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Introducción

M.-D. Molinié

El coraje de tener miedo

Cómo responder a la invitación del amor trinitario

 

Icono de la Trinidad

 

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¿Cuál es la meta?

El recorrido que vamos haciendo nos lleva a descubrir que la comunión de amor con la Trinidad es la meta a la que estamos llamados, lo específico de la revelación cristiana y de la oferta que nos hace Jesucristo:

Tal es la cima: la vida divina en sí misma (M.-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Madrid 19792 (Paulinas), 55).

Si no queremos errar el objetivo de nuestra vida, no debemos olvidar que la vida cristiana tiene como meta participar en la vida divina, que no es otra cosa que sumergirnos en la corriente de amor que hay entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo[1]:

El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (Gaudium et Spes, 19, citado en Catecismo, 27).

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La Trinidad, he ahí nuestra morada, nuestro propio hogar, la casa paterna de donde nunca debemos salir. Así lo manifestó un día el divino Maestro: «El esclavo no se queda en la casa para siempre; el hijo se queda para siempre» (Jn 8,35) (Sor Isabel de la Trinidad)[2].

¿Cómo se llega?

Una vez que tenemos clara la meta, surge en nosotros, con toda razón, la pregunta por el camino para llegar a esa cima. Nos gustaría que hubiese una receta fácil, unas instrucciones concretas, unos requisitos cómodos de cumplir (oraciones, sacrificios, compromisos); y la realidad es que no es difícil, pero se trata de algo muy distinto a esas simplificaciones:

Cómo se llega a esa cima, no lo sabemos... y no hay necesidad de saberlo. Es necesario y suficiente dejar desarrollar el germen que está en nosotros, pero esto de una manera concreta. Para no matarlo o ahogar su desarrollo bajo las espinas, hay que ser lúcido sobre lo que significa prácticamente su desarrollo. Cuando se ha comprendido lo que ocurre y lo que debe ocurrir, no hay más que consentir en ello. El concurso que Dios espera de nosotros para hacer su obra es muy limitado, pero irreemplazable. Por no ver la situación tal cual es ‑por no aceptarla tal cual es‑ hacemos demasiado y demasiado poco, tratamos de hacer lo que sólo Dios puede hacer, y no le damos lo que sólo nosotros podemos darle: nuestra miseria (Molinié, El coraje de tener miedo, 55. Los subrayados son nuestros).

Nos desconcierta saber que no sabemos cómo llegar a esa meta, que no podemos dirigir ni controlar ese proceso, que no somos los protagonistas de ese recorrido que nos lleva a la comunión con Dios. Pero es que, tratándose de Dios, del Dios vivo, no podía ser de otra forma.

Sin embargo, no tener el mapa que lleva a la cima de la unión con Dios y no controlar ese proceso no quiere decir que no tengamos que hacer nada, y caigamos en una especie de quietismo que ignora la respuesta a la acción de Dios y no hace lo que tiene que hacer. De nuevo volvemos al tema fundamental de estas variaciones: «Dejarse hacer».

Aunque no sepamos por dónde y cómo llegar a la meta, tenemos que tener muy claros algunos elementos fundamentales de este proceso:

1. El germen de la vida divina está en nosotros, se nos ha dado, y nuestra tarea es dejar que se desarrolle, es decir, no ahogar este germen y dejar que crezca hasta llegar a su plenitud (los subrayados son nuestros):

Se trata del amor con que el Padre ama al Hijo, y cuyo fruto es el Espíritu Santo. Este amor está en nosotros [...] Todo lo que se nos pide es no dejarlo pasar y no ahogar demasiado este germen que desea desarrollarse (Molinié, El coraje de tener miedo, 37).

 

Pequeña planta entre las manos

 

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Nuestra presencia en la mesa divina esta prometida, no sólo como convidados, sino más aún como comida: el fuego divino debe devorarnos un día, en el sentido físico y riguroso de esta palabra, y este acontecimiento será a la vez nuestro holocausto, nuestra asunción, nuestra felicidad... y nuestra virginidad. El bautismo es el germen y el signo de este acontecimiento que la Eucaristía realiza un poco más cada día, hasta que el alma sea consumida totalmente en este mundo (al menos eso es lo que Dios desea); y el cuerpo, a su vez, sea consumido cuando sea vencido el último enemigo, es decir, la muerte. Cuando un alma comprende estas cosas y se siente llamada a consentir en ello y a colaborar con todas sus fuerzas en ese proceso, decimos que se consagra interiormente, lo que es casi un abuso de lenguaje: porque el alma no se consagra ella misma, consiente en ser consagrada, es decir sacrificada (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 4)[3].

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Tocamos aquí el secreto más profundo del cristianismo: el misterio del Espíritu Santo, por el que Dios se hace más íntimo a nuestra alma que nuestra propia alma. De este modo, es únicamente él el que viene a nosotros y, sin embargo, somos nosotros y nuestra impureza los que vamos hacia él, porque precisamente su gracia nos hace ir hacia él. Si la levadura hace subir la masa, es porque se asimila en la masa lo más íntimo que tiene la levadura, su esencia misma. El resto bien puede quedar amazacotado y manchado, la conversión puede quedar mezclada con motivos impuros, el fondo invisible está salvado, y sucede en un solo instante, como te lo mostraban mis exhortaciones. Lo que lleva tiempo es la invasión de nuestra naturaleza ingrata y comodona por la vida de Dios. El peligro de recaída permanece hasta la muerte: para un cristiano siempre puede perderse todo o salvarse todo. Pero, lentamente, tras una serie de cambios que prepara, como en las plantas, un período de inmovilidad aparente, el germen lo invade todo: y eso son los santos, explosión de vida divina en medio de un mundo condenado (Molinié, Carta a Cioran, diciembre de 1945)[4].

2. Se trata de consentir («dejarse hacer») a la acción de Dios que nos va purificando y transformando hasta llevarnos a la comunión con él. Por tanto necesitamos humildad para no ser los protagonistas de este proceso y docilidad para dejarnos llevar y modelar:

Se puede entonces comprender por qué el combate espiritual es a la vez tan sencillo y tan complicado. El secreto del Evangelio es algo extremadamente sencillo, porque es la vida divina: no tenemos ni que fabricarla ni que correr tras ella, basta con dejarla crecer en nosotros, con dejarla hacer, con dejarse hacer por el poder formidable que la hace crecer. Es la más pequeña de todas las semillas. Pero si nosotros no le ponemos obstáculos, ella se encargará de invadirnos (Molinié, El coraje de tener miedo, 21).

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Una vez resucitado, Cristo tiene el poder de infligirnos la agresión de su Bienaventuranza y de su Vida, tres veces santa, por el canal de su Sangre: la transfusión empieza en el bautismo y continúa todos los días, si queremos, en la Eucaristía.

Pero para producir todo su efecto, esta transfusión debe estar acompañada por un tratamiento que tiene las siguientes prescripciones:

a) Los ejercicios respiratorios, quiero decir, los actos de caridad que permiten a la vida divina circular más a gusto en nuestros pulmones. Somos los primeros beneficiarios de nuestros esfuerzos de caridad: esto no es gran cosa, pero cada vez permitimos al Amor respirar un poco más a gusto en nuestro corazón.

b) Una alimentación apropiada: la Eucaristía, pero también la Palabra de Dios. Esto supone un esfuerzo positivo (leer el Evangelio y todo lo que puede ayudarnos a comprenderlo), y un esfuerzo negativo: evitar los venenos y las toxinas, es decir las lecturas y los espectáculos biológicamente incompatibles con la luz y la alegría del Evangelio. No olvidemos que la semilla del Reino es la más pequeña de todas las semillas: hay que apartar con violencia todo lo que puede comprometer su desarrollo («Si alguien no odia», etc.)

c) Las sesiones de rayos, es decir, la plegaria, la adoración y la oración. En general, las sesiones de rayos son molestas. En la oración no siempre se aburre uno, pero es un feliz accidente: para la mayoría de nosotros y durante mucho tiempo, es una actividad en el fondo aburrida. El único medio de ser fiel, es precisamente aceptar aburrirnos junto a Dios por amor a él, como nos aburrimos al lado de un enfermo o de un anciano con el que, por caridad, pasamos media hora todos los días.

La diferencia es que junto a Dios somos nosotros los que estamos enfermos, y por eso nos aburrimos: nuestro paladar es demasiado grosero para apreciar el sabor de Dios, lo encontramos soso como los hebreos encontraban soso el maná. Pero si vamos, aunque sea sólo para darle gusto, entonces estamos expuestos al Sol, y los rayos actúan. Hacer oración es bañarnos de amor como nos bañamos de sol...

Si somos fieles en seguir el tratamiento, eso prepara extraordinarios acontecimientos, porque permite al germen de la vida divina y de la dulzura de Dios desarrollarse silenciosamente (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7)[5].

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Cuando una madre lava a su niño, lo mete en el agua y se ocupa de todo: no pide al niño otra actividad que dejarse hacer, «consentir» a las acciones de la madre; lo que los teólogos llaman no poner obstáculo a la acción de los sacramentos. Cuando se trata de curar una herida, la actividad del paciente consiste sencillamente en enseñar la herida, desnudarse suficientemente para que el médico pueda actuar: pero no es necesario que el mismo paciente la mire, incluso es mejor que no la mire; y, en algunos casos, puede resultar imposible si está mal situada (Molinié, Cartas a sus amigos, 3)[6].

 

Niño en el baño

 

3. Nuestra parte en este proceso que lleva a la comunión con la Trinidad es imprescindible. Dios es el que sabe, el que decide los modos y los tiempos, el que realiza en nosotros la transformación y nos lleva a la unión, pero no puede hacerlo si no consentimos a su acción. Por eso, aunque no seamos los protagonistas, nuestra respuesta es decisiva para que lleguemos a la cima de nuestra vida.

Este germen se ahoga en nuestras tinieblas y nos dice: «Dejadme respirar, no puedo continuar en un corazón de piedra, estoy a la puerta y llamo...», pero desde dentro, como un náufrago que golpea el casco de los restos de un naufragio, donde está encerrado. No es un ideal, es una realidad: es un hecho que la Palabra resuena en nuestro corazón para pedir «la salida», como un pollito pide salir del cascarón cuando su hora ha llegado (Molinié, El coraje de tener miedo, 21-22).

4. Tenemos que comprender lo que está ocurriendo en nosotros (lo que Dios hace) para que no hagamos poco o demasiado:

a) Para que no dejemos de hacer todo el esfuerzo de confianza y entrega que lleva el dejarse hacer; no se trata de no hacer nada como si diera igual nuestra respuesta a la acción de Dios.

b) Para que no intentemos hacer nosotros lo que sólo Dios puede hacer: recorrer el camino que lleva a Dios con nuestras propias fuerzas, transformarnos con nuestra fuerza de voluntad y por el camino que nosotros decidimos. Paradójicamente, el querer hacer nuestra parte siempre nos lleva a hacer demasiado poco, porque terminamos reduciendo lo que sólo Dios realiza con su poder a lo que nosotros hacemos más o menos cómodamente, y que, por supuesto, no da resultado. Y, sin embargo, dejarnos hacer nos lleva al límite de la generosidad por el camino de la docilidad y la confianza.

Preferir una obra humana a una obra divina es renunciar a hacer todo porque se quiere hacer algo. Sólo hay una manera de hacer todo: dejarse hacer completamente por Dios. Entonces nuestra acción tendrá las dimensiones de la suya, será tan amplia «como las orillas del mar»...

Cuando queramos apreciar el valor de nuestros actos, no miremos los resultados visibles (que siempre son limitados), sino preguntémonos si nuestra vida tiene un alcance infinito o no. La vida tiene un alcance infinito cuando estamos sometidos a Dios y damos la preferencia a una serie de palabras: silencio, paciencia, espera, obediencia; todas las cosas que provocan en nuestra naturaleza un verdadero rechazo... sobre todo hoy.

Claro que es necesario matizar todo esto y mostrar que se trata de la actitud invisible y no de nuestra vida exterior que puede ser muy agitada. La vida espiritual no es un descanso, es una intensidad inusitada en la acción o en la contemplación. Pero no es una intensidad nerviosa (Molinié, Nacer de nuevo, IV, 2. La negrita es del autor)[7].

