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Fundamentos para la vida contemplativa en el mundo

5. El ser del contemplativo secular (1-2)

 

Hombre de barro

 

1. El fundamento del ser del contemplativo secular

2. Una vocación que transforma el ser

 

1. El fundamento del ser del contemplativo secular

La vida contemplativa comienza a brotar en el corazón del bautizado por una seducción de Dios: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20,7). Se trata de una seducción que mueve a la persona y la orienta completamente hacia Dios, empapando toda su existencia en la tensión de Dios y haciendo así realidad el espíritu del primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5).

A partir de aquí, la vida del contemplativo se podría definir fundamentalmente como una búsqueda permanente de Dios, que orienta toda su existencia hacia el encuentro con él.

Tu mirada ha de ser solamente para Dios, tu deseo solamente para Dios, tu dedicación solamente para Dios; no queriendo servir sino a Dios solo, en paz con Dios, llegarás a ser causa de paz para los otros (San Simeón el Estudita, Catequesis menores).

Esta seducción de Dios es fruto de un encuentro con él, que nos sale al paso en el camino de la vida. Se trata de un encuentro que se vive ya aquí y ahora, pero como anticipo y preparación de su plenitud que tendrá lugar en la vida eterna. Por eso, el contemplativo vive en la esperanza de la vida futura, como centinela que vigila, en medio de la noche, la llegada del amanecer.

El mismo nombre de contemplativo hace referencia a lo que constituye el eje de su vida, que es la contemplación. Y lo primero que hay que decir de ella es que el objeto al que se dirige la contemplación no es algo, sino Alguien: Jesucristo. Él es, para Dios, la imagen perfecta del hombre; y es, para el hombre, la imagen perfecta de Dios. En Jesucristo, el contemplativo descubre a un Dios apasionado por el hombre en un hombre apasionado por Dios; y este misterio lo hace suyo como motor profundo que ilumina su búsqueda de Dios, a la vez que unifica y da sentido a toda su vida. Así, en esa contemplación del Hijo de Dios, el contemplativo aprende de él a saciar la sed radical de Dios que le consume y le mueve a buscarlo apasionadamente[1].

Jesucristo va absorbiendo al contemplativo de manera que éste sólo busca conocerlo y amarlo. El nombre de Jesús se escribe así en su corazón de forma indeleble. Y este nombre, pronunciado, rezado, susurrado, se convierte en el instrumento por el que el Espíritu Santo configura al contemplativo y lo va purificando, liberando, simplificando y unificando hasta llevarlo a una armonía en su ser y en su vida que refleja cada vez más perfectamente al Modelo divino.

 

Cristo abrazando a san Bernardo de Ribalta

Ribalta, Cristo abrazado a san Bernardo

 

Una primera consecuencia de todo esto es que la vida contemplativa no es algo que podamos fabricar a nuestro antojo, sino algo que nos viene dado. Como seducción de Dios, es un don inmerecido ante el que no cabe otra actitud que la receptividad. Y esta gracia no puede traducirse en una vida mediocre, sino excepcional, que viene marcada por la propia vocación contemplativa, que es una llamada de Dios y no algo que uno decide arbitrariamente, como si fuera un hobby o un entretenimiento. Es Dios quien nos escoge para que seamos contemplativos. Y uno puede negarse a su seducción, pero al altísimo precio del fracaso de la propia  vida interior. Por lo tanto, no estamos ante un tipo de vida que haya que conquistar, sino ante un modo de ser que hay que dejar que aflore desde lo más interior, allí donde Dios sembró, por el bautismo, la semilla de un amor infinito.

