Lectura contemplativa del Catecismo

Lectura contemplativa del Catecismo de la Iglesia Católica (3)

La búsqueda de Dios

 

Un hombre ante una alta escalera

 

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26 Cuando profesamos nuestra fe, comenzamos diciendo: «Creo» o «Creemos». Antes de exponer la fe de la Iglesia tal como es confesada en el Credo, celebrada en la Liturgia, vivida en la práctica de los Mandamientos y en la oración, nos preguntamos qué significa «creer». La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida. Por ello consideramos primeramente esta búsqueda del hombre (capítulo primero), a continuación la Revelación divina, por la cual Dios viene al encuentro del hombre (capítulo segundo), y finalmente la respuesta de la fe (capítulo tercero).

Este número del Catecismo nos ayuda a situar lo que vamos a tratar en del conjunto del Catecismo y de nuestra misma fe. Vamos a dedicar nuestro curso de formación a la primera parte del Catecismo, que desarrolla a la profesión de fe (luego siguen la moral, la liturgia y la oración).

Antes de comentar paso a paso el contenido de la fe (la segunda sección que se dedica al Credo), vamos a dedicarnos a intentar entender cómo es el proceso de la fe, en tres fases (que corresponden a los tres primeros capítulos): el hombre es capaz de Dios, Dios al encuentro del hombre (la revelación) y la respuesta del hombre a Dios (la fe). Este esquema resumido puede ayudar a situarnos:

Esquema de la primera parte del Catecismo: La profesión de fe

Primera sección: Creo-Creemos

  Cap. 1: El hombre es capaz de Dios

   I. El deseo de Dios

    II. Las vías de acceso a la comunicación con Dios

    III. El conocimiento de Dios según la Iglesia

    IV. Cómo hablar de Dios

  Cap. 2: Dios al encuentro del hombre

  Cap. 3: La respuesta del hombre a Dios

Segunda sección: La profesión de la fe cristiana

  Cap. 1: Creo en Dios Padre

  Cap. 2: Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios

  Cap. 3: Creo en el Espíritu Santo

· · ·

Sería conveniente releer y tener presente este esquema del Catecismo y de la parte que vamos a considerar para saber dónde estamos cuando vayamos analizando cada punto.

Comenzamos, pues, contemplando al hombre como un ser esencialmente capaz de Dios, según nos demuestra el deseo de Dios inherente a la condición humana.

27 El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar: «La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador» (GS 19,1).

Hay que subrayar la relación de este número del Catecismo con lo que leíamos en el n. 1: «Dios [...] ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada [...]. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas». Ése es el fundamento de las afirmaciones de este punto, que podemos exponer en otro orden para intentar aclarar la dinámica de la búsqueda de Dios insertada en el corazón del hombre:

 

La creación del hombre de la Capilla Sixtina

 

1. Dios crea al hombre para él: para entrar en comunión con él, unirse a él y vivir con él.

2. En consecuencia, el deseo de Dios está inscrito en nuestro ser, ya que venimos de Dios y somos «seres-para-Dios».

3. De este deseo nace de forma «natural» la búsqueda permanente de la verdad y de la felicidad, que sólo encontrará respuesta plena en Dios.

4. Por su parte, Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí.

El Catecismo nos está hablando de lo que es el hombre y de las consecuencias de haber sido creado no sólo por Dios, sino también -y eso se suele olvidar con frecuencia- de haber sido creado para Dios. Porque no sólo hemos de mirar a Dios como nuestro origen, sino también como nuestro destino, como el único que da su verdadera plenitud a la vida humana.

Como apoyo y desarrollo de lo dicho, el Catecismo cita la Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, que nos ayuda a profundizar en la esencia del hombre y sus consecuencias:

1. Aclara el punto clave en la creación del hombre por y para Dios: el amor. Lo que mueve a Dios a crear al hombre por él y para él es la sobreabundancia de su amor, que se desborda gratuitamente en una criatura que nace del «deseo» y de la «decisión» de Dios de introducir al ser humano en el diálogo de amor que es Dios. Es ese amor el que hace que existamos, no sólo como género humano, sino como persona individual. Y es ese mismo amor el que nos sostiene en la existencia.

