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Lectio con el Salmo 5

 

Niño desconsolado clama al cielo

 

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1. Leer la Palabra (lectura)

a) La Palabra de Dios

Invocación inicial

2 Señor, escucha mis palabras,

atiende a mis gemidos,

3 haz caso de mis gritos de socorro,

Rey mío y Dios mío.

A ti te suplico, Señor,

4 por la mañana escucharás mi voz,

por la mañana te expongo mi causa

y me quedo aguardando.

La actitud de Dios frente al malvado y frente al orante

5 Tú no eres un Dios que ame la maldad,

ni el malvado es tu huésped,

6 ni el arrogante se mantiene en tu presencia.

Detestas a los malhechores

7 destruyes a los mentirosos;

al hombre sanguinario y traicionero

lo aborrece el Señor.

8 Pero yo, por tu gran bondad,

entraré en tu casa,

me postraré ante tu templo santo,

con toda reverencia.

Petición central del salmo

9 Señor, guíame con tu justicia,

porque tengo enemigos,

alláname tu camino.

Acusación contra los enemigos

10 En su boca no hay sinceridad,

su corazón es perverso;

su garganta es un sepulcro abierto,

mientras halagan con la lengua.

11 Castígalos, oh Dios,

que fracasen sus planes;

expúlsalos por sus muchos crímenes,

porque se rebelan contra ti.

Los compañeros del orante

12 Que se alegren los que se acogen a ti,

con júbilo eterno;

protégelos, para que se llenen de gozo

los que aman tu nombre:

Conclusión final

13 Porque tú, Señor, bendices al justo,

y como un escudo lo cubre tu favor.

b) Notas para entender lo que se lee

¿Qué tipo de oración es el Salmo 5?

Este salmo es una petición individual: una persona ‑no un grupo‑ se dirige a Dios para pedirle ayuda en una situación comprometida.

 

Orando desde la oscuridad

 

La situación del salmista

En este caso parece que el orante ha sido falsamente acusado y se dirige a Dios para que sea él el que emita el juicio.

Puede hacer referencia al juicio de Dios que se realizaba en el templo: el orante pide a Dios que dicte sentencia para que salga a la luz la verdad frente a las falsas acusaciones. La petición ‑que se presenta por la mañana‑ se puede acompañar con un sacrificio de holocausto; luego se espera el oráculo de Dios ‑normalmente por medio del sacerdote‑ que manifieste la sentencia justa, que saque a la luz la verdad.

Personajes del Salmo

En el salmo aparece el típico triángulo de personajes que encontramos en la mayoría de los salmos:

- El orante: perseguido y calumniado injustamente.

- Los enemigos: que atentan contra su vida acusándolo falsamente.

- Dios que escucha y que salva; que realiza el juicio verdadero.

- En este caso aparecen otro grupo de personajes que están en segundo plano: los que están de parte de Dios y del orante (v. 12). Éstos se alegran cuando Dios realiza su juicio y se caracterizan por dos actitudes: se acogen a Dios y aman su nombre. El que ora ‑como sucede en otros salmos‑ pide también por ellos, para que la acción de Dios les alegre, les fortalezca, quite el obstáculo para su fe que sería el fracaso del justo.

Invocación inicial (v. 2-4)

Como es normal en las súplicas individuales, el salmo comienza con una petición.

Debemos fijarnos en los nombres que se emplea para invocar a Dios. En este caso, además de «Señor», encontramos «Rey mío y Dios mío». No se trata de unos simples títulos de Dios: al decir «mío», el que ora con el salmo proclama una relación personal con Dios, que él está ahí para mí y yo estoy aquí para él; es como decir «eres mi Dios, no tengo otros dioses, contigo mantengo relaciones personales»[1]; proclamar que él es mi rey es afirmar que puedo apelar a su protección y a su poder, que ejerce en mi favor ‑el rey, en el ideal del Antiguo Testamento, es el que cuida del pueblo en nombre de Dios‑, que puedo invocar su justicia ‑el rey es el que imparte justicia en nombre de Dios‑: Dios es el verdadero rey de su pueblo y del orante.

