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Lectio divina

Lectio con el Salmo 8

 

Alabando en el atardecer

 

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1. Leer la Palabra (lectura)

a) La Palabra de Dios

Estribillo inicial

2 ¡Señor, dueño nuestro,

qué admirable es tu nombre

en toda la tierra!

Admiración por la grandeza de Dios

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.

3 De la boca de los niños de pecho

has sacado una alabanza contra tus enemigos

para reprimir al adversario y al rebelde.

4 Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,

la luna y las estrellas que has creado,

Pregunta central: pequeñez y grandeza del hombre

5 ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,

el ser humano, para darle poder?

Admiración por la grandeza que Dios concede al hombre

6 Lo hiciste poco inferior a los ángeles,

lo coronaste de gloria y dignidad;

7 le diste el mando sobre las obras de tus manos.

Todo lo sometiste bajo sus pies.

8 Rebaños de ovejas y toros,

y hasta las bestias del campo,

9 las aves del cielo, los peces del mar

que trazan sendas por el mar.

Estribillo final

10 ¡Señor, Dios nuestro,

qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

b) Notas para entender lo que se lee

 

Luz del cielo sobre la campiña

 

Estamos, por primera vez, ante un himno, que puede definirse como «un canto de alabanza a Dios, de ordinario por sus obras. El tono es festivo y suele ser coral»[1]. En el caso de este salmo hay algunos elementos peculiares que pueden descubrirse fácilmente:

-El elemento coral (que puede indicar su empleo en el culto) se reduce al principio y al final (v. 2 y 10), donde aparece un estribillo en el que se invoca a Dios como «dueño nuestro». El resto del salmo (3-9) está en primera persona del singular: «Cuando contemplo...».

-Esta alabanza se dirige directamente a Dios en segunda persona: «Ensalzaste, has sacado, has creado, te acuerdes, lo hiciste, lo coronaste, le diste, lo sometiste». Normalmente los himnos hablan de Dios en tercera persona, éste entra en un diálogo personal con Dios.

El Salmo 8 podría considerarse como una alabanza al Dios creador, pero es también un canto admirado por lo que es el hombre en la creación y en relación con Dios. Sin duda, este salmo está relacionado con la fe bíblica en la creación del hombre tal como aparece especialmente en los primeros capítulos del Génesis[2].

Sin embargo, en este salmo aparece claramente que el protagonismo de Dios tal como lo manifiesta que todos los verbos del salmo (en negrita) se refieren a la acción de Dios. El hombre tiene un lugar importante, pero como el que recibe gran parte de esa acción de Dios.

En este caso la estructura está marcada por los tres «qué» (en hebreo mah) que aparecen en el salmo en los v. 2.5.10 (los señalamos subrayándolos). El primero y el último enmarcan el salmo con la repetición del estribillo, e indican ya un tono de admiración que es parte esencial del salmo. El «qué» del v. 5, que es a la vez interrogativo y de admiración, es el centro del salmo que marca la estructura del mismo:

Pregunta situada en el centro del poema, clave de su sentido global y articulado. Esa pregunta aporta lo propio del salmo, la principal fuerza de atracción de este breve salmo[3].

Antes de esta pregunta el salmista se admira por la majestad y el poder del Dios creador (v. 2d-4) y después se admira por el lugar que Dios le ha concedido al hombre (v. 6-9).

Podemos ir analizando el contenido de estos elementos:

El estribillo inicial (v. 2) se dirige a Dios como «dueño nuestro»[4]. Yahvé es nuestro dueño, nuestro Señor. Esa aclamación (seguramente para el uso cultual) indica que estamos hablando del Dios de Israel. Él es también el dueño de todo («de toda la tierra»). El «nombre» de Dios es admirable en toda la tierra. Este nombre no es simplemente una palabra con la que le designamos en nuestro lenguaje, se refiere al mismo ser de Dios en su poder, a su fuerza salvadora que se hace presente:

El nombre es la quintaesencia de la revelación y presencia de Yahvé en su pueblo[5].

En este caso:

El nombre salvaguarda la exclusividad de su poder y, de esta manera, el carácter único de la revelación de la gloria, la cual -en la autopresentación de Dios a Israel- se ha convertido en la base del conocimiento de Dios[6].

