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Introducción

M.-D. Molinié

El coraje de tener miedo

La prueba de la fe

 

Ante muchos caminos

 

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El único problema

Nos pasamos la vida resolviendo problemas o huyendo de ellos. Incluso nos planteamos la vida cristiana como una sucesión de problemas (espirituales, morales, eclesiales, apostólicos...) a los que tenemos que dar una respuesta adecuada. Pero ese inmenso bosque de problemas nos oculta el verdadero problema, el único que importa:

La prueba de la fe es el único «problema» de la vida. No hay otro. Yo he pasado quince años planteándome problemas. Y un buen día comprendí que no había problemas: existen la luz y las tinieblas, eso es todo [...] El único peligro que corremos es el de no superar la prueba de la fe (M.-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Madrid 19792 (Paulinas), 91).

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–Celebramos los dos mil años de nuestra Salvación. ¿De qué necesitamos ser salvados?

–Del orgullo. No hay más que un combate en la vida de un hombre: el del orgullo y la humildad. El orgullo es la negativa al amor, con el abajamiento inverosímil e indecible que implica el amor (Una entrevista al padre Molinié)[1].

No se trata de una simplificación arbitraria ni excesiva, sino de mirar nuestra vida con ojos de fe y aprender a ir a lo esencial. No vaya a ser que enredados en lo que creemos que son los problemas de la vida o de la vida cristiana, nos olvidemos de lo único que realmente es importante porque en la prueba de la fe nos jugamos el valor de nuestra vida y la misma eternidad. Todo lo demás está en manos de Dios y él puede aprovecharlo para nuestro bien; sólo esta decisión, esta prueba, está plenamente en nuestras manos:

Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia (Mt 6,33-34).

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Por otra parte, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien (Rm 8,28).

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Evidentemente, la vida nos lleva a afrontar otras muchas dificultades; pero desde el punto de vista de la salvación y de la santidad, no hay rigurosamente otras, pues Dios se encarga de todo y Él hace cambiar lo que sucede (incluso los pecados) en bien de los que son humildes (Molinié, El coraje de tener miedo, 92).

Es verdad que nos gustaría pensar en un cristianismo sin lucha y en una fe sin prueba, pero entonces nos situaríamos en el plano de los niños bautizados que mueren en la primera infancia: van directamente al cielo, participan de la visión cara a cara, pero no le han ofrecido a Dios el obsequio de la fe, lo único que podemos entregarle junto con nuestra pobreza:

Toda criatura (a excepción de Jesucristo por una parte, y los ladrones del Paraíso por otra) está sometida a una prueba que es al mismo tiempo un combate: es invitada a elegir entre el Bien y el Mal en la oscuridad de la fe. Esta prueba permite a la criatura que elige el Bien entrar en la vida trinitaria con una consistencia que no podría tener de otro modo: no sólo contempla eternamente la oblación recíproca de las tres Personas, sino que participa en esta oblación en virtud de la elección meritoria que hace de una vez por todas antes de entrar en la Bienaventuranza, y que tiene un alcance eterno.

Podríamos discutir respecto a esto, y soñar que Dios haga de todos nosotros ladrones del Paraíso (evitando así el misterio del Mal y del Infierno): sólo que los ladrones del Paraíso son privados de la perfección de la que hablo, ya que nunca le habrán dado nada a Dios, al menos de esta forma eminente (Molinié, La irrupción de la gloria, I, La prueba de la fe. El subrayado es nuestro)[2].

En qué consiste la prueba de la fe

 

Bifurcación en el parque

 

Dios nos propone algo muy simple: «O seguís vuestra idea, o seguís la mía. Si seguís la mía, recibís la bienaventuranza por la fe y la esperanza». Para superar esta prueba, basta ser humilde, o más bien permanecer tal. A pesar de la diferencia entre nuestra naturaleza y la de los ángeles, la diferencia entre nuestro régimen de vida y el de nuestros padres, el problema es, a fin de cuentas, el mismo para todos: el combate entre el orgullo y la humildad (Molinié, El coraje de tener miedo, 91-92. Los subrayados son nuestros).

No se trata de una elección complicada, pero sí esencial: elegir entre el orgullo y la humildad, entre la voluntad de Dios y la nuestra, entre tener en nuestras manos las riendas de nuestra vida o ponerla en manos de Dios.

La prueba de la fe, la puerta estrecha, es como el canal de Suez: el capitán (el único «maestro a bordo después de Dios») debe dejar su lugar al piloto del canal. Esto no dura más que un momento, pero es absoluto. Nuestros primeros padres no dijeron «no», pero sin embargo intentaron pilotar la nave; pusieron la mano sobre el fruto prohibido, en lugar de esperar a que entrase en su boca: este fruto se ha convertido para ellos en el de la ciencia del mal, cuando debía ser el de la ciencia del bien.

Es como si Dios hubiera dicho: «Mañana a las cuatro pasaremos el canal, yo tomaré los mandos». La serpiente sugiere: «Intentadlo vosotros mismos... probad por la noche. Puede ser que lleguéis allá... en todo caso no moriréis: es una amenaza para los espíritus timoratos». Ellos dudaban: «No conviene decirle que no, no conviene apenarle: vamos a intentar, veremos bien». Y el árbol de la vida se ha convertido en árbol de muerte; como la Eucaristía para los que la reciben sin rectitud [...] Dios les había prevenido: «Este fruto tiene efectos terribles. No lo toquéis, yo me ocuparé de él... si no, moriréis». No creyeron que fuera tan grave, han pensado que Dios exageraba un poco... y ¡ya está! (Molinié, Adoración o desesperación, nº 9)[3].

Precisamente la dificultad de esta prueba consiste, no en un esfuerzo extraordinario para conseguir méritos ante Dios, o aceptar sufrimientos extremos, sino en aceptar el vértigo de poner nuestra libertad en manos de Dios, por eso la clave de esta prueba está entre el orgullo del que prefiere guiar su propia vida y la humildad del que se deja guiar por Dios.

La prueba nace de la oferta de la gracia

 

Caminar por la cuerda floja

 

Podríamos pensar que la prueba de la fe es una especie de examen (quizá caprichoso y arbitrario) que Dios nos pone para que nos ganemos el cielo. Algunos van más allá y piensan que Dios es un tacaño y celoso guardián de sus dones y no quiere entregarlos a los hombres (ésa es precisamente la visión que quiere dar la serpiente en Gn 3,4-5). Pero no es así. La prueba nace de la oferta de la gracia de la vida divina, es esa oferta la que nos pone en la decisión de decidir; pero aunque sea oferta de gracia, su aceptación o rechazo tiene tremendas consecuencias.

Ése es el sentido del comienzo de la predicación de Jesús en Mc 1,15: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio». La Buena Noticia del Reino de Dios, que es oferta de gracia, conlleva necesariamente la decisión de acogerlo o rechazarlo, por eso nos plantea la urgencia de creer en él y convertirnos, no para merecerlo, sino para no dejarlo pasar. Lo mismo aparece en el evangelio de san Juan: el Verbo viene a los suyos, pero hay que recibirlo para ser hijos de Dios (Jn 1,12); el juicio consiste en que, con el envío del Hijo, la luz vino al mundo y el que no la acoge prefiere las tinieblas a la luz y se condena a sí mismo (cf. Jn 3,16-21). El juicio nace -necesariamente- de la oferta del Evangelio, del envío del Hijo, de la llegada de la luz. La opción para que no existiera ese juicio, sería que Dios hubiera decidido no ofrecer la vida divina, pero esa decisión está ya tomada.

Ya se trate del pecado de los ángeles o del pecado de los hombres, su intervención está ordenada por una prueba. Dios le pide a la criatura elegir entre él y su voluntad propia. «Él» quiere decir con toda exactitud la intimidad divina tal como la hemos descrito en La visión cara a cara. En cuanto a la voluntad propia de la criatura, debemos preguntarnos cómo puede confundirse hasta rechazar la intimidad que Dios le propone.

Llegamos así a la noción clave que define con toda exactitud en qué consiste la prueba: deriva intrínsecamente de la proposición de la vida divina. El análisis de esta noción nos va a mostrar en qué condiciones singulares debe encontrase situada una criatura a la que se le «propone» la vida divina (Molinié, La prueba de la fe. Introducción, III: La prueba de la fe. El subrayado es del autor)[4].

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La provocación inaugurada por la irrupción de la Palabra vuelve tan crítica la prueba de la fe que los cristianos no conocerán otra. Sea cual sea la forma en que describamos su toma de conciencia de las verdades de la fe, su drama es exactamente el mismo que el de los judíos ante los profetas: creer o no creer, recibir la Palabra en una buena tierra o impedirle producir fruto.

Lo que es nuevo en la Buena Nueva es la altura, la profundidad, el esplendor del fruto. Los cristianos que ofrecen su corazón al Evangelio reciben la plenitud de la Salvación y pueden entrar desde este mundo en el Reino de los cielos. Ni siquiera a los santos de la Antigua Alianza les fue ofrecida esta plenitud. Pero esta diferencia en el fruto no implica ninguna diferencia en cuanto a la naturaleza y a la gravedad del drama engendrado por la Palabra y la necesidad de ofrecerle una tierra buena: el que supera esta prueba está preparado para entrar en el Cielo, su humildad confiada se convierte espontáneamente en el espíritu de infancia a la hora de la venida de Cristo (Molinié, Que mi alegría permanezca, III, apartado La parábola del sembrador)[5].

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Presentado así, como la sal de las bienaventuranzas que no debe volverse sosa, como el agua viva dada a los que tienen sed, como el fuego arrojado sobre la tierra («toda criatura debe ser salada por el fuego»), o la perla preciosa... el Reino de los Cielos es la fuente de una prueba de la fe de la que la Iglesia siempre ha tenido conciencia: la predicación del Evangelio es un «olor a muerte para los que se pierden».