Lo que Dios no puede hacer y sólo podemos hacer nosotros

Lo que nosotros tenemos que hacer para que Dios nos pueda llevar a la meta de la vida divina se reduce a darle lo que sólo nosotros podemos darle y él no tiene: nuestra miseria.

Esta miseria aporta a la vida divina una colaboración irreemplazable y que Dios ansía (Molinié, El coraje de tener miedo, 55).

 

Sumido en la oración

 

Por mucho que le demos, si no le damos nuestra miseria hacemos demasiado ‑porque no hace falta y sobra- y demasiado poco a la vez -porque no hacemos lo único necesario-. Y, Dios, que es el que pone el amor, la fidelidad, el poder, la gracia y la gloria, lo único que no puede poner es la miseria, porque él no la tiene. Si no se la damos, él no puede abrazarla y transformarla con el poder de su Misericordia. Si nos la guardamos, por miedo o desconfianza -en definitiva, por orgullo-, Dios no puede actuar, le cerramos la puerta a lo único que permite que nos lleve a la meta: la Misericordia y, en consecuencia, no le dejamos realizar lo que él quiere hacer con nosotros.

De este modo se nos desvela el secreto tan extraño que nos vuelve a llevar al ejercicio del don de consejo, y que nos enseña el arte de unirnos a nuestra miseria, como si fuera una perla preciosa difícil de encontrar y digna de la búsqueda más apasionada. Que es claramente el caso: porque evidentemente nuestra tendencia natural es huir de esta miseria; por otra parte, esta huida no implica ningún esfuerzo constructivo para curarla o mejorarla, sino simplemente el rechazo, oscuro y feroz, de tomar conciencia de ella, de enfrentarnos al espectáculo de una indigencia cuya profundidad metafísica supera todo lo que podemos sospechar. Es mucho más fácil reconocer «nuestros pecados» -en los que, en el fondo, vemos accidentes- que contemplar esta indigencia fundamental, que no es un pecado pero que hace posible todos los pecados [...]

Entonces, cuando pretendemos hacernos mejores, inconscientemente hacemos muchos esfuerzos para disimular a base de «buenas acciones», ante todas las miradas y en primer lugar ante la nuestra, cuando nosotros somos «malos», según la expresión de Cristo. El don de ciencia nos sugiere, pues, haciéndonosla saborear delicadamente, con qué ternura Jesús «ama nuestra miseria» según la expresión empleada incansablemente por Josefa Méndez...; y el don de consejo nos invita a «reunirnos» con esta miseria, no con la lucidez despiadada (y, por otra parte, verdadera) que intenta comunicarnos violentamente el demonio, sino con la lucidez más profunda aún que nos ofrece el Espíritu Santo a modo de sabor, y que nos enseña a descubrir con estupor en esta misma miseria el arma absoluta que nos da todo poder en el corazón de Dios, porque es ella la que le seduce en nosotros y no los dones que ya nos ha dado, ni ninguno de los que está dispuesto a verter en avalancha sobre esta miseria que le atrae. Esto se comprende muy a fondo si pensamos que la miseria es la única cosa que Dios no puede encontrar en él, en consecuencia, la única que puede amar fuera de él.

Todo el resto, todo lo que nos da, y hasta nuestro mismo ser en tanto que es una perfección... todo eso puede amarlo infinitamente mejor en él que en nosotros. Por eso, visto desde este ángulo, la creación sigue siendo inexplicable, incluso en el nombre de la gloria de Dios, porque no vemos claramente lo que él podría hacer con esta gloria exterior (Molinié, La visión cara a cara, segunda parte, capítulo I, B. Los subrayados son del autor)[8].

Se trata entonces de aceptar y ofrecer nuestra miseria, no nuestras perfecciones y, en consecuencia, no huir y no ocultar nuestra miseria. Ésa si que es nuestra parte, imprescindible para que Dios haga la suya y nos lleve a la meta de la divinización:

Lo que toca el corazón de Dios es nuestra miseria tal como es y tal y como él la ve, mucho más allá de la conciencia que cobremos de ella gimiendo sobre nuestra suerte, y tal como hemos intentado definirla en el primer capítulo. Esto aparece tanto más puro en la medida en que los hombres son menos capaces de hacer trampas con ella. Todo lo que permite al hombre realizarse es excelente en sí mismo, pero le ofrece una facilidad temible para apartar la mirada de este desamparo que conmueve el corazón de Dios, para distraerse y endurecerse en una actitud de rechazo respecto a eso mismo que atrae a Dios en nosotros. Al negarnos a darle lo que le atrae, nos negamos al final al mismo Dios; y precisamente eso es el endurecimiento del corazón (Molinié, El misterio de la redención, primera parte, capítulo II. Los subrayados son del autor)[9].

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Dios sólo puede amarnos como seres a colmar: él puede comunicarnos este privilegio de su amor, pero esto no es absolutamente natural. Entonces hay que tener la mirada perdidamente fija sobre su amor para presentir que nuestra miseria sea amable, y aceptar desplegarla ante él para ofrecérsela (como se muestra una herida ante el médico), incluso buscar la dimensión más profunda de esta miseria, porque es en este terreno donde nos cita y nos espera. Por lo que, cuando la hemos encontrado, hemos encontrado a la vez su Misericordia: es ahí donde se oculta, y no en otra parte (Molinié, La visión cara a cara, segunda parte, I, B. Los subrayados son del autor. Los subrayados son del autor)[10].

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Así sucede con nuestra miseria más profunda: solo Dios puede verla fácilmente y siempre escapa a nuestra mirada en mayor o menor medida. Pero es cierto que nosotros podemos adoptar la actitud de exponer esta miseria, de desplegarla sin vergüenza ante la mirada de Dios; o por el contrario, disimularla más o menos. El candor con que ofrecemos nuestra miseria a la mirada de Cristo se expresa por la manifestación de los pecados en la confesión (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 3)[11].