2. El hombre está llamado al diálogo con Dios desde el inicio de su vida, porque la relación con Dios forma parte esencial de su ser hombre: ha sido creado para ese diálogo, más aún, para participar en el diálogo de amor que existe en Dios entre el Padre y el Hijo por medio del Espíritu.

3. La dignidad humana nace de esta llamada al diálogo y a la comunión con Dios: eso es lo que nos hace valiosos; de ahí nace la inviolabilidad de la persona y los derechos inalienables de cada vida humana. Esto es lo más preciso, concreto y elevado que se puede decir del hombre.

4. La Gaudium et spes nos ayuda a entender más claramente nuestra parte en la consecución de esa plenitud que es la comunión con Dios: El ser humano (cada uno de nosotros) sólo vive según la verdad -la verdad de lo que es- cuando reconoce libremente su origen en el amor de Dios y se entrega por amor a él, realizando -libre y amorosamente- aquello para lo que ha sido creado. Por eso, la búsqueda de Dios, que marca definitiva y esencialmente nuestro corazón, es también nuestra más importante tarea y responsabilidad.

 

Orando en lo alto del monte

 

A esta explicación del contenido del catecismo podemos añadir las siguientes reflexiones:

1. Hemos dicho que de este deseo surge de forma «natural» la búsqueda de Dios. Tenemos que matizar este adjetivo: el deseo y la búsqueda de Dios es natural en el ser humano porque nace de su misma naturaleza, en el sentido de que nace de lo que el hombre es realmente tal como ha salido de las manos de Dios. Sin embargo, no es «natural» en el sentido de que el hombre tenga una naturaleza humana independiente de Dios, que le permitiría alcanzar su plenitud al margen de Dios. Lo que se está afirmando es que no existe ningún hombre que tenga una naturaleza humana meramente natural, valga la expresión; es decir, que no tenga nada que ver con Dios, que no tenga a Dios como su origen y su meta, que pueda alcanzar su plenitud sin la comunión con Dios. Dicho de otro modo, que no existe ningún hombre que en su naturaleza -en su ser- no tenga inscrita esa necesidad de lo sobrenatural, esa llamada a la comunión con Dios y, en consecuencia, para llegar a ser plenamente hombre no tiene más camino que responder a esa llamada buscando la comunión con Dios. En ese sentido habría que valorar la aportación del existencialismo, que descubre en el hombre un ser incompleto, sin terminar, que tiene que realizarse. Pero a esta perspectiva, la fe le añade la necesaria luz que descubre que el ser humano no está lanzado al vacío o al sinsentido, como si tuviera que intentar realizarse a sí mismo con sus propias fuerzas, a veces en un intento desesperado de alcanzar una meta imposible. Lejos de eso, el ser humano está marcado por una necesidad muy concreta, que no puede llenar por sí mismo, pero que Dios sí puede y quiere llenar, puesto que le ha creado para la comunión con él.

Por lo tanto, para una recta comprensión del ser humano y de su relación con Dios, hay que mantener a la vez: a) que esa necesidad de entrar en comunión con Dios define al ser humano y, por lo tanto, el hombre no es un ser simplemente natural; y b) que esa llamada a la comunión con Dios, que define al hombre, es una gracia de Dios como vocación y como realización; es decir, que Dios nos llama a esa comunión y nos la regala gratuitamente, por amor; no como algo que él nos debe o que podamos alcanzar con las fuerzas de nuestra naturaleza. En ese sentido somos radicalmente incompletos y pobres, es decir, niños; y, a la vez, estamos llamados a una plenitud que es inimaginable sin la revelación e inalcanzable sin la gracia.

