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Introducción

M.-D. Molinié

El coraje de tener miedo

La vida trinitaria y el espíritu de infancia

 

El rostro de tres niños

 

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Entrar en el amor sobrenatural de Dios

Volvemos a una cuestión que planteábamos en el capítulo anterior: ¿Dónde está realmente la novedad y el núcleo de la vida cristiana? ¿Simplemente en la ley del amor, formulada por el Señor, aunque con palabras del Antiguo Testamento (cf. Mc 12,28-34)?

No se trata sólo de amar a Dios sobre todas las cosas y a los hombres como a hermanos nuestros, sino de entrar en el amor sobrenatural de Dios (M.-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Madrid 19792 (Paulinas), 38).

Lo que nos ofrece Jesucristo no es una moral basada en el amor, ni una ayuda para amar más y mejor; su oferta consiste en entrar en el amor sobrenatural que es la esencia de Dios, participar del amor que es Dios, el amor entre el Padre y el Hijo que es el Espíritu Santo.

Por eso, la Trinidad y la invitación a entrar en la comunión de amor que se da entre los Tres es el núcleo de la revelación evangélica y su mayor novedad.

Gran parte de esta revelación se encuentra en el discurso de despedida y en la oración sacerdotal del cuarto evangelio. Por tanto, si queremos ser realmente cristianos, resulta imprescindible no olvidarnos de este núcleo vital del Evangelio:

Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros (Jn 14,16-17).

-Tenemos la vida divina gracias a que el Espíritu Santo habita en nosotros. Y nosotros somos los destinatarios del Espíritu que envía el Padre por la intercesión del Hijo. Toda la Trinidad interviene para que el amor sobrenatural habite en nosotros por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (cf. Rm 5,5).

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Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros (Jn 14,20).

-Como si se tratara de círculos concéntricos, estamos en Cristo y, a través de él, en el Padre. Esa inserción en el Padre por medio del Hijo es lo que el Señor quiere descubrirnos y ofrecernos como parte fundamental de la revelación final tras su pascua.

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El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él (Jn 14,21).

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14,23).

-Aceptar y cumplir los mandamientos (el mandato del amor, tal como aparece en Jn 14,34) no nos introduce en la dinámica de cumplimiento-recompensa, sino que nos introduce en una corriente de amor recíproco con el Padre y el Hijo.

-Un amor recíproco, que no es simplemente exterior, sino que nos lleva a ser morada de Dios (y a estar en él como nos mostraba Jn 14,20).

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Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor (Jn 15,9).

-Queda claro que es la misma corriente de amor del Padre al Hijo la que llega a nosotros a través de Jesucristo. Por tanto, la respuesta adecuada a esa oferta es permanecer en esa corriente de amor.

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Él [el Espíritu de la Verdad] me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará (Jn 16,14-15).

-El Espíritu Santo aparece como el que nos da todo lo que procede el Padre y éste pone en manos del Hijo. Y en ese anuncio-don que llega a nosotros, el Espíritu glorifica al Hijo (y al Padre).

-De nuevo, nosotros somos los destinatarios finales de todo lo que el Padre pone en manos del Hijo, y el Espíritu es el encargado de hacérnoslo llegar (cf. Jn 14,16-17).

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Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17,1-3).

-La vida eterna que el Hijo viene a traernos es un conocimiento del Padre y del Hijo. Pero no un conocimiento teórico, sino el conocimiento real que es intimidad, amor y entrega; un conocimiento que es amor y lleva a la unión.

-En ese don de la vida eterna (el don del conocimiento-amor), que el Hijo nos hace, está la gloria de Dios.

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No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí (Jn 17,20-23).

-La unidad por la que Jesús ruega no es sólo la unidad entre los cristianos o entre los hombres, es también y sobre todo (porque es su fundamento) participar de la unión que hay entre el Padre y el Hijo (que se realiza por medio del Espíritu Santo). Se trata de una presencia en el Padre a través del Hijo que nos une realmente en él y, en consecuencia, nos une también entre nosotros (cf. Jn 14,20).

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Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos (Jn 17,26).

-La revelación plena de Jesús tiene como objetivo que habite en nosotros el mismo amor del Padre al Hijo; y no sólo eso, sino también que tengamos la presencia del Hijo (y con él la del Padre por medio del Espíritu).

Esta misma profundidad de vida cristiana aparece también en otros lugares del Evangelio:

Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí (Jn 6,57).

-No podemos olvidar que la Eucaristía es cauce de esta vida divina que se nos regala y que nos hace vivir por medio de la vida del Hijo (que, a su vez, nos hace vivir por medio del Padre).