Los v. 2d-4, que cantan la admiración por la grandeza de Dios, comienzan afirmando como Dios ensalza su majestad sobre los cielos. Resuena aquí lo que dicen otros salmos:

El cielo proclama la gloria de Dios,

el firmamento pregona la obra de sus manos (Sal 19,2).

¡Dios mío, qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda (Sal 104,1-2).

Y se sugiere el salto de las maravillas de Dios al Dios que ha realizado esas maravillas[7]:

Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras (Rm 1,20; cf. Sab 13,5).

 

El universo en tus manos

 

Es muy interesante la afirmación del v. 3, por su dificultad y porque no tiene paralelo en todo el Antiguo Testamento[8]: Dios vence a sus enemigos con la alabanza de los niños. Hay que tener en cuenta que no se trata necesariamente de los balbuceos del recién nacido, porque la lactancia en Israel duraba normalmente hasta los dos años y, por lo tanto, puede referirse a la alabanza con palabras simples de un niño pequeño. Más difícil es identificar estos enemigos[9]. Pero el sentido del v. es claro: el poder de Dios es tal que con medios pobres vence a sus enemigos.

Dios lleva a cabo sus proezas sirviéndose de medios que, al parecer, son del todo insuficientes, a fin de que su poder resalte con mayor claridad (Gunkel)[10].

Lo magnífico de este salmo es que la alabanza de los más pequeños -que nace de la capacidad de admiración de los niños y que se expresa con palabras sencillas- es lo que vence a los enemigos. En su momento veremos los ecos de esta afirmación en el Nuevo Testamento.

El salmista, antes de plantear la pregunta admirada del v. 5, contempla en el v. 4 el cielo nocturno (nótese que falta la mención al sol) como creación de Dios[11], obra artesanal hecha con sus dedos, y descubre la grandeza de Dios. Desde esa admiración maravillada contempla al hombre y surge la pregunta clave del salmo:

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él,

el ser humano, para darle poder?

Este v. 5 es el núcleo del salmo y es necesario entenderlo bien:

-No se trata simplemente de una pregunta, es también expresión de una admiración, que surge de la contemplación de la creación y de la actuación de Dios con el hombre.

-El salmo no ofrece una respuesta concreta a esta pregunta, es más bien una invitación a participar de esa admiración y buscar la respuesta. Y, sin embargo, la misma realidad del himno dirigido a Dios ofrece ya una primera respuesta implícita: el hombre es el único ser de la creación que puede admirarse, preguntarse y corresponder a la relación especial que Dios le ofrece.

-La admiración procede de la situación concreta del hombre: a) ante la grandeza de la creación y del Dios creador, el hombre es muy pequeño; b) pero Dios se vuelca en el hombre de forma personal y amorosa: se acuerda de él y se ocupa de él[12].

-Esta paradoja se expresa en los términos que usa el salmo para «hombre» y «ser humano», que subrayan la debilidad del hombre (enosh) y que se trata del hombre nacido de la tierra (literalmente «hijo de Adán»). A ese hombre débil y limitado es en el que Dios se vuelca, del que se acuerda (como signo del amor permanente y de la protección de Dios)[13]. La sorpresa surge de que siendo criatura, Dios establece una relación personal con el hombre.

-Las expresiones «el hombre» y «el ser humano» se refieren al hombre concreto no al hombre en general, pero incluyen a todos y cada uno de los hombres.

-La pregunta plantea qué hay de especial en el hombre para que Dios actúe de ese modo con él y no con las demás criaturas.

Estrellas y animales son obras; del hombre Dios se acuerda y se ocupa. ¿Por qué, por el valor que tiene? Más bien, el valor que tiene es porque Dios se ocupa de él?[14]

Los v. 6-9 profundizan esta paradoja y apuntan una respuesta basada en el relato de la creación: el hombre es creado por Dios, pero a su imagen y semejanza y se le ha dado poder para que domine toda la creación:

Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra» (Gn 1,26).

El sentido del v. 6a es claro: el hombre está más cerca de Dios que de las criaturas:

El hombre pequeño y frágil pertenece al mundo de Dios, por decisión y voluntad de Yahvé[15].

Lo que causa dificultad en este punto es la palabra hebrea que hay detrás de los «ángeles» a los que el hombre se acerca en dignidad. Al pie de la letra podría leerse los dioses, como en Sal 86,8: «No tienes igual entre los dioses, Señor». Puede referirse a los seres celestiales que están en torno al trono de Dios. Y el sentido puede interpretarse diciendo «es poco menos que un dios»[16]. La traducción griega y latina de la Biblia leen directamente «los ángeles» (como hace la carta a los Hebreos).

