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Lectio divina

Lectio con el Salmo 2

 

Un niño en brazos de su madre

 

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1. Leer la Palabra (lectura)

a) La Palabra de Dios

Sorpresa ante la rebelión de las naciones (1-3)

Sorpresa (1)

1 ¿Por qué se amotinan las naciones,

y los pueblos planean un fracaso?

Planes (2-3)

2 Se alían los reyes de la tierra,

los príncipes conspiran,

contra el Señor y contra su Mesías:

3 «Rompamos sus coyundas,

sacudamos su yugo».

Reacción de Dios (4-6)

4 El que habita en el cielo sonríe,

el Señor se burla de ellos.

5 Luego les habla con ira,

los espanta con su cólera:

6 «Yo mismo he establecido a mi rey

en Sión, mi monte santo».

Recuerdo de la consagración del rey (7-9)

7 Voy a proclamar el decreto del Señor;

Él me ha dicho:

«Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy;

8 pídemelo: te daré en herencia las naciones,

en posesión, los confines de la tierra.

9 Los gobernarás con cetro de hierro,

los quebrarás como jarro de loza».

Advertencia final a las naciones (10-12c)

10 Y ahora, reyes, sed sensatos,

escarmentad, los que regís la tierra:

11 servid al Señor con temor,

12 rendidle homenaje temblando;

no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,

porque se inflama de pronto su ira.

Bienaventuranza final (12d)

¡Dichosos los que se refugian en él!

b) Notas para entender lo que se lee

Este salmo segundo forma parte de los «cánticos del rey». El que habla en el salmo es el rey, que tiene conciencia de ser el elegido y el ungido de Dios (eso significa «mesías», ungido). El rey de Israel sabe que Dios ha elegido a su pueblo, lo guía y lo protege.

• En primer lugar, el rey contempla con asombro el ataque de las naciones contra el pueblo de Dios; y, en consecuencia contra los planes de Dios (v. 1) (No se debe olvidar nunca esa dimensión teológica de la historia de Israel; si no, muchos textos de la Escritura se convierten en mero nacionalismo judío. Es la historia de la salvación de Dios al hombre la que está en juego en la historia de Israel).

• El rey es el que comunica la reacción de Dios y sus palabras ante la rebelión de las naciones.

• El rey recuerda que Dios mismo es el que le ha dado una misión y lo respalda.

• El rey, a la luz de la reacción de Dios, de la misión que se le había encomendado, y de ser recibido por Dios como hijo, avisa a las naciones.

vv. 1-3: La sorpresa

A diferencia de otros salmos de súplica, el orante no presenta una situación de peligro que atenta contra su vida o contra la del pueblo; no se lanza a Dios el «¿por qué?» del sufrimiento injusto o de la amenaza inminente.

 

Una gran ola abate contra un faro

 

El «¿por qué?» de este salmo no tiene sombra de angustia, preocupación o consternación. La pregunta con la que comienza el salmo es la manifestación de una sorpresa: ¿Cómo es posible que los pueblos se atrevan a atentar contra Dios y contra su ungido?

La pregunta manifiesta lo absurdo de las pretensiones de «las naciones» (se entiende: «los pueblos paganos», que se oponen a los planes de Dios).

Las dos frases de la pregunta tienen un sentido semejante, sólo que la segunda nos anticipa que esa rebelión es un fracaso:

 

 

Esta sorpresa no se basa en el poderío militar de Israel, sino en su confianza en Dios.

Israel nunca tuvo un reino tan fuerte que le hiciera capaz de enfrentarse a los imperios que tenía al lado.

Esa actitud frente a una coalición de las naciones contra Israel no es prepotencia, ni inconsciencia, sino confianza en la promesa de Dios. Esa promesa es la que se recordará más adelante (vv. 7-9).

Las naciones, representan los poderes que quieren ser autónomos, independientes de Dios y su señorío (que en el Antiguo Testamento se realiza por medio de Israel). Desde este punto de vista atacar al ungido de Dios es atacar a Dios (y viceversa).

vv. 4-6: La reacción de Dios

Al describir la reacción de Dios, el rey mira la situación desde su fe en Dios, único y todopoderoso, que tiene en sus manos los hilos de la historia y que ha elegido a Israel como su pueblo y su heredad.

• El rey sabe perfectamente que Yahweh es el Dios que está encumbrado sobre todo el mundo y que tiene su trono en el cielo: Dios es el que tiene el verdadero poder (v. 4).

• Por eso Dios se ríe ante los planes de las naciones: todos sus planes están abocados al fracaso (v. 4).

• Pero además de eso, Dios actúa: «Dios ha establecido a su rey en Sión» (v. 6), el monte de la ciudad santa de Jerusalén, donde habita Dios.

· Estas dos promesas son claves en la fe y la esperanza del Antiguo Testamento: la promesa de permanencia y protección de la descendencia de David (el rey) y de la ciudad de Jerusalén (Sión).