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En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10,21-22).

-El Señor, al revelar a los sencillos quién es el Padre, les hace participar del conocimiento (que es amor y que lleva a la unión) entre el Padre y el Hijo.

 

Jesús abraza un niño

 

Por eso, a la luz de esta revelación y este don, el mandamiento del amor toma una forma nueva, en que la medida del amor es el amor trinitario recibido a través de Jesús:

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros (Jn 13,34).

Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado (Jn 15,12).

Sería necesario un gran esfuerzo (que no puede ser del todo inconsciente e inocente) para olvidar todas estas palabras del Evangelio y reducir el cristianismo a una simple moral o a una religión de cumplimiento. Tenemos que volver una y otra vez a este núcleo de la revelación si queremos que nuestra vida cristiana llegue a plenitud. Nuestra realidad es que estamos llamados a participar de este misterio de la Trinidad, de tal manera que sólo entrando en esa relación de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo llegamos a comprender qué somos y sólo así podremos alcanzar la plenitud para la que hemos sido creados:

No podemos comprender nada de nosotros mismos, si no vivimos del misterio de la Santísima Trinidad. Se trata del amor con que el Padre ama al Hijo, y cuyo fruto es el Espíritu Santo. Este amor está en nosotros (Molinié, El coraje de tener miedo, 37).

No debe extrañarnos que esta manifestación de la identidad de Dios y de nuestro destino, sólo aparezcan en el Nuevo Testamento y al final de la revelación de Jesús:

Esta revelación nos es ofrecida por Cristo al final de la larga serie de «alianzas y promesas» y como coronación de ellas; y es la precisión suprema que podemos recibir sobre la tierra a propósito del don de Dios. Siempre meditamos sobre el don de Dios, y solamente al final sabemos que ese don es Dios mismo, y que él es Tres. Al invitarnos a entrar en el banquete de la Vida divina, el Espíritu Santo ha juzgado oportuno advertirnos que esta vida comporta intercambios interpersonales: precisión que debe tener una influencia considerable sobre la manera en la que intentamos responder conscientemente a la invitación divina (Molinié, La Trinidad, Introducción)[1].

No podemos limitar nuestra fe a lo que Dios manifiesta en el Antiguo Testamento: que nos crea por amor y para amarnos porque él es Amor. Cristo lleva a su plenitud esta revelación y nosotros debemos llegar también hasta el final en el conocimiento (y, en consecuencia, en la vivencia) de esa revelación.

La revelación trinitaria va todavía más lejos en el mismo sentido. Se presenta al final de este río de lava; y es en este río donde hay que mirarla, es decir, en el mismo lugar que Dios le ha dado en la economía de la Revelación: en la cumbre de su declaración de amor al pueblo judío y, a través del pueblo judío, a todos los hombres. Así recibimos de esta Revelación el mayor deslumbramiento en la mayor oscuridad.

a) Ahí aprenderemos en primer lugar que nuestra consistencia ante Dios, acentuada por la certeza de ser los destinatarios de su amor ‑realmente señalados, abrigados por su mirada de predilección que nos percibe y nos quiere realmente distintos de él, capaces de ofrecerle un diálogo real‑... esta consistencia, digo, y el diálogo que hace posible, son a su vez el reflejo de un misterio más profundo cuyo secreto dirige, a fin de cuentas, el misterio de nuestras relaciones con Dios: la consistencia infinita y el diálogo infinito de las tres personas divinas entre ellas. Los diálogos trinitarios son el prototipo único y eterno de todos los diálogos creados y, sobre todo, de los diálogos entre la criatura y el Creador. Cuando contemplemos estos diálogos cara a cara, sabremos entonces, y solamente entonces, lo que significa nuestra distinción con Dios y nuestra posibilidad de estar ante él... esto nos dará la clave de los misterios de la predestinación, de la conciliación de la gracia y de la libertad, etc. Mientras tanto, somos poderosamente invitados por la misma revelación trinitaria a tomar en serio más que nunca nuestra consistencia y el diálogo que ella hace posible, recolocándolos en la perspectiva y a la luz de los diálogos trinitarios de los que ellos son el reflejo frágil pero muy real. Luz deslumbrante, oscuridad cegadora... ante la cual tendremos siempre la tentación de protegernos diluyendo todas estas cosas en la niebla de nuestra poca fe, porque en el fondo tenemos miedo de tomarlas totalmente en serio.

b) Pero la revelación trinitaria nos ofrece todavía más. Más allá del «cómo», abre una profunda novedad a lo que podemos entrever del «porqué» de nuestra existencia y de este amor que somos conscientes de que pesa sobre nosotros. Hemos dicho que el Bien, que se difunde por sí mismo ‑luz filosófica de partida‑ se convierte en una sima vertiginosa a la luz de la revelación judía. Esta sima se convierte en un abismo cuando aprendemos que el Bien se difunde por sí mismo en el interior de sí mismo antes de hacerlo al exterior, que esta difusión íntima es mucho más extraordinaria y misteriosa que la difusión hacia fuera cuya clave es aquella, como lo perfecto y lo infinito son la clave de lo imperfecto y de lo finito... Dios se nos da porque le gusta darse y, porque le gusta darse, se da primero a sí mismo infinitamente, saciando así perfectamente su amor y su alegría con la superabundancia... (Molinié, La Trinidad, primera parte, II, A, 3)[2].

Por lo tanto, cuando decimos que «Dios es amor» no podemos ignorar que no se trata sólo de que Dios nos ama, sino de lo que Dios es y hace en sí mismo porque es Trinidad, y que ambas realidades están estrechamente relacionadas:

Reconocemos aquí el misterio, que hemos afrontado varias veces, de la consistencia de la criatura ante Dios y de la significación insondable de la expresión: «Dios nos ama». Es perfectamente verdadero, ya he insistido suficientemente en ello, que el amor de Dios hacia nosotros no es diferente de su amor eterno hacía sí mismo: Dios no puede dar nada sin dar su amor y, en consecuencia, darse todo entero, cualquiera que sea la manera con la que su Sabiduría mida los efectos de este don […].

La coincidencia entre el amor que Dios tiene por sí mismo y el que tiene por nosotros se vuelve, en efecto, a nuestro favor desde que tomamos en serio nuestra consistencia: no hemos sido amados un día, sino eternamente, y existe desde entonces una continuidad perfecta entre el amor del Padre al Hijo y su amor a nosotros, continuidad que subraya precisamente la noción de envío o de misión.

Nosotros pertenecemos eternamente a la estructura trinitaria de Dios, nuestra misma existencia tiene que ver con este misterio tanto como nuestra adopción sobrenatural (Molinié, La Trinidad, segunda parte, III. Los subrayados son del autor)[3].

La respuesta: dejarnos hacer

 

Alfarero modelando barro

 

Al descubrir que estamos sumergidos en esa corriente de amor que es la Trinidad, o dicho de otro modo, que ese torrente de amor infinito que nace de la relación entre los Tres se vuelca en cada uno de nosotros, nos damos cuenta de que este don infinito exige una respuesta muy distinta a una moral determinada por muy exigente que sea. No se nos pide que hagamos algo para que ese amor esté en nosotros, sino que se nos anuncia que ese amor ya está en nosotros, ya habita y actúa en nosotros porque se nos ha dado. Y ese don inabarcable nos está pidiendo una respuesta mucho más fuerte que cualquier moral:

Este amor está en nosotros. Es mucho más grave que decir: tiene que estar en nosotros. Nuestra responsabilidad es mayor por saber que está en nosotros, y que debemos dejarle hacer. Eso es lo que se nos ofrece. Todo lo que se nos pide es no dejarlo pasar y no ahogar demasiado este germen que desea desarrollarse (Molinié, El coraje de tener miedo, 37).

Volvemos, pues, al tema principal que queremos asimilar con estas reflexiones abordándolo desde múltiples puntos de vista: «Dejaos hacer»[4]. Ahora podemos comprender mejor que tenemos que dejarnos hacer por el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones[5], que va más allá del hecho de que «Dios nos ama», porque descubrimos que hemos sido introducidos en la corriente infinita de amor que hay entre los Tres. ¿Qué se puede hacer para alcanzar o comprar ese amor? Nada[6]. Pero ¡lo tenemos! Entonces tenemos que dejar que actúe, tenemos que permanecer en él, tenemos la responsabilidad de no oponernos a él, no arrinconarlo, no hacer ineficaz ese regalo tan infinito como inmerecido. Y eso, que sería indigno reducir a unos sencillos mandamientos que aseguran la salvación, se resume en «dejarnos hacer», y tiene infinidad de consecuencias prácticas y concretas. Quizá la primera consiste en dar la vuelta a nuestro afán de hacer (no exento de orgullo y de esterilidad) y empezar a dar importancia a actividades y actitudes olvidadas y despreciadas:

Dar la preferencia a Dios en nuestra vida querrá decir dar la preferencia a esta pasividad. Cierto número de palabras toman su sentido a partir de ahí: silencio, espera, paciencia, consentimiento, «dejarse hacer»; todo eso tiene un valor porque es solamente eso lo que nos permite recibir a Dios y reflejar el infinito. Nuestra vida es la historia de la batalla entre nuestra actividad y el silencio (Molinié, El coraje de tener miedo, 39).

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Se puede entonces comprender por qué el combate espiritual es a la vez tan sencillo y tan complicado. El secreto del Evangelio es algo extremadamente sencillo, porque es la vida divina: no tenemos ni que fabricarla ni que correr tras ella, basta con dejarla crecer en nosotros, con dejarla hacer, con dejarse hacer por el poder formidable que la hace crecer.

Es la más pequeña de todas las semillas. Pero si nosotros no le ponemos obstáculos, ella se encargará de invadirnos. No tendremos que trazar planos para obtener esta invasión, ella se impondrá a nosotros, no tendremos más que seguirla y esto será suficientemente sofocante, pues las exigencias internas de esta invasión irán infinitamente más lejos que todo lo que los hombres pueden pedirnos..., mucho más lejos incluso que nuestros sueños de perfección.

Este germen se ahoga en nuestras tinieblas y nos dice: «Dejadme respirar, no puedo continuar en un corazón de piedra, estoy a la puerta y llamo...», pero desde dentro, como un náufrago que golpea el casco de los restos de un naufragio, donde está encerrado. No es un ideal, es una realidad: es un hecho que la Palabra resuena en nuestro corazón para pedir «la salida», como un pollito pide salir del cascarón cuando su hora ha llegado (Molinié, El coraje de tener miedo, 21-22).

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Preferir una obra humana a una obra divina es renunciar a hacer todo porque se quiere hacer algo. Sólo hay una manera de hacer todo: dejarse hacer completamente por Dios. Entonces nuestra acción tendrá las dimensiones de la suya, será tan amplia «como las orillas del mar»... (Molinié, Nacer de nuevo, IV, 2)[7].

La respuesta que Dios espera de nosotros es «pasiva» si se quiere, pero no cómoda o fácil, porque requiere una actitud muy concreta y una respuesta que tenemos que dar consciente y libremente. Dejarnos hacer no nos resulta fácil:

Una madre tenía dos hijos, uno de cuatro años y otro de siete. Ella jugaba a menudo a hacerles girar en torno a ella agarrándolos por las muñecas. Un día les dice: «Hace mucho tiempo que no jugamos a dar vueltas. ¿Vamos a jugar?» El más pequeño responde inmediatamente: «Oh, ¡sí, sí!...», pero el mayor: «De acuerdo, pero no irás más de prisa de lo que yo quiera.» El más pequeño era todavía un místico; el mayor había dejado de serlo. Había «rebasado» el espíritu de infancia, quería ser «mayor y responsable» (Molinié, El coraje de tener miedo, 42-43).

 

Niño disfrutando del juego

 

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Somos como los nadadores que se hunden y que tratan desesperadamente de subir a la superficie. Es justamente lo que no hay que hacer: es preciso hundirse, es preciso dejarse caer hasta el fondo, y solamente entonces se podrá remontar de profundis. Nunca estamos suficientemente en el fondo. Una oración que viene de profundis es siempre acogida inmediatamente porque surge de lo hondo de nuestra miseria y angustia. Por eso Dios nos pone en un aprieto, porque desea acogernos. Todos tenemos nuestra herida interior, como Jacob: esta herida es el medio providencial de que Dios quiere servirse para acogernos... (Molinié, El coraje de tener miedo, 47. El subrayado es nuestro).

Si nos tomamos en serio la revelación de la vida trinitario que se nos ofrece, no podemos pensar que la contemplación y la mística son un añadido o un lujo en la vida cristiana, porque es el desarrollo normal de la vida divina en la que estamos injertados. Despreciar la mística, entendida como el desarrollo de la vida divina en nosotros, es olvidar un elemento fundamental del Evangelio:

Lo que me duele, cuando oigo atacar la vida mística, es que no puedo evitar sentir que hay ahí un reflejo contra Jesucristo mismo, pues la vida mística es verdaderamente su voluntad: «María ha elegido la mejor parte, y ésta no le será arrebatada... », y ¿qué es, pues, ese fuego que él ha venido a arrojar sobre la tierra? Él no pide acciones extraordinarias ni lanzarse a una ascesis terrible, sino dejarse hacer por su amor, por este médico que nos ofrece las purificaciones, por el virus trinitario que nos trabaja en lo más íntimo, por la Eucaristía que es todo eso a la vez (Molinié, El coraje de tener miedo, 165-166).

Es más, lejos de ser improductivos, los contemplativos son los que tienen la verdadera respuesta a la situación del mundo:

Hay períodos en que Dios permite que todo se venga abajo, para que se vea bien que por sí mismo nada se tiene en pie. Eso no debería desconcertarnos (Molinié, El coraje de tener miedo, 41).

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No son los gobiernos, ni los genios, ni los hombres de acción los que sostienen la humanidad: son los adoradores […] Frente a este mundo cuyos valores se vienen abajo, si buscáis con fiebre e inquietud lo que hay que hacer, no habéis comprendido que Dios quiere ser el único en salvarnos: va en ello su gloria. Cuando uno se apoya sobre la acción o sobre los valores naturales, ataca la gloria de Dios.

Dicho de otra manera, debemos aceptar ser místicos, en el sentido auténtico de la palabra, es decir, seres que han penetrado en un secreto, el secreto de nuestro amigo, de nuestro salvador. Este secreto es la vida trinitaria, y para entrar en él es necesario llevar una vida en la que no hagamos pie... Esa es toda la sal de la vida mística (Molinié, El coraje de tener miedo, 42).

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Decir que Dios nos salva asociándonos al banquete de los intercambios trinitarios, significa en la práctica que hace de nosotros místicos y contemplativos. Estas dos palabras son peligrosas, porque son ricas en malentendidos; pero son insustituibles para definir lo que significan en concreto los términos puramente doctrinales, y en consecuencia mucho menos comprometedores, de vida sobrenatural y trinitaria.

La palabra «mística» evoca evidentemente a primera vista lo que llamamos, en la vida de los santos, los «dones extraordinarios». Cualquiera que sea la relación de estos dones ‑también los consuelos más banales que visitan normalmente de vez en cuando la vida de un cristiano‑ con la realidad profunda de la vida mística, estos dones no son la vida mística. Ésta es perfectamente compatible con la ausencia de todo «sentimiento de la presencia de Dios»; puede ignorarse a sí misma, y no saber en absoluto que merece el nombre de mística, si falta la cultura y la introspección necesarias para esa toma de conciencia; como ese campesino del Cura de Ars que no encontraba otros términos para definir su oración que: «Yo le miro y él me mira»... A veces el sujeto podría decir todavía menos, encerrado en un silencio invencible porque no tiene la flauta, de la que habla Alfredo de Vigny, para permitirle cantar lo que siente, a los otros y a sí mismo. Así una adolescente que despierta vagamente al sentimiento del amor puede ignorar durante mucho tiempo lo que le pasa y sólo tener conocimiento de un malestar indefinible al que no sabría ponerle nombre.

¿Qué diferencia hay, pues, entre la vida mística y la de un cristiano ordinario? Solamente una diferencia de intensidad: si tenemos que ser invadidos ya en este mundo por las profundidades de la vida trinitaria, es difícil no enterarse de algo cuando esta invasión se vuelve seria y el fuego encendido por la gracia empieza a abrasar de una vez por todas. Ciertas palabras adquieren entonces una resonancia particular: las de los grandes atributos divinos o las de los grandes momentos de la regeneración en el Espíritu Santo (paz, luz, amor, alegría... pero también renuncia, sacrificio, abandono; e incluso exilio, gemido, deseo...) (M.-D. Molinié, El combate de Jacob, 65-66; la cursiva es del autor).

La verdadera paternidad de Dios

 

Padre jugando con su hijo

 

Cuando comprendemos que el amor de Dios consiste en el ofrecimiento del mismo amor que se da entre las tres personas de la Trinidad, una de las consecuencias más importantes es que ya no podemos entender la paternidad de Dios en un sentido vago, como una simple metáfora, ni podemos adjudicar a Dios simplemente la función de bendecir lo que nosotros consideramos como normal:

Hay un Dios que los cristianos dicen ser su Dios, que no es Padre más que en sentido amplio, y viene a coronar desde muy arriba (lo más lejos posible) una vida fundada sobre los valores humanos. Este Dios ha muerto, no el Viernes Santo, sino la tarde de la caída. Sólo el Dios Salvador no ha muerto, sólo el Padre en sentido estricto responde, y cuando no nos responde es porque no queremos dirigirnos a Él (Molinié, El coraje de tener miedo, 41).

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«La vida eterna es que ellos te conozcan...» Conocer al Padre es experimentar su paternidad: no es una paternidad vaga, sino una paternidad divina, una paternidad en sentido estricto. Todas las religiones tienen el presentimiento de la paternidad de Dios, pero este presentimiento no basta, es necesario mucho más (Molinié, El coraje de tener miedo, 38).

Nosotros somos hijos de Dios, no en un sentido amplio, sino real y concreto somos hijos en el Hijo[8], entramos en la Trinidad porque el Padre nos convierte en hijos suyos, injertándonos y transformándonos en su Hijo[9].

Dios nos engendra por adopción tan estrictamente como engendra su Palabra por naturaleza: nosotros devenimos sus hijos en sentido estricto, y no meramente sus hijos, sino el Hijo de Dios; no hay más que uno. Cuando Dios pierde a uno de nosotros porque dejamos de amarle, pierde a su Hijo; hay un rostro de su Hijo que ha muerto en nosotros (Molinié, El coraje de tener miedo, 40. La cursiva es del autor).

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Así, desde que Jesucristo habló, para saber lo que somos y acoger lo que nos llega, debemos mirar el Amor infinito que circula entre el Padre y el Hijo en la Trinidad, porque este Amor es el que pesa sobre nosotros. Somos hijos adoptivos, dirá san Pablo y toda la tradición cristiana; pero aquí hay mucho más que una adopción en el sentido habitual de la palabra, ya que la adopción humana no tiene el poder de formar a los que elige a semejanza perfecta del hijo legítimo: «La prueba de que sois hijos, es que Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba! ¡Padre!» (Gál 4,6). Vemos que se requiere la revelación trinitaria completa para comprender la profundidad de la paternidad divina respecto a nosotros. El Espíritu Santo no hace de nosotros hijos añadidos, mantenidos todavía a distancia por el abismo infranqueable que separa lo creado de lo increado, la naturaleza humana de la naturaleza divina: inscribe en nosotros el rostro único del Hijo, no otros rostros más o menos parecidos al modelo, sino ese mismo rostro, nacido ‑como hemos dicho‑ de las entrañas del Padre, reflejado por una multitud de elegidos con miles de modulaciones, de modo que Jesús llegue a ser realmente «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29) (M.-D. Molinié, El combate de Jacob, Madrid 2011 (Paulinas), 32-33).

Este realismo de nuestra filiación divina hace que el espíritu de infancia no se reduzca a una ficción piadosa para almas acarameladas, del estilo de imaginar que somos niños pequeños en brazos de un Dios que nos ama como un padre cariñoso.

El espíritu de infancia también es trinitario: no es una actitud pueril sino el eco del Espíritu de Jesús diciendo eternamente: «Abba, Padre» (M.-D. Molinié, El combate de Jacob, 84).

El espíritu de infancia define nuestra realidad y nuestra relación con Dios porque somos sus hijos, porque hemos sido colocados en el lugar del Hijo y así entramos en la familia trinitaria, como hijos en el Hijo:

El espíritu de infancia no es una actitud piadosa que tomamos para ser bien educados: es el alma del Verbo, es el Espíritu Santo. El primero que tiene el espíritu de infancia es el Verbo, y este camino de infancia espiritual no es un camino a bajo precio, es el secreto de Cristo. Sólo el espíritu de infancia puede escrutar las profundidades del Padre. Ahora bien, nosotros tenemos el deber de escrutarlas, no tenemos derecho a quedarnos en la paternidad en sentido amplio (Molinié, El coraje de tener miedo, 40).

 

Niño besando a su padre

 

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NOTAS

[1] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, III, La Trinité, Paris 2001 (Téqui), 13.

[2] M.-D. Molinié, La Trinité, 48-50.

[3] M.-D. Molinié, La Trinité, 152-154.

[4] Véase lo dicho en «La única tarea».

[5] «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

[6] «Quien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable» (Ct 8,7).

[7] Naître de nouveau, d’après le Père Molinié, Pneumathèque 1994, 3ª ed. (Burtin), 32.

[8] El realismo de esta filiación recorre el Nuevo Testamento: «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios» (Jn 1,12-13); «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él» (cf. Ga 3,26-29; 4,4-7); «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1Jn 3,1-2)..

[9] El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume de este modo: «[El misterio pascual] realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: "Id, avisad a mis hermanos" (Mt 28, 10; Jn 20,17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección» (654); «La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia» (1997) (Los subrayados son nuestros).