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Fundamentos para la vida contemplativa en el mundo

7. Consagrados por Dios en el mundo

 

Elevar las manos al cielo en medio de la ciudad

 

1. Partícipes de la consagración de Cristo

2. La consagración, fundamento del ser y de la misión del contemplativo secular

3. Vida consagrada del contemplativo secular

A) Consagración del contemplativo secular

B) Pobreza

C) Castidad

D) Obediencia

E) Oración

4. Un proceso con una meta: el desposorio

 

1. Partícipes de la consagración de Cristo

La Iglesia, esposa de Cristo, siempre se ha sentido atraída y fascinada por el alma de su Esposo y los valores que encierra; entre los que destaca la permanente y amorosa sumisión de Jesús a su Padre. De hecho, la obediencia al Padre constituye la guía fundamental que ilumina el camino del Redentor. Es una verdadera pasión por obedecer, tal como él mismo nos dice: «Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 5,30), «mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4,34).

 

Cristo crucificado de Rubens

Rubens, Cristo crucificado

 

De esta actitud obediencial del Señor se desprende su absoluta libertad sobre todas las realidades. Jesús es libre frente a los bienes materiales[1], frente a las demás personas[2] y frente a sí mismo, sus necesidades y pasiones[3]. Y no se trata de una obediencia formal, sino de la expresión del amor y de la relación de intimidad y de comunión que le une con el Padre.

Esto es tan importante, que los cristianos de todos los tiempos han visto en este comportamiento de Jesús el estilo de vida a imitar a través de la consagración de su vida a Dios, expresada en los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Tres realidades que no solamente están indisolublemente unidas, sino que constituyen diferentes expresiones del alma de Jesucristo. Unidas y armonizadas, expresan significativamente el reconocimiento del señorío de Dios sobre todo y de nuestra condición de criaturas; poniendo de manifiesto con la propia vida que Dios merece que le entregue todo mi ser, reconociendo en esa entrega que todas las demás realidades son contingentes, y tienen valor sólo en la medida en que están referidas a Dios y dependen de él.

Este testimonio es especialmente necesario hoy, en un mundo que ha endiosado al ser humano como realidad suprema y referencia última de la vida y, como consecuencia, lo que el hombre cree, desea o puede, se convierte en la medida de lo que se debe creer, desear o hacer; rechazando así la voluntad de Dios o las exigencias de la moral por el hecho de que no se entienden o resultan dificultosas. Se trata de una grave distorsión de valores que afecta a la humanidad entera, a los cristianos, a los consagrados e incluso a los contemplativos.

Precisamente estamos ante una tentación que actúa frontalmente en contra de lo que es esencial para el contemplativo, que es su entrega total a Dios. Una entrega que no se puede adaptar a las condiciones de la propia debilidad, porque comporta la donación de toda su vida de forma absoluta y radical y, por tanto, sin ninguna condición que la pueda limitar para hacerla más realista o asequible. La renuncia al carácter absoluto de la entrega, hace que las gracias que Dios concede para convertir la vida en holocausto de amor redentor se malgasten al servicio de unos ideales cristianos recortados, como el ser simplemente buenos, piadosos o sacrificados.

La misma dificultad que encuentra el contemplativo para afirmar y vivir la donación plena de su vida a Dios es, paradójicamente, la circunstancia óptima para vivir y defender con su ejemplo la primacía absoluta que tiene Dios en la vida humana, cuyo sentido y finalidad le viene dado por la voluntad de Dios y no por ningún designio o circunstancia humana. Ésta es la actitud que inspira toda la actuación de Cristo y constituye el fundamento de la consagración del cristiano y del contemplativo.

Por consagración entendemos el acto por el que Dios toma a una persona, la separa para su servicio, la configura de manera peculiar y le encarga una misión. Y este acto, que realiza Dios a través de la Iglesia, es consecuencia de una doble realidad: la consagración de Cristo y el bautismo. Tal como aparece en el Nuevo Testamento la consagración fundamental ‑síntesis de todas las demás‑ es la consagración de la humanidad de Cristo, por la que el Verbo asume una naturaleza humana que permanece plenamente dedicada a Dios. Y esta consagración fluye en los cristianos por medio del bautismo, ya que es el acto por el que el que Dios, por medio del Espíritu, configura al ser humano con el Hijo, haciéndole participar de la consagración de éste y convirtiéndolo en propiedad de Dios.

Y en este sentido podemos decir que la consagración y los consejos evangélicos que la expresan, no son patrimonio exclusivo de la vida religiosa o «consagrada», sino una gracia que Dios ofrece a todos sus hijos, una posibilidad para todo cristiano que quiera vivir plenamente la vida de la gracia que le ha sido infundida en el bautismo. Por eso no existe ningún miembro de la Iglesia que pueda sentirse dispensado de hacer de su vida un acto de glorificación de Dios en la búsqueda de su voluntad[4]; y esto es, precisamente, lo que define y configura el seguimiento de Cristo como consagración a Dios.

Como veremos enseguida, todo cristiano es un consagrado[5]; porque, por el bautismo, su vida ha sido entregada a Dios con Cristo. Después, cada cristiano será fiel o no a la consagración bautismal, la vivirá con más o menos intensidad y le dará una forma diferente en función de su situación y circunstancias. Incluso a esta consagración fundamental se pueden añadir otras, como, por ejemplo, la que confiere el sacramento del orden (LG 10; PO 12); la que realiza el religioso que se consagra más íntimamente a Cristo (LG 44; PC 5); la propia de los miembros de los institutos seculares (PC 11) o incluso la de los esposos, que están «como consagrados» por un sacramento especial (GS 48).

El contemplativo, sin necesidad de una nueva consagración sacramental o canónica, sin pretender entrar en un «estado» de consagración oficial a Dios, experimenta en su interior un anhelo esencial y apremiante por identificarse lo más plenamente con su Señor. Y, en consecuencia, se sabe llamado a desarrollar al máximo la consagración bautismal; no sólo a imitar el alma de su Señor, sino a identificarse totalmente con el alma del Amado. A la gracia de Dios y al compromiso personal que llevan al cumplimiento de este anhelo es a lo que nos referimos cuando hablamos de la consagración del contemplativo secular.

