Lectura contemplativa del Catecismo

Lectura contemplativa del Catecismo de la Iglesia Católica (6)

Dios sale al encuentro del hombre: la Revelación

 

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Amanecer luminoso

 

Introducción

50 Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina (cf. Concilio Vaticano 1: DS 3015). Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre. Lo hace revelando su misterio, su designio benevolente que estableció desde la eternidad en Cristo en favor de todos los hombres. Revela plenamente su designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo.

Es necesario que, antes de dar el paso a la lectura y comentario de este artículo del catecismo dedicado a la Revelación de Dios, nos situemos bien en el esquema que vamos desarrollando, para mantener la visión de conjunto y el lugar que ocupa lo que vamos a estudiar dentro de la estructura del Catecismo y de la lógica de la teología católica. Es a lo que pretende ayudarnos este n. 50, y el siguiente esquema de la sección en que estamos:

Primera sección: Creo-Creemos

 Cap. 1: El hombre es capaz de Dios

 Cap. 2: Dios al encuentro del hombre

  Artículo 1: La Revelación de Dios

  Artículo 2: La transmisión de la Revelación divina

  Artículo 3: La Sagrada Escritura

 Cap. 3: La respuesta del hombre a Dios

 

Hemos visto ya, en el capítulo 1 (n. 27-49) que el hombre tiene el deseo de Dios porque ha sido creado para él y, por tanto, puede conocer a Dios por medio de la razón y puede hablar de él, gracias a la analogía. Ya veíamos, al comentar los n. 35.37-38, las limitaciones de ese conocimiento racional de Dios y la necesidad de que Dios se revelara para que pudiéramos entrar en su intimidad. Es lo que vamos a desarrollar en este capítulo 2, dedicado a la Revelación, que tiene tres secciones o pasos, los tres de una gran importancia:

a) La revelación de Dios;

b) Cómo se transmite la revelación;

c) El lugar y la función de la Sagrada Escritura en la Revelación.

El capítulo 3, también de una enorme importancia, el Catecismo lo dedica a la fe, que es la respuesta del hombre a la revelación de Dios.

En este momento vamos a leer y comentar los n. 51-67, que nos ayudan a descubrir qué es la Revelación de Dios y cómo se realiza.

Este n. 50 nos anticipa, que se trata de un don de Dios, que el hombre no puede alcanzar por sus propias fuerzas, y que surge de una decisión libre de Dios.

Dos notas importantes que nos anticipa ya este número y que desarrollaremos más adelante:

a) La decisión de Dios no es sólo manifestar una serie de verdades sobre sí mismo, sino que «se revela y se da» al hombre; lo cual encaja en el plan de Dios que crea al hombre para entrar en comunión con él.

b) La revelación (y la entrega) de Dios llega a su plenitud en Jesucristo y en el envío del Espíritu Santo.

Dios revela su designio amoroso

 

Agarrado a la mano de su padre

 

51 «Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina» (DV 2).

52 Dios, que «habita una luz inaccesible» (1 Tm 6, 16), quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1, 4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas.

El n. 51 del Catecismo es una cita textual del n. 2 de la Dei Verbum, que es la Constitución dogmática que el Concilio Vaticano II dedicó a la Revelación de Dios (sólo la Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium, tiene esa misma categoría de «dogmática»). Este documento va ser la guía y la fuente de esta parte del Catecismo.

Tres primeras afirmaciones de este párrafo de la Dei Verbum que conviene desgranar:

1. La Revelación de Dios es un acto libre de su voluntad: «Dispuso Dios en su sabiduría»[1], por lo tanto no es algo a lo que está obligado y, en consecuencia, es una gracia.

2. Dios se revela a sí mismo, podríamos decir que manifiesta su intimidad, algo que los seres humanos no habríamos podido alcanzar si él no hubiera querido mostrárnoslo. Este concepto de Revelación está estrechamente relacionado con la realidad de un Dios personal, que no es simplemente una fuerza cósmica o la causa del universo. Lo íntimo de una persona sólo se conoce si esa persona nos lo manifiesta; todavía más, en el caso de Dios, sólo podemos conocer su intimidad si, como acto de amor, abre su corazón y nos manifiesta su intimidad.

En un nivel más elevado, la palabra no es sino información o instrucción: se hace expresión (en el sentido, entiéndase bien, en el que afirmamos que un acto nos expresa), revelación de la persona, testimonio de sí misma […] La palabra auténtica es aquélla en la que la persona, como tal, en su singularidad, se expresa a otra persona, considerada como persona. Expresión del misterio personal, se dirige al misterio personal ajeno. La palabra realiza mejor su misión de palabra cuando el hombre, a imagen de Dios que se dice en su Verbo, se introduce en su palabra para descubrir el sentido profundo de su ser. Para que la comunicación y el diálogo se hagan así declaración recíproca, revelación, es menester que por ambas partes haya respeto del otro en su misterio personal, disponibilidad total, confianza mutua, amistad que existe o que, al menos, comienza a existir (R. Latourelle)[2].

Con la revelación de sí mismo, Dios inaugura un diálogo:

La revelación, es decir, la relación sobrenatural que Dios en persona ha tomado la iniciativa de instaurar con la humanidad, puede ser representada como un diálogo en el cual el Verbo de Dios se expresa en la encarnación y, por lo tanto, en el Evangelio… Es en esta conversación de Cristo entre los hombres (cf. Bar 3,38) donde Dios deja entender algo de sí mismo, el misterio de su vida, unicísima en la esencia, trinitaria en las personas; y dice, finalmente, cómo quiere ser conocido: amor es Él; y cómo quiere ser honrado y servido por nosotros: amor es nuestro mandamiento supremo. El diálogo se hace pleno y confiado. El niño es invitado a él; el místico en él se sacia (Pablo VI)[3].

· · ·

Entre las palabras humanas hay que distinguir las confidencias (que revelan voluntariamente el secreto de nuestras intenciones), y las informaciones anónimas (que no están destinadas a ofrecer esa Revelación). Pero yo puedo revelar mis intenciones en un grado más o menos profundo: la única confidencia perfecta es la del fin último que persigo.

El fin último perseguido por Dios está necesariamente unido a su gloria, y, en consecuencia, a su esencia. Si Dios no tiene intención de desvelarla, su Palabra no puede ser una confidencia o una revelación, en el sentido fuerte e íntimo de la palabra.

Dicho de otro modo, Dios no puede revelar el fin último de sus obras sin revelar su bondad, en la medida en que supera todo el orden creado, y que ninguna esencia creada puede imitar esta bondad. Una revelación como ésa sólo se nos puede ofrecer en la visión cara a cara o a modo de locución: pero en este último caso, esto mismo que Dios tiene intención de revelarnos sigue siendo con todo rigor invisible y oscuro; mucho más de lo que la vida espiritual es invisible a los ojos del cuerpo... mientras que se revela realmente a modo de diálogo (Molinié, La prueba de la fe, capítulo preliminar, I. Los subrayados son del autor)[4].

3. Y, además, Dios nos manifiesta el misterio de su voluntad, lo que podríamos definir como su plan salvador[5], es decir, lo que está dispuesto a hacer para llevar a cabo su proyecto de amor y salvación con el hombre concreto que ha creado y que se ha apartado de él. Vemos, de nuevo (cf. n. 49) que la revelación de Dios no se reduce a una serie de conocimientos sobre Dios, que no nos afectan. Hay una unidad entre revelación y salvación:

Dios conduce a la humanidad hacia su salvación a través de Cristo al mismo tiempo que se revela a ella en la persona de su Hijo encarnado (H. de Lubac)[6].

