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M.-D. Molinié

El coraje de tener miedo

Dejarse hacer

 

Padre lanzando a su hijo a lo alto

 

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¿De qué hay que tener miedo?

No tengamos miedo de los demás, del mundo, de la vida. Tengamos miedo de nosotros. No de lo que nos da miedo generalmente: nuestra debilidad, nuestras faltas, nuestras caídas (eso no es temible, la naturaleza humana es así); lo que hay que temer es lo que Jesús reprocha a los apóstoles después de la resurrección: «Tenéis el corazón duro... porque no creéis que he resucitado. No lo creéis porque es demasiado hermoso» (Molinié, El coraje de tener miedo, 9-10).

La propuesta cristiana no consiste en vivir en el miedo. De hecho el Señor nos insiste una y otra vez diciendo: «No tengáis miedo» (Mt 10,31; 14,27; 28,10). Pero también Jesús nos enseña lo que debemos temer: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna» (Mt 10,28).

En esa misma línea, descubrimos lo que debemos temer y lo que sí puede hacernos verdadero daño. Curiosamente no tenemos que temer lo que normalmente nos provoca miedo: el ambiente que nos rodea, la sociedad en la que vivimos. Ni siquiera tenemos que temer nuestra debilidad o el mismo pecado. Eso es negativo, pero tiene solución, no puede dañarnos en lo esencial. Lo que realmente puede hacernos realmente daño es nuestra falta de docilidad y flexibilidad ante la acción de Dios.

Y también es sorprendente descubrir que nos obstinamos porque no creemos; pero no en un evangelio exigente, duro o difícil, sino en un evangelio «demasiado hermoso». Paradójicamente nos cuesta más creer las buenas noticias que las malas, desconfiamos más de las ofertas generosas que de las costosas. Y lo mismo hacemos con Dios: nos cuesta creer en la belleza, en la gratuidad y en la eficacia de la presencia del Señor. Y por eso no nos dejamos hacer.

Y ¿por qué sucede esto?, ¿qué hay detrás de este endurecimiento?

En cuanto resulta demasiado hermoso, nos negamos a creer. Las cosas son mucho más fáciles de lo que creemos, pero se complican porque, sin darnos cuenta, nos empeñamos en que sean difíciles. Preferimos las cosas difíciles, con tal de que halaguen nuestro orgullo, a las cosas fáciles y humillantes (Molinié, El coraje de tener miedo, 9).

Lo que hay detrás es simplemente el orgullo: el orgullo del que prefiere intentar con sus propias fuerzas aquello de lo que no es capaz, pero que le permite aparecer ante los demás –y ante sí mismo- como alguien que lucha y se esfuerza; y se niega a pedir ayuda al que puede salvarle y a reconocer que no puede, que tiene que recibir, aunque así alcanzara fácilmente lo que es imposible para él.

El caso más claro es el de Naamán, el sirio (véase 2R 5,1-14), que está a punto de volver a su país sin ser curado de la lepra porque lo que le propone Eliseo es demasiado fácil y humillante:

Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: «Lávate y quedarás limpio»! (2R 5,13).

Nosotros preferimos una cosa difícil, dura... que no tiene resultado, a creer que Dios nos propone algo fácil y eficaz, pero que no hacemos nosotros, que tenemos que pedir... y que hiere nuestro orgullo.

Podríamos citar en positivo la humildad de la mujer cananea, que sabe que sólo puede encontrar la salvación de su hija en Jesús y está dispuesta a humillarse. No es extraño que le diga: «Mujer, qué grande es tu fe» (Mt 15,28).

Éste miedo al orgullo es lo que le hace decir a santa Teresa del Niño Jesús:

Por la noche, durante Maitines, le pregunté qué entendía ella por «ser siempre una niñita delante de Dios». Me respondió:

«Es reconocer la propia nada y esperarlo todo de Dios, como un niñito lo espera todo de su padre; es no preocuparse por nada, ni siquiera por ganar dinero. Hasta en las casas de los pobres se da al niño todo lo que necesita; pero en cuanto se hace mayor, su padre se niega ya a alimentarlo y le dice: Ahora trabaja, ya puedes arreglártelas tú solito.

