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Fundamentos para la vida contemplativa en el mundo

3. Primeros pasos (1-4)

 

pies de niño caminando

 

1. Iniciar el proceso vocacional

2. El proceso de crecimiento

3. Llamados a lo imposible

4. Caminando en libertad

 

1. Iniciar el proceso vocacional

Volviendo a las gracias sensibles que podemos tomar como referencia vocacional, hemos de tener en cuenta que, aunque tienen una gran fuerza afectiva, no significan que el individuo haya recorrido camino alguno; simplemente son apoyos sensibles que ayudan a superar las ataduras que el mundo crea en nuestro interior y que sólo con un contrapeso en la misma línea de los afectos pueden ser vencidas. Además, sirven de indicadores con los que Dios nos señala el camino por el que quiere llevarnos. Así, por ejemplo, pueden hacer fácil y espontánea una forma de caridad heroica, como manera de decirnos que ése es el modo concreto como hemos de amar; o pueden regalarnos una oración de intimidad que nos descubra profundos misterios de Dios, para que sepamos claramente cuáles han de ser las actitudes y las características de la oración que debe configurar nuestra vida, etc.

Pero a pesar del fuerte impulso de la gracia, el camino está enteramente por recorrer. El caminante no deja de ser un principiante que aún no ha dado pasos reales en su itinerario. Éstos vendrán cuando vayan desapareciendo las gracias sensibles, permitiendo que se haga realidad la respuesta concreta de la persona a la acción de Dios. Ahí se verá entonces el verdadero amor por encima de unos sentimientos que, aunque provenientes de Dios, ni eran propios de la persona, ni habían sido asimilados por ella. Y no es infrecuente ver que, llegado el momento de una inicial purificación, el principiante trata de aferrarse a las gracias sensibles que tuvo, como si fueran propiedad suya, y rehúsa seguir el camino de fidelidad y trabajo que le corresponde realizar, rechazando así el camino de amor y de cruz que siguió el Señor, y que ahora le ofrece para identificarle con él.

 

joven caminando hacia el horizonte

 

Si bien es cierto que pueden existir diferencias en cuanto al tipo de gracias recibidas entre unos y otros, esto no debe preocuparnos, porque es algo que no está en nuestra mano y no es el elemento fundamental que distingue una vocación. Lo que nos diferencia esencialmente no es la acción extraordinaria de Dios, sino nuestra respuesta de amor. De hecho existen personas agraciadas con multitud de dones sobrenaturales que se pierden en una respuesta mediocre; y, por el contrario, podemos encontrar a otras que carecen de esos dones pero ponen un especial y amoroso empeño en buscar, amar y servir a Dios. Éstas encontrarán una mayor plenitud de unión con Dios que aquéllas. Eso sí, teniendo en cuenta un dato muy importante: al hablar de unión con Dios no nos referimos a la mera unión afectiva, sino a la unión a la que se llega por la transformación del amor verdadero y profundo, el amor que está muy por encima de todo lo sensible.

En resumen, es necesario realizar un discernimiento que permita poner en claro la vocación contemplativa a la que Dios llama, de forma que la vida se polarice afectiva y efectivamente en ese sentido, sea cual sea el punto de partida. Si lo importante -y lo específico- de la vida contemplativa es el amor -el amor verdadero y en acto-, nos encontramos ante una realidad enormemente esperanzadora y que abre inmensos horizontes de santidad: no se necesitan gracias sensibles para ser auténticamente contemplativo. Basta quererlo de verdad, que no es otra cosa que reconocer que Dios lo quiere, y que si él lo quiere tiene que ser posible; más aún, tiene que ser fácil. Descubrir que, con un mayor o menor impulso sensible, se puede emprender el camino del amor que lleva a la unión; porque siempre es posible ser fiel al mayor amor, optando por la renuncia a nosotros mismos y buscando por encima de todo a Dios; y esto, y no los dones especiales que él puede darnos, es lo que le podemos ofrecer a Dios y lo que le da gloria.

Una última observación. Ciertamente se necesitan unos dones especiales para configurar al alma de acuerdo con el proyecto específico que Dios tiene para alguien. Pero esos mismos dones exigen una correspondencia de entrega y de cruz; y nunca podrán entenderse como una especie de dispensa del esfuerzo o de la fidelidad en el amor. Entender que las gracias recibidas para poder llegar a una determinada y peculiar meta se reciben para hacer cómodamente un camino simple y ordinario es una forma gravísima de infidelidad al amor, y un modo de dilapidar el amor de Dios a través de una perversión o deformación de la finalidad del mismo.

