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Lectio divina

Lectio con el Salmo 9-10

 

Con los brazos abiertos entre flores amarillas

 

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1. Leer la Palabra (lectura)

a) La Palabra de Dios

Acción de gracias

9,2 (Álef) Te doy gracias, Señor, de todo corazón,

proclamando todas tus maravillas;

3 me alegro y exulto contigo,

y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.

Relato

4 (Bet) Porque mis enemigos retrocedieron,

cayeron y perecieron ante tu rostro.

5 Defendiste mi causa y mi derecho,

sentado en tu trono como juez justo.

6 (Guímel) Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío

y borraste para siempre su apellido.

7 El enemigo acabó en ruina perpetua,

arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.

Dios (himno)

8 (He) Dios está sentado por siempre

en el trono que ha colocado para juzgar.

9 Él juzgará el orbe con justicia

y regirá las naciones con rectitud.

10 (Vau) Él será refugio del oprimido,

su refugio en los momentos de peligro.

11 Confiarán en ti los que conocen tu nombre,

porque no abandonas a los que te buscan.

12 (Zain) Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;

narrad sus hazañas a los pueblos;

13 él venga la sangre,

él recuerda

y no olvida los gritos de los humildes.

Súplica

Petición

14 (Jet) Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;

levántame del umbral de la muerte,

15 para que pueda proclamar tus alabanzas;

en las puertas de la hija de Sión

gozaré con tu salvación.

Relato

16 (Tet) Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,

su pie quedó prendido en la red que escondieron.

17 El Señor apareció para hacer justicia,

y se enredó el malvado en sus propias acciones. (Sordina. Pausa)

Petición

18 (Yod) Vuelvan al abismo los malvados,

los pueblos que olvidan a Dios.

19 (Kaf) Él no olvida jamás al pobre,

ni la esperanza del humilde perecerá.

20 Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:

sean juzgados los gentiles en tu presencia.

21 Señor, infúndeles terror,

y aprendan los pueblos que no son más que hombres. (Pausa)

Súplica

 

En oración en medio de la pradera

 

Interpelación interrogativa

10,1 (9,22) (Lámed) ¿Por qué te quedas lejos, Señor,

y te escondes en el momento del aprieto?

El malvado

2 (23) En su soberbia el impío oprime al infeliz

y lo enreda en las intrigas que ha tramado.

3 (24) El malvado se gloría de su ambición,

el codicioso blasfema y desprecia al Señor.

4 (25) (Nun) El malvado dice con insolencia:

«No hay Dios que me pida cuentas».

5 (26) La intriga vicia siempre su conducta,

aleja de su mente tus juicios,

y desafía a sus rivales.

6 (27) Piensa: «No vacilaré,

nunca jamás seré desgraciado».

7 (28) (Pe) Su boca está llena de maldiciones, de engaños y de fraudes;

su lengua encubre maldad y opresión;

8 (29) en el zaguán se sienta al acecho,

para matar a escondidas al inocente.

9 (30) acecha en su escondrijo,

como león en su guarida,

acecha al desgraciado para robarle,

arrastrándolo a sus redes;

10 (31) se agacha y se encoge

y con violencia cae sobre el indefenso.

11 (32) Piensa: «Dios lo olvida,

se tapa la cara, no se entera».

Petición

12 (33) (Qof) Levántate, Señor, extiende tu mano,

no te olvides de los humildes.

Interpelación interrogativa

13 (34) ¿Por qué ha de despreciar a Dios el malvado,

pensando que no le pedirá cuentas?

Dios

14 (35) (Res) Pero tú ves las penas y los trabajos,

tú miras y los tomas en tus manos.

A ti se encomienda el pobre,

tú socorres al huérfano.

Petición

15 (36) (Sin) Rómpele el brazo al malvado,

pídele cuentas de su maldad,

y que desaparezca.

16 (37) El Señor reinará eternamente,

y los gentiles desaparecerán de su tierra.