 

Miriadas de ángeles

 

Lo que dice la segunda parte de este v. 6 nos lleva a considerar de otro modo esta cercanía del hombre con Dios porque Dios lo corona de gloria y dignidad (o majestad), que son los atributos propios de Dios[17]. Pero no hay que olvidar que, por divinos que sean estos atributos, el hombre los recibe de mano de Dios, no los conquista él mismo. El ser humano es coronado por Dios como su «virrey» en el dominio del mundo, tal como había anunciado el libro del Génesis y como va a desarrollar el Sal 8 en los v. siguientes.

Tiene el mando sin ser amo, tiene gloria que es recibida, ocupa un puesto que le han asignado[18].

En paralelo con lo que conocemos por el libro del Génesis, Dios concede al hombre, débil pero hecho poco inferior a los ángeles, «el mando» (Gn 1,26: «que domine»; Gn 1,28: «Dominad...») y lo «somete todo» bajo sus pies (Gn 1,28: «Llenad la tierra y sometedla»). Pero queda claro que se trata de un don, el mando es sobre «las obras de tus manos», y es Dios el que somete todo al hombre.

Con el estilo del relato de Gn 1, nuestro salmo enumera todos los seres de la tierra que Dios ha puesto bajo el dominio del hombre[19]: primero los animales domésticos, distinguiendo el ganado mayor y el menor; luego las bestias de la tierra; pero también los seres vivientes del cielo y del mar. Lo hace en orden inverso al relato de la creación en el que Dios crea en el día 5º peces y aves (Gn 1,20-23), y en el día 6º ganados, reptiles y fieras (Gn 1,24-25). Se trata de otra manera de decir -por medio de la enumeración- que ha puesto todo bajo sus pies.

El v. 10 repite al pie de la letra el estribillo inicial, pero no cabe duda de que ahora podemos expresar mejor la grandeza del nombre del Señor por encima de la grandeza del cielo que ha creado, que tiene fuerza para vencer a sus enemigos con los medios más pequeños, y que ha creado al hombre, lo ha elevado a una relación especial con él y le ha entregado las obras de sus manos a pesar de su debilidad.

c) Lectura cristiana del salmo

 

Los ángeles alaban al Señor

 

Tenemos que empezar por las referencias a este salmo en el Nuevo Testamento:

1. Cristo lo usa después de su entrada en Jerusalén, cuando expulsa a los mercaderes del templo y los sacerdotes y los escribas quieren impedir que los niños lo aclamen como «Hijo de David»:

Pero los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el templo «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron y le dijeron: «¿Oyes lo que dicen estos?». Y Jesús les respondió: «Sí; ¿no habéis leído nunca: “De la boca de los pequeñuelos y de los niños de pecho sacaré una alabanza”?» (Mt 21,15-16).

En la aplicación que hace Jesús del salmo a su situación, él se identifica con el Dios que recibe alabanza de los pequeños y a los escribas y sacerdotes con los enemigos a los que Dios vence a través de los medios más débiles.

2. También la carta a los Hebreos cita nuestro salmo:

Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero, del que estamos hablando; de ello dan fe estas palabras: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el ser humano, para que mires por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, todo lo sometiste bajo sus pies. En efecto, al someterle todo, nada dejó fuera de su dominio. Pero ahora no vemos todavía que le esté sometido todo. Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte (Hb 5,8-9).

El autor de la carta a los Hebreos no duda en aplicar este salmo a Jesús para explicar su identidad: él es el Hijo de Dios que por la encarnación ha sido hecho hombre y, por tanto, poco inferior a los ángeles y al que, según la paradoja del salmo, se le ha concedido el poder sobre todo y se le ha coronado de gloria y honor. Pero la luz de la Pascua le hace ver más allá para poder decir que es la pasión y muerte de Jesús lo que hace que reciba el poder sobre todo. A la paradoja de la debilidad y el poder que aparece en el hombre, se le suma la paradoja aún mayor de la pasión y muerte que es la causa de la gloria, del honor y el poder para Cristo, y el camino para que todo ser humano participe de ellos.

