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Lectio con el Salmo 4

 

Niño durmiendo plácidamente

 

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1. Leer la Palabra (lectura)

a) La Palabra de Dios

Súplica a Dios en la prueba

2 Escúchame cuando te invoco, Dios defensor mío,

tú que en el aprieto me diste anchura,

ten piedad de mí y escucha mi oración.

Interpelación a los enemigos

3 Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor,

amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?

4 Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,

y el Señor me escuchará cuando lo invoque.

5 Temblad y no pequéis, reflexionad

en el silencio de vuestro lecho;

6 Ofreced sacrificios legítimos

y confiad en el Señor.

Interpelación a los amigos desanimados

7 Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha

si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?»

Abandono en Dios

8 Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría

que si abundara en trigo y en vino.

9 En paz me acuesto y en seguida me duermo,

porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo.

b) Notas para entender lo que se lee

La situación del que ora

El orante se encuentra en una situación de peligro, que no se especifica. Parece ser una falsa acusación: «¿Hasta cuándo ultrajaréis mi honor, amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?» (v. 3).

El que ora en el salmo parece un hombre sencillo («...que si abundara en trigo y en vino») que se enfrenta a hombres poderosos (el texto hebreo no dice «vosotros» (v. 3), sino «hijos de un hombre», que es como decir «hijos de alguien»).

Pero nuestro orante ya ha tenido experiencia de la salvación de Dios (lo hemos subrayado): «Tú que en el aprieto me diste anchura» (v. 2); «el Señor hizo milagros en mi favor» (v. 4). Esa experiencia de Dios forma parte de la situación del orante. La memoria es fundamental para la oración de los salmos y para la nuestra (especialmente en los momentos de oscuridad o de peligro).

¿Qué tipo de oración es el Salmo 4?

 

Hombre desconsolado que mira a lo alto

 

El salmo 4 ‑como el 3‑ es una súplica individual, la oración de un individuo que se dirige a Dios para pedirle la salvación. Pero en este salmo predominan hasta tal punto las expresiones de confianza en Dios, que puede considerarse también una oración de confianza o una mezcla de petición y expresión de confianza.

Personajes del Salmo

Si en el salmo 3 hay tres «personajes» (el orante, los enemigos y Dios), en el salmo 4 nos encontramos con cuatro: aparecen también los compañeros o amigos que vacilan. El orante dialoga con los otros tres interlocutores:

v. 2:      se dirige a Dios para pedirle ayuda.

v. 3-6:  se dirige a los adversarios.

v. 7:     se dirige a los amigos vacilantes.

v. 8-9:  se dirige a Dios para manifestar confianza.

Petición inicial (v. 2)

En la petición inicial encontramos elementos típicos de la oración de los salmos:

La invocación inicial

Aquí se emplea el título «Dios defensor mío», porque Dios se ha mostrado ya defensor del que ora y porque espera que salga de nuevo en su ayuda. Con los títulos de Dios el que ora con el salmo quiere «mover» el corazón de Dios y fomentar en sí mismo la confianza.

La súplica

La súplica inicial comienza y termina con la misma petición «escúchame», «escucha mi oración». No necesita pedir más, porque sabe que si Dios le escucha, le salvará.

Pide también que el Señor «tenga piedad», pero parece que esa piedad consiste en escucharle y en la consecuencia inmediata: cuando Dios escucha concede la salvación.

El recuerdo de la ayuda

 

Niño que llora en brazos de su padre

 

 A la petición se le añade el recuerdo de la ayuda de Dios recibida anteriormente, como si dijera: «Tú que me salvaste, puedes salvarme de nuevo», «actúa ahora como lo hiciste entonces». Quizá Dios le salvó de los mismos enemigos que ahora le acusan.

La descripción del peligro

El peligro y la salvación se expresan con una imagen muy concreta: el peligro es la angustia, la estrechez, estar atrapado; la liberación, la anchura, el camino despejado.

Interpelación a los enemigos (v. 3-6)

Se dirige a los enemigos y les avisa: «Dios está de mi parte». Hay una contraposición entre lo que ellos hacen y lo que Dios ha hecho y hará.

Los enemigos: ultrajan su honor, aman la falsedad y buscan el engaño.

Dios:   hizo milagros en su favor y lo escuchará (lo salvará).

Expresión de confianza (v. 4)

La confianza del orante es plena, por eso no pide nada en contra de los enemigos, sino les avisa de que Dios va a intervenir y les proporciona una posibilidad de salvación en varias fases. Aquí encontramos una plegaria en relación con los enemigos perfectamente asumible por la nueva visión cristiana. ¿Qué propone el salmista a los enemigos con el fin de que dejen de oponerse a Dios con sus acciones?

1º. Reconocer que Dios ha hecho milagros en su favor («Sabedlo»), es decir, aceptar que Dios le ha hecho justicia porque es justo. Luego tendrán que «reflexionar» en el silencio de la noche todas esas cosas (v. 5).

2º. Reaccionar con temor ante la intervención de Dios a favor del orante (pasada y futura).

3º. No pecar, cambiar de actitud (= dejar de acusar falsamente).

4º. Ofrecer sacrificios legítimos (seguramente el sacrificio para expiar su pecado o el sacrificio para entrar de nuevo en comunión con Dios y con el que ora).

5º. Aprender a confiar en el Señor: la misma actitud del orante.

Interpelación a los amigos desanimados (v. 7)

El orante se vuelve ahora a los que no confían en el Señor cuando las cosas se ponen difíciles.

No son sus enemigos, son los que participan de las mismas dificultades, pero no tienen la fe o la experiencia de salvación del salmista, por eso dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?».

Son «muchos» los que reaccionan así.

No son increyentes, saben que la «dicha» procede de ser iluminados por el rostro de Dios (= su presencia que ilumina).

Son los que pierden la esperanza cuando no «sienten» a Dios y piensan que Dios se ha alejado («huido»). Los que no son capaces de caminar con la luz de la fe. «Su error está en no soportar la noche oscura» (Schökel)[1].

Es significativo que de éstos no sale una súplica, sino un lamento. No confían, por eso no piden, y por eso se andan quejando. No captan ‑como el salmista‑ las señales de la presencia o de la salvación de Dios.

Abandono en Dios (v. 8-9)

El salmista opone a esta actitud de los desanimados la realidad y la acción de Dios (de nuevo aparece un «pero» muy significativo), y su propia confianza:

1º. Dios es el que alegra el corazón, sin necesidad de dar los bienes materiales que causan la alegría a los hombres.

-Para el Antiguo Testamento, la abundancia de bienes materiales («el trigo y el vino») es signo de bendición de Dios y de fidelidad a él. El que los disfruta tiene la alegría sobrenatural de saber que Dios le bendice.

-Pero cuando faltan esos bienes se piensa que se ha pecado y que Dios le castiga (piénsese en Job).

-El orante de este salmo disfruta de la alegría de la bendición de Dios por encima de las circunstancias; no necesita de esos bienes para descubrir la bendición de Dios.

-Es la respuesta a los que necesitan esos signos tangibles para creer que están iluminados por el rostro de Dios.

-La confianza del salmista se basa en su experiencia de haber estado en situaciones difíciles y haber sido salvado por Dios. -Eso significa que Dios (y su luz salvadora) no había huido de él. Esa experiencia de salvación infunde en él una alegría indestructible. «Todas las bendiciones de la tierra se desvanecen frente al amor, lleno de gracia y de clemencia, de Dios» (Kraus)[2].

2º. La confianza del salmista se expresa en la seguridad en Dios, en la paz y en la tranquilidad... en el sueño tranquilo.

 

Niño pequeño en las manos de su padre

 

-Puede dormir en cuanto se acuesta porque no está preocupado ‑a pesar de su situación‑. No es que sea inconsciente o irresponsable, sino que sabe que está en manos de Dios (cf. lo dicho en Sal 3,6; y la imagen del niño en brazos de su madre en Sal 131,2).

-Dormir en «paz» no significa sólo dormir tranquilo: la «paz» conlleva el don de la salvación, el don de la comunión con Dios, la plenitud de la vida en Dios.

-Se opone a la situación de los enemigos que han de reflexionar en el silencio del lecho (v. 5), que han de temer porque han pecado.

-La seguridad está sólo en Dios, sólo Dios es el que hace vivir (y dormir) tranquilo (en «paz»).

Conclusión

«El salmo 4 es testimonio de la invencible seguridad y certeza que, por una maravillosa experiencia de la gracia del amor de Dios, desafía a todas las hostilidades» (Kraus)[3].

En eso se parece al Salmo 2 (desafío del rey a las naciones hostiles) y al Salmo 3 (confianza en Dios-escudo por encima de la multitud de enemigos).

c) Lectura cristiana del Salmo

Esta confianza en las adversidades encaja perfectamente en Cristo:

-Su experiencia de Dios como Padre le hace afrontar con entrega y confianza los momentos en que parece que ha desaparecido el rostro de Dios: agonía de Getsemaní y muerte en cruz.

Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad.» Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Y decía: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.» (Mc 14,33-36).

-Esa misma confianza es la que nos enseña a nosotros (basada en la experiencia del amor de Dios Padre):

Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra;  o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! (Mt 7,7-11).

La reacción frente a los enemigos de este salmo encaja mejor con la actitud y las palabras de Jesús hacia los pecadores: «convertíos y creed» (Mc 1,15); «vete y no peques más» (Jn 8,11). Tanto el salmo como el mismo Jesús infunden confianza al pecador que vuelve. Comparar las parábolas de la misericordia de Lc 15 y Sal 4,6: «ofreced sacrificios legítimos y confiad en el Señor».

 

Caminando con los brazos hacia el cielo

 

La alegría y la confianza a pesar de la adversidad, en el fracaso o en medio de la noche oscura, encajan perfectamente en el mensaje del Nuevo Testamento que no necesita ya de las bendiciones materiales para saberse amado por Dios:

El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Rm 14,17).

Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos... (Mt 5,3 y ss).

Cristo es el que puede proporcionar esa alegría compatible con cualquier situación:

También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar (Jn 16,22).

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres (Flp 4,4).

La resurrección de Cristo es la respuesta del Padre a Cristo que duerme (muere) poniéndose en manos de Dios («Padre, en tus manos pongo mi espíritu» Lc 23,46).

Esa misma experiencia de confianza en la muerte de Cristo ‑nuestra cabeza‑ respondida por la resurrección realizada por el Padre nos ayuda a nosotros ‑sus miembros‑ a tener confianza en cualquier adversidad o frente a cualquier enemigo.

2. Rumiar la Palabra (meditación)

Para pedir la ayuda de Dios puede repetirse con el corazón:

«Escúchame cuando te invoco, Dios defensor mío».

«Ten piedad de mí y escucha mi oración».

Para recordar la salvación de Dios:

«Tú que en el aprieto me diste anchura».

«El Señor hizo milagros en mi favor».

Para expresar (o suscitar) la confianza:

«El Señor me escuchará cuando lo invoque».

«Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría

que si abundara en trigo y en vino».

«En paz me acuesto y en seguida me duermo,

porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo».

Para responder a las adversidades:

«Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor,

amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?

Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,

y el Señor me escuchará cuando lo invoque».

«Hay muchos que dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha

si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?”

Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría

que si abundara en trigo y en vino».

Para pedir por los pecadores:

«Temblad y no pequéis,

reflexionad en el silencio de vuestro lecho;

ofreced sacrificios legítimos

y confiad en el Señor».

3. Responder a la Palabra (oración)

El salmo se presta a un diálogo confiado con Dios, a contraponer nuestras adversidades con el amor de Dios que ya hemos experimentado.

4. El paso a la contemplación (contemplación)

Los dos últimos vv. del salmo son propicios para una oración más contemplativa gozando de Dios más allá de dones y sentimientos; experimentando el abandono en Dios, el único que nos da la paz.

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NOTAS

[1] L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, Estella 1992 (Verbo Divino), I, 178.

[2] H.-J. Kraus, Los salmos, Salamanca 1993 (Sígueme), I, 236.

[3] Ib. 237.