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Lectio divina

Lectio con el Salmo 1

 

Un árbol plantado al borde del río

 

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1. Leer la Palabra (lectura)

En esta primera parte presentaremos el texto de la Escritura que proponemos para hacer la lectio, según la traducción litúrgica, y con algunas ayudas para facilitar la comprensión de la estructura del texto.

A continuación se ofrecen unas notas que no son para hacer la lectio con ellas, lo que nos sacaría del método que hemos propuesto, sino para ayudar a comprender el texto con la mayor riqueza y profundidad y resolver posibles dudas que pueden surgir al hacer la lectio con el método contemplativo de la «rumia» de la Palabra.

a) La Palabra de Dios

El justo (1-3)

Lo que no hace el justo (1)

1 Dichoso el hombre

que no sigue el consejo de los impíos

ni entra por la senda de los pecadores,

ni se sienta en la reunión de los cínicos,

Lo que hace el justo (2)

2 sino que su gozo es la ley del Señor,

y medita su ley día y noche.

El resultado del camino del justo (3)

3 Será como un árbol

plantado al borde de la acequia:

da fruto en su sazón,

y no se marchitan sus hojas;

y cuanto emprende tiene buen fin

El impío (4-5)

4 No así los impíos, no así:

serán paja que arrebata el viento.

5 En el juicio los impíos no se levantarán,

ni los pecadores en la asamblea de los justos;

Conclusión (6)

6 porque el Señor protege el camino de los justos,

pero el camino de los impíos acaba mal.

b) Notas para entender lo que se lee

Este primer salmo es una reflexión sapiencial. No es una súplica, ni una acción de gracias, ni una petición de perdón, que son los otros géneros o tipos de salmos que nos solemos encontrar en el rezo de la Liturgia de las horas. En los libros y en los salmos sapienciales se nos ofrece una reflexión sobre la vida a la luz de Dios que nos ayuda a alcanzar la verdadera sabiduría, a encontrar el camino de la vida, que es el que Dios nos presenta.

Este salmo nos presenta dos caminos, dos formas de vida: la del justo (1ª parte: vv. 1-3) y la del impío (2ª parte: vv. 4-5). El v. final (6) resume los dos caminos y la meta a la que conducen.

El salmo comienza con una bienaventuranza que proclama dichoso al justo. Resuenan aquí otras bienaventuranzas de los salmos, p. ej.:

Dichoso el que lo busca de todo corazón (Sal 119,2).

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor (Sal 40,5).

Dichosos los que se refugian en él (Sal 2,12).

Por supuesto, también las bienaventuranzas de Jesús, que son el camino de la felicidad y que nos ayudan a completar la imagen del «justo» del salmo y del dichoso que propone el Señor: pobre de corazón, que tiene hambre y sed de ser justo, misericordioso... (cf. Mt 5,3-12).

Esta oferta de Dios por medio de la sabiduría nos ayuda a comprender que Dios siempre quiere darnos la felicidad y por eso nos indica el camino.

Se define al justo de dos maneras: primero negativa y luego positiva:

Definición negativa del justo: el justo es «el que no»:

• Sigue (camina) el consejo de los impíos.

• Entra por la senda de los pecadores.

• Se sienta en la reunión de los cínicos.

Se trata de tres pasos negativos, que apartan de Dios, que pueden entenderse en progresión (de mal en peor): entrar por un camino, caminar por él, acomodarse (sentarse) en él.

Definición positiva del justo: el justo es el que:

• Encuentra su gozo en la ley del Señor.

• El que la medita día y noche.

Para rezar con este salmo, hay que tener en cuenta que la ley no se refiere aquí solamente a los diez mandamientos, o a los preceptos del Antiguo Testamento. La ley es la voluntad del Señor en su conjunto. Entonces es fácil dar un sentido cristiano al salmo viendo en esta ley que el justo medita constantemente, y en la que encuentra su gozo, la plenitud de la ley en el mandamiento del amor. Téngase en cuenta:

El amor es la ley en su plenitud (Rm 13,10)

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas (Mt 22,37-40).

No se trata de un frío cumplimiento de mandamientos, sino el gozo de cumplir la voluntad salvífica de Dios, el camino concreto por el que Dios quiere darme la plenitud y la felicidad.

El término que se emplea en este salmo para «meditar» no indica la reflexión en la cabeza, sino el musitar con los labios, parecido al ronroneo de los animales. Se trata de la repetición típica de la lectio, que se puede hacer día y noche. Esa meditación (de la Palabra de Dios, y también de la propia historia de salvación) da la bienaventuranza y produce su fruto.

El fruto o la meta de este camino se expresa con imágenes del mundo vegetal, pero que hay que trasladar a la propia vida del justo y a la nuestra, si vamos rumiando y cumpliendo la voluntad del Señor. Estas imágenes tomadas del mundo vegetal para hablarnos de la vida del hombre en relación con Dios y con su gracia aparecen frecuentemente en los profetas y las usa el Señor en el Evangelio: parábola del sembrador (Mc 4,3-9), el árbol bueno que da frutos buenos (Mt 7,16-20), etc.

• El árbol plantado al borde de la acequia es el hombre unido a Dios. Por eso puede dar fruto (frutos de amor; los frutos del Espíritu en nosotros: Gal 5,22s). Sus hojas (su vida) no se secan. Lleva a buen término sus propósitos.