· El rey, ungido (= mesías), actúa en nombre de Dios y hace presente la soberanía de Dios. Por medio de él llegará la salvación.

vv. 7-9: La consagración del rey

• El rey recuerda a continuación las palabras dichas en el acto de su entronización. A esto se refiere el «decreto» del v. 7: lo que Dios le ha dicho al rey en el momento solemne de su investidura.

• No es sólo un «nombramiento», se trata un cambio eficaz realizado en la persona del elegido de cara a su misión; que, a su vez, tiene que ver con la salvación que Dios trae.

· Por eso, ante la oposición de las naciones, el rey recuerda esas palabras creadoras pronunciadas sobre él.

• El rey entra en una nueva relación con Dios. Por eso Dios lo llama «hijo» (v. 7).

· En el Antiguo Testamento, el rey llega a ser hijo de Dios mediante la vocación y la consagración. Dios lo adopta como hijo. Es muy distinto a lo que afirmamos cuando decimos que Jesús es el Hijo de Dios, incluso al contenido de que nosotros somos hijos de Dios gracias a Jesucristo.

• «Pídemelo» (v. 8). Una de las funciones y prerrogativas del rey es poder elevar a Dios las peticiones y necesidades del pueblo.

• Se le promete el poder y el dominio sobre las naciones (vv. 8-9). Esto se manifiesta con tres imágenes:

· Las naciones le han sido dadas como herencia (son su propiedad).

· El cetro que se le da al rey (signo del poder) es fuerte como el hierro.

· Las naciones en manos del rey son débiles como una jarra de barro cocido, que se rompe fácilmente.

• Esta promesa de Dios -y no el cálculo de fuerzas- es lo que hace mirar la situación con confianza.

vv. 10-12: Advertencia a las naciones

• Todo lo anterior hace que en lugar del temor, surja del rey un aviso (casi un desafío) a las naciones.

• Han de ser sensatos y renunciar a sus planes, que van necesariamente al fracaso.

• En lugar de «romper las coyundas» y «sacudir el yugo» (v. 3), han de someterse al poder de Dios: «servir al Señor», «rendirle homenaje».

· El elemento de temor (v. 10) procede de la actitud de rebeldía que tenían las naciones y es consecuencia de su insensatez.

· No es que Dios quiera que se le sirva con miedo o por miedo: el contraste y la alternativa del temor de las naciones que se oponen a Dios es la confianza del rey que es instrumento de la soberanía de Dios.

v. 12: Bienaventuranza final

El salmo termina con una bienaventuranza (del estilo de la de Sal 1,1), que proclama dichosos a los que se refugian en el Señor: los que acuden a Dios para acogerse a su amparo.

• Aparentemente, esta bienaventuranza no tiene mucho que ver con el salmo porque en el Salmo 2 no aparece de forma explícita la acción de refugiarse en Dios.

• Pero la confianza en Dios que manifiesta este salmo, y que se ve respaldada por la promesa y la acción de Dios (vv. 4-6), hace que encaje aquí perfectamente esta proclamación de la alegría y de la dicha del rey y de su pueblo porque han sabido acogerse a él (opuesta a la insensatez y al temor de las naciones).

• El salmo no termina con la amenaza, sino con la posibilidad de una existencia feliz confiando en el Señor. La ira es la respuesta que encuentra el que se obstina en ir en contra de los planes de Dios; la bienaventuranza, el que se refugia en él.

c) Lectura cristiana del salmo

Este salmo nos puede dejar la impresión de estar en un mundo alejado de nuestra cultura y situación que hace muy difícil que oremos con él: el nacionalismo israelita, la situación de enfrentamiento de las naciones con Israel, cierto tono de venganza...

Lo primero que hay que tener en cuenta es el aspecto religioso de este pueblo y de este enfrentamiento.

• Es el pueblo de Dios el que está perseguido por los enemigos de Dios -por los que no aceptan la soberanía de Dios-.

• No es el enfrentamiento de unos pueblos con otros para obtener el poder del mundo, sino la oposición a los planes de Dios que sufre el pueblo elegido por Dios.

• Este punto de vista nos puede hacer entender, a la luz del salmo, situaciones que pueden ser cercanas a nosotros y a muchos cristianos: la persecución de los que son fieles a Cristo (cf. Mt 5,10-12: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros»).

Estas promesas expresadas en el salmo, encontraron una y otra vez la falta de fe y de fidelidad por parte de los reyes y del pueblo de Dios. Los reyes de Israel no actuaron así (véase, por ejemplo, el caso de Acaz reflejado en Is 7). Pero esta infidelidad no impide que se cumpla la promesa de Dios. Por medio de los profetas Dios fue ampliando y purificando la esperanza de Israel: se espera un Mesías y un reino de Dios nuevo, verdadero, pleno, definitivo.

Jesucristo es el verdadero Mesías que viene a traer el reino de Dios y se encuentra con la oposición de muchos.

• Él es, en sentido pleno, «el Hijo de Dios», engendrado por el Padre desde la eternidad. Él es el verdadero Mesías, ungido con el Espíritu Santo. Este es uno de los salmos más empleados en el Nuevo Testamento para expresar la divinidad de Jesucristo:

También nosotros os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: «Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy» (Hch 13,32-33).

Tú dijiste por el Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David, tu siervo: «¿Por qué se agitan las naciones, y los pueblos maquinan vanos proyectos? Se han congregado los reyes de la tierra y los jefes se han aliado contra el Señor y contra su Ungido». Porque verdaderamente en esta ciudad se han aliado Herodes y Poncio Pilato con las naciones y los pueblos de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien has ungido (Hch 4,25-27).

En efecto, ¿a qué ángel dijo alguna vez: «Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy» (Heb 1,5).

De igual modo, tampoco Cristo se atribuyó el honor de ser sumo sacerdote, sino que lo recibió de quien le dijo: «Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy» (Heb 5,5).

• Estas palabras resuenan en las que dice el Padre en el bautismo de Jesús (Mc 1,11 y par.: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco») y en la transfiguración (Mc 9,7 y par.: «Este es mi Hijo amado, escuchadle»).

• Pero Jesús lleva a cabo este dominio de una manera sorprendente, contraria a lo que aparece en la letra del salmo:

· La victoria de Jesús se realiza en la cruz, desde ella es rey.

· Él trae el reino de Dios, no con la victoria militar o la eficacia humana (ése era el Mesías esperado por los judíos: cf. Jn 6,15; Lc 24,21; Mt 20,21), sino por medio de la pobreza, el ocultamiento y la entrega de su vida.

· Pero realmente -por ese camino- Jesús es el Mesías que desbarata los planes de  los que se oponen a Dios y que nos da la confianza en la victoria definitiva de Dios.

• Mirando a Jesús, que es rey (cf. Jn 18,33-37) y que ha venido a traer el reino de Dios, y a pesar de nuestra debilidad, también nosotros podemos considerar como vanos y ridículos los planes de los que parecen poderosos y se oponen a Dios. Aunque parezca que estamos en clara desventaja, también nosotros podemos sonreír y conminarles a que no sean insensatos y se conviertan.

• La victoria de Cristo, ya realizada en su muerte y resurrección, y que se consumará al final de los tiempos, hace que también nosotros podamos refugiarnos en él en cualquier circunstancia y encontrar la dicha de la salvación.

2. Rumiar la Palabra (meditación)

Podemos ir repitiendo la frase «el que habita en el cielo sonríe», ante muchas de las circunstancias que nos agobian o que nos parecen más poderosas que Dios.

Pueden repetirse las frases dirigidas al rey de Israel mirando a Cristo y encontrando en ellas un sentido más pleno y profundo:

«Yo mismo he establecido a mi rey en Sión, mi monte santo». Cristo reina desde la cruz, desde el monte Calvario.

«Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy». Jesús es desde siempre el Hijo del Padre.

«Te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra». Jesús que es el Señor y Dueño de todo por medio de su muerte y resurrección.

Por medio de la repetición se puede ir calando en el sentido de la bienaventuranza final: « Dichosos los que se refugian en él».

3. Responder a la Palabra (oración)

Según sea lo que se ha iluminado en la repetición del salmo se puede suscitar un diálogo con Dios:

• Para pedirle ver y valorar las circunstancias adversas con la misma mirada de Dios.

• Para pedir o manifestar la confianza en él que supone este salmo. Podemos ponernos en el lugar del rey.

· También nosotros hemos sido consagrados y hechos hijos de Dios en el bautismo.

· También nosotros hemos sido transformados para poder llevar a cabo una misión que tiene que ver con la expansión del reino de Dios.

• Para pedirle que él obtenga la victoria sobre sus adversarios, pero al estilo de Cristo en la cruz: amando, perdonando, dando la vida.

4. El paso a la contemplación (contemplación)

Según Dios vaya guiando la oración, se puede desembocar en una serena contemplación de Cristo y su victoria: Cristo se sabe rey y conoce su poder; se sabe el Hijo amado de Dios (cf. Mt 3,17); y aunque es consciente de que el Padre puede enviar a sus legiones de ángeles (Mt 26,53), sabe que su poder no está en la espada ‑por eso se la hace envainar a Pedro (cf. Mt 26,52)‑, sino en la cruz (Lc 24,26.46).

La contemplación de Cristo nos puede conducir al gozo, al júbilo de ser hijos, a la alegría de alcanzar la victoria por el mismo camino que el de Cristo. Nos puede llevar a gustar gozosos de Dios, nuestro refugio... o a donde él quiera.