La súplica inicial consiste en que Dios escuche: en este caso se expone con insistencia y con diversidad de matices:

Señor, escucha mis palabras,

atiende a mis gemidos,

haz caso de mis gritos de socorro...

A ti te suplico, Señor...

por la mañana te expongo mi causa.

La confianza del salmista se expresa en la certeza de ser escuchado: «por la mañana escucharás mi voz». Esta confianza se manifiesta, no sólo con palabras, sino con la actitud propia del hombre de fe: saber esperar la salvación de Dios: «por la mañana te expongo mi causa y me quedo aguardando». No necesita repetir, porque Dios le escucha; le basta esperar, porque confía.

La actitud de Dios frente al malvado y frente al orante (v. 5-8)

En estos versículos hay una larga contraposición entre los malvados y el orante (que es justo). Importa especialmente contemplar la actitud de Dios frente a unos y al otro.

Los enemigos son descritos con gran profusión de detalles (las palabras subrayadas) y adjetivos:

-Son malvados, arrogantes, malhechores, mentirosos, sanguinarios y traicioneros.

 

Sangre y espinas

 

- El v. 10 completa esta descripción: en su boca no hay sinceridad, su corazón es perverso, su garganta es un sepulcro abierto, mientras halagan con la lengua (esta última expresión tiene una gran expresividad: la boca de los malvados ‑los que acusan falsamente‑ es como una sima resbaladiza en la que se cae fácilmente y de la que no se puede salir).

También se describe con todo lujo de detalles la acción de Dios frente al malvado:

- Dios no acoge al malvado en su presencia (no es su huésped, ni se mantiene en la presencia de Dios). Éste es un detalle muy importante en este salmo: la clave de la salvación está en poderse presentar ante Dios e invocarle (cf. v. 8).

- El Señor los detesta.

- Los destruye.

- Los aborrece.

El «pero» del v. 8 nos ayuda a descubrir la contraposición entre los enemigos y el salmista: el orante puede entrar en la presencia de Dios porque es justo, puede entrar en el templo e invocar al Señor, y por eso puede esperar de Dios un juicio justo y salvador (cf. v. 4), que es imposible para el malvado que no puede entrar en su presencia (v. 5-6).

- Esa justicia no es fruto de su esfuerzo, no se enorgullece de ella: es don de Dios. Por eso, si puede entrar en su presencia, es por «la gran bondad» de Dios.

Petición central del salmo (v. 9)

A continuación, después de la oposición entre los malvados y el orante, viene la verdadera petición del salmo (v. 9), y por lo tanto lo que nosotros tenemos que pedir cuando oramos con él. No se trata de la destrucción de los enemigos (que vendrá después en los v. 10-11), ni la eliminación de las dificultades, sino poder cumplir la voluntad de Dios en esas circunstancias:

- La ayuda que necesita el orante es que Dios le guíe por sus caminos: los caminos de Dios son el símbolo de la voluntad de Dios, de sus planes. El salmista sabe que necesita ayuda para conocerlos y para seguirlos. Y más ayuda aún porque en ese camino se encuentra el obstáculo de los que se oponen a Dios y a sus planes.

- La justicia de Dios, en este salmo, es la manifestación de la sentencia justa que puede librar al orante de las falsas acusaciones; pero es también la justicia salvadora de Dios (recuérdese que en el Antiguo Testamento los «jueces» del libro de los jueces no son los que se sientan a juzgar, sino los que realizan la salvación en nombre de Dios, los que luchan a favor de su pueblo). «Guíame con tu justicia» es como decir: muéstrame tu camino con tu fuerza salvadora.

- Ante la falsa acusación, el orante necesita que Dios le responda mostrándole su voluntad concreta sobre él, abriéndole la posibilidad específica de cumplir los planes de Dios, que se cierra por la calumnia de los enemigos.

Acusación contra los enemigos (v. 10-11)

El contrapunto de la petición central es la acusación de los enemigos (v. 10) y la petición de que Dios los castigue (v. 11).

Nos ayuda a orar con estas peticiones que el orante no pide tanto su destrucción o su sufrimiento, sino «que fracasen sus planes» (esos planes falsos que cierran el camino de Dios para el salmista).

No son los enemigos personales del salmista, son ‑ante todo‑ los enemigos de Dios («se rebelan contra ti»). No es que metamos a Dios a resolver nuestros conflictos, sino que nos vemos envueltos en los conflictos de Dios y, por eso, le pedimos ayuda a él.

Los compañeros del orante (v. 12)

Como una especie de coro expectante, los que están del lado de Dios (v. 12: «los que se acogen a ti... los que aman tu nombre») esperan el resultado del juicio de Dios, la acción salvadora del Señor.

No sólo les preocupa la salvación del que pertenece a su mismo círculo, les preocupa también porque ellos están envueltos en la misma lucha: ellos pueden esperar las mismas dificultades y podrán esperar que Dios intervenga del mismo modo.

 

Levantando las manos a Dios

 

Por eso, si Dios salva al salmista, ellos ‑que se acogen a él‑ verán reforzada su confianza y se llenarán de gozo por la suerte del salmista y por poder esperar la misma reacción de Dios, porque ellos también aman su nombre y también podrán presentarse ante Dios (no como los enemigos).

Es una invitación a la confianza y a la alegría hecha a los que se refugian en Dios. La alegría debe ser una característica de los que confían en el Señor. Y una alegría que dure para siempre («júbilo eterno»).

Conclusión final

El v. 13 es como un resumen de la acción de Dios, una formulación general de la respuesta de Dios: «Bendices al justo». Es una forma sapiencial de resumir el contenido del salmo.

La bendición de Dios no se reduce a unas palabras, la bendición de Dios es una forma de expresar la salvación, el compendio de los dones de Dios, en definitiva, la comunión misma con Dios que produce una vida plena.

Dios se define entonces como «escudo», uno de los apelativos de Dios favoritos de los salmos (recuérdese lo dicho en Sal 3,4).

El «favor» de Dios es su gracia ‑su amor gratuito a nosotros‑, y eso constituye nuestro escudo frente a toda adversidad.

El orante, que se sabe entre los justos, manifiesta así su confianza en recibir la protección y la bendición de Dios.

c) Lectura cristiana del Salmo

La transposición cristiana más importante de este salmo es contemplar al Señor y poner estas palabras en sus labios en tantas circunstancias de su vida en las que es acusado injustamente (Mt 9,34: «Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios»; Lc 7,34: «Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores»; Jn 9,16: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado»), pero especialmente en el juicio ante el Sanedrín y ante Pilato:

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando contra Jesús un testimonio para darle muerte; pero no lo encontraban. Pues muchos daban falso testimonio contra él, pero los testimonios no coincidían. Algunos, levantándose, dieron contra él este falso testimonio: «Nosotros le oímos decir: Yo destruiré este Santuario hecho por hombres y en tres días edificaré otro no hecho por hombres.» Y tampoco en este caso coincidía su testimonio (Mc 14,55-59).

 

Jesús ante el Sumo Sacerdote de Madrazo

Madrazo, Jesús ante el Sumo Sacerdote

 

Se levantaron todos ellos y le llevaron ante Pilato. Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo rey.» Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Él le respondió: «Sí, tú lo dices.» Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: «Ningún delito encuentro en este hombre.» Pero ellos insistían diciendo: «Solivianta al pueblo con sus enseñanzas por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí» (Lc 23,1-5).

La justicia de Jesús, su acceso libre al Padre, su oración, es lo que le hace «esperar» en la salvación de Dios más allá de la muerte.

La resurrección es el veredicto de Dios que restituye la verdad del justo falsamente acusado, condenado y ejecutado.