La última frase de esta cita de Dei Verbum, 2 concreta en qué consiste este misterio de su voluntad, y es especialmente luminosa para el contemplativo, que descubre que su anhelo está en la entraña del plan salvador de Dios: el objetivo del plan de Dios es una forma especial de relación con el Padre por medio del Hijo y del Espíritu Santo que nos lleva a una comunión tan plena con él que nos hace participar de su naturaleza divina (cf. 2Pe 1,4).

Esto se hace más claro aún si seguimos leyendo el texto de Dei Verbum, 2:

Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía.

Esto encaja perfectamente en la experiencia del contemplativo:

A partir de aquí, la vida del contemplativo se podría definir fundamentalmente como una búsqueda permanente de Dios, que orienta toda su existencia hacia el encuentro con él […] Esta seducción de Dios es fruto de un encuentro con él, que nos sale al paso en el camino de la vida. Se trata de un encuentro que se vive ya aquí y ahora, pero como anticipo y preparación de su plenitud que tendrá lugar en la vida eterna (Fundamentos, 5,1).

El n. 52, en esta misma línea, subraya la libertad y gratuidad del «Dios invisible» que quiere comunicarse «libremente», pero que no se conforma con dar ideas o nociones, sino que quiere comunicar a los hombres su vida divina y transformarlos en hijos adoptivos a imagen de su Hijo. Para ello acompaña la revelación con la transformación que los hace capaces de conocerle y responderle con su amor, más allá de lo que son capaces por sí mismos.

A esta transformación, a la que llama Dios a todo hombre y a todo cristiano, por medio de la Revelación es a lo que se siente llamado el contemplativo:

La gracia de la vocación contemplativa conlleva y expresa una transformación profunda que Dios realiza en la persona. Esta transformación, regalada de forma inicial y germinal en el bautismo, se desarrolla y actualiza por medio de la misma gracia que pone en marcha la vida contemplativa. Esta gracia nos identifica con Cristo y nos ofrece la misma relación que él tiene con el Padre.

«Él nos ha destinado por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos» (Ef 1,5).

«A los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó» (Rm 8,29-30).

«A cuantos lo recibieron [al Verbo], les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,12) (Fundamentos, 5,2).

En conclusión, la revelación de Dios no se puede reducir a recibir en la cabeza ideas o verdades sobre Dios; todo lo contrario: conlleva el ofrecimiento de la intimidad que Dios, de su salvación, de una transformación y de una nueva relación con él. Todo eso es lo que quiere vivir sin recortes el contemplativo, de forma que la Revelación de Dios alcance en él su objetivo.

En efecto, más allá de todas las modalidades relativas a la historia del hombre, a su caída y a su redención, la Palabra de Dios es y fue siempre una invitación a entrar en su Amor, a devolverle amor por amor para que nos lo agradezca a su vez dándonos su Luz (Molinié, La prueba de la fe, primera parte, I)[7].

La pedagogía divina: el modo en que Dios se revela

 

Caminando hacia la luz

 

53 El designio divino de la revelación se realiza a la vez «mediante acciones y palabras», íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente (DV 2). Este designio comporta una «pedagogía divina» particular: Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo.

S. Ireneo de Lyon habla en varias ocasiones de esta pedagogía divina bajo la imagen de un mutuo acostumbrarse entre Dios y el hombre: «El Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre» (Adversus haereses, 3, 20, 2; cf. por ejemplo Ibid. 17, 1; 4, 12, 4; Ibid. 21, 3).

Este n. 53, en su brevedad, contiene dos afirmaciones fundamentales para comprender el modo concreto que Dios ha elegido para revelarse al hombre, y que hay que comprender bien y tener siempre en cuenta, si no queremos desvirtuar la revelación de Dios y caer en numerosos errores y malentendidos al acercarnos a ella.

1. Dios se manifiesta con hechos y palabras.

Lo primero que tenemos que superar es la idea de que la revelación de Dios se reduce a palabras (aunque sean palabras procedentes de Dios). La revelación cristiana no es simplemente un conjunto de ideas sobre Dios reveladas por él, o una serie de mensajes de Dios que nos han llegado por los profetas, o el compendio de los mandatos que Dios nos ha manifestado. Aunque podemos encontrar estos elementos en la revelación cristiana, su modo de realizarse es muy distinto, porque Dios se revela por medio de hechos y palabras relacionados entre sí de una forma muy estrecha.

Por gesta (palabra de resonancia más personalista que facta) hemos de entender las acciones salvíficas de Dios, es decir, todas las obras realizadas por Dios, que constituyen la historia de la salvación: unas realizadas directamente por Dios, otras por los profetas, instrumentos suyos; unas manifiestan su providencia ordinaria, otras son verdaderos milagros, mas todas son con propiedad manifestaciones del obrar divino en la historia de la salvación y todas se suceden según una disposición sapientísima (una economía) querida por Dios (R. Latourelle)[8].

Al revelarse, Dios no sólo habla, Dios actúa. Y ésta es una de las grandes diferencias entre el judeo-cristianismo y las demás religiones. Aunque este modo de manifestación de Dios llega a su plenitud en la revelación cristiana:

El cristianismo está basado en un hecho, el hecho de Jesús, la vida terrena de Jesús; y todavía en nuestros días siguen siendo los cristianos esos individuos que creen que Jesús continúa viviendo aún.

En eso consiste precisamente la originalidad fundamental de la religión cristiana. Entre todas las religiones que se proclaman reveladas, sin exceptuar el judaísmo, el cristianismo es la única cuya revelación, al mismo tiempo que desborda la historia por la riqueza transcendental de su contenido, se encarna en una persona que, no contenta con transmitir una doctrina, se presenta a sí misma como la Verdad y como la Justicia vivientes.

Es cierto que otras religiones tuvieron por fundadores a personajes históricos a los que pudieron ver con sus ojos y tocar con sus manos sus contemporáneos. Pero ninguno de esos personajes religiosos, como Mahoma, Buda o Zoroastro, se propuso a sí mismo como objeto de la fe de sus discípulos. Todos predicaban una doctrina ajena en cierto modo a su propia persona […]

En cambio, Jesús es el Maestro que al mismo tiempo que se nos da se nos propone a sí mismo como objeto de nuestra fe; Él es el autor y también su «consumador» (Heb 12,2). Él soporta el edificio como su fundamento y su piedra angular, y Él lo corona como el Dios en cuyo honor y culto se erige. Mahoma, Zoroastro, Buda no son más que personajes históricos… Pero Jesús, para los cristianos es algo más que una figura histórica: Él es la vida perennemente manante y presente: Él es a la vez inmanente a la historia por la acción incesante que realiza en su Iglesia visible e invisible, y trascendente al asalto de los años y los siglos (P. Rousselot)[9].

En la revelación cristiana no hay sólo palabras sagradas, hay lugares, fechas, personas y acontecimientos en los que Dios actúa. Esto, que puede verse a lo largo del Antiguo Testamento (p. ej., Dios interviene en la historia para liberar a su pueblo de Egipto y además le ofrece el significado de esa liberación por medio de las palabras de Moisés), es especialmente claro en la plenitud de la revelación en el Nuevo Testamento: Jesús habla y actúa, dice parábolas y hace milagros, da el mandamiento del amor y muere en la cruz… Él no es sólo el máximo portavoz de Dios, él es el Verbo de Dios hecho hombre que ha entrado en la historia y manifiesta a Dios con lo que hace y con lo que dice, con su mera presencia, porque ha entrado en nuestra misma historia. Es la experiencia única que constituye el fundamento de la vida cristiana:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida; pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestro gozo sea completo (1Jn 1,1-4).

Los apóstoles no sólo oyeron, también vieron y tocaron y entraron en comunión, no sólo con Jesús, sino con el Verbo que se hizo visible. Eso es lo que los apóstoles transmiten.

Jesús es a la vez el don de Dios y la revelación de Dios; la acción redentora y el anuncio de la redención; el mediador y la plenitud; el Mensajero y la Verdad revelada; el que anuncia el Evangelio y el que es en persona la Buena Noticia.

Cristo ha ejercido su función reveladora por todas las vías de la encarnación: con su propia presencia y manifestación, con sus palabras y obras, señales y milagros, y sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa, y finalmente con el envío del Espíritu de verdad (R. Latourelle)[10].

Pero, dando, un paso más, hay que subrayar que esos hechos y palabras con los que Dios se revela, no se yuxtaponen de cualquier manera, sino que van siempre relacionados y se «esclarecen mutuamente». Lo desarrolla un poco más el texto de Dei Verbum, 2:

Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas.

Podemos entender mejor esta relación si la planteamos de un modo negativo: los hechos sin las palabras corren el riesgo de permanecer mudos e incomprensibles; las palabras sin los hechos pueden quedar vacías y etéreas.

Los acontecimientos son, las más de las veces, algo opaco; las obras adolecen o son propensas a la ambigüedad, al equívoco: toca a las palabras disipar esta ambigüedad y proclamar el sentido auténtico y misterioso de las acciones divinas (R. Latourelle)[11].

Por eso se necesitan mutuamente:

Por una parte, los actos reveladores requieren la explicación de las palabras, y por otra, las palabras son evidentemente posteriores y en cierto modo subordinadas con relación a los hechos cuyo sentido proclaman y cuyo contenido misterioso ponen de relieve (H. de Lubac)[12].

La Palabra puede preceder o seguir al hecho, y eso hace que adquiera funciones diferentes, que se perciben en la Escritura:

La interpretación de los hechos sucede en la revelación, lo mismo que en la vida y en la historia de los hombres, mediante una palabra que precede al hecho y manifiesta la intención y el sentido de aquello que uno se apresta a realizar, o también sigue al hecho y lo interpreta en su significado de acuerdo con la intención del agente.

La palabra que precede al hecho puede adoptar el carácter de predicción en sentido estricto (cf. 2R 19,5-37), de llamada y misión (cf. Gn 12,1ss; Ex 3,7-12), de mandato (cf. Os 3,1-5).

La palabra después del hecho es proclamación (cf. Dt 26,3.5-10; Ex 12,1-14), es una explicación (cf. Jn 13,12-20) y meditación (se medita el hecho para comprenderlo y recoger todas sus interpelaciones: Jr 32) y sobre todo es narración. Toda la Biblia en última instancia es la interpretación de la historia de la salvación bajo su forma narrativa (V. Mannucci)[13].

2. Dios se revela progresivamente.

La revelación cristiana no es un bloque completo y cerrado que Dios da desde el principio. Dios se va manifestando «gradualmente», va preparándonos paso a paso («por etapas»), para poder manifestarse al final plenamente en Jesucristo.

Dios tiene que ir preparando a la humanidad para que pueda recibir, al final, toda la verdad y todo el don que entrega en Jesucristo. Usando las palabras hermosas de san Ireneo, Dios nos ayuda a ir paso a paso a acostumbrándonos a su presencia, a su forma de hablar, a recibir sus dones, a responder a él, hasta hacernos capaces de acoger plenamente la revelación de su intimidad y la invitación a la comunión con él, que se realiza en su Hijo.

Esto es de una gran importancia a la hora de leer la Biblia y de interpretar el Antiguo Testamento. No podemos leer el libro del Génesis o del Éxodo como si fuera ya la revelación definitiva y cerrada, al mismo nivel que lo que dice y hace Jesucristo. Tenemos que saber que lo que allí se dice es una «etapa» en el camino a la manifestación plena de Dios y, por tanto, todavía incompleta y perfectible. En consecuencia hay que leer el Antiguo Testamento a la luz de la plenitud de la revelación en el Nuevo, y hay que salir de cualquier falsa contraposición sabiendo que lo que encontramos antes de Jesús es un paso más en la automanifestación de Dios en ese momento, captando su importancia y siendo conscientes de lo que todavía le falta y que será purificado y llevado a plenitud en Jesucristo. Es lo que hace el mismo Jesús (cf. Mt 5,17-43).

Desde el punto de vista dogmático, ningún texto del AT presenta una doctrina completa sobre un determinado punto de la fe. Hay que releerlos todos ellos a partir de Cristo, proyectando sobre ellos su luz, para poder entender su alcance exacto. Esto no significa que ellos no tengan en sí mismos ningún elemento positivo, pero al mismo tiempo se hacen eco de las ignorancias humanas (por ejemplo, a propósito de la retribución en la otra vida), o bien usan fórmulas imperfectas a las que la historia de Cristo dará el verdadero sentido (por ejemplo, con relación al mesianismo real). La verdad de estos textos no es por lo tanto absoluta bajo todos los aspectos: sino proporcional a la luz que Dios infunde a sus autores, en atención a la situación en la que se encontraba en aquel momento la comunidad de salvación y al cometido que ellos debían llevar a cabo dentro de la pedagogía divina.

Desde el punto de vista moral sucede lo mismo. La revelación de la ley de perfección ha llegado solamente en Cristo, y con ella el don del Espíritu Santo que permite al hombre cumplir los mandamientos. Anteriormente, nos encontramos en la Escritura más de una vez imperfecciones, a causa de la «dureza de corazón» (Mt 19,8). Por lo tanto, el contenido positivo de los textos puede ser valorado únicamente con la ayuda de un criterio proporcionado por el NT. Así la verdad de los textos bíblicos resulta de la totalidad de la Biblia de manera que la teología bíblica es histórica por naturaleza: debe seguir el desarrollo de las ideas y de los argumentos de cabo a rabo en los dos Testamentos para asentar las bases de la dogmática y de la moral cristiana (P. Grelot)[14].

Piénsese, p. ej., que algo tan importante como la Trinidad de personas en Dios, sólo se manifiesta al final de la revelación misma de Jesús, cuando se ha purificado a través del Antiguo Testamento todo rasgo de politeísmo y Jesús puede hablar claramente de él como Hijo de Dios (cf. Mc 14,61-62) y hablarnos y enviarnos al Espíritu Santo (cf. Jn 14,16-17).

Ofrecida a los hombres al final de una larga preparación, la revelación trinitaria es ininteligible sin esta preparación: «En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo» (Heb 1,1-2).