Esta identificación no puede hacerse sin aceptar vivir la misma pasión que consumía el alma de Cristo y lo llenaba de un amor absoluto al Padre y a su plan de salvación. Una identificación que lleva a revivir la actitud más profunda del Señor, su combate espiritual, su pasión interior..., permitiendo que el mismo Jesucristo pueda glorificar al Padre en el contemplativo, abrasándolo en su amor por la acción del Espíritu Santo.

Este amor, que consume todo para convertir a la persona en holocausto de amor al Padre, constituye la esencia de la consagración del contemplativo. Estamos ante una auténtica locura que no puede ser impuesta por nadie, sino sugerida por el Espíritu Santo. Él es el que nos transforma, hasta hacernos capaces de olvidarnos de nosotros mismos y colocar a Dios como centro absoluto de nuestra vida; algo que es imposible para nosotros pero no para Dios, que «lo puede todo» (cf. Mt 19,26; Lc 1,37).

El contemplativo no sólo quiere ser consciente de su consagración bautismal y de la exigencia de los consejos evangélicos que conlleva, sino que, frente a tantos que se conforman con los mínimos obligatorios de su consagración, se siente movido por el Espíritu Santo a llevar la suya hasta el extremo y abrazar la locura voluntaria de asimilarse existencialmente con el alma de Jesucristo hasta el máximo y con todas las consecuencias.

Esta locura no puede ser comprendida ni aceptada por quienes carecen de una auténtica fe, que tal vez son capaces de llevar a cabo la renuncia a algún bien como medio para alcanzar otro bien mayor como la justicia, la libertad, el progreso, etc., pero son incapaces de entender la renuncia a todo con el único fin de dar gloria a Dios y cumplir su voluntad, sin otro objetivo distinto.

María, «abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin impedimento de pecado alguno, se consagró a sí misma [...] a la persona y a la obra de su Hijo» (LG 56), y así se convirtió en modelo y maestra de la consagración propia de la vida contemplativa secular. Toda su existencia estuvo orientada, de forma absoluta y permanente, a Dios, en filial y amoroso cumplimiento de su voluntad, renunciando a sus planes, necesidades y posibilidades ante el plan de Dios; incondicionalmente abrazada a esa voluntad en fe, esperanza y amor. Toda la vida de la Virgen se desarrolló en una sumisión confiada al Padre y en perfecta libertad frente a todo lo demás, constituyéndose así en modelo de la respuesta que el cristiano ha de dar a la gracia de la consagración.

2. La consagración, fundamento del ser y de la misión del contemplativo secular

Después de haber analizado el ser y la misión del contemplativo es el momento de pararnos a considerar la gracia transformante que conforma ese ser y que, a la vez, capacita para la misión de oración e intercesión del contemplativo. Se trata de una acción específica que Dios realiza por medio del Espíritu Santo y que, actualizando y potenciando la transformación bautismal, lleva a plenitud existencial la identificación con Cristo a la que el contemplativo se sabe llamado. Como fruto de esa acción nace el «ser» del contemplativo; y, como expresión externa de ese nuevo ser, brota la misión del contemplativo secular, su «ministerio». Por lo tanto, esa misión no es un simple quehacer que uno pueda elegir arbitrariamente, sino una consecuencia ineludible de la nueva vida que surge de la acción de Dios en el alma. Ésta es una transformación tan profunda y peculiar que podemos decir que la gracia que la produce es una verdadera consagración. Por esta consagración, Dios toma al contemplativo como propiedad personal suya y lo bendice con toda clase de bienes espirituales, para que reproduzca el ser de Cristo en su propio ser y sea así alabanza de la gloria de Dios.

Esto es consecuencia de un principio general que rige la vida espiritual y que consiste en el hecho de que, cuando Dios encomienda una misión a alguien, lo transforma de antemano, capacitándolo para que pueda llevarla a cabo.

La norma general que regula la concesión de gracias singulares a una criatura racional determinada es la de que, cuando la gracia divina elige a alguien para un oficio singular o para ponerle en un estado preferente, le concede todos aquellos carismas que son necesarios para el ministerio que dicha persona ha de desempeñar[6].

Cuando San Pablo menciona en Ef 4,11ss los principales «ministerios» dentro de la Iglesia, afirma previamente que Cristo resucitado otorga la gracia para realizar todo ministerio, como don que es para la Iglesia: «A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo» (Ef 4,7).

En la teología paulina sobre la Iglesia, Cuerpo de Cristo, se subraya la amplitud y diversidad de los dones con los que el Espíritu Santo enriquece a la Iglesia, capacitando a cada uno para la misión con la que contribuye al bien común:

Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere (1Co 12,4-11).

 

Vista aérea de la Plaza de san Pedro

 

A la luz de esta doctrina es claro que el mismo hecho de poseer una misión en la Iglesia supone una peculiar acción de Dios que, a través de su Espíritu, configura de manera especial al creyente y lo capacita para la función que le encomienda. Pues bien, no tendría sentido reconocer la llamada imperiosa a la santidad por medio de la identificación con Cristo, si Dios no la hiciera posible con su gracia transformante. Sería impensable que la misión del contemplativo no fuera acompañada de la gracia necesaria para llevarla a cabo. En definitiva, el ser y la misión del contemplativo tienen que estar sustentados por una gracia transformante, inmerecida y gratuita, que constituye una verdadera consagración.

Recordemos lo que hemos visto sobre la misión del contemplativo de ser «alabanza de la gloria» de Dios[7], apoyándonos en Ef 1,3-6, donde vemos claramente que la elección que hace Dios no es otra cosa que la santidad, que va precedida de su gracia:

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado (Ef 1,3-6).

Cuando afirmamos que existe una verdadera consagración como comienzo de la vida contemplativa secular, hemos de aclarar algunos posibles malentendidos que puede suscitar la palabra «consagración». La consagración del contemplativo no es «exclusiva», en el sentido de que Dios la quiera dar sólo a algunos que, por medio de esa gracia particular, entran en un orden distinto al del resto de los fieles (como sucede en el orden sacerdotal o de las vírgenes consagradas) o en un estado diferente al laical (como en la vida consagrada, tanto religiosa como secular). En el caso del contemplativo secular es evidente que no podemos hablar de una consagración sacramental, ni siquiera de una consagración solemne y pública; pero no por ello se trata de una consagración menos real.

Es claro que la vida religiosa no es la única forma de consagración. Al hablar de la vida religiosa, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma que «hay fieles que por la profesión de los consejos evangélicos... se consagran a Dios y contribuyen a la misión salvífica de la Iglesia según la manera peculiar que les es propia»[8], dando a entender que la vida religiosa es una forma específica de consagrase a Dios y contribuir a la misión de La Iglesia; lo cual no excluye, más bien incluye, otras formas de consagración que estarán en consonancia con una misión concreta. De hecho, el mismo Catecismo, en el n. 916 dice: «El estado de vida consagrada aparece por consiguiente como una de las maneras de vivir una consagración “más íntima” que tiene su raíz en el bautismo y se dedica totalmente a Dios».

Es más, hemos de reconocer que la consagración es algo que afecta a todo el pueblo de Dios. Se trata de una realidad que ya vislumbraba el Antiguo Testamento:

Porque tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad. Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto (Dt 7,6-8).

La Iglesia afirma con claridad que la consagración pertenece a todo el pueblo de Dios por el hecho del bautismo. Esta es la doctrina del concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia, que ha sido recogida y sintetizada por el Catecismo de la Iglesia:

Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo[9].

Los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para que por medio de todas las obras del hombre cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a la luz admirable (cf. 1Pe 2,4-10). Por ello, todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabanza a Dios (cf. Hch 2,42.47), han de ofrecerse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1)[10].

Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios[11].

La consagración del contemplativo secular está en el orden de consagración del pueblo de Dios y de todo bautizado. De hecho, en el plan de Dios está previsto que todo bautizado llegue a esa plenitud. La razón de que ordinariamente no suceda así no debe explicarse porque la plenitud cristiana esté reservada a unos pocos a los que Dios quiere dar esa gracia. El carácter «general» de esta consagración aparece claro en el hecho de que no es incompatible con ningún orden ni con ningún estado de vida. Es una gracia que puede recibirla y responder a ella el obispo, el sacerdote, el religioso y el seglar, casado o no, sin que le saque de su condición específica.

Por consagración, en el caso del contemplativo secular, entendemos la gracia transformante por la que Dios toca a un bautizado y lo hace suyo, transformándolo interiormente para que se una íntimamente a él y oriente su vida totalmente a darle gloria en medio del mundo. Esto no añade nada al bautismo en cuanto a la meta a la que se orienta y a las capacidades para alcanzarla, pero pone en acto toda la transformación bautismal y sus consecuencias, como la filiación divina, la identificación con Cristo, la inhabitación del Espíritu Santo o la participación del sacerdocio de Cristo. Por eso supone, de hecho, una transformación profunda del individuo respecto a su estado antes de recibir esa gracia.

Podríamos decir que se trata de una consagración mística, que realiza Dios en función del peculiar llamamiento y transformación que opera en la persona para identificarla con Cristo; para lo cual toma para sí a una persona y la colma de su amor esponsal transformante para hacerla plena y totalmente suya y convertirla en su esposa, espejo de su gloria e instrumento de salvación para los hombres. Más adelante profundizaremos en el carácter esponsal de la consagración[12].

Evidentemente esta gracia va acompañada de una llamada a acoger libremente esa transformación y aceptar esa plenitud de vida cristiana. Por eso, aquel que descubre su vocación contemplativa, reconoce que Dios lo «consagra», lo toma del mundo para hacerlo suyo y devolverlo, transformado, al mundo; y encuentra su plenitud en vivir a fondo la grandeza y profundidad de la consagración bautismal, que le hace hijo y posesión de Dios e instrumento de su gracia en el mundo. En esta vocación resuena la Palabra del apóstol:

Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual (Rm 12,1).

Así, pues, la consagración del contemplativo secular, además de una gracia, es también la respuesta plena, dócil y efectiva, en forma de compromiso vinculante, a la llamada y a la consagración que Dios ha realizado en él. Es algo que surge de Dios y tiene a Dios por autor y protagonista; porque el hombre no tiene ninguna capacidad eficaz de entregarse a Dios si no es tomado por él. Pero, a la vez, la gracia de transformación que lleva al contemplativo a la comunión de vida con Cristo exige la aceptación personal y libre de dicha gracia; una aceptación que consiste en la apertura y docilidad a la misma en amorosa obediencia a Dios. Así, el contemplativo acepta consciente y amorosamente el plan de Dios y le ofrece su vida a través de un acto de entrega por el que se reconoce exclusiva propiedad de Dios y consagrado plena y totalmente a él. Sólo si responde fielmente podrá desarrollarse en él la gracia recibida; y por eso debemos afirmar que la respuesta existencial adecuada a la consagración contemplativa no puede ser otra que la santidad personal.

El hecho de que no se trate de una consagración «oficial» y pública no le resta importancia ni valor a esta consagración. El contemplativo secular posee una consagración real y verdadera que tiene un carácter eminentemente interior y espiritual y encaja, también en su forma externa, con la vocación y misión que Dios le encomienda.

Si hay algo específico de la consagración del contemplativo secular, a diferencia de la del monje, es que no lo «separa» materialmente del mundo para vivir fuera de él un tipo de vida diferente, sino que lo «separa» espiritualmente del mundo para vivir materialmente en el mundo pero libre de la esclavitud del pecado que sojuzga al mundo, haciendo realidad las palabras del Señor sobre sus discípulos: «No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno» (Jn 17,15). El Señor destina al contemplativo secular a una consagración en la verdad para la que él mismo se consagra: «Y por ellos yo me consagro a mí mismo, para que también ellos sean consagrados en la verdad» (Jn 17,19).

La gracia de la consagración que Dios va realizando no separa al contemplativo secular del mundo, sino que lo sumerge más plenamente en él, dándole la capacidad de servirse de todas las realidades seculares que constituyen su vida (familia, trabajo, problemas, entorno, historia, etc.) para ofrecerse plenamente a Dios, haciendo de su vida un puro acto de adoración, y para santificar esas mismas realidades, empapándolas de la presencia salvadora de Dios.

Así, la consagración de la propia vida a Dios que hace el contemplativo secular no le impide vivir a la intemperie en un mundo frecuentemente hostil, sino que esta misma dificultad le permite crecer cada día en un amor más confiado, recio y universal, aprovechando precisamente la lucha interior por mantenerse fiel al amor que ha recibido para volver a escoger nuevamente a Jesucristo, como si fuera la primera vez; renovando así permanentemente la consagración y la entrega de su vida a Dios.

3. Vida consagrada del contemplativo secular

Una vez aceptada la vocación y la misión, y selladas éstas por la consagración, el contemplativo secular tiene que abrazar la nueva vida que expresa la unión que Dios ha realizado con él.

A) Consagración del contemplativo secular

El que quiere responder a la gracia de la vida contemplativa necesita una expresión significativa de su consagración. Ésta es eminentemente interior y espiritual; pero, puesto que el ser humano no es sólo espíritu, requiere de signos que expresen las realidades espirituales. Y así, la condición humana del contemplativo le lleva a buscar un signo efectivo de su consagración, como respuesta material a la acción de Dios.

El contemplativo secular se consagra a Dios mediante un acto de consagración por el que se reconoce consagrado por Dios y, en respuesta a esa gracia, se entrega consciente y libremente a Dios, haciendo de su vida una ofrenda viva de amor a él en la forma de vida contemplativa secular.

 

Incensario humeante

 

Este acto de consagración expresa el compromiso, firme y decidido, de aspirar permanentemente a la santidad y de vivir en coherencia con esta aspiración. Para ello buscará en todo la gloria de Dios y, renunciando a sí mismo, entregará su vida, con Cristo y por el Espíritu Santo, en favor de la santificación de la Iglesia y la salvación del mundo; meta a la que llega por medio de la total identificación con Cristo crucificado, en la aceptación de la vida que le toca vivir con sentido de ofrecimiento redentor.

Se trata de una consagración que no puede conllevar en ningún caso nada que condicione la plena vida secular, sino que debe ser el instrumento que sirva para que todo lo que constituye la vida en medio del mundo permita que el contemplativo selle su amor esponsal con Dios y viva plenamente su «consagración».

Aunque el contemplativo secular no tiene una consagración oficial, manifestada en los votos públicos de pobreza, castidad y obediencia, sin embargo los consejos evangélicos deben marcar su estilo de vida, puesto que constituyen la expresión de la vocación a la santidad que se desprende del bautismo. De hecho, la diferencia entre los consagrados y los laicos no estriba en que aquéllos viven los consejos evangélicos y éstos no, sino en la distinta forma de vivirlos que tienen unos y otros. Pero, por encima de esta diferencia, ambos deben vivir plenamente su espíritu.

Veamos, pues, el modo en el que los contemplativos seculares han de vivir el espíritu evangélico, expresado en los tres consejos clásicos.

B) Pobreza

El amor apasionado a Jesucristo tiene que llevarnos a amar su vida con toda el alma; por eso hemos de amar la pobreza del Señor. No se trata tanto de valorar la pobreza como renuncia humana a las cosas, sino como forma concreta de identificarnos con Cristo pobre, y como actitud espiritual imprescindible para dejar que el Señor actúe en nosotros. La pobreza real, como expresión de la identificación con Cristo pobre, es la expresión más clara de que nuestra vida está verdaderamente entregada a Dios por los hermanos[13].

 

Los pies de un pobre arrodillado

 

El que vive de Dios y para Dios no se siente poseedor de nada. Más bien, él mismo es posesión de Dios. Esto exige un profundo desprendimiento de todo lo que no sea Dios, como expresión de que la única riqueza que posee es Cristo, tal como dice san Pablo: «Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,8). El que así vive, al renunciar a todo, conseguirá plenamente la verdadera riqueza, que es la que nos da Cristo (cf. 2Co 8,9).

El camino que lleva a la verdadera riqueza pasa necesariamente por la pobreza. Quien sabe esto es capaz de aceptar perderlo todo para ganar a Cristo, ya que la auténtica pobreza no es una teoría, ni siquiera una práctica, sino Alguien: Jesucristo, que es Dios hecho pobre por nosotros. Contemplándole a él descubrimos el verdadero sentido de la pobreza, y sentimos el impulso de seguirle hasta identificarnos plenamente con él; aceptando, como él, recibirlo todo y darlo todo. Recibirlo todo con humildad y darlo todo con amor.

El contemplativo secular tiene que vivir en la práctica un tipo de vida que sea expresión de que su existencia está colgada de Dios, lo que comporta una verdadera renuncia a bienes legítimos, una seria austeridad de vida y el ejercicio constante de disponibilidad de tiempo, energías, bienes materiales y dinero en servicio de Dios y del prójimo. El tener que vivir con la máxima densidad de fe los problemas propios de la vida secular lleva necesariamente al sacrificio de una vida en constante tensión entre Dios y el mundo, y es la manera de vivir en permanente estado de pobreza, como auténtico «peregrino en tierra extranjera» (Ex 2,22), que no posee nada, ni tiene «donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20).

El mismo trabajo profesional, personal o apostólico constituye una forma evangélica de pobreza, a la vez que es manifestación de nuestro humilde servicio a los demás y un medio para unirnos al trabajo redentor del Señor con nuestro propio trabajo. Para el contemplativo secular, el trabajo es un modo de vivir la pobreza, pero tiene que ser útil, bien hecho, compatible con la vida interior y expresión de caridad.