• Es lo mismo que dice la visión de Ez 47,1-12: el inmenso torrente que sale de la presencia de Dios (su amor, su gracia, su fuerza transformadora) es lo que da vida al mar Muerto y hace que los árboles que beben de esas aguas tengan siempre hojas, den cosechas todos los meses y sus hojas sean medicinales.

• Lo mismo que aparece en la parábola de la vid y los sarmientos: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5).

Del impío sólo se describe el resultado de su camino, en clara oposición al resultado de la vida del justo: «No así los impíos, no así».

• «Serán paja que arrebata el viento». La hierba seca es el símbolo de la falta de vida, de la ausencia de fruto («sólo vale para que se la queme»). Ser llevado por el viento, significa la falta de fundamento y consistencia de la vida que no se cimienta en Dios.

• Levantarse o caer, es la expresión de la salvación o de la condenación en el día del juicio.

En la conclusión aparece por primera vez el nombre de Dios que estaba implícito en todo el salmo: «Dios protege el camino del justo», por eso es «dichoso», por eso da fruto abundante.

• Dios es la acequia de agua y a la vez el término del camino del justo. El camino es la voluntad de Dios.

• Por el contrario el camino del justo acaba mal. No aparece el castigo directo de Dios, sino el resultado de alejarse del Dios de la vida.

 

Árboles que crecen junto a la corriente de agua

 

2. Rumiar la Palabra (meditación)

Una vez comprendido el salmo, empieza la repetición. Hay que rumiar las palabras del salmo, las palabras que Dios pone en nuestros labios y en nuestro corazón para que nos dirijamos a él, para que les demos vueltas en el corazón (no en la cabeza). Eso es lo que hacía la Virgen cuando «guardaba» y «meditaba» en su corazón todo lo que veía y oía hasta comprender el mensaje de Dios encerrado en esos acontecimientos.

Hay que empezar repitiendo todo el salmo. Y esperar a que vayan resonando las palabras o las imágenes del salmo. Lo que importa es que vayan calando contemplativamente por la repetición y que sea Dios el que las vaya iluminando. Pueden servir algunas sugerencias, pero Dios puede llevarnos por otros caminos.

Para la repetición puede ayudar unir la palabra «Dichoso» a lo que hace el justo.

«Dichoso el hombre cuyo gozo es la ley del Señor».

«Dichoso el hombre que medita su ley día y noche».

Puede ser luminosa la repetición de la primera parte de la conclusión: «El Señor protege el camino de los justos».

También puede servir la repetición del principal fruto de la meditación de la voluntad de Dios y de su Palabra: «Será como un árbol plantado al borde de la acequia» (especialmente si se ve en esa agua la presencia y la acción del mismo Dios).

3. Responder a la Palabra (oración)

Según sea la luz que surja en la meditación, la respuesta a la Palabra de Dios puede seguir diferentes caminos. Aquí hay algunas posibilidades, pero lo que importa es seguir la acción de Dios en la lectio.

Una respuesta posible es la petición:

• Pedir la «dicha» y el «gozo» de ser justo, de hacer lo que hace el justo.

• Pedir la luz para encontrar el camino de la vida (recordar Jn 14,5: «Yo soy el camino»).

• Pedir estar enraizado en el Señor para poder dar los frutos que él quiere y que el mundo necesita.

• A la luz de la catástrofe del camino de los impíos, pueden surgir invitaciones a la intercesión por los que siguen este camino.

También la Palabra puede hacer surgir en nosotros la acción de gracias a Dios:

• Por querer hacernos dichosos y mostrarnos el camino de la dicha.

• Por ser esa corriente de agua que nos vivifica y nos hace fructificar.

• Por los frutos de amor que reconocemos como don de Dios.

• Porque protege nuestros caminos.

Otro camino de oración es el examen de conciencia, siempre en diálogo con el Señor, para no salirnos de la oración:

• Examinar nuestra vida a la luz de estos dos caminos que nos presenta Dios por medio de este salmo.

• Examinar si entramos o caminamos o nos instalamos en el mismo camino de los impíos.

También puede nacer en nosotros la petición de perdón (dirigida personalmente a Dios), si reconocemos que no seguimos decididamente sus caminos.

4. El paso a la contemplación (contemplación)

A partir de cualquiera de estas repeticiones y oraciones se puede llegar al encuentro personal con Dios, ya sin palabras.

En concreto la contemplación con este salmo podría llevar a gustar al Dios que es agua, camino, meta, felicidad... Dejarnos inundar por la dicha de Dios... O simplemente ponernos junto a él para que sea su acción y su presencia en nosotros... O lo que Dios quiera decir o hacer en el silencio contemplativo, sin palabras, a veces sin sentimientos, pero sí con presencia y acción de Dios que ha entrado en nuestro corazón por medio de su Palabra.

Dando un sentido cristológico al salmo se puede contemplar a Cristo mismo a la luz del Salmo 1 como el hombre que en plenitud tiene el gozo de cumplir la ley del Dios (Jn 4,34: «Mi alimento es cumplir la voluntad del Padre»), el verdaderamente justo que todo lo hizo bien (cf. Hch 10,38). El mismo Jesús es el que da esa agua viva que da la vida:

El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna (Jn 4,14).

Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá el que cree en mí, como dice la Escritura: «De su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,37-38).