Después de la llamada de Abrahán y sobre todo después de la zarza ardiente, el pueblo de Israel vivió en la proximidad de un volcán con erupciones siempre amenazantes e imprevisibles: las primeras, muy espectaculares (paso del Mar Rojo, manifestación del Sinaí); las siguientes, progresivamente menos frecuentes y más discretas. Pero la actividad de este volcán nunca se apaga del todo: la gloria de Dios planeaba permanentemente sobre este pueblo, columna de nube comparable al humo del Vesubio. A través de todas estas intervenciones, el Espíritu intentaba manifestarse a los judíos piadosos de una manera cada vez menos estrepitosa, cada vez más interior, según el proceso admirablemente evocado por el Libro de los Reyes (1Re 19,11-13). Sólo después de dos mil años de ese refinado, Cristo pudo enviar su Espíritu a los apóstoles; no tanto como el viento violento de Pentecostés, sino más bien como el murmullo suave y ligero que sugiere a san Pedro: «Voy a Roma para ser allí crucificado de nuevo».

Es imposible recibir la revelación trinitaria fuera de este calor que abrasaba el corazón de los discípulos de Emaús porque Jesús les abría el sentido de las Escrituras. Nosotros, después de la Encarnación, tenemos el privilegio de ser enseñados por Cristo a través de su Iglesia y estar unidos directamente a él por los sacramentos. Pero el Espíritu que nos habla por su boca es el que hablaba por la boca de los profetas: la enseñanza que él nos da no ha variado; la pedagogía sigue siendo la misma; y para todo hombre, igual que para Israel, la revelación de los misterios trinitarios es sólo el último toque del que nos revela a la vez la trascendencia de Dios y su Amor por nosotros.

En efecto, la educación dada a los hijos de Abrahán no tenía otro fin que clavarlos en la adoración, actitud absolutamente indispensable para acceder a la luz del Evangelio. Hay que ser judío ‑es decir, adorador‑ antes de ser cristiano ‑es decir, amigo e hijo‑. No sin dificultad fueron iniciados en este secreto los mejores de entre los judíos, y tampoco nosotros lo conseguiremos sin dificultad. Hizo falta que Dios tallara, trastocara y, al mismo tiempo, marcara con el buril el corazón de sus adoradores a lo largo de una historia muy agitada para que alcanzaran el nivel muy elevado, muy espiritual y muy sutil que Dios necesitaba para preparar los caminos a su Hijo y a la revelación de la vida trinitaria. Esta educación tan extraordinaria es lo que nos interesa en la historia del pueblo judío, y no sus particularidades étnicas. Porque también nosotros tenemos necesidad de esta educación y, si queremos penetrar en el misterio de Cristo, debemos recibirla a través de peripecias análogas: la historia del pueblo judío sigue siendo el modelo absoluto de toda iniciación al amor de Dios (Molinié, La Trinidad, primera parte, I)[15].

Podríamos resumir estas dos características de la revelación diciendo que Dios se revela en la historia, y subrayando (como hace el Catecismo con la cita de Ireneo), que Dios elige este modo de revelación para adaptarse a nosotros, es decir, por pura benevolencia, en el acto de amor del que se abaja para acercarse al que es más pequeño y limitado, al hombre concreto que vive en la historia y que comprende progresivamente las cosas y las personas.

El Dios que se revela es un Dios que entra en la historia y en ella se revela como persona que obra la salvación de su pueblo (R. Latourelle)[16].

· · ·

Esta revelación de Dios en la historia tiene un doble efecto: hacer de la historia una historia de la salvación, dar a los acontecimientos una nueva dimensión como portadores de las intenciones salvíficas de Dios y dar a la revelación un carácter histórico y activo: Dios está cerca, puede intervenir en cualquier momento y cambiar el curso de las cosas. Israel va reflexionando sobre los acontecimientos salvíficos de Dios y espera de él una intervención definitiva (J. A. Sayés)[17].

Las etapas de la Revelación

 

Moisés y la zarza ardiente

 

El catecismo va desgranando en los números siguientes los momentos principales de esta revelación progresiva, desarrollando lo que dice Dei Verbum, 3.

Desde el origen, Dios se da a conocer

54 «Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio» (DV 3). Los invitó a una comunión íntima con Él revistiéndolos de una gracia y de una justicia resplandecientes.

55 Esta revelación no fue interrumpida por el pecado de nuestros primeros padres. Dios, en efecto, «después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras» (DV 3).

«Cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte... Reiteraste, además, tu alianza a los hombres» (Plegaria eucarística IV, Misal Romano).

La alianza con Noé

56 Una vez rota la unidad del género humano por el pecado, Dios decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una serie de etapas. La alianza con Noé después del diluvio (cf. Gn 9,9) expresa el principio de la Economía divina con las «naciones», es decir, con los hombres agrupados «según sus países, cada uno según su lengua, y según sus clanes» (Gn 10,5; cf. 10,20-31).

57 Este orden a la vez cósmico, social y religioso de la pluralidad de las naciones (cf. Hch 17,26-27), está destinado a limitar el orgullo de una humanidad caída que, unánime en su perversidad (cf. Sb 10,5), quisiera hacer por sí misma su unidad a la manera de Babel (cf. Gn 11,4-6). Pero, a causa del pecado (cf. Rm 1,18-25), el politeísmo así como la idolatría de la nación y de su jefe son una amenaza constante de vuelta al paganismo para esta economía aún no definitiva.

58 La alianza con Noé permanece en vigor mientras dura el tiempo de las naciones (cf. Lc 21,24), hasta la proclamación universal del Evangelio. La Biblia venera algunas grandes figuras de las «naciones», como «Abel el justo», el rey-sacerdote Melquisedec (cf. Gn 14, 8), figura de Cristo (cf. Hb 7,3), o los justos «Noé, Daniel y Job» (Ez 14,14). De esta manera, la Escritura expresa qué altura de santidad pueden alcanzar los que viven según la alianza de Noé en la espera de que Cristo «reúna en uno a todos los hijos de Dios dispersos» (Jn 11,52).

Dios elige a Abraham

59 Para reunir a la humanidad dispersa, Dios elige a Abram llamándolo «fuera de su tierra, de su patria y de su casa» (Gn 12,1), para hacer de él «Abraham», es decir, «el padre de una multitud de naciones» (Gn 17,5): «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra» (Gn 12,3; cf. Ga 3,8).

60 El pueblo nacido de Abraham será el depositario de la promesa hecha a los patriarcas, el pueblo de la elección (cf. Rm 11,28), llamado a preparar la reunión Dios en la unidad de la Iglesia (cf. Jn 11, 52; 10,16); ese pueblo será la raíz en la que serán injertados los paganos hechos creyentes (cf. Rm 11,17-18.24).

61 Los patriarcas, los profetas y otros personajes del Antiguo Testamento han sido y serán siempre venerados como santos en todas las tradiciones litúrgicas de la Iglesia.

Dios forma a su pueblo Israel

62 Después de la etapa de los patriarcas, Dios constituyó a Israel como su pueblo salvándolo de la esclavitud de Egipto. Estableció con él la alianza del Sinaí y le dio por medio de Moisés su Ley, para que lo reconociese y le sirviera como al único Dios vivo y verdadero, Padre providente y juez justo, y para que esperase al Salvador prometido (cf. DV 3).

63 Israel es el pueblo sacerdotal de Dios (cf. Ex 19,6), «sobre el que es invocado el nombre del Señor» (Dt 28,10). Es el pueblo de aquellos «a quienes Dios habló primero» (Viernes Santo, Pasión y Muerte del Señor, Oración universal VI, Misal Romano), el pueblo de los «hermanos mayores» en la fe de Abraham (cf. Discurso en la sinagoga ante la comunidad hebrea de Roma, 13 abril 1986).

64 Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres (cf. Is 2,2-4), y que será grabada en los corazones (cf. Jr 31,31-34; Hb 10,16). Los profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades (cf. Ez 36), una salvación que incluirá a todas las naciones (cf. Is 49,5-6; 53,11). Serán sobre todo los pobres y los humildes del Señor (cf. So 2,3) quienes mantendrán esta esperanza. Las mujeres santas como Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit y Ester conservaron viva la esperanza de la salvación de el. De ellas la figura más pura es María (cf. Lc 1,38).

Sale de nuestras posibilidades hacer aquí un comentario o una ampliación de la Historia de la Salvación resumida en estos números del Catecismo. Solamente vamos a aportar algunas notas y sugerencias.

1. El pueblo de Dios, como refleja la Escritura, hace referencia, una y otra vez, a esta historia de la salvación:

-Cuando va a presentar sus ofrendas al Señor:

Entonces tomarás la palabra y dirás ante el Señor, tu Dios: «Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí como emigrante, con pocas personas, pero allí se convirtió en un pueblo grande, fuerte y numeroso. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestros gritos, miró nuestra indefensión, nuestra angustia y nuestra opresión. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y prodigios, y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel» (Dt 26,5-9).

-Cuando quiere enseñar a la siguiente generación recurre a las «maravillas que realizó» Dios con su pueblo, como en el Sal 78.

-Cuando quiere dar gracias cantando al son de instrumentos, hablando de sus maravillas, proclama la misericordia del Señor, como en Sal 105; 136.

-Cuando, como Esteban, se defiende ante el Sanhedrín (Hch 7).

-Cuando se predica a Jesucristo, como hace Pablo a los judíos en Antioquía de Pisidia (Hch 13,16-40).

2. Hay que subrayar las dos primeras etapas que menciona el Catecismo en los n. 54-58, no por su mayor importancia, sino porque no solemos tenerlas en cuenta:

-Hay una revelación sobrenatural antes del primer pecado, en la que Dios sale al encuentro de nuestros primeros padres para invitarles a la comunión con él. El pecado no rompe el deseo y el trabajo de Dios para ofrecer la vida eterna a todos los hombres.

-En la alianza de Dios con Noé, el Catecismo ve el ofrecimiento de salvación a todas las naciones, al margen del Pueblo de Israel, a la espera de que les llegue el anuncio del Evangelio.

3. Hay que subrayar también que la misma revelación del Antiguo Testamento pide y anuncia una plenitud mayor que vendrá en Cristo. Por eso nos parece conveniente reproducir los textos bíblicos que cita el Catecismo y que son claves en el paso del Antiguo al Nuevo Testamento[18]:

Ya llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor -oráculo del Señor-. Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días -oráculo del Señor-: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo: «Conoced al Señor», pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor -oráculo del Señor-, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados (Jr 31,31-34).

Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios (Ez 36,24-28).

4. Hay muchas obras que pueden ayudar a conocer y comprender la Historia de la Salvación, nos atrevemos a recomendar la obra de D. Barthelemy, O. P., Dios y su imagen. Esbozo de una teología bíblica, 2011 Madrid (Fundacion Maior)[19].

Dios se revela plenamente en Jesucristo

 

La mirada de Jesús

 

Dios ha dicho todo en su Verbo

65 «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. San Juan de la Cruz, después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Hb 1,1-2:

«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra [...]; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (San Juan de la Cruz, Subida del monte Carmelo 2,22,3-5).

Llegamos al punto clave de la historia de la salvación y al núcleo de la revelación cristiana: en Cristo Dios se ha revelado de forma plena y definitiva. La razón es clara: Cristo es el Hijo de Dios, es la Palabra de Dios de un modo único, pleno y definitivo, en el sentido que lo explica el prólogo del evangelio de san Juan:

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió… El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Jn 1,1-5.9-14.16-18).

Es evidente en la misma Escritura, en la conciencia de Cristo y en la de la Iglesia que en Jesús, el Hijo de Dios, se da la plenitud de la Revelación:

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mt 11,27).

Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí (Jn 14,6).

En Cristo habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2,9).

Cristo es la plenitud de la Revelación de Dios porque es el Hijo de Dios, porque es Dios, y conoce perfectamente al Padre (cf. Jn 3,32-34). Y, a la vez, es el perfecto revelador porque se ha hecho hombre, porque habita entre nosotros y se revela y manifiesta con palabras y hechos plenamente humanos.

No teníamos manera de conocer las cosas de Dios, si nuestro Maestro, subsistiendo como Verbo no se hubiese hecho hombre. Pues ningún otro podía habernos contado las cosas del Padre, fuera del que es su propia Palabra. Porque, en efecto, ¿quién, fuera de Él, conoció el pensamiento del Señor? O, ¿quién, fuera de Él, fue su consejero (San Ireneo)[20].

Por eso el autor de la carta a los Hebreos ve en Jesús la forma nueva y plena que tiene Dios de hablarnos, cualitativamente distinta. Hasta ahora ha hablado por portavoces, que son los profetas, ahora nos habla directamente su Hijo[21].

San Juan de la Cruz, con palabras de místico y poeta, lo explica diciendo que Dios sólo tiene una Palabra, que es su Hijo, y al darnos a su Hijo nos ha dado su única Palabra y ya no tiene otra Palabra que decir. El mismo san Juan empieza a sacar consecuencias importantes para todos los cristianos, y también para los contemplativos: no podemos buscar y esperar otras palabras, otras revelaciones, otros caminos para ir al Padre. El mismo Catecismo nos ayudará enseguida a comprender estas consecuencias (cf. n. 66-67).

Algunas de estas consecuencias las recoge la Declaración Dominus Iesus de la Congregación para la Doctrina de la Fe del año 2000, presidida entonces por el cardenal Ratzinger:

-Para la tarea misionera:

Por esto la encíclica Redemptoris missio propone nuevamente a la Iglesia la tarea de proclamar el Evangelio, como plenitud de la verdad: «En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo» (Dominus Iesus 5, citando Redemptoris missio, 5).

-Para la relación de la Revelación cristiana con otras religiones:

Es, por lo tanto, contraria a la fe de la Iglesia la tesis del carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones. La razón que está a la base de esta aserción pretendería fundarse sobre el hecho de que la verdad acerca de Dios no podría ser acogida y manifestada en su globalidad y plenitud por ninguna religión histórica, por lo tanto, tampoco por el cristianismo ni por Jesucristo. Esta posición contradice radicalmente las precedentes afirmaciones de fe, según las cuales en Jesucristo se da la plena y completa revelación del misterio salvífico de Dios (Dominus Iesus, 6).

En positivo, esta plenitud de la revelación en Cristo, hace que en él, en una persona concreta, encontremos la verdad y la salvación de Dios por entero. Cuando buscamos la revelación y la gracia miramos a Cristo. Al comprender que Cristo es la plenitud de la Revelación podemos afirmar, siguiendo la terminología de Karl Barth, que se da en la Revelación una verdadera concentración cristológica, de modo que, en definitiva, nuestra mirada y nuestra fe se dirige, no a unas ideas, ni a un libro, ni a una historia, sino a una persona concreta, que es Jesucristo, tal como sugirió el arzobispo Paul Zouongrana en las sesiones del Concilio Vaticano II en nombre de los obispos africanos:

«Es preciso que consideremos las verdades que hemos de creer y los deberes que hemos de cumplir fijándonos más bien en la relación que guardan con una persona viviente. Proclamad ante el mundo que la divina Revelación es Cristo… Es necesario que resplandezca más en la Iglesia y con rasgos más divinos el bello rostro de Cristo. De esa manera renovaréis los prodigios de amor y fidelidad que brillaban en la Iglesia primitiva. [Y, citando palabras de la liturgia añadió:] “Desprecié el reino del mundo y todo lujo del siglo. ¿Por qué? Por amor al Señor Jesucristo, porque le vi y le quise, porque creí en Él y le amé”»[22].

A eso mismo invitan los Fundamentos al contemplativo:

Con la vocación contemplativa surge desde lo más profundo del corazón un deseo intenso de amor a Jesucristo, que mueve a buscar una plena identificación con él, con su misión y con los valores que él vive. Se trata de un amor apasionado e incondicional, que va de la mano del descubrimiento de Cristo como persona, como un Tú, como alguien vivo que está dentro de uno mismo y es más real que todo lo real. Es un verdadero enamoramiento de Jesucristo, que lo coloca en el centro de la propia vida, como expresa san Pablo: «Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,78).

Este amor apasionado a Jesucristo, que lleva a la plena identificación con él, es el fundamento y la meta de toda vida contemplativa; por lo cual nunca hemos de consentir que se convierta en un medio para ninguna otra cosa, aunque sea un fin tan santo como vivir evangélicamente o dar testimonio cristiano, puesto que es un fin en sí mismo. A Jesucristo hay que amarle en sí mismo, por lo que es; nunca como medio para algo, por bueno que sea. Es más, todo lo que se haga tiene que ser medio para crecer en la relación personal de amor con él (Fundamentos, 2,2,4).

· · ·

El mismo nombre de contemplativo hace referencia a lo que constituye el eje de su vida, que es la contemplación. Y lo primero que hay que decir de ella es que el objeto al que se dirige la contemplación no es algo, sino Alguien: Jesucristo. Él es, para Dios, la imagen perfecta del hombre; y es, para el hombre, la imagen perfecta de Dios. En Jesucristo, el contemplativo descubre a un Dios apasionado por el hombre en un hombre apasionado por Dios; y este misterio lo hace suyo como motor profundo que ilumina su búsqueda de Dios, a la vez que unifica y da sentido a toda su vida. Así, en esa contemplación del Hijo de Dios, el contemplativo aprende de él a saciar la sed radical de Dios que le consume y le mueve a buscarlo apasionadamente.

Jesucristo va absorbiendo al contemplativo de manera que éste sólo busca conocerlo y amarlo. El nombre de Jesús se escribe así en su corazón de forma indeleble. Y este nombre, pronunciado, rezado, susurrado, se convierte en el instrumento por el que el Espíritu Santo configura al contemplativo y lo va purificando, liberando, simplificando y unificando hasta llevarlo a una armonía en su ser y en su vida que refleja cada vez más perfectamente al Modelo divino (Fundamentos, 5,1).

 

Pantocrátor rodeado de santos

 

No habrá otra revelación

66 «La economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (DV 4). Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

67 A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas «privadas», algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de «mejorar» o «completar» la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

La fe cristiana no puede aceptar «revelaciones» que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes «revelaciones».

Cuando ha llegado la plenitud de la revelación, es decir, cuando Dios se ha mostrado plenamente, no cabe ya otra revelación nueva o suplementaria:

El Nuevo Testamento no es simplemente un «segundo Testamento», al que podría seguir un «tercero» o un «cuarto»: es, como dice el Concilio, alianza nueva y definitiva. La Revelación «crística» no puede aceptar añadiduras de origen humano, ni sustituirse, ni abolirse. «Nadie puede poner un fundamento diverso de aquel que ya ha sido puesto, que es Jesucristo» (1Co 3,11) (V. Mannucci)[23].

· · ·

Si Jesucristo es la «plenitud» y la culminación de la revelación divina, si ésta encuentra en Él su cumplimiento y perfección, de ahí se sigue evidentemente que la historia de la revelación concluyó con Cristo. Es más, hablando en sentido estricto, lo mismo debiéramos decir de la historia de la salvación propiamente dicha, ya que es correlativa a la historia de la revelación. Por consiguiente, el Nuevo Testamento no es simplemente un «segundo» Testamento al que pudiera seguir un tercero o un cuarto, y que por el mismo hecho estaría condenado a convertirse un día en un nuevo antiguo testamento, con lo que quedaríamos siempre sumergidos en una indefinida historia de la salvación (H. de Lubac)[24].

Debe quedar claro que la Iglesia ni espera ni puede aceptar otra revelación nueva o complementaria, aunque se le acuse de orgullo por creerse poseedora de la verdad:

La Iglesia no se intimida porque la acusen de fijar y estabilizar el desarrollo de la religión, cuando lo que haría falta sería vivir «esa unión matrimonial entre el Espíritu y la historia humana que comenzó con la encarnación»; y sabe por experiencia que ese modo de hablar, bajo una fraseología cristiana, no es más que una invitación a la apostasía[25].

Una consecuencia clara de la plenitud de la revelación y de que no podemos esperar una nueva revelación es que desautoriza definitivamente la idea de que habría que «complementar» la revelación cristiana con la de otras religiones o alcanzar una especie de super-religión aceptable para todos los hombres que eligiera lo mejor de cada una o supiera extraer de todas ellas el denominador común. Son muy esclarecedoras las palabras de Benedicto XVI:

El Señor Resucitado encargó a sus apóstoles, y mediante ellos a los discípulos de todos los tiempos, que llevaran su palabra hasta los confines de la tierra y que convirtieran a los hombres en sus discípulos. El Concilio Vaticano II, retomando en el decreto «Ad gentes» una tradición constante, sacó a la luz las profundas razones de esta tarea misionera y lo ha asignado así con fuerza renovada a la Iglesia de hoy. ¿Pero esto es válido realmente todavía? se preguntan muchos hoy, dentro y fuera de la Iglesia. ¿La misión es realmente actual todavía? ¿No sería más apropiado encontrarse en el diálogo entre las religiones y servir juntas a la causa de la paz en el mundo? La contra-pregunta es: ¿el diálogo puede sustituir a la misión? Hoy, efectivamente, muchos son de la idea que las religiones deberían respetarse y, en el diálogo entre ellas, convertirse en una fuerza común de paz. En este modo de pensar, la mayoría de las veces se da por supuesto que las diferentes religiones son variantes de una única y misma realidad; que la «religión» es el género común que asume formas diferentes según las diferentes culturas, pero que expresa de todos modos una misma realidad. La cuestión de la verdad, la que en el origen motivó a los cristianos más que todo lo demás, aquí es puesta entre paréntesis. Se supone que la auténtica verdad sobre Dios, en última instancia, es inalcanzable y que a lo sumo se puede hacer presente lo que es inefable sólo con una variedad de símbolos. Esta renuncia a la verdad parece realista y útil a la paz entre las religiones del mundo. Pero esto es letal para la fe[26].

Aunque estas nuevas formas de sincretismo y de superación de la revelación cristiana tienen gran fuerza en nuestro tiempo por las propuestas de la Nueva Era[27], este peligro no es nuevo como demuestran estas palabras de Pío XI a principios del siglo XX, cuando el nazismo alemán quiso imponer un neo-paganismo superador del cristianismo:

La culminación de la Revelación se verificó en el Evangelio de Jesucristo y quedó erigida en norma definitiva, para siempre. En esta Revelación no caben ni adiciones de origen humano, ni sustituciones, ni eliminaciones… Ningún hombre, ni aunque fuese la personificación de todo el saber, poder y potencia exterior terrestre, puede poner otro fundamento distinto del que puso Dios en la persona de Cristo[28].

No hay que esperar una nueva revelación, no se puede aceptar una revelación que complete o corrija la plenitud de la revelación realizada en Cristo. Pero eso no quiere decir que no haya, como señala el Catecismo, un avance en la comprensión de esa Revelación, un verdadero progreso en la tarea de hacer explícito su contenido. Con la ayuda del Espíritu Santo la Iglesia profundiza lo que Cristo nos ha enseñado:

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho (Jn 14,25-26).

· · ·

Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará (Jn 16,12-15).

Por tanto, aunque no hay progreso en la Revelación, sí hay y debe haber un progreso en el entendimiento de la Revelación, en su presentación y en las consecuencias que se extraen de ella. Pero sin que se pueda hablar de una ruptura, de un añadido o de un cambio:

Quizá alguno se pregunte: ¿entonces no es posible ningún progreso en la Iglesia de Cristo? ¡Claro que debe haberlo, y grandísimo! ¿Quién hay tan enemigo de los hombres y tan contrario a Dios, que trate de impedirlo? Ha de ser, sin embargo, con la condición de que se trate verdaderamente de progreso para la fe, y no de cambio. Es característico del progreso que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; propio del cambio es, por el contrario, que una cosa se transforme en otra.

Crezca, por tanto, y progrese de todas las maneras posibles, el conocimiento, la inteligencia, la sabiduría tanto de cada uno como de la colectividad, tanto de un solo individuo como de toda la Iglesia, de acuerdo con la edad y con los tiempos; pero de modo que esto ocurra exactamente según su peculiar naturaleza, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según la misma interpretación.

Que la religión imite así en las almas el modo de desarrollarse de los cuerpos. Sus órganos, aunque con el paso de los años se desarrollan y crecen, permanecen siempre los mismos. Qué diferencia tan grande hay entra la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad! Y, sin embargo, aquellos que son ahora viejos, son los mismos que antes fueron adolescentes. Cambiará el aspecto y la apariencia de un individuo, pero se tratará siempre de la misma naturaleza y de la misma persona. Pequeños son los miembros del niño, y más grandes los de los jóvenes; y sin embargo son idénticos. Tantos miembros poseen los adultos cuantos tienen los niños; y si algo nuevo aparece en edad más madura, es porque ya preexistía en embrión, de manera que nada nuevo se manifiesta en la persona adulta si no se encontraba al menos latente en el muchacho.

Éste es, sin lugar a dudas, el proceso regular y normal de todo desarrollo, según las leyes precisas y armoniosas del crecimiento. Y así, el aumento de la edad revela en los mayores las mismas partes y proporciones que la sabiduría del Creador había delineado en los pequeños. Si la figura humana adquiriese más tarde un aspecto extraño a su especie, si se le añadiese o quitase algún miembro, todo el cuerpo perecería, o se haría monstruoso, o al menos se debilitaría.

Las mismas leyes del crecimiento ha de seguir el dogma cristiano, de manera que se consolide en el curso de los años, se desarrolle en el tiempo, se haga más majestuoso con la edad; de modo tal, sin embargo, que permanezca incorrupto e incontaminado, íntegro y perfecto en todas sus partes y, por decirlo de alguna manera, en todos sus miembros y sentidos, sin admitir ninguna alteración, ninguna pérdida de sus propiedades, ninguna variación de lo que ha sido definido.

Pongamos un ejemplo. En épocas pasadas, nuestros padres han sembrado el buen trigo de la fe en el campo de la Iglesia; sería absurdo y triste que nosotros, descendientes suyos, en lugar del trigo de la auténtica verdad recogiésemos la cizaña fraudulenta del error (cf. Mt 13, 24-30). Por el contrario, es justo y lógico que la siega esté de acuerdo con la siembra, y que nosotros recojamos -cuando el grano de la doctrina llega a madurar- el buen trigo del dogma. Si, con el paso del tiempo, algún elemento de las semillas originarias se ha desarrollado y ha llegado felizmente a plena maduración, no se puede decir que el carácter específico de la semilla haya cambiado; quizá habrá una mutación en el aspecto, en la forma externa, una diferenciación más precisa, pero la naturaleza propia de cada especie del dogma permanece intacta.

No ocurra nunca, por tanto, que los rosales de la doctrina católica se transformen en cardos espinosos. No suceda nunca, repito, que en este paraíso espiritual donde germina el cinamomo y el bálsamo, despunten de repente la cizaña y las malas hierbas. Todo lo que la fe de nuestros padres ha sembrado en el campo de Dios, que es la Iglesia (cfr. 1 Cor 3,9), todo eso deben los hijos cultivar y defender llenos de celo. Sólo esto, y no otras cosas, debe florecer y madurar, crecer y llegar a la perfección[29].

Esta tarea es necesaria, porque lejos de entender la revelación como un documento que simplemente hay que guardar inalterable, hay que descubrir un tesoro ‑que ciertamente no podemos manipular‑ en el que siempre encontramos riquezas nuevas, necesarias para los retos de cada momento:

Es cierto, como se ha dicho muy bien, que «no debemos concebir la Tradición exclusivamente como como un depósito en el que se ha acumulado y se archiva la revelación pasada, como la única contemplación intemporal de la verdad revelada». Esto equivaldría a echar anclas en una falsa eternidad; y desde luego los grandes contemplativos de la tradición cristiana, que con frecuencia fueron grandes hombres de acción, nos ofrecen un ejemplo muy distinto. La Tradición ha de estar en relación constante, por decirlo así, «con los acontecimientos del mundo, con las diversas culturas de los pueblos en donde la Iglesia se va implantando en el transcurso de los siglos» (Chenu). Por eso, el reflexionar sobre Cristo, o, como suelen decir, «hacer teología», no consiste exclusivamente en «organizar verdades», en reducirlas a un sistema, ni siquiera en seguir sacando siempre consecuencias nuevas sobre la base de unas «premisas» reveladas; sino que consiste todavía y mucho más en «comprobar la fuerza explicativa» de las verdades de la fe incluso dentro del contexto móvil del mundo. Consiste en esforzarse por comprender este mundo, es decir, por comprender al hombre, su naturaleza, su destino, su historia, en las situaciones más diversas, a la luz de esas mismas verdades. Consiste en el afán de ver todas las cosas al trasluz del misterio de Cristo. Porque efectivamente, el misterio de Cristo es un misterio iluminador; y al considerarlo así se lo profundiza realmente, sin quitarle nada de su carácter de misterio[30].

Aunque el Catecismo nos hablará más adelante de los cauces de esta comprensión progresiva de la revelación plena en Cristo, podemos señalar de antemano cuáles son:

El Concilio Vaticano II señala tres maneras esenciales en que se realiza la guía del Espíritu Santo en la Iglesia y, en consecuencia, el «crecimiento de la Palabra»: éste se lleva a cabo a través de la meditación y del estudio por parte de los fieles, por medio del conocimiento profundo, que deriva de la experiencia espiritual y por medio de la predicación de «los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad» (Dei Verbum, 8) (Joseph Ratzinger)[31].

En relación con la afirmación de la revelación plena en Cristo, el Catecismo pone en su lugar las llamadas revelaciones privadas, que nunca se pueden considerar como un complemento y, menos aún, como una corrección de la fe. Es más, no pertenecen al depósito de la fe revelada, sino que son simplemente una ayuda para vivir la fe. Así comentaba el cardenal Ratzinger el sentido de las revelaciones privadas, a propósito de la revelación del tercer secreto de Fátima, después de citar este n. 67 del Catecismo:

Se deben aclarar dos cosas:

1. La autoridad de las revelaciones privadas es esencialmente diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en efecto, en ella, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos habla. La fe en Dios y en su Palabra se distingue de cualquier otra fe, confianza u opinión humana. La certeza de que Dios habla me da la seguridad de que encuentro la verdad misma y, de ese modo, una certeza que no puede darse en ninguna otra forma humana de conocimiento. Es la certeza sobre la cual edifico mi vida y a la cual me confío al morir.

2. La revelación privada es una ayuda para la fe, y se manifiesta como creíble precisamente porque remite a la única revelación pública. El Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV, dice al respecto en su clásico tratado, que después llegó a ser normativo para las beatificaciones y canonizaciones: «No se debe un asentimiento de fe católica a revelaciones aprobadas en tal modo; no es ni tan siquiera posible. Estas revelaciones exigen más bien un asentimiento de fe humana, según las reglas de la prudencia, que nos las presenta como probables y piadosamente creíbles». El teólogo flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de esta materia, afirma sintéticamente que la aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene tres elementos: el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe y las buenas costumbres; es lícito hacerlo público, y los fieles están autorizados a darle en forma prudente su adhesión[32]. Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por eso no se debe descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la misma.

El criterio de verdad y de valor de una revelación privada es, pues, su orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de Él, cuando se hace autónoma o, más aún, cuando se hace pasar como otro y mejor designio de salvación, más importante que el Evangelio, entonces no viene ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el interior del Evangelio y no fuera del mismo. Esto no excluye que dicha revelación privada acentúe nuevos aspectos, suscite nuevas formas de piedad o profundice y extienda las antiguas. Pero, en cualquier caso, en todo esto debe tratarse de un apoyo para la fe, la esperanza y la caridad, que son el camino permanente de salvación para todos[33].

 

La cruz luminosa

 

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NOTAS

[1] Seguramente este rasgo queda más claro en el texto latino oficial: «Placuit Deo in sua bonitate et sapientia Seipsum revelare».

[2] R. Latourelle, Teología de la Revelación, Salamanca 1979, 4ª ed. (Sígueme), 406.

[3] Eclesiam suam, 64. Citado en H. de Lubac, Comentario al preámbulo y al capítulo primero, en B.-D. Dupuy (dir.), La Revelación divina, I, Constitución Dogmática «Dei Verbum», Salamanca 1970 (Taurus), 183-367, p. 202-203.

[4] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, V, L’épreuve de la Foi et la chute originelle, Paris 2001 (Téqui), 39.

[5] «Misterio de su voluntad» hace referencia a la expresión que usa san Pablo para manifestar el plan salvador de Dios que se ha manifestado al final de los tiempos en Cristo: «…dándonos a conocer el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra» (Ef 1,9-10; cf. Col 1,26-27; 1Tm 3,16).

[6] H. de Lubac, Comentario al preámbulo y al capítulo primero, 200.

[7] M.-D. Molinié, L’épreuve de la Foi et la chute originelle, 56.

[8] R. Latourelle, Teología de la Revelación, Salamanca 1979, 4ª ed (Sígueme), 359.

[9] Citado en Joseph Huby, christus, 1935, 6ª ed., 982-983, citado a su vez en H. de Lubac, o. c., 211-212.

[10] R. Latourelle, Teología de la Revelación, 367.

[11] R. Latourelle, Teología de la Revelación, 360.

[12] H. de Lubac, Comentario al preámbulo y al capítulo primero, 204-205.

[13] Valerio Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios. Introducción general a la Sagrada Escritura, Bilbao 1995, 4ª ed. (Desclée de Brower), 47, que se refiere a la obra de L. Alonso Schökel, Il dinamismo della tradizione, Brescia 1970 (Paideia), 89-93.

[14] P. Grelot, La Bibbia e la Teologia, 120-121, citado en V. Mannucci, o. c., 243. Traducción española: Biblia y Teología, Barcelona 1978 (Herder).

[15] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, III, La Trinité, Paris 2001 (Téqui), 19-21.

[16] R. Latourelle, Teología de la Revelación, 359.

[17] José Antonio Sayés, Compendio de Teología Fundamental. La razón de nuestra esperanza, Valencia 1998 (Edicep), 173.

[18] No faltan referencias a esta nueva alianza, prometida por los profetas, en el Nuevo Testamento, empezando por las palabra de Jesús en la institución de la Eucaristía (Lc 22,20), siguiendo por la cita textual que hace Hb 8,6-13, que proclama a Jesús como mediador de la nueva alianza anunciada en Jr 31,31-34; o la mención de san Pablo a la nueva alianza en 2Co 3,6.

[19] Puede leerse también el resumen de la Historia de la Salvación y sus etapas que hace H. de Lubac, o. c., 231-253, comentando el texto de la Dei Verbum.

[20] San Ireneo, Adversus Haereses, V, 1, citado en H. de Lubac, o. c., 265.

[21] «En el texto que nos ocupa, el énfasis inicial del “multis modis” con que se abre la frase implica, sin necesidad de más aclaraciones, que la revelación comunicada por el Hijo es total, definitiva y perfecta» (C. Spicq, L’Épître aux Hébreux, Paris 1953 (Gablada), I, 301-302, n. 5, citado en H. de Lubac, c, 256-257).

[22] Citado en H. de Lubac, o. c., 212.

[23] Valerio Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 51.

[24] H. de Lubac, o. c., 274-275.

[25] H. de Lubac, o. c., 283.

[26] A la Pontificia Universidad Urbaniana el 21 de octubre de 2014.

[27] Para profundizar en este tema puede leerse el documento del Consejo Pontificio para la cultura-Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso, Jesucristo portador del agua viva. Una reflexión cristiana sobre la “Nueva Era” del año 2003. Puede también leerse Molinié, Cartas a sus amigos, nº 38.

[28] Pío XI, encíclica Mit brennender Sorge del año 1937.

[29] San Vicente de Leríns, Conmonitorio, 22-23.

[30] H. de Lubac, o. c., 280-281.

[31] Comentario teológico que forma parte del documento de la Congregación para la doctrina de la fe del año 2000, titulado El mensaje de Fátima.

[32] E. Dhanis, Sguardo su Fatima e bilancio di una discussione, en: La Civiltà Cattolica 104, 1953, II. 392-406, en particular 397.

[33] Comentario teológico que forma parte del documento de la Congregación para la doctrina de la fe del año 2000, titulado El mensaje de Fátima.

 

 

 

 

 

 

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