Estamos metidos de lleno en uno de los puntos esenciales de la antropología teológica, es decir, de la comprensión del ser humano a la luz de la revelación:

Lo que desde el punto de vista teológico constituye al hombre como tal es la invitación de Dios a la comunión con él, a participar en la relación que en el seno mismo del amor intratrinitario une a Jesús con el Padre. Ésta es la única definición teológica original del hombre, la que parte del designio de amor sobre él [...] El «hombre» es ante todo lo que Dios con su eficaz voluntad creadora ha querido y quiere que seamos; no hay una noción de hombre «previa» a la voluntad divina expresada en los hechos, o, al menos, no tenemos ningún acceso a ella. Pienso que este punto es decisivo [...] Millones de años de evolución para dar lugar a la criatura inteligente no tienen otro sentido más que crear la condición para hacer posible la venida de Jesús y que éste pueda comunicar la vida divina a la criatura capaz de recibirla. El hombre está pues pensado para poder recibir la filiación divina. Ésta es nuestra más profunda «naturaleza» tal como la ha querido el Creador [...]

Ahora bien, y aquí deseo recoger una intuición de H. de Lubac, este don de Dios, incluso para los seres que somos nosotros que no tenemos otra finalidad que recibirlo, es siempre gratuito; no tenemos derecho a él aunque Dios nos haya creado para dárnoslo [...] Luego la plenitud humana de la filiación divina en Jesús, aun estando el hombre destinado a ella, no puede recibirse más que como gracia. Y ello con mucha mayor razón si pensamos que el hombre ha sido y es infiel a Dios en el pecado; aunque es claro por otra parte que la gratitud radical del don de Dios se basa en que es otorgado a la criatura, no al pecador, esta condición de la que todo hombre participa añade un nuevo título a la gratuidad [...]

Dado el destino del hombre debemos afirmar su condición «supracreatural»; es criatura de Dios y a la vez más que esto. Es una criatura que rebasa la condición de tal, porque sólo lo es en la medida en que hace falta un ser distinto de Dios para que éste pueda comunicar libremente su amor. Si esto es así todo el ser del hombre, incluso su dimensión de criatura, aparece orientado internamente hacia la recepción de la filiación divina en participación de la de Jesús; sólo si la consigue se realiza como hombre (L. F. Ladaria)[1].

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Hemos dicho suficientemente que, para los cristianos, la salvación no es una doctrina o una sabiduría, sino Alguien: la salvación es el Salvador; y el Salvador es el mismo Dios encarnado, muerto y resucitado por nosotros. Para definir la salvación, hay que recurrir, como vemos, a toda la revelación. Visto que esta búsqueda será nuestra preocupación exclusiva en los fascículos siguientes, quisiera sólo despejar el terreno disipando un error que había visto desde el comienzo del capítulo sobre la ley.

Éste es el error. Como hemos visto, nos hacemos una idea muy insuficiente de las posibilidades de la naturaleza humana como tal (si fuera inocente): reservamos, pues, al orden de la gracia el movimiento de oblación extática por el cual amamos a Dios con un amor de preferencia como primer beneficiario. Mediante lo cual se hace casi inevitable definir la salvación y la misma gracia a través de este amor oblativo, llamado desde entonces caridad sobrenatural.

Todo cambia si comprendemos que la naturaleza, al no haber salido «curva» de las manos de Dios, ha perdido su rectitud a causa del pecado. La oblación extática no es, pues, un fruto exclusivo de la gracia: ésta nos la restituye, no la genera.

Es verdad que podríamos definir la salvación como una restitución pura y simple de la inocencia, extasiada en el amor a Dios sobre todas las cosas: «Da igual, dirán algunos, poco importa que la gracia inaugure el verdadero amor de Dios o que sólo nos lo restituya. De todos modos, la salvación no es otra cosa..., y tampoco hay otra cosa que hacer que proponer a los cristianos amar a Dios sobre todas cosas y al prójimo como a uno mismo».