Precisamente por no oír eso, yo no he querido hacerme mayor, sintiéndome incapaz de ganarme la vida, la vida eterna del cielo. Así que seguí siendo pequeñita, sin otra ocupación que la de recoger flores, las flores del amor y del sacrificio, y ofrecérselas a Dios para su recreo.

Ser pequeño es también no atribuirse a sí mismo las virtudes que se practican, creyéndose capaz de algo, sino reconocer que Dios pone ese tesoro en la mano de su hijito para que se sirva de él cuando lo necesite; pero es siempre el tesoro de Dios. Por último, es no desanimarse por las propias faltas, pues los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño» (Santa Teresa del Niño Jesús, Cuaderno amarillo, 6.8.8).

 

Niño con los brazos en alto

 

Esa pequeñez y flexibilidad se puede manifestar a través de actos pequeños que son radicalmente opuestos al orgullo de realizar actos difíciles en los que brille nuestro yo:

Cuando la Iglesia invita a llevar la Medalla milagrosa, es algo de este tipo: un acto que no significa nada, que por sí mismo no va a haceros avanzar en la vida espiritual. Pero precisamente proclamamos nuestra impotencia a avanzar en la vida espiritual por nosotros mismos: esta simple proclamación, por el hecho de que obedece a una invitación de la Virgen, es una obediencia pobre y fácil. Y precisamente lo fácil es lo que resulta difícil. ¡Qué de batallas en este asunto por parte de los «sabios y entendidos!». ¿Por qué una medalla? Como decía Naamán, el sirio: «¡Para qué bañarse en un río de Judea, no los hay en Siria!» «Si el profeta te hubiera pedido cosas difíciles, las habrías hecho; pero te pide cosas fáciles, entonces no crees». Precisamente porque es demasiado fácil.

Por tanto hace falta realizar actos pobres, sin dificultad material, pero que significan la voluntad y la alegría de no actuar por uno mismo. Esta no es la fe poderosa de la Cananea, es la fe como un grano de mostaza, que sin embargo desplaza montañas.

Buscamos cosas difíciles porque buscamos cierto lustre, cierto brillo, haber hecho por lo menos un esfuerzo por nosotros mismos: no se trata de eso. Cuanto más fácil es el acto, más verdadero es desde el punto de vista de la obediencia. En última instancia, es estúpido... Aceptar que un acto no tenga otro sentido que el de obedecer es además el acto de amor más puro que podáis hacer. Es posible que toda nuestra vida -nuestra vida mística y finalmente nuestra vida eterna- se juegue en torno a una aceptación de este tipo (Moilinié, Prisioneros del infinito, cap. IX)[1].

La única tarea

No hay por qué tener otra preocupación más que ésta: «¿Voy a dejar hacer a Jesucristo?» Dejémonos cambiar, dejémonos convencer de que las cosas no son como nos las hemos imaginado… (Molinié, El coraje de tener miedo, 8-9).

Aquí encontramos una intuición profundamente evangélica que nos indica la única tarea de la vida cristina, y que Molinié resume en una sola frase: «Dejaos hacer». Es Dios el que puede realizar en nosotros la salvación y la transformación, pero hay algo que nosotros tenemos que hacer, sencillo y pobre, pero absolutamente necesario. Entender en qué consiste «dejarnos hacer» nos hace esquivar el orgullo farisaico del que se quiere salvar a sí mismo con sus esfuerzos y méritos y, en el polo opuesto, el quietismo y el fideísmo en el que cae el que cree que no tiene que hacer nada para salvarse.

 

Alfarero modelando el barro

 

Podríamos definir este «dejarse hacer» como levantar el piececito ante la escalera de la perfección imposible de subir:

Usted me hace pensar, decía Teresa del Niño Jesús a una novicia, en un niño pequeño que empieza a tenerse en pie, pero no sabe andar todavía. Quiere a toda costa llegar a lo alto de una escalera para encontrar a su mamá y levanta su piececito para subir el primer escalón. ¡Esfuerzo inútil! Se cae siempre sin poder avanzar. Pues bien, sea usted ese niño pequeño; por medio de la práctica de todas las virtudes, levante siempre su piececito para subir la escalera de la santidad, y ¡no se imagine que podrá subir siquiera el primer escalón! No. Pero Dios sólo le pide la buena voluntad. Desde lo alto de esa escalera, él la mira con amor. Pronto, vencido por sus esfuerzos inútiles, bajará él mismo, y, tomándola en sus brazos, la llevará a su Reino para siempre, donde no le dejará ya. Pero, si usted deja de levantar su piececito, la dejará mucho tiempo sobre la tierra» (Santa Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma)[2].

Pero se puede intentar explicar de otro modo:

Para ayudarnos a comprender esto, disponemos hoy de una comparación completamente excepcional: el nuevo deporte del windsurf, capaz de soportar el peso de un hombre sobre el mar, con una vela que tiene que manejar para captar el viento y recorrer a veces kilómetros dejándose llevar. Es exactamente caminar sobre las aguas. La moral que Lutero critica (y Teresa del Niño Jesús tan vigorosamente como él, lo repito) es la que pretende caminar sobre las aguas sin vela y sin viento. O mejor dicho, la que intenta franquear nadando a braza la misma distancia, y a la misma velocidad que el hombre que dispone de una vela. Es evidente que esto es una locura que lleva a la desesperación: la salvación no consiste en nadar, sino en mantenerse en pie de tal forma que el viento nos lleve...Pero el subjetivismo de Lutero se dejó fascinar por el acto de fe que renuncia a nadar, exaltó exclusivamente este acto de fe... olvidando sencillamente que existe también una tabla, el viento, el agua, y los kilómetros efectivamente recorridos. El que se deja llevar acomete realmente una obra, la única que triunfa: primero porque atraviesa distancias considerables; y después, porque acomete esfuerzos no menos considerables para mantenerse en el viento. Sencillamente, sus esfuerzos son de un orden totalmente distinto que los de la natación, son esfuerzos para mantenerse pasivo bajo la moción del viento; y esta diferencia justifica la insistencia de Teresa con Lutero y san Pablo sobre la naturaleza original de lo que se nos pide: «No es una cuestión de esfuerzos ni de récords, sino de Dios que se enternece» (Rm 9,16).Sin embargo, ciertamente hay un esfuerzo, una lucha en todos los instantes cuyos frutos son espectaculares: pero es una especie de esfuerzo a la inversa, un esfuerzo para no oponerse a la acción del viento y para dejarse conducir por él. ¡Los que se suben a la tabla de windsurf saben algo de eso! Durante largas semanas pasarán horas buscando la posición correcta, con el único resultado de hundirse lamentablemente sin recorrer un metro: es exactamente lo que Teresa llama levantar su piececito esperando el ascensor, ante una escalera de la que no subirá ni un peldaño... pero al menos intentarlo... ...no levantamos nuestro piececito para subir un escalón, sino para adoptar la actitud que nos coloca bajo la moción del ascensor... La comparación teresiana no pone en evidencia por sí misma la diferencia absoluta entre el esfuerzo estéril que busca subir los peldaños y el esfuerzo fecundo que levanta el piececito para conseguir otra cosa. Mientras que en la tabla de windsurf está claro que no se trata de nadar ni de hacer avanzar la tabla ni un centímetro; pero también está claro que hay que hacer esfuerzos sobrehumanos (de otro tipo, es verdad) para colocarse bajo la moción del viento; y que estos esfuerzos pueden parecer estériles durante largos años (Molinié, Adoración o desesperación, nº 34)[3].

La dificultad de comprender

Dejaos hacer. No es muy original, no es muy difícil de practicar, pero es muy difícil de comprender (quiero decir comprenderlo de esa manera que hace que se practique). A pesar de lo que se dice a menudo, en la vida cristiana lo difícil no es la práctica, sino el comprender. Si no practicáis lo que digo, es que no lo comprendéis (yo mismo tampoco lo comprendo, por eso no lo practico) (Molinié, El coraje de tener miedo, 6).

No hay que despreciar la importancia de «entender» el Evangelio. No hay que dar por supuesto que lo entendemos y que resulta fácil comprender su mensaje. El signo más claro de que no lo comprendemos es que no lo vivimos. Porque el mensaje del Evangelio es una oferta de amor gratuito por parte de Dios tan clara y rotunda que es prácticamente imposible comprenderla y no practicarla. Por eso el Señor no deja de advertirnos de la importancia de «comprender»:

Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón (Mt 13,19).

Y, aunque hayamos escuchado muchas veces el Evangelio, incluso aunque lo enseñemos y lo expliquemos, no debemos engañarnos pensando que comprendemos:

Si alguien lee el Evangelio sin ser enteramente transformado, es que no lo ha comprendido (Molinié. El coraje de tener miedo, 14).

Desde luego no se trata del «entender» propio de los sabios que estudian la Palabra de Dios, la explican y, muchas veces, la manipulan, pero no la entienden «de esa manera que hace que se practique». Se trata de ese entender de los sencillos que comprenden la fuerza de la verdad del Evangelio y enseguida la ponen en práctica:

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños (Lc 10,21).

El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo (Mt 13,44).

Evidentemente es una comprensión que no es sólo intelectual:

Escribo pues estas Cartas para los que desean comprender el corazón de Dios, por medio de la inteligencia, pero más aún por medio del amor... Dicho esto, no puedo olvidar las palabras de Teresa del Niño Jesús: pueden recibirse grandes luces sin saber aprovecharse de ellas; parecido a los que mueren de hambre delante de un festín magnífico. Esto corresponde exactamente a lo que dice san Pablo de la fe que mueve montañas, y que no es nada sin la caridad. Y la caridad no consiste sólo en ser benévolo, ni tampoco servicial con los otros («si distribuyo mis bienes a los pobres y no tengo la caridad, no soy nada»), sino en comprender el corazón de Dios (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7)[4].

Se trata de comprender con el corazón la verdad del Evangelio y encontrar en él la vida eterna, y el camino que lleva a esa vida. Hay que recordar de nuevo las palabras del Señor para entender su profundidad:

¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos (Mt 7,13).

Es cierto que hay que esforzarse por entrar en la puerta estrecha, pero la dificultad no está tanto en el camino y en la puerta, sino en encontrarlos:

El camino estrecho que lleva a la vida no es tan difícil de subir, pero es difícil de encontrar; es tan pequeño, que sencillamente se corre el riesgo de no verlo: éste es el secreto del Reino de los Cielos. ¿Dónde está nuestra culpabilidad? En no buscar suficientemente la luz que nos permitiría descubrirlo (Molinié, El coraje de tener miedo, 7).

Nos pasa con la entrada en el reino de Dios lo mismo que les pasó a los conquistadores de Constantinopla:

La plaza se consideraba inexpugnable. Rodeada de triple muralla había sido capaz de resistir todo intento de conquista a lo largo de muchos siglos.

Para lograr su propósito, Mahomet no vacila en llevar a cabo las más audaces empresas. Pone en pie de guerra un ejército de ciento cincuenta mil hombres. Construye toda una artillería pesada, capaz de destrozar los fuertes muros protectores de Bizancio, cuyo traslado desde las lejanas tierras de Tracia parece hoy tarea increíble, que nada tiene que envidiar al viaje del obelisco desde Egipto hasta Roma. Pero otro hecho deja pequeño al que acabamos de reseñar. Un gran impedimento para el ataque a la ciudad es el Cuerno de Oro, especie de lengua de mar que protege el flanco de Constantinopla. Para llevar su flota hasta la misma bahía en que se asienta la ciudad, no duda Mahomet en llevar a cabo el genial proyecto de trasladar por tierra setenta embarcaciones de un mar a otro, a través de valles, montes y viñedos. De la noche a la mañana toda una flota está junto a Bizancio. Y llega el día del asalto final.

Ciento cincuenta mil hombres han de enfrentarse a los ocho mil defensores. Al grito de «Alá, Alá» se precipitan las tropas más inexpertas -auténtica carne de cañón- contra la muralla; su objetivo es sólo agotar a los bizantinos.

Tras la lógica carnicería vienen tropas selectas. Resisten bien los de dentro. Al final, Mahomet se pone al frente de sus tropas más escogidas; doce mil jenízaros, la elite de su ejército. ¿Podrán resistir los defensores?

Aquí viene lo inverosímil. Unos cuantos turcos logran penetrar por una de las brechas a través de la muralla exterior. Realmente, esto no significa nada. Lo más difícil está delante de ellos. Pero en un recorrido de inspección descubren la llamada «Kerkaporta», que ha quedado abierta por un error inexplicable. Es una portezuela para dar paso a los peatones durante las horas en que las puertas mayores permanecen cerradas. Por allí entran los jenízaros y Bizancio se hunde en medio del pánico; los turcos están dentro (J. Eugui, Anécdotas y virtudes).

Nuestra culpa no está en que no realicemos esfuerzos sobrehumanos para alcanzar la luz y la salvación, sino en que no buscamos la puerta estrecha y entramos por ella, teniendo en cuenta que ya se nos ha mostrado.

Ciertamente no es fácil entrar por la puerta estrecha, pero, en gran medida, no por el esfuerzo que hay que hacer para entrar por ella, sino por lo que nos sobra:

«Todavía tengo mucho que conseguir», decía una novicia. «Diga mejor que perder», respondía Teresa. Siempre tenemos demasiado equipaje para pasar por la puerta estrecha, estamos demasiado hinchados, intentamos subir, elevarnos, engrandecernos... (Molinié, La visión cara a cara, segunda parte, I, B)[5].

O tal vez porque nos empeñamos en emplear toda nuestra fuerza empujando una puerta, ¡que se abre hacia dentro!:

Permítaseme citar aquí el testimonio punzante como el de un Kafka convertido al cristianismo de un padre de familia sumergido en las actividades industriales del siglo xx, pero que usa de este mundo como si no usase de él, ya que su tormento está totalmente en otra parte: «La puerta que me separa de Dios está ahí. Antes, al principio, me abalanzaba contra esa puerta para derribarla, sin conseguirlo, naturalmente. En este juego me he agotado, sobre todo a partir del momento en que tomé claramente conciencia de la vanidad y de la inutilidad de este intento. Entonces, mis esfuerzos desordenados se transformaron. Ya no intento derribar la puerta, sino que estoy apoyado contra ella, de tal manera que hago siempre presión, incluso cuando, momentáneamente agotado, me derrumbo a los pies. A partir de estas palabras podemos imaginarnos una situación vivida desde hace mucho tiempo. La novedad consiste en que ahora realizo lo que antes comprendía intelectualmente, a saber, que: LA PUERTA SE ABRE EN EL OTRO SENTIDO y que estando siempre presionando por detrás, la fuerzo a permanecer cerrada; del otro lado, creo que Dios intenta abrirla. Es necesario que me aleje de la puerta, que deje el paso libre. Pero de tanto tiempo como hace que estoy en la posición de apoyar, estoy deformado y permanezco paralizado en la misma postura, empujando sobre la puerta sin querer (Molinié, El coraje de tener miedo, 88-89).

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NOTAS

[1] M.-D. Molinié, Prissonniers de l’infini, Paris 1977 (Du Cerf), 131-132.

[2] Histoire d'une âme, dite édition complète, 1937, p. 261. Testimonio recogido en el Cuaderno Rojo de sor María de la Trinidad: Soeur Marie de la Trinité, Une novice de sainte Thérèse (Souvenirs et témoignages présentés par Pierre Descouvemont), Cerf 1985, Paris, 110-111.

[3] M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir. Une catéchèse pour les jeunes... et les autres, Chambray 1989 (CLD), 201-203.

[4] M.-D. Molinié, Letrres du Père Molinié à ses amis, La douceur de n´être rien, Paris 2004 (Téqui), 1, 132.

[5] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, IV, La vision face à face et le régime du Ciel, Paris 2001 (Téqui), 114.