En el Antiguo Testamento ‑hasta muy tarde‑ no está clara la fe en la vida eterna y por eso tienen que esperar que la sentencia de Dios se realice en esta vida. La resurrección hace que nosotros ‑como Jesús‑ podamos esperar que la justicia de Dios se realice después de la cruz y de la muerte. Por eso, la cruz no elimina esta confianza del salmo.

Otros detalles que encuentran una plenitud en el Nuevo Testamento:

- Para los que están del lado de Dios, la alegría se convierte en un mandato, en una posibilidad. Una alegría «para siempre»: por supuesto, la alegría eterna del cielo; pero también poder estar siempre alegres en este mundo en cualquier circunstancia:

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres (Flp 4,4).

- Después de la muerte y resurrección de Cristo ‑que nos hace justos‑, nosotros tenemos libre acceso a la presencia de Dios y podemos presentarle nuestras oraciones con toda confianza:

Tenemos, pues, hermanos, plena confianza para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través de la cortina, es decir, de su cuerpo. Tenemos un sacerdote excelso al frente de la casa de Dios. Acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavado el cuerpo con agua pura (Hb 10,19-22).

- El «escudo» de Dios sigue siendo una realidad en el Nuevo Testamento:

Poneos en pie, ceñida vuestra cintura con la verdad y revestidos de la justicia como coraza, calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios (Ef 6,14-17).

2. Rumiar la Palabra (meditación)

Pueden repetirse los apelativos de Dios en le invocación, profundizando en su significado de forma contemplativa: «Rey mío y Dios mío».

Pedir ser escuchados por Dios:

«Señor, escucha mis palabras, atiende a mis gemidos, haz caso de mis gritos de socorro, Rey mío y Dios mío. A ti te suplico, Señor».

Para suscitar la confianza:

«Por la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi causa y me quedo aguardando».

«Porque tú, Señor, bendices al justo, y como un escudo lo cubre tu favor».

«Pero yo, por tu gran bondad, entraré en tu casa, me postraré ante tu templo santo, con toda reverencia».

Puede ser muy fructífera la repetición de la petición central del salmo:

«Señor, guíame con tu justicia, porque tengo enemigos, alláname tu camino».

Para pedir por los demás:

«Que se alegren los que se acogen a ti, con júbilo eterno; protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu nombre».

3. Responder a la Palabra (oración)

Una forma de responder a lo que dice Dios por medio del salmista ‑y que conduce a la contemplación‑ es exponer al Señor «nuestra causa» y «quedar aguardando» (cf. Lm 3,26: «Esperar en silencio la salvación de Dios»).

Puede dar pie a un rico diálogo con Dios (petición, agradecimiento y entrega) partiendo de todo lo que se encierra tras la sencilla fórmula «Dios mío y rey mío».

Levantando la mirada y los brazos al cielo

 

Otro posible diálogo con el Señor puede surgir de la petición central del salmo: pedir al Señor que nos muestre el camino, que nos ayude a caminar con él, contando con las dificultades.

En todo caso es la misma Palabra de Dios que resuene en el corazón la que nos guiará al diálogo, a la petición o al agradecimiento.

4. El paso a la contemplación (contemplación)

El salto a la contemplación, siempre el más gratuito por parte de Dios y que debe acompañarse de una plena docilidad por la nuestra, puede llevarnos por estos caminos o por otros:

-Quedarnos aguardando en silencio al Señor, después de haberle presentado nuestras palabras, gritos y gemidos (por nuestra situación o por la de los demás).

-Invitados por la gran bondad del Señor, entrar en su presencia y postrarnos ante él con toda reverencia.

-Ponernos en manos del Señor para que nos tome de la mano y nos guíe con su mano salvadora.

-Experimentar que Dios, nuestro escudo, nos cubre con su presencia.

-Contemplar en Cristo el silencio y la confianza en el Padre ante los ataques injustos que sufre…y hacerlos nuestros.

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NOTAS

[1] L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, Estella 1992 (Verbo Divino), I, 184.