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Lectio divina

Lectio con el Salmo 3

 

Un niño bajo la mirada de su padre

 

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1. Leer la Palabra (lectura)

a) La Palabra de Dios

Título (1)

1 Salmo. De David. Cuando huía de su hijo Absalón.

Invocación (2a)

2 Señor,

Presentación de la necesidad (2b-3)

¡cuántos son mis enemigos,

cuántos se levantan contra mí!

3 ¡Cuántos dicen de mí:

«Ya no lo protege Dios»! Pausa.

Petición (4-9)

4 Pero tú, Señor, eres mi escudo, y mi gloria

tú mantienes alta mi cabeza.

5 Si grito invocando al Señor,

él me escucha desde su monte santo. Pausa.

6 Puedo acostarme, dormir y despertar:

el Señor me sostiene.

7 No temeré al pueblo innumerable

que acampa a mi alrededor.

8 ¡Levántate, Señor!

¡Sálvame, Dios mío!

Tú golpeaste a mis enemigos en la mejilla,

rompiste los dientes de los malvados.

9 De ti, Señor, viene la salvación,

y la bendición sobre tu pueblo. Pausa.

b) Notas para entender lo que se lee

En este salmo encontramos dos elementos nuevos y que hemos señalado en letra cursiva, y que veremos en otros salmos:

1. En el v. 1, antes de comenzar la oración del salmista aparece un título que indica tres cosas:

a) El tipo de oración que es. Aquí el término que hay detrás de «salmo» se refiere a un cántico cultual acompañado por instrumentos musicales y que estaban en relación con el culto en el templo.

b) El autor: David. Indica que pertenece a la llamada colección de salmos de David que empieza con el salmo 3 y termina con el 41.

c) Una situación en la que David compuso o recitó el salmo: aquí se refiere a cuando su hijo Absalón quiso quitarle el trono y tuvo que huir de Jerusalén (cf. 2Sam 15-18).

En general, no hay que seguir demasiado al pie de la letra estas indicaciones que fueron añadidas después de la composición del salmo.

2. Una palabra que se repite a lo largo del salmo (vv. 3.5.9) que el texto litúrgico traduce por «pausa». Se trata de una indicación para la recitación y el cántico, aunque no sabemos con certeza a qué se refiere: quizá una parada para hacer una doxología, o una repetición de lo dicho o una inclinación. Estas indicaciones nos ayudan a entender que los salmos se han compuesto y se han rezado para el mismo uso que hacemos nosotros de ellos en la liturgia de las horas.

Este salmo 3 es una oración de petición en la que el que se dirige a Dios es una persona individual (no un grupo), un «yo»: a este tipo de salmos se les llama «súplica individual».

Lo considero una súplica, con expresión de confianza para el presente, basada en experiencias pasadas (Schökel-Carniti)[1].

La estructura es clara y compleja a la vez porque en un salmo bastante breve se mezclan diversos elementos que aparecen permanentemente en la oración de los salmos y en la Biblia en general:

·Invocación (v. 2a): aquí es muy breve: «Señor» (en el original: «Yahweh»). Es la forma de dirigirse al Dios personal que escucha y actúa, que ha salvado a su pueblo y ha hecho alianza con él.

·Presentación de la necesidad o de la situación de peligro del que ora (2b-3): en este caso, los enemigos que amenazan al orante.

·Petición (4-9): se dirige a Dios para pedirle la salvación del peligro. Pero en esta petición hay una variedad de elementos que debemos reconocer (en este salmo y en otros).

Vamos a fijarnos en los diversos elementos que aparecen en la súplica con un típico esquema circular del gusto de la literatura hebrea: a-b-c-a-b, en el que el elemento principal está en el centro. Podemos presentarlos de esta manera:

 

Luchando contra los enemigos

 

a) Las cualidades y acciones de Dios opuestas a la situación

4 Pero tú, Señor, eres mi escudo, y mi gloria

tú mantienes alta mi cabeza.

b) Confianza en Dios que sostiene la oración

5 Si grito invocando al Señor,

él me escucha desde su monte santo.