Porque es precisamente en el bautismo donde está el fundamento del ser del contemplativo. La vida contemplativa, don y llamada gratuita de Dios, no es un añadido a la vida cristiana que se ofrece a unos pocos privilegiados, sino que tiene su origen y fundamento en el don común de todo cristiano, que es la gracia bautismal, que nos hizo pasar de la muerte a la vida, nos incorporó a Cristo, uniéndonos a su muerte y su resurrección (cf. Rm 6,3-11; Col 2,12), nos dio el Espíritu Santo (1Co 12,13), y nos revistió de Cristo (Gal 3,27).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que el fruto del primer sacramento va mucho más allá del perdón de los pecados: el bautismo constituye el pórtico de la vida en el Espíritu (n. 1213) y la participación en la vida de la Santísima Trinidad (nn. 265,1239); produce una verdadera transformación que hace del bautizado una criatura nueva, partícipe de la naturaleza divina, miembro de Cristo y templo del Espíritu (n. 1265); nos da un nuevo ser con todas las capacidades necesarias para una vida cristiana en plenitud porque nos une a Dios mediante la fe, la esperanza y el amor (n. 1266); hace que vivamos bajo la inspiración del Espíritu (n. 1266); y nos permite participar de la vida del Resucitado, convirtiéndonos en imitadores de Dios al conformar nuestros pensamientos, palabras y acciones a los sentimientos de Cristo, y hacernos seguir sus ejemplos (n. 1694). De este modo somos capaces del culto y el testimonio cristianos mediante una vida santa (n. 1273) y podemos dar gloria a Dios y aspirar a la vida eterna, porque en el bautismo se nos regala misericordiosamente la justicia (n. 1992). Y todo esto, que constituye la gracia bautismal, es un don que el cristiano tiene para siempre (n. 1272-1273).

 

El Espíritu Santo desciende sobre Jesús en el Jordán

 

Reconocer y vivir la gracia bautismal con todas sus consecuencias nos lleva necesariamente a la santidad y a la vida contemplativa. En este don primero, común a todo cristiano y totalmente gratuito, se contiene y se exige la vida contemplativa. Ésta es la gracia fundamental que proporciona al contemplativo su verdadero ser. Y este ser es el que deja al descubierto la llamada personal de Dios a la vida contemplativa y el que Dios va desarrollando con su gracia y con nuestro consentimiento y acogida. Por eso, podríamos decir que el contemplativo no es el cristiano con un añadido especial de intimidad con Dios y unión con Cristo, sino el «cristiano pleno», el que vive con plenitud la vida divina que ya ha recibido. Es alguien que ha descubierto en su ser de cristiano una llamada a vivir la vida de Cristo con toda radicalidad y acepta que Dios realice en él la obra de la gracia, que le lleva a ser lo que es: una nueva persona según «la nueva condición humana creada a imagen de Dios» (Ef 4,24).

La gracia de este descubrimiento fundamental pone en marcha en el alma la vida contemplativa y le ofrece al contemplativo la razón de su ser y de su vida. En el fondo todo se reduce a algo tan simple como reconocer el don de la gracia recibida en el bautismo ‑que es la vida nueva‑, aceptar la identificación con Cristo a la que nos conduce esa gracia y consentir la acción de Dios en nosotros que nos une a él y nos configura según la imagen de su Hijo por la medio del Espíritu Santo.

Podemos ir más allá todavía y descubrir que la vida contemplativa no es sólo la plenitud a la que está llamado todo cristiano y que se le ha dado en germen en el bautismo; es también el plan de Dios para todas las personas y, por eso, es el deseo fundamental que está encerrado en el corazón humano, independientemente de la conciencia que se tenga de él o de haber recibido o no el don del bautismo. De nuevo es el Catecismo de la Iglesia Católica el que nos recuerda que Dios ha creado al hombre «para que tenga parte en su vida bienaventurada» (n. 1) y que «el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre» (n. 27). Por eso, la meta, la felicidad y la plenitud del ser humano es «vivir en comunión con Dios» (n. 45), participando «por el conocimiento y el amor en la vida de Dios». El contemplativo no es ni un cristiano «especial» ni una persona «rara»; es el bautizado que llega a la plenitud, y también la persona que alcanza su realización plena en cuanto ello es posible en este mundo.

 

Silueta de orante en el atardecer

 

En lo más hondo del ser humano existe un lugar, más íntimo a uno mismo que sí mismo, en el que Dios habita[2] y en el que sólo se puede entrar si se es invitado por el mismo Dios y se acepta libremente la purificación necesaria para poder acoger la luz divina. El contemplativo se descubre habitado por Dios, que ha deseado establecer en él su morada con el amoroso anhelo con el que antaño quiso habitar en la ciudad santa: «El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella: “Ésta es mi mansión por siempre; aquí viviré, porque la deseo”» (Sal 132,13-14). Consciente y fascinado por este descubrimiento, quien ha sido tocado por esta gracia concentra todas sus energías en descender a lo más profundo de su corazón. Ésta es la verdadera peregrinación del hombre, el viaje hacia el lugar más insondable de su ser, en el que habita Dios. Éste es el tesoro en el que el contemplativo pone su corazón (cf. Mt 6,21), la perla preciosa por cuya adquisición vende, lleno de alegría, todo lo que tiene (cf. Mt 13,44).

A partir del descubrimiento de la inhabitación divina en él y de su descenso al centro de su corazón, el contemplativo ya sólo puede vivir para Dios, descubriéndolo en todo y en todos, que se convierten para él en don de Dios y signos vivos de su presencia amorosa. Y así, viviendo en este momento y en este mundo, se proyecta hacia la eternidad y hacia el cielo. Todo lo que hace apunta a anticipar el Reino de Dios y a gustar ya aquí abajo algo de la vida prometida para el mundo futuro. El contemplativo ha escuchado a Dios, ha sido seducido por él y se ha dejado seducir[3]; de modo que arde en deseos de ver a Dios y de entrar en una comunión de amor con él que sea cada vez más fuerte y que jamás termine. Y para lograrlo está dispuesto a poner todos los medios y aceptar la total purificación del corazón; porque la nueva vida que Dios le ofrece no puede nacer si no es a través de una purificación radical, que constituye una auténtica muerte a sí mismo.

El contemplativo sabe que Dios es el Inaccesible, el Santísimo, y se considera incapaz de alcanzarlo sin morir. Por eso quiere morir, no a la vida, sino al hombre viejo, al mundo y al pecado, que le impiden ver a Dios, vivirlo y esponjarse en él. Sabe que no puede subir hasta Dios porque es inalcanzable, pero sí puede acogerlo en sí mismo porque Dios se le ha entregado; y por eso puede descubrirlo en el fondo de su propio corazón y entrar en una relación de amor tan profunda con él que transforma toda su vida.

 

La mano que señala la luz

 

A partir de esta purificación y desde el momento en el que Dios es su única meta, el contemplativo se sabe extranjero en esta tierra[4] y suspira por alcanzar la patria verdadera, que es el cielo: «Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad» (Heb 11,13-16). El contemplativo se va acostumbrando a vivir como si se encontrase en el último día de su existencia; y así se va preparando a la muerte, muriendo en cada momento para vivir en un permanente anticipo del cielo[5].

2. Una vocación que transforma el ser

Jesús reviste al hombre con la vestidura blanca

La gracia de la vocación contemplativa conlleva y expresa una transformación profunda que Dios realiza en la persona. Esta transformación, regalada de forma inicial y germinal en el bautismo, se desarrolla y actualiza por medio de la misma gracia que pone en marcha la vida contemplativa. Esta gracia nos identifica con Cristo y nos ofrece la misma relación que él tiene con el Padre.

Él nos ha destinado por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos (Ef 1,5).

A los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó (Rm 8,29-30).

A cuantos lo recibieron [al Verbo], les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre (Jn 1,12).

Por la acción de la gracia de la llamada a la vida contemplativa esta transformación bautismal se hace actual, existencial y plena, de tal modo que identifica nuestro corazón y nuestros sentimientos con los del Señor hasta el punto de darnos «la mente de Cristo» (1Co 2,16) y su misma mirada al Padre y a los hombres. Ésta es una transformación tan radical que supone la muerte del hombre viejo para alumbrar en nosotros, por la acción de la gracia, al hombre nuevo[6], que posee «el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

Esto, que constituye el proyecto de Dios para todo bautizado, es lo que debe vivir el contemplativo de forma consciente y plena hasta sus últimas consecuencias. Este ser esencial, regalado por Dios inicialmente, tiene que convertirse en el ser en acción del contemplativo, conformando toda su vida y sus actos. Así, la vida de Dios ya no permanece dormida en nuestro interior, sino que se aviva como un fuego devorador que nos hace buscar apasionadamente la identificación con Cristo, que pasa de ser una capacidad a convertirse en una necesidad permanente y una realidad gozosamente vivida de manera habitual en la vida ordinaria.

Tal como iremos viendo, esta transformación posee una manifestación muy importante para la misión del contemplativo, que es la sintonía con la voluntad, los sentimientos y deseos del Señor en todo momento. A partir de ahí, el contemplativo sabe cuándo callar, cuándo hablar y qué hacer en cada circunstancia; no en función de unos criterios aprendidos y asimilados ‑por buenos y santos que sean‑, sino como fruto de la participación consciente de la misma mirada del Señor.

 

En bicileta sin manos en el atardecer

 

La consecuencia necesaria de esta vida nueva es la santidad, que aparece como un imperativo incuestionable y se manifiesta en un cambio claramente perceptible en la persona, que experimenta la unificación y simplificación de toda su vida en torno a Cristo, estructurándola conforme a la jerarquía de valores propia del mismo Cristo.

La transformación realizada por la gracia conlleva un fuerte impulso a corresponder a la misma de manera real, y se expresa en la búsqueda de la unidad de vida y de una jerarquía de valores peculiar. Es evidente que esta nueva vida no se logra de manera automática, porque no resulta espontáneo a nuestra condición de pecadores el vivir anclados permanentemente en Dios, sirviéndole siempre y en todo. Para lograrlo hace falta una lucha apasionada que es fruto de la gracia de Dios que impulsa con fuerza a la entrega total y absoluta a él, y es una de las características de la santidad. Como resultado de esta gracia de Dios y del esfuerzo humano por corresponder a ella nos situamos en el ámbito sobrenatural como el «lugar» propio de nuestra vida, desarraigándonos de alguna manera del ámbito natural, sin que por ello dejemos de vivir y actuar plenamente insertados en el mundo. Podríamos decir que hemos de vivir con los pies siempre en la tierra, pero con el corazón siempre en el cielo.

Esto exige de nosotros que seamos conscientes de que el mundo nos mueve con fuerza a buscar que nos valoren por las cualidades y capacidades humanas que tenemos, al margen de Dios; de modo que, cuando no nos aceptan como cristianos, podemos caer en la tentación de consolarnos pensando que podemos ser útiles a los demás o crear buenas relaciones con ellos gracias a nuestras habilidades, capacidades o méritos humanos. No es que esto sea malo, pero comporta el riesgo de subrayar tanto esos valores humanos, que la fe aparezca como un añadido a los mismos, en lugar de ser la clave que les da sentido y valor plenos.

La fidelidad a la gracia en medio del mundo que nos rodea y de nuestras mismas pasiones, que tratan de separarnos de Dios, nos obligan a vivir desgarrados por lo que podríamos llamar la pasión de Dios, que es la vida consumida en el fuego del amor de Dios en medio de la hostilidad del mundo y de nuestra propia carne. Esta pasión es reflejo vivo de la que experimenta el mismo Dios y supone para el contemplativo una exigencia de correspondencia al amor recibido de él. Aunque no se trata de una exigencia al estilo humano, que suponga una carga o una dificultad. De hecho, las cosas de Dios nunca pueden ser un peso, sino un don que nos libera y aligera nuestro camino. Si Dios es amor, es donación y no exigencia; y por eso no nos pide nada, porque en rigor no necesita nada de nosotros. Si existe una «exigencia», ésta no es un imperativo divino sino la consecuencia natural del amor. La entrega incondicional de Dios, que encierra su amor por nosotros, «exige» una receptividad y una correspondencia por nuestra parte que haga posible que el amor divino pueda anidar en nuestro corazón y cree una verdadera comunión de vida con Dios. Esto es lo que quiere decir que Dios es celoso[7] y no permite ser compartido al mismo nivel con otros valores, afectos, etc. Y es lo que aparece desde el comienzo del Decálogo y sitúa a los mismos mandamientos en su contexto exacto, como expresión de amor: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5).

Por eso, el contemplativo no será plenamente feliz si no se entrega a Dios de modo pleno e incondicional; lo cual le tiene que llevar necesariamente a tener un solo propósito y una sola preocupación en la vida: que Dios sea su única meta y su deseo absoluto. A ello nos anima el mismo Jesús cuando nos dice: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura» (Mt 6,33). Y eso es lo que descubren y viven los santos. Algo que san Cipriano, por ejemplo, expresa magistralmente invitando a «no anteponer absolutamente nada a Cristo, porque él nos ha preferido a cualquier otra cosa»[8]; sentencia que recogerá San Benito en su Regla[9]. Esa invitación del Señor a buscar «sobre todo el reino de Dios» tiene que impulsarnos a la entrega total, que es la única que puede corresponder adecuadamente al don precioso que Dios nos concede y que otorga el máximo fruto a nuestra vida. Éste es, precisamente, el camino de la libertad verdadera y plena, que nos da la libertad ante las cosas, ante los demás y ante nosotros mismos.

 

Elevando la cruz hacia el cielo

 

A partir de esta libertad podré desprenderme de muchos quehaceres que carecen de sentido y de todos esos sufrimientos que resultan de la división o confusión de valores y objetivos. Al permitir que el centro de mi ser y de mi vida sea Dios, todo en mí se volverá más sencillo y estará más unificado. Porque cuando Dios es mi único interés y el centro mismo de mi interés, todo me sirve fundamentalmente para conocerlo a él y hacer que  los demás lo conozcan; de modo que mi oración, mi lectura, mi estudio, mi trabajo, etc., se orientan al fin que polariza mi vida y se armonizan plenamente entre sí. Y entonces no hay lugar en mi vida para la ansiedad o la preocupación, y puedo vivir en el estado de confianza y de paz que me permite comunicarme desde el corazón con la eficacia de llegar al corazón del otro.

Por el contrario, los miedos, tensiones, angustias y preocupaciones expresan la falta de una entrega espiritual profunda, la carencia de unidad de vida y la falta de simplicidad. Quiero amar a Dios, pero, en la misma medida, también deseo realizar tal tarea que me parece fundamental. Quiero seguir a Jesucristo, pero a la vez pretendo lograr determinados éxitos, afectos o compensaciones. Quiero ser santo, pero también busco disfrutar de determinadas ventajas del pecador. Quiero estar del lado del Señor, pero a la vez deseo estar del lado de tales o cuales afectos o seguridades. No es extraño, entonces, que vivir intentando ser fiel simultáneamente a Dios y al mundo se convierta en una tarea agotadora e imposible.

 

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[1] Véase Jn 4,34: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió»; Lc 12,49-50: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!».

[2] Véase san Agustín, Confesiones, III,6,11: «Tú me eres más íntimo que mi propia intimidad y más alto que lo más alto de mi ser».

[3] «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido» (Jr 20,7).

[4] Véase Ex 2,22: «Soy peregrino en tierra extranjera»; Sal 119,19: «Soy un forastero en la tierra»; 1Pe 2,11: «Queridos míos, como a extranjeros y peregrinos, os hago una llamada».

[5] Esto aparece reiteradamente en la enseñanza de san Pablo, véase 2Co 1,5: «Porque lo mismo que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, abunda también nuestro consuelo gracias a Cristo»; 2Co 4,10: «Llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo»; Flp 1,20-21: «Lo espero con impaciencia, porque en ningún caso me veré defraudado, al contrario, ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia»; Flp 3,10-11: «Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos».

[6] Esto aparece claramente en san Pablo, véase Col 3,9-10: «Os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador»; Ef 4,24: «Revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas».

[7] Véase Zac 8,2-3: «Esto dice el Señor del universo: Vivo una intensa pasión por Sión, siento unos celos terribles por ella. Esto dice el Señor: Voy a volver a Sión, habitaré en Jerusalén. Llamarán a Jerusalén “Ciudad Fiel”, y al monte del Señor del universo, “Monte Santo”»; Dt 4,24: «El Señor, tu Dios, es fuego devorador, un Dios celoso». Cf. también Ex 20,5; Ex 34,14; 2Co 11,2.

[8] Tratado sobre el Padrenuestro, 15, CSEL 3,278.

[9] «No anteponer nada al amor de Cristo» (San Benito, Regla, 4,21) «...y nada absolutamente antepongan a Cristo» (Ibid. 72,11).