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Lectio divina

Lectio con el Salmo 6

Suplicando de rodillas

 

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1. Leer la Palabra (lectura)

a) La Palabra de Dios

Súplica al Señor (2-8)

2 Señor, no me corrijas con ira,

no me castigues con cólera.

3 Misericordia, Señor, que desfallezco;

cura, Señor, mis huesos dislocados.

4 Tengo el alma en delirio,

y tú, Señor, ¿hasta cuándo?

5 Vuélvete, Señor, liberta mi alma,

sálvame por tu misericordia.

6 Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,

y en el abismo, ¿quién te alabará?

(Descripción de la situación)

7 Estoy agotado de gemir:

de noche lloro sobre el lecho,

riego mi cama con lágrimas.

8 Mis ojos se consumen irritados,

envejecen por tantas contradicciones.

Testimonio ante los enemigos (9-11)

9 Apartaos de mí los malvados,

porque el Señor ha escuchado mis sollozos;

10 el Señor ha escuchado mi súplica,

el Señor ha aceptado mi oración.

11 Que la vergüenza abrume a mis enemigos,

que avergonzados huyan al momento.

b) Notas para entender lo que se lee

Estamos ante un salmo de súplica. El orante se dirige a Dios en una grave enfermedad que le lleva al límite de sus fuerzas, incluso a las puertas de la muerte. Pero, además, sabe que esta enfermedad es signo y consecuencia de su pecado, por eso suplica también el perdón de Dios. Por esta razón, el salmo 6 se incluye entre los llamados salmos penitenciales, en los que el orante suplica por el perdón de sus pecados[1].

Es significativo el mismo hecho de la oración en esa situación: aunque su estado es tan grave y se sabe culpable, merecedor del castigo de Dios, su reacción es la súplica, «sólo encuentra salida hacia el Señor»[2], y espera que el Señor cambie y transforme su situación.

Ha superado la visión del Dios que castiga y ha descubierto el rostro del Dios que se vuelve hacia quien suplica, que libera y salva por amor[3].

La estructura del salmo es clara.

-Los vv. 2-8 son una clara súplica en la que se conjuga la petición del perdón y de la curación, junto con las motivaciones para que Dios escuche su oración.

La súplica es intensa y en los 4 primeros versos concentra cinco invocaciones a Dios (llamándole «Señor», Yahvé) y siete imperativos que intensifican la súplica: no me corrijas (con ira), no me castigues (con cólera), misericordia (=ten misericordia), cura, vuélvete, liberta, sálvame.

 

Ojo en el cielo

 

Hay que señalar que, para el que ora, es clara la relación entre su situación y su pecado y, en consecuencia, lo primero que pide es misericordia. No pide a Dios que le evite la corrección y el castigo, sino que se le corrija sin dureza. La misma súplica aparece también en Sal 38,2, donde aparece más clara aún la relación entre pecado y enfermedad.

El orante distingue entre el castigo-corrección con dureza, que se hace insoportable y destruye al pecador[4], y otra forma de castigo, que podríamos llamar «saludable» y que en otros lugares de la Escritura se comprende incluso como gesto de amor por parte de Dios:

Hijo mío, no rechaces la reprensión del Señor,

no te enfades cuando él te corrija,

porque el Señor corrige a los que ama,

como un padre al hijo preferido (Pr 3,11-12)[5].

Dentro de las peticiones hay que subrayar el sentido penitencial del imperativo «vuélvete». El salmista usa el verbo específico para la conversión (volverse = convertirse), pero dirigido a Dios. La Biblia comprende el pecado como dar la espalda a Dios y alejarse de él por un camino equivocado. La conversión es dar la vuelta, tomar el camino verdadero y dirigirse a Dios, es decir, volverse-convertirse. El orante arrepentido, se vuelve a Dios, pero le pide a Dios que no le dé la espalda, que se vuelva a él y que se acerque, para que su conversión no se quede frustrada.

La amistad es entre dos, y el pecador la había roto. Ahora él se convierte, se vuelve a Dios por el dolor; hace falta que Dios también se convierta, se vuelva hacia él[6].

El resto de esta primera parte se puede entender como las motivaciones que el orante presenta a Dios para que atienda su súplica. Podemos resumirlas en tres, aunque con distinta extensión en el salmo (las tres aparecen con frecuencia en este tipo de salmos):

·«Por tu misericordia». Pide perdón y salvación apoyándose en cómo es Dios: «misericordioso, lento a la ia y rico en clemencia» y «no nos trata como merecen nuestros pecados» (Sal 103,8-10). Esta motivación tan repetida en los salmos y en el resto de la Escritura se basa en Dios, en cómo es Dios. Conocer la misericordia de Dios es lo que permite al orante dirigirse a Dios, por pecador que sea, por desesperada que sea su situación.

·Se apoya también en su terrible situación, al límite de sus fuerzas, que describe primero sucintamente en el v. 3 («que desfallezco»), después en el v. 4 y con más amplitud en el los vv. 7-8. Es más, su situación es urgente, se siente cercano a la muerte (v. 6), y por eso dirige a Dios una pregunta que es como un dardo dirigido a Dios, para que actúe: «¿Hasta cuándo?», este tipo de preguntas atrevidas a Dios forman parte de la fuerza de la oración de los salmos cuando mayor es la necesidad del orante[7]. La idea es clara: exponerle a Dios la situación para que tenga misericordia, se compadezca y se mueva a salvarle: si el Señor ve mi situación, me salvará.

·La tercera razón está en el v. 6. El salmista le recuerda al Señor que si muere, no podrá invocarle, alabarle, recordar su salvación y darle gracias. Es como si le dijera al Señor que sale perdiendo si no le salva. El salmista ora desde la perspectiva más primitiva del Antiguo Testamento en que todavía no se ha descubierto la resurrección de los muertos y la vida eterna. En esa perspectiva los muertos bajan al Sheol, al reino de la muerte, donde tienen una existencia de tinieblas y sombras en la que ya no se alaba a Dios. El orante alega a Dios que si le cura, si le salva de este abismo, podrá alabarle y darle gracias.

 

Mendigo tirado en la acera

 

-En los vv. 9-11 se produce una ruptura sorprendente en el desarrollo del salmo: el orante ya no se dirige a Dios, sino a los «malvados», a los «enemigos», ya no hay angustia, sino confianza.

¿Quiénes son estos enemigos? No se nos había dicho nada de ellos, pero entendemos que su hostilidad se añade a la situación de extrema debilidad y de conciencia de pecado. Estos enemigos pueden ser impíos que se burlaban de la fe en Dios y de la oración del salmista: la curación es para ellos prueba de que Dios ha escuchado la oración del orante. Pero también pueden ser creyentes que (como los amigos de Job) le hostigan recordándole su pecado y diciéndole que merece el castigo y no puede acogerse a la misericordia de Dios. También ellos quedarían avergonzados y vencidos por la curación del orante.

¿Qué ha sucedido? Puede ser que el salmista haya experimentado la curación de su enfermedad y esta parte del salmo refleje un segundo momento, en el que el orante, después de haber experimentado la salvación, se dirige a los enemigos que le hostigaban. Pero no hace falta separar en el tiempo la oración de los vv. 1-8 y este testimonio que vence a sus enemigos: el salmista no habla de su curación, sino de que su oración ha sido escuchada (lo repite 3 veces en vv. 9-10). Basta ese convencimiento para que todo cambie y pueda alejar a los que piensan que su situación no tiene arreglo y que su oración es inútil. Esa confianza puede darse dentro de la misma situación del orante con tal de que sepa que Dios ha escuchado su oración.

c) Lectura cristiana del salmo

Una primera forma de rezar el salmo desde una perspectiva cristiana es dirigir esta súplica a Jesús, el Señor.

·Puede ayudar el convencimiento de algunos personajes del Evangelio que coincide con el del salmista: si el Señor ve la situación de debilidad, se moverá a compasión; p. ej. el milagro del paralítico que ponen ante el Señor bajándolo en un camilla por un boquete del techo (Mc 2,1-12), porque subraya la fe de los que hacen ese esfuerzo por poner al enfermo delante del Señor y porque el mismo Jesús le concede primero al enfermo el perdón de los pecados.

·Se puede relacionar el salmo con las peticiones hechas a Jesús por los enfermos que se acercan a él y le piden misericordia, a veces para otros:

Si quieres, puedes limpiarme (Mc 2,40).

Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí (Mc 10,47).

Señor, el que tú amas está enfermo (Jn 11,3).

·Aunque Jesús va más allá y en determinadas ocasiones no necesita que le dirijan la súplica, basta con que vea la situación de necesidad:

Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» (Lc 6-13-14).

Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad» (Lc 13-11,12).

 

La mujer que toca el manto de Jesús

 

Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?» (Jn 5,5-6).

·Para Jesús la enfermedad ya no es sólo el signo del pecado (Jn 5,14), sino la ocasión de que se manifieste la gloria de Dios (Jn 9,2-4).

·Hay que tener en cuenta que la presentación que hace el salmista de su situación no describe una enfermedad concreta y puede aplicarse a las diversas situaciones (no necesariamente de enfermedad) en la que nos coloca nuestro pecado.

·También podemos hacer nuestra esta oración y dirigirla a Dios cuando nos sentimos acosados por los que no creen en la eficacia de la oración o intentan minar nuestra confianza en Dios a causa de nuestros pecados.

Pero también puede rezarse este salmo poniéndolo en labios de Jesús, para contemplarle a él, especialmente en su pasión, en la que no faltó la burla de los enemigos:

·Es verdad que Jesús no ha cometido pecado, pero él carga con nuestro pecado y sus consecuencias, por eso él puede hacer suyas las palabras de este enfermo-pecador:

Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca… Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño (1Pe 2,22.24)

Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro (2Co 5,21).

·En la cruz, hace nuestra situación de dolor y angustia con palabras de otro salmo, que nos permiten también poner en sus labios estas otras lamentaciones del salmista (y nuestras) que él hace suyas:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34; Sal 22,2).

·De este modo, al contemplar así a Cristo, vemos la situación en la que nos coloca el pecado y lo que hace el Señor para rescatarnos de él:

·En la resurrección del Señor se ve el triunfo de la oración y de la entrega de Jesús sobre los que se burlaban de él. Y es la resurrección del Señor, que saca a los justos del Antiguo Testamento del lugar de los muertos, la que hace que puedan alabarle y darle gracias después de la muerte.

2. Rumiar la Palabra (meditación)

En la repetición de las palabras del salmo, la meditación puede llevarnos a repetir especialmente las peticiones de súplica, o las palabras que expresan la situación del salmista, para expresar nuestra situación o la de otros. Así podemos pedir perdón o la salvación (curación) que necesitamos:

«No me corrijas con ira, no me castigues con cólera».

«Misericordia, Señor, que desfallezco».

«Vuélvete, Señor, liberta mi alma».

«Sálvame por tu misericordia».

«Tengo el alma en delirio»

«Estoy agotado de gemir».

 

Rostro de Jesús

 

Estas mismas palabras nos pueden servir para expresar y contemplar la oración de Jesús por nosotros.

Quizá, el Señor, nos lleve a repetir las palabras de confianza que se expresan en la segunda parte del salmo, para avivar o manifestar nuestra confianza:

«El Señor ha escuchado mis sollozos;

el Señor ha escuchado mi súplica,

el Señor ha aceptado mi oración».

Es muy necesaria la paciencia y la docilidad a la hora de rumiar la Palabra, para que sea el Señor el que nos ilumine, por medio de las mociones del Espíritu, las palabras del Salmo que él quiere que rumiemos en concreto y del modo en que quiere que lo hagamos. Esa docilidad hará que la oración y la contemplación no vayan por dónde nosotros queremos, sino a dónde quiere Dios.

3. Responder a la Palabra (oración)

No es difícil en un salmo de súplica, como éste, pasar de la meditación a la oración. El mismo salmo nos ofrece palabras y sentimientos para pedir perdón, curación, salvación, para expresar o pedir confianza…

Quizá sea el momento de sacar nuestra situación más concreta (o de aquellos por los que pedimos con estas palabras), poner ante el Señor esas situaciones y presentarle la motivación de nuestra oración: «porque eres…», «porque estoy…», «¿quién te dará gracias…?», «que no se alegren mis enemigos...»

Puede ser valioso en este momento de la lectio hacer nuestra la convicción profunda del salmista que ante su propio pecado y su situación de sufrimiento y peligro, acude al Señor con la confianza y la fuerza de que si el Señor lo ve y le escucha, entonces le salvará. Tal vez ayuden aquí algunas de las peticiones que algunos personajes del Evangelio dirigen a Jesús.

4. El paso a la contemplación (contemplación)

En la contemplación, el momento más gratuito de la lectio, siempre hay que tener cuidado en esperar, recibir y dejarse llevar por dónde el Señor quiera… quizá a una contemplación de mi pecado o mi debilidad desde la mirada de Dios; tal vez a compartir el sufrimiento de los hermanos o del mismo Señor por nosotros; puede ser una contemplación de Cristo que carga con mi enfermedad y mi pecado; o también a una experiencia de profunda confianza en la misericordia de Dios que escucha mi oración…

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NOTAS

[1] Los salmos penitenciales son 6, 32, 38, 51, 102, 130, 143 (según la numeración de la Biblia).

[2] L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, I, Verbo Divino, Estella 1992, 193.

[3] J. Bortolini, Conocer y rezar los Salmos, San Pablo, Madrid 2002 (2ª ed.), 48.

[4] Cf. Jr 10,24: «Corrígeme, Señor, pero con tino, pues tu ira acabaría conmigo».

[5] Véase también Dt 8,5-6 y Hb 12,5-11.

[6] J. Collantes, La oración de los salmos, I, Edapor, Madrid 1992, 110.

[7] En el mismo sentido que esta pregunta del salmo 6, puede verse, por ejemplo, Sal 88,11-13:

¿Harás tú maravillas por los muertos?

¿Se alzarán las sombras para darte gracias?

¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia,

o tu fidelidad en el reino de la muerte?

¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla,

o tu justicia en el país del olvido?