· · · · ·

Leer el salmo a la luz de la plenitud de la Revelación en el Nuevo Testamento nos ayuda a poder rezarlo con una mayor profundidad:

1. En primer lugar podemos intentar responder al interrogante fundamental del salmo: ¿Qué es el hombre, tan débil y tan cerca de Dios? ¿Por qué Dios le da el dominio sobre todo y una relación tan especial con él?

Por medio de Cristo sabemos que somos hijos en el Hijo, que gracias a su encarnación, cruz y resurrección hemos sido hechos semejantes a él, de tal manera que nuestra esperanza es llegar a identificarnos con él. Es esa transformación en Cristo (que también se nos regala) lo que nos hace tan especiales para Dios:

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1Jn 3,2).

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia (Ef 1,3-6).

A la luz del Nuevo Testamento se profundiza enormemente el don recibido de Dios y la especial relación con él. Y ahora sabemos que todo eso lo recibimos gracias a Cristo y como una participación de lo que él es y tiene:

Todo lo que aquí se canta del hombre puede entenderse de Cristo-Mesías, el hombre ideal, en todo igual a los hombres, menos en el pecado. Él fue también un ser humano, un hombre mortal, hecho de nuestro barro. Pero unido como estaba a la divinidad en unidad de persona, elevó la naturaleza humana a una altura insospechada e impensable[20].

2. Pero la revelación en Cristo no elimina la pregunta del salmo, sino que en cierto sentido la profundiza. Porque debemos preguntarnos de nuevo qué hay en el hombre para que Dios quiera transformarlo en Cristo e introducirlo, por encima de los ángeles, en la relación misma de amor que hay en la Trinidad. La respuesta nos lleva a otro misterio, el de la Misericordia, que elige lo débil para hacerlo participar de la vida divina. Oramos con la pregunta del salmo 8, pero no como el que tiene una respuesta completa, sino como el que sabe que está sumergido en un misterio mucho mayor del que conmovía al salmista; y reconociendo que la respuesta que espera Dios va más allá de las ideas y las palabras, porque se trata de una respuesta vital ya que después de contemplar qué soy yo para Dios y por qué soy valioso para Dios tendré que responder con mi existencia a la dignidad recibida.

3. Saber que se nos ha regalado esta nueva dignidad que nos descubre el Señor, hace que se profundice también la conciencia de nuestra pequeñez y del inmerecimiento de lo que hemos recibido. Reconocer la grandeza recibida nos lleva, al mismo tiempo, a la clara conciencia de nuestra pequeñez:

Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1Co 3,22).

A ver, ¿quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? (1Co 4,7).

Aquí tenemos una de las más bellas paradojas de la existencia humana: que si el hombre es grande, como lo es, por una donación del Dios-Creador que lo llamó a la existencia, esa grandeza excluye esencialmente la fatuidad de quien piense excluir a Dios de su vida. Porque si se quita el pedestal, se viene abajo la estatua. Y si se prescinde de Dios, el hombre queda reducido a ser un poco de polvo; una pura caducidad sin esperanza[21].

Y para colocarnos en nuestra verdad, sin negar lo que recibimos y la realidad de nuestra pequeñez, nos ayuda la gran sabiduría de la Virgen:

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí (Lc 1,46-49).

4. Sin duda, la enseñanza de Jesús en el Evangelio, ayuda a profundizar en la novedad del salmo en el v. 3, que indica que Dios vence a sus enemigos con la alabanza de los pequeños y hace maravillas a través de los elementos más débiles. Eso que indican algunas de las parábolas, es lo que resume san Pablo y constituye una parte esencial del mensaje evangélico:

Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra» (Mc 4,30-32; cf. Mt 13,33).

Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso (1Co 1,27).

La fuerza se realiza en la debilidad... Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2Co 12,9-10).

En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien (Lc 10,21).

En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos (Mt 18,3-4).

2. Rumiar la Palabra (meditación)

 

Manos que abarcan el mundo

 

La repetición de los versículos del salmo, que nos permite una forma contemplativa de meditación, puede seguir varios caminos:

-La admiración y la alabanza por la creación:

¡Señor, dueño nuestro,

qué admirable es tu nombre en toda la tierra! (v. 2.10).

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos (v. 2).

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,

la luna y las estrellas que has creado (v. 4).

-La admiración por el mismo ser humano y por lo que Dios hace por medio de los sencillos:

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él,

el ser humano, para darle poder? (v. 5)

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,

lo coronaste de gloria y dignidad (v. 6).