17 (38) (Tau) Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,

les prestas oído y los animas;

18 (39) tú defiendes al huérfano y al desvalido:

que el hombre hecho de tierra no vuelva a sembrar su terror.

b) Notas para entender lo que se lee

 

El pergmino de la Ley

 

Antes de intentar aclarar la estructura del salmo debemos hacer dos comentarios iniciales:

1) Nos encontramos por primera vez con una forma de composición que se da en algunos salmos (y en otros textos del Antiguo de Testamento), que consiste en que cada versículo o cada estrofa comienza sucesivamente por una letra de del alfabeto hebreo (llamado alefato porque la primera letra es «álef»). Es como si en castellano el primer verso empezara con la «a», el segundo con la «b», el tercero con la «c» y así sucesivamente. En nuestras traducciones (y en la Liturgia de las Horas) se indica poniendo entre paréntesis el nombre de la letra hebrea con que empieza la sección: (álef, bet, guímel…). Esta forma de composición se denomina «artificio alfabético» y este tipo de salmos puede denominarse como «alfabético». Hay que señalar que este artificio literario suele dar como resultado un texto premioso, incoherente con frecuentes repeticiones y vueltas atrás en el desarrollo narrativo del tema[1].

2) A pesar de que en nuestras biblias (y en el texto hebreo) estamos ante dos salmos (9 y 10), en realidad estamos ante un único salmo. Por eso analizamos y oramos con los salmos 9 y 10 como una sola oración. a) La primera razón para considerarlos una unidad es que la estructura alfabética afecta a los dos salmos, como está señalado en el texto: el salmo 9 termina con la letra «kaf» y el salmo 10 sigue con la siguiente, «lamed», hasta la última, «tau». b) También aparecen temas y palabras repetidas en ambos salmos. c) La pausa que aparece en 9,21 nunca indica el final de un salmo, sino una pausa dentro del mismo. d) La traducción griega (llamada de los LXX) y la latina (Vulgata) tratan ambos salmos como uno solo, el salmo 9.

Ésta es la razón por la que las numeraciones de la Biblia y de la Liturgia (tanto de la Liturgia de las Horas, como de los leccionarios y del Misal) son diferentes a partir de este salmo. Lo que la Biblia numera como el Salmo 11, será para la Liturgia el salmo 10. Diferencia que continúa hasta el salmo 146 (con la excepción del salmo 115 en el que la diferencia son 2). Nuestras biblias suelen poner la numeración de la Vulgata y de la Liturgia entre paréntesis; por ejemplo, Salmo 11 (10). En nuestros comentarios siempre seguiremos la numeración de la Biblia. Como regla sencilla podemos decir que, cuando hay diferencia, la numeración de la Biblia es un número superior a la de la Liturgia.

Ya hemos dicho que el artificio alfabético proporciona al salmo repeticiones e incoherencias. Eso dificulta la tarea de decir qué tipo de salmo es Sal 9-10 y qué estructura tiene. Esta oración tiene elementos de acción de gracias y de súplica. No es extraño que se mezclen esos dos elementos. Esta mezcla puede explicarse de dos maneras:

-«Súplica confiada, que expresa ya desde el principio la confianza y la acción de gracias de antemano».

-«Acción de gracias, que cita la súplica precedente y transforma en enunciados generales la experiencia concreta»[2].

Esta distinción, que puede parecer demasiado teórica, nos abre dos caminos de oración: a) dar gracias a Dios recordando nuestra súplica y la respuesta de Dios; b) suplicar con tal confianza que anticipemos siempre la acción de gracias.

Aunque el esquema del salmo no está claramente definido, podemos ofrecer el siguiente para intentar orientarnos al leer este salmo y orar con él.

-El salmo comienza con una acción de gracias (9,2-13), que después de las fórmulas típicas para dar gracias a Dios («Te doy gracias, Señor…», 9, 2), da las razones de este agradecimiento en lo que Dios ha hecho (el relato de los vv. 9,4-7) y lo que Dios es (9,8-13, que tiene el tono de un himno).