2. El proceso de crecimiento

El proceso hacia la unión con Dios tiene que pasar muy pronto por la purificación, tanto si se empieza por el impulso de una gracia sensible como si se parte de una decisión personal de amor a Cristo y de identificación con él. Es claro que el respaldo de gracias manifiestas parece facilitar el camino; sin embargo, su fin no es dulcificar el proceso sino aportar la luz necesaria para poder orientar adecuadamente el itinerario espiritual. En cualquier caso, hemos de tener en cuenta que la gracia no evita la prueba, sin la cual no puede existir verdadero avance en la vida interior. Quien desea empezar a caminar por la senda del profundo amor de Dios tiene que aceptar -y querer- pasar por la purificación; y el que carece del impulso sensible de la gracia, vivirá este momento inicial como una desgarradora decisión de zambullirse de lleno directamente en el negro abismo de la noche del sentido, movido sólo por la fidelidad a un amor más intuido que sentido.

Si tuviéramos que resaltar alguna diferencia entre el proceso impulsado por la gracia manifiesta y el que está movido por una decisión carente de esta apoyatura, tendríamos que reconocer que la única diferencia estriba en que la gracia sensible supone una referencia que indica claramente la orientación del camino por el que Dios quiere que vayamos, mientras que quien carece de esta referencia tendrá que dar el salto sin ese apoyo, aunque sin carecer de la referencia que supone el convencimiento interior que uno mismo no puede negar. Incluso podríamos ir más lejos, afirmando que la misma opción personal de empezar a caminar por el difícil sendero de la unión con Dios sin apoyos supone un acto de fe y de amor de mayor pureza y profundidad y, a la larga, tiene que dar frutos más ricos y valiosos de comunión con Dios y de transformación interior. Y el mismo acto de amor desinteresado hará posible entrar de lleno en el proceso interior con toda la fuerza del impulso de la gracia. De todos modos, a partir del momento inicial los dos procesos ya no se diferencian mucho.

Todo esto no significa en modo alguno que tengamos en nuestra mano la posibilidad de «fabricar» el proceso que lleva a la unión con Dios. Sólo él es quien invita a este proceso y el que lo hace posible; se trata, pues, de un don. Pero no olvidemos que es un don que Dios regala muy generosamente, porque quiere que sea para todos. Y, aunque él es el que llama y el que transforma, no es indiferente nuestra actitud; es más, de nuestra disposición depende esencialmente que la gracia de la llamada y de la transformación pueda ser recibida y dar su fruto. Así pues, no tratamos de encontrar un método «mágico» que tenga eficacia por sí mismo, sino de disponernos a acoger la gracia que nos coloca justamente en el ámbito preciso en el que Dios nos la puede otorgar. Lo que pretendemos es simplemente eso: situarnos en la disposición adecuada para poder acoger plenamente la gracia de transformación que Dios quiere darnos, y que no podemos recibir si estamos en otra actitud.

3. Llamados a lo imposible

Sea cual sea el punto de partida, nada más empezar el camino aparecen las dificultades, y la meta se revela como imposible. Imposible para el hombre, que se siente débil y sin fuerzas; pero también imposible para Dios. No tanto porque Dios no lo pueda todo, sino porque la empresa que parecía que él proponía parece tan sólo un sueño, una quimera tan irrealizable que sería locura que Dios se quisiera embarcar en ella.

 

caída libre con un paraguas

 

La gravedad del problema estriba en lo lógica y racional que es esta tentación. Por un momento, tanto una percepción sobrenatural como una invencible inquietud interior, permiten entrever una vocación de altura; pero al iniciar el camino surgen los obstáculos que parecen contradecir la autenticidad de esa vocación, y lo que parecía el amanecer de un día radiante se va convirtiendo en noche oscura. No aparecen los asideros que nos gustaría tener y lo inmediato es juzgarlo todo como un sueño o loca ilusión de un momento de fervor.

No nos damos cuenta de que estamos haciendo trampa. Inconscientemente, pero hacemos trampa. Es verdad que vemos la oscuridad y los obstáculos; que son innegables. Pero el hecho de que éstos sean una realidad cierta no desdice en modo alguno la verdad de la acción de Dios por la que nos pusimos en camino. Aquel cimiento, que reconocimos claramente como verdadero, innegable y venido de Dios, no puede ser mentira de repente por el hecho de que haya surgido otra realidad distinta -oscuridad, dificultades, etc.- que parece contradecirlo. En realidad no son realidades incompatibles, aunque puedan parecerlo a simple vista, puesto que las gracias de Dios y las dificultades humanas conviven en buena armonía ya que aquéllas siempre se acomodan a éstas. Lo que sucede es que no tenemos la fe suficiente para aceptar el poder de un Dios empeñado en hacer su obra por encima y a través de las dificultades, aunque éstas nos parezcan insalvables.

Nos parecemos a los apóstoles, cuando realizaban la travesía del lago de Galilea en una frágil barca sacudida por una peligrosa tormenta:

Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios». Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret (Mt 14,22-34).

Pedro camina sobre las aguasTenemos aquí un magnífico retrato de nuestra propia situación. Los discípulos se ven amenazados por la noche, la tormenta, el fuerte viento y las olas. Todo ello les hace temer por su vida. Pero Jesús está allí, aunque ellos no lo ven. De repente descubren su presencia: ven a alguien caminando sobre las aguas; pero su dificultad para ver y su falta de fe les induce a pensar que se trata de un fantasma. Así, la consoladora presencia del Señor se convierte en un motivo más de angustia y de miedo. Y Jesús, paciente, les asegura que es él mismo, que no hay motivo para temer. Pedro parece haber descubierto, por fin, la gozosa realidad y se siente especialmente animado y valeroso; por eso le pide al Señor que le deje ir hasta él caminando sobre las aguas. Es una petición muy atrevida, que rompe todos los esquemas humanos. Sin embargo, Jesús le invita: «Ven». Se trata de un llamamiento, una «vocación», pero a lo imposible. Sin embargo, y a pesar de las apariencias, a Pedro se le ofrece algo, no sólo posible sino tan simple que parece lo más natural del mundo. Fiado en la palabra de Jesús y fija su mirada en él, Pedro salta de la barca y comienza a caminar sobre las aguas, en medio de la noche y la tormenta; abriendo así un imposible camino sobre el mar y la tempestad.

Pero, de repente, aparece en su mente la «realidad» y se le impone la lógica humana con tal fuerza que ya no puede considerar otra cosa. Esa lógica evidente e incontestable le dice que es imposible caminar sobre el agua, superando la oscuridad de la noche, la fuerza del viento y la tormenta. Y todas estas realidades se hacen tan claras y tan verdaderas a su alrededor, que el bueno de Pedro se olvida de que es verdad -mucho más verdad, si cabe- el que está caminando sobre las aguas en medio de la noche y por encima de las olas amenazadoras y la tormenta. La fascinación por lo «lógico» como lo más real y verdadero le hace olvidar una verdad tan evidente como real. Y así, desvía la mirada de Jesús, que en ese momento representa ya una ilusión imposible, una quimera, y mira aterrado la fuerza de la tormenta, la altura de las olas, la negrura de la noche... Ya sólo existe esta realidad amenazadora y destructiva. Están solos Pedro y la tempestad... Y Pedro se hunde en el agua. Pero antes de hundirse materialmente en las aguas furiosas del lago se ha hundido en las turbulentas aguas de la falta de fe en Jesús, olvidándose de aquel llamamiento  -«vocación»-  de Jesús que justificó e impulsó el paso arriesgado de saltar al agua en medio de la noche.

Esto es una exacta fotografía de lo que puede sucedernos a quienes realizamos la difícil travesía por las tormentosas aguas de la vida en medio de oscuridades y amenazadoras olas. Dios conoce nuestras dificultades y desde esa realidad nos llama, por un camino imposible para nosotros, a una meta luminosa e inimaginable. Lo único que hace falta para que se lleve a cabo el plan de Dios -que él mismo realiza- es que aceptemos y queramos su acción y su poder en nosotros. No se nos pide más: sólo tenemos que aceptar. Pero el tentador, que conoce mejor que nosotros las posibilidades y los riesgos que tenemos, se encarga de recordarnos una serie de «verdades» para desorientarnos y lograr que dejemos de mirar al Señor y la verdad de su amor y su providencia. Y si le seguimos el juego y aceptamos como más «verdaderas» las realidades más negativas de nuestra vida se desdibuja la verdad sustancial que nos sostiene y perdemos nuestra vocación, teniendo que dedicarnos en cuerpo y alma a defendernos de las consecuencias de esas realidades en las que nos hemos centrado.