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Nuestras miserias, nuestros sufrimientos, nuestros defectos, nuestros mismos pecados, todos esos días que tenemos la impresión de perder, si pudiéramos comprender que el problema no está en funcionar bien, sino en ofrecer, ¡cuánto más sencillo sería todo! La materia de un sacrificio no tiene necesidad de ser noble, basta que sea ofrecida. Entonces, en lugar de ofrecer una jornada «perfecta» (pero ¿qué significa «perfecto»?), ofrecemos una jornada lamentable: ¡qué importa, si la ofrecemos! (Molinié, El coraje de tener miedo, 57)

Al entrar en la dinámica de ofrecer nuestra miseria y aceptar la Misericordia, podemos realizar una serie de actos que sólo podemos hacer los seres humanos y que agradan a Dios:

Dios no adora a Dios; el Hijo no adora al Padre. No hay acción de gracias en los diálogos trinitarios, hay un canto eterno e increado, un diálogo, que se puede llamar alabanza si se quiere, pero eso es todo. Por el contrario, palabras como adoración, sacrificio, acción de gracias, sumisión, abandono, humildad, renuncia... y, en fin, oblación, no tienen sentido más que si se refieren a una criatura, sea ésta la humanidad de Cristo o la santísima Virgen (Molinié, El coraje de tener miedo, 55).

 

Súplica intensa desde el cielo

 

En el diálogo de amor que es la Trinidad no aparece la adoración, ni la acción de gracias. Es nuestra miseria la que nos permite la humildad y el abandono, y la que hace posible que se lo ofrezcamos a Dios. Sólo la miseria que experimenta la Misericordia ofrece una acción de gracias que no puede darse entre los Tres. La miseria aceptada y ofrecida es el sacrificio que sólo el hombre puede hacer. Y para introducir en el mundo la verdadera adoración, el auténtico sacrificio, el abandono sincero y la acción de gracias más profunda, el Hijo de Dios tiene que tomar nuestra naturaleza y abrazar y ofrecer nuestra miseria:

La luz suprema hacia la que nos orientan todos estos misterios, y que ella misma es el más grande de todos los misterios, es, pues, el valor que Dios atribuye al hombre, y al hombre en su miseria. Esta miseria es la que ha fascinado el corazón de Dios... muy particularmente el de Cristo. A causa de ella Dios atribuye ese valor al corazón del hombre, es ella la que le da toda su importancia, y es ella, en definitiva, lo que Dios pide al hombre que le dé. El res­to, la gracia, la gloria e incluso la Encarnación, es Dios quien lo da o lo dará («¡Ahora, mi turno!»). El don que hacen los ángeles de su adoración es sin duda precioso, pero lo es a causa de su pobreza, que Dios no encuentra en sí mismo. El don que el hombre puede hacer de su miseria es todavía mucho más precioso, porque su miseria es todavía más profunda que la pobreza de los ángeles.

Y singularmente la miseria de Cristo. Volveremos ampliamente sobre esta miseria única en la historia humana, comencemos por comprender por qué «Dios no libró a su Hijo único», sino que le pidió una reparación tan costosa como fuera posible. Dios no habría enviado a su Hijo al mundo, y sin duda no habría creado a los hombres (ni a los ángeles), si «no hubiera sido seducido» por la oblación perfecta que el Verbo encarnado podía hacer de toda la miseria humana. No hay que sorprenderse de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hayan querido que la humanidad del Verbo hiciera una inmersión ilimitada en los abismos de la miseria humana, que bajara a esa región a donde no llega ni siquiera la luz del día... y que habiendo bebido así el cáliz hasta la última gota, le ofreciera al Padre el sabor indecible que la Trinidad saborea desde toda la eternidad, pero en la alegría... y que Cristo le ha ofrecido en el dolor (Molinié, El misterio de la redención, primera parte, II, recapitulación)[12].

Siervos inútiles que agradan al Señor

Una de las consecuencias de aceptar que sólo Dios es el que sabe cómo nos lleva a la meta, que es compartir la vida divina, y que nosotros sólo podemos consentir a su acción, es aceptar también que somos siervos inútiles para Dios y que todo lo que hacemos no es para merecer llegar a la meta, ni para conseguir llegara a la meta, sino simplemente para agradar a Dios.

Hay que decir esto antes de toda consideración práctica, ascética, moral o táctica. La esencia de la vida cristiana, incluso aquí abajo, es ser una liturgia de acción de gracias, una eucaristía. Un santo es un ser que se consume en la llama de Dios, por nada. «Yo sueño con otra cosa: con deshojarme...»[13]. Perderse en Dios, perderse por Dios..., proclamar que sólo Dios es importante y que nosotros somos inútiles (Molinié, El coraje de tener miedo, 56-57).

No entregamos la vida para conseguir llegar a la meta que Dios nos propone (basta con que consintamos a la acción de Dios que nos lleva hasta él), sino como forma de amor agradecido que no es útil o práctico, que no es necesario, pero que por su misma gratuidad es expresión más clara del amor.

Por eso es terriblemente grave resistirse a ese amor o no corresponderle (está la amenaza del infierno), pero es igualmente grave suponer que le damos algo, darse importancia porque arrojamos nuestro cuerpo a las llamas o repartimos nuestros bienes con los pobres: todo eso no es nada sin la caridad, y la caridad no es nada al lado de la caridad trinitaria de la cual es el eco. ¡Ay de aquellos que no corresponden, pero también de los que pretenden dar algo porque creen corresponder!: la criatura tiene un valor infinito pero ninguna importancia, y el orgullo que se da importancia es tan grave como la negativa de los invitados al banquete. Teresa sabía bien que perdería todo como consecuencia del menor movimiento de ese orgullo…Los pensadores cristianos, conscientes de ser «servidores inútiles», siempre han dicho y enseñado esto: «Hazlo todo, da todo… y piensa que no has dado nada». En ese sentido, san Agustín exclama: «¡Cuándo coronas nuestros méritos, coronas tus propios dones!» (Molinié, Lo elijo todo, 7, apartado El mensaje)[14].

Somos siervos inútiles, porque Dios no necesita de nosotros, no le añadimos nada a Dios. Pero con esa gratuidad damos gloria a Dios, aunque no la necesite, y precisamente ése es su valor.

No somos inútiles a la gloria de Dios, sino que esta gloria misma es inútil: no añade nada a la gloria interior de la Trinidad. Jesucristo mismo en cuanto hombre no añade nada a Dios: es un servidor inútil, y la santísima Virgen también. Ella lo proclama, se alegra al proclamarlo. Sabe que todo es gratuito, que es el lujo de Dios... y lo canta en un Magnificat eterno. Tal es la eucaristía: «Alegraos siempre, dando gracias por todo». Damos gracias de ser tan preciosos, nosotros que somos inútiles. Entonces derramamos nuestras fuerzas en libación, es decir, para nada, para agradar a Dios, para que se gasten y se consuman en la llama de Dios (Molinié, El coraje de tener miedo, 57).

Esa inutilidad, lejos de retraernos de la generosidad de entregarle a Dios todo, nos anima a no negarle nada a Dios, pero no por necesidad u obligación, sino como mera acción de gracias. El que ama y se sabe amado de verdad no escatima en esos gestos inútiles que proclaman el agradecimiento. Así lo explica repetidas veces santa Teresa del Niño Jesús:

¡Nada de merecer! Dar gusto a Dios... Si hubiese atesorado méritos, habría perdido muy pronto la esperanza[15].

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Después del destierro de la tierra, espero ir a gozar de ti en la Patria, pero no quiero acumular méritos para el cielo, quiero trabajar sólo por tu amor, con el único fin de agradarte, de consolar a tu Sagrado Corazón y de salvar almas que te amen eternamente[16].

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Le decía yo: -«¡Ay, yo no tendré nada que dar a Dios a mi muerte: tengo las manos vacías! Y eso me entristece mucho».

-«Claro, tú no eres como “el bebé” (algunas veces se daba a sí misma este nombre), que sin embargo se encuentra también en esas mismas condiciones... Aunque yo hubiese realizado todas las obras de san Pablo, seguiría creyéndome un «siervo inútil»; y eso es precisamente lo que constituye mi alegría, pues, al no tener nada, lo recibiré todo de Dios»[17].

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Celina, Dios no me pide ya nada... Al principio me pedía una infinidad de cosas. Durante algún tiempo pensé que ahora, como Jesús no me pedía nada, tendría que caminar dulcemente en la paz y en el amor, haciendo solamente lo que él me pedía... Pero tuve una inspiración.

Dice santa Teresa que es necesario alimentar el amor. Cuando estamos en tinieblas, en sequedades, la leña no se encuentra a nuestro alcance; pero ¿no tendremos que echar en él al menos unas pajitas? Jesús es lo bastante poderoso para alimentar él solo el fuego; sin embargo, le gusta vernos echar en él algo que lo alimente. Es éste un detalle que le agrada, y entonces arroja él al fuego mucha leña. A él nosotras no le vemos, pero sentimos la fuerza del calor del amor.

Yo lo he visto por experiencia: cuando no siento nada, cuando soy INCAPAZ de orar y de practicar la virtud, entonces es el momento de buscar pequeñas ocasiones, naderías que agradan a Jesús más que el dominio del mundo e incluso que el martirio soportado con generosidad. Por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de callarme o de mostrar un semblante enojado, etc., etc.

¿Comprendes, Celina querida? No es para labrar mi corona, para ganar méritos, es por agradar a Jesús... Cuando no tengo ocasiones, quiero al menos decirle muchas veces que le amo. Esto no resulta difícil, y alimenta el fuego; aun cuando me pareciese que está apagado ese fuego del amor, me gustaría echar en él alguna cosa, y Jesús podría entonces reavivarlo[18].

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¿Pero cómo podrá demostrar él su amor, si es que el amor se demuestra con obras? Pues bien, el niñito arrojará flores, aromará con sus perfumes el trono real, cantará con su voz argentina el cántico del amor...

Sí, Amado mío, así es como se consumirá mi vida... No tengo otra forma de demostrarte mi amor que arrojando flores, es decir, no dejando escapar ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, ni una sola palabra, aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor...

Quiero sufrir por amor, y hasta gozar por amor. Así arrojaré flores delante de tu trono. No encontraré ni una sola en mi camino que no deshoje para ti. Y además, al arrojar mis flores, cantaré (¿puede alguien llorar mientras realiza una acción tan alegre?), cantaré aun cuando tenga que coger las flores entre las espinas, y tanto más melodioso será mi canto, cuanto más largas y punzantes sean las espinas.

¿Y de qué te servirán, Jesús, mis flores y mis cantos...? Sí, lo sé muy bien: esa lluvia perfumada, esos pétalos frágiles y sin valor alguno, esos cánticos de amor del más pequeño de los corazones te fascinarán (Santa Teresa del Niño Jesús)[19].

 

Niño caminando de la mano de su padre

 

Por lo tanto, el sabernos siervos inútiles, que son llevados a la meta sin méritos propios, sin conocer ni controlar el proceso de su unión con el Señor, simplemente consintiendo, no nos lleva ni a la pereza, ni a la comodidad ni al quietismo:

Entonces, vamos allá decididos. No rehusemos nada, demos todo, sin separar nada ni siquiera hacer el inventario. Las cosas son creadas para ser quemadas, pulverizadas, arrojadas por la ventana. Para tal uso, importa poco que sean bonitas o feas: las cenizas serán las mismas... (Molinié, El coraje de tener miedo, 58).

Sin embargo, tenemos que estar preparados porque esta gratuidad choca directamente con el estilo del mundo, incluso con un estilo de eficacia que se cuela en la Iglesia y en la misma espiritualidad:

El mundo detesta a los que han comprendido esto, porque está animado por una concupiscencia de rendimiento, al que toda idea de gratuidad es insoportable. Hay puntos en los que debemos ser conciliadores y hacer concesiones. Pero en esto no podemos, es eso lo que el mundo difícilmente nos perdonará: el no tomar la humanidad verdaderamente en serio..., precisamente porque conocemos su verdadero precio, que no es ser seria, sino animada (sólo Dios es serio) (Molinié, El coraje de tener miedo, 58-59).

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No es, en absoluto, por placer de discutir por lo que debo poneros en guardia, no contra una u otra posición de la teología moderna, sino contra su inspiración innata que me parece oponerse implacablemente, aunque de manera disimulada, al Espíritu Santo. Para ella, se trata de organizar, contra el escándalo del que hablo aquí –y que es el núcleo del Evangelio–, una verdadera conspiración de silencio, intentando no dejar sospechar siquiera que tal pregunta pueda plantearse. Los que aceptaran «reinterpretar» su vida según esta línea nueva serán acogidos y alentados... aunque sean contemplativos. Pero aquellos cuya conducta explosiva sea decididamente «irrecuperable» por esta espiritualidad, llamada del siglo veinte, serán condenados sencillamente como fósiles; y se recurrirá a la ayuda del psicoanálisis para demostrar que de hecho son egoístas, estetas de cierta perfección individual y golosos de satisfacciones refinadas, cultivadas en una torre de marfil, lejos de la fraternidad humana.