-Sigue una súplica (9, 14-21), en la que se intercala un relato (9,16-17), que encaja con lo dicho en la sección anterior (9,4-7).

-El resto es una súplica, estructurada con dos preguntas que interpelan a Dios (10,1 y 10,13).

·Después de la primera pregunta sigue una larga descripción del malvado (10,2-11) del que el orante pide ser librado.

·Hay una clara petición en 10,12.

·Después de la segunda pregunta hay una descripción de lo que hace Dios (10,14).

·Se termina con la petición de 10,15-18.

Quizá, para entender y rezar con este salmo, nos ayude tener en cuenta los personajes que aparecen el Salmo 9-10[3]:

-Los enemigos (cf. 9,4.6-7.14.16-18.20-21; 10,2-11.13.15-16.18): son, a la vez, los israelitas perversos y los pueblos paganos. Atacan al inocente y desafían a Dios. El salmista sufre su ataque y se dirige a Dios para que le salve de ellos.

-Los inocentes oprimidos (9,10-13.(14-15).19; 10, 2.8-10.12.14.17-18): sufren la persecución de los opresores impíos. Son pobres, humildes e indefensos. Buscan a Dios y se dirigen a él para pedirle la salvación de los enemigos. Experimentan a veces la ausencia de Dios en la persecución. Son los que se alegran con la victoria de Dios y le dan gracias.

-Dios (9,2-14 (especialmente 8-11).17.19; 10,14.16-18): aparece especialmente como juez-salvador que ve la opresión del humilde y da sentencia para castigar al impío y salvar al inocente.

A lo largo de las notas que siguen aparecerán más matices de estos tres personajes y la relación que hay entre ellos. A nosotros nos sirve para contemplar a Dios, confiar en él y dirigirnos a él; para identificarnos con el inocente imitando sus actitudes; para descubrir el modo de actuar del malvado (tal vez el nuestro en algunas ocasiones).

 

Manos orantes con fondo amarillo

 

Podemos profundizar en algunos de los elementos del salmo:

-Acción de gracias (9,2-13):

·La acción de gracias de 9,2-3 está caracterizada por la intensidad («de todo corazón») y por la alegría («me alegro y exulto contigo»). Esta acción de gracias se acompaña con la música (los salmos se cantan desde su origen en el culto israelita). Las «maravillas» del Señor es lo que va a aparecer a continuación y en gran parte del salmo.

·En el relato de 9,4-7 aparece la acción de Dios que defiende al salmista de sus enemigos. Dios aparece como el juez justo, sentado en su trono. Es importante recordar que el juez en Israel no es sólo el que emite sentencias, sino el que salva de los enemigos (recuérdese el libro de los Jueces). En el v. 6 se pasa de considerar la acción de Dios con los enemigos del salmista a fijarse en la acción de Dios contra «los pueblos» (impíos, gentiles). La derrota definitiva del enemigo se expresa diciendo que se acaba su apellido y su nombre.

·Los vv. 9,8-13 generalizan aún más la acción de Dios-juez, que abarca las naciones y el orbe entero[4]. El Dios juez-justo es el refugio del oprimido en el peligro, como ha experimentado el salmista. Por eso, el hecho de que Dios esté sentado en su trono da confianza al oprimido. Dios es también el que «venga» la sangre, es decir, toma el papel del familiar más cercano que está encargado no sólo de vengar el homicidio, sino de socorrer a la viuda y al huérfano: el redentor. Para el oprimido es importante saber que (a pesar de las apariencias en algunas ocasiones) Dios «no olvida los gritos de los humildes» (v. 13) y «no abandona a los que lo buscan» (v. 11). El v. 12 repite el comienzo (v. 2-3) y de nuevo invita a cantar las «hazañas» (antes «maravillas») del Señor. Estos vv. nos ayudan a descubrir la fisonomía del oprimido, que conoce el nombre del Señor, lo busca, confía en él, canta en su honor, y se identifica con los humildes. Por lo tanto no estamos sólo ante alguien que tiene enemigos, sino a alguien que en su debilidad tiene una peculiar e intensa relación con Dios[5].

