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Fundamentos para la vida contemplativa en el mundo

2. Discernimiento vocacional (2)

 

pasos sobre una tarima

 

2. Otro punto de partida

Llegados a este punto, es necesario hacer un inciso importante. Todo de lo que se viene tratando hasta aquí se refiere a la vocación contemplativa que surge de lo que se denomina «segunda conversión». Se trata de una gracia sensible que pone en marcha una vocación contemplativa en un encuentro consciente y vivo con Dios, el cual se convierte en el motor evidente de una clara transformación personal. Suele tratarse de una gracia sensible, concreta y fuerte que marca un hito en la propia vida. A partir de ese momento es normal recibir otras gracias sensibles que ayudan a descubrir, con fuerza y claridad indiscutibles, que Dios está llamando a una vida nueva y que ofrece un proyecto de vida muy concreto. Se trata de un plan que pasa por una identificación amorosa con Jesucristo por medio de la acción del Espíritu Santo, y tiene como finalidad la transformación de toda la vida en Dios y una misteriosa y eficaz cooperación a la obra de la redención.

A partir de la «segunda conversión», el alma es irresistiblemente atraída hacia Dios con toda la fuerza del amor sobrenatural, que Dios infunde ella; lo que da origen a lo que venimos denominando «vocación contemplativa». Por esa razón hemos partido de esta base y en adelante será la referencia fundamental sobre la que iremos construyendo el edificio de esta vocación y la misión que comporta.

Sin embargo, antes de continuar es necesario que tengamos en cuenta que la vocación contemplativa puede desarrollarse a partir de otra base, sin que ello suponga que se limite el horizonte de plenitud y santidad al que apunta necesariamente esta vocación. De hecho, la experiencia de la «segunda conversión» no es algo generalizado entre los cristianos, aunque responda al proyecto general de Dios, que quiere llevarnos a todos a gozar de su intimidad por el camino del amor; pero las circunstancias, los condicionantes personales y, sobre todo, la falta de una disposición adecuada hacen que esta gracia sólo la descubran unos pocos. Por esta razón no podemos apoyarnos en este fundamento como el único punto de partida para una vida contemplativa, puesto que ésta sólo estaría entonces al alcance de unos pocos privilegiados, y dejaría fuera de la misma a muchas personas que tienen un serio deseo de encontrarse con el Dios vivo y una voluntad decidida de servirle radicalmente, pero carecen de una gracia sensible que les impulse con fuerza a ello.

Es evidente que la mayor parte de los cristianos carecen de este tipo de experiencias e, incluso, de interés por ellas. Muchos viven la vida cristiana de forma tan superficial que están cerrados a la gracia de manera humanamente irreversible. De hecho es mucho más fácil que un gran pecador se haga santo que un cristiano mediocre se convierta en un buen cristiano.

Pero existen también otros muchos, más de los que parece, a los que les falta el empuje sensible de la «gracia». Éstos carecen de una experiencia sensible que les proporcione el impulso espiritual que se suele creer necesario para ponerse en marcha por el camino que lleva a la unión con Dios. Sin embargo, experimentan una fuerte atracción por la vida interior, una añoranza clara de un encuentro vivo y personal con Dios y una significativa sintonía con los valores propios de la vida contemplativa.

A la hora de valorar la base sobre la que se construye la vida contemplativa, lo primero que hay que afirmar es que los elementos que determinan el discernimiento a favor de una vocación contemplativa no tienen por qué ser fundamentalmente de orden sensible o extraordinario. La clave de este discernimiento se encuentra en la sintonía con unos valores y bienes sobrenaturales que constituyen el tipo de vida contemplativa; una sintonía que puede reconocerse por un impulso positivo sensible o por una añoranza o deseo consciente de algo a lo que uno se sabe llamado, aunque le parezca lejano o inaccesible.

El problema radica en que la falta de un estímulo fuerte induce a creer que, sin él, es imposible aspirar a una vocación de altura; cuando realmente es este convencimiento de que es imposible, el que cierra la puerta a las gracias que desarrollan la vida contemplativa, que no tienen que ser necesariamente extraordinarias.

 

muro de piedra

 

En el fondo se trata de puntos de partida no tan diferentes como parece a simple vista. Quizá habría que reconocer que se parte de la misma gracia, aunque la diferencia esté en el momento de la vida en que ésta se recibe y el modo en que se reconoce. Si toda vocación se sustenta en un llamamiento y una capacitación por parte de Dios, la vocación contemplativa tiene su raíz en un llamamiento a la intimidad y radicalidad en el amor y en la transformación del corazón para hacerlo capaz de una profunda comunión de amor con Dios. Cuando esto se da en la juventud o en la edad adulta, es normal que el sujeto tenga una clara experiencia de algo que percibe en su interior como nuevo y que puede comparar con lo que existe a su alrededor para cerciorarse de la grandeza y novedad del don que recibe. Pero si este descubrimiento se da en la infancia no existen mecanismos normales que permitan valorar objetivamente una experiencia de este tipo, de modo que se acepta como normal y natural lo que es un don peculiar y extraordinario. Si, además y como suele suceder, el niño no cuenta con la ayuda externa de alguien que intuya en él esta gracia y sepa ayudarle a encajarla en la vida, todo queda reducido, con el tiempo, a una vaga impresión de fervor infantil. Sólo más adelante, cuando tenga ocasión de encontrar cerca a personas o instituciones que hagan referencia a los valores propios de la vida contemplativa, podrá reconocer en su interior un deseo insatisfecho de algo que quizá ya no se permite a sí mismo buscar.

Aquí habría que incluir también el caso, no infrecuente, de todos aquellos que no han podido reconocer o hacer desarrollar esta gracia por estar condicionados por un ambiente contrario y asfixiante, por determinadas limitaciones psicológicas o por carecer de la ayuda mínima necesaria. Aunque no se trata ya de niños, quizá no exista responsabilidad en el bloqueo al que se ve sometida la gracia; pero eso no evita la desorientación en el discernimiento y la posible pérdida del sentido vocacional de la vida.

El discernimiento en estos casos pasa por reconocer la existencia de una serie de gracias y dones, más o menos sensibles, pero que no se han desarrollado por falta de respuesta. Esto sucede, por ejemplo, cuando no se cree en esa gracia y no se responde a ella, bien por la poca edad o por la presión externa; o si, ante las dificultades que conlleva una entrega como la que se vislumbra, no se responde con fidelidad al llamamiento de Dios; o si los miedos llevan a un verdadero bloqueo espiritual; o si se mantiene una incongruencia prolongada entre lo que se ve y lo que se vive, haciendo así que se apague la gracia.

En cualquier caso, cuando no se secunda el plan de Dios, el sujeto deja de experimentar su gracia para sentir más bien el vacío y la aridez causados por haber tomado un camino distinto al que Dios le ofrece. En esta situación puede tener una sintonía más o menos teórica con esos valores por los que sintió cierta atracción y que ha vislumbrado como su plenitud, pero por los que actualmente no se siente afectivamente atraído como consecuencia de su desorientación o del rechazo más o menos consciente que ha hecho de esos valores. Todo ello, lógicamente, al margen de la responsabilidad que en esto puede tener el propio sujeto, en función de la conciencia que tenga del asunto y de la libertad con la que actúe.

Nos encontramos, pues, ante situaciones distintas pero que poseen la misma apoyatura; sólo que en este caso la gracia ha quedado aparcada en el pasado y no tiene la fuerza que aparece cuando se percibe por primera vez, como gracia de llamada, en la edad adulta.

Para iniciar el proceso vocacional desde esta situación hay que comenzar por reconocer claramente la realidad de la que se parte y aceptar la meta a la que Dios llama, apostando por recorrer el camino que media entre ambas con realista generosidad y entrega, sin esperar apoyos sensibles que dulcifiquen la cruz. Este paso es un verdadero salto en fe que permite salvar el obstáculo que se creó en su momento por la falta de fe en esta gracia o por la poca correspondencia a la misma. Pero este salto requiere una fe realista, que cuente con la realidad concreta de uno mismo (su psicología, su historia, sus condicionantes, etc.) y que encaje adecuadamente el proyecto de Dios con la situación personal, descubriendo y resolviendo las tentaciones y las limitaciones que pueden impedir la verdadera entrega en fidelidad.

Lo primero que habría que hacer en este proceso es redescubrir la gracia inicial y discernir su sentido; gracia que posiblemente está latente en el interés profundo que mueve a un cambio de vida. Sin una gracia de Dios importante no se podría explicar una actitud interior de deseo y búsqueda que reclame una conversión real. Lo que sucede es que, al no tener la suficiente fuerza afectiva, la persona no es capaz de compensar los apegos que pueden existir en el corazón. A partir de aquí es necesario saber cómo es el camino espiritual y a dónde se dirige, para ser consciente del proyecto de Dios. Y desde ahí tomar una resolución clara y decidida de empezar a caminar en serio.

En el caso de quien carece de una experiencia afectiva actual y desea ponerse en camino, es muy consolador saber que tiene que dar el mismo paso que aquel que dispone de gracias sensibles: entrar en la noche oscura; pero, al carecer de esa ayuda afectiva, tiene que poner mucha más fuerza en la decisión de su voluntad, apoyado en el acto de fe en la verdad de esa vocación. Aquí es importante notar que este paso no se puede dar por mero voluntarismo; es necesario un cierto impulso afectivo. Como tal impulso no es fruto de una gracia sensible, hay que darle al acto de entrega que hace la voluntad un carácter de entrega de amor, reuniendo para ello todos los elementos afectivos que existen en el interior. Esto exige tomar conciencia no sólo teórica, sino sobre todo vivencial, de la propia pobreza, de la situación personal de limitación, de soledad, abandono, etc. Y desde esta experiencia viva hacer un acto de amor que toma cuerpo en una disposición de la voluntad, que compromete toda la vida en una entrega real al Señor de todo lo que uno es y tiene.

Los que no pudieron desarrollar en su momento esa gracia inicial, cuando dan el paso de amorosa fe remueven el obstáculo que supone carecer de dicha gracia y encuentran la pasión verdadera que les permite discernir el camino y evitar un entusiasmo afectivo estéril.

En cualquier caso, el verdadero punto de partida consiste en la búsqueda de Dios. Por tanto, el elemento fundamental de discernimiento consiste en descubrir si realmente se busca a Dios. Se parta o no de una gracia sensible, el sujeto ha de tener muy claro que busca real y sinceramente a Dios[1]. Si se comienza por un impulso de gracia y hay una verdadera respuesta, surgirá la necesidad de caminar en amor y fe desnudos. Y si no existe tal impulso habrá que poner en práctica una decidida y amorosa voluntad de seguir al Señor.

 

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[1] La búsqueda sincera de Dios es fundamental en el crecimiento espiritual, véase Dt 4,29: «Entonces buscarás allí al Señor, tu Dios, y lo encontrarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma» (cf. Jr 29,13); Is 55,6: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca». El mismo san Benito pide que se vea si el novicio «busca verdaderamente a Dios» (Regla, 58,7) para descubrir la autenticidad de su vocación contemplativa.