Esta prueba es anterior a las que esperan a los cristianos a través de las tribulaciones y las tentaciones de la carne. Desde san Pablo, la Iglesia siempre ha tenido conciencia de que la prueba de la fe precede a todas las demás y que es mucho más grave: no sólo pone en juego una adhesión nominal a Cristo, sino también una filosofía de la vida que es la de la Luz o las tinieblas, según se trate de la Sabiduría de la Cruz (y de su locura), o de la sabiduría de este mundo (y de su locura).

 

Los dos caminos

 

Elegir entre estos dos caminos, uno muy ancho y el otro estrecho, es una prueba anterior incluso a que nos comprometamos en ello y conozcamos las otras pruebas. Desde luego hay que calcular el gasto, pero no se trata de saber cómo superaremos las tentaciones que van a venir. Se trata sencillamente (y es enorme) de comprobar que no hay error acerca del fin que perseguimos y la luz que nos atrae: ¿Es este bien el del Reino de los Cielos? ¿Aceptamos su naturaleza profunda, con la exigencia que implica de humildad, pobreza, espíritu de infancia, sin los que nadie puede entrar en el Reino... sean los que sean los accidentes del camino? Esta prueba va más allá de los accidentes, concierne a la naturaleza íntima de lo que más deseamos, la última palabra de lo que hace la sal de la vida: ser rico y sabio según este mundo, o pobre y loco, para gustar el agua viva y recibir la perla preciosa. Ahí se juega nuestra eternidad, y la Iglesia siempre ha tenido conciencia de que era una prueba formidable, la clave de todas las demás. Una vez más es una evidencia masiva, no hay que discutirla...

Si admitimos eso, comprendemos también que, a los ojos de la Iglesia, lo que se opone a la buena elección de la puerta estrecha y nos pone en el camino de la perdición, no es una debilidad sino una rebeldía; aunque sea inconsciente y se contente aparentemente con no abandonar sus riquezas (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 28, III. Los subrayados son del autor)[6].

Por eso, más que una lucha en la que tenemos que actuar nosotros, se trata de dejarnos hacer, de dejarnos curar, pero ahí es donde es vital la elección entre la humildad y el orgullo:

La gracia redentora tiene el poder de curar la naturaleza caída de su alergia a lo sobrenatural. La prueba que propone se define, pues, como sigue: ¿aceptas ser curado gratuitamente? El hombre puede elegir entre una aceptación que no le cuesta nada (si no es la humildad de recibir y pedir) y el rechazo arbitrario nacido del orgullo. Hay que señalar que esta humildad no es una humillación, aunque por otra parte conlleve la humillación de saberse perdido. El orgullo que rechaza esta humillación no es el que viene del pecado original, sino de la libertad de toda criatura sometida a una prueba como tal: es un orgullo análogo al de nuestros primeros padres e incluso al de los ángeles; por eso, cuando se obstina comienza a constituir el pecado contra el Espíritu Santo (Molinié, La irrupción de la gloria, V, 3: Las dos ciudades)[7].

Las condiciones de esa prueba

 

Sobre un mar de nubes

 

Para que esta prueba no sea una mera ficción es necesaria una situación en la que el salto de la fe se convierta realmente en una prueba para el ser humano. Fundamentalmente es necesario que la intimidad con Dios esté ofrecida pero no esté aún consumada, porque sin esos dos extremos no hay verdadera prueba de fe:

Primero es necesario que la intimidad con Dios -la consagración de la criatura y su invasión por el fuego divino- no esté consumada, como lo está en la visión cara a cara. Cuando la unión transformante está consumada, ya no hay prueba posible: la tradición cristiana es unánime en este punto.

Por otra parte, sin embargo, es necesario que esta unión esté iniciada, sin lo que ya no habría prueba posible; o, por lo menos, esta prueba, que deriva de la propuesta de la vida sobrenatural, la única a la que de hecho han sido sometidos los ángeles y los hombres al principio de la historia, según la tradición judeocristiana.

Debemos, pues, admitir que para la intimidad divina existe otro régimen distinto al del cielo y al de la visión cara a cara, un régimen en el que la invasión del espíritu por la vida trinitaria está iniciada sin estar consumada. Este régimen es el de la fe, «aprendizaje de la visión cara a cara». Se dice que es oscuro, a pesar de la luz extraordinaria que conlleva, precisamente porque está ausente la visión cara a cara, y porque en esta ausencia las luces mayores nos sumergen en una oscuridad más profunda que cualquier luz (Molinié, La prueba de la fe. Introducción, III: La prueba de la fe. Los subrayados son del autor)[8].

En el caso de los hombres (diferente al de los ángeles), nuestro conocimiento y nuestra libertad limitadas, hacen que ese combate no se libre en un instante de una vez para siempre, sino que se realice a lo largo de la vida:

Al contrario, es completamente esencial para el pecado del hombre no tener esa lucidez. La tradición cristiana considera, en efecto, que la lucidez es la raíz del carácter implacable de la decisión angélica... y que, por el contrario, el hombre puede siempre convertirse en este mundo, porque en sus pecados más graves no llega nunca a comprender completamente el horror de lo que está a punto de realizar.

«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen», ésta palabra de Cristo es el fundamento esencial de toda reflexión sobre el misterio de la redención, y hay que aplicarla al pecado de Adán como a los demás pecados..., yo diría incluso más al pecado de Adán que a los demás pecados, precisamente porque este pecado humano se parece tanto al pecado de los ángeles que sólo la falta de lucidez y la parte de ilusión inscrita en el orgullo de Adán pudieron, a pesar de todo, hacer este orgullo vulnerable y, en consecuencia, remisible (Molinié, La prueba de la fe, segunda parte, I, 2, a: El fruto prohibido)[9].

El orgullo

 

Subido al pedestal

 

Cuando aceptamos que sólo nos debe preocupar la respuesta que damos a la prueba de la fe, descubrimos a la vez que nuestro verdadero enemigo es el orgullo:

Nada nos puede separar del amor de Cristo, si no es el orgullo (Molinié, El coraje de tener miedo, 92).

Sin el orgullo, todos los demás pecados se convierten en ocasión de descubrir nuestra miseria y de lanzarnos en los brazos de Dios nuestro Padre, de tal manera que podemos cantar el «¡feliz culpa, que mereció tal redentor!» Pero el orgullo, ya sea del que se rebela contra Dios o del que desespera de él, hace que nos encastillemos en nuestro pecado, del tipo que sea, nos lleva al endurecimiento, a la desesperanza, y al final al pecado contra el Espíritu Santo que consiste precisamente en el rechazo orgulloso de la misericordia de Dios.

No hay pecado mortal sin orgullo (es lo que san Juan llama el orgullo de la vida), sin la voluntad de afirmar nuestras exigencias. Pero entre los pecados veniales es preciso distinguir claramente los que están inspirados en el orgullo y los que realmente vienen de la debilidad (Molinié, Nacer de nuevo, V, 1)[10].

El orgullo es tan pernicioso que no sólo nos endurece en el mal, sino que acaba con el bien:

La palabra de san Agustín debería hacernos temblar para toda la vida: «Los otros vicios nos hacen cometer obras malas; pero el orgullo ataca incluso a las obras buenas para hacerlas perecer» (Molinié, El coraje de tener miedo, 95).

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El orgullo ataca incluso a las obras buenas. No basta con hacer el bien para librarse de él (Molinié, Nacer de nuevo, V,1. El subrayado es nuestro)[11].

Con todo, lo peor del orgullo no consiste en los actos malos a los que nos empuja o las obras buenas que corroe, sino en que elimina la capacidad de reconocer nuestra situación y se hace irreversible:

El orgullo resulta muy grave a partir del momento en que pervierte el juicio. Mientras están en juego sólo la imaginación y los nervios, no es demasiado grave. No hay más que poner un poco de humor en ello y decirse: estoy haciendo el loco. Pero a partir del momento en que se interesa el juicio, la cosa se agrava seriamente, porque precisamente no puede uno percatarse de ello y se queda encerrado en la ilusión. Estamos convencidos de que hay que preocuparse de ciertas tendencias, estamos dispuestos a hacer mucho para luchar contra ellas, para agere contra (resistir a la naturaleza): pero seguimos siendo incapaces de poner el dedo en la llaga. El fruto más temible del orgullo es, pues, la obstinación del juicio. «¿De dónde viene que un espíritu que cojea nos irrita, y un cojo no nos irrita? Es que el cojo reconoce que cojea, mientras que el espíritu que cojea pretende andar derecho y sostiene que son los otros los que cojean» (Pascal) (Molinié, El coraje de tener miedo, 96).

En consecuencia, en la prueba de la fe, lo único que nos tiene que preocupar es luchar contra el orgullo:

«Obremos nuestra salvación con temor y temblor», no porque somos débiles, sino porque somos orgullosos (Molinié, El coraje de tener miedo, 97).

Un orgullo revestido de humildad

 

Las dos caretas

 

Hay una forma (desde luego falsa) de salirse de la prueba de la fe que, aunque se revista de humildad, lo que hace es negar la oferta de la vida divina que hace posible y necesaria la prueba. Con la falsa humildad de que no se está llamado a tanto, lo que se hace es negar lo que se ha recibido, intentar rectificar el plan de Dios, que hace la apuesta de darnos su vida por medio de Cristo y nos coloca en la magnífica y tremenda situación de aceptar o rechazar entrar en su vida. Parece humildad, pero es una forma muy refinada de orgullo que prefiere la falsa pequeñez de no estar llamado a tanto para no tener que soltar las riendas de su vida:

El pecado de orgullo más profundo y más irremediable (el que quizá cometieron los ángeles) consistirá, pues, exactamente en rehusar la acogida de lo infinito para «contentarse» con lo que está a nuestro alcance. Este orgullo podrá fácilmente revestir una apariencia de humildad: «Yo no pido tanto, no apunto tan alto, acepto con modestia los límites de la condición humana. Evidentemente, es muy hermosa la dicha infinita que se me ofrece; pero eso cuesta demasiado caro, es un poco loco, me supera... y no viene de mí: de modo que me resigno» [...]

En la seducción que el demonio ejerce sobre los hombres, les inspira a menudo esta actitud: hacerse una virtud de no pedir demasiado a la vida. Tal modestia puede ser la peor de las autosuficiencias y una forma de negarse a perder pie; uno encuentra contrario a su dignidad dejarse invadir por una alegría infinita. El hombre de rostro virtuoso (que nosotros adoramos secretamente más que a Dios) no debe enloquecer por nada, ni siquiera de alegría..., ni siquiera por Dios. Es precisamente a este pecado al que se aplica la maldición del Apocalipsis: «Si fueras caliente o frío...» No obstante, es mejor equivocarse de infinito que renunciar al infinito (Molinié, El coraje de tener miedo, 100).

El orgullo que nace de la comodidad

En esta prueba de la fe, el orgullo constituye una defensa contra el amor, como una coraza, para que el amor no nos perturbe y nos haga salir de nuestra comodidad. Por eso el orgullo y el amor son incompatibles:

¿Qué orgullo? En el fondo, lo que se rechaza es la humillación de ser perturbado por el amor. Porque el amor es perfectamente humillante, y más humillante que todas las humillaciones. Nos podemos defender de las humillaciones, pero del amor no nos podemos defender sin rechazar el mismo amor: porque si no se rechaza el amor, éste va a penetrar como una espada (¡la Palabra de Dios!) hasta la articulación de los nervios y de la médula, la intimidad del alma que nuestro orgullo quiere proteger, va a reducir a migajas todas nuestras defensas; precisamente porque abre la puerta de estas defensas.

Hay pues una incompatibilidad absoluta entre el orgullo y el amor: la menor defensa, por la cual protegemos la más pequeña zona de nuestra alma, rechaza el amor, le impide penetrar hasta la articulación de los nervios y de la médula. Poco importa que esto se produzca una vez o mil, porque una sola es mortal si no se convierte en llanto, precio mucho más caro que todas las humillaciones (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 40)[12].

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Nuestra mediocridad no nos aporta ninguna garantía. Un día u otro será necesario salir de nuestra torpeza, traspasar los límites para entrar en la locura del amor o en la locura del orgullo, la locura de la confianza o la locura de la desesperación, la locura de la renuncia o la locura de la rebelión. ¿Qué garantía tenemos de elegir la buena? Ninguna, en verdad, por nuestra parte. Hay que volver entonces a la mera confianza, con la inseguridad que ella pide que aceptemos. La inseguridad es el alma de la confianza; rechazarla, es rebelarse ya (Molinié, El cara a cara en la noche, I, apartado Temor y confianza)[13].

El tratamiento contra el orgullo

Un tratamiento necesario

 

Cavando hondo

 

A estas alturas deberíamos tener claro que, si queremos superar la prueba de la fe, no se trata de no ser orgullosos, sino de luchar contra el orgullo que tenemos dentro. El verdadero problema surge cuando consideramos que el orgullo es algo «normal» o «no es tan grave» y no afrontamos esa lucha, porque entonces no pasaremos la prueba fundamental de nuestra vida:

Un día, en Lourdes, una mujer tuvo la idea de esgrimir una pancarta «Señor Jesús, cúranos del alcoholismo». Ella no era alcohólica, sino que quería solidarizarse con ellos en una oración pública, reconociendo por otra parte que esta pancarta era moralmente pesada de llevar. Le decían: «¡Cómo has caído tan bajo! ¡Esto no es concebible, estoy consternado!» Ella contestaba seriamente, casi agresiva: «¡Eso le puede pasar a todo el mundo!» [...]

Pues bien, hay algo, a los ojos de la Iglesia Católica, mucho más grave que el alcoholismo: es el orgullo. ¿Por qué no podemos presentarnos unos a los otros diciendo: «Soy orgulloso» o «soy pecador» (viene a ser lo mismo), «ayudadme a no serlo durante veinticuatro horas»? ¿Qué nos impide hacer eso?

Imaginemos una pancarta esgrimida en Lourdes: «Señor Jesús, líbrame del orgullo». No sería pesada de llevar; todo el mundo lo encontraría muy bien: «¡Qué humildad!» Se tendría admiración, en lugar del pavor y la conmiseración frente al que dice «soy alcohólico». Esto no provoca en absoluto el mismo efecto porque encontramos normal ser orgulloso: ¡todo el mundo es orgulloso!

Es verdad, todo el mundo es orgulloso; pero eso no quiere decir que sea normal, es ahí donde estamos ciegos. Que la confesión del orgullo pueda ser tan poco costosa, mientras que la del alcoholismo es terrible, no es del todo normal. Igualmente una mujer que dice «soy una prostituta» es una vergüenza, aunque ella se sienta bien. Al contrario, el orgullo no es grave: teóricamente es grave, en la práctica no; ¡porque no es vergonzoso! El orgulloso no se avergüenza de decir «soy orgulloso».

Sin embargo, la doctrina de la Iglesia es muy clara. El alcoholismo es una enfermedad que lleva a la muerte, conlleva ciertamente un deterioro del psiquismo, pero mata sólo el cuerpo. El orgullo, al contrario, es la muerte del alma, que de suyo es eterna. Entonces planteo la pregunta: ¿Por qué su confesión no hace el mismo efecto? ¿Por qué puede permitirse decir «soy orgulloso» sin que resulte dramático? Porque no es humillante, entonces nos burlamos de ello.

Esto se llama el misterio de las tinieblas. La ventaja de los alcohólicos sobre los orgullosos, es que han salido de las tinieblas, por lo menos en lo que concierne al alcohol: están en la desesperación, no están en las tinieblas. Saben lo que quiere decir el alcohol, la locura y la muerte que tiene al final; el orgulloso no lo sabe. Orgulloso mortal o venial no lo sabe, está en las tinieblas.

Sólo un descenso al infierno puede sacarnos de las tinieblas que presentan el orgullo como banal y no tan grave como aquello. La oración de la noche de mi infancia decía: «Fuente eterna de luz, Espíritu Santo, disipa las tinieblas que me esconden la fealdad y la malicia del pecado. Hazme concebir un horror tan grande de él, oh Dios mío, que lo odie, si es posible, tanto como tú mismo lo odias, y que no tema nada tanto como cometerlo en el futuro».

Siendo el orgullo el pecado por excelencia, puede adaptarse: «Fuente eterna de luz, disipa las tinieblas que me esconden la fealdad y la malicia del orgullo (de mi pequeño orgullo o del grande), hazme concebir un horror tan grande de él que lo odie, si es posible, tanto como tú mismo lo odias».

Retocaría esta oración añadiendo: «Disipa las tinieblas que me esconden el peligro de la libertad». Pues el orgullo es libre, no es un determinismo, es una libertad que ha tomado sus determinaciones y no cambia; no a causa de la química o de los cromosomas, sino a causa de la libertad misma: una vez que la libertad se ha decidido, no cambia fácilmente.

Es muy hermoso cuando la elección es buena, pero sigue siendo verdadero para la libertad que elige el orgullo: no cambia fácilmente, aunque sea un orgullo atenuado (el de Pedro antes de su traición). Hace falta un descenso al infierno para demoler la presunción que Teresa del Niño Jesús denuncia, y con ella todos los Padres de la Iglesia. Teresa no estaba en las tinieblas que esconden la fealdad y la malicia del orgullo, sino las presentía diciendo a María de la Trinidad: «¡Tema al orgullo como al fuego!» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 30)[14].

Un tratamiento diferente

El orgullo requiere un tratamiento distinto al de los demás pecados, porque precisa de un cambio de orientación radical de la vida:

Es necesario distinguir también, sobre todo en este terreno, los pecados ocasionales y el estado de pecado. No hay que decir nada a una conciencia a propósito de los pecados que desaparecen. Ve que ha pecado, lo rechaza, pide perdón: es difícil hacer otra cosa. Se le pueden indicar los medios que debe poner para evitar volver a caer en determinadas faltas, pero eso es todo: esta alma está iluminada sobre lo esencial.

Pero donde hay mucho que decir es a propósito de las faltas que duran, a las que estamos atados, las faltas que tendemos a justificar. En estas faltas siempre hay orgullo.

Si hay una diferencia tan grande entre el orgullo y los otros vicios, también hay una gran diferencia en la manera de luchar contra él.

Para luchar contra los otros vicios, es necesario combatir, hacer esfuerzos, fijarse una meta, determinar los medios, seguir enérgicamente la ejecución de un plan. La dificultad consiste generalmente en la elección y en la aplicación de los medios. Lo que suele faltar es una determinación sincera y firme.

Pero cuando se trata del orgullo nos equivocamos incluso en el objetivo. Para librarnos de esta ceguera, no hemos de luchar o dominarnos, sino que hemos de convertirnos.

El problema no es avanzar (eso que se llama «hacer progresos») sino cambiar de rumbo, elegir otra meta, cambiar radicalmente, quemar lo que se ha adorado, adorar lo que se ha quemado (Molinié, Nacer de nuevo, V, 1)[15].

La necesidad de que se haga patente el pecado

 

La súplica del encadenado

 

Para salir del orgullo se hace necesario pasar por la amarga experiencia de la caída en la que se haga evidente el orgullo; a partir de esa experiencia es posible la conversión:

Mirad a Pedro. Cada vez que se mencionaba la cruz decía: «Esto no sucederá así» (cf. Mc 8,32; Mt 16,22). No había más que un medio de convertirse, traicionar a Cristo. Acertáis al pensar que no era él al que podía ocurrírsele este medio... él no se daba cuenta.

Veis aquí como el orgullo se introduce en las obras buenas. Era muy bueno querer defender a Cristo de los fariseos, pero el orgullo se deslizaba por dentro.

Cristo permite que Pedro cometa una gran falta evidente a simple vista. Al principio no ha comprendido nada. Incluso no se da cuenta de esta traición inconcebible: estaba cegado por Satanás. Ahora, observad el milagro de la gracia...

Pedro está a punto de renegar de Cristo con la más perfecta convicción... nada puede detenerlo, si no es una luz para la que no estaba preparado de ningún modo. Jesús le mira: su visión del mundo cambia, el mundo se ha trastocado, todo se hunde. Ya no dirá más: «moriré por ti», apenas osará decir: «Señor tu sabes todo, tú sabes que te amo» (cf. Jn 21,15-17) (Molinié, Nacer de nuevo, V, 2)[16].

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En ellos [los pecadores] también debemos distinguir dos aspectos en el misterio del pecado. Uno descompone la naturaleza y puede someter a vicios humillantes: esto es lo que más nos abruma y nos coloca en la primera línea de la condenación de los hombres. Pero éste no es el principal obstáculo para la gracia: el principal obstáculo es el orgullo, presente también en los que se suponen tan virtuosos que se convierten en fariseos. Entonces Dios se sirve del aspecto vergonzoso y miserable para combatir el orgullo, ponerlo de rodillas y finalmente boca abajo, si los pecadores no se resisten demasiado al Espíritu Santo, mediante la humillación suprema experimentada día tras día de no saberse dominar.

Si son fieles a este tratamiento, sin que lo sepan, Dios obrará en ellos maravillas invisibles; y éste es el sentido profundo del camino de la infancia (Molinié, Lo elijo todo, 1, apartado Las tinieblas)[17].

El orgullo como arma contra el orgullo

No es fácil salir del orgullo: primero porque nos cuesta detectarlo, reconocerlo y aceptarlo ya que tiende a ocultarse a sí mismo; luego porque la simple aceptación de que «soy así» no nos saca del orgullo y la rebeldía contra el orgullo puede alimentar otra forma más desesperada de orgullo; y, por último, porque todo esfuerzo personal contra el orgullo puede alimentar el orgullo de pensar que podemos transformarnos a nosotros mismos. Pero hay una forma de salir de esta trampa, dejar que el mismo orgullo nos empuje una y otra vez a la humildad aunque sea doloroso:

¿Cómo verificar entonces que arrojamos el orgullo de nuestros actos? Es como un siroco que se introduce por todas partes. No tenemos ningún medio material e infalible para descubrirlo. Si por otra parte uno se dice: Yo soy humilde, tampoco favorece la humildad, porque permanece centrado sobre sí. El único punto un poco verificable, son los pecados de orgullo manifiesto: una excesiva satisfacción de sí... o un excesivo descontento, pues vienen a ser lo mismo, significan que uno se entretiene en contemplarse. Tanto si se hace para alegrarse como para afligirse, es un desorden que tiene su raíz en el orgullo. Pero no siempre es fácil no pensar en sí mismo; lo mejor entonces es humillarse por ese mismo orgullo, y ofrecerlo como una miseria. A partir del momento en que nuestro juicio reniega de él, no hay más que pedir a Dios que haga el resto y que queme este mal que está en nosotros. El que así lo hace se libra de lo peor, porque se libra de la obstinación (Molinié, El coraje de tener miedo, 95. El subrayado es nuestro).

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¿Pero que hacer si uno comprueba su orgullo? Reconocer que hay dos hombres en nosotros, y liberar por medio de la oración al hijo de Dios que es humilde. Desde el momento en que un orgulloso empieza a rezar con rectitud, y sobre todo si pide la humildad, ha dejado ya de ser orgulloso. Que persevere en este esfuerzo, y sin duda ganará la partida. Pero que la aparición más o menos frecuente de sus accesos de orgullo no lo desaliente: esta tenacidad en la esperanza será el más poderoso y el más eficaz de todos sus actos de humildad (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 1, 1)[18].

La gracia de la conversión es una luz

La conversión no es el cambio que podemos hacer nosotros mismos con nuestra luz y nuestra fuerza (eso no haría más que reforzar el orgullo). Se trata de recibir una luz que viene de Dios, de nuevo «dejarse hacer», porque sólo esa luz puede ayudarnos a cambiar el rumbo de nuestra vida:

Toda conversión es esencialmente pasiva: es una gracia que cae sobre nosotros, una luz imprevista e imprevisible por la que uno se deja agarrar hasta la división del alma y del espíritu [...] La conversión supone nuestro consentimiento, pero sin embargo es algo que se sufre y que no se fabrica, porque es el eje de nuestra vida lo que cambia. No podemos llegar hasta ahí por nosotros mismos. Podemos mejorar los medios, pero no podemos mejorar la meta (Molinié, Nacer de nuevo, V, 2)[19].

La inteligencia necesaria para vencer el orgullo

Puede parecer que la inteligencia es el patrimonio de los orgullosos y la humildad va de la mano de cierta simplicidad o cierta ignorancia. Eso nos llevaría a despreciar la inteligencia a la hora de luchar contra el orgullo, y no es exactamente así, nos hace falta inteligencia para eliminar el orgullo, pero una inteligencia determinada:

Los seres más inteligentes son los más humildes y viceversa. Naturalmente hablando, un ángel es más humilde que el hombre, porque es más inteligente. Lo que nos da la humildad, es una mirada aguda sobre la trascendencia de Dios. «Yo te alabo, Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños»: Jesús no dice los tontos, sino los pequeños, que son al mismo tiempo los más inteligentes.

Como dice Dostoyevski, existe la inteligencia principal y la inteligencia secundaria. La inteligencia secundaria es la riqueza de las ideas con el arte de manipularlas: sobre ese terreno, los ordenadores son mejores que el hombre. Pero la verdadera inteligencia, la inteligencia principal, es el candor de una mirada que penetra en el fondo de las cosas. Desde ese punto de vista, Bernardette era más inteligente que toda la filosofía moderna impermeable a las luces que la harían humilde.

La verdadera inteligencia viene del don de inteligencia, sobre el cual sopla el Espíritu; es esa inteligencia la que nos hace humildes. Está lejos del complejo de inferioridad: es incluso exactamente lo contrario, pues el complejo de inferioridad y el de superioridad en el fondo son lo mismo; es la mirada sobre sí, no la simple conciencia de sí mismo (ésta es inevitable, y la santísima Virgen la tenía), sino el hecho de detenerse sobre sí, de no despegar fácilmente. Una mirada humilde es fascinada por algo distinto de sí, y liberada así de toda complicación. Los genios son a menudo orgullosos, pero en el momento en que son captados por su objeto, son forzosamente humildes, porque se olvidan de sí mismos. Solamente después se vuelven orgullosos, alegrándose de ser visitados por una luz semejante. «Yo no sé quién hace mi música ‑decía Mozart‑, pero ciertamente no soy yo...»

Cuando se ha comprendido la inmensidad de Dios, poco a poco uno no puede ocuparse de otra cosa, y así se ve progresivamente liberado. Es la fascinación de Dios lo que nos hace humildes (Molinié, El coraje de tener miedo, 92-93).

Una extraña lucha

 

El combate de Jacob

 

Para vencer el orgullo tenemos que comprender que mantenemos una extraña lucha con Dios en la que, si vence nuestro yo y nuestro orgullo, salimos perdiendo en la prueba fundamental de nuestra vida; mientras que si dejamos que Dios nos venza, hiriendo mortalmente nuestro orgullo, entonces realmente salimos vencedores en la batalla fundamental de la existencia humana. Extraña lucha en la que tenemos que dejarnos vencer y derrotar para ganar, sabiendo que, desde la derrota definitiva de nuestro «yo», conquistamos el corazón de Dios:

Por lo tanto, Dios lucha para ser vencido y, por nuestra parte, nosotros luchamos también, estúpidamente, para perder el beneficio de nuestra victoria... Por eso, infligiéndonos una derrota sobre el plan insensato con el que intentamos vencer, es como él nos permite entrar en posesión de la corona ofrecida desde el principio. El pecado consiste en vencer en el plano en el que es una locura vencer... El esplendor y la miseria del combate de Jacob consiste en mantener, a pesar suyo, el combate del pecado, gimiendo de manera cada vez más inenarrable, hacia la derrota del orgullo y la victoria del amor. Es, pues, muy verdadero decir que en este combate cada uno desea ser vencido, porque cada uno desea amar, siendo el único obstáculo el orgullo. Orgullo del que Dios sólo busca triunfar para poder proclamarse vencido por nuestra debilidad; orgullo que, por nuestra parte, enviamos al asalto con el deseo secreto de ver cómo se disuelve y muere. Así Jacob y Dios saludan con la misma alegría la herida que les reconcilia para siempre, la nueva dulzura que permite a Jacob conseguir todo lo que quiere (Molinié, El combate de Jacob, 135-136)[20].

Un largo entrenamiento

La prueba de la fe supone un salto cualitativo que, aunque tenga marcha atrás para los seres humanos, se trata de una decisión fundamental de una pieza que se hace en un instante. Pero eso no quiere decir que para tomar esa decisión a favor de la humildad y en contra del orgullo no haga falta una larga lucha contra el orgullo, que a veces dura toda la vida:

La prueba fundamental de la naturaleza caída es, pues, la elección entre la conversión y el endurecimiento, el equivalente a la elección de los ángeles y de nuestros primeros padres. Sólo que esta prueba está oscurecida por la debilidad de la carne, y por eso se prolonga y poco a poco se hace permanente, para permitir a los pecadores sumergirse en la humildad o el endurecimiento.

En efecto, en este estado el orgullo y la humildad no están cristalizados ni son definitivos: hay grados, niveles de profundidad mayores o menores, una coexistencia entre el orgullo de la carne y la humildad del espíritu, o también entre la humildad de la carne y el orgullo del espíritu. De ahí resulta una historia contrastada, cuyo análisis paciente es el objetivo de la pastoral propuesta por la Iglesia, que declara una guerra implacable al orgullo (de donde surgen los combates apocalípticos) mientras ofrece una Misericordia infinita a la miseria [...]

Incluso en el pecador que se convierte y abre su corazón a la humildad, ésta sigue mezclada con las tinieblas del orgullo. De ahí resulta un conflicto permanente, una marcha caótica con sus progresos y recaídas. Examinar estos progresos fue la tarea de los místicos y los santos. No lo hicieron por el placer de mirarse a sí mismos, sino para iluminar el combate que nosotros debemos librar, mostrar lo largo que es, en qué casos es peligroso y en cuáles lo es menos.

Podemos decir grosso modo que deja de ser peligroso en los dos extremos de la cadena. Desaparece con la humildad del espíritu de infancia, pero es prácticamente nulo en el momento de la primera conversión: un pecador no puede abrirse al amor de Dios sin dejarse abrumar por la suavidad de la contrición. Por el contrario, el peligro se vuelve mayor cuando el alma hace progresos sin estar aún loca de amor: entonces puede complacerse en esos progresos, y los autores nos ponen en guardia contra este peligro (comenzando por Teresa del Niño Jesús).

La prueba de la naturaleza caída es, pues, relativamente simple tanto al comienzo como al final. Se vuelve más compleja y terriblemente peligrosa entre medias, allí donde se corre el riesgo de establecerse el reino de la tibieza y la autocomplacencia; también el riesgo de las diversiones, de las zarzas y las espinas que ahogan la semilla de la Palabra de Dios. Esta situación explica que el Evangelio pueda ser, a la vez, tan alentador y tan severo, como la misma Misericordia: «No temas pequeño rebaño», pero sólo «el que persevere hasta el final se salvará». Sí, debemos perseverar en la locura de la humildad confiada, porque la trampa del endurecimiento nos amenazará siempre mientras no seamos grandes pecadores o grandes santos... (Molinié, Que mi alegría permanezca, II, 4: La conversión permanente. El subrayado es del autor)[21].

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El sufrimiento y la muerte pueden llevarnos a la heroicidad en un sentido o en otro, pero la elección que hacemos en ese momento depende de lo que hacemos antes de ser heroicos, en las pequeñas cosas, en todo instante de la vida, decidiendo cada vez ser un poco más humildes o un poco más orgullosos, un poco más cariñosos o un poco más despiadados. Es esta elección diaria la que construye poco a poco, en el silencio de la vida escondida, el sí o el no que ofreceremos a la hora de la visita, la gran visita de Dios que viene a invitarnos a ingresar en el Cielo, en ese momento en que, cualquiera que sea el grado del sufrimiento, el demonio hace un esfuerzo último para arrancarnos a la Misericordia.

En este combate entre la humilde esperanza y el orgullo desesperado (toda presunción desaparece a la hora de la muerte), la decisión de nuestra libertad no depende entonces de la valentía (el orgullo es valiente, el demonio es valiente), sino de los pequeños «sí» o de los pequeños «no» que hayamos ofrecido a lo largo de nuestra vida. Desde luego el último momento puede desmentir nuestra vida pasada en un sobresalto de rebeldía, de confianza o de humildad, que viene a contradecir las elecciones anteriores. Éste es el sentido del célebre pasaje de Ezequiel: hay una última elección, una última posibilidad para la Misericordia; y para el demonio que intenta arrastrar a los santos a la desesperación, lo que ocurre a menudo (Molinié, El cara a cara en la noche, II, apartado La cruz)[22].

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Así, en cada combate, la prueba de la elección entre el orgullo y la humildad se presenta con su peligro fundamental, aunque este peligro disminuye cada vez que se dice «no» al orgullo: sólo cesa de forma definitiva con la entrada en la locura del amor (Molinié, Que mi alegría permanezca, II, 4: La conversión permanente)[23].

Santa Teresa del Niño Jesús maestra en la lucha contra el orgullo

 

Teresa de Lisieux de niña

 

Si alguien comprendió la importancia de luchar contra el orgullo y enseñó la forma de luchar contra él fue santa Teresa del Niño de Jesús.

-Advierte con fuerza del peligro del orgullo:

Escuchemos a propósito de esto una confidencia de sor María de la Trinidad: «Una vez le exponía escrúpulos acerca de la pureza, y me dijo: ¡es asombroso cómo las almas pierden fácilmente la paz a propósito de esta virtud! El demonio no lo ignora, por eso los atormenta tanto respecto a eso. Y sin embargo, no hay tentación menos peligrosa que aquella. El medio de librarse de ellos es mirarlos con calma, no asombrarse, aún menos temerlos. Habitualmente, al primer ataque nos espantamos, lo creemos todo perdido; precisamente de ese miedo, de ese desaliento se sirve el diablo para hacer caer a las almas. Sin embargo, esté segura de que una tentación de orgullo es mucho más peligrosa y Dios es más ofendido cuando se sucumbe a ella que cuando se comete una falta, incluso grave, contra la pureza, porque él ve la fragilidad de nuestra naturaleza pervertida, mientras que para una falta de orgullo no hay excusa. Y sin embargo, es una falta que las almas cometen a menudo y fácilmente sin inquietarse. Una tentación de orgullo debería temerse más que el fuego, mientras que una tentación contra la pureza sólo puede humillar nuestra alma y por ello hacerle más bien que mal» (Molinié, Lo elijo todo, 5, apartado La redención)[24].

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Pero el pecado por sí solo no es un obstáculo, pues se trata de Misericordia… De ahí la declaración célebre: «Aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto de arrepentimiento, a echarme en brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo pródigo que vuelve a él»[25]. El único obstáculo a la misericordia por tanto sólo puede ser el orgullo, visible o invisible, farisaico o no, mortal o no (Molinié, Lo elijo todo, 6, apartado Los pequeños)[26].

-Propone la lucha contra el orgullo desde el principio como parte fundamental del caminito para las almas pequeñas:

El orgullo es un pecado multiforme, pero hay un orgullo concreto que es, si me atrevo a decirlo, el enemigo personal de Teresa: el que habita en el corazón de Pedro cuando le dice a Jesús: «Daré mi vida por ti». Este orgullo define a las grandes almas a las que se opone Teresa. Puede producir la ilusión presuntuosa de Pedro con la caída que tuvo como resultado, pero puede también producir el desaliento de los que querrían hacer como él, que tienen ganas sinceras de darse a Jesús, pero se sienten despojados de los recursos que permiten decir con seguridad: «Daré mi vida por ti». Incapaces de pronunciar esas palabras y de orientar su vida según ese camino, profundamente impregnados del orgullo que impide concebir otro amor y otro radicalismo, esas almas caen en un desaliento más o menos anunciado, tanto más peligroso además en la medida en que, en lugar de proclamarse, se disimula tras una concepción de la vida cristiana menos radical y menos absoluta: este es el caso de la mayoría de las hermanas de Teresa (Paulina aparte). Toda su batalla va entonces a librarse contra ese orgullo, en tanto que impide percibir con qué intensidad la Misericordia codicia la pequeñez de los pobres y el desamparo de los pecadores.

Es cierto que al final de las purificaciones de san Juan de la Cruz este orgullo está destruido, liquidado, no se habla más de él. Pero el mismo san Juan de la Cruz y los autores tradicionales no se agarran sólo a él: se agarran a la tibieza o al orgullo en general… no precisamente al orgullo de Pedro en tanto que oscurece la percepción fundamental de Teresa. En ningún sitio encontró la exposición de esta batalla, que quería proponer a las pequeñas almas como punto de partida de su periplo, y no sólo al final. Está convencida de que, si llegamos a rechazar este orgullo, a resistirle con la profundidad suficiente para que la percepción que la consume resulte evidente, la invasión de la inteligencia y del corazón por la ternura de Dios sería desde el principio tan fuerte que bastaría para conducir a las almas a los pastos verdes sin que tuvieran que preocuparse por el camino: a pesar de sus impurezas y sus imperfecciones, los que hayan podido deponer el orgullo concreto que ciega a Pedro no necesitan ruta (Molinié, Lo elijo todo, 6, apartado Los pequeños)[27].

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Sabe, pues, que es el orgullo el que impide ser pequeño y esperar sin límites: se resistió a él victoriosamente toda su vida. Sabe cómo la pequeñez consigue la victoria de la esperanza contra el desamparo y la desesperación. Lo sabe cuando redacta su consagración: es muy consciente de que el combate de la esperanza se juega entre el orgullo y el espíritu de infancia (Molinié, Lo elijo todo, 6, apartado Los pequeños)[28].

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-Si fuese infiel, si cometiese la más pequeña infidelidad, sé que lo pagaría con turbaciones espantosas y ya no podría aceptar la muerte. Por eso, no ceso de decirle a Dios: «Dios mío, por favor, líbrame de la desgracia de ser infiel».

-¿A qué infidelidad te refieres?