De la boca de los niños de pecho

has sacado una alabanza contra tus enemigos

para reprimir al adversario y al rebelde (v. 3).

-Se pueden repetir estas palabras del salmo haciendo propia la relación que Dios nos ofrece:

¿Quién soy yo para que te acuerdes de mí,

Quién soy yo, para que mires por mí? (cf. v. 5 y el comentario).

-Y subrayando que él nuestro dueño, expresar nuestra entrega a él:

¡Señor, dueño nuestro,

qué admirable es tu nombre en toda la tierra! (v. 2.10).

-Teniendo en cuenta la dignidad de hijos que Dios nos da en el bautismo, podemos repetir en primera persona:

Me coronaste de gloria y dignidad (cf. v. 6).

-Se puede contemplar la creación como regalo de Dios que nos hace:

Le diste el mando sobre las obras de tus manos.

Todo lo sometiste bajo sus pies.

Rebaños de ovejas y toros,

y hasta las bestias del campo,

las aves del cielo, los peces del mar

que trazan sendas por el mar (v. 8-9).

-También se puede realzar la repetición de algunas frases del salmo como contemplación de Cristo, que se abaja por la encarnación y al que Dios ensalza por su pasión y muerte:

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,

lo coronaste de gloria y dignidad;

le diste el mando sobre las obras de tus manos.

Todo lo sometiste bajo sus pies (v. 6-7).

3. Responder a la Palabra (oración)

 

Silueta de niños al atardecer

 

Si entramos en sintonía con la oración del salmo, la mejor respuesta a Dios que podemos ofrecer es nuestra propia admiración y nuestro propio interrogante ante su predilección: nuestro «qué» admirado y nuestro «qué» que se interroga ante la causa de nuestra propia dignidad:

-Podemos admirarnos por la grandeza de Dios que se manifiesta en el cielo y las estrellas (mucho más grandes y hermosas de lo que el hombre antiguo podía imaginar).

-Podemos admirarnos (personalmente) porque Dios se fije en nosotros y nos cuide.

-Podemos, especialmente, admirarnos y agradecer, más allá del salmo, la gran dignidad de hijos de Dios que se nos ha regalado y que constituye nuestra gloria y dignidad.

-Podemos presentarle, unidos a María, el reconocimiento de nuestra pequeñez e inmerecimiento a la vez que reconocemos las maravillas de Dios en nosotros, presentándole también las que ha hace de modo particular en nuestra vida concreta.

Pero también la meditación contemplativa del salmo nos puede llevar a la petición y a la respuesta:

-Pedir la misericordia y el amor gratuito, que son el último fundamento de nuestra dignidad y de nuestra plenitud.

-Pedir por aquellos que se sienten pequeños, limitados y débiles pero no han descubierto aún la fuente de su dignidad que es el amor personal y concreto de Dios, especialmente a través de Jesucristo.

-Pedir la pequeñez que permita a Dios hacernos sus instrumentos.

-Presentarle nuestra respuesta viva al interrogante del salmo, disponiéndonos a mantenernos a la altura del don que nos ha hecho. Pedirle que no olvidemos quiénes somos gracias a él y que nos mantengamos en la relación personal que nos ofrece.

-Ofrecerle con fe la pequeñez de nuestra alabanza para que él venza a sus enemigos. Pedirle que nos convierta en niños para que podamos ser sus instrumentos.

Una curiosa forma de responder a Dios con el salmo es la que quiere aceptar y ejercer el poder que nos da Dios sobre las fieras, pero no para desplegarlo fuera de nosotros mismos:

Que dominen la bestias salvajes. ¿Dominas toda clase de fieras? Me responderás: -«Es que tengo fieras dentro de mí». -«Sí, y muchas; llevas dentro una multitud de fieras. No lo tomes a ofensa. Fiera grande es la cólera cuando ladra en tu corazón: ¿no es más feroz que cualquier mastín? La perfidia guarecida en un alma pérfida ¿no es más feroz que un oso de las cavernas? ¿No es una fiera la hipocresía? El que injuria afiladamente ¿no es un escorpión? El codicioso ¿no es lobo rapaz? ¿Qué clase de fiera no llevamos dentro? El lujurioso ¿no es un caballo enfurecido?... En resumen, que hay muchas fieras en nosotros. Pues, si dominando a las fieras de fuera, dejas que te dominen las de dentro ¿te han hecho realmente señor de las fieras?... Te han creado para dominar, dominar las pasiones, dominar las fieras... El poder que nos han dado sobre los seres vivientes nos prepara para dominarnos a nosotros» (San Basilio de Cesarea)[22].

4. El paso a la contemplación (contemplación)

Nunca sabemos por dónde puede llevarnos Dios cuando nos da la gracia de la contemplación a partir de su Palabra. Pero no sería extraño que después de escuchar y responder, la lectio con este salmo, ya sin palabras, nos lleve a una profunda admiración silenciosa de la creación y especialmente de nosotros mismos; a recibir en silencio todo lo que el salmo nos ayuda a entender que Dios quiere darnos; a agradecer llenos de júbilo lo que inmerecidamente hemos recibido; a abrazar en silencio nuestra pequeñez y debilidad que atrae a la misericordia de Dios que nos eleva hasta él; a mirar a Cristo, que de forma completamente nueva hace de la debilidad de la cruz fundamento de gloria y dignidad; o simplemente a dejar confiadamente que Dios nos haga niños y pueda servirse de nuestra alabanza.

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NOTAS

[1] L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, Estella 1992 (Verbo divino), 92. J. Collantes, La oración de los salmos, I, Madrid 1992 (Edapor), 132, propone como otros salmos de alabanza Sal 30; 65; 104; 145.

[2] Para H.-K. Kraus, Los salmos, Salamanca 1993 (Sígueme), I, 285, el salmo es claramente posterior a Gn 1,26ss. Para L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 221, es clara la relación pero cree que no se puede precisar cuál de los dos textos es el más antiguo.

[3] L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 214.

[4] Es una traducción más acertada que «Dios nuestro».

[5] H.-K. Kraus, Los salmos, I, 286.

[6] Ib.

[7] Esto tiene mucho que ver con lo que expuesto en el comentario a los n. 31-38 del Catecismo de la Iglesia.

[8] Cf. H.-K. Kraus, Los salmos, I, 287.

[9] J. Bortolini, Conocer y rezar los Salmos, Madrid 2002, 2ª ed. (San Pablo), 56, resume en tres las posibilidades de interpretación de estos enemigos: el caos, los dioses o personas concretas. J. Collantes, La oración de los salmos, 137-138, propone que los niños pequeños son los astros menores que manifiestan la victoria de Dios ante el caos. Nos parece más acertada la indicación de L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 217, que identifica a estos enemigos con «un tipo humano que no acepta a Dios o el someterse a Dios, que se rebela, quizá por no haberse sido plenamente como dioses».

[10] Citado por H.-K. Kraus, Los salmos, I, 287.

[11] El salmo dice literalmente: «Cuando contemplo tu cielo»

[12] Es mejor traducción que «para darle poder» que aparece en la Liturgia de las Horas. La Biblia de la Conferencia Episcopal Española traduce con acierto: «...para mirar por él».

[13] Nótese la diferencia con la afirmación de Job 25,5-6, que sólo se fija en la debilidad del hombre: «¡Si hasta la luna carece de brillo, si a sus ojos no son puras las estrellas! ¡Cuánto menos el mortal, un gusano, el ser humano, que solo es una larva!» Aunque lo que dice Job 7,17 recuerde la afirmación de Sal 8,5, su sentido es muy distinto porque siente esa preocupación de Dios como un peso del que se quiere liberar: «Qué es el hombre para que te ocupes tanto de él, para que pongas en él tu interés» (Job 7,7).

[14] A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 220.

[15] H.-K. Kraus, Los salmos, I, 290.

[16] Así lo traduce A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 210.

[17] P. ej. en los salmos: «Aclamad la gloria y el poder del Señor» (Sal 29,2); «Te vistes de belleza y majestad» (Sal 104,1); «La gloria y majestad de tu reinado» (Sal 145,12).

[18] A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 218.

[19] El cielo sigue siendo el ámbito exclusivo de Dios, cf. v. 4 y Sal 115,16: «El cielo pertenece al Señor, la tierra se les ha dado a los hombres».

[20] J. Collantes, La oración de los salmos, I, 143-144.

[21] Ib. 143.

[22] Homilía X del Hexamerón, 19, citado por A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, 222.