Esta reacción es particularmente clara en relación con la oración. Acabo de decir que la misma vida contemplativa puede ser recuperada por la nueva teología... a condición, sin embargo, de que la oración se deje reinterpretar a su vez en una perspectiva en la que no signifique una intimidad inmediata con Dios, sino que, da igual lo que sea, con tal de que sea colectiva y que no vaya a Dios sin pasar por la humanidad.

La unión directa y solitaria de un alma con la Trinidad provoca en efecto el escándalo del que hablamos: más profundamente, ella es este escándalo mismo en toda su pureza. No solamente parece desviarnos de los hombres para complacernos en un deleite egocéntrico, sino que pretende movilizar a la omnipotencia divina con otro fin que no es el alivio de la miseria humana y la construcción de un mundo mejor.

Renunciando solemnemente a este género de oración, incluso condenándolo formalmente, se elimina entonces todo escándalo, y se inventa una oración que se confunde prácticamente con la marcha de la humanidad hacia la felicidad. Si los hombres buscan ante todo salir de la miseria y del desamparo del cuerpo, su aspiración va evidentemente más allá y los comunistas más inteligentes no lo niegan. Se puede concebir pues cierta oración que expresaría y retocaría los frutos del trabajo humano. Lejos de eliminar a los monjes del mundo, los monasterios se presentarían como el último paso del esfuerzo del mundo, y acogerían a todos los que sienten la necesidad de dar un significado a su lucha diaria.

Pero cuando Carlos Carretto[20] confiesa que vuelve a Tamanrasset porque ya no puede seguir llevando la vida de los pobres de Taifet, entonces dice: «Tenía necesidad de oración. Suspiraba por encontrarme solo en mi eremitorio, donde Jesús estaba expuesto día y noche, para desahogarme con él, suplicarle, perderme en él»; entonces esto es el escándalo, y hace falta coger piedras (moralmente hablando) para lapidarlo, porque esa conducta es absolutamente inasimilable e irrecuperable para la teología moderna. Toda vida contemplativa construida sobre la misma piedra, sobre las mismas palabras, sobre el mismo espíritu, es intolerable para esta espiritualidad moderna. Por esto, la batalla se desarrolla en el interior de los monasterios, porque se trata de saber lo que significa la oración: si es un escándalo a los ojos del mundo o si hay que procurar que no lo sea [...]

Así la kénosis no puede consistir en llegar a ser rigurosamente igual a los otros. Por el simple hecho de que se ha querido bajar entre ellos, se tiene forzosamente algo más. La teología moderna lo admite muy bien en lo que concierne a la cultura y la técnica: hace falta ir hacia los hombres a ofrecerles esta cultura y esta técnica. El objetivo de estos teólogos, no es que todo el mundo sea pobre, sino que todo el mundo sea rico: entonces se puede esperar que la bienaventuranza de los pobres pierda un día todo su significado.

Pero lo que los modernos no admiten, es que un hombre guarde y cultive el tesoro difícilmente comunicable de la intimidad divina. Si este hombre renuncia a beneficiar a sus hermanos con los medios técnicos que podría ofrecerles; si, por otra parte, se pone de manifiesto que no va a poder compartir verdadera y totalmente su miseria; si está obligado a dejarles un tiempo para cultivar su tesoro; e incluso si espera volver entre ellos, pero arreglándose para tener «además» su tesoro oculto en su cabaña como un secreto; y si finalmente confiesa que sin este tesoro (incomunicable a los otros) es incapaz de permanecer entre ellos y soportar realmente lo que ellos soportan (porque ellos deben vivir en este infierno sin tener ese tesoro y ese rincón de paraíso)... Entonces es el escándalo y hace falta taparse los oídos para no oír esas palabras y no admitir ese testimonio.

Aquí se ve bien en qué consiste el escándalo. Si Carlos Carretto declarara que no puede más, que necesita ir al hospital, encontrar una mujer y unos hijos, relajarse con algunos amigos, lo admitirían muy bien. La construcción de un mundo mejor tiene precisamente como fin ofrecer a todos los hombres estos esparcimientos... e incluso arreglárselas para que no tengan necesidad de descanso, puesto que el trabajo es una expansión y no llega a tal extremo que se diga: «no podemos más».

La búsqueda de una identificación pura y simple con los que no tienen nada (hasta el punto de pretender eliminar sistemáticamente todo lo que puede hacer la vida amable) no aparecería al final como un movimiento de amor, sino como la búsqueda neurótica de una especie de récord que remplazaría en el siglo XX a la columna de Simeón el estilita. Nadie propone tal fin: cada uno tiene la intención de aportar algo a aquellos con los que quiere compartir su condición: la liberación económica, la de todas las alineaciones, la fraternidad, incluso el amor. Lo que es un escándalo –y en lo que consiste precisamente, lo repito, el núcleo del Evangelio– es la naturaleza misma de este bien particular que Carlos Carretto quiere llevar a los más desheredados, a saber, precisamente la intimidad divina.

 

Orando a la luz de la vela

 

Pero, precisa y profundamente, lo que subleva al hombre del siglo XX ante esa conducta y lo que le rebela contra la búsqueda de ese bien, es que ningún esfuerzo humano puede acercarnos a ello por sí mismo, por poco que sea: no se conseguirá, como dice san Pablo, a través de esfuerzos y triunfos mundanos, sino sencillamente porque Dios se enternece ante la miseria humana. Es pues justamente sumergiéndose lo más posible en el corazón de esta miseria como se puede esperar enternecer a Dios y conseguir este Bien... a condición evidentemente de no hacer de esta inmersión una tentativa heroica y desesperada para arrancarla de las manos de Dios; sino, por el contrario, aceptar que sea un don absolutamente gratuito, que no hay nada que pueda obligar a Dios a dárnoslo, ni siquiera el peor desamparo. Este último punto es desde luego el más difícil de vivir: uno no se reconcilia verdaderamente con él sino a través de las purificaciones pasivas que Carlos Carretto describe como tantos autores espirituales, y que presenta, muy bien, como el aprendizaje de un amor gratuito.