-A alimentar voluntariamente un pensamiento de orgullo. Si, por ejemplo, me dijese a mí misma: He adquirido tal virtud y estoy segura de poder practicarla. Pues eso sería apoyarse en las propias fuerzas, y cuando se hace eso, se corre el peligro de caer al abismo. Pero si soy humilde, si soy siempre pequeñita, tendré el derecho de hacer pequeñas travesuras hasta el día de mi muerte sin ofender a Dios. Mira a los niños: están siempre rompiendo cosas, rasgándolas, cayéndose, a pesar de querer muchísimo a sus padres. Cuando yo caigo de esa manera, compruebo todavía más mi propia nada y me digo a mí misma: ¿Qué no haría yo, a qué extremos no llegaría si me apoyase en mis propias fuerzas...?

Comprendo muy bien que san Pedro cayera. El pobre san Pedro confiaba en sí mismo, en vez de confiar únicamente en la fuerza de Dios. Y saco para mí la conclusión de que si yo dijera: «Dios mío, tú sabes que te amo demasiado para detenerme en un solo pensamiento contra la fe», mis tentaciones se harían más violentas y ciertamente sucumbiría a ellas.

Estoy convencida de que si san Pedro hubiese dicho humildemente a Jesús: «Concédeme fuerzas para seguirte hasta la muerte», las habría obtenido inmediatamente (Santa Teresa del Niño Jesús, Cuaderno amarillo, 7.8.4).

-Son pocos los que luchan contra el orgullo como indica Teresa:

El Cura de Ars decía: «El orgullo es como la sal que lo invade todo». Por lo menos habría que sufrir por ello, gemir por ello, rechazarlo, comprender que ahí está la batalla y el peligro, el único peligro serio; y suplicar constantemente para ser liberados de él.

Si estamos fascinados por estas verdades, si seguimos a Griñón de Montfort o el camino de la infancia, la principal razón que condena a la mayoría de las almas a pasar por el Purgatorio es, por lo menos, atacada con fuerza. Compruebo con un gran dolor qué difícil es conseguir de los cristianos que entren resueltamente en este combate. ¡Entonces dejo de asombrarme! Si un alma decide lealmente y firmemente mantener este verdadero combate, la Virgen le dice: «¡No te desanimes! Si aceptas jugar perdedor y pobre como percibes instintivamente, no debes poner límites a tu confianza. Desgraciadamente muy pocos luchan contra el orgullo como Teresa les invita (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)[29].

La humildad

 

Polvo eres

 

Lo que no es la humildad

La humildad no es el descontento de nosotros mismos. No es tampoco la confesión de nuestra miseria o de nuestro pecado, ni siquiera, en cierto sentido, de nuestra pequeñez. La humildad supone en el fondo que se mire a Dios antes de mirarse a sí mismo, y que se mida el abismo que separa lo finito de lo infinito. Cuanto mejor se ve eso (cuanto mejor se acepta verlo), más humilde se es (Molinié, El coraje de tener miedo, 92).

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Hay una mala violencia que se abaja y se denigra, y que viene del demonio: «Estoy abajo, no valgo nada, no soy nada, he fracasado en todo, soy un desperdicio, podredumbre», etc, etc. Tantas fórmulas demoníacas que caricaturizan la humildad (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 29)[30].

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Hay quienes pasan el tiempo proclamándose pecadores, y no son humildes porque no aceptan ser olvidados, ni olvidarse. Nosotros ni siquiera merecemos ser despreciados. Es inútil dramatizar sobre nosotros mismos, no es interesante: lo único interesante es Dios (Molinié, El coraje de tener miedo, 93-94).

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No son las humillaciones las que nos harán humildes, pues podemos sobrellevarlas de una manera orgullosa. Si las aceptamos humildemente, pueden liberarnos de las ilusiones y hacernos conscientes de nuestros limites; pero de por sí no son liberadoras, si no contemplamos al mismo tiempo la trascendencia de Dios. Cuando estamos contentos de nosotros mismos es que somos inconscientes. Las humillaciones nos liberan de esta inconsciencia, pero no de nosotros mismos (Molinié, El coraje de tener miedo, 94).

¿Definir la humildad?
La humildad es una fuerza

¿Qué es la humildad? Cuestión difícil. La humildad no es difícil de practicar, pero es terriblemente difícil de comprender [...] Teresa del Niño Jesús decía: «Dios me ha enviado muchas pruebas; a través de estas pruebas me ha enseñado a alegrarme de ser pequeña». Ella no supo inmediatamente lo que quería decir esto; debió sufrir una dolorosa educación para comprender la humildad. La humildad no es una actitud piadosa o resignada. Es una fuerza, la fuerza; o más bien, hay dos fuerzas en el mundo, como percibía Raskolnikov, dos fuerzas sin límites: el orgullo y la humildad (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 1, 1: En manos de Dios o del diablo)[31].

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En el Idiota había encontrado esta frase: «La humildad es una fuerza terrible», no la he olvidado nunca, me ha marcado para siempre. ¡Era mi única lucecita en la noche! (Molinié, El cara a cara en la noche, II, apartado Mi conversión)[32].

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La humildad no es una sabiduría, es una locura.

No es una debilidad, es una fuerza terrible.

No es un abatimiento, es una resurrección, la alegría de la nada que estalla en el infinito, la alegría del rebelde que se disuelve en la dulzura de Dios.

La humildad no es una dulzura, es una violencia, la más implacable de todas las violencias, capaz de devorar la violencia de los poderosos. No es el agua, es el fuego: la humildad, en el fondo, es Dios... es también el único punto en común entre la criatura y Dios.

Estas verdades son profundamente trinitarias: cada persona divina es sólo con relación a la otra, su humildad infinita disuelve implacablemente lo que nosotros llamamos la afirmación de nuestra personalidad. Pero hay que experimentarlas sobre todo como Dostoyevski, Teresa del Niño Jesús, san Juan de la Cruz: «Bajé tan bajo, tan bajo...» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 29)[33].

La humildad nace de la verdad y del amor

Ya hemos visto que la humildad no nace del autodesprecio, de la proclamación de nuestros pecados, ni siquiera de las humillaciones por sí mismas, sino de «mirar a Dios antes que a uno mismo». Por eso la humildad nace de esa mirada en Dios que descubre la verdad de Dios, de su amor y de lo que somos para él. La contemplación de ese amor infinito e inmerecido, del valor que tenemos ante Dios como regalo gratuito, de lo que Dios está dispuesto hacer para unirnos a él, eso es lo que nos hace humildes.

La primera fórmula de la humildad, antes de Dostoyevski, la he encontrado en una novela barata: «Sólo se vive completamente cuando se prueba un sentimiento de disolución, cuando en apariencia ya no se es uno mismo, pero cuando se está todo entero volcado en otro ser». La mejor escuela son quizá los folletines que cuentan la estupidez de querer, de vivir para otro al estilo de las prostitutas que tienen corazón...

Olvidarse de uno mismo, no por virtud sino por embriaguez, porque se ha probado la droga del amor: Jesús, María, María Magdalena, el lavatorio de los pies, Nazaret, las locuras de los santos no hacen más que ponerlo en calderilla.

No hay camino para llegar ahí: se tiene esa embriaguez o no se tiene. Pero cuando se tiene, y cuanto más se tiene, más terror se tiene por el horror de estar tan acostumbrado al orgullo, la dureza de corazón y el demonio, que persiguen incansablemente esta humildad. Entonces empieza el combate espiritual... (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 29)[34].

Por lo tanto la humildad nace de la percepción del amor de Dios:

Pero por otra parte, sólo el amor puede llevar a esta pequeñez en cuestión. Porque no se trata únicamente de humildad, sino de creerse amado como pobre, lo que no sucede sin experimentar la presión del amor. Los que escuchan la llamada de Dios a través del mensaje de Teresa sienten la locura desbordante del Amor que busca derramarse en ellos, y le ofrecen la fe más pura y más sobria: la fe de Abrahán, la fe de María; sin luz extrínseca, pero ardiente con el fuego de la Misericordia, raíz afectiva de esa adhesión.

Aquellos cuya humildad se enraíza de este modo en la percepción del Amor no son sólo humildes, son simples con la simplicidad trinitaria que se derrama en la criatura, infinitamente amada en su rostro de pobre (Molinié, Lo elijo todo, 5, apartado El mensaje de Teresa. El contenido)[35].

Se trata de una humildad que tiene su base en nuestra situación de criaturas ante el Creador, pero que llega a su culmen cuando contempla la pobreza/humildad de la Trinidad que nace del Amor que es la Trinidad y que busca la pobreza/humildad del hombre:

En definitiva habría una pobreza que se enraíza en la Verdad («la humildad es la Verdad»), y una pobreza que se enraíza en el Amor. La primera no hace otra cosa que manifestar la situación de la criatura ante Dios, no puede aplicarse de ningún modo a Dios, ni siquiera en sentido amplio: esta pobreza «tiene como motivo la virtud de la humildad».

Por el contrario, hay una pobreza que se enraíza en el Amor, según el misterio que no podemos explicar en la tierra. El que ama quiere darlo todo, y al hacer esto quiere ser «pobre». En este sentido podemos hablar de una pobreza trinitaria; más locamente aún de una pobreza de Dios ante la criatura: «El Amor se hace como infinitamente pobre» [...]

Me permitiría añadir, apoyándome en Teresa, que existe una afinidad misteriosa entre las dos pobrezas; afinidad que justifica el empleo de la misma palabra para acercarnos a este misterio inefable: en su deseo de darlo todo a la criatura, Dios se quiere pobre hasta el punto de «envidiarle» de alguna manera la pobreza que le define, y que no puede encontrarse en él. Esto es rigurosamente cierto, porque si esta pobreza no hubiera seducido el corazón de Dios, no le habría dado la existencia, ni elegido a María como Madre.

