho todo el trabajo y nos olvidamos de que necesitamos una tarea de purificación y, en consecuencia, ni la buscamos, ni nos sometemos a ella.

Lo que nos cuesta mucho comprender es que podamos ser perdonados, totalmente perdonados, reconciliados con Dios... y tener necesidad de padecer un tratamiento doloroso (Molinié, El coraje de tener miedo, 112).

La redención que repara y satisface

No nos gusta hablar de reparación y satisfacción porque nos parece que estamos colocando nuestra relación con Dios en una dimensión jurídica que nada tienen que ver con el amor. Aceptamos la redención en términos de curación de las heridas que provoca en nosotros el pecado, pero sentimos alergia a aceptar que haya que reparar la relación entre Dios y nosotros y, menos aún que para realizar esa reparación haya que dar una satisfacción a Dios.

Ciertamente nuestra relación con Dios no es la de un reo con un policía o con un juez. Pero no olvidemos que el amor y la amistad tienen sus exigencias que nacen de su misma estructura. Y que en el ámbito del amor -a los demás y a Dios- se dan rupturas y hay que reparar y satisfacer las exigencias del amor, para que, después de rehacer la relación, se puedan sanar las heridas que esa ruptura ha dejado. Es el amor el que necesita de reparación y satisfacción.

También el amor tiene su orden, su estructura, sus exigencias. Este orden queda herido cuando a uno de los amigos le falta delicadeza, cuando no conoce o respeta los matices y las finezas maravillosas de la amistad. Pero si este amigo comete una falta más grave, hay una ruptura.

Cuando se dice que dos personas «han roto», se denuncia la ruptura de un orden moral que es algo mucho más grave que todas las catástrofes, precisamente porque el orden del amor es más precioso que todo. Es necesario reparar la amistad rota antes que cualquier otra cosa. Antes de vendar sus heridas, los dos amigos deben antes sanar su amor. Esto es lo más importante, lo más urgente y lo más exigente (Molinié, Nacer de nuevo, V, 4)[6].

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La primera necesidad del amigo que ha roto, es la de reconciliarse; si se ha equivocado, ofrece una reparación por sus errores. Es normal. Un amigo que no tuviera este deseo, no sería un verdadero amigo (Molinié, El coraje de tener miedo, 110).

Lo mismo sucede en nuestra relación con Dios, que ciertamente es una relación de amor. El pecado rompe esa relación con Dios y tiene consecuencias terribles. Pero antes de sanar las heridas que provoca en nosotros el pecado, es preciso reparar la relación de amor con Dios. Para reparar la relación de amor, Cristo ofrece la satisfacción necesaria. Ésa es la redención que realiza Cristo para reconciliarnos con Dios.

Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10,10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con Él (cf. Jn 4,10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15,13), ofrece su vida (cf. Jn 10,17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9,14), para reparar nuestra desobediencia.

«Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Rm 5,19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sí mismo en expiación», «cuando llevó el pecado de muchos», a quienes «justificará y cuyas culpas soportará» (Is 53,10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc. de Trento: DS 1529).

El «amor hasta el extremo» (Jn 13,1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2,20; Ef 5,2.25). «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 614-616. Los subrayados son nuestros).

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Abrazo de padre

 

Cristo ha muerto en la cruz para reconciliarnos con el Padre: era preciso satisfacer a las exigencias del amor herido antes de sanar la naturaleza humana [...]

El pecado rompe la amistad con Dios y acarrea para el hombre una serie de desgracias, una especie de descomposición; lo sumerge en la miseria y la ceguera. Pero no es eso lo más grave: antes de sumergirnos en estas tinieblas y en esta desgracia, el pecado hace de nosotros enemigos de Dios e hijos de la ira... Eso es lo más grave, y no se puede reparar una fractura [...]

El género humano ha roto con Dios. Cristo ha ofrecido sobreabundantemente la reparación -la satisfacción- por el pecado original y por todos los pecados del mundo (Molinié, El coraje de tener miedo, 108.110).

Ésta reconciliación la hace Cristo, sólo puede hacerla él. Pero hay que tener en cuenta que Cristo pude pedirnos colaborar con él en esa satisfacción por los pecados.

Pero puede pedirnos tomar parte en ello, en una medida, por otra parte, variable. Puede también no pedir nada, puesto que ha reparado sobreabundantemente. Cuando le agrada a Dios aplicar a un hombre el precio de la sangre de su Hijo, le da todo sin pedir nada ‑si no es la muerte misma‑, que no es poca cosa y nos configura a la muerte de Cristo (Molinié, El coraje de tener miedo, 110).

Que el Señor repare la relación de amor, rota por el pecado, satisfaciendo sobreabundantemente en nuestro lugar no quiere decir que no pueda hacernos participar en esa satisfacción por nuestros pecados o por los pecados de los demás; no porque lo necesite, sino porque sea bueno para nosotros y nos ofrezca colaborar con él en el acto redentor.

Pero pida o no nuestra colaboración en la redención, nos sigue haciendo falta una purificación -dolorosa- para sanar todo lo necesario para que nuestra relación de amor con Dios sea plena.

Después de ser reconciliados debemos ser sanados

He insistido sobre la satisfacción, porque es la médula del misterio de la redención, pero también para subrayar que las purificaciones pasivas son otra cosa. Si Dios nos pide que las padezcamos no es simplemente para reparar, sino porque tenemos necesidad de ellas para ser curados (Molinié, El coraje de tener miedo, 111).

Ahora que comprendemos que la redención es más que simple curación, podemos empezar a entender que necesitamos una purificación después de haber recibido la justificación de nuestros pecados. Y esa purificación nos resulta dolorosa, aunque hayamos sido hechos de nuevo hijos de Dios. Sufrimos cuando tenemos que colaborar con Cristo en la satisfacción por los pecados propios y ajenos. Pero hay otro sufrimiento, el del tratamiento que sana los efectos del pecado y nos hace capaces de amar plenamente a Dios.

Un pecador que se acaba de bautizar va directamente al cielo, si viene a morir en ese estado. Puede incluso llegar a ser un gran santo, franqueando en unos instantes las etapas que llevan a la perfección, y muriendo de contrición, como la pecadora de que habla mucho Teresa, la noche misma de su conversión. Pero si no muere de eso, el amor de este hombre sigue siendo débil: es la más pequeña de todas las semillas que componen su psicología, y no puede acoger el amor de Dios más que en muy pequeña dosis. Si Dios quiere que crezca permaneciendo en la tierra, va a haber necesariamente un combate doloroso entre la vida divina de este hombre y «la vida de pecado» de que habla san Pablo. Va a descubrirse incapaz, a causa de todo su ser (lo que san Pablo llama su cuerpo de muerte), de realizar los actos de confianza que el amor le invita a realizar de una manera cada vez más apremiante (la caridad de Dios nos apremia) (Molinié, El coraje de tener miedo, 112. Los subrayados son nuestro).

Ciertamente, el Señor puede dispensar en algunas ocasiones del proceso de la purificación con la lucha y el sufrimiento que conlleva. En un momento él puede convertir al pecador y llevarlo al cielo, como la pecadora de la que habla Santa Teresa del Niño Jesús, o el buen ladrón.

Se cuenta en la vida de los Padres del desierto que uno de ellos convirtió a una pecadora pública cuyos desórdenes escandalizaban a toda la comarca. Esta pecadora, tocada por la gracia, seguía al santo al desierto para hacer allí una rigurosa penitencia, cuando, la primera noche del viaje, antes incluso de haber llegado al lugar de su retiro, sus lazos mortales se rompieron por la impetuosidad de su arrepentimiento lleno de amor, y en aquel mismo instante el solitario vio cómo su alma era llevada por los ángeles al seno de Dios» (Santa Teresa del Niño Jesús, Cuaderno Amarillo, 11.7.6).

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-¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo

Y decía:

-Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

Jesús le dijo:

-En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,40-43).

Pero no sucede así en la mayoría de los casos. Y no se trata de un precio que Dios le haga pagar, sino de una necesidad por parte del redimido. Ha sido reconciliado, pero:

-Su amor sigue siendo débil. Pensemos en los amigos que se han reconciliado después de una grave ruptura: todo está perdonado, pero el amor tiene que fortalecerse y eso lleva tiempo, esfuerzos, renuncias. No se trata de que Dios imponga un tiempo para volver a amar, sino que la dinámica del amor humano necesita tiempo y esfuerzo para fortalecerse. Pensemos en el hijo pródigo después del banquete que le hace su padre: ya ha sido reconciliado, pero tiene que aprender a amar, a ser generoso y sincero con su padre..., su amor es débil porque toda su peripecia ha dañado su corazón.

-Tiene que crecer. Dios no quiere sólo perdonarnos, quiere hacernos crecer hasta «la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4,13). La redención recibida no nos da el crecimiento necesario para poder acoger todo el amor que Dios quiere darnos. Nuestro deseo de amar a Dios sería muy pequeño si nos conformáramos con ser reconciliados, no aceptáramos que tenemos que crecer y no abrazáramos el trabajo y el sufrimiento que conlleva ese crecimiento.

-Se sabe incapaz de amar, confiar y entregarse como Dios se merece. Y esa sinceridad humilde le lleva a aceptar que, después de haber sido reconciliado con Cristo, necesita un proceso de purificación que le haga capaz de entrar plenamente en la relación de amor que Dios le propone de nuevo.

Desconocer nuestra incapacidad de recibir a Dios

 

Cegado por la luz

 

El tercero de los errores que nos impiden ver la necesidad del combate contra el orgullo que anida en nuestro hombre viejo consiste en no reconocer que somos incapaces de acoger la invasión de Dios. Podemos decirlo de forma teológicamente más precisa:

La gracia santificante nos hace dignos de la visión cara a cara... y, sin embargo, no somos capaces de hacer frente al Espíritu Santo, no podemos soportar que la vida divina se precipite en nosotros sin medida, antes de haber sido purificados (Molinié, El coraje de tener miedo, 113).

O con ejemplos de lo que nos sucede con nuestro propio cuerpo:

En efecto, incluso reconciliados, durante mucho tiempo somos incapaces de soportar la invasión excesiva del amor. Es como un estómago demasiado vacío que es necesario volver a alimentar por etapas; o como los ojos habituados a la oscuridad de las cuevas: cuando se quiere volver a la superficie, no se hace inmediatamente y, a pesar de todas las precauciones, es muy doloroso (Molinié, Nacer de nuevo, V, 6)[7].

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Cuando la dulzura de Dios se nos presenta, es literalmente desgarradora e insoportable. Al principio, cuando la semilla crece en silencio, estamos bastante bien, gozamos de buen equilibrio, y decimos que estamos en paz. Pero ésta no es la paz como Cristo la da, es más bien una paz de compromiso entre el hombre viejo y el nuevo: entendemos todavía muy poco... coexistencia pacífica entre dos seres que cohabitan sin drama porque aún no se han lastimado.