Digo que esta gratuidad es el nudo de todo el asunto: explica a la vez la conducta escandalosa de Jesús y de sus verdaderos discípulos; y la furia del mundo contra esta conducta divina. Me haría falta mucho más tiempo para desarrollar todo esto...

Los hombres han perdido el Bien que supera todos los demás (la perla preciosa del Evangelio), lo han perdido desde la caída. El Hijo de Dios ha venido al mundo para devolvernos este Bien: «He venido a arrojar fuego sobre la tierra, y ¿qué es lo que deseo, sino que prenda?» Ahora bien, el Señor no nos lo puede devolver como nos devuelven la salud: este Bien no se nos puede restituir, sino en el respeto recíproco de la gratuidad de las iniciativas divinas y la gratuidad de la respuesta humana. Este doble respeto llevaba consigo infaliblemente para Jesús la agonía y la Crucifixión. Pero precisamente esta agonía es la que ha recibido el poder de tocar el corazón de Dios para conseguir de él la Redención total del género humano [...]

La trampa tendida por Satanás a través de la teología moderna, es invitamos, en nombre de la Cruz y de la kénosis, a dejar morir el hombre interior para acercarnos más a nuestros hermanos en tinieblas; y, en nombre de la Resurrección, exaltar al hombre exterior gracias al esfuerzo encarnizado del trabajo humano hacia la construcción de un mundo mejor. Perder la fe, perder por lo menos la certeza absoluta que ésta nos da –certeza considerada «arrogante» por algunos que consideran toda afirmación como una agresión– llega a ser, al final, la condición indispensable para compartir realmente la condición humana.

No exagero. Mirad y veréis: el único consuelo que cierta teología niega a los militantes cristianos, el único que condena como egoísta, el único del que ciertos sacerdotes sospechan por instinto, es el de la intimidad divina. Se quiere compartir la condición humana en todas sus dimensiones: inclinarse sobre el sufrimiento de los otros, desde luego; pero conocer también una expansión humana integral para ayudar a nuestros hermanos a promover esta expansión. Así llegan a ser lícitas, e incluso deseables, todas las satisfacciones que no lleven en sí su propia destrucción. La única satisfacción prohibida, es la del silencio y la oración, de las consolaciones y desolaciones que nos vienen de la aventura interior...

 

Carlos Carreto

 

La conducta de Carlos Carretto es, pues, escandalosa a los ojos de esta teología carnal. Aunque él ha conseguido el derecho de ser tomado en serio y escandalizar, porque intenta visiblemente sumergirse en la condición humana. Pero aquellos y aquellas que desaparecen en un claustro para convertirse en presa de la intimidad divina, han perdido incluso el derecho de ser tomados en serio y aparecen ante muchos como el final de un fenómeno, los últimos vestigios de una época muy poco adulta.

Sé hasta qué punto una opinión tan extendida, incluso entre el clero, puede provocar mala conciencia a los mejores contemplativos; y el vértigo a otros les llega, a su vez, como un microbio. Sé cuántos hombres y, sobre todo, mujeres que experimentan en medio del mundo la irrupción del amor divino, son expuestos a dudar de su deber: ¿hay que escuchar la llamada del silencio? El «machaqueo» de los eslóganes modernos (cuya fuente más refinada viene a veces de los teólogos más célebres) los ha hecho a menudo vacilar, a veces dudar, a veces abandonar.

Entonces intento defender –no una buena conciencia que el Espíritu Santo se encargará rápidamente de barrer– sino la confianza y la libertad interior de los que han presentido el gusto de la perla preciosa. No hay otro camino para amar a Dios y a los hombres hasta el fin sino el de abandonar la prerrogativa de anudarse uno mismo su cinturón, para dejarse ceñir por Jesucristo y dejarse llevar por el Espíritu a la locura del amor.

Carlos Carretto no ha amado a los hombres más que Teresa del Niño Jesús que, precisamente por amor a los hombres, no ha salido de su convento. Hay que volver siempre ahí. La comparación entre nuestra comodidad y la miseria humana puede provocarnos mala conciencia, no nos dará el amor, si no sacamos este amor de la fuente de Aquel que es el distribuidor exclusivo.

Los contemplativos y las contemplativas, enclaustrados o no, han dejado todo para sacar de esta fuente. Lo hacen bien o mal y, muchas veces, más mal que bien: lo acepto. Eso no impide que no haya nada mejor que hacer, nada más radical y nada más decisivo para el porvenir de la humanidad. Pretender hacer algo mejor, del modo que sea, es pretender hacer algo mejor, desde el punto de vista del amor, que el mismo Jesús: el primero, el perfecto, el único mendigo del Amor.

Que la Santísima Virgen nos conceda respetar la trascendencia y la gratuidad del Amor, amarla, cantarla y, por el reconocimiento de nuestro desamparo más profundo (impotencia para amar), conseguir que Jesús se compadezca de nosotros y nos dé buena parte de su Amor, que sobrepasará nuestras pretensiones, nuestros deseos y nuestras esperanzas más locas (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 9)[21].

Eliminar toda preocupación

Si hemos comprendido y aceptado la meta de la comunión con Dios, si abrazamos el camino (el único camino) que consiste en «dejarse hacer», entonces, de la mano de convertir nuestra existencia en una entrega gratuita de la vida, viene la consecuencia de eliminar de nuestra vida toda preocupación. Cualquier preocupación indica que todavía no terminamos de aceptar que ni sabemos ni podemos alcanzar la meta de la comunión con Dios, que seguimos conservando el protagonismo de nuestra transformación y que no terminamos de «dejarnos llevar» con confianza. La gratuidad y la despreocupación van unidas:

Eso debe liberarnos de toda preocupación (no os preocupéis por nada, dice san Pablo). En la medida en que una criatura se pudre por inutilidad, cumple perfectamente su función de criatura. El interés de nuestra vida es no tener preocupaciones: somos un canto a la gloria de Dios, y no somos más que eso (Molinié, El coraje de tener miedo, 57).

 

Bebé plácidamente dormido

 

La misma despreocupación se convierte entonces en una tarea:

¿Es, por tanto, un espíritu de despreocupación? Sí, y eso no quiere decir que no sea importante: el menor detalle de inquietud o de aspereza que ahogue en nosotros este espíritu es importante y serio (en la medida en que es voluntario). La vida es seria, porque no se puede perder el tiempo. No hay que olvidar ni un solo instante estar despreocupado. Dios puede hacer de la menor gota de nuestra vida algo maravilloso si queremos ofrecérsela, pero tal como es. Para ser liberados de nuestros complejos, lo más sencillo es darlos tal como son: ¡no intentéis liberaros de ellos antes de presentaros a Dios! Los que se hacen la toilette antes de presentarse, demuestran que no quieren darlo todo, sólo quieren dar lo que es hermoso. Pero lo que desea Jesucristo... para curarnos es precisamente lo feo. No son los sanos los que tienen necesidad del médico... (Molinié, El coraje de tener miedo, 57-58).

Aunque quizá fuera mejor decir que sólo tendríamos que tener una preocupación, siguiendo la estela de lo que nos indica el Evangelio[22]:

¿Por qué los torrentes de amor de la Trinidad no se expanden más sobre la tierra? No deberíamos tener otro sufrimiento ni preocupación... (Molinié, El coraje de tener miedo, 49).

Si la meta es la comunión con Dios, ésa debería ser en la práctica la única preocupación de nuestra vida, de cara a los demás y al mundo entero.

El lugar del sufrimiento

«Dejarse hacer», debido a nuestro orgullo que no renuncia al protagonismo, ni siquiera en el terreno espiritual, nos suena a peligro, a destrucción del yo, a disponernos a un sufrimiento que se nos antoja insoportable. Pero no es así:

Observad, por otra parte, que ninguna de estas palabras ‑ni siquiera la humildad, el sacrificio o la renuncia‑ implica el menor sufrimiento: por el contrario, definen la verdadera liberación de la criatura. Estas actitudes son otros tantos rostros del amor de Dios sobre todas las cosas y más que a sí mismo, amor que es la ley de toda criatura, y que Dios ha depositado en el fondo de nuestro ser, de tal manera que no podemos ser dichosos y «libres», si no permitimos a este amor desarrollarse (Molinié, El coraje de tener miedo, 55-56).

Lejos de significar la destrucción del hombre, su divinización le lleva a la verdadera plenitud de su vida. Dejarse hacer no es dejarse destruir, consentir a la acción de Dios no es abrir las puertas al sufrimiento. Entonces, ¿el que acepta dejarse hacer no sufre? Sufre, pero su sufrimiento ya no es una prueba, no es una dificultad. La dificultad está en otra parte:

Notad bien que a todo esto no he dicho todavía una palabra del sufrimiento. Pretendo separar lo que hay de difícil en la vida cristiana sin evocar el sufrimiento, porque no es el sufrimiento el que hace difícil la vida cristiana. El sufrimiento es doloroso (por definición), pero no peligroso: Dios no lo envía para ponernos en peligro, sino para salvarnos del peligro. No es por el sufrimiento por lo que corremos el riesgo de pasar al lado de la puerta estrecha. A Lucifer y a nuestros primeros padres, no fue el sufrimiento el que los hizo caer, sino el misterio mismo de Dios... y su libertad. El peligro no está en donde nosotros suponemos (Molinié, El coraje de tener miedo, 59).

¿Comprender o adorar?

Al final de estas reflexiones tenemos que tomar una decisión fundamental. Ante la oferta de comunión con el mismo Amor de Dios que es la Trinidad, podemos empeñarnos en comprender, analizar y controlar..., pero es un esfuerzo vano, porque ese Amor nos supera y nos desborda. La única opción acertada es dejarse inundar, desbordar y arrastrar por esa corriente de amor, es decir, adorar:

El secreto impenetrable de Dios está en nuestro interior como un río inmenso que arrastra un tapón de corcho, o si preferís, una pequeña barca... El río tiene dos propiedades con relación a la barca: él la arrastra y la sobrepasa. En la medida en que él nos sobrepasa, nosotros adoramos. Es mucho mayor que nosotros, y, sin embargo, es nosotros (Molinié, El coraje de tener miedo, 49).

El contemplativo, en el mundo o en el claustro, es el que se deja arrastrar y sobrepasar por el torrente del amor de Dios que es la Trinidad, que nace de la Trinidad y que nos arrastra hacia ella.

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NOTAS

[1] Conviene releer la variación anterior titulada La vida trinitaria y el espíritu de infancia y lo dicho en el apartado de la lectura contemplativa del Catecismo titulado La búsqueda de Dios.

[2] Beata Isabel de la Trinidad, El cielo en la fe, día primero.

[3] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), 1, 70.

[4] M.-D. Molinié, Coupable de tout pour tous. Variations sur le mystère du Salut, La Nef 2008, 39.

[5] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 142-143.

[6] Ib., 55.

[7] Naître de nouveau, d’après le Père Molinié, Pneumathèque 1994, 3º ed. (Burtin), 32-33.

[8]. M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, IV, La Vision face à face et le régime du Ciel, Paris 2001 (Téqui), 117-119.

[9] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VI, Le mystère de la Rédemption, Paris 2001 (Téqui), 43.

[10] M.-D. Molinié, La Vision face à face et le régime du Ciel, 121-122.

[11] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 55.

[12] M.-D. Molinié, Le mystère de la Rédemption, 84-85.

[13] Teresa del Niño Jesús, La rosa deshojada, PN 51.

[14] M.-D. Molinié, Je choisis tout. La vie et le message de Thérèse de Lisieux, Chambray-lès-Tours 1992 (CLD), 179-180.

[15] Últimos dichos a sor María del Sagrado Corazón, 29 de julio.

[16] Oración 6. Acto de ofrenda al Amor Misericordioso.

[17] Cuaderno amarillo, 23.6.

[18] Carta 143, a Celina.

[19] Ms B, 4rº-4vº.

[20] Molinié se refiere a la experiencia que narra Carlos Carretto, Cartas del Desierto, Madrid 1974, 8ª ed. (Paulinas), en los capítulos XIII y XIV, titulados El último puesto y Vosotros todos que pasáis por el camino.

[21] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 182-191.

[22] «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura» (Mt 6,31-33); «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones» (Mt 10,28-31).