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Fundamentos para la vida contemplativa en el mundo

6. La misión del contemplativo secular (3-4)

 

Custodia luminosa entre velas

 

 

3. Medios para la misión

 

 

3. Medios para la misión

 

 

A) Silencio y recogimiento

B) Oración

C) Trabajo y actividades seculares

D) Soledad en medio del mundo

E) Dirección espiritual

F) Ascesis

G) Perseverancia

H) La Fraternidad Contemplativa Secular de Nazaret

I) Otros medios concretos

El contemplativo secular cuenta con la gracia de Dios necesaria para vivir su ser y su misión en medio del mundo. Sin embargo esto no resulta automático ni cómodo por varios motivos: Primero porque existe una dramática oposición del mundo que dificulta la vida contemplativa; además ésta no es algo que se logra en un instante, sino un largo y delicado proceso que requiere un gran empeño para desarrollarse; y, finalmente, porque las gracias recibidas no dan fruto por sí mismas, sino que requieren de una abnegada colaboración por nuestra parte. El don que Dios le ha dado al contemplativo que vive en el mundo es la garantía de que es posible ser fiel a la vida a la que está llamado, aunque se vea envuelto en dificultades; pero debe ser consciente de que esa fidelidad se tiene que realizar en cada momento y en una constante lucha, que exige el uso de todas sus energías, tanto naturales como sobrenaturales.

Y aquí no basta con la conciencia de la identidad contemplativa para mantenerse fiel a ella; hay que dar respuesta concreta a una serie de dificultades que ponen en peligro la respuesta de vida que el contemplativo tiene que dar. Además, la vida contemplativa necesariamente tiene que crecer y desarrollarse, porque es una identificación con Cristo que se realiza a través de las distintas etapas y circunstancias; y por ello, sin dejar de subrayar la llamada y la gracia, el contemplativo también tiene que ser muy consciente de la necesidad de una respuesta concreta y real. Esa vida contemplativa, que es regalo, no se mantiene sin alimentarla. Por eso vamos a repasar los medios fundamentales que sirven en la práctica para apoyar el crecimiento de la vida contemplativa en medio del mundo.

A) Silencio y recogimiento

El contemplativo no necesita hablar mucho. Toda su vida está orientada a la permanente escucha de Dios, que debe manifestarse en la austeridad de la vida, el silencio y el recogimiento.

 

Orando en silencio en la playa

 

El silencio consiste fundamentalmente en la atención permanente a Dios, que lleva a acallar en nuestro interior todo lo que no es Dios para así poder escucharle. Sobre esta disposición, el recogimiento nos orienta a la atención absoluta a ese Dios que escuchamos. No es verdadero el silencio tenso, taciturno, costoso o realizado como pura disciplina o como mero ejercicio ascético; sino que ha de ser una escucha amorosa, con todo lo que tiene de duro y desgarrador, porque supone estar en permanente atención al «susurro» de Dios (cf. 1Re 19,12) en medio de un mundo en extremo bullicioso. El auténtico silencio nos abre a la paz, a la adoración y, al amor; y, así, nos lleva a Dios, para que nos introduzca en su propio silencio trinitario.

El silencio del contemplativo no tiene nada que ver con las diversas formas de mutismo inspiradas en las filosofías o místicas orientales, que buscan el silencio como vaciamiento. El silencio cristiano es todo lo contrario: plenitud, presencia, amor; algo que, cuanto más profundo es, menos palabras necesita para expresarse.

Para lograr el clima de recogimiento necesario para vivir su misión, el contemplativo secular deberá construir en lo más profundo de su alma ‑donde mora Dios‑ una celda interior en la que poder establecerse de manera permanente; de forma que viva siempre en Dios, aunque su existencia discurra en medio del ruido del mundo. Como dice san Ambrosio:

Conviene orar en todas partes como afirma el Salvador, cuando dice, hablando de la oración: Entra en tu aposento. Pero, entiéndelo bien, no se trata de un aposento rodeado de paredes, en el cual tu cuerpo se encuentra como encerrado, sino más bien de aquella habitación que hay en tu mismo interior, en la cual habitan tus pensamientos y moran tus deseos. Este aposento para la oración va contigo a todas partes, y en todo lugar donde te encuentres continúa siendo un lugar secreto, cuyo solo y único árbitro es Dios[1].

Es imprescindible reservar diariamente momentos amplios de silencio interior, como expresión de que Dios habita en nosotros. Luego, en el trabajo, en la calle, en medio de las diferentes actividades, incluso entre el bullicio del mundo, hemos de vivir conscientemente el secreto del silencio interior. Así, el silencio se convierte en el impulso que mueve a orar en medio del mundo y llena de paz el alma en cada momento.

Y no olvidemos que la eficacia del contemplativo está precisamente en su silencio; de forma que podemos decir que, si su silencio no es eficaz, tampoco lo será su palabra. Por eso tratamos frecuentemente de rellenar la falta de verdadera eficacia en el apostolado con el exceso de palabras. Si no somos capaces de trasparentar a Dios, tendremos necesidad de hablar constantemente de él; pero si fuéramos «presencia» de Dios, los demás percibirían su luz en la elocuencia de nuestro silencio. Y así, la palabra tiene el sentido de mera explicitación de la presencia que los demás descubren a través de nuestro silencio.

Para salvaguardar el silencio exterior se requiere cierta ascética concreta y realista, consistente en huir de las conversaciones superficiales, las críticas y la ligereza. Igualmente hay que evitar todo lo que obstaculiza el silencio interior, llenando nuestra alma de bullicio y nos impide la escucha de Dios, como añoranzas, imaginaciones, prevenciones, juicios, etc. Hemos de mantenernos en una actitud que nos ayude a permanecer en incesante escucha de Dios aunque seamos zarandeados por el mundo; no nos suceda aquello de lo que se quejaba san Gregorio Magno:

Muchas veces, obligado por las circunstancias, tengo que tratar con las personas del mundo, lo que hace que alguna vez se relaje la disciplina impuesta a mi lengua. Porque, si mantengo en esta materia una disciplina rigurosa, sé que ello me aparta de los más débiles, y así nunca podré atraerlos adonde yo quiero. Y esto hace que, con frecuencia, escuche pacientemente sus palabras, aunque sean ociosas. Pero, como yo soy también débil, poco a poco me voy sintiendo atraído por aquellas palabras ociosas, y empiezo a hablar con gusto de aquello que había empezado a escuchar con paciencia, y resulta que me encuentro a gusto postrado allí mismo donde antes sentía repugnancia de caer[2].

El verdadero silencio da un tono peculiar a la vida, configurando nuestra forma de hablar, de trabajar, de relacionarnos con los demás o, incluso, de andar. Para ello es necesario trabajar la austeridad en el uso del teléfono, en las diversiones o en el trato; procurando no emplear muchas palabras y sabiendo siempre guardar silencio, huyendo tanto de las actitudes mundanas como de las espiritualmente afectadas.

B) Oración

El contemplativo secular tiene que desarrollar una vida de oración profunda y permanente en medio de ocupaciones que tienden a ser agobiantes, cuando no frenéticas. Esto le obliga a romper el ritmo que imprime el mundo a las actividades y adquirir un ritmo diferente, el ritmo de Dios; sin que, para ello, tenga de dejar de cumplir sus responsabilidades. Debemos ser conscientes de la tendencia que tenemos a trabajar con prisas, a movernos por urgencias, a acumular actividades o a dejar cosas a medias. Esto hace que el tiempo dedicado a la oración esté marcado por la preocupación de lo que tenemos que hacer urgentemente, de lo que hemos de terminar, etc. Al final, acabamos convirtiendo la oración en una actividad más entre las muchas que realizamos, y terminamos descuidándola porque le dedicamos sólo un poco de tiempo cuando nos sobra, o llegamos a abandonarla porque siempre tenemos que hacer algo más importante o urgente que la oración.

Contando con esto, si deseo ser contemplativo secular debo fijar claramente un horario para la oración, que marque el tiempo, el momento y el lugar dedicados a la oración, en función de lo que veo que necesito para crecer en mi vida interior según lo que Dios me pide. Y, una vez fijado este horario, debería mantenerme fiel a él a toda costa, sin permitirme romperlo sin consultar con el padre espiritual. La base de esta radicalidad tiene que ser el convencimiento profundo de que la oración es el quehacer más importante de mi vida y de mi jornada. Y para ayudarme en mi decisión puede servirme el dejar bien claro ante los demás que mi «cita» con el Señor es lo más importante para mí y no la cambiaré por ninguna otra actividad; al igual que defendería una cita para ir al teatro con mis mejores amigos. Y cuando llegue el momento previsto para la oración, dejaré lo que esté haciendo para acudir a la «cita» con el Señor. También me puede ayudar el organizarme de tal modo que resulte imposible hacer ningún otro trabajo en ese tiempo, por urgente o importante que parezca.

 

Niño rezando en un banco de la iglesia

 

La fidelidad a un plan ordenado y serio me irá descubriendo que es inútil pensar en los problemas o quehaceres urgentes o que tengo pendientes, porque no voy a dejar la oración para dedicarme a ellos. Cuando llegue al convencimiento de que no voy a cambiar la oración por otra actividad, no será difícil concluir que «puesto que no tengo otra cosa que hacer en este momento, ¡vale la pena rezar!». Incluso llegaré a darle la vuelta al estilo del mundo, que me saca de la oración hacia los quehaceres; de modo que cuando me encuentre con tiempos libres, los dedicaré espontáneamente a la oración. Así, el orar se convierte en algo realmente importante, como el comer o el dormir; y el tiempo liberado para la oración se transforma en un tiempo liberador, al que acaba uno aficionándose.

Cuando estamos ante el llamamiento a una oración contemplativa sin salir del mundo, con todo lo que éste supone de presiones y dificultades, es muy importante que afinemos en todo lo que se refiere a la vida interior. Por eso, es necesario preservar siempre la oración y la calidad de la misma. Veamos unas pistas concretas que nos ayuden a profundizar en la oración contemplativa sin renunciar a nuestra presencia en el mundo:

-Vencer la presión del mundo. La vida secular presiona indefectiblemente sobre nuestra vida y su influencia afecta también a la oración, creando ciertas dificultades e interferencias. Lo más frecuente es la dispersión, que se manifiesta en distracciones, cansancio o sueño. En este punto es esencial que nos mantengamos fieles a la oración por encima de todo, aceptando, incluso, que las dificultades no nos permitan hacer más que una oración «de cuerpo presente» o, como decía alguien, la «oración del saco de patatas», en la que uno se pone delante del Señor aunque tenga la sensación de ser un peso muerto, incapaz ya de pensar o de sentir. Si aceptamos que orar está más allá de pensar o sentir y presentamos a Dios lo único que tenemos, poco a poco iremos descubriendo que resulta muy fácil quedarse tranquilo en la presencia del Señor. Si la cabeza parece llena de preocupaciones o intereses, pude ayudarnos la recitación de algún salmo o la lectura sosegada de algún pasaje de la Escritura; eso permite que nos concentremos y nos prepara para la oración silenciosa.

-Aceptar la «inutilidad» de la oración. Si permanezco fiel a esta verdad, me iré experimentando más a fondo a mí mismo. Porque durante esa hora «inútil», en la que no hago nada «importante» o «urgente», me encuentro con mi realidad más verdadera, con mi pobreza, con mi carencia básica de fuerzas; palpo la incapacidad radical para solucionar mis propios problemas y los de los demás y experimento la mayor de las impotencias para cambiar el mundo. Y esta experiencia es la única que me puede abrir al verdadero fruto de mi oración y, por tanto, de mi vida.

-Aceptar la pobreza en la oración. He de aprovechar y vivir a fondo la experiencia de pobreza que surge frecuentemente en la oración. A través de ella se realizará una intensa purificación de toda mi vida, incluyendo los mismos quehaceres que me preocupan: descubriré que muchos proyectos, planes y obligaciones se hacen menos urgentes o importantes y, sobre todo, dejan de ejercer su dominio sobre mí, agobiándome y condicionándome. Entonces todo eso me dejará libre durante mi oración y ocupará el lugar exacto que le corresponde en mi vida.

-Aceptar las dificultades de la oración. Hemos de contar con las dificultades para orar; porque son normales, forman parte de la misma vida de oración y constituyen la mejor manera de purificar la vida interior. Tal como decía Teófano el Recluso:

Trabajad hasta el agotamiento. Esforzaos todo lo posible, pero la obra de vuestra salvación, esperadla del Señor tan sólo... El Señor desea siempre todo lo que nos ayuda a la salvación y está pronto a concedérnoslo. Espera tan sólo que nosotros estemos prontos y capacitados para recibir sus dones. Por eso, la pregunta: «¿Cómo aprender a cuidar mi alma?» se cambia por esta otra: «¿Cómo estar siempre preparado para recibir la fuerza de salvación, que siempre está pronta a bajar del Señor sobre nosotros?...». Y he aquí la respuesta a esta pregunta: Abrirse a la gracia es «saberse vacío, desprovisto de razón, sin fuerza; es saber que sólo el Señor puede, quiere y sabe llenar este vacío»[3].

-Alimentar la oración. Dios da sus gracias a quien quiere y como quiere, por lo que no se puede pensar que el crecimiento espiritual dependa de la capacidad o del esfuerzo humanos. Sin embargo no es menos cierto que la gracia reclama, por nuestra parte, una plena colaboración en la que debemos involucrar todas nuestras capacidades. Esto pide que busquemos la armonía entre la vida interior y la formación, que no puede ser sino consecuencia de la armonía entre el conocimiento y el amor; evitando tanto el extremo del conocimiento sin amor (intelectualismo), del amor como actividad sin discernimiento (activismo) o el amor como sentimiento al margen del conocimiento (espiritualismo).

-Un discernimiento afinado y realista nos descubrirá que el progreso en el verdadero conocimiento lleva necesariamente al crecimiento en el amor. Y aunque no todos tenemos las mismas capacidades intelectuales, todos hemos de emplear todas las capacidades de que disponemos para conocer más a Jesucristo, porque una buena formación cristiana ayuda a que mejore la oración. Pero hay que evitar el estudio vano o meramente erudito, puesto que sólo puede serle útil al contemplativo secular el estudio que busque crecer en la fe y que tenga como motivación fundamental el amor.

El contemplativo secular vive en cierta medida «dividido»: por una parte Dios lo atrae hacia la soledad y, por otra, tiene que dedicarse a determinadas relaciones personales o actividades que le impiden o dificultan ‑por lo menos aparentemente‑ el recogimiento y la oración. Incluso las mismas tareas apostólicas o eclesiales suelen presentarse como obstáculos para la vida interior. Todo esto lleva necesariamente a un cierto desgarro interior que resulta a veces muy doloroso. Hay que contar con ello y aceptarlo, siempre que ese desgarro no sea fruto de un modo agobiante de trabajar que desgasta inútilmente nuestras energías. Se hace necesario encontrar el equilibrio que permita vivir las tensiones de la vida sin menoscabo de la paz.

La necesidad de equilibrar la tensión propia de la vida contemplativa secular obliga a ordenar adecuadamente la escala de valores y de actividades. Y aquí, una vez más, cobra gran importancia la oración, pues a través de ella nos encontramos con nuestra más profunda identidad, que hace que no tengamos necesidad de sentirnos en la obligación de ganarnos a los demás, de quedar bien, de cumplir unos plazos o exigencias externas, etc. Es un hecho probado que quienes viven una vida de profunda oración están en paz consigo mismos, no tienen que esforzarse para lograr ser fieles a su propia identidad, necesitan dormir menos y poseen una personalidad más serena y armónica,

C) Trabajo y actividades seculares

Una forma privilegiada de identificación con Jesucristo, sobre todo en su vida en Nazaret, es el trabajo. Éste es, además, una expresión muy importante de pobreza. En medio de un mundo extremadamente agitado y carente del valor profundo de la vida, el contemplativo secular descubre gozosamente el sentido cristiano del trabajo. Forma parte de su misión empapar de Dios el trabajo, siguiendo las huellas de Jesús, a pesar de lo difícil que esto resulte; para lo cual tendrá que mantener la permanente tensión de oración que le permita conservar en todas las actividades el espíritu de oración y la presencia santificadora de Dios. Porque tiene que vivir fidelísimamente su misión en medio de las diferentes ocupaciones a las que debe dedicarse. Y para ser fiel a su vocación y misión sin descuidar sus quehaceres ha de tener en cuenta lo siguiente:

-Existe una manera «contemplativa» de trabajar; que es mucho más importante incluso que orar. Se trata de trabajar de tal modo que el trabajo se convierta en oración. Para lograrlo hay que cuidar mucho los medios propios de la vida espiritual, como son la oración, la lectio divina, la liturgia de las horas, la eucaristía, etc., especialmente el silencio y el recogimiento; y desde ahí se ha de afrontar el trabajo, intentando mantener el recogimiento y no perder el clima interior de presencia de Dios.

-Es necesario conseguir el desprendimiento de lo que hacemos, para poder vivir la vida espiritual. Un excesivo agobio, urgencia o preocupación por el trabajo, impide la libertad interior que reclama la oración.

-Ayudan más los trabajos sencillos y manuales, que permiten mantener la mente y el corazón en Dios, que aquellos que exigen una especial concentración intelectual. En estos casos, sin embargo, no es imposible la vida contemplativa; sólo que se requiere más ejercicio espiritual de presencia de Dios y de recogimiento.

 

Barriendo el suelo

 

-Es muy difícil no tener distracciones en el trabajo, incluso tentaciones de todo tipo. Lo mejor es reconocerlas y dejarlas pasar. Los trabajos simples ayudan a centrar la atención y conservar el recogimiento, porque permiten fijarnos en los materiales (madera, hierro, etc.) o en el entorno (sobre todo si estamos al aire libre); siempre que no racionalicemos las cosas y esbocemos un tratado sobre los materiales o nos perdamos en consideraciones teóricas sobre el ecologismo. He de tomar conciencia del lugar en el que estoy y en la tarea en la que me encuentro. Y, desde ahí, debo buscar mi propio ritmo personal. También necesito conocer cuánto tiempo puedo trabajar sin que el cansancio me impida la oración; sabiendo que lograr este equilibrio lleva su tiempo.

-Es importantísimo ‑y habrá que revisarlo frecuentemente‑ encontrar modos concretos que eviten que me ahogue en las actividades, intereses y urgencias de la vida secular. Debo revisar las actitudes internas que tengo y los planes realistas que me propongo para que mi vida no se vea «gobernada» por los criterios del mundo.

-He de reglamentar muy bien la hora de levantarme y acostarme, y ser fiel al plan previsto. Esto creará en mí un nuevo estilo de vida, que los demás podrán reconocer fácilmente. Aunque algunos se extrañen, muchos otros se sentirán animados y atraídos por mi forma de vida, incluso querrán vivir del mismo modo; lo que me permitirá crear unas relaciones personales más profundas y tener la oportunidad de vivir según el criterio de Dios y ofrecer ese criterio a los otros.

-Si deseo mantener una sólida vida de oración y una cierta pureza de corazón en medio de las actividades seculares, tengo que poner límites precisos a esas actividades, y he de aprender a decir: «no», con claridad y contundencia, a todo aquello que no entre en mi responsabilidad directa o que me impida vivir mi vocación-misión.

-Debo tener mucho cuidado con la tendencia a comprometerme en exceso, a dejarme llevar por entusiasmos repentinos, a aceptar demasiados compromisos laborales o sociales y a invertir demasiadas energías en algo sin considerar si merece la pena o no y si me acerca o me separa de mi vocación-misión.

-He de tomar decisiones concretas para ordenar evangélicamente todas mis actividades: la oración, los trabajos, los servicios que puede exigirme la caridad, etc.

D) Soledad en medio del mundo

Un medio fundamental para hacer posible el recogimiento es la soledad. Ciertamente el mundo no es un monasterio; pero el que está llamado a ser contemplativo y desea serlo tiene que buscar ámbitos y modos de soledad. El bullicio, la radio, la televisión, las conversaciones banales, etc. vacían el alma de la soledad necesaria para hacer posible la oración.

 

Caminando en una burbuja

 

No es fácil encontrar la plena soledad en medio del mundo; sin embargo, la vida secular nos brinda multitud de momentos y situaciones que nos permiten experimentar la soledad de diferentes maneras; una soledad muy distinta de la monástica, pero no menos importante o santificadora. El contemplativo secular sabe de la gran importancia de la soledad para crecer en su ser y en su misión, y busca aprovechar estas oportunidades, descubriendo una profunda experiencia de soledad en diferentes situaciones:

-en medio de la multitud;

-en el autobús abarrotado de personas aisladas unas de otras;

-en la experiencia de esos escasos momentos de quietud o de silencio en casa;

-en la enfermedad, que incluso debe compaginar con el trabajo;

-en el abandono de familiares y amigos, que le dan de lado por no seguir sus valores y pautas de conducta;

-en la indiferencia de los compañeros de trabajo;

-en la incomprensión de los mismos cristianos, incluso los más cercanos;

-cuando casi nadie se acuerda de él, le llama por teléfono, le escribe o, simplemente, le pregunta cómo está;

-cuando no entiende a Dios, sus planes y sus proyectos;

-cuando no entiende al mundo, sus valores y criterios;

-cuando no encuentra verdaderos amigos que le comprendan y compartan sus ideales más profundos.

Todos estos casos son experiencias purificadoras de soledad que se hacen especialmente dolorosas cuando el contemplativo secular comprueba que la mayor parte de los que le rodean buscan sus propios intereses, muy alejados de los que él pretende, y caminan por sendas que poco tienen que ver con la suya. Es entonces cuando se siente verdaderamente solo, y el corazón experimenta el mordisco interior del desamor y el vacío de la verdadera soledad. Pero es precisamente en ese momento cuando el vacío del corazón permite al contemplativo abrirse de verdad a Dios, que quiere llenarle plenamente de su presencia. Y así, la soledad del contemplativo secular, aunque muy diferente de la soledad monástica, tiene sus mismas consecuencias: purificar el corazón de apegos y afectos, vaciarlo para que Dios pueda encontrar en él un lugar propicio para habitar, y transformarlo interiormente para santificar a los hombres a través de él.

Hay que tener cuidado en este terreno para distinguir entre la soledad que brota de la fidelidad a Dios y la que resulta de la búsqueda arrogante de uno mismo. Este discernimiento requiere el análisis de los frutos interiores que aporta la soledad y la constatación del crecimiento o estancamiento en la vida espiritual.

E) Dirección espiritual

Si alguien desea avanzar de verdad por el camino de la santidad no puede hacerlo sin un medio fundamental que es la dirección espiritual. Ésta es la gracia que Dios nos brinda para afinar en el discernimiento de cuál es su voluntad, en concreto, en cada momento y circunstancia de la propia vida. Por eso, el contemplativo secular deberá poner el máximo interés en buscar a la persona que le ayude del modo más eficaz en esta tarea de discernimiento.

 

Sacerdote dando la absolución

 

En principio no hemos de pensar que la dirección espiritual vale porque resulte agradable humanamente, permitiendo apoyos o desahogos naturales, sino porque ofrece referencias sólidas de la voluntad de Dios sobre la propia vida. Lo cual no tiene que ser necesariamente algo duro o exigente. De hecho la dirección espiritual no puede suponer «exigencia», porque no entra en el campo de la autoridad sino en el del consejo. La diferencia entre mandato y consejo es que aquél se da para que se cumpla y éste para que se tenga en cuenta. Por eso, al director espiritual no hay que «obedecerle»; pero hay que recibir su ayuda con la docilidad con la que debemos acoger la gracia de Dios para, después de llevarla a la intimidad de la oración, actuar según la propia conciencia.

Y, por lo mismo, el director espiritual no tiene que mandar nada, ni suplir las decisiones de quien se acerca a él a pedirle orientación. Simplemente recoge los frutos de la oración y el discernimiento que se le presentan y revisa el proceso seguido para ver si hay garantías de que es de Dios o, por el contrario, percibe que se han filtrado intereses personales que pueden empañar el discernimiento. Su misión termina ofreciendo los datos objetivos y su impresión sobre el discernimiento que el interesado ha hecho previamente en la oración, así como dando algún consejo u orientación para que se tenga en cuenta en un posterior trabajo de discernimiento, antes de tomar una decisión y actuar en consecuencia.

F) Ascesis

La vida divina recibida en el bautismo no podrá desarrollarse plenamente en nosotros si no se realiza una purificación que nos libere de la presión del pecado y de la concupiscencia, y nos permita así acoger la gracia de Dios.

El que quiere vivir la comunión de amor con Dios acepta con gusto la purificación que se necesita para ello, tanto en su sentido activo como pasivo. La purificación que realiza Dios (purificación pasiva) es la más importante, pero no se podrá realizar bien si no existe un ejercicio constante de vencimiento por parte de la persona (purificación activa). Este ejercicio no tiene valor en sí mismo, sino como expresión del amor a Dios y del deseo de identificación con Cristo crucificado, que nos invita a seguirle diciéndonos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24).

 

Orando ante la tentación del dinero

 

El vencimiento propio y la lucha espiritual ‑a lo que denominamos ascesis‑ no produce por sí mismo la gracia, sino que dispone a recibirla. Por esa razón es importante que todo el trabajo que se realiza en este sentido esté claramente orientado hacia la finalidad que se propone, procurando no entender la mortificación como un ejercicio espiritual autónomo, desligado de la gracia de Dios o de la vocación a la que nos llama. Especial interés tienen en este sentido los consejos que dirige a los ascetas el maestro de oración Teófano el Recluso, en los que se ve claramente que la abnegación tiene que servir a la vida espiritual y nunca ser obstáculo para la misma:

He aquí en qué consiste la regla del ayuno: permanecer con Dios en el intelecto y en el corazón, abandonar todo lo demás, rechazar toda búsqueda de sí, tanto el plano espiritual como en el plano material. Debemos hacerlo todo para la gloria de Dios y el bien del prójimo [...]. Todas las privaciones deben hacerse con moderación, pues es necesario evitar atraer la atención, y no debilitarnos hasta el punto de llegar a ser incapaces de cumplir nuestra regla de oración[4].

Entre las almas piadosas existe el convencimiento generalizado de la importancia de la mortificación, pero se suele poner en práctica eligiendo determinados ejercicios o renuncias en función de lo que se entiende como más generoso o heroico, sin tener en cuenta que todo nuestro esfuerzo tiene que estar orientado a recibir de Dios determinadas purificaciones y gracias. Por eso, el trabajo ascético no puede ser arbitrario; exige que concretemos claramente la meta a la que Dios nos llama y dónde hemos de poner nuestro esfuerzo ascético para facilitar el plan de Dios.

Quien quiera avanzar por el camino de la unión con Dios tiene que realizar el necesario discernimiento para descubrir en concreto el proyecto de Dios sobre él y, desde ahí, las purificaciones que debe aceptar o imponerse para que dicho plan pueda llevarse a cabo de manera real y efectiva; recordando que cada vocación es personal y tiene su mortificación específica, de modo que aquello en lo que debe vencerse uno no vale como ejercicio ascético para otro.

La mortificación en el contemplativo ha de tener un fundamental carácter de amor, porque consiste en renunciar voluntariamente a algo por amor a Dios y a los hermanos. Su ascesis ha de ser la expresión del amor de holocausto, que lleva a la renuncia total para abrirse plenamente a la invasión de Dios. Además, tiene que tratarse de vencimientos o esfuerzos que ayuden a vivir mejor lo propio de la vida contemplativa: una oración más profunda, la relativización de todo lo que no es Dios, la identificación con la vida oculta de Jesús, la participación en el misterio de su Cruz, la entrega de la vida a favor de los hermanos, un mayor recogimiento en medio de las actividades, etc.

La vida en el mundo, con sus variadas formas, exige que el contemplativo secular estructure adecuadamente su ejercicio ascético. Más que métodos o modos de ascética tiene que descubrir en su propia vida en medio del mundo todas las dificultades que ha de vencer permanentemente para poder ser fiel a su misión. Ésta es la mejor ascética, la que nos lleva a ser lo que tenemos que ser y nos ayuda a convertirnos en instrumentos dóciles de Cristo.

Para que haya auténtica ascesis hay que partir de un conocimiento verdadero y profundo de uno mismo, que nos descubra nuestras capacidades y limitaciones, nuestras virtudes y defectos, la gracia recibida y las posibilidades habituales de tentaciones y pruebas. Y para que esta base pueda estar bien colocada se necesita el examen de conciencia habitual ‑realizado en forma de oración y no como mero recuento de faltas‑, la amistad espiritual, la corrección fraterna y, por supuesto, la dirección espiritual.

Además de este conocimiento propio, la ascesis necesita de una gran simplicidad que nos mueva a buscar la pureza evangélica y evite que la mortificación acabe siendo un ámbito enrevesado de búsqueda de uno mismo, con el consiguiente alejamiento del verdadero amor de Dios.

La vida contemplativa exige vivir en gozosa penitencia y en libre austeridad. Esto se concretará en un estilo de vida determinado, caracterizado, entre otras cosas, por la austeridad de vida, así como la sobriedad en la comida o en el descanso. La actitud del que busca la identificación con el Señor debe llevarle a preferir antes pasar necesidad que vivir en la comodidad, para asemejarse lo más plenamente posible a él. Y todo ello como renuncia y despojo que expresan la aceptación que uno ha hecho de perderlo todo «con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,8) y vivir la verdadera vida y la perfecta alegría.

 

Sacando tres monedas del bolsillo

 

No se puede entrar en la auténtica vida contemplativa si no es pagando el precio de morir a uno mismo, aceptando valientemente el dejarlo todo y perder la vida para encontrarla en Dios, desapegándose del mundo para poder apegarse a Dios.

Por eso, la ascesis en el contemplativo le impulsa a vivir plenamente enfocado hacia la eternidad. Su ansia de la vida eterna hace que desee abandonar la tierra, no por desprecio a un mundo digno de amor, sino por el infinito anhelo de empezar a vivir en plenitud la vida nueva de Cristo. Ese ansia le lleva a aceptar voluntariamente el morir en cada momento para ir acelerando la pascua definitiva y convertirse así en el grano de trigo que muere para dar mucho fruto (cf. Jn 12,24).

El contemplativo no muere, pues, de enfermedad o accidente, sino de amor. Para él la muerte sólo puede ser la conclusión de un permanente acto de amor que, llegado el momento, necesita liberarse de la condición terrena para seguir avanzando y llegar a su infinita plenitud. Así, la muerte se convierte en el llamamiento amoroso de Dios que nos atrae definitivamente a él.

G) Perseverancia

La oración perseverante a la que Jesús nos llama[5] no ha de entenderse como una actividad a la que dedicamos todo nuestro tiempo y de forma exclusiva. En el mundo no es posible dedicarse de manera permanente, y al margen de cualquier otra actividad, a lo que denominamos ordinariamente oración. Además, el Señor no puede llamar al contemplativo secular a una forma de oración que impida el desarrollo de una vida normal. Por eso hemos de entender su invitación a la oración perseverante como la disposición a vivir permanentemente consumidos por la pasión de Dios.

El ansia de Dios que él ha infundido en el alma del contemplativo le lleva a éste a vivir sin descanso en constante búsqueda amorosa de Dios y de su voluntad. Como una enfermedad incurable, el anhelo de Dios no permite descanso. Es lo que vive el mismo Jesús cuando nos dice: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!» (Lc 12,49). Aunque la vida en medio del mundo exija en muchos momentos tener que desarrollar actividades que parecen distraer de lo fundamental, jamás deja de latir en el fondo del alma el profundo y dulce dolor de la llaga de amor que nunca se cura y que siempre va a más, empujando a la total inmolación de uno mismo en la hoguera abrasadora del amor divino Y sólo quien acepta permanecer en medio de ese fuego y se niega a descansar o retirarse de él, aunque sea por un momento, puede dar el fruto con el que Dios bendice su misión.

Quien busca de verdad a Dios no se pierde en estériles justificaciones o refugios que puedan retrasar la entrega total, porque sabe que si acepta un amor con condiciones, a ratos o por impulsos, perderá las gracias recibidas y se hundirá en un estado de mediocridad que imposibilitará el desarrollo pleno de la gracia de Dios y de la vocación recibida de él.

Aquí es donde muchos invocan la misericordia divina, que puede levantar al ser humano de la postración más profunda. Esto es teológicamente cierto, pero nunca podrá servir de excusa para jugar con la gracia y permitirnos la infidelidad, pensando que la bondad de Dios lo arreglará todo. Por el contrario, quien está realmente convencido del amor que Dios nos tiene se siente fuertemente impelido a corresponder a ese amor con la entrega más generosa y apasionada, en lugar de refugiarse en él para justificar su mediocridad. Evidentemente hemos de distinguir en este punto entre la debilidad y la infidelidad. El pecado de debilidad suele ser circunstancial y manifiesta principalmente la fragilidad de la condición humana; y, aunque suponga una ofensa a Dios y una pérdida de su gracia, no suele afectar a la esencia de la relación con Dios. Sin embargo el pecado de infidelidad afecta a la esencia de la relación con Dios porque supone una manipulación de la gracia y de la verdad para justificar la propia infidelidad. Esto se ve especialmente en los frutos: Para el que está herido de amor, el pecado de debilidad, que reconoce en sí mismo, le mueve a más entrega y abre más la llaga de su anhelo interior. Sin embargo, en el pecado de infidelidad hay un cálculo de intereses que lleva al abandono de la tensión interior que agota y a la renuncia a la entrega total al amor divino que lo consume todo. Por eso, este tipo de pecados nos saca del cauce de la gracia y, por tanto, de la misión que Dios nos encomienda y de la eficacia sobrenatural que nos concede.

Por el contrario, la búsqueda de esta eficacia y la fidelidad a la misión que el contemplativo secular reconoce haber recibido de Dios debe manifestarse en una disposición a mantenerse a todo trance en estado de holocausto de amor, consumido por la pasión de Dios, sin permitirse el más mínimo recorte o concesión que pueda llevarle a dar un paso atrás en el camino emprendido.

H) La Fraternidad Contemplativa Secular de Nazaret

Aunque el contemplativo secular vive una cierta experiencia de soledad, ésta no puede ser absoluta. Además de saberse hermano de todos los que tienen sus mismas inquietudes y están dispersos por todo el mundo, constituye una gracia encontrar en el camino a personas que compartan su misma vocación, descubriendo en ellos a auténticos hermanos con los que crear una verdadera comunión de amor y ayudarse mutuamente.

En este sentido la Fraternidad Contemplativa Secular de Nazaret quiere vivir y ayudar a vivir con toda plenitud la vocación-misión aquí descrita. Al lado de otros grupos o asociaciones que intentan animar a vivir la vida contemplativa, dicha Fraternidad trabaja por profundizar en esta vocación, sin dependencia de otro carisma o institución y subrayando su carácter secular. Además del apoyo entre sus miembros, quiere ofrecer ayuda a quienes la necesitan para llevar a cabo el discernimiento, la formación y el acompañamiento espiritual, en orden a descubrir y a vivir la vocación contemplativa secular, y con independencia de que vayan o no a integrarse en dicha Fraternidad.

I) Otros medios concretos

Aparte de los medios básicos ya señalados, la vida contemplativa secular exige el cuidadoso empleo de los medios espirituales y sacramentales que fundamentan el desarrollo de la vida cristiana: la misa y la comunión diarias, la confesión frecuente, el retiro espiritual mensual y los ejercicios espirituales anuales. A estos medios hay que añadir especialmente la devoción a la Virgen María, que debe plasmarse en el cariño filial hacia la Madre, buscando seguir fielmente su estilo de vida, para lo cual ayuda mucho el rezo del rosario.

Hay que tener en cuenta que todos los medios o ejercicios propios de la vida espiritual tienen sentido en la medida en que ayudan a lo esencial. Por eso, aparte de los medios fundamentales que nunca debe dejar, el contemplativo secular tiene que ser muy libre en la utilización de ejercicios piadosos, modos de orar, ascesis, etc., como instrumentos que son para crecer espiritualmente, y que deben buscarse o mantenerse en la medida en que introducen en la verdadera vida de oración.

En la vida ordinaria, el contemplativo debe prestar atención a tres momentos especialmente importantes en la jornada: al levantarse por la mañana temprano, después de la comunión y antes de acostarse.

 

Niño reza de rodillas al pie de su cama

 

No es indiferente el modo de levantarnos de la cama por la mañana, porque es un momento que va a marcar el «tono» del día. Hemos de hacer un acto de presencia y de adoración de Dios, procurando ser conscientes de que somos «alabanza de su gloria», y disponiéndonos ante el día que comienza para hacer de nuestra vida una auténtica liturgia de alabanza.

La comunión eucarística nos ofrece la posibilidad de entrar en uno de los modos más profundos y reales de unión con Jesucristo; y, como toda gracia, aunque tiene eficacia por sí misma, desarrolla esa eficacia en función de nuestra disposición. Por eso, la intensidad con la que participamos en la celebración de la eucaristía y el recogimiento con el que acogemos al Señor en la comunión, nos permiten recibir más plenamente los beneficios de una de las gracias más extraordinarias que Dios nos da. Y para aprovecharla al máximo hemos de tratar de mantener este recogimiento después de la comunión y de la misa, haciendo de este momento uno de los más intensos e importantes de la jornada; bien entendido que esta importancia no significa que tenga que ser ésta una oración «fácil», dado que la presencia «sacramental» del Señor en nosotros no es sensible y sólo la percibimos en pura fe. Por eso no es extraño que, en ocasiones, pueda ser un momento de cierta aridez, debido a que esa presencia sacramental es profunda y misteriosa; y desconcierta un poco «saber» que tengo en mí al Señor y no lo «siento» con la fuerza que cabría esperar. Sin embargo, es una ocasión de presencia «real» que hay que aprovechar a fondo.

Finalmente, los últimos momentos del día son muy apropiados para vivir una presencia particularmente cálida del Señor, para gozar de una especial intimidad de amistad con él y recapitular el día en su presencia.

Es conveniente programar una semana de Ejercicios espirituales al año, un día de retiro mensual y un día a la semana donde se intensifique más la oración. Pero todo ello no dará fruto si no existe una seria y amorosa fidelidad al plan diario. Sin un ritmo continuo de oración, las ocasiones extraordinarias para orar perderán la necesaria conexión con el resto de la vida y quedarán sin el fruto que Dios espera.

4. Los grandes modelos

La vida contemplativa secular no es fruto de una invención humana, sino algo eminentemente divino, enraizado en el plan de Dios y en su misma forma de proceder. Por eso, a la hora de analizar el ser y la misión del contemplativo secular resulta enormemente clarificadora la contemplación de la vida de Jesucristo, de la Virgen María y de san José. En ellos no vemos el estilo de vida de los monjes retirados del mundo, sino un modo de ser y de vivir en medio del mundo, que une la identidad esencial que brota de la unión íntima con el Padre y las diferentes actividades humanas a las que ellos se deben.

Especial importancia en la vida del Señor tiene el largo período de treinta años de vida ordinaria en Nazaret. Aquí no encontramos un estilo vida monástica, sino plenamente «secular»; entendida la secularidad en su sentido más verdadero, no simplemente como lo «profano» que nada tiene que ver con Dios. El Hijo de Dios vive una existencia sencilla de trabajo humilde, de cumplimiento abnegado de sus deberes familiares y sociales, de relaciones humanas normales y cordiales, de vida de piedad, etc.; en definitiva, vive los elementos más ordinarios y básicos de toda vida humana. Durante el período de tiempo más largo de su existencia terrena, Jesús no hace nada extraordinario. Sin embargo no vive un tiempo muerto o perdido. Para él, Nazaret no es el tiempo de espera de su vida pública. «Las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas»[6]. A lo largo de estos treinta años, el Señor está redimiendo a la humanidad; y lo hace no con palabras o con actos más o menos visibles o espectaculares; sino con su ser en medio del mundo. Viviendo su condición de Hijo de Dios, consciente de su vinculación con el Padre y en permanente contacto con él, Jesús abraza en concreto la realidad más humana de nuestra condición: el trabajo humilde, la monotonía, el deber, la vida sencilla, la familia, etc. Asume este tipo de vida como resultado de la búsqueda voluntaria del último lugar; y al hacerlo, santifica esta vida porque él es el instrumento de la presencia de Dios en todo lo humano, especialmente en lo más pobre y humilde. La gran desproporción que existe entre el tiempo que pasa Jesús en este modo de vida ordinaria en Nazaret y el tiempo que dedica a la vida pública expresa categóricamente la importancia redentora que tiene la vida ordinaria vivida del modo peculiar como la vive Jesús.

 

La sagrada familia del pajarito de Murillo

Murillo, La sagrada Familia del pajarito

 

Y lo mismo vemos que sucede con la Virgen María. Su vida no tuvo ninguna trascendencia humana o social; no hizo nada que resultase deslumbrante o significativo a los ojos del mundo, ni fue un personaje reconocido por los historiadores en función de unos méritos constatables socialmente. La vida de la Virgen no tuvo notoriedad social alguna; y sin embargo es la criatura humana más importante de la historia porque fue el instrumento a través del cual Dios nos envió al Salvador. El tipo de vida propio de María revela el estilo y los valores característicos de la vida de Jesús; que no son otros que los valores propios de Dios. Ella es el recipiente que Dios llena de su amor para derramarlo sobre la humanidad; un recipiente hecho de vida sencilla y ordinaria, muy alejada en apariencia de lo que sería la vida monástica e incluso consagrada. Así lo ve santa Teresa del Niño Jesús:

Para que un sermón sobre la Virgen me guste y me aproveche, tiene que hacerme ver su vida real, no su vida supuesta; y estoy segura de que su vida real fue extremadamente sencilla. Nos la presentan inaccesible, habría que presentarla imitable, hacer resaltar sus virtudes, decir que ella vivía de fe igual que nosotros (Últimas Conversaciones, 21.8.3).

Aunque la encarnación del Verbo sea el misterio que nos muestra con mayor claridad la condición de instrumento de salvación que tiene María, toda su vida posee esta cualidad, porque ella misma es instrumento de salvación. Y ello se debe a ese «ser esencial» contemplativo que fundamenta todo lo que ella es y hace. Podemos decir que María es eminentemente «contemplativa en medio del mundo» y, como tal, a través de las realidades ordinarias de una vida normal, vive el misterio de comunión profunda con Dios, de glorificación del Padre, de identificación con su Hijo Jesucristo y de extraordinaria eficacia sobrenatural.

Los pocos datos que tenemos sobre la Virgen María coinciden con unos determinados valores muy concretos que son los valores fundamentales del Señor y que ponen de relieve una forma de vida peculiar, dentro de la cual resulta particularmente expresivo el misterio de la vida ordinaria en Nazaret como magnífico modelo de lo que es la vida contemplativa en el mundo. Al que habría que añadir la visita de María a su prima Isabel (cf. Lc 1,39ss), donde la Virgen realiza el humilde servicio de caridad de acudir en ayuda de su pariente y se convierte en la eficaz portadora de Jesús, que llena de la alegría de la salvación a su prima y al hijo que ésta lleva en sus entrañas.

En María no sólo encontramos un modelo perfecto de vida contemplativa, sino la mejor compañera y maestra de la vida espiritual; hasta tal punto, que constituye una verdadera gracia de Dios el poder gozar de la presencia y la unión con la Madre, que nos hace participar de su propia experiencia interior, y nos lleva, por el camino más seguro y derecho, hasta su Hijo.

Y junto a Jesús y María, no podemos olvidar al otro miembro de la familia de Nazaret: José, que tiene un puesto único e insustituible en la historia de la salvación. Fue el hombre que aceptó el plan de Dios con gran generosidad y adoptó al Hijo de Dios como propio. Por eso no podemos reducirlo, como se hace con frecuencia, a la figura de un mero espectador de algo que no le afecta y con el que no sabemos qué hacer; de modo que, para quitarlo de escena pronto, lo convertimos en un anciano y le hacemos morir enseguida.

Es cierto que apenas sabemos de José; pero lo poco que conocemos de él nos descubre que era «justo» (cf. Mt 1,19); es decir, un hombre de Dios, verdaderamente bueno, que supo adaptarse totalmente a los planes que Dios le trazaba; que vivió en fidelidad a esos planes en medio de las dificultades de una vida ordinaria, de trabajo y pobreza. Nos encontramos ante una vida que, en su simplicidad, encierra un enorme misterio en una historia muy pequeña, humilde y silenciosa. Un misterio y una vida en perfecta sintonía con lo que viven Jesús y María.

La fe de José le lleva a confiar en el anuncio del ángel y a hacer lo que le ha mandado el Señor; que no es creer en la inocencia de María ‑algo que ya creía‑, sino dedicar toda su vida a ser el custodio del Salvador y de la Virgen Madre, que necesitan ayuda y protección. Y esto en lo concreto de la vida porque así de real es el misterio de la Encarnación. Siempre viviendo en fe y en fidelidad, José hace de su modesto trabajo el medio más eficaz para colaborar en la obra de la salvación.

Por eso, este sencillo carpintero es modelo de cómo llenar las más humildes tareas de amor ilusionado. Su acto de fe al aceptar la misión que Dios le encomienda nos muestra la importancia que tiene no pedir a Dios aclaraciones previas al «salto en el vacío» de la obediencia. Nos enseña a estar siempre disponibles, fiándonos plenamente de Dios; descubriendo el sentido profundo de lo humilde, ordinario y oculto a los ojos del mundo.

Volveremos más adelante sobre alguno de estos misterios para descubrir en detalle los valores que encierran como modo de ser y como misión; mientras, podemos contemplar a Jesús, a María y a José como los grandes contemplativos seculares, modelos perfectos de esta vocación y de cómo llevarla a cabo en la vida ordinaria.

 

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[1] San Ambrosio, Tratado sobre Caín y Abel, 1,9,38.

[2] San Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, 1,11,4-6.

[3] Teófano el Recluso, El arte de la oración, Lumen.

[4] Teófano el Recluso, Consejos a los ascetas, Lumen 1990, p. 70.

[5] Cf. Lc 18,1.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, 1115. No faltan en el Catecismo otras referencias interesantes a la vida oculta del Señor y su valor salvífico: en su vida oculta Cristo «repara nuestra insumisión mediante su sometimiento» (n. 517 y 532); «la vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana» (n. 533) y «nos da el ejemplo de la santidad en la vida cotidiana de la familia y del trabajo» (n. 564).