6 Puedo acostarme, dormir y despertar:

el Señor me sostiene.

7 No temeré al pueblo innumerable

que acampa a mi alrededor.

c) Petición de salvación

8 ¡Levántate, Señor!

¡Sálvame, Dios mío!

a) Las cualidades y acciones de Dios opuestas a la situación

Tú golpeaste a mis enemigos en la mejilla,

rompiste los dientes de los malvados.

b) Confianza en Dios que sostiene la oración

9 De ti, Señor, viene la salvación,

y la bendición sobre tu pueblo.

· · ·

a) A la realidad que pone en peligro la vida (los enemigos), se opone la realidad de Dios: quién es Dios, cómo es Dios y lo que hace por mí.

·Es muy importante el «pero tú» (muy frecuente en los salmos) que no niega el peligro pero que contrapone otra realidad más fuerte: Dios con sus cualidades y acciones: «mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza».

·En esta parte de los salmos encontramos preciosas descripciones de Dios que valen por sí solas para la meditatio y enriquecen enormemente la oración.

·La realidad de Dios sigue contraponiéndose a la realidad de los enemigos a lo largo del salmo: Dios es el que me responde cuando le invoco (v. 5), y que actúa contra mi enemigo (v. 8).

·En el último versículo (v. 9) se manifiesta esta realidad salvadora de Dios como principio general y como confesión de fe: «De ti, Señor, viene la salvación».

b) Expresiones de confianza para sostener el corazón del orante ante el peligro y para mover el corazón de Dios para que actúe.

·Una característica de la oración de los salmos es la permanente unión de súplica desgarrada («grito invocando») y confianza ilimitada («no temeré... puedo dormir... el Señor me sostiene... de ti viene la salvación»).

·No es extraño que la liturgia titule este salmo 3 como «confianza en medio de la angustia».

c) La petición expresa de la salvación: «¡Levántate, Señor! ¡Sálvame, Dios mío!»

 

Estos tres elementos se refuerzan entre sí: las cualidades y las acciones de Dios suscitan la confianza, y la confianza mueve a la petición; del mismo modo, la confianza es un modo de hacer más eficaz la oración y se tiene la seguridad de que el Señor se va a mostrar con sus obras como Dios salvador. Eso cierra el círculo de la confianza para nuevas situaciones en las que el orante reaccionará de la misma manera: confiando y orando en la adversidad.

La letra del salmo hace que resuene en nosotros un contexto de batalla, el orante sería un militar (un general, el mismo rey); pero el salmista usa a menudo metáforas de todo tipo (la enfermedad, la guerra, el juicio injusto...) para referirse a cualquier clase de enemigos y dificultades.

-No sirve sólo para una situación concreta, sino para multitud de ocasiones en las que el orante se siente rodeado de sus enemigos que son más numerosos y fuertes que él.

-Por eso se puede aplicar el salmo a la situación de David cuando huye del ejército de Absalón. Pero no encaja claramente en ella y se puede aplicar a infinidad de situaciones distintas: abarca toda aflicción y persecución que puedan sufrir las personas.

Terminemos estas primeras notas con algunos detalles a tener en cuenta:

-Los enemigos son muy numerosos y, en consecuencia, más poderosos que el orante. Por tres veces repite: «cuántos» (en hebreo: «muchos»). Cf. el v. 7: «el pueblo innumerable que acampa a mi alrededor».

·Como en el salmo 2, surge la desproporción entre las fuerzas del orante y las del enemigo.

-Los enemigos del orante no son sólo los que quieren hacerle daño, sino los que se oponen a su confianza en Dios.

·Por eso dicen: «Ya no lo protege Dios»; al pie de la letra: «No hay salvación para él en Dios», que es lo mismo que decir: «No hay Dios que lo salve».

·No pretenden sólo hacerle daño o destruirle, sino minar también su última fuente de esperanza: su relación con Dios. Quieren hacerle creer que Dios lo ha abandonado.

·Los enemigos del que ora, son a la vez los enemigos de Dios.

·Los enemigos dicen solamente «Dios» de forma general y negativa (podría traducirse: «en un dios»); para el que ora tiene un nombre propio, un rostro, una historia, es «el Señor» (Yahweh), es «mi Dios», un «tú» al que dirigirse.

-Presentar el peligro ante Dios -para el que pertenece a su pueblo- es ya una forma de solicitar la ayuda de Dios, es ya una forma eficaz de oración.

-«Pero tú» introduce las expresiones de confianza: la confianza no surge de la situación, ni del «yo» del que ora, sino del «tú» de Dios.

-Las imágenes que describen a Dios: literalmente «escudo protector» o «escudo en torno», no es un escudo que resguarda sólo en parte, sino que protege por todas partes. Dios «escudo» es una invocación muy frecuente en los salmos[2].

-«Levantar la cabeza» es signo de inocencia en el tribunal, de salvación, de victoria. El que es derrotado queda oprimido, con la cabeza baja, rostro en tierra[3].

-El orante de los salmos tiene la certeza de ser escuchado: «Si grito invocando al Señor, él me escucha». No hay duda de que Dios escucha y va a intervenir.

·El monte de Sión, el emplazamiento del templo, es para el israelita el lugar de la presencia viva y real de Dios.

-El sueño es una de las mayores expresiones de confianza (p. ej. un niño dormido en brazos de su madre; cf. Sal 131,2). El insomnio es síntoma de la preocupación. Si en esa situación puede acostarse, dormir y despertar, es que el orante confía en Dios y se pone en sus manos.

 

El sueño coinfiado de un niño en brazos de su madre

 

·No deja de ser toda una profesión de fe y de confianza puesta en acto contemplar a nuestro orante rodeado de sus enemigos puestos en orden de batalla y durmiendo plácidamente. Lo que va a proclamar al final del salmo («De ti, Señor, viene la salvación»), lo proclama ahora con su sueño.

-«Levántate» es una forma de pedir a Dios que actúe, que se acerque, que nos salve. Con la imagen del rey sentado en su trono que se levanta para socorrer a un vasallo en peligro, se pide al Dios soberano de todo que se levante de su trono y venga para salvar.

-La experiencia de ser escuchado sirve al orante para afrontar una nueva situación de peligro: «Tú golpeaste...». Tiene la confianza de que también en esta ocasión el Señor va a salvarle del mismo modo de los enemigos.

-El último v. es una conclusión de carácter general; una especie de confesión de fe: la salvación viene (sólo) del Señor. Esa salvación tiene otro nombre: «La bendición de Dios».

c) Lectura cristiana del salmo

Teniendo en cuenta el cumplimiento de la Escritura en Cristo, podemos decir que Jesús es el primer orante de los salmos.

-Jesús se identifica perfectamente con el perseguido al que sus enemigos intentan convencerle de que Dios no lo escucha.

Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: «Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!» Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: “Soy hijo de Dios”» (Mt 27,39-43).

-Jesús es también el que en esa situación confía plenamente y ora a su Padre:

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46).

-Después de identificar este salmo con la pasión de Cristo y su oración en la cruz, era fácil para la tradición cristiana  aplicar a la muerte y resurrección de Cristo el «dormir» y «despertar» del salmo; y el «levantar la cabeza» a la victoria de Cristo.

-Cristo, dando plenitud al salmo, tiene una forma distinta de reaccionar frente a los enemigos:

Padre, perdónales porque no saben lo que hace (Lc 23,34).

Este salmo nos permite orar «en Cristo» en nuestras dificultades. Hacer nuestros sus sentimientos de confianza y oración cuando nos veamos rodeados de enemigos. Él nos enseña la forma nueva de «acabar» con los enemigos: por medio del perdón.

Siempre nos resulta un poco difícil encajar a los «enemigos» que aparecen en los salmos y que aparecen frecuentemente. Tenemos diversos caminos de hacer una oración «cristiana» de estas peticiones contra los enemigos.

-El camino más fácil es eliminar estas peticiones. Pero no podemos olvidar que sigue habiendo en nuestra vida y en el mundo luchas, injusticias y enemigos del hombre y de Dios.

-Quizá nosotros no reconozcamos enemigos de ese calibre, pero, todavía hoy, muchos cristianos sufren persecución y martirio a causa del nombre de Cristo y podemos unirnos a ellos que sienten que sus enemigos son poderosos e innumerables, para pedir que Dios los salve.

-Otra forma es «espiritualizar» estos enemigos. No se trata de una lectura falsa, sino de una visión más amplia y verdadera, que no elimina las demás: no sólo luchamos contra los demás, luchamos contra nosotros mismos, y contra las fuerzas del mal:

Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza poderosa. Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en el aire. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día funesto, y manteneros firmes después de haber vencido todo (Ef 6,10-13).

Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado (1Co 9,26-27).

-Hay que caer en la cuenta que los enemigos de los salmos no son los que se oponen a mis planes o a mis caprichos, los que me caen mal; sino los que se oponen a Dios y a sus planes, y los que me apartan de la salvación y del camino de Dios. Esos enemigos son los que podemos reconocer en nuestra vida y presentar en nuestra oración. Ciertamente hay que eliminar todo rasgo de violencia o de venganza en nosotros, pero sí podemos pedir que Dios nos ayude a cumplir sus planes y desbarate los de nuestros enemigos.

-No podemos dejar de pedir que Dios termine con los enemigos (los nuestros y los suyos) pero no por el camino de la destrucción, sino de la reconciliación, del perdón y de la conversión que se consigue con la entrega de Cristo:

Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro divisorio, la enemistad, anulando en su carne la Ley con sus mandamientos y sus decretos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo las paces, y reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad (Ef 2,14-16).

(Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud) reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo seres de la tierra y de los cielos. (Col 1,20).

2. Rumiar la Palabra (meditación)

Con la repetición de «cuántos son mis enemigos», podemos presentarle al Señor una serie de dificultades (personales y ajenas) sabiendo que esa presentación es ya una forma de oración. Quizá podía repetirse también (ante esas dificultades) el «pero tú» que nos hace cambiar la mirada.

Pueden «rumiarse» las distintas invocaciones y descripciones de Dios que hace este salmo:

-«Señor».

-«Mi escudo».

-«Mi gloria».

-«El que mantiene alta mi cabeza».

Pueden repetirse las palabras de confianza (para expresarla o para adquirirla):

-«Si grito invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo.

-«Puedo acostarme y dormir y despertar»

-«El Señor me sostiene».

-«No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor».

-«De ti, Señor, viene la salvación y la bendición sobre tu pueblo».

La petición central del salmo se presta para una humilde y perseverante repetición: «Levántate, Señor; sálvame, Dios mío».

3. Responder a la Palabra (oración)

Según qué frase emplee el Señor para hablarnos, podemos convertir fácilmente la Palabra de Dios escuchada en petición, expresión de confianza, diálogo sobre mis «enemigos», o presentación ante el Señor de mis dificultados. Para ese diálogo pueden usarse las mismas palabras del salmo.

4. El paso a la contemplación (contemplación)

Quizá puedan abrir más fácilmente las puertas de la contemplación las invocaciones que describen quien es Dios y la actitud de confianza que permite abandonarse y descansar en Dios.

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NOTAS

[1] L. A. Schökel-C. Carniti, Salmos, Estella 1992 (Verbo Divino), I, 165.

[2] Cf. Sal 7,11: «Mi escudo es Dios»; Sal 18,2: «Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte». Véase también: Sal 28,7; 33,20; 59,12; 84,12, 89,19, 115,9-11; 114,2; 119,114; 5,13; 91,4.

[3] Cf. p. ej. Lc 21,19: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación».