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Introducción

M.-D. Molinié

El coraje de tener miedo

La vida evangélica: sabiduría necesaria para todos y locura ofrecida a algunos

 

El corazón entre las manos

 

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Consejos evangélicos y vida evangélica

Un modelo de vida

El Evangelio no es simplemente ¬ęla historia de Jes√ļs¬Ľ, ni un conjunto de ense√Īanzas sobre Jes√ļs, ni la recopilaci√≥n de lo que ense√Ī√≥ y que nosotros tenemos que saber y creer. En lo que Jes√ļs dice y hace, los cristianos encontramos tambi√©n un modo de vida, un modelo claro que es Jes√ļs y una serie de criterios que nos ayudan a perfilar lo que es evang√©lico y lo que no encaja con la vida seg√ļn el Evangelio. En definitiva, en el Evangelio hay una llamada a la santidad que Jes√ļs dirige a todos sus disc√≠pulos:

El divino Maestro y Modelo de toda perfecci√≥n, el Se√Īor Jes√ļs, predic√≥ a todos y cada uno de sus disc√≠pulos, cualquiera que fuese su condici√≥n, la santidad de vida, de la que √Čl es iniciador y consumador: ¬ęSed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto¬Ľ (Mt 5, 48). Envi√≥ a todos el Esp√≠ritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el coraz√≥n, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mt 12,30) y a amarse mutuamente como Cristo les am√≥ (cf. Jn 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en raz√≥n de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Se√Īor Jes√ļs, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y part√≠cipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificaci√≥n que recibieron (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 40).

La tradici√≥n de la Iglesia ha resumido la vida seg√ļn el Evangelio en los llamados ¬ęconsejos evang√©licos¬Ľ de pobreza, castidad y obediencia. Nosotros, si queremos realmente vivir seg√ļn el Evangelio y buscar la santidad, tenemos que comprender el alcance de estos consejos y c√≥mo aplicarlos a nuestra vida en el mundo. Y antes de irlos desgranando necesitamos responder a algunas preguntas.

¬ŅEs adecuada la palabra consejos?

La palabra consejo tiene la dificultad de que se entiende c√≥mo un ¬ęparecer o dictamen que se da o toma para hacer o no hacer algo¬Ľ[1], dando a entender que son meras indicaciones opcionales que se pueden tener o no en cuenta. M√°s adelante tendremos que definir con mucho cuidado en qu√© medida estos consejos son ¬ęopcionales¬Ľ, pero antes tenemos que descubrir en ellos los indicadores firmes y claros del seguimiento de Cristo, que pertenecen a la entra√Īa del Evangelio.

Los consejos evang√©licos se enmarcan en la vida cristiana como orientaciones imprescindibles para responder a la llamada a la santidad que reciben todos los miembros de la Iglesia, que no es opcional, y que no puede tener otra norma que la ense√Īanza y vida de Jes√ļs que recoge el Evangelio.

Al leer el Evangelio, la Iglesia se ha sentido siempre fascinada por una cierta actitud que se explicita mejor o peor a trav√©s de tres palabras: castidad, pobreza y obediencia... En esta actitud hay una sabidur√≠a obligatoria y una locura facultativa. Yo prefiero estas expresiones a aquella otra, sin embargo tradicional, de ¬ęconsejo evang√©lico¬Ľ, porque hay aqu√≠ mucho m√°s que un consejo (Molini√©, El coraje de tener miedo, 61).

Hay, por tanto, una ¬ęactitud¬Ľ de seguimiento e imitaci√≥n del Se√Īor que la Iglesia, especialmente los santos, ha sabido extraer del Evangelio y que, en una primera aproximaci√≥n, podr√≠amos decir que tiene un ¬ęnivel¬Ľ obligatorio para todos los cristianos y otro ¬ęnivel¬Ľ que no se exige a todos, pero que los que est√°n llamados a √©l no lo pueden tomar como un simple ¬ęconsejo¬Ľ.

¬ŅSon s√≥lo tres los consejos evang√©licos?

La santidad de la Iglesia tambi√©n se fomenta de una manera especial con los m√ļltiples consejos que el Se√Īor propone en el Evangelio para que los observen sus disc√≠pulos. Entre ellos destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a solo Dios con un coraz√≥n que en la virginidad o en el celibato se mantiene m√°s f√°cilmente indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la m√°s alta estima por la Iglesia, como se√Īal y est√≠mulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo. La Iglesia medita la advertencia del Ap√≥stol, quien, estimulando a los fieles a la caridad, les exhorta a que tengan en s√≠ los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el cual ¬ęse anonad√≥ a s√≠ mismo tomando la forma de esclavo..., hecho obediente hasta la muerte¬Ľ (Flp 2, 7-8), y por nosotros ¬ęse hizo pobre, siendo rico¬Ľ (2 Co 8, 9) (Lumen Gentium, 42. El subrayado es nuestro).

El Concilio deja claro que el Evangelio contiene ¬ęm√ļltiples consejos¬Ľ que tienen que observar los disc√≠pulos de Cristo para alcanzar la santidad. Enseguida pone de relieve los tres consejos cl√°sicos que resumen la vida evang√©lica: castidad, obediencia y pobreza, subrayando que con ellos se imita a Cristo, pobre, obediente y casto. Hemos de valorar con la Iglesia la importancia de estos tres consejos fundamentales, que ayudan a sistematizar la imitaci√≥n de Cristo, y que han encontrado su correlato y especial importancia en los votos que definen la vida religiosa. Teniendo en cuenta que los tres consejos no agotan lo que es la vida evang√©lica, que debe llevar a cabo aspectos tan importantes como el amor al enemigo, la necesidad de hacer las cosas s√≥lo de cara a Dios o la sinceridad que propone el Evangelio en la relaci√≥n con Dios, por poner algunos ejemplos.

En realidad, sin embargo, no son los √ļnicos consejos que encontramos en el Evangelio en relaci√≥n con la pr√°ctica de las virtudes morales: s√≥lo que en el serm√≥n de la monta√Īa hallamos numerosos consejos relativos a la paciencia, a la humildad, a la oraci√≥n (Guibert)[2].

 

Serm√≥n de la Monta√Īa de Cosimo Rosselli

Serm√≥n de la Monta√Īa (1481-82), Cosimo Rosselli

 

Tendremos que fijarnos muy especialmente en estos tres aspectos fundamentales e indispensables de la vida cristiana seg√ļn el Evangelio, sin ellos no hay seguimiento de Cristo ni perfecci√≥n cristiana, pero no debemos olvidar a la hora del discernimiento los otros consejos recogidos en el Evangelio y que la lectio, entre otros medios, nos ayudar√° a recibir como venidos del mismo Cristo.

¬ŅUna vuelta a la Ley? Los consejos y la gracia

Al sistematizar la actitud evang√©lica en los tres consejos de castidad, pobreza y obediencia, que luego han sido convertidos en votos para los religiosos y regulados en la constituciones y reglamentos de las distintas √≥rdenes y congregaciones, podemos tener la impresi√≥n de que volvemos a caer en el esquema de leyes y preceptos del Antiguo Testamento, que de alguna manera, olvidan y coh√≠ben el desarrollo de la gracia. Ciertamente, los consejos evang√©licos no nos llevan a olvidar lo que hasta aqu√≠ hemos visto: la necesidad de dejarnos hacer, nuestra realidad de siervos in√ļtiles, la gratuidad de nuestras obras... Por eso tenemos que entender bien c√≥mo se articulan los consejos con la novedad del Evangelio.

Una primera pista aparece en el texto que ya hemos citado del Concilio. Permítasenos volver a él:

Envi√≥ a todos el Esp√≠ritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el coraz√≥n, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mt 12,30) y a amarse mutuamente como Cristo les am√≥ (cf. Jn 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en raz√≥n de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Se√Īor Jes√ļs, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y part√≠cipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificaci√≥n que recibieron (Lumen Gentium, 40).

Los consejos no son normas a cumplir para obtener la santidad. Es el Se√Īor el que gratuitamente nos hace santos. Es el Esp√≠ritu Santo el que nos mueve a realizar los consejos como expresi√≥n de la novedad del amor cristiano. Los consejos son las gu√≠as evang√©licas que nos ayudan a expresar, conservar y perfeccionar esa santidad que hemos recibido. No son leyes a cumplir para ganar m√©ritos que nos permiten comprar la salvaci√≥n o la santidad. Son la gu√≠a para ser lo que somos, santos por la participaci√≥n de la vida divina que se nos regala por la uni√≥n con Jes√ļs. Y s√≥lo pueden vivirse con la ayuda de Dios.

Se trata de vivir el Evangelio a fondo, no como ley, sino partiendo de la entra√Īa de la revelaci√≥n de Jes√ļs que es el ofrecimiento de la vida divina. Y eso es para todos:

Se habla mucho de ¬ęvuelta a las fuentes¬Ľ y se quiere evitar aguar ¬ęla vida¬Ľ del Evangelio. Pero como nos obstinamos en relegar al m√°s all√° la invasi√≥n ardiente de la vida trinitaria que es el Evangelio mismo, s√≥lo queda, si lo divino no invade lo humano, invadir lo divino con lo humano, volver ¬ęviva¬Ľ nuestra adhesi√≥n a Cristo haciendo que se beneficie con toda la vitalidad del mundo ¬ęofrecido en homenaje¬Ľ a Cristo... lo que es exactamente regresar a las perspectivas de una ley puramente natural. Entre el amor a la vida y el miedo a la vida, hay que elegir decididamente el amor a la vida, es evidente. Pero para el que quiere vivir, no hay tres soluciones: vivir√° la vida del mundo o la vida de Cristo, que es interior y oculta, es decir, m√≠stica... o nada en absoluto. Reservar esta vida a una categor√≠a especial de cristianos llamados de √©lite, no proponerla a todos, desconfiar incluso del deseo que podemos tener de esa vida a causa de las desviaciones que comporta (¬°es como desconfiar del Evangelio a causa de las herej√≠as!) es, con todo rigor, traicionar el Evangelio y, como veremos, prepararse para traicionar a Cristo mismo renovando el gesto de Pedro (Molini√©, El combate de Jacob, 73-74)[3].

Cuando hablamos de consejos evang√©licos, muchas personas los entienden como normas opcionales; sin embargo, lejos de introducirnos en el √°mbito normativo, su verdadero sentido es ayudarnos a la imitaci√≥n amorosa que responde al encuentro personal con el Se√Īor:

 

Aconsejando a un joven

 

No basta con practicar el Evangelio y las ense√Īanzas de Cristo, es necesario encontrarse con √©l: ¬ęSin m√≠ no pod√©is hacer nada... no se nos ha dado ning√ļn otro nombre en el cielo y en la tierra que pueda salvarnos¬Ľ (Molini√©, Adoraci√≥n o desesperaci√≥n, n¬ļ 10)[4].

Tampoco podemos pensar que se trata de una propuesta de vida evangélica accesible sólo a unos pocos, los más fuertes, y que no sirve para los más débiles. Todo lo contrario, hay que recordar quiénes son los que pueden acceder a la vida evangélica que definen los consejos:

No puedo presentar el Evangelio como si hubiera otro programa, m√°s accesible a las ¬ęalmas ordinarias¬Ľ. Nos encontramos una vez m√°s con la objeci√≥n del Gran Inquisidor, a la que, al fin, hay que responder. La sabidur√≠a o la locura a la que Jes√ļs quiere iniciar a los cristianos es tan profunda, se eleva tan alto por encima de los razonamientos humanos, que s√≥lo un peque√Īo n√ļmero puede recibirla, y de hecho la recibe. S√≥lo hay que mirar para verlo. Pero la aristocracia de este peque√Īo n√ļmero no es la de las grandes almas, es el esp√≠ritu de infancia o de los pobres de esp√≠ritu, que en efecto son escasos: ¬ęEl verdadero pobre de esp√≠ritu, ¬Ņd√≥nde encontrarlo?¬Ľ El vencedor ser√° el que acepte pedir socorro con el ¬ęgemido inefable¬Ľ (Rm 8,26) que har√° de √©l un miembro de la aristocracia de los publicanos y los pecadores, por los que Jes√ļs ha muerto en la cruz (Molini√©, ¬ŅQui√©n comprender√° el coraz√≥n de Dios?, 5,1)[5].

· · ·

La √ļnica actitud que me parece honrada ante la Cruz de Cristo y las exigencias del Evangelio, la √ļnica a la que deseo ayudar con todo mi coraz√≥n, es aquella que, reconociendo lealmente las exigencias abrumadoras del amor divino, se siente incapaz de hacerle frente. A todos los que prueban este sentimiento (cualquiera que sea la ocasi√≥n que lo provoca) Cristo les ofrece el refugio de su misericordia... pero a ellos s√≥lo (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 4)[6].

Hay una relación directa entre consejos y santidad, pero no la que nosotros pensamos:

Entonces no queda m√°s que abrir el Evangelio del todo y dejarse flagelar, como los ap√≥stoles, por el impacto de las palabras de Cristo, sin envolverlas r√°pidamente con comentarios tranquilizadores que permiten esquivar este impacto o por lo menos atenuarlo seriamente: nube protectora que el pueblo fiel espera, y a veces exige, de los predicadores... a lo que Francisco de As√≠s y muchos otros han opuesto lo que llaman interpretar el Evangelio ¬ęal pie de la letra¬Ľ. Tomar el Evangelio al pie de la letra no es o√≠rlo materialmente, sino seg√ļn su verdadero esp√≠ritu, que se opone a lo que la tibieza humana ofrece a los cristianos bajo el t√≠tulo de interpretaci√≥n ¬ęespiritual¬Ľ. Los santos cometen la locura de recibir el Evangelio ¬ęen pleno rostro¬Ľ... y no lo reciben as√≠ porque son santos, sino que se vuelven santos porque lo reciben as√≠: a lo que se opone el error, tan grave y tan extendido, seg√ļn el cual la doctrina evang√©lica s√≥lo afectar√≠a en toda su virulencia a una ¬ęelite¬Ľ, m√°s admirable que imitable, y que manifiestamente no vive como todo el mundo (Molini√©, El combate de Jacob, 51. El subrayado es nuestro).

 

Lanzarse al vacío

 

Los consejos -y el Evangelio- no suponen una serie de renuncias inhumanas que van m√°s all√° de nuestra naturaleza, de mandatos que nos llevan al l√≠mite de nuestras fuerzas, m√°s bien son el desarrollo ¬ęnatural¬Ľ del organismo ¬ęsobrenatural¬Ľ que se nos ha concedido, tanto en lo obligatorio como en lo opcional:

Tomad un ni√Īo que hable mal. Llevadlo a clase para mostrarle c√≥mo hay que hacer. Explicadle el movimiento en el encerado. Hallar√° que es demasiado complicado y se desanimar√°.

Que deje obrar a la naturaleza y ello vendr√° solo. Cuando se estudian los movimientos m√°s naturales y m√°s banales, uno se queda estupefacto ante su complejidad (por ejemplo, el andar). Y, sin embargo, eso se hace solo... Lo mismo ocurre cuando se lee la vida de los santos y lo que nos parece ser sus proezas: uno se pregunta c√≥mo pueden ¬ęllegar all√≠¬Ľ. Pues bien, eso se hace solo tambi√©n; es natural, o m√°s bien, sobrenatural: pero no es una obra de arte, un salto peligroso m√°s o menos contra natura.

Lo que es verdad, y que precisamente nos da la tentaci√≥n de creer que es acrob√°tico, es que ese movimiento tan sencillo no est√° al alcance de nuestra naturaleza, es un don de Dios. Por tanto, como dice san Pablo, ¬ęno es un problema de esfuerzos ni de r√©cords, sino de Dios que se enternece¬Ľ. Para conseguir que se enternezca, no hay otra cosa que hacer, como dice Teresa, que ¬ęlevantar el pie, pero estando seguro de que no se pasar√° del primer pelda√Īo¬Ľ. As√≠ mostramos nuestra buena voluntad, pero aceptamos esperar, a veces largo tiempo, que Dios mismo nos d√© un d√≠a el impulso que nos llevar√° arriba del todo de un solo golpe y f√°cilmente. Lo que es dif√≠cil es esta espera, vigilante y paciente a la vez, del Esposo; lo que es dif√≠cil, a fin de cuentas, es la fe... (Molini√©, El coraje de tener miedo, 79-80).

Como vemos, y veremos más profundamente, los consejos evangélicos en su conjunto no nos sacan del espíritu de infancia, sino que están directamente relacionados con él.

Por lo tanto hay que salir del ámbito jurídico y del espíritu de la ley del Antiguo Testamento y colocarnos en el terreno del amor para entender y vivir los consejos evangélicos, tan sólo en lo que tienen de obligatorio para todos:

Esta sabidur√≠a obligatoria no es una ley en el sentido jur√≠dico, sino una exigencia espiritual, una exigencia del amor sin la que no podemos salvarnos: ¬ęAmar√°s al Se√Īor tu Dios sobre todas las cosas, y a tu pr√≥jimo como a ti mismo¬Ľ. Es libre, no es jur√≠dico: pero esto no es opcional; si no lo haces, morir√°s... a decir verdad ya est√°s muerto, formas parte de los muertos que entierran a los muertos. Todo esto se dice al pie de la letra en el Evangelio, no hay mucho que comentar: m√°s bien hay que esforzarse en no comentarlo, no ahogar su violencia bajo el oleaje de nuestros comentarios timoratos (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[7].

¬ŅLos consejos evang√©licos son tambi√©n para los laicos?

Existe la impresión generalizada entre los fieles (y también afecta a los pastores y a los mismos religiosos) de que los consejos evangélicos son propios y exclusivos de la vida religiosa. Esta visión despoja al Evangelio de su carácter de propuesta de vida nueva para todos y desorienta a los seglares que aspiran a la perfección evangélica porque les da a entender que, de alguna manera, ese tipo de vida es exclusivo de los que están plenamente consagrados. Sin embargo, la visión de la Iglesia en este sentido es clara:

En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarqu√≠a que los apacentados por ella, est√°n llamados a la santidad, seg√ļn aquello del Ap√≥stol: ¬ęPorque √©sta es la voluntad de Dios, vuestra santificaci√≥n¬Ľ (1Ts 4, 3; cf. Ef 1, 4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de gracia que el Esp√≠ritu produce en los fieles. Se expresa multiformemente en cada uno de los que, con edificaci√≥n de los dem√°s, se acercan a la perfecci√≥n de la caridad en su propio g√©nero de vida; de manera singular aparece en la pr√°ctica de los com√ļnmente llamados consejos evang√©licos. Esta pr√°ctica de los consejos, que, por impulso del Esp√≠ritu Santo, muchos cristianos han abrazado tanto en privado como en una condici√≥n o estado aceptado por la Iglesia, proporciona al mundo y debe proporcionarle un espl√©ndido testimonio y ejemplo de esa santidad (Lumen Gentium, 39).

 

Caminando entre la gente

 

El Concilio une los consejos evang√©licos a la santidad, y deja suficientemente claro que son para todos los miembros de la Iglesia. Y estos consejos, aunque algunos cristianos los abrazan en ¬ęuna condici√≥n o estado aceptado por la Iglesia¬Ľ (los religiosos), no son s√≥lo para ellos, sino que ¬ęmuchos cristianos han abrazado en privado¬Ľ estos consejos movidos por el Esp√≠ritu Santo. Por tanto, tambi√©n para los que quieran responder a la llamada de la santidad fuera de la vida religiosa hay que afirmar que la santidad consiste en la perfecci√≥n de la caridad que est√° directamente relacionada con ¬ęlos llamados consejos evang√©licos¬Ľ. Ciertamente hay una diversidad de formas de responder a esa llamada a la santidad por medio del amor, pero esa variedad no quiere decir que la pr√°ctica de los consejos evang√©licos sea s√≥lo para los religiosos, sino que hay diversas formas de vivir estos consejos seg√ļn la llamada particular que Dios hace a cada uno.

Aunque esta llamada universal a la santidad sea una de las propuestas más claras del concilio Vaticano II para la renovación de la Iglesia, no se trata de una novedad absoluta, sino que forma parte del sentir de la Iglesia de todos los tiempos. Lo vemos en papas anteriores al Concilio:

A todos los que la toman [a la Iglesia] por gu√≠a y maestra, la voluntad de Dios les impone el deber de tender a la santidad. ¬ęLa voluntad de Dios ‚ÄĎdice san Pablo‚ÄĎ es que os santifiqu√©is¬Ľ; y el Se√Īor mismo explica cu√°l debe ser esta santificaci√≥n: ¬ęSed, pues, vosotros mismos perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto¬Ľ. Nadie debe imaginar que esto s√≥lo concierne a un reducido n√ļmero de almas escogidas y que est√© permitido a las otras mantenerse en un grado de virtud inferior. Esta ley, el texto es claro, obliga en absoluto a todos los hombres, sin excepci√≥n... Francisco de Sales parece tambi√©n haber sido dado a la Iglesia, por un designio especial de Dios, para destruir con el ejemplo de su vida y la riqueza de su doctrina una opini√≥n que estaba muy arraigada en su √©poca y que a√ļn hoy no ha ca√≠do en descr√©dito: seg√ļn esta opini√≥n, la santidad en el sentido propio, tal como la Iglesia cat√≥lica la propone, o bien no podr√≠a ser alcanzada, o bien ser√≠a tan dif√≠cil de obtener que no concernir√≠a en modo alguno al com√ļn de los fieles, sino que convendr√≠a tan s√≥lo a un reducido n√ļmero de personas particularmente dotadas de generosidad y de elevaci√≥n de esp√≠ritu; adem√°s, seg√ļn esta opini√≥n, la santidad ir√≠a acompa√Īada de tantas fatigas y molestias que no podr√≠a de ning√ļn modo adaptarse a la condici√≥n de hombres y mujeres que viven fuera del claustro (P√≠o XI, enc√≠clica Rerum omnium perturbationem del a√Īo 1923)[8].

· · ·

Esos consejos se ofrecen a ellos (los sacerdotes), lo mismo que a cada uno de los fieles de Cristo, como el camino m√°s seguro para alcanzar el fin aspirado de la perfecci√≥n cristiana (Juan XXIII, enc√≠clica Sacerdotii nostri del a√Īo 1959).

· · ·

Porque en cualquier condici√≥n y en cualquier estado de vida honrada, todos pueden y todos deben imitar el ejemplar perfecto de toda santidad que Dios ha presentado a los hombres en la persona de Cristo Se√Īor, y, con ayuda de Dios, llegar a la cima de la perfecci√≥n cristiana, como lo prueba el ejemplo de tantos santos (P√≠o XI, enc√≠clica Casti connubii, n¬ļ 9, del a√Īo 1930)[9].

Pero, yendo m√°s atr√°s, puede decirse que:

Nunca fue doctrina de la Iglesia el que la plena imitación de Cristo sólo sea posible para los hombres que se apartan del mundo... Por el contrario, es doctrina de la Iglesia que la perfecta imitación de Cristo resulta posible en todos los estados, porque depende en primer lugar de la entrega espiritual al reino de Dios y porque la virtualidad de una convicción puede servir de materia y brindar la oportunidad para mover hacia la perfección al hombre en su situación vital o profesional (Tillmann)[10].

Se va haciendo cada vez m√°s claro que:

Los consejos conciernen tambi√©n a los laicos, e incluso que toda vida cristiana laica puede y debe poner en pr√°ctica una amplia zona de los consejos. El Esp√≠ritu impulsa tambi√©n a los laicos por los preceptos y por los consejos; por eso los laicos deben tambi√©n estar atentos a esta moci√≥n en su totalidad, por temor a que ¬ęel esp√≠ritu se extinga¬Ľ. S√≥lo de esta manera podr√°n ellos con generoso coraz√≥n dar una forma plena a su vida cristiana (Truhlar)[11].

· · ·

Bajo la ley de la gracia, no cabe hablar de una leg√≠tima divisi√≥n en una categor√≠a de virtuosos que siguen los dones espec√≠ficos de la gracia y otra de cristianos de menor cuant√≠a, que s√≥lo se mantienen en la frontera marcada por los mandamientos. Cada persona debe a Dios cabal respuesta de amor, en la medida de los talentos que le han sido dados. El cristiano, que sigue fundamentalmente la l√≠nea marcada por el evangelio, da testimonio de que ya no est√° bajo la servidumbre de una ley puramente externa, sino que vive de la gracia (Rm 6,14). Quien, en cambio, s√≥lo quiere aceptar seriamente la m√≠nima exigencia de la ley, de suerte que se hurt√≥ a la exigencia de un amor siempre m√°s grande, permanece, a pesar de todo, en el √°mbito del pecado bajo la servidumbre de la ley. Los tres consejos evang√©licos son medios caracter√≠sticos de realizar la ley de la gracia que se realiza cuando alguien, guiado por Dios, descubre que la observancia de tales consejos (como voluntad de perfecci√≥n en la caridad propia de todo cristiano) s√≥lo la consigue llev√°ndola concretamente a t√©rmino seg√ļn los propios consejos evang√©licos (H√§ring)[12].

Lo obligatorio y lo opcional en la vida evangélica

 

Moisés y las tablas de la Ley de Guido Reni

Guido Reni. Moisés y las tablas de la Ley

 

No cabe duda de que cuando hablamos de consejos evangélicos hablamos de algo opcional y no obligatorio:

Se refieren a una obra mejor que va m√°s all√° del precepto general y todos son al mismo tiempo un medio que facilita el ejercicio de la caridad (Truhlar)[13].

Pero parece claramente inadecuado el esquema en el que los diez mandamientos serían obligatorios para todos, mientras que la castidad, la pobreza y la obediencia (en general, la vida evangélica) serían opcionales y sólo para unos pocos.

En todos los dominios de la vida cristiana ‚ÄĎya se trate de las virtudes teologales o de las virtudes morales‚ÄĎ existe una zona que es objeto de mandamiento y de precepto, y otra situada m√°s all√°, que es objeto de recomendaci√≥n y de consejo. La santidad cristiana podr√≠a ser fragmentada en veinte o cien virtudes: caridad, templanza, hospitalidad, religi√≥n, etc. Ahora bien, la pr√°ctica de estas virtudes se impone a nosotros en forma de precepto, hasta cierto nivel: estamos obligados a ser caritativos, justos, continentes, etc., hasta cierto nivel, bajo pena de pecado. Pero la pr√°ctica de esas mismas virtudes nos est√° asimismo recomendada en forma de consejo, m√°s all√° del nivel de los preceptos: un cierto grado de caridad, de templanza, de hospitalidad, de religi√≥n es solamente recomendado (Thils)[14].

Parece más exacto decir que hay una forma de vivir la pobreza, la castidad y la obediencia que propone el Evangelio (junto con las demás características de la vida evangélica) que es obligatoria para todos; y que hay otra forma de vivirlos que Dios pide a algunos de una manera determinada, y en ese sentido es opcional, porque no se pide a todos, pero tendremos que ver en qué medida es obligatoria para aquel al que Dios se la ofrece. Esta forma opcional de vivir la pobreza, la castidad y la obediencia no es exclusiva de los religiosos y Dios la ofrece a personas de toda condición. Hay pues un nivel razonable y obligatorio y otro que es opcional porque supone entrar en la locura del Evangelio:

Los consejos evang√©licos son, en cualquier caso, consejos: pero en cuanto razonables son pr√°cticamente obligatorios; en su locura son realmente facultativos, si no estamos bien seguros de o√≠r su llamada. Eso quiere decir que no todos entienden estas palabras; Jes√ļs lo ha dicho muy claro: en ning√ļn caso se puede exigir una locura semejante (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[15].

Por eso, hay que abandonar la visión simplista que presenta los consejos como algo sólo para los religiosos, y deja para los laicos el cumplimiento de los mandamientos como máximo objetivo de su vida. Este equívoco sólo se puede deshacer afirmando con rotundidad que en el Evangelio (y en la pobreza, castidad y obediencia) hay una sabiduría obligatoria para todos y una locura opcional que Dios propone sólo a algunos. Esa locura es necesaria para abrazar la vida religiosa, pero Dios también la ofrece a algunos laicos de una manera particular.

Se trata pues de definir ¬ęla sabidur√≠a obligatoria¬Ľ y la ¬ęlocura facultativa¬Ľ que mencion√°bamos m√°s arriba:

La sabiduría obligatoria tiene que ver con la necesidad de proteger el espíritu de infancia que es necesario para salvarse. Y es razonable[16] en el sentido que se comprende su relación con el espíritu de infancia, aunque éste comporte ya una dosis de locura que sólo es aceptable por la fe:

Cristo nos ha prevenido: ¬ęSi no os convert√≠s para acoger el Reino de los Cielos como un ni√Īo, no entrar√©is en √©l¬Ľ. Es claro, no es jur√≠dico (ning√ļn gendarme divino, ning√ļn cl√©rigo vendr√° a preguntarnos si tenemos nuestros papeles de ni√Īo), y es absolutamente obligatorio, no hay excepci√≥n a esta ley [...]

Cristo nos se√Īala s√≥lo de forma general (y pr√°cticamente universal) que el dinero, la sexualidad y la voluntad propia son los grandes enemigos del esp√≠ritu de infancia [...]

Por tanto, el espíritu de pobreza, de castidad y de obediencia debe definirse en primer lugar como una actitud de defensa que busca proteger la perla preciosa, la actitud infinitamente simple e indefinible del espíritu de infancia. Las defensas son tres porque los grandes enemigos son tres; pero forman una sola en lo que tienen de positivo, a saber, precisamente el espíritu de infancia. Así definidas son, a la vez, obligatorias para todo cristiano, y necesariamente razonables (Molinié, Cartas a sus amigos, 15)[17].

 

Tres rostros de ni√Īos

 

Si no queremos traicionar la autenticidad del Evangelio hemos de afirmar que esta sabidur√≠a necesaria es imprescindible para una aut√©ntica vida cristiana; lo cual nos obliga a salir de la moral de m√≠nimos tal como √©sta se suele plantear: ¬Ņcu√°l es el m√≠nimo (de los preceptos) para salvarse? Adem√°s de que este planteamiento es incompatible con una moral de seguimiento, en la pr√°ctica plantea un m√≠nimo que es meramente te√≥rico porque, en la vida cristiana real, con sus tentaciones y dificultades, ese m√≠nimo nos aparta de la salvaci√≥n:

Sería, en efecto, imposible para el hombre evitar todos los pecados mortales si, en razón de la corrupción de la naturaleza humana, de las pasiones a vencer, de las tentaciones a dominar, de los socorros a implorar, no hiciese muchas cosas, además de lo que está exactamente obligado a efectuar. Con mayor motivo, no podría evitar muchos pecados veniales ni ejercer las virtudes hasta el grado requerido para un dominio más total de la caridad en su vida, si no realizase una cantidad de cosas que son en sí simplemente consejos: no podría, por ejemplo, tener una verdadera humildad sin aceptar numerosas humillaciones que hubiera podido rechazar; y no tendrá una verdadera templanza sin ejercitarse en numerosas mortificaciones no obligatorias (Guibert)[18].

La auténtica vida cristiana normal supone necesariamente vivir, al menos en parte, lo que venimos llamando consejos; por lo que va más allá de los diez mandamientos y se orienta a la aceptación de la nueva ley de Cristo que incluye un grado de pobreza, castidad y obediencia que es necesario para la salvación. Lógicamente esta vida cristiana auténtica no tiene nada que ver con el tipo de vida de tantos cristianos que, limitándose a los mínimos, sólo consiguen una vida cristiana tan débil que corre el riesgo de desaparecer como tal vida cristiana.

Poner en práctica una notable parte de la zona de los consejos no solamente es posible en toda vida cristiana, sino que es también necesario para practicar la vida cristiana en su estado normal (Truhlar)[19].

Esto es imprescindible para vivir evangélicamente, para mantener el espíritu de infancia, y para que se pueda desarrollar la santidad que recibimos. Es mucho, pero no es todo el horizonte de la vida cristiana:

La perfecci√≥n cristiana que se nos propone (aunque estemos muy lejos de ella; y m√°s lejos a√ļn si creemos estar muy cerca), en efecto es verdaderamente una perfecci√≥n espiritual y sobrenatural; pero es una perfecci√≥n razonable. Por eso no se trata de la cumbre de la perfecci√≥n cristiana, porque la perfecci√≥n cristiana es completamente loca, y en absoluto razonable (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15. Los subrayados son del autor)[20].

La locura opcional va más allá y quiere responder a la locura del amor de Dios con un ejercicio del espíritu de infancia que ya no es necesario ni obligatorio para todos:

El sentido profundo de los consejos evang√©licos (lo mismo que los votos correspondientes) no es en primer lugar ponernos en guardia contra los enemigos de un esp√≠ritu de infancia razonable (aunque tambi√©n sean esto), sino proponernos esta locura ¬ęque no ha llegado al coraz√≥n del hombre¬Ľ... y de la que debemos hablar ahora [...]

Todo esto supera absolutamente las normas de la raz√≥n. Ya no se trata aqu√≠ de proteger el esp√≠ritu de infancia, sino de hacer frente a un hurac√°n que nos fascina y ya no est√° a la medida humana de amar a Dios... est√° a la medida divina de amar al hombre, de amarme a m√≠. Cuando percibimos esto, ponemos la cara que podemos, comprendemos la ridiculez de nuestros propios deseos y de nuestros esfuerzos, nos dejamos llevar por la ola y... llegaremos a lo que podamos. El esp√≠ritu de infancia sigue siendo muy necesario para soportar ese maremoto... pero precisamente porque el esp√≠ritu de infancia es el √ļnico que se deja llevar f√°cilmente por algo que lo supera y se alegra de no comprender nada (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[21].

¬ŅLa locura evang√©lica es opcional para el que recibe esta oferta de Dios?

 

Pies descalzos sobre el agua

 

Ya hemos visto que hay una sabidur√≠a evang√©lica necesaria para salvarse, pero tenemos que plantearnos en qu√© sentido es ¬ęopcional¬Ľ la locura evang√©lica que va m√°s all√°.

Esta locura de la pobreza, la castidad y la obediencia, es opcional en el sentido de que el Se√Īor no se lo pide a todos, y por lo tanto (√©sta s√≠) no es necesaria para la salvaci√≥n. No es opcional en el sentido de uno pueda elegir por una decisi√≥n libre y arbitraria ser m√°s pobre, m√°s casto o m√°s obediente, porque detr√°s de este salto a una vida evang√©lica m√°s all√° de la medida razonable lo que hay es una llamada personal del Se√Īor que √©l dirige a los que quiere. Ser√≠a una locura (pero no evang√©lica, sino en el peor de los sentidos) lanzarse por propia iniciativa a esa vida evang√©lica sin medida. Y tampoco se puede decir que esa ¬ęlocura evang√©lica¬Ľ es opcional en el sentido de que pueda abrazarse o no sin que tenga consecuencias de ning√ļn tipo. Ciertamente, al no ser obligatoria, no pone en juego la salvaci√≥n, pero el que la rechaza no puede alcanzar la santidad y la gloria que Dios tiene pensada para √©l, y su seguimiento e imitaci√≥n de Cristo quedan ciertamente recortados de forma muy importante.

Quiz√° pueden servir de resumen las palabras de santo Tom√°s:

El precepto del amor de Dios, que es el fin √ļltimo de la vida cristiana, no est√° encerrado dentro de ning√ļn l√≠mite que pueda hacer decir que tal amor caer√≠a bajo el precepto, mientras un amor m√°s grande rebasar√≠a los l√≠mites del precepto y caer√≠a bajo el consejo; en realidad, el precepto es para cada uno amar a Dios tanto como pueda, lo cual se desprende de la forma misma del precepto: amar√°s al Se√Īor, tu Dios, con todo tu coraz√≥n[22].

En este terreno ‚ÄĎque sale de lo obligatorio para todos y surge de una llamada personal del Se√Īor‚ÄĎ es necesario el discernimiento espiritual para descubrir esa locura evang√©lica concreta que el Se√Īor est√° pidiendo a una persona determinada:

Si se quiere determinar qu√© consejos debe poner en pr√°ctica cada uno de los cristianos, de qu√© manera y en qu√© medida debe aplicarlos, no hay que perder de vista el papel preponderante que desempe√Īa la conducta interna del Esp√≠ritu Santo; y √©sta debe discernirse seg√ļn las reglas del discernimiento de los esp√≠ritus, tom√°ndola completamente en serio, porque es la apropiada a la econom√≠a sobrenatural, en la cual los que son hijos de Dios est√°n movidos interior e inmediatamente por el Esp√≠ritu (Truhlar)[23].

Vamos a intentar describir a partir de ahora cómo es esa sabiduría obligatoria de la actitud evangélica, cuál es la raíz de la locura opcional a la que Dios llama a algunos e intentaremos ofrecer pistas de la forma laical de vivir esa locura opcional que hay detrás de los consejos evangélicos.

La sabiduría necesaria

 

Gotas y ondas sobre el agua

 

La sabiduría obligatoria consiste pura y simplemente en reconocer la trascendencia de Dios y nuestra condición de criatura (Molinié, El coraje de tener miedo, 61).

Es el mismo Se√Īor el que en el Evangelio propone ir m√°s all√° del entendimiento estricto (¬ęde m√≠nimos¬Ľ) de los preceptos y propone la ley evang√©lica que va m√°s all√° de los mandamientos. Porque ha venido a dar plenitud a la ley (Mt 5,17), va m√°s all√° del ¬ęno matar√°s¬Ľ, ¬ęno cometer√°s adulterio¬Ľ, ¬ędar acta de repudio¬Ľ, ¬ęno jurar√°s en falso¬Ľ, ¬ęojo por ojo¬Ľ (cf. Mt 5,21-43). Y las expresiones que usa dan a entender claramente que no se trata de ¬ęconsejos¬Ľ para unos pocos: ¬ęmerece la condena de la gehenna del fuego¬Ľ, ¬ęser echado entero en la gehenna¬Ľ, ¬ęviene del Maligno¬Ľ, ¬ę¬Ņqu√© premio tendr√©is?¬Ľ

Para el Se√Īor no es lo mismo lo que hace que seamos los menos importantes en el reino de los cielos (Mt 5,19), que lo que nos impide entrar en √©l. Por eso, sin intenci√≥n de ser exhaustivos, vamos a intentar concretar esa sabidur√≠a obligatoria que va m√°s all√° de los mandamientos y pertenece a la actitud evang√©lica que es para todos.

La pobreza necesaria

 

Ni√Īo en brazos de su madre

 

Si el cristiano de m√≠nimos se conforma con el simple ¬ęno robar√°s¬Ľ, la propuesta del Evangelio en este punto es bastante amplia y contundente, y manifiesta una pobreza obligatoria que no podemos eludir sin mutilar el Evangelio.

No se est√° hablando de una pobreza que Dios pide a algunos cuando se dice:

Nadie puede servir a dos se√Īores. Porque despreciar√° a uno y amar√° al otro; o, al contrario, se dedicar√° al primero y no har√° caso del segundo. No pod√©is servir a Dios y al dinero (Mt 6,24)[24].

En este sentido hay que entender la comparación del camello que no puede pasar por el ojo de una aguja, como lo demuestra el diálogo que sigue:

-¬ęEn verdad os digo que dif√≠cilmente entrar√° un rico en el reino de los cielos. Lo repito: m√°s f√°cil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos¬Ľ. Al o√≠rlo, los disc√≠pulos dijeron espantados: -¬ęEntonces, ¬Ņqui√©n puede salvarse?¬Ľ. Jes√ļs se les qued√≥ mirando y les dijo: -¬ęEs imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo¬Ľ (Mt 19,23-24).

Para el ap√≥stol san Pablo no basta con adquirir los bienes honradamente (¬ęno robo¬Ľ), sino que se√Īala la codicia como uno de los pecados m√°s graves al decir que es una forma de idolatr√≠a:

Tened entendido que nadie que se da a la fornicación, a la impureza, o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios (Ef 5,5; cf. Col 3,5).

Tambi√©n en las par√°bolas queda claro que no s√≥lo el robo, sino la seducci√≥n de las riquezas y los afanes de la vida hacen que la palabra muera en nosotros. Esto no parece referirse a la necesidad de buscar una forma opcional de libertad frente al dinero y al √©xito, que es s√≥lo para algunos, sino que se√Īala una forma de vivir que nos hace culpables de sucumbir en las dificultades, que ciertamente llegar√°n:

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe (Mt 13,22).

Esta misma ense√Īanza de Jes√ļs se prolonga ininterrumpidamente en la primera Iglesia. El tono en que el ap√≥stol Santiago denuncia la acumulaci√≥n de riquezas y la injusticia no es de ning√ļn modo la indicaci√≥n de algo opcional:

Atenci√≥n, ahora, los ricos: llorad a gritos por las desgracias que se os vienen encima. Vuestra riqueza est√° podrida y vuestros trajes se han apolillado. Vuestro oro y vuestra plata est√°n oxidados y su herrumbre se convertir√° en testimonio contra vosotros y devorar√° vuestras carnes como fuego. ¬°Hab√©is acumulado riquezas... en los √ļltimos d√≠as! Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos, el que vosotros hab√©is retenido, est√° gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los o√≠dos del Se√Īor del universo. Hab√©is vivido con lujo sobre la tierra y os hab√©is dado a la gran vida, hab√©is cebado vuestros corazones para el d√≠a de la matanza (St 5,1-5).

La mentalidad de m√≠nimos intentar√° delimitar esta pobreza obligatoria para vivirla c√≥modamente; sin embargo el cristiano ¬ęnormal¬Ľ que quiera seguir a Cristo y entrar en el reino de Dios tiene que vivir el nivel de pobreza al que aparece claramente en la ense√Īanza neotestamentaria.

Ciertamente, esta pobreza obligatoria pone en cuestión muchas de nuestras opciones ante los bienes materiales; pero no podemos admitir que lo que ordinariamente vivimos se convierta en criterio moral con el que poder recortar las exigencias del Evangelio y así quedarnos tranquilos. Al contrario, es el Evangelio el que pone en tela de juicio nuestra vida y nos exige que nos adaptemos a él. Esa inquietud que nos mueve a ajustar nuestra vida al Evangelio es el primer paso necesario para abrazar esta sabiduría obligatoria.

En el orden de la pobreza, la misma sabidur√≠a obligatoria proh√≠be pretender escapar a la condici√≥n humana y la ascesis que ella comporta, tanto a nivel individual, apeg√°ndose a alguna riqueza o permiti√©ndose olvidar la miseria de los otros y la muerte que nos espera, como a nivel colectivo, pretendiendo extender a la humanidad entera el poder de acceder a la ¬ędesgracia evang√©lica¬Ľ de la riqueza (Molini√©, El coraje de tener miedo, 62).

La castidad necesaria

 

Mano que recibe la luz

 

Ciertamente que en el Evangelio (y en el Nuevo Testamento) hay un celibato opcional que no es para todos:

Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda (Mt 19,12).

San Pablo diferencia claramente lo que es un consejo para los casados (la abstinencia temporal), lo que es una posibilidad para algunos (el celibato que él ha abrazado) o la obligatoriedad de permanecer fieles al matrimonio, aunque haya alguna causa de separación:

Acerca de lo que hab√©is escrito, es bueno que el hombre no toque mujer. Con todo, por el riesgo de inmoralidad, que cada cual tenga su propia mujer y cada mujer su propio marido. Que el marido d√© a la mujer lo que es debido y de igual modo la mujer al marido. La mujer no dispone de su cuerpo, sino el marido; de igual modo, tampoco el marido dispone de su propio cuerpo, sino la mujer. No os priv√©is uno del otro, si no es de com√ļn acuerdo y por cierto tiempo, para dedicaros a la oraci√≥n; despu√©s volved a estar juntos, no sea que Satan√°s os tiente por vuestra incontinencia. Esto os lo digo como una concesi√≥n, no como una orden, aunque deseo que todos los hombres fueran como yo mismo. Pero cada cual tiene su propio don de Dios, unos de un modo y otros de otro. Ahora bien, a los no casados y a las viudas les digo: es bueno que se mantengan como yo. Pero si no se contienen, c√°sense; es mejor casarse que abrasarse. A los casados les ordeno, no yo sino el Se√Īor: que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con el marido; y que el marido no repudie a la mujer (1Co 7,1-11).

Pero hay una castidad, incluso dentro del matrimonio, que va m√°s all√° de la letra del sexto mandamiento y que aparece con toda claridad como obligatoria para todos:

Hab√©is o√≠do que se dijo: ¬ęNo cometer√°s adulterio¬Ľ. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer dese√°ndola, ya ha cometido adulterio con ella en su coraz√≥n. Si tu ojo derecho te induce a pecar, s√°catelo y t√≠ralo. M√°s te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, c√≥rtatela y t√≠rala, porque m√°s te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna (Mt 5,27-30).

Para el ap√≥stol san Pablo hay una ¬ęimpureza¬Ľ, adem√°s de la fornicaci√≥n, que es obligatorio evitar para entrar en el reino de Dios:

Tened entendido que nadie que se da a la fornicación, a la impureza, o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios (Ef 5,5).

No debemos extra√Īarnos de que nuestro mundo (y en buena medida nuestra Iglesia) rechace esta sabidur√≠a obligatoria del Evangelio y, en vez de apoyarse en la misericordia para cumplirla, busque la manera (a veces falseando la misericordia) para eliminarla:

En el orden de la castidad, eso se traduce por la aceptaci√≥n de una ley moral. Si no llegamos a practicarla, eso significa sencillamente que somos ¬ęcarnales y estamos vendidos al pecado¬Ľ, lo cual no deber√≠a ser dram√°tico, si fu√©ramos humildes y confiados en la Misericordia. Pero el orgullo del siglo xx se siente herido por una ley que se declara impracticable: si es impracticable, es mala, hay que cambiarla ‚ÄĎse define as√≠ el valor de una ley seg√ļn su adaptaci√≥n a nosotros, que somos malos‚ÄĎ. No hay que extra√Īarse de que en estas condiciones se llegue a no soportar ninguna ley moral, y que la escalada de estos rechazos sucesivos d√© v√©rtigo (Molini√©, El coraje de tener miedo, 61-62).

La obediencia necesaria

 

Un padre que manda a su hijo

 

Hay una obediencia a Dios y a Jesucristo que, ciertamente est√° contenida en el primer mandamiento, y que el Nuevo Testamento plantea como obligatoria con toda claridad:

No todo el que me dice ¬ęSe√Īor, Se√Īor¬Ľ entrar√° en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que est√° en los cielos (Mt 7,21).

La par√°bola que sigue a continuaci√≥n tiene el mismo sentido, pero aplica la obediencia a las palabras de Jes√ļs: el que no las pone en pr√°ctica encontrar√° la ruina (cf. Mt 7,26-27). Por lo tanto no es opcional.

Es la misma obediencia obligatoria que lleva a los apóstoles a las puertas del martirio:

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29).

· · ·

Hay una obediencia razonable de la que se ha dicho casi todo, y sobre todo en qu√© punto no obedece; quiero decir que sabe desobedecer a los hombres para obedecer mejor a Dios e incluso a la raz√≥n, a la justicia, al amor (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[25].

Otros elementos de la sabiduría obligatoria del Evangelio

En este terreno de la sabiduría obligatoria evangélica se hace patente que ésta no sólo va más allá de los mandamientos, sino que es más amplia que la pobreza, castidad y obediencia, por importantes que sean.

Aunque la solemos considerar como algo opcional, esta exigencia evang√©lica es imprescindible porque forma parte del cambio radical que exige la nueva relaci√≥n con Dios tal como el mismo Jes√ļs la formul√≥ con solemne claridad:

En verdad os digo que, si no os convert√≠s y os hac√©is como ni√Īos, no entrar√©is en el reino de los cielos (Mt 18,3).

Un lugar importante ocupan aquí la misericordia y el perdón, que aparecen en el Evangelio con frecuencia, y claramente son presentadas como parte de su sustancia y no como algo opcional:

Pero si no perdon√°is a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonar√° vuestras ofensas (Mt 6,15)[26].

El juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia (St 2,13).

Una misericordia que debe convertirse en obras, si no queremos ser condenados en el juicio final:

Entonces dir√° a los de su izquierda: ¬ęApartaos de m√≠, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus √°ngeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la c√°rcel y no me visitasteis¬Ľ. Entonces tambi√©n estos contestar√°n: ¬ęSe√Īor, ¬Ņcu√°ndo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la c√°rcel, y no te asistimos?¬Ľ. √Čl les replicar√°: ¬ęEn verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los m√°s peque√Īos, tampoco lo hicisteis conmigo¬Ľ. Y estos ir√°n al castigo eterno (Mt 25,41-46).

No se trata simplemente de no matar o no mentir; hay una forma de reaccionar o de hablar que es claramente obligatoria en el Evangelio:

Hab√©is o√≠do que se dijo a los antiguos: ¬ęNo matar√°s¬Ľ, y el que mate ser√° reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la c√≥lera contra su hermano ser√° procesado. Y si uno llama a su hermano ¬ęimb√©cil¬Ľ, tendr√° que comparecer ante el Sanedr√≠n, y si lo llama ¬ęnecio¬Ľ, merece la condena de la gehenna del fuego (Mt 5,21-22).

Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno (Mt 5,37).

Aprovechar la gracia de Dios o no, tiene también consecuencias graves, que hacen que forme parte de la sabiduría obligatoria del Evangelio:

Entonces se puso Jes√ļs a recriminar a las ciudades donde hab√≠a hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se hab√≠an convertido: ¬ę¬°Ay de ti, Coroza√≠n, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sid√≥n se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habr√≠an convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el d√≠a del juicio les ser√° m√°s llevadero a Tiro y a Sid√≥n que a vosotras. Y t√ļ, Cafarna√ļn, ¬Ņpiensas escalar el cielo? Bajar√°s al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habr√≠a durado hasta hoy. Pues os digo que el d√≠a del juicio le ser√° m√°s llevadero a Sodoma que a ti¬Ľ (Mt 11,20-24).

Ponerse del lado del Se√Īor es claramente algo necesario para la salvaci√≥n:

A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos (Mt 10,32-33).

 

M√°rtires cristianos del siglo XXI

 

El Evangelio no plantea como opcional el acoger a los enviados del Se√Īor:

Si alguno no os recibe o no escucha vuestras palabras, al salir de su casa o de la ciudad, sacudid el polvo de los pies. En verdad os digo que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquella ciudad (Mt 10,14-15).

De forma general puede decirse que hay una justicia mayor que la de los fariseos (y mucho mayor que la de una moral de mínimos), que es necesaria para entrar en el reino de Dios y, por lo tanto, no es no opcional:

Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 5,20).

Y hay una radicalidad que, aunque no se presente con la ¬ęmedida exacta¬Ľ al gusto del farise√≠smo de m√≠nimos, no se puede considerar como opcional:

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 10,37-39).

Porque quien quiera salvar su vida, la perder√°; pero el que la pierda por m√≠, la encontrar√°. ¬ŅPues de qu√© le servir√° a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¬ŅO qu√© podr√° dar para recobrarla? (Mt 16,25-26).

Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentar√°n entrar y no podr√°n (Lc 13,24).

Es posible que algunos piensen que estos elementos que constituyen la vida evang√©lica obligatoria carecen de una s√≠ntesis clara que ayude a entenderlos y a vivirlos, tal como vemos en los mandamientos. Sin embargo hemos de tener en cuenta que el mejor compendio de la vida evang√©lica y de la imitaci√≥n de Jes√ļs lo encontramos en las bienaventuranzas, que lejos de ser una propuesta opcional de vida, constituyen la √ļnica puerta necesaria que nos abre a la vida evang√©lica para entrar en el reino de Dios[27].

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredar√°n la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos ser√°n consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedar√°n saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzar√°n misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos ser√°n llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa ser√° grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros (Mt 5,13-12).

√Čsta es la altura de la vida evang√©lica obligatoria; es decir, de una vida cristiana ¬ęnormal¬Ľ, sin los recortes ni acomodaciones que puedan ponerla en grave peligro de muerte.

A partir de aqu√≠, quiz√° comprendamos ahora mejor por qu√© s√≥lo se puede vivir esta vida nueva colgados de la gracia de Dios y es imposible en un planteamiento propio del Antiguo Testamento. Esta vida nueva es la consecuencia de la vida divina que ha sido sembrada en nosotros por el bautismo. Pero, por elevada que sea, eso no es todo lo que el Se√Īor ofrece; a partir de aqu√≠ hay una locura evang√©lica que el Se√Īor propone a algunos.

La locura opcional

La locura de la castidad evangélica

 

Flor en la superficie del agua

 

La locura evangélica comienza siempre con una percepción nueva y profunda de la locura del amor con que Dios nos ama.

La locura de la castidad evang√©lica parte necesariamente del descubrimiento de un Dios que nos ama de tal manera que es un Dios celoso, que tiene celos de nosotros; aunque aqu√≠ no podemos aplicar bajo ning√ļn concepto el aspecto negativo que tienen los celos humanos, porque los celos de Dios no son posesivos y destructivos, sino que expresan el amor m√°s abnegado porque s√≥lo buscan dar y darse, aunque con una pasi√≥n e intensidad que puede resultarnos incomprensible:

Cuando los humanos son celosos, lo son con el ego√≠smo y la estrechez de una naturaleza ca√≠da; pero los celos en s√≠ mismos no son una imperfecci√≥n, es la exigencia inevitable de un amor serio. Pues queremos creer realmente que Dios nos ama, y siempre nos cuesta pensar que este amor cuenta los pelos de nuestra cabeza y nos cuida cada instante de nuestra vida. ¬ŅPero qui√©n sospecha que Dios pueda estar verdaderamente celoso de nuestro coraz√≥n? (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[28].

· · ·

Para entrar en la locura de la castidad, es preciso presentir algo de los celos del amor divino, lo que no es dado a todos en el mismo grado. Expertus potest credere quid sit Jesum diligere, decía san Bernardo. El que tiene la experiencia del amor divino puede creer en él con conocimiento de causa.

La experiencia revela que Dios es celoso, con unos celos que nos sumergen en el estupor, porque nos es muy difícil comprender que tengamos precio tan alto. Los celos son una pasión: en el amor humano, aparecen como una catástrofe, porque resultan de una captatividad feroz más que el amor mismo.

Nosotros no comprendemos que el amor oblativo sea en realidad mucho m√°s profundamente celoso ‚ÄĎceloso de la verdadera dicha del amado‚ÄĎ que el amor captativo. Estos celos se ejercen sin crueldad, porque no son ego√≠stas, pero no son menos implacables ‚ÄĎy el llamado amor despojado de los celos no tiene ning√ļn inter√©s‚ÄĎ (Molini√©, El coraje de tener miedo, 63).

Lejos de un falso amor al que no le importa ni el bien, ni la correspondencia, ni la fidelidad del amado y presume de prescindir de ese amor sin que haya consecuencias, el amor de Dios es celoso y el que lo percibe realmente quiere corresponder en el mismo nivel. De la percepción de esa locura del amor de Dios, nace la locura de la castidad.

Pues bien, hay personas que perciben esto, que se sienten amadas de este modo, y comprenden que hay que dejarlo todo para responder a un peso de amor semejante. Es una locura, pero no es su locura, es la de Dios: el germen del voto de castidad no es en primer lugar el deseo de amar a Dios hasta la locura, sino la percepci√≥n de su amor hacia nosotros, y de los celos que surgen de su car√°cter excesivo. El deseo de amar a Dios hasta la locura es muy peligroso cuando no es vivido como la respuesta t√≠mida y pobre a ese amor cuya intensidad celosa nos atrae y a la vez nos da miedo; temiendo entonces serle infieles, nos entregamos a √©l con la exclusividad que reclama, mucho m√°s radical que todo lo que puede exigir el amor humano (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[29].

· · ·

Por el contrario, los que comprenden y perciben que Dios es celoso, escapan a esta locura delicuescente para sumergirse, al otro extremo de la cadena, en la locura constructiva de la castidad. Su alegr√≠a est√° en saberse amados como una perla preciosa, en ser el bien de Dios, del que √Čl reclama la exclusividad. Esta alegr√≠a inspira la necesidad de ocultarse para pertenecerle, para que √Čl sea el √ļnico en gozar de nosotros, y de no revelarse a los dem√°s m√°s que en la medida en que √Čl mismo nos lo pide. El esp√≠ritu de castidad es, pues, el alma del silencio. Toda revelaci√≥n in√ļtil de nosotros mismos es ya algo impuro (Molini√©, El coraje de tener miedo, 64).

Por lo tanto, no se trata ya de la mera fidelidad del cuerpo o de la mirada, ni de la lucha contra la impureza, obligatoria para todos, sino de una entrega al Se√Īor que busca ser s√≥lo para √©l y en esa medida necesita del apartamiento y del silencio para encontrar la intimidad con Dios, que no busca el desahogo en los dem√°s sino en √©l, y que se entrega a los dem√°s en la medida en que Dios se lo pide, porque s√≥lo anhela corresponder a su amor y s√≥lo busca en Dios el amor que necesita. Se trata ya, no del pudor que evita la exhibici√≥n del cuerpo, sino del ocultamiento de nuestra belleza, incluso ante nuestros propios ojos, para que sea s√≥lo para √©l:

√Čl es muy celoso en este punto, y quiere ser el √ļnico en conocer verdaderamente nuestra belleza. La oculta incluso a nuestros ojos, y no debemos sobre todo buscar conocerla: es la peor de las faltas contra la castidad. (¬ęSi t√ļ te ignoras, oh la m√°s hermosa de las mujeres...¬Ľ, Cant 1,8.)

Cuando hacemos el bien, hay que tratar de que la mano izquierda ignore lo que hace la derecha, hay que prestar los servicios lo m√°s ocultamente posible.

Debemos tambi√©n ‚ÄĎy es muy dif√≠cil‚ÄĎ no incitar a los otros a pecar contra la castidad haci√©ndoles cumplidos in√ļtiles, favoreciendo su instinto de descubrirse (de desnudarse) ante las miradas humanas [...]

Una √ļltima observaci√≥n: cuando deseamos ansiosamente a alguien, deseamos su alma mucho m√°s que su cuerpo. Entonces, no nos excusemos diciendo que lo que amamos en ellos es su alma; es justamente el campo m√°s prohibido, y el pudor del cuerpo no debe ser m√°s que un reflejo del pudor del alma (Molini√©, El coraje de tener miedo, 65).

Esto no implica necesariamente un apartamiento absoluto del mundo, y un desconocimiento total. Ser√° Dios, cuando quiera y en la medida en que quiera el que muestre nuestra belleza al mundo:

En este sentido, debemos tratar de ocultar lo mejor que tenemos. Es así como los demás se aprovecharán mejor de ello, pues es Dios quien pondrá la lámpara sobre el candelabro, y no nosotros (Molinié, El coraje de tener miedo, 64-65).

Ciertamente esta locura no es razonable ni exigible, ni siquiera comprensible para la mayoría (incluso de fieles y pastores). Pero tiene derecho a existir:

A los que han recibido esta luz, le han respondido, y quieren dejarse llevar por unos celos tan evidentes y tan locos, las discusiones sobre el matrimonio y el celibato les parecen tremendamente vanas: discusiones de personas que viven a 37¬į mientras que, sin estar abras√°ndose, est√°n sitiados por una realidad situada mucho m√°s all√° de los cuarenta de fiebre... y que es rigurosamente ininteligible a 37¬ļ: esc√°ndalo para los jud√≠os y locura para los griegos. Entonces tienen ganas de decir a los te√≥logos psicoanalistas que cantan la grandeza del amor humano (seg√ļn principios, por otra parte, muy verdaderos que hemos visto hace un momento): sed sabios entre vosotros y dejadnos tranquilos, dejadnos ser locos a nuestra manera y silenciosamente, al abrigo de vuestras discusiones y de vuestras ¬ęinterpelaciones¬Ľ; no locos de nuestra propia locura, ni en virtud de una iniciativa personal, sino arrastrados por la locura de Otro que especialmente parece que se os escapa, pues os cerrar√≠a definitivamente la boca como la de Job, si tuvierais la m√≠nima sospecha de ella (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[30].

La locura de la pobreza evangélica

 

Manos gastadas de anciano

 

De nuevo partimos del descubrimiento del amor loco de Dios, en este caso por nuestra miseria, lo √ļnico que tenemos por nosotros mismos y lo √ļnico que podemos ofrecerle[31].

La locura consiste aqu√≠ en comprender que los celos divinos estriban precisamente en nuestra miseria, y en buscar esta miseria como una perla preciosa en lugar de huirla [...] Cuando el esp√≠ritu de pobreza instruye nuestra inteligencia con estas cosas ¬ęa modo de noche¬Ľ y de sabor, no nos descubre solamente la verdad de la nada de la criatura, sino el encanto, finalmente trinitario, de esta nada (Molini√©, El coraje de tener miedo, 65.67).

· · ·

Tampoco esta locura es nuestra, es siempre la del amor de Dios, ya no percibido en sus celos, sino precisamente en lo que le fascina de nuestro rostro: el abismo de nuestra miseria. Es de nuestra miseria de lo que est√° celoso, y no del esplendor humano, ni siquiera de la gracia y de la gloria, ni tampoco de la locura de los m√°rtires [...] Los que perciben esta locura de Dios, sima de gloria atra√≠da por la sima de nuestra nada, le prometen f√°cilmente sumirse en una pobreza que ya no tiene mucho que ver con la medida de la pobreza razonable... (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[32].

Esta pobreza es muy exigente, pero no por el camino del desprendimiento absoluto de las cosas o de una austeridad (en buena medida obligatoria), sino por el de aceptar nuestra realidad, nuestra miseria y desprendernos de nuestras falsas riquezas ante Dios. Esto supone una importante ascesis, pero muy distinta de la que solemos pensar:

Nuestra tendencia natural nos inclina evidentemente a huir de esta miseria, no por un esfuerzo constructivo para sanarla o mejorarla, sino por el rechazo, oscuro y t√≠mido, de tomar conciencia de ella, de verse enfrentado con el espect√°culo de una indigencia cuya profundidad metaf√≠sica sobrepasa todo lo que nosotros podemos sospechar. Es m√°s f√°cil reconocer ¬ęlos propios pecados¬Ľ ‚ÄĎen los que vemos, en el fondo, accidentes‚ÄĎ que contemplar esta indigencia fundamental, que no es un pecado, pero que hace posibles todos los pecados [...] Entonces, cuando pretendemos ser mejores, hacemos inconscientemente muchos esfuerzos por disimular ante todas las miradas, y en primer lugar ante la nuestra, a base de ¬ębuenas acciones¬Ľ, cu√°n ¬ęmalos¬Ľ somos, seg√ļn la expresi√≥n de Cristo. El esp√≠ritu de pobreza nos sugiere, pues, haci√©ndonosla saborear de una manera delicada, con qu√© ternura ama Jes√ļs nuestra miseria (Molini√©, El coraje de tener miedo, 68-69).

Es una pobreza que tiene que ir acompa√Īada de la confianza que provoca en nosotros la atracci√≥n de Dios por nuestra miseria, a la que llamamos Misericordia; porque si no, puede llevarnos a una contemplaci√≥n desesperada de nuestra pobreza:

La locura de la pobreza nos invita a ¬ęencontrar¬Ľ esta miseria, no en la lucidez despiadada (y por otra parte verdadera) que trata de comunicarnos violentamente el demonio, sino en la lucidez m√°s profunda todav√≠a que el Esp√≠ritu Santo nos ofrece a modo de sabor, al ense√Īarnos a descubrir con estupor en esta misma miseria el arma absoluta que nos da todo poder sobre el coraz√≥n de Dios; porque es eso lo que le seduce en nosotros, y no los dones que ya nos ha hecho, ni ninguno de los que est√° dispuesto a derramar en avalancha sobre esta miseria que le atrae (lo cual se comprende bien en el fondo si se piensa que es la √ļnica cosa que no puede encontrar en √Čl, la √ļnica, por consiguiente, que puede amar fuera de √Čl) [...]

Entonces, encontrar nuestra miseria es encontrar una regi√≥n que, seg√ļn se la contemple sola o en la locura de la pobreza, es la fuente de una desesperaci√≥n absoluta o de la m√°s loca confianza.

Dios solo, en efecto, puede encontrar encanto en nuestra miseria para colmarla. Lo propio de la criatura es amar, en primer lugar, a Dios, el ser, el bien, la perfección. Nuestra miseria es, pues, naturalmente hablando, lo menos amable que encontramos en el mundo; y, finalmente, no la amamos, en los demás y en nosotros, más que en la medida en que está ya colmada por alguna perfección: sólo bajo esta condición pueden seducirnos los seres, y podemos seducirnos nosotros mismos.

Pero Dios puede amarnos como seres que hay que colmar y comunicarnos este privilegio de su amor, que no nos es en absoluto natural. Entonces, hay que tener la mirada locamente fija sobre su amor para presentir que nuestra miseria es amable y aceptar desplegarla delante de √Čl para ofrec√©rsela (como se desbrida una llaga delante de un m√©dico), incluso buscar la dimensi√≥n m√°s profunda de esta miseria, porque es en esta zona donde √Čl nos da cita y nos espera. Cuando le hayamos encontrado, habremos hallado al mismo tiempo su misericordia, porque es ah√≠ donde se oculta, y no en otro sitio (Molini√©, El coraje de tener miedo, 69-70).

Esta locura de la pobreza evangélica no se trata de un alarde de pobreza material que puede convertirse en una riqueza:

Sin embargo no se trata de volver a la miseria infrahumana contra la que, al contrario, la pobreza razonable nos pide luchar. A los que me refiero tienen demasiado miedo de vanagloriarse secretamente de una miseria buscada como una especie de r√©cord como para tomar la m√≠nima iniciativa personal (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[33].

Estamos en la entra√Īa del mensaje de santa Teresa del Ni√Īo Jes√ļs:

¬ęMe queda todav√≠a mucho por conseguir¬Ľ, dec√≠a una novicia. ¬ęDecid m√°s bien por perder¬Ľ, respond√≠a Teresa. Tenemos siempre demasiado equipaje para atravesar la puerta estrecha, estamos demasiado hinchados, tratamos de subir, de elevarnos, de crecer, cortando as√≠ infaliblemente la muy sutil y suave comunicaci√≥n que no puede establecerse m√°s que entre el Ser y la nada [...]

 

Demasiado equipaje

 

¬ę¬°C√≥mo quisiera ofrecer a Dios tu delicadeza!¬Ľ‚ÄĎdec√≠a otra novicia‚ÄĎ. ¬ęAgrad√©cele no tener delicadeza¬Ľ, respond√≠a Teresa, encauz√°ndola as√≠ incansablemente en el di√°logo que no se establece entre el Amor y el Amor, sino entre el Amor y el no-Amor.

¬ęMis deseos de martirio no son nada ‚ÄĎexplicaba ella a sor Mar√≠a del Sagrado Coraz√≥n‚ÄĎ.No son ellos los que me dan la confianza ilimitada que siento en mi coraz√≥n. Son, a decir verdad, las riquezas espirituales las que nos hacen injustas cuando descansamos en ellas con complacencia y creemos que son algo grande...

S√≠, Jes√ļs ha dicho: ‚Äú¬°Padre m√≠o, aleja de m√≠ este c√°liz!‚ÄĚ Hermana querida, ¬Ņc√≥mo pod√©is decir despu√©s de esto que mis deseos son el distintivo de mi amor? ¬°Ah! Yo siento bien que no es eso en absoluto lo que agrada a Dios en mi peque√Īa alma. Lo que le agrada es el verme amar mi peque√Īez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia... He aqu√≠ mi √ļnico tesoro, madrina querida; ¬Ņpor qu√© este tesoro no podr√≠a ser el vuestro?...¬Ľ[34]

De este modo nos descubre Teresa el extra√Īo secreto que nos ense√Īa el arte de encontrar nuestra miseria, como si fuera una perla preciosa dif√≠cil de hallar y digna de la b√ļsqueda m√°s apasionada (Molini√©, El coraje de tener miedo, 67-68).

Por eso podemos concluir:

La locura de la pobreza toca de este modo el esp√≠ritu de infancia que, dice Benedicto XV, ¬ęconsiste en aplicar a la vida espiritual la espontaneidad que los ni√Īos aplican a la vida natural¬Ľ (Molini√©, El coraje de tener miedo, 79).

Evidentemente esta pobreza tiene consecuencias concretas, materiales y espirituales:

-La alegría y la dependencia:

La aplicación de esta actitud celeste a la vida de aquí abajo consiste en alegrarse de tener necesidad de Dios... y, por consiguiente, de tener necesidad de los demás para todo lo que recibimos: no de los que están a nuestro servicio, sino de los que no lo están, que no dependen de nosotros y que no nos deben nada. No es fácil que guste eso. Muchas personas muy austeras e incluso generosas tienen un instinto salvaje que les empuja a no gustarles: prefieren privarse a mendigar; así creen practicar la pobreza... cuando es lo contrario (Molinié, El coraje de tener miedo, 75-76).

-Huir de la eficacia y aceptar la gratuidad:

Hay que tener, pues, el coraje, a pesar de los riesgos que conlleva, de proclamar frente al mundo que no servimos para nada, que no tenemos derecho a nada, que gastamos fuerzas en pura p√©rdida, que trabajamos como ni√Īos que juegan... y que eso constituye nuestra alegr√≠a (Molini√©, El coraje de tener miedo, 77).

-Vivir de la Providencia y saber dar:

Lo que va formalmente contra el espíritu de pobreza, no es, pues, el gastar demasiado o el querer las cosas bonitas y el lujo (eso no es recomendable, pero constituye más bien una falta contra la templanza), sino el atesorar, el acumular, el hacer provisiones, el tomar precauciones con vistas al porvenir (Molinié, El coraje de tener miedo, 77).

· · ·

Todo eso es una falta de delicadeza y una falta contra la pobreza, porque es negarse a depender de la Providencia. La pobreza exige también una cierta liberalidad. Hay que saber dar, y, por consiguiente, privarse de ciertas cosas cuya posesión o uso son, sin embargo, legítimos. Privarse de ello, no por proeza, sino por despreocupación y para liberarse (Molinié, El coraje de tener miedo, 77).

-También saber depender de Dios en la vida espiritual y no acumular bienes espirituales:

Tambi√©n en el orden espiritual deseamos acumular provisiones, cosa que es igualmente un pecado contra la pobreza. ¬ę¬ŅQu√© har√© en tal circunstancia, ante tal prueba?¬Ľ Preocuparse por el futuro es pecar contra la pobreza (Molini√©, El coraje de tener miedo, 78).

La locura de la obediencia evangélica

 

El barro en manos del alfarero

 

Como las demás locuras evangélicas, la obediencia surge de una fascinación por el amor de Dios y no parte de una iniciativa propia, pero quizá lleva más allá la locura de la entrega a Dios:

La locura de la obediencia es s√≥lo la locura del amor percibido precisamente como una locura, como una disoluci√≥n en el Otro donde ya no tenemos ninguna voluntad propia, ninguna iniciativa, ninguna vida posible fuera de la referencia al Otro [...] Pero una vez m√°s, √©sta no es una locura a la que llegamos por nosotros mismos; es una invitaci√≥n divina a dejarnos poseer m√°s all√° del cuerpo, del coraz√≥n, de los bienes m√°s preciosos y de la vida; dejarnos poseer en lo que tenemos m√°s √≠ntimo e inalienable: la libertad (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[35].

Dejamos para el final esta locura de la obediencia porque constituye la garantía de las otras dos, ya que nos coloca en la vivencia evangélica verdadera que nos defiende del orgullo de creer que podemos atribuirnos nuestra castidad o pobreza como si fuera un tesoro o un logro personal y, a la vez, nos ayuda a no caer en el subjetivismo de convertirnos a nosotros mismos en el criterio moral de nuestra propia vida y de la voluntad de Dios:

La locura de la obediencia tiene, en primer lugar, la ventaja de proteger las otras dos locuras de todo iluminismo y de todo orgullo [...]

Se puede tener ilusiones sobre el espíritu de pobreza o de castidad, pero no sobre la obediencia. Para ser perfectamente fiel a los dos primeros consejos, es necesario una lucidez sobrenatural extraordinaria. La obediencia proclama el absoluto que proponemos, porque queremos cantar que no somos nada, rehusamos tener voluntad propia (Molinié, El coraje de tener miedo, 80-81).

· · ·

Los que pretenden dispensarse de la obediencia en nombre del amor no comprenden el amor: los consejos evang√©licos son los rostros de la locura del amor, insustituibles para expresar su altura, anchura y profundidad. Si los perdemos de vista, estamos en grave peligro de ceder a los enga√Īos del enemigo. √Āngela de Foligno dec√≠a: ¬ęDesconf√≠o del amor, y sobre todo del amor de Dios¬Ľ. Necesitamos la valla de la castidad, de la pobreza y de la obediencia, √ļnica garant√≠a -si no absoluta, por lo menos muy seria- de que el amor tal y como lo deseamos, lo ansiamos y lo vivimos, no es peligroso porque es verdadero (Molini√©, Prisioneros del infinito, cap√≠tulo V)[36].

Evidentemente la obediencia supone la renuncia a la propia voluntad para aceptar la voluntad de Dios como el √ļnico absoluto de nuestra vida. Pero para que esta renuncia pueda hacerse efectiva necesitamos a alguien al que prestarle una obediencia que es signo e instrumento de nuestra obediencia a Dios; lo cual es ciertamente una locura que tiene mucho que ver con la locura del amor:

Es necesario, evidentemente, que otro encarne para nosotros la voluntad de Dios. Es fácil desde que se ha comprendido que toda autoridad legítima viene de Dios. Debemos abrir los ojos para verificar que la autoridad se ejerce dentro del dominio donde es legítima y viene de Dios. Pero, una vez verificado este punto, debemos obedecer ciegamente, si queremos poner en ello la locura del amor (Molinié, El coraje de tener miedo, 81).

Pero no debemos olvidar que esta obediencia a alguien concreto comienza por aceptar entregar la voluntad a alguien concreto que es Jesucristo y a la Iglesia en la que se hace presente:

La locura de la obediencia nos lleva hacia un hombre ‚ÄĎel √ļnico gur√ļ verdadero y el √ļnico staretz de todos los tiempos‚ÄĎ, y hace falta precisamente la experiencia de esta locura para comprenderlo [...] Y es tambi√©n un hecho que la Iglesia contin√ļa a Jesucristo, mantiene su presencia sobre la tierra, y ofrece ‚ÄĎa los que el Esp√≠ritu lleva hacia Jes√ļs para vivir la obediencia‚ÄĎ la posibilidad de hacerlo: startsy en los orientales, votos solemnes en los latinos; rostros diferentes de esta misma locura (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[37].

En este sentido es muy importante no confundir la obediencia con otras realidades a las que aplicamos la obediencia y que, sin embargo no tienen nada que ver con ella:

La obediencia no debe dar a los superiores una importancia que de ninguna manera tienen en cuanto hombres. No se trata en modo alguno de agradar a los superiores, sino simplemente de obedecerlos. Cierto que debemos amarlos, porque son nuestros hermanos, e incluso tener piedad de ellos, piedad de su carga abrumadora, pero no es a ellos a quienes hay que obedecer, y nosotros no debemos buscar agradarlos a ellos al obedecer, sino a Dios solo [...]

Una gran parte de nuestros esfuerzos por la virtud vienen del deseo de que se formen de nosotros una buena opinión... o, al menos, no demasiado mala. Eso, en parte, es legítimo, pero si la mayor parte de nuestro edificio se construye sobre ello, es una verdadera lástima. [...] Aun cuando se ha dado todo, no se ha perdido la reputación: somos todavía considerados. Hay que estar dispuestos a dar eso también; en cierto sentido hay incluso que desearlo, ya que no podemos dar nada más profundo a Dios […]

Si conseguimos alegrarnos de haber perdido eventualmente la reputación, seremos totalmente libres... y Dios desea para nosotros esta libertad interior (Molinié, El coraje de tener miedo, 82-83).

Esta locura de la obediencia no tiene nada que ver con el espíritu gregario que se deja llevar por la mayoría:

No hay que ser como borregos que se dejan llevar ciegamente por lo que se dice y se hace... No se trata de oponerse a ello sistem√°ticamente, pero hay que desconfiar del esp√≠ritu gregario [...] No esperemos demasiado de la vida de grupo, como si fuese la panacea universal. Lo √ļnico que de √©l recibimos de cierto es la ocasi√≥n de practicar nuestra caridad amando la miseria de nuestros hermanos... y recibiendo a veces bastonazos o, por lo menos, brochazos. Si esperamos de la vida com√ļn lo que s√≥lo Dios puede darnos, no lo encontraremos (Molini√©, El coraje de tener miedo, 83-84).

Ciertamente que se trata de una obediencia m√°s all√° de lo razonable; pero precisamente por eso es una locura que, en definitiva, basa su confianza en el mismo Jes√ļs:

As√≠ Teresa de √Āvila pod√≠a alegrarse de ver a sus hijas dispuestas a arrojarse a un pozo a su orden. Los te√≥logos modernos pueden hablar con condescendencia de esta ingenuidad ¬ęestropeada¬Ľ: no tenemos el derecho de cometer un pecado (un suicidio por ejemplo) por obediencia. Teresa de √Āvila lo sab√≠a bien, y por eso no habr√≠a dado nunca una orden parecida... Pero eso no quiere decir que ellas hubieran dudado en obedecer a ciegas, ni Teresa de √Āvila habr√≠a dudado de alegrarse. Sus hijas amaban a Jes√ļs, sencillamente: le amaban hasta la locura, lo suficiente como para realizar el sacrificio de Abrah√°n en ellas o en las otras, si √©l se lo hubiera pedido. Sab√≠an bien que no tenemos el derecho de pecar por obediencia, pero ten√≠an suficiente confianza en Jes√ļs (y ah√≠ estaba su locura, la que las elevaba por encima de los que se arrastran y de los te√≥logos) como para saber que √©l no les pedir√≠a un pecado, que pod√≠an volverse a √©l con los ojos cerrados, que √©l les pedir√≠a s√≥lo la sencillez de la paloma asumiendo sobre √©l la prudencia de la serpiente.

Y cre√≠an que la Iglesia es Jesucristo... a condici√≥n de utilizarla correctamente [...] Pero si es realmente la locura de Dios la que nos anima, no podemos tener miedo de obedecer demasiado, por otra parte tampoco tenemos que temer desobedecer aparentemente, como Juana de Arco. Esta locura se encarga de todo y sabe bien, como Pablo, de qui√©n se ha fiado (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15. Los subrayados son del autor)[38].

La locura de la renuncia

 

Caminar con los pies desclazos sobre rocas

 

Hay una locura evangélica básica que abarca estas tres y que en cierta manera la supera: la locura de la renuncia:

La locura de la renuncia resume y condensa en ella las tres locuras de que acabamos de hablar (Molinié, El coraje de tener miedo, 86).

Es la consecuencia natural de entrar en la dinámica evangélica de perderlo todo para ganarlo todo:

Dif√≠cilmente comprendemos que esta locura es para nosotros la √ļnica manera de entrar en posesi√≥n de los dones de Dios, y sobre todo del don de Dios. Sin embargo, es ineluctable (Molini√©, El coraje de tener miedo, 86).

Se trata de aceptar pasar por el vértigo de lanzarse al vacío y esperar ser acogido, perderse para ganarlo todo, morir para vivir, aceptar perder pie en lugar de seguir braceando en el océano:

En la renuncia, puede decirse que se est√° entre cielo y tierra. El gusano de seda de que habla Teresa de √Āvila es todav√≠a un gusano, pero Dios le propone no ser nada, ni siquiera un gusano: √ļnica actitud capaz de soportar la metamorfosis. En el momento en que √©l ya no ser√° verdaderamente nada, ni gusano, ni mariposa, tendr√° lugar la irrupci√≥n de la gloria en la oscuridad de la fe: la prueba ser√° vencida y la suavidad la superar√°.

En el momento en que el p√°jaro se arroja al vac√≠o para su primer vuelo, no vuela a√ļn, pero tampoco se apoya sobre la tierra. Luego la prueba es superada, la nueva vida est√° ya ah√≠, antes incluso del primer batir de alas; la prueba tiene lugar sobre el tejado, en el instante preciso de la decisi√≥n, donde no se sabe nada de lo que ser√° el vuelo, se sabe solamente que no habr√° m√°s tejado (Molini√©, El coraje de tener miedo, 86-87).

Y es locura porque no comporta renunciar a las cosas malas (eso forma parte de la sabiduría obligatoria), sino a cosas buenas o necesarias, incluso del Bien mayor, para poder ganarlo todo:

Eso puede ayudarnos a comprender el sentido profundo de la moral evang√©lica, tan maltratada por los puritanos y sus contestatarios. Dios nos pide separarnos con vigor de las cosas malas, de los venenos susceptibles de matar la vida divina o de causarle anemia (¬ęSi tu ojo te escandaliza...¬Ľ). Pero no se trata de renuncia, se trata de higiene: con respecto al mal, el Evangelio no nos ofrece m√°s que higiene, como la medicina con respecto a los microbios.

Dios nos pide la renuncia al bien, especialmente a los m√°s grandes bienes, muy especialmente al Bien por excelencia, la perla preciosa que, no obstante, quiere darnos... hasta el punto de haber entregado a su Hijo a la muerte con este √ļnico fin. Pues no por sadismo, narcisismo o celos mezquinos nos pide Dios la renuncia, sino, al contrario, porque es la √ļnica actitud que permite recibir el don de Dios: no s√≥lo recibirlo dignamente, sino simplemente recibirlo (Molini√©, El coraje de tener miedo, 87).

Se trata sencillamente de aprender a recibir y para eso, además de tener las manos vacías, es necesario abandonar el deseo insaciable que tenemos de dominio:

Hay, en efecto, incompatibilidad absoluta entre el movimiento de recibir y el movimiento de apoderarse, y la renuncia recae precisamente, no sobre el bien apetecido, sino sobre la pretensión de apoderarnos de él, por poco que sea: recibir no es menos activo que tomar, pero es una actividad de distinto orden y, a los ojos de la impaciencia humana, se parece fastidiosamente a la pasividad.

Una actitud semejante no se da sin una renuncia radical a toda idea de conquista, a toda exigencia (a cualquier título que sea)... Algunos lo comprenden, pero no lo consiguen todavía (Molinié, El coraje de tener miedo, 87).

¬°Que se respete esta locura!

 

Saltar por encima del abismo

 

Cuando hablamos de locura, aunque sea evangélica, siempre vamos a encontrar la oposición de la prudencia y los razonamientos de los que no han percibido la locura del amor de Dios y la fuerza para responderle con una locura digna de él. Evidentemente esto no es para todos, no es algo obligatorio..., ni siquiera es razonable, ni discutible; y, mucho menos, necesita ser entendido o aprobado por los que no pueden -o no quieren- responder a esa invitación. Los que desean vivir esa locura no pueden pretender ser entendidos, pero si deben pedir que, al menos, se les respete:

Hay que predicar el amor razonable y totalitario de Dios; a veces hay que proponer la locura, pero insistiendo siempre en la libertad absoluta con la que se dirige esta invitaci√≥n. Y precisamente por esto hay que ser categ√≥rico y no hacer concesiones en cuanto a la radicalidad de esta locura: es facultativa, eso basta; que no se le pida ser sabia, que no se la juzgue y no se la mida seg√ļn los criterios de la sabidur√≠a humana. Dicho de otra manera, si no se la comprende, que al menos se la respete; y que se deje tranquilamente ser locos a los que quieren serlo. Si es facultativo escuchar esta locura, no es facultativo honrarla: y es por s√≠ mismo un pecado contra el Esp√≠ritu Santo oponerse a ella, volver a ponerla en tela de juicio o intentar volverla sosa en nombre de la sabidur√≠a humana.

La palabra de Jes√ļs se dirige sobre todo a los que han o√≠do su llamada: Sois la sal de la tierra... tened cuidado, os lo suplico, no dej√©is que los que no comprenden nada la vuelvan sosa en vosotros (Molini√©, Cartas a sus amigos, n¬ļ 15)[39].

¬ŅEsta locura es posible para los laicos?

 

Adorar la cruz caminando sobre el agua

 

Después de todo este recorrido queda claro que la locura evangélica que relacionamos con los consejos evangélicos parte de una iniciativa de Dios que pueden captar y seguir todos los cristianos, por tanto también los que viven en el mundo: los laicos también pueden vivir los consejos evangélicos.

La dificultad para vivir esto estriba en que los religiosos tienen establecida una forma concreta de vivir los consejos, con todos los medios y la formaci√≥n que precisan, mientras que los laicos carecen de esos medios porque hasta ahora no se ha solido tener muy en cuenta esta posibilidad; y, adem√°s, porque la vida laical es enormemente diversa en posibilidades y situaciones. Pero, a la vez que esta diversidad supone una dificultad, constituye una gran riqueza porque permite vivir la radicalidad evang√©lica en infinidad de situaciones nuevas y porque exige una fidelidad personal mayor a la respuesta al amor desmedido de Dios; una respuesta que, impulsada por el Esp√≠ritu, toma como norma √ļltima la locura evang√©lica.

Antes de intentar dar pistas concretas de cómo puede vivirse la locura evangélica relacionada con los consejos evangélicos parece necesario establecer algunos criterios:

Los votos religiosos no son el criterio de los consejos evangélicos para los laicos

El objeto de los consejos evang√©licos est√° incluido de cierta manera en toda perfecci√≥n cristiana, y en este sentido el ¬ęideal¬Ľ de los religiosos coincide con el ¬ęideal¬Ľ de la vida cristiana pura y simple. Considerando las cosas desde otro punto de vista, se puede decir: en la l√≠nea de la pobreza, de la castidad y de la obediencia, hay grados de intensidad que deben ser realizados en toda vida cristiana perfecta. Estos grados de intensidad no son propios de la vida religiosa, sino que pertenecen a la vida cristiana en general. En la vida religiosa, estos elementos comunes deben realizarse solamente en una modalidad especial, es decir, por los votos con la vida com√ļn, modalidad especial que da realmente a la vida estable y exterior, seg√ļn los consejos, la excelente funci√≥n de que hemos hablado anteriormente. Puesto que esta modalidad especial es propia √ļnicamente de la vida religiosa y que √©sta no debe ciertamente ser la regla de los otros estados de vida cristiana, la forma que revisten los consejos evang√©licos en la vida religiosa no puede ser la norma de la perfecci√≥n cristiana pura y simple (Truhlar)[40].

A la vez que hay que subrayar que el ideal de perfección es el mismo para los laicos que para los religiosos y que hay grados (los de la locura evangélica), que son para todos los que buscan la santidad, hemos de tener muy en cuenta que la estructuración de los consejos en la vida religiosa no es la norma, ni el criterio, ni la plantilla en la que hay que plantear esta locura opcional para los laicos.

Esta mentalidad generalizada durante muchos siglos sólo contempla la santidad laical como fruto de una cierta adaptación de la vida religiosa o monástica a los laicos, o, por el contrario, una reducción de la vida religiosa que la haga compatible con las exigencias de la vida en el mundo.

Esto supone una gran dificultad para poder ofrecer atractivamente los consejos evangélicos a los laicos que sienten la llamada a la radicalidad evangélica. Además, cualquiera de estas acomodaciones dificulta la inserción plena del cristiano en el mundo e impide satisfacer esa llamada que muchos sienten a abrazar el Evangelio en su plenitud. Por lo tanto, no queda más remedio que buscar un camino totalmente nuevo, radical y que encaje en la vida laical.

Por su naturaleza laical, los consejos tendr√°n que ser personales y no institucionales

 

Ser √ļnico

 

El laico que busca la santidad debe responder a la locura del amor de Dios con la locura de su entrega personal, para la cual no va a encontrar una forma de vida preestablecida a la que incorporarse, institucionalizada en unos votos que le indiquen el modo de vivir los consejos.

Sin embargo no puede renunciar a la necesidad de vivir la pobreza, la castidad y la obediencia, porque forman parte de la llamada personal que le ha dirigido el Se√Īor y a la que debe responder de una forma radical en su vida concreta.

Este llamamiento obliga al laico a buscar un camino que le permita vivir los consejos sin separarse de su vida secular. Lo que exige de dicho camino que re√ļna los siguientes requisitos:

a) Tiene que encajar en su vida laical concreta (aunque requiera renuncias y sacrificios, a veces heroicos).

b) A la vez, debe ser realmente una vida radical y evangélica. No se trata de poner unos pocos (o muchos) elementos piadosos en la vida cotidiana.

c) No puede preestablecerse ni imponerse desde fuera, sino que debe ser la expresión de la moción interna del Espíritu.

d) Precisa de un esfuerzo constante de discernimiento, y de la ayuda imprescindible de un director espiritual para que ese discernimiento no caiga en el subjetivismo.

Debe tener una base firme en la sabiduría obligatoria y en el sentir de la Iglesia

Como vamos viendo, la gran ventaja que posee el que es llamado a la vida religiosa es que tiene muy claro el esquema, los medios y el ambiente en los que debe responder a la llamada del Se√Īor a la radicalidad evang√©lica. Por el contrario, la falta de medios que tiene el laico que quiere responder sinceramente a la santidad le puede hacer caer en el subjetivismo, el iluminismo o cualquier forma de enga√Īo que dificulte o impida su respuesta personal a la llamada del Se√Īor.

El que es llamado a abrazar la locura evang√©lica tiene que estar especialmente atento a vivir primero con radicalidad los preceptos y la sabidur√≠a evang√©lica obligatoria para todos. La fidelidad a esta sabidur√≠a es para √©l de especial ayuda porque supone un marco objetivo y una prueba de la autenticidad de su forma de abrazar la locura evang√©lica. Si no se vive esa base fundamental (m√°s amplia de lo que parece, como hemos visto) no puede darse una vivencia radical aut√©ntica del Evangelio. El que no abraza la fidelidad en lo obligatorio no puede emprender con garant√≠as la aventura de un seguimiento extraordinario del Se√Īor.

En este mismo sentido, el laico que emprende este camino tiene que estar especialmente atento al sentir de la Iglesia y a la forma de entender la radicalidad evang√©lica que se expresa en el Magisterio de la Iglesia, en la liturgia y en la vida de los santos. Ah√≠ es donde debe buscar las referencias necesarias para autentificar su forma concreta de vida evang√©lica radical. Eso supone un alto grado de humildad y docilidad a la hora de responder a la llamada ineludible del Se√Īor.

Una santidad bautismal y eucarística

El laico que busca la santidad tiene que emplear los cauces objetivos de gracia que Dios le ofrece. Y tiene que ser muy consciente de la gracia bautismal que lo consagra a Dios, le da todo lo necesario para poder dar esa respuesta generosa al Se√Īor y le hace santo. El que quiere vivir esa radicalidad necesita de forma absoluta la Eucarist√≠a como modelo y alimento de la entrega plena al Se√Īor y de comuni√≥n con √©l.

El punto de partida: el anhelo ineludible de entrega plena al Se√Īor

El laico que quiera vivir los consejos evang√©licos como respuesta al amor del Se√Īor tiene que partir de lo que constituye el fundamento de la santidad cristiana, para buscar luego c√≥mo aplicarlo a su vida secular. Ser√≠a un grave error aceptar unas normas concretas (menos a√ļn si son generales) y luego intentar fundamentarlas evang√©licamente. Para concretar una vida de santidad laical propia, el contemplativo secular debe cimentar su vida primero en la renuncia y la entrega que est√°n en la base de la locura evang√©lica y, a partir de ah√≠, deber√° buscar la esencia de la pobreza, castidad y obediencia, vividas con la intensidad propia de la locura evang√©lica, para luego concretarlas en la vida laical propia.

Garantizar la autenticidad de la renuncia

 

Alabanza al atardecer sobre el agua

 

Quiz√° el verdadero paso de lo obligatorio a lo opcional consiste en aceptar el v√©rtigo de perderlo todo para ganarlo todo. El alma debe rendirse a la invasi√≥n del amor y aceptar esa locura y, en consecuencia, olvidarse de un seguimiento del Se√Īor en el √°mbito de lo normal, lo razonable y lo posible. A partir de ah√≠ podr√° emprender la tarea del discernimiento y la lucha para ponerlo en pr√°ctica, con el consuelo de saber que la batalla fundamental est√° decidida.

Sin esa renuncia verdadera sólo alcanzaremos, como mucho, una pobreza que no nos haga demasiado pobres, una castidad en la que reservemos una parte de nuestro corazón y una obediencia que no nos obligue a renunciar demasiado a nuestra voluntad.

Por lo tanto, es necesario garantizar y mantener la actitud evangélica de la renuncia.

Y una de las concreciones de esta renuncia consiste en aceptar, de una vez para siempre, algunos criterios evangélicos; aunque, lógicamente, luego cueste tiempo y esfuerzo ajustar a dichos criterios la propia actuación. Eso supone:

-Rechazar como criterio suficiente de actuaci√≥n y discernimiento que algo sea ¬ębueno¬Ľ. Desde luego que el que busca una entrega plena al Se√Īor no puede aceptar el pecado o la infidelidad, pero tampoco puede abrazar cualquier opci√≥n por el hecho de ser buena sin discernir cu√°l es la voluntad concreta de Dios acerca de ello. De no hacerlo as√≠ volver√° al nivel de la norma obligatoria o del m√≠nimo aceptable.

-Prescindir de la costumbre personal y del ambiente general ‚ÄĎincluso eclesial‚ÄĎ como criterio o l√≠mite de la renuncia que se debe realizar.

-No permitir que una cierta generosidad, que tiene su origen en nuestra iniciativa, sustituya y elimine el acto de entrega por el que dejamos la iniciativa al Se√Īor para que √©l pueda ofrecernos y pedirnos lo que quiera.

-Aceptar la necesidad de un discernimiento permanente de la voluntad de Dios y renunciar a esquemas prefijados, por exigentes que sean, o por v√°lidos que hayan sido para los dem√°s o para nosotros mismos, de modo que nada predetermine lo que Dios pueda pedir.

-Ejercitar de forma consciente la docilidad y la confianza que permite ponerlo todo en manos de Dios para que él tome lo que quiera. Es lo que resume muy bien la célebre oración de Carlos de Foucauld:

Padre, me pongo en tus manos,

haz de mí lo que quieras,

sea lo que sea, te doy gracias.

Estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo,

con tal que tu voluntad se cumpla en mí,

y en todas tus criaturas.

No deseo nada m√°s, Padre.

Te entrego mi alma,

te la doy con todo el amor

de que soy capaz,

porque te amo.

Y necesito darme,

ponerme en tus manos sin medida,

con una infinita confianza,

porque t√ļ eres mi Padre.

La locura de la castidad en las diversas situaciones de los laicos

 

Una rosa entre las manos

 

Al igual que los monjes, los religiosos y consagrados, tambi√©n los laicos pueden descubrir que Dios les ama con el amor celoso con el que los quiere s√≥lo para √©l. El ni√Īo, el joven y el anciano; el trabajador, el empresario y el jubilado; el soltero, el casado y el viudo pueden vivir su vida en el mundo y las diversas etapas y situaciones de su vida con la conciencia de ser tan valiosos para Dios que quiere llenarlos plenamente de su amor y, en consecuencia, no quiere que llenen su coraz√≥n con otro amor; sabiendo que Dios no est√° dispuesto a perderlos ni a compartir con nada el centro de su coraz√≥n. Y esa llamada a una entrega plena del coraz√≥n al Dios que nos ama con todo su coraz√≥n no lleva necesariamente a la vida religiosa, aunque sea una entrega imprescindible para el consagrado. Es una gracia que puede recibir el laico como fruto de un amor especial de Dios, que le ofrece la certeza de que quiere que corresponda plenamente a ese amor con la entrega total de una vida que tiene que desarrollarse en el mundo y al que debe santificar.

Es evidente que esta locura de la castidad, tambi√©n en la vida laical, s√≥lo se entiende como una respuesta. Y su primera exigencia es no cerrar nunca las puertas a la invasi√≥n de ese amor esponsal que Dios le ofrece al alma. La castidad necesita mantener siempre en el coraz√≥n ese amor ¬ęespecial¬Ľ de Dios, y tiene que fundamentarse en la contemplaci√≥n de dicho amor. Por tanto, la castidad encuentra como primera obligaci√≥n ¬ęno olvidar¬Ľ las maravillas de ese amor excepcional, inmerecido e incomprensible que recibe de Dios. En consecuencia, lejos de un ¬ęno hacer¬Ľ determinadas cosas, lo que exige la respuesta a este amor de Dios es la contemplaci√≥n de ese amor; por lo que, tampoco para los laicos, hay castidad sin contemplaci√≥n del Amor que lleva al amor.

Sin esta percepción del amor desmedido de Dios, que mueve a una entrega también sin medida, la castidad evangélica se reducirá a una serie de prohibiciones y renuncias que no pueden culminar en la entrega absoluta del corazón.

Para entenderlo bien hemos de partir de la base de que no se puede vivir la locura de la castidad si no se vive la sabiduría obligatoria de la castidad, que lleva a eliminar toda infidelidad matrimonial y todo deseo y mirada impuros; y luego, tenemos que descubrir que la castidad evangélica va más allá de la sexualidad y abarca toda la afectividad humana, que no sólo pide la pureza del cuerpo, sino especialmente la del corazón.

El que quiera vivir esta locura tiene que buscar vivir s√≥lo para el Se√Īor. Y aunque parezca m√°s dif√≠cil para el casado, que para el soltero o el viudo, eso no significa que en cada situaci√≥n no haya un trabajo concreto para entregarle a Dios todo el coraz√≥n. El casado tiene que encontrar el modo de que el verdadero amor a su esposa no impida su respuesta de amor al Dios celoso; pero para el soltero o viudo no resulta ni mucho menos f√°cil alcanzar esta castidad, como si la √ļnica condici√≥n en su caso fuera ser fiel al sexto mandamiento. En ninguno de estos tres casos, el que abraza la castidad ama menos; pero en todos ellos, el que acepta esta locura evang√©lica sabe que s√≥lo Dios puede llenar su coraz√≥n y que, por mucho que ame a los dem√°s, incluidos hijos o esposo, su coraz√≥n s√≥lo es de Dios.

Una forma básica de abrazar esta castidad evangélica consiste en luchar contra la grave tentación de creer que somos indiferentes para Dios y que, por tanto, a él no le importan nuestros sufrimientos, nuestros actos o nuestra respuesta a su amor. Vivir la castidad es aceptar el peso de un amor abrumador de Dios que, lejos de rechazar, tenemos que dejar que inunde nuestra vida hasta hacernos perder pie. Todo lo que nos saque de esta locura y nos permita una forma razonable y controlable de amar a Dios, va contra esta castidad evangélica.

Para lograrla hemos de aceptar una permanente custodia del coraz√≥n; no para tenerlo cerrado, sino para d√°rselo sinceramente a Dios. Y esto supone reconocer que en el centro de nuestro coraz√≥n existe una intimidad y un silencio que s√≥lo le pertenecen a √©l. Evidentemente, la vida en el mundo hace que esta b√ļsqueda de silencio e intimidad sea m√°s dif√≠cil, aunque por eso mismo tambi√©n es m√°s necesaria y m√°s valiosa. El que quiera responder al amor celoso de Dios no puede dejar que su vida se derrame sin control en el exterior y que el ruido en el que vive inunde el silencio necesario para que Dios habite en √©l.

Un elemento esencial de esta locura evangélica, que tiene que ver más con el corazón que con el cuerpo, es el cuidado de nuestro tesoro interior, impidiendo su exhibición a cualquiera para lograr la aprobación de los demás o por cualquier otra causa. El que vive fuera de la clausura monacal tiene que aprender a vivir en el mundo el ocultamiento necesario para encontrar a Dios en lo escondido, y necesita alcanzar el equilibrio y los medios que le permitan vivir en el mundo una sincera vida de amor, trabajo y apostolado; y, a la vez, convertir todo eso en una fuente permanente de intimidad con Dios. Es cierto que a veces hay que abrir el corazón para dar testimonio de ese tesoro, pero sólo cuando Dios lo pide, no cuando buscamos comprensión o compensaciones humanas.

Del mismo modo, la castidad supone huir de toda curiosidad y manipulaci√≥n de los dem√°s, respetando su alma y su coraz√≥n lo mismo que respetamos su cuerpo, para que as√≠ nuestro coraz√≥n s√≥lo busque a Dios. De nuevo hay que encontrar el equilibrio entre este respeto y la caridad y el apostolado tal como se vive en el mundo, pero huyendo de cualquier forma de dependencia o de posesi√≥n de los dem√°s ‚ÄĎincluidos los m√°s cercanos‚ÄĎ, que desmienten que nuestro coraz√≥n es para Dios y busca s√≥lo a Dios.

En el caso de los esposos, esto no supone que deban de renunciar al matrimonio, ni que deban vivirlo menos apasionadamente y tengan que ofrecerle al Se√Īor una abstinencia peri√≥dica y voluntaria de las relaciones sexuales. Lo fundamental es que sean conscientes de que el matrimonio es sacramento y signo de una entrega mayor y definitiva ‚ÄĎla de Cristo a la Iglesia‚ÄĎ, y eso lo lleven a la pr√°ctica viviendo el matrimonio como gracia por la que los esposos, en su entrega mutua, se entregan plenamente a Dios como √ļltima referencia de su vida.

 

Alianza matrimonial

 

Así pues, el reto del matrimonio cristiano consiste en abrirse a la locura de dejarse invadir por el amor de Dios, reconociendo que todos los cristianos, célibes y casados, tienen la misma meta, que consiste en la plenitud de la comunión con Dios, la transformación en Cristo y la glorificación; eso sólo se alcanza dejándose consumir por el fuego devorador que es Dios, que purifica y transforma totalmente la vida. La gracia del llamamiento al matrimonio cristiano, vivido plenamente, coloca ya a la persona en el camino de la locura de la castidad, y le ofrece la luz para descubrir el matrimonio en su verdad y belleza; algo que va más allá de la entrega esponsal, de la ayuda mutua y de la educación de los hijos, porque tiene una meta que transciende a uno mismo y apunta a otro matrimonio, pleno y definitivo, que es el matrimonio con Dios. Esto no quita nada de intensidad a la vida matrimonial y familiar, sino que la potencia al darle una motivación, una fuerza, un sentido y un criterio divinos que permiten buscar el verdadero bien del otro por encima de uno mismo y que incluye, desde luego, buscar que el otro encuentre la comunión plena con Dios. Es cierto que esto relativiza el matrimonio, pero no porque lo minusvalore, sino porque le ofrece un absoluto que va más allá de las metas humanas, legítimas y necesarias, del matrimonio; y ese absoluto no es otro que el mismo Dios.

Esta b√ļsqueda de la meta √ļltima del matrimonio da a la relaci√≥n esponsal su verdadero car√°cter sacramental por el que convierte al matrimonio en signo del desposorio de Cristo con su Iglesia y, por tanto, con cada uno de los que la forman: lo que significa que la uni√≥n conyugal que une √≠ntimamente a los esposos actualiza el amor esponsal de Cristo con cada uno de ellos. Esto supone una dimensi√≥n extraordinaria del matrimonio cuyo fruto se ve excepcionalmente potenciado por la relaci√≥n esponsal de cada uno de sus miembros con Cristo.

La castidad matrimonial as√≠ entendida no puede caer en el ego√≠smo que con frecuencia enmascara el amor conyugal porque mueve a cada uno de los esposos a una entrega plena a Dios, que les da la fuerza necesaria para entregarse a su c√≥nyuge con generosidad y en verdad. Es cierto que esta castidad elimina una forma de pasi√≥n, quiz√° leg√≠tima, pero te√Īida de ego√≠smo, que puede impedir ver en Dios la meta √ļltima de la uni√≥n matrimonial.

Al llegar aqu√≠ no podemos eludir la percepci√≥n que habitualmente se ha tenido de que para alcanzar la comuni√≥n con Dios el camino del matrimonio es m√°s largo. La realidad, sin embargo, es que para aquel al que Dios llama al matrimonio, √©se es el √ļnico camino para llegar a la santidad y ser√° largo o corto s√≥lo en la medida de su generosidad[41], igual que sucede al que es llamado a la vida religiosa. S√≥lo hay que abrir los ojos para constatar que esta visi√≥n de la vida matrimonial resulta extra√Īa a la mayor√≠a de los matrimonios, incluso de aquellos que aceptan el matrimonio √ļnico, fiel y abierto a la vida, lo que ya supone una locura para el mundo, pero que no deja de estar en los l√≠mites de la sabidur√≠a obligatoria propuesta en el Evangelio.

Merece la pena hacer mención de dos situaciones, que se dan fuera de la vida matrimonial, pero que no son excepcionales en la vida laical:

-Los viudos y viudas. Los que pierden a su c√≥nyuge despu√©s de una vida matrimonial han de mantener, l√≥gicamente, una castidad obligatoria, salvo que inicien un nuevo matrimonio (cf. 1Co 7,8-9; 1Tim 5,3-14). Su misma situaci√≥n les abre la posibilidad de una nueva forma de entrega plena al Se√Īor, tanto si vienen de un matrimonio orientado a las cimas de la santidad, como si han vivido una vida matrimonial recortada que al finalizar se convierte en la ocasi√≥n de escuchar una llamada del Se√Īor a la uni√≥n plena con √©l. A ejemplo de Ana, los viudos pueden formar parte de los pobres de Yahv√© que esperan y sirven al Se√Īor y se preparan para el encuentro definitivo con √©l (Lc 2,36-38).

-Los solteros por necesidad. Como fruto de la fe hemos de reconocer que existe ciertamente una predilecci√≥n del Se√Īor por las personas que no han podido acceder al matrimonio por diversas circunstancias[42] con el consiguiente sufrimiento que ello comporta. Su situaci√≥n, aunque humanamente pueda ser desconcertante o dolorosa, les permite vivir en el mundo como forma de recibir en su estado la llamada a un amor m√°s pleno al Se√Īor.

-Los solteros por elecci√≥n. En otro sentido, tambi√©n puede darse una llamada a la virginidad en el mundo, que tiene como motivaci√≥n y meta, desde un principio, la entrega al Se√Īor sin salir del mundo, porque Dios les ofrece un trabajo o una misi√≥n apost√≥lica en la que encajan su entrega plena al Se√Īor en la virginidad y la vida laical. Esa locura, que el mundo no entiende, tiene que ver tambi√©n, como en el caso de los religiosos, con los que abrazan la castidad por el reino de Dios (Mt 19,12).

A veces, Dios llama a la castidad en circunstancias especiales, en las que la locura de la castidad viene a responder a circunstancias humanamente muy difíciles de asumir.

-Piénsese en el esposo o esposa abandonado injustamente y que, si descubre la seducción de Dios, tiene la posibilidad de pasar de una castidad obligada en el plano del precepto a una castidad evangélica que le da a su situación un sentido nuevo en una nueva forma de relación con Dios.

-Tambi√©n el Se√Īor puede llamar a convertir en castidad evang√©lica un matrimonio en el que el otro c√≥nyuge no vive o incluso dificulta la fe. Abrazar el reto de pagar el precio de mantener la fe y la entrega a Dios, la fidelidad y el amor al esposo y la tarea de ser testigo de la fe en ese ambiente, precisa abrazar una forma especial de castidad matrimonial, cuyo fruto vemos en santa M√≥nica.

-¬ŅNo puede el Se√Īor salir al encuentro de la miseria humana y manifestar su fuerza en nuestra debilidad (2Co 12,9) llamando a ir m√°s all√° de la mera abstinencia a los que, por diversas situaciones y deficiencias, no pueden abrazar la vida matrimonial?

Después de haber desgranado todas esas posibilidades hemos de insistir en que aunque el mundo, y a veces los cristianos, no entienda esta locura y la pueda interpretar burdamente, hay que concederles a los que perciben esta llamada el derecho a vivir una intensidad de amor que se hace necesaria para ellos por la percepción de la locura del amor de Dios.

La locura de la pobreza en la vida laical

 

Pies de pobre

 

Un primer paso, que no hay que dar nunca por supuesto, es el descubrimiento del amor loco que Dios nos tiene, de la riqueza infinita que es Dios, que √©l es lo √ļnico que justifica la locura de venderlo todo para tenerle a √©l (cf. Mt 13,44).

Por lo tanto, una primera exigencia para fundamentar la locura de la pobreza evang√©lica es ¬ępermanecer¬Ľ en esa visi√≥n del amor desmedido de Dios. Especialmente en el caso del laico, que no suele tener muchas ayudas que le recuerden ese amor y que normalmente vive con un ritmo y en un ambiente que le sacan de dicho amor. Por eso, el que quiera vivir de forma realista la pobreza evang√©lica debe saber que necesita alimentar la percepci√≥n del amor desbordante de Dios para que sus renuncias no se conviertan en duras, tristes y limitadas. Adem√°s el laico tiene que mantener esa visi√≥n con menos medios y ayudas, pero acepta que precisamente esa dificultad forma parte de la ¬ępobreza¬Ľ del que se entrega a Dios en el mundo.

La percepci√≥n de este amor de Dios, que ama nuestra pobreza y busca nuestra miseria, nos permite buscar nuestra pobreza m√°s radical, que es la que tenemos que ofrecer al Se√Īor porque es la que nos hace realmente menesterosos ante Dios y ante los dem√°s. Para ello hay que acometer la tarea de reconocer y aceptar lo que constituye nuestra miseria para realizar el acto de pobreza fundamental que consiste en ofrecer a Dios esa carencia, limitaci√≥n o deficiencia, del tipo que sea (cultural, familiar, laboral, econ√≥mica, psicol√≥gica, espiritual, moral...). ¬ŅDe qu√© nos servir√≠a un acto heroico de pobreza si no aceptamos lo que nos hace realmente pobres?

Una consecuencia concreta de esta pobreza radical es el abandono de toda justificación y compensación que nos haga disimular la pobreza ante nosotros mismos y ante los demás. A partir de aquí, evidentemente, esa pobreza radical tiene que manifestarse en renuncias y pobrezas concretas.

Un primer paso, insuficiente pero necesario, consiste en tener muy en cuenta la sabiduría evangélica de la pobreza obligatoria para todos. No tiene sentido plantearse en un aspecto concreto la locura de la pobreza opcional cuando nos falta en general la necesaria austeridad, generosidad y justicia. Sabiendo, además, que la vida en el mundo puede convertir en heroico el mantener esa sabiduría obligatoria, especialmente para los laicos que se mueven en el ambiente laboral, económico y político.

Otro paso, necesario, consiste en dejarnos despojar por los dem√°s y por las circunstancias negativas de la vida. La vida en el mundo, en sus diversos ambientes, desde los ascensos laborales a la cola del mercado, ofrece multitud de posibilidades para elegir el √ļltimo lugar y permitir que nos despojen de lo que es nuestro. Para el mundo se trata de una locura inaceptable, pero ofrece al que vive en el mundo una infinidad de ocasiones en las que dejarse empobrecer sin necesidad de dejarlo todo e ir a un monasterio. Para √©l, la disponibilidad y la humildad le ponen en camino de una pobreza verdaderamente heroica.

Para algunos, la pobreza material, como sucede con la espiritual, no es cuesti√≥n de buscar, sino de aceptar. No se trata tanto de discernimiento de la renuncia como de aceptar esa situaci√≥n que puede ser econ√≥mica, pero tambi√©n familiar o de salud, que nos hace pobres. √Čsa es la ocasi√≥n para entrar en la pobreza evang√©lica, con tal de que aceptemos con amor y alegr√≠a lo que para la mayor√≠a es inaceptable; es algo que no se puede pedir, pero s√≠ se puede aprovechar para dar el salto a la comuni√≥n con Cristo pobre.

Para otros, la pobreza supone la aceptación del desprendimiento de los bienes materiales a los que se está apegado y el ejercicio real de renunciar a ellos.

Finalmente, los que, por su situación, no pueden renunciar a los bienes materiales, tendrán que aceptar vivir el difícil equilibrio que supone salvar la pobreza teniendo que hacerla compatible con unos medios económicos o una situación social materialmente opuesta.

Por ejemplo, unos viven la pobreza heroica distribuyendo su riqueza generosa y discretamente; otros se obligan a una administraci√≥n socialmente responsable de unos bienes de los que podr√≠an (y les gustar√≠a) desprenderse; y otros renuncian a todo y se dedican a servir a los pobres o a vivir entre ellos. Laicos como san Isidro labrador, aceptaron la pobreza del duro trabajo y supieron unir la austeridad a la generosidad con los m√°s pobres; otros la vivieron como santa Isabel de Hungr√≠a, que a la muerte de su marido abraz√≥ la pobreza y se entreg√≥ a servir a los pobres; y otros lo hicieron como el empresario argentino Enrique Shaw, en proceso de beatificaci√≥n, que demostr√≥ que es posible el bien com√ļn y el beneficio del trabajo para todos.

Es claro que el que quiera vivir la locura de la pobreza en el mundo necesita una serie de medios materiales que exige la vida en el mundo. De hecho, para el laico el uso del dinero o de los bienes no es una concesi√≥n a la mediocridad que le separa de la verdadera pobreza, sino que debe ordenar esos medios para su vocaci√≥n a la santidad en el mundo. No necesita, como los monjes, desprenderse de todos los bienes, sino discernir las renuncias que Dios le pide en su situaci√≥n y llevarlas a cabo con generosidad, renunciando a facilidades, comodidades y compensaciones a las que tiene derecho y que, en cierta medida, son justas e incluso necesarias. El √ļnico l√≠mite de esa generosidad estar√≠a en no desprenderse de aquello que necesita para cumplir su vocaci√≥n personal, familiar o laboral; buscando los desprendimientos de aquello que le permite vivir c√≥modamente su vocaci√≥n.

Evidentemente para el que vive en el mundo la pobreza supone un equilibrio entre el anhelo de desprendimiento absoluto y las exigencias materiales de su vocación secular. Se trata de un equilibrio muy distinto del compromiso imposible de intentar compaginar los valores evangélicos y los propios apegos y posesiones.

Un terreno en el que se puede vivir la pobreza evangélica con gran intensidad es el de la renuncia a las seguridades y a la eficacia. Con la ayuda del discernimiento, el que quiera ser pobre tendrá que descubrir esas seguridades que no son Dios y hacer el acto de locura evangélica de prescindir de ellas, viviendo de forma real la confianza en la Providencia. El que vive en el mundo tiene que encontrar ese terreno en el que darse a fondo, renunciando a una eficacia controlable: en el trabajo, en la familia, en las relaciones con los demás, en el apostolado...

Una forma posible de vivir la pobreza evang√©lica en el mundo es aceptar depender de los dem√°s y tener que pedir, con sencillez, lo que necesitamos. M√°s all√° de la austeridad de la renuncia a lo superfluo y del orgullo de no necesitar nada, est√° la humildad del que acepta pedir y depender, y lo hace con la alegr√≠a de saber que eso le hace humilde y peque√Īo. El que rechaza pedir y depender no puede vivir la locura de la pobreza evang√©lica.

Finalmente hay que rese√Īar la importancia que tiene la permanente vigilancia para evitar convertir nuestra pobreza en una riqueza que podamos esgrimir ante Dios y ante los dem√°s.

La locura de la obediencia evangélica accesible a los laicos

 

El juramento del caballero

 

La obediencia, como sello de los otros ¬ęconsejos¬Ľ, precisa m√°s a√ļn de la fascinaci√≥n por el amor de Dios que hace experimentar la necesidad de una entrega plena. Esta obediencia lleva a la m√°xima locura evang√©lica porque no se conforma con entregar los bienes o el cuerpo, la propia miseria o los afectos, sino que ofrece la propia libertad como expresi√≥n de la plena entrega personal. Se trata de una locura que s√≥lo se puede aceptar como respuesta a una invitaci√≥n, como la consecuencia de un amor que atrae irresistiblemente, como una necesidad de entrega al que se ha entregado por nosotros. Sin eso, caer√≠amos en una obediencia parcial, formal o triste, que no servir√≠a como expresi√≥n y cauce de la respuesta de amor pleno del que ha percibido el amor pleno de Dios.

Estamos, ante todo y en cualquier caso, ante una forma especial de obediencia a Dios que excluye todo regateo o discusi√≥n con √©l, como vemos en Abrah√°n o en Mar√≠a; aceptando que Dios nos saque de nuestros planes y nos proponga lo que es imposible para nosotros pero es posible para √©l (cf. Lc 1,37). Esta forma de obediencia acepta que Dios nos haga perder las seguridades y nos lleve a una forma de fe y confianza que se apoya s√≥lo en √©l. Por eso, esta fe es incomprensible e inaceptable para el mundo, pero es ¬ęseguridad¬Ľ para el que cree (Cf. Hb 11,1).

El que abraza esta locura renuncia a intentar encerrar a Dios en sus planes, en sus miedos, en sus capacidades, en su historia previa y, desde luego, en los mínimos de los mandamientos.

Para todo cristiano, pero especialmente para el que vive la existencia cambiante y sorprendente del mundo, la obediencia implica una actitud de permanente b√ļsqueda de la voluntad de Dios en todos los acontecimientos y personas que se encuentra y que le hacen preguntarse sin descanso qu√© es lo que Dios quiere de √©l, sabiendo que la paz s√≥lo se halla en el cumplimiento de su voluntad. Para el seglar que necesita vivir esta locura de la fidelidad plena a la voluntad de Dios se hacen especialmente necesarios todos los medios de discernimiento y de b√ļsqueda de la voluntad de Dios, como son el examen de conciencia, la direcci√≥n espiritual, la lectio divina, el discernimiento personal, etc.; sin caer en la reducci√≥n de la locura de la obediencia a un uso mec√°nico de estos medios.

El laico no depende directamente de un superior religioso al que obedecer, por eso no tiene otro medio de ejercitar la obediencia que hacerlo en la forma de la que venimos hablando, que se convierte así en garantía de la calidad evangélica de su respuesta desmedida de castidad y pobreza.

Dado lo delicado del discernimiento de la voluntad de Dios en el terreno de la locura opcional es muy f√°cil caer en el autoenga√Īo que nos permite buscar nuestra voluntad bajo capa de obediencia. Eso nos obliga a garantizar la sinceridad y autenticidad de las opciones que debemos tomar m√°s all√° de la sabidur√≠a necesaria, que es f√°cil de conocer, para entrar en la locura del amor.

Por eso, aunque el seglar no tenga un voto de obediencia, busca obedecer al sentir de la Iglesia y al Espíritu Santo que le muestra la voluntad de Dios a través de personas y acontecimientos, ya sean positivos o negativos. Esto es especialmente importante para el laico que acepta vivir la radicalidad evangélica con lo que tiene de locura que lo lleva mucho más allá de lo humanamente comprensible.

Adem√°s de la obediencia como garant√≠a de la locura evang√©lica, el seglar llamado a un seguimiento especial del Se√Īor siente la necesidad de renunciar a su voluntad y entregarla a otro como signo ‚ÄĎopcional y desmedido‚ÄĎ de que se la entrega a Dios. La ausencia de un superior le har√° tener una sed mayor de buscar √°mbitos leg√≠timos en los que ejercer esa obediencia renunciando a su voluntad: en la familia, en el trabajo, en la vida social y eclesial. Aunque, evidentemente, debe conocer bien el l√≠mite de esa obediencia y saber cu√°ndo hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, buscar√° personas y √°mbitos en los que pueda renunciar al propio juicio, aunque sea razonable u opinable.

A pesar de no someterse a obediencias espectaculares, el que vive en el mundo tiene la oportunidad cotidiana de aprender la renuncia a la propia voluntad a través de la infinidad de situaciones que obstaculizan sus planes o le hacen aceptar tareas o situaciones que no desea, desde el atasco en el tráfico hasta las complicaciones burocráticas.

Tanto en el ámbito de la aceptación de la voluntad de otras personas en los diferentes ámbitos de la vida como en la aceptación de sus vicisitudes, es necesario que haya una entrega consciente y explícita de la propia voluntad a Dios, al que reconoce encarnado en esas personas y circunstancias. Sin eso, reducimos una oportunidad de obediencia, heroica por su frecuencia, a un espíritu de conformismo y pusilanimidad.

Notemos que esta necesidad de obedecer es contraria a la obstinación en los propios planes e ideas, también en lo religioso. Y, aunque aparentemente esa obstinación no se refiera directamente a Dios o al ámbito espiritual, esta obediencia evangélica es incompatible con la terquedad a la hora de defender nuestras ideas y opiniones y con la falta de flexibilidad para cambiar nuestros planteamientos o decisiones en todos los terrenos. La obediencia opcional necesita ir de la mano de la mansedumbre y de la docilidad.

Pero, a la vez, tambi√©n necesita que esa mansedumbre sea aut√©ntica y, por tanto, el seglar ‚ÄĎaunque no s√≥lo √©l‚ÄĎ debe tener mucho cuidado de que su supuesta mansedumbre no sea una forma de buscar agradar a los dem√°s; no vaya a ser que, bajo capa de docilidad, se est√© dejando llevar por la corriente del mundo. El que es realmente obediente a Dios sabe combinar perfectamente la docilidad y la firmeza, porque no se trata de encontrar un equilibrio imposible entre Dios y el mundo, sino que en toda ocasi√≥n sabe renunciar a la propia voluntad y buscar apasionadamente la voluntad de Dios, cuando tiene que ceder a opciones leg√≠timas y a√ļn mejores que las que se le proponen y cuando hay que mantenerse firme para obedecer a Dios ante la incomprensi√≥n o el rechazo de los dem√°s.

La consagración de los laicos

 

Ofrecer las manos vacías

 

Aunque tendemos a identificar la vida consagrada con la vida religiosa y con los votos, no debemos olvidar que la consagración es propia de todo cristiano.

La consagraci√≥n no es m√°s que todo nuestro ser, alma y cuerpo, consumido por el fuego de la Zarza ardiente, que es el fuego del amor que Jes√ļs ha venido a traer a la tierra. Los que no presienten la locura del amor de Cristo reciben estas expresiones como met√°foras: no comprenden que el fuego del amor es mucho m√°s real y ardiente que todos los fuegos que conocemos. Lo propio del fuego es reducir a cenizas todo lo que toca: ser√° pues lo propio del amor reducir nuestro cuerpo a cenizas... y, como dec√≠a san Francisco de As√≠s: ¬ęNuestra hermana ceniza es casta¬Ľ. No hay otra castidad seria, cristiana y real que la castidad de un cuerpo reducido a cenizas por la gloria.

En estas condiciones, no hay que sorprenderse de que los pecadores (y las pecadoras), no digo que vuelven a encontrar su virginidad en el cielo, sino que encuentran una virginidad desconocida sobre la tierra. En resumidas cuentas, en este mundo no conocemos m√°s que el germen de la virginidad, como s√≥lo conocemos el germen de la gloria que se llama gracia. Del mismo modo, nosotros no estamos realmente consagrados por las diferentes consagraciones de la tierra, que tambi√©n son s√≥lo el germen y el signo de la consagraci√≥n eterna y total del alma y del cuerpo. Cuando resucitemos con Cristo en la gloria, s√≥lo entonces seremos totalmente sacralizados o sacrificados, es decir divinizados. Nuestra presencia en la mesa divina esta prometida, no s√≥lo como convidados, sino m√°s a√ļn como comida: el fuego divino debe devorarnos un d√≠a, en el sentido f√≠sico y riguroso de esta palabra, y este acontecimiento ser√° a la vez nuestro holocausto, nuestra asunci√≥n, nuestra felicidad... y nuestra virginidad.

El bautismo es el germen y el signo de este acontecimiento que la Eucarist√≠a realiza un poco m√°s cada d√≠a, hasta que el alma sea consumida totalmente en este mundo (al menos eso es lo que Dios desea); y el cuerpo, a su vez, sea consumido cuando sea vencido el √ļltimo enemigo, es decir, la muerte. Cuando un alma comprende estas cosas y se siente llamada a consentir en ello y a colaborar con todas sus fuerzas en ese proceso, decimos que se consagra interiormente, lo que es casi un abuso de lenguaje: porque el alma no se consagra ella misma, consiente en ser consagrada, es decir sacrificada (Molini√©; Cartas a sus amigos, n¬ļ 4. El subrayado es del autor)[43].

Por el bautismo somos dedicados a Dios, configurados con Cristo y recibimos la unci√≥n del Esp√≠ritu que nos hace participar del sacerdocio, el profetismo y la realeza del Se√Īor. Toda vida cristiana, en cualquier vocaci√≥n, es el desarrollo de esa consagraci√≥n bautismal, aceptando de forma existencial lo que de forma germinal, pero aut√©ntica y eficaz, hemos recibido en el bautismo. La voluntad de Dios es que aceptemos, lo m√°s plenamente posible en este mundo, el fuego devorador y la fuerza transformante que nos consagra ya en este mundo y nos empuja con fuerza hacia nuestra consagraci√≥n, plena y definitiva, en el cielo, donde seremos completamente transformados y glorificados por Dios.

Tambi√©n forma parte del plan de Dios que haya laicos que, descubriendo el amor extraordinario de Dios y la llamada a la santidad, quieran colaborar de forma consciente en el desarrollo de la consagraci√≥n recibida por Dios, aceptar la purificaci√≥n y transformaci√≥n que los va consagrando en este mundo. As√≠ su consagraci√≥n en el cielo tendr√° la plenitud que Dios desea. √Čste es el sentido de la consagraci√≥n del seglar que avanza en la vida cristiana a trav√©s del mundo; una consagraci√≥n muy distinta a la del religioso, pero que, igual que a √©ste, le permite vivir plenamente el seguimiento de Cristo que le propone el Evangelio.

Esa necesidad de consagración surge espontáneamente del anhelo de abrazar de forma consciente y explícita la vida evangélica en el nivel de las locuras que le son propias, y hacer suyos con toda consciencia, seriedad y de forma explícita la pobreza, la castidad y la obediencia, que están plenamente a su alcance en la vida del mundo.

El hecho de que esta consagraci√≥n no tenga una estructuraci√≥n jur√≠dica y p√ļblica no le quita sinceridad ni intensidad a esta entrega plena, que lleva a la total docilidad a la consagraci√≥n que quiere realizar el Se√Īor en todos los fieles. Muy al contrario, la falta de formulaci√≥n can√≥nica obliga al laico a vivir en la permanente tensi√≥n de consagraci√≥n que va mucho m√°s all√° de la recitaci√≥n de cualquier oraci√≥n o f√≥rmula de consagraci√≥n por piadosamente que se haga.

El hecho de que esta consagraci√≥n laical est√© poco explorada te√≥ricamente y que sean pocos los que la abracen en la pr√°ctica no significa que se trate de algo excepcional o extra√Īo en el plan de Dios para todos sus hijos que viven en el mundo.

Después de estas reflexiones nos remitimos a lo que viene expresado en este sentido en los Fundamentos para la vida contemplativa en el mundo, que desarrollan este tema en el capítulo 7.

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NOTAS

[1] Definici√≥n de la 23¬™ edici√≥n del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Espa√Īola.

[2] J. de Guibert, Leçons de théologle spirituelle, I, Toulouse 1946, 172, citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, en Varios autores, Los laicos y la vida cristiana perfecta, Barcelona 1965 (Herder), 162-163.

[3] M.-D. Molini√©, El combate de Jacob. ¬ŅPodemos vivir con Dios? ¬ŅPodemos vivir sin Dios?, Madrid 2011 (San Pablo).

[4] M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir. Une catéchèse pour les jeunes... et les autres, Chambray 1989 (C.L.D.), 46.

[5] M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, Paris 1994 (Saint-Paul), 72.

[6] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), 1, 74.

[7] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 260.

[8] Citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 179-180.

[9] Citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 180.

[10] F. Tillmann, Die Idee der Nachfolge Christi (Handbuch der katholischen Sittenlehre III), D√ľsseldorf, 1934 p. 202, citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 181, n. 45.

[11] K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 189.

[12] B. Häring, art. Evangelische Räte, II. Moraltheologisch, en Lex. f. Theol. u. Kirche, 2ª ed., t. III, col. 1247, citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 181, n. 45.

[13] K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 163.

[14] G. Thils, Sainteté chrétienne, Tielt 1958, p. 294-295, citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 163-164.

[15] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 272.

[16] ¬ęDebo explicarme sobre este punto. No son razonables en su secreto: el esp√≠ritu de infancia vulnerable al amor, cuya espontaneidad supera la raz√≥n. Pero son razonables en su modo y sus aplicaciones: pues lo que las mide es la importancia m√°s o menos grande del peligro que corremos¬Ľ (M.-D. Molini√©, Lettres du P√®re Molini√© √† ses amis, 1, 262).

[17] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 260-262.

[18] J. de Guibert, Theologia spiritualis, n. 81, citado en K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 165.

[19] K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 165.

[20] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 265.

[21] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 265-267.

[22] Santo Tom√°s de Aquino, Contra retrahentes, cap. 6.

[23] K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 168-169.

[24] Se ve claramente la diferencia con una pobreza opcional que va m√°s all√° y que no se le exige a todo el mundo como la que el Se√Īor le pide al joven rico: Mt 19,20: ¬ęSi quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres -as√≠ tendr√°s un tesoro en el cielo- y luego ven y s√≠gueme¬Ľ. Lo mismo sucede con la generosidad de la viuda de Mc 12,41-42, que es alabada por el Se√Īor, pero no se presenta como obligatoria para todos.

[25] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 269.

[26] Es la misma ense√Īanza de la par√°bola sobre el perd√≥n y la misericordia de Mt 18,21-35, que termina diciendo: ¬ęLo mismo har√° con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de coraz√≥n a su hermano¬Ľ.

[27] Como lo muestra, por ejemplo, la formulación de Lc 6,20-26.

[28] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 266.

[29] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 266-267.

[30] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 267-268.

[31] V√©ase en la p√°gina ¬ęC√≥mo responder a la invitaci√≥n del amor trinitario¬Ľ, el apartado ¬ęLo que Dios no puede hacer y s√≥lo podemos hacer nosotros¬Ľ.

[32] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 268.

[33] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 268-269.

[34] Carta 197.

[35] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 269.

[36] M.-D. Molinié, Prissonniers de l’infini, Paris 1977 (Du Cerf), 57-58.

[37] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 270-271.

[38] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 271-272.

[39] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 272-273.

[40] K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 183.

[41] Véase lo dicho en el comentario a Molinié, Cartas a sus amigos, 4, realizado en La santidad matrimonial.

[42] ¬ęEs preciso recordar asimismo a un gran n√ļmero de personas que permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran particularmente cercanas al coraz√≥n de Jes√ļs; y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situaci√≥n seg√ļn el esp√≠ritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al pr√≥jimo de manera ejemplar¬Ľ (Catecismo de la Iglesia Cat√≥lica 1658).

[43] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 69-71.