Entre las diversas formas que existen de vivir la pobreza en el mundo, cada uno tiene que encontrar la forma concreta que Dios le pide de vivir el desprendimiento real de los bienes, el ejercicio de caridad y la comunión fraterna que debe realizar a través de esos mismos bienes. Y no sólo se trata de bienes materiales, todo en el contemplativo tiene que estar empapado del espíritu de pobreza que caracteriza la vida de Jesús. Incluso la oración tiene que ser manifestación de pobreza, porque el pobre expresa en ella que no posee nada y que lo espera todo de Dios, con conciencia de ser pecador e inmerecedor, sabiendo que Dios ama la pobreza que se le ofrece humildemente.

Forma parte de la misma pobreza el hecho de que ésta sea algo nunca conseguido del todo, sino un proceso permanente de crecimiento, que comienza con la humilde y agradecida aceptación de las propias cualidades y riquezas, continúa por la renuncia a los propios bienes materiales, pasa por la entrega de los afectos y bienes espirituales, y termina en la renuncia a uno mismo. Esto último constituye el despojo total que es la Cruz, y que lleva a la identificación más perfecta con Jesucristo y a la libertad que permite al Espíritu Santo hacer la obra de Dios en nosotros sin obstáculo alguno.

Como peregrino hacia la plenitud de la vida divina, el contemplativo secular se va desprendiendo de todo lo superfluo y de todo aquello que le ata y le impide vivir cada día más como hijo del Padre celestial que le viste y le alimenta. Y al renunciar a todo se hace capaz de darse a todos desde el corazón de Dios.

C) Castidad

La castidad es uno de los signos de la vida consagrada; pero no es exclusivo de ella porque es, ante todo, una virtud eminentemente cristiana, a la que deben aspirar todos los bautizados. El contemplativo secular, ha sido consagrado personalmente por Dios y, aunque no posee una consagración pública en la Iglesia, tiene que vivir castamente tanto si es soltero, casado o viudo. En cualquier estado tiene que hacer presente y significativo el amor apasionado a Dios que es el centro de su vida. Un amor que surge de la seducción de Dios, a la que se abandona diciendo: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20,7), y que le lleva a dejarse poseer totalmente por Dios, a ser pertenencia suya para dejar de pertenecerse a sí mismo, tal como expresa el Cantar de los Cantares: «Mi amado es para mí y yo soy para mi amado» (Cant 2,16). Este amor es la expresión de la vivencia profunda y apasionada del primer mandamiento: «Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5).

 

Mariposas en el aire

 

Para vivir la castidad, el contemplativo secular se compromete a purificar la memoria, a cuidar los pensamientos, palabras o actitudes y a comportarse y vestir de manera que todo en él concuerde con el hecho de que su cuerpo es templo de la Trinidad, trasluciendo al exterior el estilo de vida propio de Reino de los cielos. Se trata muchas veces de pequeños detalles que parecen intrascendentes, pero que son expresión de la delicadeza del amor verdadero; en función del cual se acepta la lucha y el sufrimiento que supone mantenerse en el amor esencial y radical a Jesucristo, manifestando así la entrega inmolada de la propia vida a Aquél que «nos amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor» (Ef 5,2).

Como consecuencia de este amor casto, el contemplativo descubre en cualquier persona o acontecimiento el rostro de Jesucristo ‑el Amado‑, al que ha entregado su vida para ser consumida en amor esponsal.

D) Obediencia

El contemplativo secular no tiene compromiso público de obediencia, pero ha sido consagrado personalmente por Dios para identificarse con Jesucristo, «hecho obediente hasta la muerte» (Flp 2,8) y cuyo alimento es «hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4,34). Esta identificación exige de él que viva en el permanente estado de obediencia, que supone la aceptación paciente de la voluntad del Padre; y no de una voluntad genérica, sino de un plan concreto y personal, con todos y cada uno de sus detalles.

La obediencia a Dios constituye una expresión fructífera de la entrega de la propia vida, ya que «la obediencia vale más que el sacrificio» (1Sm 15,22); y exige, a la vez, escucha y acción, atención permanente a Dios y amorosa fidelidad en el cumplimiento de su voluntad. Lo cual requiere la renuncia a la libre determinación y al amor propio, para acomodarnos siempre y en todo a la voluntad de Dios, en la que encontramos el gozo y la paz.

El contemplativo secular obedece al Padre porque es quien le ha creado y le ama infinitamente; obedece al Hijo porque éste es el modelo perfecto al que debe adecuar su vida; y obedece al Espíritu Santo porque es el que le conduce interiormente por las sendas de la vida verdadera.

 

 

Orando al Buen Pastor

Para ello se compromete a buscar y cumplir la voluntad de Dios en todo momento, estando atento a todas las realidades y circunstancias, a través de las cuales Dios le manifiesta su voluntad y le va guiando hacia la meta para la que le ha creado.

Para encontrar y seguir el plan de Dios se dispone a la mayor docilidad a las mociones del Espíritu Santo, por medio de la oración y el discernimiento espiritual que se realiza en la oración y la dirección espiritual; manteniendo una constante búsqueda de la voluntad de Dios que se nos muestra a través de la vida y sus acontecimientos, y disponiéndose permanentemente a renunciar a su voluntad y a su gusto.

E) Oración

Además de los tres consejos evangélicos, la consagración del contemplativo secular se vive y se expresa significativamente por medio de su dedicación a la oración, puesto que ésta es signo expresivo de su vida dedicada a Dios. Su consagración supone que ha elegido a Dios sobre todo y, desde esa elección, acepta hacer de la vida oración; y de la oración, vida. Y, puesto que las tareas propias de la vida en el mundo dificultan una dedicación intensiva a la oración, el contemplativo secular ha de suplir estas dificultades con una gran profundidad de amor, que se plasma en una especial entrega y fidelidad a la oración, de forma que ésta no deje nunca de ser su principal ministerio.

La vida secular lleva al contemplativo a vivir en permanente tensión espiritual; una tensión a la que no puede renunciar y de la que no debe descansar, porque es parte esencial de su misión. Al natural cansancio de las tareas en las que debe ocuparse, se une el hecho de vivirlas en tensión de eternidad y de carecer habitualmente del tiempo y la tranquilidad necesarios para dedicarse a la oración como quisiera; lo cual forma parte del modo de vivir en pobreza que le es propio.

 

Orando con las manos entrelazadas

 

Su vocación le obliga, en principio, a aceptar esta situación de desgarro interior como cruz y como medio para llevar a cabo la propia misión. Pero, además, le exige vivir en permanente esfuerzo de fe y oración; teniendo en cuenta que, al no ser posible disponer de tranquilidad y tiempo holgado para orar, será necesario encontrar caminos diversos para vivir siempre en fidelidad a la oración. Tendrá que aceptar especialmente la oración que nace de la pobreza y el sufrimiento y que lleva propiamente a la verdadera adoración, como entrega incondicional de la propia vida a Dios desde la experiencia de la humillación y el inmerecimiento. Se trata, pues, de una verdadera oración pobre, que siempre es posible realizar y que está al alcance de todos, especialmente de los más pobres. Lo cual no significa que pueda recortar la oración en tiempo o en fidelidad en función de las circunstancias, sino que debe aceptar que esté condicionada por unas circunstancias que le obligan a vivirla en forma de desgarro y pobreza.

El contemplativo secular no puede pretender acercarse a la oración con la tranquilidad y la paz exterior que ofrece el monasterio, sino que arrastra inevitablemente las tensiones y agobios propios de su vida en el mundo, lo que crea una cierta dificultad ‑más aparente que real‑ para entrar en la oración contemplativa profunda. La Palabra de Dios, que tiene que ser el sustento de toda oración, se convierte aquí en la maestra que le enseña el camino de la oración interior y lo acompaña a través de él. No se trata de «meditar» la Palabra, sino de permanecer bajo su luz, de empaparse de ella, tal como se hace por medio de la lectio divina. También puede ayudarle la oración del corazón, aunque éste modo de orar quizá sea más apropiado para orar en cualquier momento en medio de las diferentes actividades de la vida.

De todos modos, no hemos de olvidar que la oración contemplativa no es la que se expresa con más sentimientos, sino aquella en la que mejor se ejercita la fe, la esperanza y el amor; y este ejercicio está más allá de lo sensible, porque la oración más profunda es la que se desarrolla fuera del campo de la conciencia sensible. En el fondo, no consiste en otra cosa que en sabernos amados por Dios y entregarnos con todo nuestro amor a él. Esa entrega, para la que se requiere un verdadero desasimiento de todo, constituye por sí misma la verdadera oración y es posible siempre y para todos; porque, independientemente de nuestra formación, nuestras capacidades o nuestras circunstancias, todos podemos ponernos ante Dios en fe y entregarle nuestra vida. Ésta es la oración más pobre, pero la más verdadera. Es, además, la oración que todos podemos hacer siempre, y el don que Dios regala a los pobres.

El rasgo característico que muestra la autenticidad de la oración es la perseverancia, que manifiesta también la misma pobreza. Sólo el que es pobre, el que nada posee y no tiene derechos, es capaz de mendigar aquello que necesita para sobrevivir y sabe esperar todo el tiempo que haga falta para recibirlo.

Por su consagración, el contemplativo secular debe asumir un compromiso, según sus posibilidades, de vivir en permanente clima de oración, para lo cual se fijará un tiempo dedicado a la lectio divina, a la oración, y al rezo de laudes y vísperas.

4. Un proceso con una meta: el desposorio

No hemos de perder nunca de vista que la gracia por la que Dios consagra al contemplativo y la respuesta de éste consagrándose a Dios no es el final de un camino, sino el inicio de un proceso que debe desarrollarse a través de una transformación gradual y de una misión que se tiene que ir cumpliendo día a día. El contemplativo recorre este proceso apoyado siempre en la gracia bautismal, en la gracia de la consagración y en las nuevas gracias de crecimiento que recibe. De este modo, la vocación contemplativa se va desarrollando a través de los distintos pasos que configuran el proceso espiritual y que constituyen los jalones de la consagración por la que la persona queda entregada totalmente a Dios y, a la vez, va desarrollando la capacidad de la eficacia ministerial de la misión que le es propia. La vocación contemplativa comporta una especial gracia para descubrir este proceso de consagración y poder llegar hasta el final en él.

Las características fundamentales de la consagración contemplativa secular hacen referencia a la íntima unión de vida entre Dios y el creyente Alianzas matrimonialespor medio del amor, de manera semejante, aunque más elevada, a la unión de amor que se da entre los esposos. Según la tradición bíblica[14] y la espiritualidad de la Iglesia[15], la unión esponsal del alma con Cristo es la meta a la que Dios nos llama, y su luz tiñe de matices entrañables la consagración del contemplativo, mientras lo prepara para el desposorio espiritual que sellará su amor esponsal.

Dicho de forma sencilla: Dios muestra su amor al ser humano, lo constituye en hijo suyo, lo llena de su presencia y de su amor, hace de él instrumento para la glorificación divina y cauce de gracia para los hombres, y lo va llevando, a través de la comunión de amor y de vida, a la más perfecta unión con Dios en un verdadero desposorio, que constituye la cima de la consagración mística, por la cual Dios y el hombre se funden en un amor que les hace uno y por el que se pertenecen mutuamente para siempre.

El mismo bautismo apunta ya a esa plena posesión, y la acción de Dios va realizando una auténtica consagración en sucesivas etapas. Quien es consciente de ello experimenta la necesidad de responder al torrente de gracias recibidas para ser cada día más verdadera y eficazmente todo y sólo de Dios.

Y el contemplativo secular se siente llamado con fuerza a recorrer todo el camino espiritual, para que esa vivencia esponsal de su relación con Cristo alcance su meta: el desposorio con él. Así encuentra la forma plena de vivir la consagración que Dios le concedió como punto de partida de su vocación y misión.

Veamos ahora los rasgos más importantes de este proceso esponsal, tal como los encontramos en la Biblia, que nos muestra el camino para descubrir la hondura y la riqueza de este modo de consagración esponsal. Lo primero que encontramos es que, al igual que la vocación contemplativa, el proceso de la consagración se inicia por la seducción de Dios, como lo expresa el profeta Jeremías: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20,7)[16]; una seducción que manifiesta el anhelo que tiene Dios de suscitar en el alma un deseo que sintonice con el suyo y haga posible la obra de la transformación interior.

Esta transformación profunda que realiza Dios tiene mucho que ver con una relación de amor esponsal con Jesucristo. Los místicos nos hablarán del desposorio y del matrimonio espiritual como expresión de una comunión de amor tan estrecha entre Dios y la criatura que no existe entre ellos más que una sola voluntad, haciendo realidad la expresión del Cantar de los Cantares: «Mí amado es para mí y yo soy para mi amado» (Cant 6,3).

Se trata de una comunión transformadora que se puede realizar precisamente porque Dios no es una idea, sino un ser real y personal, con el que nos comunicamos y relacionamos. La encarnación del Verbo supone, de hecho, la entrada de Dios en la humanidad, con todas las consecuencias, como una verdadera unión esponsal con ella; por eso hace posible que esa relación personal con nosotros tenga lugar en nuestra historia, en el aquí y ahora de nuestra vida.

Pero es la resurrección de Jesucristo la que nos permite entrar en una relación personal, viva y transformadora con el Hijo de Dios, que, como tal, es Dios y hombre, y está actualmente vivo y glorioso. Así pues, la experiencia que tienen los discípulos, que descubren asombrados la presencia del Resucitado a su lado, es la misma experiencia a la que está llamado el creyente.

El amor real del Salvador le ha llevado a compartir nuestra cruz, a resucitar para hacernos partícipes de su vida gloriosa y a buscar la intimidad permanente con nosotros a través del Espíritu Santo que infunde en nuestros corazones. De aquí surge la seducción de Dios de la que habla Jeremías: «Me sedujiste, Señor»; una seducción que busca suscitar en nosotros la respuesta que ofrece el mismo profeta: «me dejé seducir» (Jr 20,7). Respuesta que exige, en principio, creer que Dios quiere y puede realizar aquello que desea que nosotros seamos y hagamos; y, en segundo lugar, desearlo con todas nuestras fuerzas. Si no creemos en la posibilidad de esta transformación y no la deseamos fervientemente, nunca se podrá realizar. Son esta fe y este deseo los que abren la puerta a la gracia.

No es extraño que, al descubrir una declaración de amor de esta envergadura por parte de Dios, experimentemos un fuerte sentimiento de pobreza y de impotencia para responder adecuadamente. Sin embargo, todo aquello a lo que aspiramos en lo íntimo de nuestra alma ha sido puesto por Dios allí porque lo quiere realizar, incluso de forma extraordinaria.

En este sentido, Ez 16,1-63 nos ofrece una luz muy valiosa porque nos describe la historia de Israel como la historia de amor de Dios con su pueblo, como amor del esposo por la esposa, que supera todas las dificultades. Es enormemente significativo asistir al proceso de transformación que lleva desde la infidelidad al matrimonio: Dios realiza una clara transformación de alguien que no lo merece; no se enamora de la belleza de su pueblo, ni de su justicia o su santidad. Con lo que se encuentra es con el inmerecimiento, la falta de encanto y la infidelidad. Pero Dios tiene compasión de la niña que va a morir y que no ha recibido amor o compasión de nadie; y la hace crecer, y se entrega a ella, llenándola de dones y haciéndola su esposa.

Aquí vemos claramente que Dios se enamora primero y crea la belleza después. Es él quien hace todo: la elige, la toma como esposa y la transforma. El esposo (Dios) no se enamora de una reina rica y hermosa, sino de una miserable a la que hace hermosa, la engalana con lo mejor que posee y la hace reina. Todo esto constituye un precioso signo de la vida en abundancia que Dios nos quiere dar, y refleja muy bien la vocación del contemplativo secular.

Éste revive en primera persona este desposorio, gratuito y extraordinario, al que Dios le llama; y reconoce que, al igual que Israel, no merece esa gracia, pero la necesita de manera absoluta. Dios lo elige para transformarlo: se enamora primero y lo transforma después, regalándole todo lo que necesita para que sea agradable a él. Dios, que quiere ser esposo, trata a sus elegidos como a esposas, convirtiéndolas en reinas y transfigurándolas con todo el lujo posible. Esto es expresión del máximo engalanamiento que Dios nos ofrece, que no es otro que transformarnos en Cristo. Se trata de una gracia cuyo fin último es la unión, la comunión plena con el Señor, representada en la unión esponsal.

En la misma línea del texto de Ezequiel encontramos el capítulo 2 de Oseas. Estamos ante un pasaje muy apropiado para la contemplación del amor misericordioso de Dios, puesto de relieve especialmente como un amor lleno de ternura hacia alguien que no merece ese amor y, además, lo ha rechazado. Especialmente significativos son los versículos 21-22 en los que alcanza su culmen el amor incondicional e inmerecido Dios, y donde vemos el fruto de la transformación que su amor es capaz de realizar.

Me desposaré contigo para siempre,

me desposaré contigo

en justicia y en derecho,

en misericordia y en ternura,

me desposaré contigo en fidelidad

y conocerás al Señor.

Este texto resulta particularmente sorprendente porque constituye el anuncio de un matrimonio en el que destaca el inmerecimiento de la esposa. No se trata de una boda cualquiera, sino de una muy especial, única, porque existe una enorme disparidad de cualidades y valores entre los dos contrayentes y una absoluta falta de correspondencia al amor que se le ofrece a la esposa, que ha sido gravemente infiel. Y, sin embargo, es un llamamiento a una comunión de vida plena entre dos partes infinitamente desiguales, que llegan a igualarse por la acción de Dios. Por eso, el mismo anuncio del desposorio constituye la proclamación de la transformación que hará posible un auténtico matrimonio, al que Dios no renuncia.

Viendo los detalles de este proceso, descubrimos cómo el Señor desposa al pueblo infiel que se ha ido tras otros dioses y que está representado por la mujer adúltera, que se ha prostituido. Pero la que merece ser repudiada es transfigurada y desposada. Y así, en lugar del repudio que merece la infidelidad del pueblo-esposa, Dios va a realizar un nuevo matrimonio y una transformación maravillosa: «Me desposaré contigo para siempre» (Os 2,21).

La fórmula ritual «Te desposaré en...» expresa el desposorio previo al matrimonio, en el que el esposo aporta su dote. En este caso, el Señor proclama solemnemente que él va a aportar como dote para este matrimonio los dones necesarios para que la unión esponsal entre él y su pueblo sea permanente y estable. Se trata de unos dones que no son bienes materiales, sino unas actitudes que permiten una nueva relación personal: justicia, derecho, amor, compasión y fidelidad. Todo eso lo pone Dios; y si la esposa consiente en esa transformación, el matrimonio será perpetuo.

Una tercera referencia en el mismo sentido la encontramos en Is 62,2-5:

Los pueblos verán tu justicia,

y los reyes tu gloria;

te pondrán un nombre nuevo,

pronunciado por la boca del Señor.

Serás corona fúlgida en la mano del Señor

y diadema real en la palma de tu Dios.

Ya no te llamarán «Abandonada»,

ni a tu tierra «Devastada»;

a ti te llamarán «Mi predilecta»,

y a tu tierra «Desposada»,

porque el Señor te prefiere a ti,

y tu tierra tendrá un esposo.

Como un joven se desposa con una doncella,

así te desposan tus constructores.

Como se regocija el marido con su esposa,

se regocija tu Dios contigo.

 

Crisro rey nos saca de la postración

 

Aquí, la esposa canta el amor inmerecido y desbordante con el que ha sido agraciada. Reconociendo la dura realidad de la que parte («abandonada y devastada»), la contemplación del amor esponsal y transformador de Dios convierte el encuentro de amor en una auténtica fiesta. Es el gozo por la transformación que se ha realizado: la nueva Jerusalén se alegra por la acción de su esposo, Dios. De nuevo, como en Ez 16, Dios reviste a la ciudad como a la novia, engalanándola con toda magnificencia, realizando así un cambio sustancial del ser, que viene expresado en el cambio de nombre: de «Abandonada» a «Mi Predilecta»; de «Devastada» a «Desposada».

Pero quizá lo más sorprendente resulte descubrir que a la alegría lógica de la esposa se une el gozo increíble del Esposo: «Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo». Aunque nos parezca increíble, la alegría de Dios consiste en transformarnos para poder unirse íntimamente a nosotros.

· · · · ·

Con el matrimonio espiritual concluye el proceso de la unión con Dios del contemplativo aquí en la tierra. Sin embargo, esto no es el final de dicho proceso, puesto que seguirá por toda la eternidad en el cielo, ya sin traba alguna, en una unión perfecta entre ambos por toda la eternidad. El momento del tránsito de la unión en el mundo a la unión celeste es la muerte, que se convierte en la puerta abierta a la Vida en plenitud.

La muerte se convierte así en el momento culminante de la consagración del contemplativo y de su unión esponsal con el Amado. El que ha vivido de Dios y para Dios vive el instante del tránsito como el último acto de la ofrenda de su vida y la consumación del abandono absoluto en el corazón misericordioso de Dios. El mismo desgarro y el dolor que supone humanamente la muerte se convierten en el vehículo perfecto para el postrer acto de amor inmolado que el ser humano puede hacer en este mundo, reviviendo por última vez la experiencia purificadora y unitiva de la Cruz de Cristo.

Todo lo que tiene la muerte de oscuridad hace que participe de la noche oscura que precede al resplandor infinito de la gloria de Dios. Del mismo modo, el dolor y la debilidad humana, que se muestran en ese momento con su máxima intensidad, se convierten en los preciosos instrumentos para que se manifiesten en todo su esplendor la grandeza y la gloria de Dios.

El enamorado que da sus últimos pasos por esta vida y se encamina ya a la otra aprovecha estos momentos para realizar el supremo acto de libertad y de amor por el que recoge en sus manos toda su vida y la ofrece confiadamente al Padre. En ese momento, su amor apasionado se convierte en una entrega absoluta en la que se funden, para desaparecer, la fe y la esperanza para dejar que exista ya solamente el amor. Este amor termina de consumir al enamorado y lo humaniza plenamente para permitir que el amor de Dios lo divinice.

 

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[1] La pobreza marca la vida de Jesús desde su nacimiento (cf. Lc 2,7.12) hasta la misma muerte en cruz (cf. Jn 19,23). Véase también Mt 8,20: «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» y Mc 6,8-9, donde pide a los discípulos su misma pobreza: «Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más…»

[2] Véase la permanente libertad de Jesús frente a los líderes religiosos, sus criterios y sus posturas (p. ej. Mc 3,2ss; 7,5ss), frente a los mismos discípulos que le siguen (cf. Jn 6,67), y frente a su misma familia: «El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,50; cf. Lc 2,49).

[3] Véase su libertad con respecto al alimento: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4); «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis» (Jn 4,32). También es libre ante otras necesidades, como p. ej.: Jn 18,4-11.19-23.

[4] Véase Ef 1,5-6: «Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia» (cf. Ef 1,3-14); 1Co 6,20: «Pues habéis sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!»

[5] Véanse las afirmaciones de Lumen Gentium, 10; 34 y Apostolicam Actuositatem, 3, que comentaremos en el apartado siguiente, La consagración, fundamento del ser y de la misión del contemplativo secular.

[6] San Bernardino de Siena, Sermón 2, sobre san José. Opera omnia 7,16.

[7] Recuérdese lo dicho en el capítulo 5, apartado B) Ser «alabanza de la gloria» de Dios.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, 873 (que cita el Código de Derecho Canónico, 207,2).

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, 784.

[10] Lumen Gentium, 10.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, 901, que cita Lumen Gentium, 34.

[12] Véase en este mismo capítulo el apartado 4. Un proceso con una meta: el desposorio.

[13] Recuérdese en el capítulo 6 el apartado J) dedicado a la pobreza como testimonio.

[14] Valga de muestra significativa el Cantar de los Cantares o el libro del profeta Oseas.

[15] Recordemos, como ejemplo luminoso del proceso espiritual como relación esponsal, el Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz. (He puesto comas)

[16] Véase Os 2,16: «Por eso, yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón».