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Fundamentos para la vida contemplativa en el mundo

4. La vocación contemplativa secular

 

Hombre resaltado que camina entre la multitud

  

1. Contemplativos y monjes

Como hemos visto, mientras normalmente los llamados a la vida monástica tienen vocación contemplativa, no todos los que tienen vocación contemplativa están llamados necesariamente a la vida monástica. Es más, podemos afirmar que la vocación contemplativa es la vocación normal de todo cristiano, ya que por el bautismo hemos recibido el Espíritu Santo que nos ha hecho hijos y templos de Dios, dándonos la posibilidad real de vivir inmersos en el mismo Dios y de comunicarnos abiertamente con él. Por eso, vivir la vida de la gracia de forma permanente está al alcance de todos los cristianos, y ese modo de ser y de vivir es precisamente el modo contemplativo de vivir.

 

Monje ante el crucifijo

 

La mayoría de la gente cree que esta forma de vida está reservado sólo a los místicos o a los monjes. Sin embargo, el encuentro personal con el Dios vivo es el centro y el núcleo de toda vida cristiana y, por lo tanto, es una gracia que Dios pone al alcance de todos los bautizados para que puedan entrar en la experiencia que nos descubre el auténtico rostro de Dios, y descubran cómo vivir en comunión con él. En el fondo, la vida contemplativa consiste en vivir el encuentro humano con Dios de manera consciente y personal, lo que hace que el creyente supere la vivencia rutinaria de la religión y descubra en sí mismo un ser distinto, una nueva dignidad, que le permite ser lo que realmente es, aquello a lo que Dios le llama a ser desde la creación, tal como dice san Pablo: «Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,4-6).

2. En el mundo sin ser del mundo

La vida contemplativa no es incompatible con el hecho de vivir en el mundo. Dios también vive en el mundo. Y precisamente en medio del mundo, entre los hombres, el contemplativo se convierte en testigo vivo del Dios escondido.

Por eso, el Señor no le dice al contemplativo secular que se retire del mundo, sino que se guarde del maligno (cf. Jn 17,15). Lo cual no significa que tenga que diluirse en el mundo; porque si el contemplativo pertenece a Dios, no puede pertenecer al mismo tiempo al mundo, puesto que no puede servir a la vez a dos señores (cf. Mt 6,24). Tiene que desarrollar y mantener una opción radical a favor de Dios, aunque esté inmerso en las realidades del mundo, que amenazan con dividirlo. Y para lograrlo, tendrá que aceptar la contradicción, la incomprensión y el rechazo que comporta ineludiblemente la ruptura con el mundo, tal como nos avisa el mismo Jesús[1].

El contemplativo secular, es decir, aquel al que Dios llama a vivir unido a él en medio del mundo, ha de guardarse del mundo, sin cortar con él; insertarse en el mundo, sin diluirse en él. Ha de buscar el delicado equilibrio que consiste en compaginar la presencia en el mundo y una cierta desvinculación del mismo, siguiendo el ejemplo de Jesús en Nazaret. Es un difícil equilibrio que se manifiesta en una forma de vida peculiar, y que hace que el contemplativo esté siempre próximo, permaneciendo distante; solidario, queriendo estar solitario; presente a los demás, pero inquieto únicamente por Dios. Para lograrlo, debe tener el convencimiento de que lo fundamental no es la mera soledad exterior, sino la búsqueda apasionada de Dios; porque el aislamiento por sí mismo no garantiza el encuentro con Dios. Y para que toda su vida esté centrada en la búsqueda de Dios, tendrá que salvaguardar, a cualquier precio, adaptándolo a la vida en el mundo, el silencio, la oración, la lectio divina, la soledad, etc.

 

sentado en un banco mira las luces de la ciudad

 

Para poder vivir contemplativamente en medio del mundo es necesario construir una espiritualidad específica, que se apoye en los siguientes medios fundamentales:

-Disponer del tiempo y el modo necesarios para la oración contemplativa.

-Buscar frecuentemente espacios amplios de tiempo para hacer retiros espirituales.

-Vivir las realidades del mundo de forma radicalmente evangélica.

-Encontrar el propio ritmo de la fidelidad a Dios permaneciendo en el mundo.

-Ordenar el tiempo y las diferentes tareas seculares con criterio evangélico para que no obstaculicen el desarrollo de la vida interior

-Regular adecuadamente el descanso.

-Rehusar en lo posible todo lo que dispersa, como visitas innecesarias, televisión, cine, etc., pero estando informado de lo sustancial que sucede en el mundo.

Todo esto permitirá al contemplativo secular vivir como le pide el Señor: en el mundo, sin ser del mundo (cf. Jn 15,19); sin aislarse del mundo, pero guardándose del maligno (cf. Jn 17,14-15). Porque estar en el mundo no debe llevarle a dispersarse o diluirse en él, perdiendo así su identidad, sino a armonizar la primacía absoluta de Dios con la misión en el mundo que el mismo Dios le encomienda.

3. Una experiencia fundamental

A partir de la experiencia del encuentro profundo con Dios en Jesucristo descubrimos que no podemos dominar u «objetivar» nuestro conocimiento de Dios, porque Dios no es un «objeto», como un árbol, una casa, una piedra...; más aún, Dios ni siquiera es una idea. Es un ser personal y, por lo tanto, sólo podemos conocerlo como conocemos a otra persona, a través de la entrega de uno mismo, por medio del amor; porque el verdadero conocimiento de una persona no es fruto de la reflexión sino, de la comunión de amor.

De hecho, cuando dos personas se aman, surge entre ellas un conocimiento y una intimidad que les lleva a experimentar algo parecido a vivir una «dentro» de la otra, sin perder sus propias y únicas identidades. De igual manera, Dios llega a vivir en nuestro interior y, en cierto sentido, nosotros llegamos a habitar «dentro de Dios», sin que las diferencias radicales entre Creador y criatura se hayan perdido. Esto es a lo que se refiere san Pablo cuando exclama: «estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,19s); que no es sino la consecuencia de lo que prometió Jesús:

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14,23).

Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros (...); yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno (Jn 17,21-23).

En este sentido, y en consonancia con la doctrina de algunos Padres de la Iglesia y algunos místicos, podemos afirmar que el objetivo de la vida cristiana es convertirnos en Dios por participación[2]. Esta expresión, con toda su crudeza, debería reflejar lo que todos los bautizados viven; pero, por desgracia, se trata de algo excepcional. Lo que en el plan de Dios es lo normal, en la realidad de la humanidad y de la misma Iglesia es, lamentablemente, muy poco frecuente. Incluso hay que reconocer que ni siquiera es el tipo de vida generalizado entre los llamados a la vida monástica.

Dios, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4), ofrece esta experiencia de encuentro transformante con él a la humanidad entera, para que todos puedan poseer el conocimiento pleno de su amor. Pero esto resulta muy difícil debido al pecado personal y a las estructuras de pecado que existen en el mundo y dentro de los que pertenecen al Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Evidentemente esto no se corresponde con la voluntad de Dios, pero él lo «tiene» que aceptar como consecuencia del libre albedrío del ser humano. Pero para que su plan no se vea frustrado y no aparezca como imposible, Dios muestra un especial deseo de que, al menos, algunos vivan plenamente la vida contemplativa; y, para ello, elige de forma especial a algunas personas, que participan de diferentes vocaciones, como consagrados, seglares, monjes, sacerdotes, etc., y que viven en situaciones o tareas muy distintas. Con frecuencia se trata de personas significativamente marcadas por alguna de las variadas formas de pobreza que existen (material, cultural, psicológica, etc.) y a las que Dios impulsa a una vida contemplativa humanamente incompatible con esa pobreza, pero que, precisamente por eso, se hace fácilmente compatible con ella como milagro de la gracia, y convierte a esa persona en testigo incuestionable del llamamiento universal a la santidad.

Así pues, Dios parece poner un especial empeño en que algunas personas entren y permanezcan en esta plenitud de vida cristiana que quiere para todos. Y ese interés y deseo lo muestra suscitando en ellas un encuentro personal con él y dándoles la gracia que potencia el ser bautismal, para impulsarles con fuerza hacia la unión con él y a la transformación en Cristo. Y a eso es a lo que llamamos «vocación contemplativa».

Se trata de algo semejante a lo que sucedió con el llamamiento del pueblo de Israel. Dios quería establecer un pacto con la humanidad entera, de forma que todos llegaran a ser sus hijos; y para ello escogió un pueblo, ciertamente pequeño e insignificante, como prototipo de la relación de amor que quería establecer con todos los pueblos, y como instrumento para hacer posible que el resto de la humanidad llegara a ser el pueblo de Dios. Quizá, de igual modo, él elige a unas pocas personas como signos visibles de la obra que quiere realizar en todos los hombres, y también para convertirlos en instrumentos de esta transformación universal que desea.

Sucede, pues, con la vocación contemplativa lo mismo que en otros ámbitos del plan de salvación. Dios quiere que a todos los hombres llegue el mensaje del Evangelio, y no lo puede conseguir por las circunstancias de pecado de los pueblos, de las personas y de la misma Iglesia. Y, por medios ordinarios y extraordinarios, se empeña en que algunas personas lo conozcan; no sólo por ellas mismas, sino también para que sean instrumentos eficaces de la propagación del Evangelio. Este evidente empeño que tiene Dios por entregar su gracia a algunas personas, no significa que no quiera que ese proceso se realice en todos. Es más, bien mirado, el trabajo que Dios se toma para conquistar a algunos es precisamente la prueba de lo que él desea para todos.

La misma vida de los santos canonizados tiene, precisamente, esta misma finalidad. El convencimiento de que la santidad es la llamada de Dios para todos, y no para unos pocos privilegiados, forma parte del patrimonio de la Iglesia desde sus primeros momentos. Por eso, aunque la santidad no sea la forma de vida común a la mayoría de los cristianos, la vida de los santos nos muestra el afán de Dios para lograr que ellos alcancen la meta que él desea para todos; de modo que nadie pueda justificarse pensando que los santos son una casta especial de cristianos con una meta diferente a la del resto; y que el común de los cristianos posee una vocación distinta a la santidad. De hecho, los santos no son sino cristianos que se han tomado en serio la gracia bautismal y han realizado en su vida el proyecto de transformación en Cristo que Dios desea para todo ser humano. De este modo se han convertido en modelos universales de santidad; como si Dios nos dijera: «Mirad lo que sucede en ellos; pues eso es lo que deseo para todos».

 

Inundado por la luz del sol

 

Esta misión de ejemplaridad de la santidad o de la vida contemplativa, a la que está indisolublemente unida, no requiere necesariamente la separación del mundo, sino vivir la vida con una hondura e intensidad especiales, que dimanan del encuentro vital con Jesucristo. Para lo cual es imprescindible introducirse en lo más profundo de la realidad humana a través del viaje al centro del corazón, donde habita Dios. Esto constituye la base común que define al contemplativo, tanto monástico como secular.

Por eso podemos afirmar que el mundo, como tal, no puede ser obstáculo para la vida contemplativa. Y, paralelamente, que el monje, aunque se separe materialmente del mundo, tiene que llevar en su interior «esa» presencia del mundo y de la humanidad de la que no se debe despojar. De hecho, el monasterio no es fundamentalmente un lugar en el que poder mantenerse aislado del mundo, sino un lugar en el que Dios pueda habitar. La liturgia, el silencio, un determinado ritmo de vida y todo el estilo propio de la vida monástica tienen como meta crear espacio para Dios. Y el contemplativo secular tiene que lograr ese mismo objetivo, aunque desde un ámbito de vida diferente. Y el simple hecho de carecer del aislamiento monástico le obliga a convertirse él mismo en morada de Dios; para lo cual ha de vivir un tipo de vida contemplativa propio, que nada tiene que ver con el intento de vivir el mismo estilo de vida característico del monasterio adaptándolo al mundo.

Ambas vocaciones se complementan y armonizan perfectamente. La vida contemplativa monástica es necesaria como signo elocuente de la trascendencia de Dios y de la absoluta primacía que debe tener en nuestra vida, hasta el punto de que se puede vivir por él y para él de manera exclusiva, y vivir una vida plena y feliz. Y, paralelamente, la vida contemplativa secular ofrece al mundo el necesario testimonio de que ese Dios trascendente, que debe ser el centro indiscutible de toda vida humana, no está lejos de nosotros, sino en nuestro propio mundo y en nuestra misma vida. De este modo, a través de estas dos formas de vida, Dios ofrece al mundo una imagen completa de su designio de salvación para todos.

Esto explica la necesidad que unos experimentan y que les hace apartarse físicamente del mundo para buscar sólo a Dios y convertirse en anticipo y signo de la vida futura. Y, del mismo modo, explica la necesidad que sienten otros de permanecer en el mundo para demostrar que se puede vivir en él la vida cristiana plena, y que los bautizados que viven en el mundo no tienen que resignarse a una vivencia espiritual de menor altura o intensidad que la de los monjes.

Después de todo lo expuesto hasta aquí podríamos decir que la vida contemplativa consiste en vivir de forma consciente la permanente presencia de Dios-amor, hacia el que hacemos confluir todo lo que somos y tenemos, buscando apasionadamente su gloria por medio de la comunión de amor esponsal con él y el ansia apremiante de la salvación de todos los hombres. Ya iremos desgranando los elementos de esta definición[3].

Una vez hecha esta definición, como un primer acercamiento sobre lo que iremos profundizando más adelante, hay que hacer una advertencia inicial sobre la conciencia permanente de Dios. En contra de lo que se suele pensar, esta conciencia no supone necesariamente que se tenga una experiencia sensible de la presencia de Dios, y menos aún que este tipo de presencia sea permanente. De hecho, a veces se puede tener una fuerte experiencia de oscuridad o de «ausencia» de Dios. Lo importante no es tener un sentimiento afectivo, sino una voluntad efectiva de poner toda la vida en referencia a Dios y mantener una conciencia permanente de él, ya sea a través de la luz de su presencia, o de la oscuridad de su ausencia. Lo contrario, pues, del contemplativo es el hombre que permanece indiferente ante Dios o el creyente que ignora su presencia.

 

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[1] Véase Jn 15,18-19: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia»; Jn 17,14-16: «Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo»; 1Jn 2,15: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre».

[2] Véase 2Pe 1,4: «Para que, por medio de las promesas, seáis partícipes de la naturaleza divina»; san Atanasio: «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (Inc., 54,3); santo Tomás: «El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres» (Opusc 57 in festo Corp. Chr., 1).

[3] Sobre buscar su gloria véase en el capítulo 5 el apartado B) Ser «alabanza de la gloria» de Dios, p. 102. Sobre el carácter esponsal puede leerse en el capítulo 7 el apartado 4. Un proceso con una meta: el desposorio, p. 102.