-Súplica (9,14-21):

·En la petición de los vv. 9,14-15 pide al Señor que mire la persecución que sufre, y que lo libre de un peligro mortal. La respuesta será la acción de gracias en Jerusalén[6] (de nuevo vemos la relación súplica-acción de gracias).

·En el relato (9,16-17) aparece como realizada la salvación: Dios ha hecho justicia. Hay que subrayar que, como en otras ocasiones, Dios no castiga directamente al malvado, sino que éste cae en su propia trampa[7].

·La petición de los vv. 9,18-21 amplía el horizonte de la petición de castigo a los enemigos que ahora son «los pueblos que olvidan a Dios», «los gentiles», «el hombre». Como 9,11-13, el v. 19 repite que Dios no se olvida del pobre-humilde, y por eso no pierde la esperanza. Ciertamente se pide la destrucción del malvado, y además que los que desprecian a Dios con orgullo (cf. 10,3-4.11.13) aprendan que sólo son hombres (v. 21, cf. 10,18).

-Súplica (10,1-18):

·La súplica comienza con una interrogación que puede parecer dura a nuestros oídos (10,1). No se trata tanto de una queja como de diálogo intenso con Dios[8]. No sólo se repite en este salmo (v. 13), sino en otras súplicas intensas como la del salmo 22, que Jesús reza en la cruz (Mc 15,34).

·La descripción del malvado (10,2-11) es amplia. Oprime al débil y al inocente (v. 2), acechándolo como hace una fiera (vv. 8-10). Es orgulloso, mentiroso y ambicioso (vv. 2-3.5-7). También se vuelve contra Dios (v. 3; cf. 9,18), no porque piense que Dios no existe[9], sino cree que Dios no se entera y no le pedirá cuentas (vv. 4.11), por eso está tranquilo a pesar de su maldad (v. 6). El malvado tiene una imagen de Dios opuesta a la del orante y de los pobres (cf. 9,4-13.19). Sólo una de estas dos imágenes es verdadera. El orante pone este retrato ante los ojos de Dios precisamente para que vea la situación del pobre indefenso, se acuerde y lo salve.

·A la descripción del malvado le sigue una súplica (10,12), para pedirle a Dios que actúe («levántate», «extiende tu mano»), para que no se cumpla lo que piensa el malvado (cf. 10,4.11.13) y se «acuerde» de los humildes (cf. 9,11.13.19; 10,14.17).

·De nuevo una interrogación fuerte como forma intensa de súplica (10,13; cf. 10,1). La primera interpelación interrogativa daba paso a la descripción del malvado, ahora le sigue una descripción de la acción de Dios (v. 14).

·El salmista opone a los pensamientos, planes y acciones de los malvados, lo que hace Dios (10,14): el Señor ve la aflicción y responde al desamparado. Este «pero tú» marca la oposición entre Dios y los malvados, entre la falsa imagen de Dios y la verdadera, entre la desolación del presente y la esperanza para el futuro. La clave de la esperanza, que mueve la petición, es lo que Dios es (cf. 9,8-13) Es una proclamación de fe, basada en la experiencia del salmista (cf. 9,4-5) y del pueblo de Dios que ha experimentado sus maravillas (cf. 9,2.12). Esta proclamación da paso a la petición final y a la proclamación de la esperanza (vv. 15-18).

·La petición que cierra el salmo (10,15-19) es fuerte: rómpele el brazo, que desaparezca. Para el salmista no hay más posibilidad que desaparezca el que es su enemigo y enemigo de Dios[10] (cf. 9,4.6-7.13.16.18.21) porque, si no, él mismo perecerá. Esa era la experiencia del que sufría la persecución tanto del enemigo personal como de los pueblos enemigos. En medio de la petición, aparece la proclamación de Dios como rey (el rey juez que aparece en la primera parte del salmo, cf. 9,5.8-9)[11] y la proclamación de que el enemigo no es un dios, sino un «hombre hecho de tierra» (cf. 9,21)[12].

c) Lectura cristiana del salmo

 

Rostro de Jesús orante

 

No encontramos referencias a este salmo en el Nuevo Testamento, salvo una alusión en Rm 3,14 para describir el pecado de judíos y gentiles: «su lengua rebosa malicia y amargura» (cf. Sal 10,7: «Su boca está llena de maldiciones, de engaños y de fraudes; su lengua encubre maldad y opresión»).

Para orar con este salmo desde nuestra perspectiva de cristianos podemos intentar relacionar este salmo con Cristo de diversas maneras:

-Jesús enseña a pedir al Padre que venga su reino y nos libre del enemigo (Mt 6,10.13), del mismo modo que el salmista espera que Dios reine eternamente y venza a los malvados (Sal 9,9; 10,16).

-Cristo es el Rey (tal como dice el título de la cruz -Mc 15,26- y como proclama él mismo ante Pilato -Jn 18,37-) y Juez justo (cf. Mt 25,31ss) que desde su trono, la Cruz, defiende la causa del pobre y lo salva (cf. Sal 9,5), cuyo reino no tendrá fin (cf. Lc 1,33 y Sal 10,16).

-A lo largo del Evangelio Jesús escucha los deseos de los humildes (Sal 10,17), ve las penas (Sal 10,14), y se muestra refugio del oprimido (Sal 9,10; cf. Mt 11,28). Jesús es el rostro del Dios Salvador que describe el salmo, aunque lleva esa salvación a una plenitud inesperada:

·No sólo toma en sus manos las penas y los trabajos, sino que «tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,17, citando a Isaías), hasta aceptar la cruz.

·No sólo defiende al huérfano y al desvalido (Sal 10,18), sino que se identifica con él (Mt 25,31ss).

-También se puede identificar a Cristo como el justo perseguido injustamente hasta la muerte de cruz, al que Dios escuchó (Sal 10,37; Hb 5,7), a pesar de las pretensiones de los enemigos (Sal 10,11; Mt 27,43), y el Padre lo levantó del umbral de la muerte (Sal 9,14) con la resurrección.

Es cierto que nos cuesta hacer nuestras algunas peticiones del salmo desde la enseñanza evangélica del perdón y la oración por el enemigo (Mt 5,38-45):

Vuelvan al abismo los malvados, los pueblos que olvidan a Dios (9,18).

Señor, infúndeles terror (Sal 9,21).

Rómpele el brazo al malvado, pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca (10,15).

Aunque sí podemos dar un contenido cristiano a otras:

Aprendan los pueblos que no son más que hombres (Sal 9,21).

Que el hombre hecho de tierra no vuelva a sembrar su terror (Sal 10,18).

Como en otros salmos en que aparecen los enemigos, podemos hacer nuestras estas duras peticiones de varias maneras:

-Recordando que hay un enemigo, el diablo, del que siempre debemos pedir su derrota total.

Si, cuando leemos o cantamos estos pasajes y otros semejantes presentes en los libros sagrados no los consideráramos como escritos únicamente contra los espíritus del mal, que nos tienden emboscadas noche y día, no sólo no seríamos edificados en modo alguno, ni conducidos a más paciencia y dulzura, sino que concebiríamos sentimientos de dureza incompatibles con la perfección evangélica. Nos enseñarían a no orar nunca por nuestros enemigos, a no amarlos en absoluto; además nos impulsarían a detestarlos con un odio implacable, a maldecirlos y a dirigir nuestras plegarias contra ellos sin cesar (Casiano, Conferencias, VII, 21).

-Que de los otros enemigos podemos pedir que sean derrotados como Cristo venció al perseguidor Pablo, con su conversión: desapareció el enemigo y apreció el apóstol y amigo de Cristo.