Es el período de incubación. El virus trinitario está, pero la guerra aún está declarada. La semilla se desarrolla resguardada, bien escondida en lo más profundo de nuestro ser, no hay aún conflicto abierto entre esta semilla y nuestro yo [...]

Si en el fondo hay incompatibilidad sanguínea entre el espíritu del mundo y el espíritu de Dios (la sangre impura de los hombres y la Sangre de Cristo), se va a dar forzosamente lo que se llama en cirugía una reacción de rechazo: el injerto sobrenatural que Dios intenta implantar en el mundo va a provocar en el organismo humano una reacción de rechazo que conduce al misterio de la Cruz (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7, apartado La cruz de Cristo y nuestra cruz)[8].

Lo que es evidente y tendríamos que aceptar es que no estamos preparados para la «invasión» de Dios que él quiere realizar; y que, si Dios se lanzara «imprudentemente» sobre nosotros para derramar su amor y su presencia, el resultado sería una ruptura de nuestro ser a todos los niveles.

¿Qué pasaría si Dios se abalanzara sobre nosotros sin precaución? Esto produciría tres efectos: en el cuerpo, la muerte; en los nervios, la locura; en el alma, la desesperación (Molinié, Nacer de nuevo, VI, 2)[9].

En el cuerpo la muerte

 

Cuerpo de barro yacente

 

La invasión del Amor es un peligro de muerte incluso para los santos, pues es una vida infinita que hace irrupción en una vasija de arcilla no apta para soportarla (Molinié, El coraje de tener miedo, 116).

Es claro para todo el Antiguo Testamento que no se puede ver a Dios sin morir (cf. Ex 33,20; Jc 13,22). La muerte es el último enemigo vencido (cf. 1Co 15,26). Nuestro cuerpo mortal tiene que irse deshaciendo para que vaya surgiendo nuestro cuerpo glorioso:

Aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día (2Co 4,16).

La invasión súbita de Dios provocaría la muerte instantánea, la disolución de nuestro cuerpo como débil vasija de barro.

Los místicos desean la muerte como paso necesario para el encuentro definitivo con el Señor:

Véante mis ojos muérame yo luego (Santa Teresa de Jesús)[10].

Rompe ya la tela de este dulce encuentro (San Juan de la Cruz)[11].

Los santos buscan la verdadera muerte, la muerte de amor:

En tiempos de Teresa, se deseaba mucho en su medio «morir de amor», o al menos en un acto delicado para el que intentaba entrenarse. En realidad, para morir de amor hay una sola condición, es la de ser un santo. Los santos mueren de amor porque nuestro cuerpo de arcilla no puede soportar una dosis demasiado fuerte de vida divina (Molinié, El coraje de tener miedo, 115).

El problema es que, si no somos santos, si no estamos purificados, nuestra muerte no podrá ser una muerte de amor; no podemos desear la muerte porque no estamos preparados para ese «dulce encuentro» y no podemos desear el encuentro con Dios porque tememos la muerte.

En los nervios la locura

 

Atrapado entre las ramas de la locura

 

[Esta locura] sería el efecto de una invasión imprudente de la vida divina, del mismo modo que la luz del día sería intolerable y cegaría a una retina habituada durante meses a la oscuridad de una cueva (Molinié, Nacer de nuevo, VI, 2)[12].

Al contrario de lo que sucede con la infección y la fiebre, la invasión de Dios no provoca en nosotros directamente la locura, sino que es la defensa de nuestra psicología a la invasión de Dios lo que provoca esa locura.

El amor de Dios obra exactamente como un virus: no es el virus quien da la fiebre, sino la defensa del organismo contra él. El amor de Dios nos da la fiebre porque nuestro ser se defiende contra él [...] Si Dios entrase sin precaución, habría tal fiebre en nuestros nervios, que estallarían (Molinié, El coraje de tener miedo, 117).

Dentro de nosotros, a causa de nuestros pecados y del pecado que nos rodea, hay una resistencia a Dios compuesta por miedos, ataduras afectivas, complejos..., que nos impiden decir «sí» a Dios.

Cómo queréis decir fiat si vuestros complejos no han sido eliminados y vuestros nervios limpiados: tendréis miedo, no llegarías a tener una confianza ciega, fácil, dócil, como el Espíritu Santo necesita (Molinié, Nacer de nuevo, VI, 2)[13].

También aquí, como en la muerte que produce la invasión de Dios, hay una diferencia entre los santos y los que aún no están purificados: los santos, a diferencia de nosotros, no tienen miedo a Dios, a la voluntad de Dios, a la cruz... porque ellos están purificados, están preparados para decir «sí» a Dios, para entregarle su voluntad, su psicología:

A propósito del miedo, es preciso ver bien la diferencia entre los santos y nosotros. Los santos tienen miedo de la muerte y de lo que da la muerte, tanto o más que nosotros; pero no tienen miedo de la vida, porque no tienen miedo de Dios. Es casi la definición de un santo. Al mismo tiempo, no tienen miedo de las pruebas, porque ven en ellas la mano de Dios, en quien su confianza es ciega: y, por consiguiente, a fin de cuentas, no tienen miedo de la cruz, y de este modo no tienen miedo de nada. Tienen miedo de la muerte en sí misma, tienen miedo del demonio en sí mismo mucho más que nosotros, porque lo conocen mejor que nosotros y lo sienten mejor que nosotros; pero no tienen miedo de los enfrentamientos que Dios les propone con estas realidades, porque su confianza es fácil. Por eso llevan la cruz, mientras que nosotros la arrastramos, porque no estamos reconciliados con Dios en nuestros nervios: el peso de Dios nos aplasta en lugar de levantarnos (Molinié, El coraje de tener miedo, 117. Los subrayados son nuestros).

Mientras coexistan en nosotros el deseo de Dios y el miedo de Dios (en definitiva, el hombre nuevo que vive de Dios y el hombre viejo cerrado a Dios), la invasión de Dios producirá en nosotros la locura, del mismo modo que la produce el enfrentamiento con la realidad cuando nuestra psicología no es capaz de aceptarla: o bien nos defendemos de ella creando mecanismos insanos (neurosis) o nos evadimos completamente de la realidad y vivimos fuera de ella (psicosis):

Sin precaución, esto produciría la locura, más exactamente la neurosis; pero una neurosis mortal. Una neurosis está «inducida» por dos corrientes nerviosas incompatibles que «se atropellan en la puerta».

Se sabe que Paulov provocaba la neurosis en los perros presentando un signo que evocaba para ellos, a la vez, la comida o un bastonazo. Más sutilmente, dos signos vecinos se aproximan hasta que no se pueden distinguir: en ese momento los nervios del perro explotan. Así el amor de Dios imprudentemente inoculado produciría en nosotros la misma explosión porque desencadenaría a la vez el deseo y el miedo en un grado insostenible.

El amor de Dios desencadena el deseo, no solo el deseo del alma, sino el del cuerpo, ávido de participar en la felicidad del alma. Una vez sublevado por este ardor, el cuerpo reacciona según su propio modo.

El amor de Dios desencadena así, al mismo tiempo que el deseo, una serie de reflejos que obstaculizan la unión con Dios: todas las ansias que exigen en lugar de suplicar, todas las rebeldías y las impaciencias... y, por debajo de todo eso, el miedo. Porque estas fuerzas son incompatibles con la pureza de Dios y se sienten rechazadas y condenadas por esta pureza (Molinié, Nacer de nuevo, VI, 2)[14].

Necesitamos una purificación interior profunda para que el amor y la presencia de Dios no produzca en nosotros miedo a Dios, para que no haya resistencias que, al defenderse de Dios, provoquen en nosotros la locura.

En el alma la desesperación

 

Gesto de desesperacion

 

Resulta sorprendente que la invasión del amor de Dios nos lleve al peligro de la desesperación. El problema no es el miedo a ser condenados por Dios, sino condenarnos a nosotros mismos porque, a la luz de su misericordia, experimentamos que lo que nos condena es nuestra falta de confianza, nuestra parálisis para entregarnos a su amor:

No la desesperación de ser condenado por Dios, sino de condenarse uno mismo, viéndose incapaz de la confianza que nos salvaría (Molinié, El coraje de tener miedo, 120).

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Un alma con esa lucidez ve con toda claridad que el obstáculo no es su indignidad, porque se da cuenta de que Dios perdona todo y regala todo. Es ella la que no tiene confianza y no llega a lanzarse en los brazos de Dios. Sabe que el pecado más grande es totalmente perdonado desde el momento en que se lanza como un niño.

Comprende las parábolas del hijo pródigo y de los obreros de la última hora (cf. Mc 15,11-32; Mt 20,1-16). Pero no puede realizar este acto de abandono; sus nervios paralizan el impulso de confianza ciega que desesperadamente querría hacer. Entonces, en el momento mismo en que tanto desea lanzarse en el corazón de Dios, sufre en su paroxismo la tentación de la rebeldía y el miedo de sucumbir a ella (Molinié, Nacer de nuevo, VI, 2)[15].

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En la obra Dios en preguntas, publicada catorce años después, Frossard persiste y firma sobre este punto fundamental. Después de citar a su manera las palabras de Jesús a Catalina de Siena «Soy el que soy, tú eres la que no eres», añade: «La deslumbrante luz espiritual que rodea a Dios revela la presencia invisible de una inocencia tan grande que ante ella cada uno se juzga, siendo los mejores también los más severos, y eso precisamente es lo que, en su bondad, Dios no quiere. Muchos, influidos por el austero pensamiento jansenista, se imaginan a Dios como juez, y temen mostrarse ante su tribunal. Es verdad que ante la indecible pureza de Dios, estaremos abocados a condenarnos a nosotros mismos, avergonzados, no de haber ofendido a un ser omnipotente, sino de haber herido a un niño. Pero tendremos un abogado, y ése será Dios, que abogará por nosotros, contra nosotros mismos. El gran drama de la especie humana es no comprender el amor, y fijarle límites que sólo existen en nuestro propio corazón» (Molinié, Lo elijo todo, 7, apartado Teresa y el orgullo)[16].

Esto explicaría por qué los santos, avanzando en el camino de la perfección, desprendiéndose de sus pecados, han experimentado frecuentemente y con fuerza el miedo a la condenación: porque han tenido la lucidez de su situación a la luz de la infinita misericordia de Dios y de la posibilidad de no arrojarse con confianza en las manos de Dios. Santa Teresa del Niño Jesús, que experimentó con fuerza la prueba de verse condenada, supo responder a ella con una plena confianza:

Yo gozaba por entonces de una fe tan viva y tan clara, que el pensamiento del cielo constituía toda mi felicidad. No me cabía en la cabeza que hubiese incrédulos que no tuviesen fe. Me parecía que hablaban por hablar cuando negaban la existencia del cielo, de ese hermoso cielo donde el mismo Dios quería ser su eterna recompensa.

Durante los días tan gozosos del tiempo pascual, Jesús me hizo conocer por experiencia que realmente hay almas que no tienen fe, y otras que, por abusar de la gracia, pierden ese precioso tesoro, fuente de las única alegrías puras y verdaderas.

Permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas, y que el pensamiento del cielo, tan dulce para mí, sólo fuese en adelante motivo de lucha y de tormento...

Esta prueba no debía durar sólo unos días, o unas semanas: no se extinguirá hasta la hora marcada por Dios..., y esa hora no ha sonado todavía... [...]

Pero tu hija, Señor, ha comprendido tu divina luz y te pide perdón para sus hermanos. Acepta comer el pan del dolor todo el tiempo que tú quieras, y no quiere levantarse de esta mesa repleta de amargura, donde comen los pobres pecadores, hasta que llegue el día que tú tienes señalado... ¿Y no podrá también decir en nombre de ellos, en nombre de sus hermanos: Ten compasión de nosotros, Señor, porque somos pecadores...? ¡Haz, Señor, que volvamos justificados...! Que todos los que no viven iluminados por la antorcha luminosa de la fe la vean, por fin, brillar...

¡Oh, Jesús!, si es necesario que un alma que te ama purifique la mesa que ellos han manchado, yo acepto comer sola en ella el pan de la tribulación hasta que tengas a bien introducirme en tu reino luminoso... La única gracia que te pido es la de no ofenderte jamás... (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito C, 5rº-6rº).

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Vemos que la mesa de los pecadores es claramente la de los incrédulos, los que se niegan a creer y cometen quizá el pecado contra el Espíritu Santo. En esta perspectiva, cuya gravedad supera cualquier falta, Teresa dice a Dios: «Si, por un imposible, ni tú mismo llegases a conocer mi sufrimiento, yo aún me sentiría feliz de padecerlo si con él pudiese impedir o reparar un solo pecado contra la fe»[17]. Confirma claramente que se trata exclusivamente de pecados contra la fe, que son de hecho la cumbre de los pecados contra la caridad, porque esta apostasía no se niega sólo a amar: se niega a creer en el amor para «creer en la iniquidad», como dice san Pablo (Rm 2,8), que es la peor de las heridas infligidas al Amor.

Porque Teresa está sólidamente arraigada en el amor, puede soportar que el velo de la fe, que estaba a punto de rasgarse, se convierta en «un muro que se alza hasta los cielos y que cubre el firmamento estrellado»[18]. Esto no le impide sentir más que nunca «cuán compasivo y misericordioso es el Señor» porque le envía esta prueba en el momento en que ella tiene «fuerzas para soportarla»[19] (Molinié, Lo elijo todo, 6, apartado La gran prueba)[20].

Pero nosotros, que no tenemos aún esa confianza plena, correríamos el riesgo de caer en la desesperación si Dios nos invadiera plenamente antes de estar preparados.

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Hay que insistir en que no se trata de un castigo, ni de nuestra culpa, sino de la realidad de la situación de nuestra carne:

No se trata de que Dios nos esté castigando, ni se trata tampoco de nuestra culpa. ¡Es así!

El bien que quiero hacer no lo hago... (cf. Rm 7,15-24).

El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil (Mt 26,41).

Aquí habría que decir más bien: el espíritu es dulce y humilde, pero la carne es cruel.

Nuestros deseos son ilimitados, se lanzan hacia Dios porque vienen de Dios... pero nuestra carne no puede seguirlos porque es demasiado pesada: pesada por nuestros pecados pasados; por los pecados del mundo que nos rodea; y especialmente por todos aquellos cuya herencia cargamos.

La carne no es sólo lo que llamamos los pecados de la carne; es cualquier cosa que no sabe reaccionar con confianza a las mociones de Dios (Molinié, Nacer de nuevo, VI, 1)[21].

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Dios es un fuego devorador, una zarza ardiente. Por todas partes donde hay Presencia real, se podría escribir: «Alta tensión, peligro de muerte...»

Los israelitas lo sabían muy bien, ellos tenían este sentido: «He visto a Dios, voy a morir...» Es peligroso, porque es demasiado intenso, demasiado fuerte. Ni Dios puede hacer nada. O, más bien, puede hacer algo, pero desde el momento en que ha consentido el pecado del hombre, ha consentido a no poder precipitarse en nosotros sin precaución (Molinié, El coraje de tener miedo, 114).

Por nuestra parte se trata de aceptar «nuestra carne» y de reconocer que debe ser sometida al tratamiento de las purificaciones que Dios realiza en nosotros, si le dejamos, hasta matar el hombre viejo, erradicar el orgullo y hacernos capaces de recibir su invasión sin rechazo alguno.

La solución: aceptar el tratamiento

 

Los cuidados de un padre

 

Dios nos invade poco a poco

El hecho de la incapacidad que tiene nuestra carne para recibir la invasión de Dios, no impide que él quiera seguir realizando su plan de inundarnos de su amor. Lo que tiene que hacer, por nuestra «alergia» a su amor, es ir inoculando su amor poco a poco, de tal manera que la reacción de rechazo sea soportable. Una vez más, comprobamos que la paciencia de Dios es nuestra salvación (cf. 2Pe 3,9).

Todo lo que Dios puede hacer con nuestra buena voluntad es acercarse a ella con dulzura y provocar reacciones «atenuadas» (en el sentido médico) que nos vacunen poco a poco; o mejor dicho, que suavicen progresivamente, hasta la desaparición total, la reacción de rechazo de todo nuestro ser contra el «transplante» de Dios (Molinié, Nacer de nuevo, VI, 2)[22].

Pero esa paciencia y delicadeza de Dios, no impide que, cada vez que Dios se acerca y derrama su amor, haya una reacción de rechazo en nuestra carne, nuestro orgullo se resienta y nuestro cuerpo, nuestros nervios y nuestra alma se sientan amenazados:

Esto es lo que se produciría si el amor de Dios nos invadiese sin precaución. Y es también, finalmente, lo que se produce en parte cada vez que, con la suavidad de la paloma y la prudencia de la serpiente, trata de habituarnos progresivamente a esta invasión, procediendo por pequeños toques destinados a vacunarnos contra estas «reacciones de rechazo» (Molinié, El coraje de tener miedo, 119).

Pero, dada nuestra situación y que Dios no renuncia a sus planes, no hay otro camino que pasar poco a poco por el proceso de la muerte del hombre viejo, de la eliminación total del orgullo, con sus efectos secundarios, lo mismo que el que se somete a una quimioterapia tiene que experimentar los terribles efectos secundarios que produce el medicamento que mata las células cancerosas:

Hay que pasar por una desesperación semejante atenuada para que mueran las raíces orgullosas que hay en su origen (Molinié, El coraje de tener miedo, 120).

Lógicamente este proceso lleva su tiempo, a veces mucho tiempo, incluso toda la vida, y para algunos, que se resisten al tratamiento, el tratamiento tiene que realizarse después de la muerte:

Pero cuanto más suave va, más largo es. Normalmente, el tratamiento exige años..., toda la vida quizá si no estamos predestinados a conocer la curación total antes de la muerte... o si nuestra libertad no permite a Dios ir más de prisa (Molinié, El coraje de tener miedo, 119).

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El riesgo que corremos, en efecto, es el de no estar totalmente purificados en la hora de nuestra muerte (que forma parte del tratamiento). Es entonces cuando iremos al purgatorio por nuestra culpa, por la culpa concreta de no haber sabido comprender la misericordia hasta el punto de colaborar realmente con ella (Molinié, Nacer de nuevo, VI, 2)[23].

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También después de esta vida, sólo puede salvarnos si lo hemos querido un poco. Pero si no lo hemos querido perfectamente y con fidelidad, nos impondrá sin miramiento el fin del tratamiento... y será el Purgatorio. Si no nos hemos dejado invadir y desgarrar totalmente por el amor de Dios sobre la tierra, será necesario que esto suceda en el otro lado. Si morimos en la amistad de Dios, con la semilla de la vida eterna, sin que esta semilla haya podido encontrar la salida mientras estamos sobre la tierra, será necesario que lo haga después de nuestra muerte, y esto será mucho más doloroso (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7, apartado La cruz de Cristo y nuestra cruz)[24].

Nuestra libertad cuenta

 

Libertad que surge de las manos

 

Es claro que este proceso de purificación lo realiza Dios. Nosotros no tenemos capacidad de matar en nuestro interior el orgullo, como no tenemos capacidad de hacernos un transplante de corazón. Pero sería un grave error pensar que nuestra libertad no juega un papel muy importante en este proceso. Nosotros podemos «dejarnos hacer», que es la clave de nuestra vida espiritual. Nuestra decisión es someternos o no a ese tratamiento, aceptar dosis mayores de esa «inoculación» del amor de Dios, a pesar de lo dolorosos que sean sus efectos en nuestro cuerpo, en nuestros nervios o en nuestra alma. No sólo podemos permitir o impedir el tratamiento que nos propone la paciencia de Dios, sino retrasarlo o acelerarlo según sea nuestra generosidad a la hora de dejarnos hacer, cuando hay que aceptar el dolor que provoca el tratamiento. ¿Cuántos quedan impedidos, también en la vida cristiana, porque no han querido someterse al tiempo y al dolor que supone ponerse en manos del fisioterapeuta después de una intervención?

Lo primero que tenemos que hacer es comprender la situación, lo que se hace por la fe: hace falta creer realmente qué es lo que nos espera. Lo segundo es aceptar, dar nuestro consentimiento, pues Dios no lo hará si no lo queremos... o, por lo menos, no lo hará en este mundo (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7, apartado La cruz de Cristo y nuestra cruz. El subrayado es nuestro)[25].

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Porque nuestra libertad juega un gran papel en este asunto. No el que nuestro hombre viejo y nuestras ilusiones quisieran tener: reemplazar la acción de Dios o dispensarnos de ella por cierta generosidad «heroica», pretendiendo producir el acto de pura confianza antes de ser realmente capaces de ello. El papel de la libertad es el de ofrecerse inteligentemente, en una imperfección aceptada, a las iniciativas y a las invasiones del Espíritu Santo, de manera que le permitamos invadir a su ritmo, ni demasiado de prisa ni demasiado despacio. Tendremos que decir lo que eso conlleva, pero el primer esfuerzo consiste, quizá, en comprender de qué se trata, a fin de consentir mejor en ello (Molinié, El coraje de tener miedo, 117-118).

Ciertamente tendremos que profundizar en lo que supone dejarnos someter a las purificaciones pasivas, las que Dios realiza en nosotros. Pero conviene tener en cuenta que se trata de aceptar de forma más o menos atenuada (cuanto menos atenuada mejor) la reacción de alergia que provoca la invasión de Dios:

-La muerte del cuerpo que supone dejarnos llevar por la voluntad de Dios, gastando nuestra vida y nuestro tiempo en fidelidad a sus inspiraciones. Entregar la vida, en vez de querer conservarla (cf. Mt 16,25), nos lleva a aceptar la purificación que Dios quiere realizar en nosotros. Vivir nuestra vida como acto de entrega, como pérdida aceptada, voluntaria, nos hará estar preparados para que la muerte -y el proceso que conlleva- sea la ocasión última de purificación que necesitamos.

-La locura que supone aceptar los planes de Dios en lugar de los nuestros, someternos a la oscuridad de la fe en lugar de a nuestra lógica, dejar que el Señor nos enfrente a nuestra realidad y a su amor sin defensas, hace posible que alcancemos progresivamente la confianza necesaria para decirle a Dios nuestro fiat sin ningún miedo. El que renuncie a sus planes y a mantener sus seguridades, el que esté dispuesto a perder su equilibrio cuando Dios irrumpa en su vida, estará aceptando el tratamiento de Dios.

-La desesperación de nuestras fuerzas, que es el requisito previo de la verdadera esperanza. Porque la esperanza asoma en nuestro interior cuando nos ponemos ante la verdad de Dios y ante la de nuestra vida, y comprendemos que no tenemos nada que ofrecerle a Dios, que nuestra única esperanza es su misericordia, que dependemos de un acto de confianza del que no somos capaces aún. El que no aparta la mirada de Dios y de su misericordia a pesar de que su miseria le pone al borde de la desesperación y sigue confiando, deja que Dios le vaya purificando del orgullo más peligroso que es el espiritual, el orgullo ante Dios.

Los santos son los que han dejado que Dios realice ese proceso sin ponerle trabas, sin imponerle retrasos innecesarios, y pueden acoger la invasión de Dios. También los que son niños ante Dios pueden acoger esta invasión, porque no tienen orgullo y conocen la verdadera confianza.

Ahora puedo precisar que los santos, ya aquí en la tierra, no conocen este peligro, porque el mismo amor de Dios ha cauterizado progresivamente sus nervios provocando una serie de reacciones «atenuadas» que permiten dulcemente que se apague la fiebre provocada por esta invasión (Molinié, Nacer de nuevo, VI, 2)[26].

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Los pequeños no se condenan, los pequeños no pasan por el purgatorio, y los pequeños sólo sufren la noche para consumar en sus cuerpos lo que falta a la pasión de Jesús (Molinié, Lo elijo todo, 3, apartado Introducción)[27].

Aceptar el tratamiento

Si hemos superado estos tres errores, lo que tenemos que hacer es simple, aunque sea doloroso y un poco humillante: aceptar el tratamiento. No se trata de «cambiar», sino de dejarnos cambiar. Aceptar que el Señor es el que sabe y puede purificarnos. Tiene recursos para hacerlo, desde los acontecimientos de la vida, a las mociones interiores, pasando por la oscuridad y sequedad. No es difícil. Pero hay que dejarse hacer. Es humillante porque hay que reconocer que nosotros ni sabemos, ni podemos realizar ese proceso de purificación, no podemos controlarlo ni saber cuánto durará. Pero si le dejamos hacer, él nos hará capaces de recibir su amor en plenitud.

Entonces, si nosotros lo creemos verdaderamente, podemos todavía hacer una cosa. Podemos decir a Dios: «Acepto el tratamiento»... y firmar nuestra hoja de hospitalización, nuestra entrada en el monasterio de las purificaciones pasivas. Entonces, Dios sabe cómo hacer. Él nos da la sangre de Cristo, la cual tiene el poder de obrar el milagro de nuestra santificación total, de hacer de nosotros seres que, aun en sus primeros movimientos, no ofrecen ninguna resistencia profunda a la voluntad de Dios: son los santos. Todo lo que Él nos pide, es creer en ello y desearlo (Molinié, El coraje de tener miedo, 123).

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Es por lo qué san Juan de la Cruz nos pide con gran insistencia ser generosos: no con cualquier generosidad; lo que Dios nos pide es la generosidad de aceptar... la generosidad, en el fondo, de firmar conscientemente nuestra hoja de entrada al hospital.

(Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7, apartado La cruz de Cristo y nuestra cruz. El subrayado es del autor)[28].

Un esbozo del tratamiento

 

Médico prescribiendo el tratamiento

 

Cristo quiso abrazar lo más posible lo que nosotros tenemos que sufrir para llegar a ser santos. En las purificaciones pasivas, nos sentimos profundamente pecadores y lejos de Dios, sufrimos la desesperación de no podernos unir con Dios: esto es precisamente lo que Cristo quiso asumir [...]

Las purificaciones pasivas: «Oh muerte, yo seré tu muerte». Una vez resucitado, Cristo tiene el poder de infligirnos la agresión de su Bienaventuranza y de su Vida, tres veces santa, por el canal de su Sangre: la transfusión empieza en el bautismo y continúa todos los días, si queremos, en la Eucaristía.

Pero para producir todo su efecto, esta transfusión debe estar acompañada por un tratamiento que tiene las siguientes prescripciones:

a) Los ejercicios respiratorios, quiero decir, los actos de caridad que permiten a la vida divina circular más a gusto en nuestros pulmones. Somos los primeros beneficiarios de nuestros esfuerzos de caridad: esto no es gran cosa, pero cada vez permitimos al Amor respirar un poco más a gusto en nuestro corazón.

b) Una alimentación apropiada: la Eucaristía, pero también la Palabra de Dios. Esto supone un esfuerzo positivo (leer el Evangelio y todo lo que puede ayudarnos a comprenderlo), y un esfuerzo negativo: evitar los venenos y las toxinas, es decir las lecturas y los espectáculos biológicamente incompatibles con la luz y la alegría del Evangelio. No olvidemos que la semilla del Reino es la más pequeña de todas las semillas: hay que apartar con violencia todo lo que puede comprometer su desarrollo («Si alguien no odia», etc.)

c) Las sesiones de rayos, es decir, la plegaria, la adoración y la oración. En general, las sesiones de rayos son molestas. En la oración no siempre se aburre uno, pero es un feliz accidente: para la mayoría de nosotros y durante mucho tiempo, es una actividad en el fondo aburrida. El único medio de ser fiel, es precisamente aceptar aburrirnos junto a Dios por amor a él, como nos aburrimos al lado de un enfermo o de un anciano con el que, por caridad, pasamos media hora todos los días.

La diferencia es que junto a Dios somos nosotros los que estamos enfermos, y por eso nos aburrimos: nuestro paladar es demasiado grosero para apreciar el sabor de Dios, lo encontramos soso como los hebreos encontraban soso el maná. Pero si vamos, aunque sea sólo para darle gusto, entonces estamos expuestos al Sol, y los rayos actúan. Hacer oración es bañarnos de amor como nos bañamos de sol...

Si somos fieles en seguir el tratamiento, eso prepara extraordinarios acontecimientos, porque permite al germen de la vida divina y de la dulzura de Dios desarrollarse silenciosamente (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7, apartado La cruz de Cristo y nuestra cruz)[29].

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NOTAS

[1] Entrevista realizada por Luc Adrian, en Famille Chrétienne nº 1161, abril de 2000.

[2] Naître de nouveau, d’après le Père Molinié, Pneumathèque 1994, 3ª ed. (Burtin), 68.

[3] Entrevista realizada por Luc Adrian, en Famille Chrétienne nº 1161, abril de 2000. Cf. Molinié, El coraje de tener miedo, 120-122.

[4] M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, Paris 1994 (Saint-Paul), 102-103.

[5] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), 1, 151.152-153. Este apartado recoge una conferencia en el Carmelo de Angers del 16 de febrero de 1969.

[6] Naître de nouveau, 46.

[7] Naître de nouveau, 51.

[8] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 141-143.

[9] Naître de nouveau, 55.

[10] Cf. Relaciones, 15,1 y la poesía 1, «Vivo sin vivir en mí».

[11] Llama de amor viva, Poesías, 8,1. «El instante de la liberación es, a la vez, el más doloroso y el más hermoso. “Tened confianza, nos grita san Juan de la Cruz, en el momento mismo en que tengáis la impresión de haberlo perdido todo (momento que puede durar cierto tiempo, el tiempo de desgarrar realmente el caparazón del crustáceo), en el momento en que tengáis la impresión de morir, es cuando traéis al mundo vuestro rostro eterno”. Además tenemos la impresión de morir doblemente, porque el amor que hay en nosotros, en nuestro corazón de carne, muere porque no muere, como dice Teresa de Ávila (o mejor dicho, muere por no poder vivir, porque el hombre viejo que lo encarcela no está muerto); y, al mismo tiempo, el hombre viejo, es decir el caparazón, muere bajo la presión interna del amor: entonces se debate, se defiende, se agita, enloquece y desespera. «¡Desespera y muere!...» decían las víctimas de Ricardo III apareciéndosele en una pesadilla, la víspera del combate en el que debía encontrar la muerte: el hombre viejo no puede esperar otra cosa» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7, apartado La cruz de Cristo y nuestra cruz. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 148-149).

[12] Naître de nouveau, 58-59.

[13] Naître de nouveau, 60

[14] Naître de nouveau, 61-62.

[15] Naître de nouveau, 63.

[16] M.-D. Molinié, Je choisis tout. La vie et le message de Thérèse de Lisieux, Chambray-lès-Tours 1992 (CLD), 189-190, que cita a A. Frossard, Dieu en questions, Desclée de Brouwer éd. 1990, p. 97. Hay traducción española editada por Atlántida.

[17] Ms C, 7rº.

[18] Ms C, 7vº.

[19] Ib.

[20] M.-D. Molinié, Je choisis tout, 159-160.

[21] Naître de nouveau, 54-55.

[22] Naître de nouveau, 56.

[23] Naître de nouveau, 65.

[24] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 149-150.

[25] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 149.

[26] Naître de nouveau, 59.

[27] M.-D. Molinié, Je choisis tout, 66.

[28] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 150.

[29] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 141-143. En la misma carta, Molinié emplea otras imágenes para describir este proceso: los dolores del nuevo nacimiento, la semilla sembrada en un corazón de piedra, que debe quebrarlo para salir: «Todo esto lo describe san Juan de la Cruz; en el fondo es la irrupción de la alegría pascual... lo que los griegos llaman los dolores del segundo nacimiento, como el mismo Cristo sugiere: “La mujer, en el momento de dar a luz sufre porque ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz, ya no se acuerda del sufrimiento, por la alegría de que un hombre ha venido al mundo”. Es la hora de que la semilla del Reino de los Cielos, encerrada como un corazón de carne en la prisión de nuestro corazón de piedra, desgarre este caparazón para salir de ahí y enseguida volar, como un pájaro sale de su cascarón […] Pero eso se hace por dentro, de la misma manera que las serpientes cambian de piel: las escamas caen, y otro envoltorio las reemplaza. Es en lo más íntimo de nuestro corazón de piedra donde Dios injerta y transplanta su corazón de carne. Es el bautismo el que opera esta infusión o inoculación del virus trinitario. Cuando llega la hora, cuando ha tomado suficiente amplitud, el corazón de carne desgarrará su envoltorio... y esperando desgarrarlo, se queda a la puerta y llama, pero por dentro. Cuando Cristo pronuncia esta palabra (“mira que estoy a la puerta y llamo”), es más para pedir salir que para pedir entrar en nuestro corazón...» (146-148).