Y como todos a nuestro alrededor obran así, terminamos olvidando que estábamos llamados a un mundo maravilloso y posible y acabamos actuando como aquel polluelo de águila que cayó en un corral de gallinas y se pasó toda su vida viviendo como una gallina, sin sospechar nunca que había sido creado para realizar los más altos y majestuosos vuelos.

Al final hacemos imposible lo fácil, porque nos negamos a creer en el poder de Dios, a pesar de tener la evidencia de ese poder y del proyecto que el mismo Dios tiene sobre nosotros.

4. Caminando en libertad

Lo que Dios nos pide para entrar en el camino de la unión con él no es difícil[1] ni requiere nada extraordinario, simplemente basta con querer; pero no de cualquier manera, sino querer de verdad. Y la prueba de que queremos así, en serio, es que estamos dispuestos a pagar el precio de las opciones que libremente tomamos. En este caso tenemos que estar dispuestos a hipotecarlo todo frente a Dios, para que él sea de verdad el único y absoluto centro de nuestra vida. Sólo una voluntad firme y decidida en este sentido puede permitirnos empezar a recorrer el itinerario de la fe profunda que, a través de la purificación, lleva a la unión transformante.

 

pies caminando sobre la hierba

 

Quizá puede ayudarnos en este sentido hacer una relación de todo lo que nos ata; es decir, todo aquello a lo que se apega nuestro corazón (personas, cargos, circunstancias, cosas, etc.), todo lo que necesitamos imperiosamente y que tenemos miedo a perder, todo aquello sin lo cual no podemos ser felices. Y para ver esto con más nitidez podemos empezar por reconocer nuestros miedos, porque ponen de manifiesto todas las realidades a las que nuestro corazón está apegado. Por supuesto, aquí no buscamos principalmente valores o afectos negativos o pecaminosos (aunque también puede haberlos), sino aquellas realidades buenas o excelentes, pero que han atrapado nuestro corazón.

A partir de aquí y en la medida en que somos capaces de reconocer nuestras ataduras fundamentales, si queremos entrar en el camino de la unión con Dios deberíamos empezar por ofrecerle a él todas esas realidades que nos esclavizan, haciendo un valiente ejercicio de libertad interior. En principio bastaría con poner en las manos de Dios todo lo que tenemos y disponernos a aceptar que él nos arrebate lo que él sabe que nos impide ser verdaderamente libres. Éste es el primer paso en el proceso normal de crecimiento espiritual, pero si lo que pretendemos es entrar en el camino de la transformación interior y de la unión con Dios no basta con el ofrecimiento, se necesita la renuncia real. El simple ofrecimiento puede quedarse en la intención y, además, suele hacerse compatible con condiciones, reservas o dilaciones, lo que hace imposible la disposición real de verdadero abandono que es imprescindible para dar ese primer paso que nos introduce en la noche oscura. Un paso que sólo se puede dar invitado por el Señor y realizando un acto de auténtico amor manifestado en forma de despojo real.

Por esto, la única manera de entrar en la purificación necesaria para comenzar el itinerario que pretendemos consiste en acallar todos los afectos. Lo que no quiere decir que seamos nosotros los protagonistas y los artífices de la purificación -que siempre es Dios-, sino que tenemos que demostrar al Señor nuestra voluntad decidida de entrar en el proceso de crecimiento interior que lleva a la comunión de amor, y por eso estamos dispuestos a realizar un ejercicio fundamental de docilidad a la gracia transformante.

Este comienzo tiene que hacerse con sano realismo; y es muy importante no tomarlo como un mero ejercicio ascético, ni siquiera como un acto de renuncia por la renuncia, ni tampoco como un medio mágico que nos proporcione automáticamente determinados resultados espirituales.

Una vez hayamos visto con claridad los afectos a los que nuestro corazón se apega y tengamos claro las ataduras que esconden, hemos de renunciar a ellos en la medida en que buenamente podamos y lo permitan las circunstancias y los deberes de estado; en cualquier caso siempre debemos poner una especial sobriedad en los afectos, del tipo que sean. Hemos de predisponernos a vivir unas realidades que van mucho más allá de lo meramente sensible y afectivo.

No debemos olvidar que estamos en el ámbito de la cruz. Toda esta purificación nos encamina a ella, porque la cruz está unida a nuestras necesidades y nuestros miedos. Por eso es vital que dejemos de huir de ella y la aceptemos de forma amorosa y efectiva; sin quejarnos ni buscar justificaciones o disculpas para eludirla.

 

cruz llena de luz

 

Contando con esto, hemos de disponernos a aceptar en realidad -y no sólo en teoría- la purificación que conllevan nuestras opciones. La renuncia -o simplemente la austeridad- en los afectos crea necesariamente dolor y desconcierto en el alma. Además, Dios acentúa esta dolorosa realidad para profundizar en la purificación que necesitamos. Aquí no basta con «aguantar» estoicamente, es necesario aceptar y, especialmente, «querer». En el fondo se trata de hacer realidad las palabras del Salmo 40,7-9:

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,

Y, en cambio, me abriste el oído;

no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,

entonces yo digo: «Aquí estoy

-como está escrito en mi libro-

para hacer tu voluntad».

Dios mío, lo quiero,

y llevo tu ley en las entrañas.

La carta a los Hebreos recoge y comenta el texto:

Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo -pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí- para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Heb 10,6-7).

Dios no quiere el sacrificio por el sacrificio, sino el sacrificio por amor. Ambas realidades van siempre unidas, porque el sacrificio purifica el amor, convirtiéndose en la mejor expresión del amor y permitiendo que nos abramos a un amor infinitamente más grande que el nuestro. Si tenemos un cuerpo -una vida- es para hacer de ella un sacrificio -una ofrenda- de amor. No hemos de ofrecer a Dios una vida de sacrificios, sino el sacrificio de la vida. Hemos de abrazar la cruz hasta llegar al «Dios mío, lo quiero» como expresión del amor verdadero e incondicional.

Resulta particularmente interesante en este sentido la experiencia de santa Teresa del Niño Jesús, que recuerda su entrada en el Carmelo de esta forma:

El sufrimiento me tendió sus brazos, y yo me arrojé en ellos con amor [...]. Cuando se desea un fin, hay que emplear los medios necesarios para alcanzarlo. Jesús me hizo comprender que las almas me las quería dar por medio de la cruz. Y mi anhelo de sufrir creció a medida que el sufrimiento mismo aumentaba. Durante cinco años éste fue mi camino, tanto más doloroso, cuanto sólo por mí conocido (Manuscrito A, 69vº/70rº).

Y en otro momento escribirá una síntesis del camino recorrido en el seguimiento personal de Jesucristo, que explicita muy bien lo anterior:

Antes de partir, parece haberle preguntado [a Teresa] su Prometido a qué país quería ir y qué ruta quería seguir... La pequeña prometida le contestó que no tenía más que un deseo: alcanzar la cumbre de la montaña del amor. Para llegar a ella se le ofrecían muchos caminos; había entre ellos tantos perfectos, que se veía incapaz de elegir. Entonces dijo a su divino guía: «Sabes a dónde deseo llegar, sabes por quién deseo escalar la montaña, por quien quiero llegar al término, sabes a quien amo y a quién quiero contentar únicamente. Sólo por él emprendo este viaje, condúceme, pues, por los senderos que él gusta recorrer. Con tal que él esté contento, yo me sentiré en el colmo de la dicha.

Entonces Jesús me tomó de la mano y me hizo entrar en un subterráneo donde no hace ni frío ni calor, donde no luce el sol, al que no llegan ni la lluvia ni el viento. Un subterráneo donde no veo nada más que una claridad semivelada, la claridad que derraman a su alrededor los ojos bajos del Rostro de mi Prometido.

Ni mi Prometido me dice nada, ni yo le digo tampoco nada a él, sino que le amo más que a mí misma. ¡Y siento en el fondo de mi corazón que esto es verdad, pues soy más de él que mía!...

No veo que avancemos hacia la cumbre de la montaña, pues nuestro viaje se hace bajo tierra; pero, sin embargo, me parece que nos acercamos a ella sin saber cómo.

La ruta que sigo no es de ningún consuelo para mí, y no obstante, me trae todos los consuelos, puesto que Jesús es quien la ha escogido y a quien deseo consolar. ¡Sólo a él, sólo a él! (Carta 91).

 

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[1] Véase Dt 30,11-14: «Este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo, para poder decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”. Ni está más allá del mar, para poder decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”. El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas».