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Lectio divina

Frutos de la lectio

Introducción a la lectura espiritual de la Palabra de Dios como búsqueda del sentido espiritual y pleno de la Escritura

 

Leyendo en el metro

 

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Fundamentos

Por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir, y aun por entender; y así hay mucho que ahondar en Cristo: porque es como una abundante mina con mucho senos de tesoros, que por más que se ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá. Que, por eso, dijo san Pablo (Col 2,3) del mismo Cristo, diciendo: «En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos» (San Juan de la Cruz)[1].

Estas Palabras son perfectamente aplicables a la Palabra de Dios, porque Cristo es la Palabra, el Verbo eterno de Dios. Por tanto, podemos profundizar permanentemente en ella, siempre que lo hagamos con el respeto de quien se acerca a algo sagrado, y seamos dóciles al Espíritu que la inspiró.

Llamamos lectura espiritual de la Palabra de Dios a una lectura que no se conforma con el sentido literal accesible a cualquiera que, con fe o sin ella, emplee los métodos científicos para la interpretación de los textos bíblicos.

Ningún método científico para el estudio de la Biblia está en condiciones de corresponder a toda la riqueza de los textos bíblicos. Cualquiera que sea su validez, el método histórico-crítico no puede bastar. Deja forzosamente en la sombra numerosos aspectos de los escritos que estudia. No es de admirarse pues si actualmente se proponen otros métodos y acercamientos para profundizar tal o cual aspecto digno de atención (Pontificia Comisión Bíblica)[2].

Partiendo del sentido literal y apoyado en lo que podemos aprender de la letra de la Escritura, esta lectura espiritual busca el sentido espiritual y el sentido pleno que es accesible sólo para el que tiene fe:

Se puede definir el sentido espiritual, comprendido según la fe cristiana, como el sentido expresado por los textos bíblicos, cuando se los lee bajo la influencia del Espíritu Santo en el contexto del misterio pascual de Cristo y de la vida nueva que proviene de él. Este contexto existe efectivamente. El Nuevo Testamento reconoce en él el cumplimiento de las Escrituras […]

El sentido pleno se define como un sentido profundo del texto, querido por Dios, pero no claramente expresado por el autor humano. Se descubre la existencia de este sentido en un texto bíblico cuando se lo estudia a la luz de otros textos bíblicos que lo utilizan, o en su relación con el desarrollo interno de la revelación (Pontificia Comisión Bíblica)[3].

Esta lectura espiritual no es estrictamente lo mismo que la lectio divina, pero, aunque tiene un método distinto, se fundamenta en el mismo espíritu orante y de fe[4]. Esta forma de acercarse a la Palabra es, en gran medida, fruto de la lectio, porque la práctica asidua de la lectio proporciona un conocimiento interno de la Escritura y una familiaridad con ella que permite percibir la luz que unos textos proyectan sobre otros, abriéndonos al contenido más profundo y pleno de la Palabra de Dios.

Desde luego, aunque lo llamemos lectura espiritual de la Biblia, el método que vamos a proponer no tiene nada que ver con la lectura espiritual que podemos hacer con las obras de maestros clásicos o modernos de espiritualidad y vida cristiana. En nuestro caso lo que leemos es la Biblia, Palabra de Dios; y al acercamos a esos otros autores, que no transmiten la Palabra de Dios, lo hacemos con una actitud interior muy distinta.

La lectura espiritual de la Sagrada Escritura, como la lectio, parte de la convicción de que la Escritura es ante todo Palabra de Dios y, por tanto, más allá de la diversidad de los autores, de las épocas o de los métodos con los que fue compuesta, cabe una lectura sincrónica de toda ella. Esta lectura se basa en la certeza de que la Escritura se ilumina a sí misma, es decir, que unos pasajes profundizan y enriquecen a otros, de modo que también ayuda a entenderlos el leerlos en paralelo con otros semejantes o relacionados con ellos[5].

La lectura espiritual de la Biblia cree que, por ser la Palabra de Dios, ésta encierra significados profundos a los que podemos acceder, siempre desde el respeto y el «temor» religioso, sirviéndonos de nuestras capacidades humanas guiadas por la fe y auxiliada por los instrumentos espirituales y científicos que estén a nuestro alcance. Y siempre, naturalmente, que abordemos esa labor impregnados del mismo Espíritu que inspiró la Sagrada Escritura[6].

Metodología

 

El Espíritu de la Escritura

 

Cuanto más conocimiento tengamos de la Escritura y mejor conozcamos la forma como fue compuesta, sus autores, los ambientes y tiempos históricos en los que surgió, los destinatarios inmediatos de los diversos libros, los géneros en los que están escritos los diversos pasajes,… tanto mejor y más seguramente podremos realizar una lectura profunda de la Escritura[7].

Pero dicho esto, hay que afirmar que lo nuclear es leerla unidos al Espíritu Santo que la originó. Muchos cristianos y muchos santos, que no tenían un andamiaje tan exhaustivo como el nuestro para abordar la Palabra de Dios la han profundizado infinitamente mejor que muchos profesores henchidos de conocimientos «científicos» sobre la Sagrada Escritura. Aunque también es verdad que muchos han errado en la búsqueda del sentido de la Escritura por no tener ni ciencia ni Espíritu.

Esto es lo que afirma el Concilio Vaticano II, después de aconsejar el estudio de los textos sagrados con el auxilio de las ciencias humanas:

Como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos dignamente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe (Dei Verbum, 12).

El conocimiento de la Biblia como palabra humana ‑que también es‑ ayuda y evita muchos errores y engaños, pero no permite llegar a lo profundo del mensaje que Dios nos transmite. Lo que supone un acercamiento meramente anatómico, fisiológico, psicológico, sociológico… para el conocimiento de la realidad última del ser humano es equiparable a lo que puede alcanzar el conocimiento científico de la Biblia como palabra meramente humana. Ese punto de partida es importante y necesario pero insuficiente para conocer de verdad el misterio más profundo de Dios que se nos revela en su Palabra. Siguiendo el símil, conocer «qué» es el hombre me ayuda para entenderlo, pero no me revela «quién» es el hombre. Es necesario considerar la Palabra de Dios como palabra humana, pero lo que buscamos es su significación como Palabra Divina. No podemos prescindir de la corteza que preserva el fruto, pero sería absurdo quedarse en la cáscara y no saciarse del alimento que contiene. No obstante, corteza y fruto van unidos en la Palabra de Dios, y no podemos despreciar nada de ella, si amamos a la Palabra eterna que se ha hecho palabra humana temporal para que la pudiéramos escuchar y entender.

La lectura espiritual será tanto más fecunda cuanto mejor conozcamos la Palabra de Dios, porque un texto puede remitir a otro, y podremos valorarlos más adecuadamente en el contexto general de toda la Escritura. En la medida en que estemos más inmersos en el contexto del misterio de Dios revelado podemos zambullirnos más profundamente en él. Para ello, lo esencial es leer la Escritura con frecuencia, especialmente aprovechar los textos fundamentales que meditamos eclesialmente en la liturgia, asimilarla mediante la lectio, conocer lo más posible el rico patrimonio de la exégesis de los Santos Padres, de autores espirituales, orar con la Escritura, amar la Escritura, porque en ella está nuestra salvación. Por eso, el concilio Vaticano II urge a los que tienen el ministerio de la Palabra (sacerdotes, catequistas…) para que «se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente»; y, más en general:

El Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos a que aprendan el sublime conocimiento de Jesucristo (Flp 3,8) con la lectura frecuente de las divinas Escrituras, «porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo». Lléguense, pues, gustosamente, al mismo texto sagrado, ya por la sagrada liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual (Dei Verbum, 25).

 

Joven leyendo la Biblia

 

En concreto, una posible forma de proceder sería la siguiente:

1. Introducirme en el texto, utilizando para ello si fuera necesario una introducción adecuada al libro bíblico en cuestión y al pasaje concreto que voy a leer.

2. Hacer una lectura pausada y comprensiva del texto, buscando los detalles, apreciando las repeticiones, subrayando las palabras claves, percibiendo los ecos que provoca en mí.

3. Podría también dejarme conducir a otros textos paralelos que pueden aclarar éste o indagar otros textos que resuenan en mi corazón cuando leo y oro con el texto actual.

4. Si busco otros textos para iluminar el presente, lo mejor es dejarme arrastrar por aquellos que resuenan en mí, pero, especialmente al principio, también cabe buscar auxilio en otros materiales:

-Al leer detenidamente el pasaje en cuestión a veces aparecen ideas que intuyo importantes y que necesito profundizar con otros fragmentos de la Escritura. Para ello, algunas biblias tienen unas referencias al margen que apuntan a otros pasajes que están relacionados con el que leo. Puedo remitirme a ellos e ir indagando. En ese sentido, la que más referencias marginales tiene es la Biblia de Jerusalén.

-Para términos que suscitan la necesidad de profundizar también puedo usar unas concordancias que me permiten encontrar fácilmente otros pasajes donde aparece el mismo término y puedo ir viendo en que contextos y con qué finalidad los utiliza la Sagrada Escritura, centrándome en los que son más relevantes y aplicables al texto que contemplo. También me puede ayudar algún diccionario bíblico que me señala los significados y usos de ese término, por ejemplo el de Léon-Dufour o el Haag-van den Bon-Ausejo[8]. Igualmente hay programas informáticos que permiten buscar un término a lo largo de la Biblia y localizan un texto concreto.

-A veces puede ser útil conocer diversas traducciones del mismo texto, porque difícilmente ninguna traducción expresa toda la gama de matices del original, y esas diversas traducciones pueden ayudarme a comprender mejor los matices del texto, si no podemos acceder al texto en su idioma original.

-También cabe usar comentarios de los Santos Padres, acreditados por su amor a la Escritura y por su eclesialidad, que se han sumergido en esos textos. En este sentido y para introducirme en el mundo de la interpretación patrística puedo emplear la Catena Aurea de Santo Tomás, que existe en versión digital, o consultar la obra enciclopédica La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia de la editorial Ciudad Nueva. Por fortuna no somos los primeros en enfrentarnos a los textos de la Sagrada Escritura, y tenemos una riquísima tradición detrás: la Esposa lleva siglos alimentándose de toda palabra que sale de la boca de Dios, y es sabia pedagoga y maestra. Somos como los polluelos que, en la seguridad del nido, toman el alimento de los picos de sus padres que han volado previamente para encontrarlo y fortalecer así a sus crías. Hemos de tener en cuenta que la interpretación personal de un santo Padre será más segura en la medida en que venga reforzada por el consenso de los demás y acogida en la liturgia y en la tradición viva (incluso artística) de la Iglesia. No es lo mismo la interpretación sacramental que hace San Juan Crisóstomo sobre la sangre y el agua que brotan del costado abierto de Cristo, que la interpretación alegórica que hace San Agustín, identificando la posada a la que el buen Samaritano lleva al herido para sanarle con la Iglesia[9].

. . .

 

La Biblia entre las manos

 

En todo caso, el sentido de fe, la humildad y el sentido común nos permitirá encontrar luces orientadoras, y nos alejará de cualquier interpretación forzada o inconveniente, intentando que la Escritura diga lo que a mí me parece que debe decir o lo que me gustaría que dijera.

Saltando de un texto a otro, profundizando en ellos con actitud de búsqueda religiosa de la verdad de Dios, contemplándolos con amor, paciencia y humildad, podemos ir alimentándonos de ellos, como hace la abeja al libar las flores. El objetivo es precisamente alimentar la fe, la esperanza y el amor. No es conocer más cosas de la Escritura, o poder usar más textos de la Biblia para el apostolado o la apologética.

Ciertamente, el conocimiento de la Palabra de Dios nos hará mejores apóstoles, porque sin ese conocimiento transmitimos ideología; por eso san Pablo nos urge con fuerza, diciéndonos: «Empuñad la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios» (Ef 6,17). Pero el objetivo, cuando abrimos la Escritura y, guiados por el Espíritu Santo nos sumergimos en la contemplación amorosa de la misma, no es otro que estar como María a los pies del Maestro alimentándonos de toda Palabra que sale de la boca de Dios.

Por ello, es esencial enfrentarnos con la Palabra de Dios sin prisas, aprovechando humildemente el tiempo que tenemos, pero sin pretender «acabar» este o aquel texto cuanto antes. Al contrario es vital hacer caso a la importante anotación que hace san Ignacio de Loyola en sus Ejercicios:

No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente (Ejercicios Espirituales, 2).

No importa que pasemos largas temporadas zambulléndome en un texto, gozando de su luz, o embriagándonos de su perfume. Lo importante es conocer y amar más al Señor a través de su Palabra.

Cada descubrimiento de un texto, de un sentido, de una luz es un don inmenso de Dios, y un consuelo y una alegría para el alma, que tiene que saber vencer la curiosidad y la búsqueda de novedades, que estraga el alma y deforma la lectura espiritual de la Palabra de Dios. En ese sentido, los comentarios que a continuación ofrecemos, u otros que pudieran aparecer, no van orientados simplemente a hacer una lectura de los frutos de la escucha de la Palabra de Dios de otra persona, sino que invitan a recorrer y profundizar en los diversos textos, o a explorar otros que el Espíritu me sugiera. Así, lo interesante es que lo descubierto sea lo que Dios me regala en su Palaba, no lo recibido de otra persona, de modo que la luz, el calor y la alegría que brotan del conocimiento de Jesucristo no se lo deba a nadie más que al Padre que me lo da personalmente por su Espíritu en la Iglesia.

Actitudes que pueden deformar el método

 

Palabras que vuelan

 

La lectura espiritual de la Palabra de Dios exige una actitud de respeto y veneración que, si no se cuida, puede deformar el fruto de la misma. Aunque sea brevemente, vamos a señalar algunos de los peligros en los que podemos caer, normalmente por falta de humildad y de exquisito respeto a su Divino Autor.

1. El primero es un acercamiento a la Palabra de Dios presidido por la curiosidad o el afán de novedades. Hemos de buscar a Dios, no conocer cosas sobre Dios, y menos «dominar» su Palabra.

2. Otro posible peligro es la necesidad imperiosa de encontrar sentido a todo inmediatamente, que nos puede llevar a no ser respetuosos con la Palabra Divina, o a inventarnos sentidos arriesgados. Hemos de asumir que mendigamos una luz que no procede de nosotros, y que Dios sabe cuándo necesitamos luz y cuándo necesitamos oscuridad. La paciencia humilde es un signo de sintonía con el Espíritu.

3. También hemos de tener cuidado con aplicar a la Palabra de Dios un esquema previo, forzando el sentido, o apurando excesivamente imágenes o tipologías, buscando un correlato excesivo o forzando los textos. Somos nosotros los que nos hemos de plegar a la Palabra, no a la inversa.

4. Otro riesgo es absolutizar lo que «a mí me sugiere» la Palabra de Dios. La Palabra de Dios tiene como única interlocutora a su Esposa; se dirige a la Iglesia, y nosotros la recibimos sólo como miembros de la misma, no a título propio. Por eso, si no estamos en sintonía con la Iglesia, con su cuerpo y con su espíritu, difícilmente podemos profundizar en la Palabra. Toda luz ha de ser humildemente relativizada, máxime si no sintoniza con las interpretaciones de otros «lectores acreditados» de la Palabra, como son los Santos Padres o los escritores espirituales de solvencia[10]. Por supuesto, hay que tener mucho cuidado con creer que la nuestra es la única visión, o la que ha de prevalecer, y, menos aún, la que tenemos que imponer a los demás para «iluminarles», o la que necesitamos defender apasionadamente, en lugar de ejercer la humilde dependencia de la Iglesia.

5. Otro peligro no infrecuente es intentar agotar la interpretación de un texto con impaciente indiscreción, como si pudiéramos o estuviéramos obligados a sacarle todo el jugo. No nos damos cuenta de que, al tratar con una realidad divina y ser nosotros tan pequeños, pretendemos recibir en un recipiente finito una realidad infinita. San Efrén nos previene contra esta tentación en un precioso texto, que conecta perfectamente con la cita inicial que hemos transcrito de san Juan de la Cruz:

Somos como los sedientos que beben de una fuente. Tu Palabra, Señor, presenta muy diversos aspectos, según la variada capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le guste. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en aquello que decide contemplar. Su palabra es un árbol de vida: te ofrece frutos benditos. Ella es como aquella roca abierta en el desierto que se transforma para cada hombre, de cualquier parte, en bebida espiritual… Aquel a quien le toca alguna de estas riquezas no crea que no hay nada más en la Palabra de Dios de cuanto ha encontrado. Se dé cuenta más bien que él no ha sido capaz de descubrir si no una sola cosa entre muchas otras. Luego de haberse enriquecido con la palabra, no piense que por eso la empobrecerá. Incapaz de agotar su riqueza, dé gracias por su inmensidad. Alégrate porque has sido saciado, pero no te sientas triste por el hecho de que la riqueza de la palabra te supere. El que tiene sed se pone contento cuando bebe, pero nunca se entristece por no poder agotar la fuente. Mucho mejor es que la fuente satisfaga tu sed a que la sed seque la fuente. Si tu sed se sacia sin que la fuente se extinga podrás beber de ella cada vez que tendrás necesidad. Si en cambio saciándote secaras la fuente, tu victoria sería tu desgracia. Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. No tengas el descaro de querer conseguir de un solo golpe lo que no puede ser tomado de una vez, y no desistas de lo que solo podrás recibir siempre un poco a la vez[11].

Oración para antes de la lectio divina y la lectura espiritual

 

Lectura orante de la Biblia

 

Para comenzar la lectura contemplativa de la Escritura ofrecemos ésta que expresa muy bien la actitud necesaria de quien se acerca a la Palabra de Dios.

Dios de misericordia y consuelo,

que, compadecido de los hombres,

nos diste en Hijo único

la Palabra que vivifica y que salva

y que se nos entrega amorosamente

en la Escritura inspirada por tu Espíritu;

concédeme ese mismo Espíritu

por el que hiciste resonar en el mundo tu voz,

para que me acerque con humildad y confianza

a aquél que, siendo tu Palabra divina y eterna,

se hizo Palabra humana y temporal;

purifícame de todo sentimiento malo o inútil

a fin de que busque sólo la verdad y la vida;

ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón,

para que acoja tu Palabra con docilidad

y la medite con devoción,

de manera que habite en mi alma

con toda su riqueza

y fructifique para gloria de tu nombre.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

Alimentarse de la Palabra

 

____________________

NOTAS

[1] San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B, 37,4

[2] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia, 1993, 8.

[3] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia, 22.

[4] Para el método propio de la lectio y para el espíritu de fe común a la lectio y a la lectura espiritual puede verse en nuestra página web ¿Qué es la lectio divina?

[5] Esta lectura espiritual tiene que ver con los llamados «acercamientos basados en la Tradición» por la Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia, 11. Este método presta «mayor atención a la unidad interna de los textos estudiados». Nosotros, como creyentes sabemos que esa unidad viene de que, a pesar de los muchos autores humanos que intervienen a lo largo de la elaboración de la Biblia, ella tiene un solo autor, que es Dios, el que le da unidad al revelar su misterio de salvación.

Nuestra lectura espiritual se encuentra especialmente cerca del «acercamiento canónico» que parte de la Biblia en su conjunto en un marco explícito de fe. Este acercamiento «interpreta cada texto bíblico a la luz del Canon de las Escrituras, es decir, de la Biblia en cuanto recibida como norma de fe por una comunidad de creyentes. Procura situar cada texto en el interior del único designio divino». El acercamiento canónico parte de que «la comunidad creyente es efectivamente el contexto adecuado para la interpretación de los textos canónicos. La fe y el Espíritu Santo enriquecen su exégesis. La autoridad eclesial, que se ejerce al servicio de la comunidad, debe vigilar para que la interpretación sea siempre fiel a la gran Tradición que ha producido los textos».

[6] Es muy sugerente la afirmación de A. M. Artola-J. M. Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, Estella 1995 (Verbo Divino), 190: «Al cerrarse la Revelación no cesa la presencia del Espíritu inspirador. La creación inspirada de la Biblia se completa con la presencia del Espíritu en el momento de la lectura. Es en estas condiciones donde la Biblia recupera la efectividad del instante de la locución, toda vez que la Escritura es una locución a un público futuro». Y afirma que la «lectura inspirada» está recogida en el concilio Vaticano II: «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (Dei Verbum, 21). La posibilidad de esta lectura inspirada radica en que «el mismo Espíritu autor de la Escritura habita también en el interior del piadoso lector y le abre la posibilidad de conectar con la efectividad que produjo la Escritura» (191).

[7] «Cuando hay distinción, el sentido espiritual no puede jamás estar privado de relación con el sentido literal. Este continúa siendo la base indispensable. De otro modo, no se podría hablar de "cumplimiento" de la Escritura. Para que haya "cumplimiento", es esencial una relación de continuidad y de conformidad. Pero es necesario también que haya un pasaje a un nivel superior de realidad» (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia, 22).

[8] Xavier Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder 2010. Herbert Haag-A. van den Bon-Serafín A usejo, Diccionario de la Biblia, Herder 2009.

[9] «Persuadidos de que el misterio de Cristo da la clave de interpretación de todas las Escrituras, los exégetas antiguos se esforzaban por encontrar un sentido espiritual en los menores detalles de los textos bíblicos ‑por ejemplo, en cada prescripción de las leyes rituales‑, sirviéndose de métodos rabínicos o inspirándose en el alegorismo helenístico. La exégesis moderna no puede considerar este tipo de intentos como interpretación válida, no obstante cuál haya podido ser en el pasado su utilidad pastoral» (Divino Afflante Spiritu, EB 553) (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia, 22).

[10] «El sentido espiritual no se debe confundir con las interpretaciones subjetivas dictadas por la imaginación o la especulación intelectual. Aquel proviene de la relación del texto con datos reales que no le son extraños, el acontecimiento pascual y su inagotable fecundidad, que constituyen el punto más alto de la intervención divina en la historia de Israel, para beneficio de la humanidad entera. La lectura espiritual, hecha en comunidad o individualmente, no descubre un sentido espiritual auténtico si no se mantiene en esta perspectiva» (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia, 22).

[11] San Efrén, Comentarios sobre el Diatesseron, 1,18-19.