Dios se quiere pobre porque él es Amor. Todo sucede como si la pobreza trinitaria no le bastara, y pide a la criatura (y primero a María) un amor pequeño y miserable que no se encuentra en la Trinidad: esa es «la plata de la simplicidad creada que viene a resaltar el oro de la caridad increada». Es la intuición última de Teresa del Niño Jesús, y creo que antes del Cielo no podemos ir más lejos. Pero en la tierra hay que llegar hasta allí para responder a la locura del amor de Dios (Molinié, Que mi alegría permanezca, nota D, V)[36].

Se trata de la humildad de la Virgen en el Magníficat.

La humildad es necesaria

La humildad no es un adorno opcional en nuestra vida cristiana, la humildad es absolutamente necesaria en la prueba en la que se juega toda nuestra vida:

La esencia de la conversión es el paso del orgullo a la humildad: no la humildad de la sabiduría que se reconoce posa cosa, sino la del amor que inspira confianza en la Misericordia. La humildad supera todas las tentaciones debidas a la debilidad de la carne. No podemos condenarnos sin rechazar la humildad: si alguien terriblemente tentado consigue evitar todo endurecimiento, pero sin embargo cae en una falta grave, no cometerá nunca ese pecado con ese orgullo, el único que paraliza la misericordia divina e impide la conversión (Molinié, Que mi alegría permanezca, II, 4: La conversión permanente)[37].

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La impotencia del inocente y del justo para entrar en la Gloria no es menos profunda y absoluta que la impotencia del hombre caído para recibir la gracia original, dicho de otro modo, el sobrenatural. En el primer caso es una impotencia, y en el segundo una alergia: pero el obstáculo es absoluto en uno y otro caso. En ambos casos, la criatura puede elegir entre el don gratuito de su humildad que se deja salvar por el Espíritu Santo y el rechazo arbitrario de la Salvación gratuita ofrecida por la Misericordia. La rebeldía original no hace más difícil la aceptación, porque se trata precisamente de aceptar la liberación de la prisión que nos indigna. Simplemente no podemos hacerlo únicamente por el deseo de ser liberados: es necesario el don gratuito de nuestra humildad que se deja salvar, y que acepta tener necesidad de la Salvación y, por lo tanto, eventualmente de pedirla. De ahí la insistencia de Cristo en la oración, accesible antes de la justificación, necesaria incansablemente después de ella (Molinié, La irrupción de la gloria, V, 3: Las dos ciudades)[38].

La humildad es necesaria para decir «sí» a Dios en el momento del sufrimiento, pero también para no decirle «no» cuando todo nos sonríe, es la fuerza necesaria para la entrega heroica:

Es una doble ceguera creer que ante el sufrimiento no podremos decir nunca sí, y que sin el sufrimiento no diremos nunca no. Al contrario, es en el placer y el éxito, en la abundancia de luces y gracias, cuando corremos los peligros más grandes, esos que han precipitado a las tinieblas a las criaturas inocentes y espléndidas que eran Lucifer y nuestros primeros padres. Son las horas de luz las que son temibles, no las horas de tinieblas ni la de la Cruz. La Cruz ha sido inventada para salvarnos, no para perdernos.

Por tanto, si sabemos escapar del peligro de la libertad ante la embriaguez de la felicidad y de nuestra propia excelencia, será gracias a una humildad más meritoria que todo heroísmo y que toda valentía; una humildad que consiste en amar, pura y simplemente, en amar a Dios, en amar al otro, en dejar al amor pulverizar nuestra personalidad en su hoguera... Si sabemos decir sí a esta invitación dulce y peligrosa (peligrosa por su dulzura misma, pues podemos pisotearla siempre), entonces podemos pedirlo todo y conseguirlo todo, en particular no decir no en la hora del sufrimiento y del heroísmo (Molinié, El cara a cara en la noche, II, apartado La Cruz)[39].

Cuando en la prueba de la fe abrazamos la humildad y eliminamos el orgullo llegamos a la infancia espiritual, que es la garantía de victoria en el combate espiritual:

El espíritu de infancia no nos dispensa del buen combate; al contrario, es la única forma de entrar en este combate con toda su pureza, sin apoyarnos en el orgullo aprovechando la ceguera original, sino sólo en el amor y en la humildad que engendra. No olvidemos que el espíritu de infancia es el fruto de la prueba fundamental de la que he hablado: la elección de la humildad contra el orgullo, ante el cual no se permite ninguna debilidad (me refiero a una debilidad voluntaria y un poco obstinada, un abandono de la lucha antes de que penetre en nosotros la «suave Luz» evocada por Newman)[40] (Molinié, Que mi alegría permanezca, I, 4, 3: Los cristianos)[41].

Los grados de humildad[42]

 

Subiendo la escalera que se derrumba

 

San Benito habla de doce grados de humildad; yo veo sobre todo tres (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 1, 2: Las impotencias que condenan)[43].

Los tres grados de humildad son entonces la sumisión, la confianza y la disolución que nos liquida y nos licua en la ternura de Dios. Ahí no somos ya nada, nos confundimos con Dios, y sin embargo somos distintos de él más que nunca, a la manera en la que las personas divinas se distinguen entre ellas (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 7, 3: La dulzura trinitaria)[44].

El primero consiste simplemente en reconocer que nosotros no estamos en primer lugar, porque nosotros no somos Dios (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 1, 2: Las impotencias que condenan)[45].

El primer grado de humildad nos hace capaces de orar, no importa en qué religión –orar a Aquel que está en el primer lugar– y no a los ídolos. Nos pone de rodillas o incluso rostro en tierra, para significar: «Dios mío, acepto estar en el segundo lugar, acepto depender» (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 1, 3: Los tres grados)[46].

El segundo grado se pidió al pueblo judío antes de la venida de Cristo. La religión de Moisés ofrece algo más que las demás religiones, al precio de una exigencia más grande en el terreno de la humildad. Al mismo tiempo, el orgullo que se le opone se vuelve más grave. En el Evangelio y ya en la Biblia, la dureza de corazón es severamente denunciada. A medida que aumenta la finura de nuestra relación con Dios, el orgullo se vuelve mortal (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 1, 3: Los tres grados)[47].

La historia de Israel es la del segundo grado de humildad. Para volverse cristiano es necesario primero ser judío, es decir, comprender lo que, durante dos mil años, Dios ha intentado hacer comprender a su pueblo. Este pueblo tenía sus dioses como los otros. La primera cosa que Dios ha dicho es: «Yo soy el único, el que ha hecho el cielo y la tierra» (cf. Gn 14,19). Pero este creador quería llegar a ser, sobre todo, el Dios de su amor. Cuando nosotros decimos «mi Dios», nombramos a este Dios que Israel ha elegido con preferencia sobre los otros, porque Yahvé se lo ha mandado.

No todo el mundo es invitado a elegir a Yahvé como el Dios de su corazón. Es la elección o la predilección; yo he elegido a Yahvé porque él me eligió primero. «Yo no soy un dios como los otros, pero tú no eres un pueblo como los otros, porque yo te he elegido. Si pones tu confianza en mí, te salvaré de tus enemigos» (cf. Dt 28,7). Dios quiere que Israel haga una elección que sea un acto de amor, como la elección de Israel es un acto de amor de parte de Dios. Ésa es la Alianza, la antigua Alianza. Dios espera un acto de amor que produzca un acto de adoración [...]

En lugar del orgullo especial que le acecha, Dios va entonces a enseñarle una humildad especial, que consiste en reconocerse inferior, y sin embargo precioso (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 3: El segundo grado de humildad)[48].

El tercer grado de humildad será el de la entrada en la tierra prometida, la entrada en el Cielo, que es el don traído por Jesucristo (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 1, 3: Los tres grados)[49].

Él no lo dice a paganos o a cristianos en general, sino a sus discípulos, a los que serán las columnas de la Iglesia, el colegio de los apóstoles: «Vosotros sois mis amigos, ya sois puros por la Palabra, os amo y daré mi vida por vosotros. Pero tal y como sois, no podéis entrar en el reino. ¿Por qué? Porque no sois niños» (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 5, 1: La humildad del Cielo)[50].

El tercer grado de humildad se hace tan pequeño que está «a nivel» con la dulzura de Dios (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 7, 3: La dulzura trinitaria)[51].

Se ve la singularidad profunda del tercer grado de humildad. La alegría de no ser nada es una alegría trinitaria. Esto no es una invitación a la pereza, al contrario, es una invitación a gastar todas las fuerzas, no para llegar a un resultado, sino para agotarse al servicio de Dios (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 11,1: El admirable intercambio)[52].

Caminos de humildad
Pedir perdón antes de conocer las faltas

Pensamos que la humildad consiste en reconocer nuestras faltas, pero la humildad que necesitamos para el combate de la fe va mucho más allá, tenemos que reconocer que somos pecadores y pedir perdón antes de que se nos señalen nuestras faltas, sólo así podremos ser iluminados acerca de ellas:

¿Pero cómo luchar contra eso, contra una ilusión tan invencible? Yo no veo más que un medio: tenemos que estar convencidos de que nos equivocamos, y estar convencidos de ello de antemano. Eso no quiere decir que nos equivoquemos en todo: nosotros recibimos la enseñanza de la Iglesia, estamos en la verdad, pero debemos estar convencidos de que la manera como hacemos pasar estas verdades a nuestra vida, mezcla en ello tinieblas que vienen de nosotros. No podemos pensar en algo recto sin mezclar en ello algo torcido. Hay que sufrir por ello y no perder la cabeza, no querer a toda costa discernir las tinieblas de la luz, pues en este esfuerzo habría aún tinieblas.

Ser humilde es denunciar las tinieblas en las que nos obstinamos, reconocer que están ahí antes de haberlas descubierto.

Se trata de cosas demasiado profundas para que las percibamos: para verlas, hay que humillarse antes de comprender. Es preciso sentir que Dios nos hace reproches sin que nosotros sepamos por qué, y hay que inclinarse sin discutir: si no, es que procede de la obstinación del juicio que quiere apoderarse de la luz por sí mismo.

Necesitamos, pues, pedir perdón por nuestro pecado antes de saber por cuál. Tan pronto como tiene lugar ese movimiento, que brota del fondo del corazón, la luz penetra en nosotros y nos hace ver las tinieblas de las que éramos culpables (Molinié, El coraje de tener miedo, 96-97).

La flexibilidad necesaria

Para alcanzar la humildad necesaria que venza al orgullo necesitamos la flexibilidad que vence la obstinación. Esta flexibilidad se ejercita con la fe:

El espíritu de fe está en los antípodas de la obstinación, pues declara la desviación de nuestro juicio en favor de la confianza en otro. Lo importante en la fe no es tal o cual verdad (de la que podemos siempre apoderarnos para devenir heréticos), sino la flexibilidad inenarrable de la adhesión. Es necesario que se cumpla en todo momento este movimiento de la fe: es preciso renunciar a comprender a todas las escalas, para comprender según una luz que Dios nos dará. La fe es la preferencia permanente dada a una luz distinta de la nuestra (Molinié, El coraje de tener miedo, 97-98).

Esta flexibilidad tiene que ver también con aceptar el ritmo de Dios, a veces más lento y a veces más rápido que el nuestro.

Por eso el ritmo de Dios no es el nuestro. Cuando queremos construir una casa, estamos obligados a hacerla progresivamente. Dios no tiene necesidad de estas dilaciones. Él dijo: Que exista la luz, y la luz existió. La única dilación que se impone a Dios es la que viene de la libertad humana, porque Él quiere respetarla. Él quiere salvarnos en un instante, y lo puede, pero quiere hacerlo en respuesta a un acto de fe. Para obtener este acto de fe, necesita a menudo años. Entonces, Él espera... y eso da lugar a procesos muy curiosos. Él nos dice, por ejemplo: «Comienza esta obra; vamos, Yo estoy contigo». Se comienza la casa. Se pone la primera piedra, luego algunas otras..., y se detiene. No avanza más..., y puede durar años. A nuestros ojos, es tiempo perdido. No comprendemos que Dios trabaja durante ese tiempo y que en realidad la casa avanza, pues la verdadera casa somos nosotros: Dios espera solamente que seamos capaces de realizar un determinado acto de fe, y éste precisamente constituye el último toque de la obra tal como Dios la construye. Desde el momento en que se realiza este acto, inmediatamente la casa está terminada (Molinié, El coraje de tener miedo, 98-99).

La primacía de la pasividad

La humildad necesaria en la prueba de la fe necesita que dejemos de dar la primacía a lo que nosotros podemos hacer y abracemos esas virtudes que llamamos «pasivas» y que son las que Dios necesita para realizar su obra. Volvemos al tema fundamental: «Dejaos hacer».

La dificultad de la fe es la misma que la de la humildad: se trata siempre de dar la preferencia a la dimensión pasiva e infinita de nuestro espíritu, la que acoge y espera, sobre la dimensión activa y dinámica que adopta forzosamente los límites de nuestra naturaleza. El único acto infinito que podemos hacer es el de ser pasivos y recibir [...]

Lo más doloroso, en la agitación de algunos para «reformarse», es el esfuerzo de la criatura por sustituir su iniciativa a la única actividad infinita que se nos ofrece, y que es el silencio. No hay otra alternativa, el silencio o la acción: saber esperar o no saber esperar... (Molinié, El coraje de tener miedo, 99-100.101).

No se trata de no hacer nada, de una forma de quietismo, sino de aprender a colaborar con Dios:

Se me dirá: «Pero entonces, ¿no se colabora nunca con la gracia?» Sí, pero en la medida de nuestra confianza y de nuestra caridad (Molinié, El coraje de tener miedo, 103).

El mundo necesita a los humildes

Parece que todas estas actitudes de humildad, pasividad, dejarse hacer y confianza no van a cambiar al mundo y no valen de mucho en la Iglesia de nuestros días; pero nos equivocamos, lo que Dios necesita son hombres y mujeres verdaderamente humildes, que libres del orgullo, le permitan actuar en ellos y en los demás:

Podría decirse que, si el mundo no marcha mejor, es por falta de ciertos actos de los que Dios tiene necesidad. Es necesario que haya en la tierra un cierto número de hombres que hagan actos de fe como el de Abraham. Cuando una criatura humana llega a realizar un acto semejante, ello produce silenciosamente una deflagración más fantástica que una bomba de hidrógeno, porque abre las compuertas del cielo, y los méritos y los tesoros acumulados por Cristo y los santos pueden extenderse sobre la tierra. Y Dios conduce el mundo para obtener tales actos [...]

Para el apostolado ocurre lo mismo. Parece que no hay medio de atravesar tal o cual fortaleza...; quizá no se llegará poco a poco, pero todo se derrumbará de una vez como las murallas de Jericó. Sólo hay que dar siete vueltas alrededor..., y cada una de estas «vueltas» puede durar siglos. Todo está en que Dios se conmueva hasta ahí (quiero decir, hasta derribar las murallas). Y para eso hay un grado inaudito de confianza y de humildad que Él espera de nosotros. Él quiere hallar adoradores que vayan también hasta ahí, para conmoverse en la misma medida de su confianza [...]

No hay que pretender «hacer un servicio» a Dios en detrimento de su gloria. Hombres que hacen algo visible, Él encontrará siempre todos los que quiera; pero amor, humildad, fe, ¿lo encontrará el Hijo del Hombre cuando vuelva sobre la tierra...?

Desde el momento en que alguien se entrega a Dios, no hay ninguna dificultad para Él en colmarle de los dones que hizo al padre Kolbe. La dificultad, incluso para Dios, está en encontrar una libertad que se dé verdaderamente. De éstas no hay suficientes. Puede faltar un milímetro, pero ese milímetro es un abismo (Molinié, El coraje de tener miedo, 98.99.102).

¿Y qué hay después de la prueba de la fe?

No debemos pensar que, superada la prueba de la fe, termina la lucha de la vida cristiana. Pero no se trata ya de una prueba, con el peligro de la caída, sino de la participación en la pasión de Cristo:

Los cristianos conocerán a su vez un combate análogo cuando después de haber superado la prueba de la fe, sean invitados a prolongar -en la realeza del matrimonio espiritual donde la prueba es consumada- el combate original de la Pasión, completando así en su cuerpo lo que falta al esplendor de esta Pasión (Molinié, La irrupción de la gloria, I, apartado La prueba de la fe)[53].

 

En la cumbre

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NOTAS

[1] Entrevista realizada por Luc Adrian, en Famille Chrétienne nº 1161, abril de 2000.

[2] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, IX, L’irruption de la gloire, Paris 2001 (Téqui), 35-36.

[3] M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir. Une catéchèse pour les jeunes... et les autres, Chambray1989 (C.L.D.), 44-45.

[4] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, V, L’épreuve de la Foi et la chute originelle, Paris 2001 (Téqui), 32.

[5] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, X, Que ma joie demeure, Paris 2001 (Téqui), 106-107.

[6] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), 2, 187-188.

[7] M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 279.

[8] M.-D. Molinié, L’épreuve de la Foi, 32-33.

[9] M.-D. Molinié, L’épreuve de la Foi, 129-130.

[10] Naître de nouveau, d’après le Père Molinié, Pneumathèque 1994, 3ª ed. (Burtin), 38.

[11] Naître de nouveau, 38.

[12] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 3, 58-59.

[13] M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit. Méditation sur le mystère du mal, Paris 2000 (Téqui), 30.

[14] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 203. 206-208.

[15] Naître de nouveau, 38-39.

[16] Naître de nouveau, 40-41.

[17] M.-D. Molinié, Je choisis tout. La vie et le message de Thérèse de Lisieux, Chambray-lès-Tours 1992 (CLD), 28.

[18] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 24.

[19] Naître de nouveau, 41-42.

[20] M.-D. Molinié, El combate de Jacob. ¿Podemos vivir con Dios? ¿Podemos vivir sin Dios?, Madrid 2011 (San Pablo).

[21] M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 83.85-86.

[22] M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 71-72.

[23] M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 89.

[24] M.-D. Molinié, Je choisis tout, 126-127.

[25] Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito C, 36vº.

[26] M.-D. Molinié, Je choisis tout, 148.

[27] M.-D. Molinié, Je choisis tout, 143.

[28] M.-D. Molinié, Je choisis tout, 149.

[29] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 282.

[30] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 200.

[31] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, Paris 1994 (Saint-Paul), 14.

[32] M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 33.

[33] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 199-200.

[34] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 200.

[35] M.-D. Molinié, Je choisis tout, 130.

[36] M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 263-265.

[37] M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 81-82.

[38] M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 277-278.

[39] M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 33.

[40] Seguramente se refiere a los versos de Newman: «Guíame, suave luz, en medio de las tinieblas,/ Guíame hacia delante./ La noche es oscura y estoy lejos de casa./ ¡Guíame hacia delante!/ Vigila mis pies./ No puedo contemplar el lejano horizonte,/ pero un paso me basta».

[41] M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 57.

[42] Otra síntesis de los grados de humildad en Molinié, La irrupción de la gloria, IV, apartado Los grados de humildad (M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 229-235). Con estos tres grados de humildad se relacionan las tres etapas de la prueba de la naturaleza caída como aparece en Molinié, Que mi alegría permanezca, I, 4, 1: El nuevo Adán (M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 45-49).

[43] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, 15.

[44] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, 114.

[45] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, 15.

[46] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, 18.

[47] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, 18.

[48] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, 39.41.

[49] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, 18.

[50] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, 71-72.

[51] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, 113-114.

[52] M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, 175.

[53] M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 36.