-Pidiendo que terminen las violentas persecuciones que sufren tantos cristianos en el mundo. No pidiendo el mal para los perseguidores, pero sí pidiendo que nos libre del mal.

Aunque no se trata de una lectura propiamente cristiana del salmo, tenemos que señalar que este salmo nos permite rezar en una situación que es muy frecuente en los cristianos de nuestro tiempo, que como el salmista y los pobres del salmo sienten el ataque a los fundamentos de su fe y su esperanza. El pobre desvalido no sólo sufre la persecución del enemigo (9,14; 10,2.8-10), o al escuchar las blasfemias contra Dios (10,3; 9,18), sino al ver socavado el fundamento de su esperanza al oír que Dios no se entera de su aflicción (10,11), al sentir que Dios está lejos y no actúa (10,1.13). El salmo expresa bien que su fe se pone a prueba por la persecución del enemigo que actúa impunemente y reta a Dios, especialmente en las dos preguntas:

¿Por qué te quedas lejos, Señor,

y te escondes en el momento del aprieto? (10,1).

¿Por qué ha de despreciar a Dios el malvado,

pensando que no le pedirá cuentas? (10,13).

El mal en el mundo y la arrogancia de los que se oponen a Dios también hace sufrir a los creyentes de hoy por el silencio de Dios. Por eso también es necesario para nosotros reafirmar la fe en Dios, rey-juez justo y salvador (9,8-9; 10,16), y reavivar la confianza en un Dios que ve y actúa (9,10-11.13.19; 10,14.17-18). Y oponer a la acción del mal y al reto a Dios, lo que sabemos de él, lo que hemos experimentado:

Pero tú ves las penas y los trabajos,

tú miras y los tomas en tus manos.

A ti se encomienda el pobre,

tú socorres al huérfano (10,14).

2. Rumiar la Palabra (meditación)

 

Pájaros en la mano

 

Entramos en el terreno en el que sólo podemos ofrecer sugerencias. Cada uno tendrá que releer y repetir el salmo ante Dios hasta que se iluminen esas palabras que Dios quiere que convirtamos en nuestro alimento y en nuestra oración. Pero quizá sea útil ofrecer algunas pistas, no para eliminar la meditación (rumia-repetición) que cada uno debe hacer del salmo, sino para iluminarla y enriquecerla si lo necesita. Una vez que encontremos esas palabras, aunque no estén entre las que señalamos, podremos prescindir de las demás, por lo menos hasta otra ocasión.

La variedad del salmo nos permite repetir oraciones de muy diverso tipo, que pueden encajar o no en nuestro estado de ánimo o en la oración que el Señor quiere hacer surgir en nosotros:

-Acción de gracias:

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,

proclamando todas tus maravillas;

me alegro y exulto contigo,

y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo (9,2-3).

Defendiste mi causa y mi derecho (9,5).

Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;

narrad sus hazañas a los pueblos (9,12).

El Señor apareció para hacer justicia (9,17).

-Adoración y alabanza:

Dios está sentado por siempre

en el trono que ha colocado para juzgar (9,8).

-Confianza:

Él juzgará el orbe con justicia

y regirá las naciones con rectitud.

Él será refugio del oprimido,

su refugio en los momentos de peligro.

Confiarán en ti los que conocen tu nombre,

porque no abandonas a los que te buscan (9,9-11).

Él recuerda

y no olvida los gritos de los humildes (9,13).

Él no olvida jamás al pobre,

ni la esperanza del humilde perecerá (9,19).

Pero tú ves las penas y los trabajos,

tú miras y los tomas en tus manos.

A ti se encomienda el pobre,

tú socorres al huérfano (10,14).

Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,

les prestas oído y los animas;

tú defiendes al huérfano y al desvalido (10,17-18).

-Súplica:

Piedad, Señor; mira cómo me afligen mis enemigos;

levántame del umbral de la muerte,

para que pueda proclamar tus alabanzas (9,14).

Levántate, Señor, que el hombre no triunfe (9,20).

Levántate, Señor, extiende tu mano,

no te olvides de los humildes (10,12).

Que el hombre hecho de tierra no vuelva a sembrar su terror (10,18).

-Interpelación intensa:

¿Por qué te quedas lejos, Señor,

y te escondes en el momento del aprieto? (10,1).

3. Responder a la Palabra (oración)

 

De nuevo nos encontramos en el terreno de las sugerencias, porque según haya sido el fruto de la meditación, lo que Dios haya iluminado en el salmo y se haya descubierto como Palabra de Dios para mí en este momento, así ha de ser la oración que se dirige a Dios.

Cuando hacemos lectio con un salmo, lo que nos puede subrayar el Espíritu Santo es precisamente una oración para dirigirla a Dios, entonces respondemos con esas mismas palabras a lo que Dios nos ha mostrado.

Sin la intención de ser exhaustivos podemos señalar varios caminos de oración que se pueden abrir a partir de la lectura orante del salmo:

-Una primera posibilidad de oración puede ser comenzar nuestras peticiones, en la situación en la que estemos, dando gracias a Dios por la ayuda que vamos a recibir, como expresión de nuestra confianza.

-Si estamos asediados por luchas, aún más su sufrimos incomprensiones y persecuciones, nos podemos identificar con el salmista y pedir a Dios ayuda, orando por nuestros enemigos con la luz que proporciona el evangelio a nuestras peticiones.

-Quizá nos sintamos abrumados por el mal del mundo y el silencio de Dios y podamos hacer nuestras las preguntas del salmo, expresando nuestra intensa oración, no exenta de fe y esperanza.

-Podríamos orar con el «Pero tú» del salmo, oponiendo a lo que nos hace sufrir o dudar lo que Dios es, lo que Dios hace o lo que ha hecho en nuestra vida: «Yo sufro esta situación… pero tú eres, tú haces…».

-El salmo también puede movernos a la adoración a partir de aquellas partes que proclama lo que Dios es y cómo actúa.

-También nos puede impulsar a expresar y alimentar nuestra confianza en Dios.

-Y, recordando que el salmo comienza con una acción de gracias, nuestra oración con él puede consistir en cantar las maravillas que ha hecho el Señor.

 

Mano elevada a lo alto

 

4. El paso a la contemplación (contemplación)

El contacto con Dios, ya sin palabras, es un don especialmente gratuito en la lectio. Es Dios el que la da cuándo y cómo quiere.

Podría llevar a una contemplación del Dios que se fija en el pobre, que conoce nuestra situación, que se acuerda de nosotros, que se levanta y actúa a nuestro favor. Ya no descubriéndolo o pensándolo en las palabras del salmo, sino gustándolo sin palabras.

Podría llevar a una intercesión silenciosa en la que, ya sin palabras, presentemos a Dios la acción de los malvado y el sufrimiento de los humildes.

Tal vez, como le sucede a Job, sea el encuentro con Dios la respuesta que él dé a nuestras preguntas angustiadas pero suplicantes.

Quizá sea la confianza la que nos inunde y nos lleve a una entrega sin miedo en las manos del Señor.

Sólo el que sea capaz de leer con fe, de escuchar con obediencia, de rumiar con paciencia, de orar con intensidad, podrá recibir el don gratuito de la contemplación y descubrirá en ella mucho más de lo que nosotros aquí podemos pensar o imaginar.

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NOTAS

[1] Cf. L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, Estella 1992 (Verbo divino), 232. «El cambio constante de ideas o imágenes debe atribuirse casi siempre a los constreñimientos que impone la forma acróstica» (H.-K. Kraus, Los salmos, Salamanca 1993 (Sígueme), I, 303).

[2] Schökel, L. A., Salmos y cánticos del Breviario, Madrid 1987 (Cristiandad, 7ª ed), 31. Sobre la primera posibilidad: «Es tanta la confianza y seguridad que el creyente tiene en el auxilio de Dios, que comienza por la acción de gracias, como si la victoria estuviera ya conseguida» (J. Collantes, La oración de los salmos, I, Madrid 1992 (Edapor), 152); sobre la segunda: «La acción de gracias y la alabanza (nosotros añadiríamos también la petición) es ya de por sí un modo de manifestar la fe en Dios (Ib., 154). H.-K. Kraus, Los salmos, I, 313, subraya que «el clamor de júbilo y la lamentación impregnan todo el salmo», sin transición entre el canto a Yahvé por sus maravillas y la petición del pobre que se encuentra en tentación a causa del enemigo que parece triunfar.

[3] Cf. L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 233-235.

[4] L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 237, recuerda que esta misma afirmación aparece en Sal 96,13; 98,9.

[5] Se puede hablar de una espiritualidad de los «pobres de Yahvé» y del grupo de estos pobres que aparece de forma especial en los salmos. Cf. A. Gelin, Les pauvres de Yahvé, Paris 1956 (Du Cerf, 3ª ed). Aunque H.-K. Kraus, Los salmos, I, 143-146, no está de acuerdo con esta concepción de los pobres de Yahvé, es claro para él que los desvalidos sólo pueden recurrir a Dios y pobre es un «título especial para recibir la ayuda de Yahvé» (H.-K. Kraus, Los salmos, I, 308).

[6] L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 239, señala que el orante pasa de las puertas de la muerte a las puertas de Sión y que así el monte del templo donde habita Dios aparece como lugar de vida en el que se pronuncia la sentencia y en el que se da gracias.

[7] L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 239, cita como modelo de este principio repetido en los salmos Prov 26-27: «Quien cava una fosa caerá en ella». Recuérdese lo dicho a propósito de Sal 7,16-17.

[8] «La forma de pregunta es corriente en el género de súplica; expresa el diálogo del hombre con Dios, audaz y confiado» (Schökel, L. A., Salmos, 34). «La interrogación equivale a una súplica ardiente» (J. Collantes, La oración de los salmos, I, 162).

[9] «Son “ateos prácticos” –en la Biblia no hay noticia de la presencia de “ateos teóricos” o “dogmáticos”-. Simplemente niegan la existencia del Dios que defiende a los pobres y hace justicia. Para ellos, el Dios del éxodo es mera ficción, una creación literaria» (J. Bortolini, Conocer y rezar los Salmos, Madrid 2002, (San Pablo, 2ª ed.), 65). «Esto no expresa un ateísmo teórico, sino la seguridad de que Yahvé no va a intervenir» (H.-K. Kraus, Los salmos, I, 310).

[10] «Lo importante son los enemigos del salmista en cuanto creyente; los enemigos del pueblo de Israel, en cuanto pueblo de Dios. Si no se tiene en cuenta ese aliento de fe que inspira la composición del salterio, no se podrá entender adecuadamente ni el salmo 9, ni el resto de los salmos… La causa del creyente es la misma causa de Dios» (J. Collantes, La oración de los salmos, I, 155-156). Hay que recordar que en este ambiente son excluyentes la supervivencia del enemigo y la liberación de los oprimidos: «El fracaso y la condena de los malvados es correlativo de la liberación del inocente; mejor dicho, está en función de ella» (L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 237).

[11] L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 246, señala la posibilidad de que no estemos ante un juicio meramente histórico, sino que se refiera a un juicio escatológico porque aparece como un juicio y un reino universal y definitivo. También H.-K. Kraus, Los salmos, I, 311-312, reconoce que, aunque el orante espera la salvación en este mundo (p. 311), el salmo tiene un tono escatológico.

[12] Todos las relaciones que hemos ido señalando entre el Sal 9 y el 10 son un indicio de que estamos ante un mismo salmo, como indicamos al comienzo de estas notas.

 

 

 

 

 

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