Los que quieren contentarse con tal programa corren el grave riesgo de ser condenados por ese mismo programa, porque no sólo no lo practican, sino que, pretendiendo reducir la gracia a una curación que restablecería nuestro corazón a su rectitud natural, prácticamente le dan la espalda a esta gracia y, en consecuencia, a la curación...

En efecto, la gracia no es solamente -ni siquiera en principio- una curación, y los que quieren contentarse con ser curados no serán curados. Dios no propuso nunca a los hombres (ni a los ángeles) un destino puramente natural, consistente sólo en amarle sobre todas las cosas, por admirable que sea este amor. Les propuso «ser consagrados» por la irrupción del fuego divino, lo que es una perspectiva muy distinta y que nos entrega, por último, las verdaderas dimensiones de la gracia.

El amor natural se adapta, en efecto, a los límites de cada criatura. Por el contrario, la irrupción del fuego divino hace estallar estos límites y lleva a la criatura al amor mismo con el que Dios se ama: la inicia en este Amor a través del amor natural y sin destruir el amor natural, pero disolviendo sus límites en el modo infinito del Amor increado. Entre el amor natural más puro y el amor sobrenatural hay, pues, continuidad, porque el amor sobrenatural prolonga y consuma el movimiento mismo de la naturaleza inocente; pero hay también un abismo: toda la distancia entre lo finito y lo infinito, lo creado y lo Increado. El amor natural es un amor total, oblativo, extático, lo que es ya muy hermoso..., pero el amor que procede de la gracia es un amor eterno, un «fuego devorador», representado por la llama de la zarza ardiente que ardía sin consumirse. A este fuego es a lo que estamos destinados (toda criatura debe ser salada por el fuego) por eso, el ojo del hombre no vio, ni su oído oyó, ni ha llegado a su corazón... lo que Dios prepara a los que le aman» (1Co 2,9) (Molinié, La ley y la gracia; segunda parte, I. El subrayado es nuestro)[2].

2. Esta realidad del ser humano tiene consecuencias muy importantes para entender cómo encaja la vida contemplativa en el ser del hombre; y comprender que ésta, no constituye, de ningún modo, un añadido a la vida cristiana y humana, y menos aún algo extraño a la naturaleza humana:

La resistencia es de otro orden, pero posiblemente más feroz todavía, a propósito del término vida contemplativa, considerado como algo que designa una actitud de refinamiento intelectual y «griego» que se opone al espíritu cristiano. Poco deseoso de momento de meterme en una disputa técnica, me contentaré con definir la contemplación cristiana, que no tiene nada de contemplación filosófica. Como la de Dios, la contemplación cristiana es, en efecto, trinitaria, es el fuego de dos miradas que se devoran por amor. Nuestra contemplación no es la nuestra, sino la de Dios que nos busca a través del rostro de Cristo por medio del Espíritu Santo..., y como él sólo sabe hacer eso, no tenemos nada más que hacer sino volcarnos progresivamente en esta contemplación eterna: en este sentido tan preciso, que implica diálogo, es en el que llamamos contemplativa a la vida interior de Dios, y llamamos contemplativa también a la vida cristiana, toda vida cristiana.

En la medida en que un cristiano acepta rezar, acepta comprender esto. Porque él no reza para modificar la voluntad de Dios (es imposible), sino para acoger su mirada más profunda que es precisamente dialogar con nosotros: eso es lo único que Dios no puede hacer sin nuestra oración, porque para dialogar hay que ser dos. Desde el momento en que una oración escapa de la rutina o de la obsesión de un puro resultado temporal, en cuanto intenta ponerse frente a Cristo como alguien ante Alguien, es contemplativa, conscientemente o no.

Cualquiera que sea la importancia de las tareas que nos solicitan en este mundo, no tenemos otro destino, incluso en la tierra, que el de dejarnos engullir progresivamente por este diálogo que viene de Dios y vuelve a Dios. Para un cristiano, amar a los demás es desear para ellos este diálogo como lo desea para sí mismo. El sentido del mundo material (y esto es grave) es hacer nacer a los hijos de Dios, alimentarlos, vestirlos, instruirlos, ofrecerles un desarrollo humano, que permita a Dios ofrecerles su Amor.

Nosotros debemos «lavarnos los pies» unos a otros, según el ejemplo de Cristo, en primer lugar para hacernos un servicio material (y esto engloba todos los actos de caridad posibles e imaginables), pero después, y sobre todo, para expresar el deseo que tiene Dios de lavarnos los pies él mismo, lo que sólo puede significar una intimidad contemplativa. La fe y la esperanza pasarán, pero este gesto de amor no pasará, que fue también el gesto de María Magdalena al regar los pies de Jesús con su llanto, y su cabeza con un perfume de gran valor, con el que «se habría podido dar el dinero a los pobres»: quizá darles dinero, pero no darles el amor, porque no hay otro amor que el que hace esos gestos.

Toda actividad de este tipo es profundamente celeste y contemplativa, y debemos hacer el resto como si no lo hiciéramos, porque «pasa la figura de este mundo, y nuestro diálogo está en los cielos». Cualquiera que intenta amar, no sólo a los que le agradan sino también a los demás, y hasta a sus enemigos, no sólo para hacerles el bien sino con el tormento incesante de buscar su mirada para dar todo en un diálogo sin fin, cualquiera que actúa así es, quizá ignorándolo, un contemplativo...

Y cualquiera que no actúa así, cualquiera que gasta sus fuerzas sin dar su misma sustancia y sin aceptar entregarse en un diálogo eterno ya en este mundo, ese no es cristiano o, por lo menos, no actúa como cristiano. Entiendo claramente que este diálogo, como todo diálogo con Dios, que es sólo una superabundancia de diálogo, se desarrolla en la oscuridad austera de la fe; pero precisamente nosotros miramos lo que no se ve, vivimos para lo que no se ve, y en eso somos cristianos, por tanto, contemplativos. Lo que somos aún no se ha descubierto y llevamos este tesoro en un vaso de barro: donde está nuestro tesoro, también está nuestro corazón, en el Reino invisible de los que creen, esperan y aman (Moinié, La ley y la gracia, segunda parte, capítulo I)[3].

 

Rezando de rodillas en el atardecer

 

En este sentido tenemos que indicar la importancia que dan los Fundamentos a la búsqueda de Dios:

a) En primer lugar, el anhelo y la búsqueda de Dios es la primera clave de discernimiento de la vida contemplativa, que encaja en ese deseo inscrito por Dios en el corazón del hombre y lo desarrolla. De nuevo descubrimos que la vida contemplativa es la vida humana en plenitud y que la unión con Dios no es la vocación de  unas pocas personas extrañas o de cristianos especiales, sino lo que constituye el ser y la vocación de todo hombre. De ahí que el anhelo y la búsqueda de Dios sea una clave fundamental para descubrir la llamada de Dios a realizar la vida cristiana (y humana en plenitud):

El que ha sido llamado por Dios a la vida contemplativa experimenta un incurable anhelo de Dios que le hace sentir una insatisfacción general ante todo lo que no sea Dios; viviendo apasionadamente lo que expresaba san Agustín: «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti». Se trata de la consecuencia natural de aquello que nos dice el Señor: «No sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo» (Jn 15,19). Esto, que es común a todo cristiano, se hace dramático en el contemplativo.

Podríamos definir este anhelo como una polarización permanente e invencible hacia Dios; que puede vivirse tanto de forma «positiva», como experiencia de un fuerte deseo de Dios; o de forma «negativa», como sentimiento doloroso de su ausencia, que genera un gran deseo y mueve con fuerza a buscarlo (Fundamentos, 19-20).

b) En el fundamento del ser del contemplativo encontramos esa búsqueda de Dios, sembrada desde el comienzo de nuestro ser y avivada por la gracia de la llamada a la vida contemplativa. A ese deseo que Dios pone en nuestro corazón se suma la otra búsqueda, la búsqueda permanente que realiza Dios para salir a nuestro encuentro:

La vida contemplativa comienza a brotar en el corazón del bautizado por una seducción de Dios: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20,7). Se trata de una seducción que mueve a la persona y la orienta completamente hacia Dios, empapando toda su existencia en la tensión de Dios y haciendo así realidad el espíritu del primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5).

A partir de aquí, la vida del contemplativo se podría definir fundamentalmente como una búsqueda permanente de Dios, que orienta toda su existencia hacia el encuentro con él [...]

Esta seducción de Dios es fruto de un encuentro con él, que nos sale al paso en el camino de la vida. Se trata de un encuentro que se vive ya aquí y ahora, pero como anticipo y preparación de su plenitud que tendrá lugar en la vida eterna. Por eso, el contemplativo vive en la esperanza de la vida futura, como centinela que vigila, en medio de la noche, la llegada del amanecer.

El mismo nombre de contemplativo hace referencia a lo que constituye el eje de su vida, que es la contemplación. Y lo primero que hay que decir de ella es que el objeto al que se dirige la contemplación no es algo, sino Alguien: Jesucristo. Él es, para Dios, la imagen perfecta del hombre; y es, para el hombre, la imagen perfecta de Dios. En Jesucristo, el contemplativo descubre a un Dios apasionado por el hombre en un hombre apasionado por Dios; y este misterio lo hace suyo como motor profundo que ilumina su búsqueda de Dios, a la vez que unifica y da sentido a toda su vida. Así, en esa contemplación del Hijo de Dios, el contemplativo aprende de él a saciar la sed radical de Dios que le consume y le mueve a buscarlo apasionadamente (Fundamentos, 95-96).

c) De ahí que la vida contemplativa no pueda ser ni un añadido, ni un hobby, sino algo que encaja, a la vez, con lo más radical de nuestro ser, que es la gracia bautismal que nos hace hijos en el Hijo y la llamada concreta que le Señor nos hace como contemplativos:

Una primera consecuencia de todo esto es que la vida contemplativa no es algo que podamos fabricar a nuestro antojo, sino algo que nos viene dado. Como seducción de Dios, es un don inmerecido ante el que no cabe otra actitud que la receptividad. Y esta gracia no puede traducirse en una vida mediocre, sino excepcional, que viene marcada por la propia vocación contemplativa, que es una llamada de Dios y no algo que uno decide arbitrariamente, como si fuera un hobby o un entretenimiento. Es Dios quien nos escoge para que seamos contemplativos. Y uno puede negarse a su seducción, pero al altísimo precio del fracaso de la propia  vida interior. Por lo tanto, no estamos ante un tipo de vida que haya que conquistar, sino ante un modo de ser que hay que dejar que aflore desde lo más interior, allí donde Dios sembró, por el bautismo, la semilla de un amor infinito (Fundamentos, 96-97).

d) Los Fundamentos tienen en cuenta y comentan estas afirmaciones del Catecismo:

Podemos ir más allá todavía y descubrir que la vida contemplativa no es sólo la plenitud a la que está llamado todo cristiano y que se le ha dado en germen en el bautismo; es también el plan de Dios para todas las personas y, por eso, es el deseo fundamental que está encerrado en el corazón humano, independientemente de la conciencia que se tenga de él o de haber recibido o no el don del bautismo. De nuevo es el Catecismo de la Iglesia Católica el que nos recuerda que Dios ha creado al hombre «para que tenga parte en su vida bienaventurada» (n. 1) y que «el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre» (n. 27). Por eso, la meta, la felicidad y la plenitud del ser humano es «vivir en comunión con Dios» (n. 45), participando «por el conocimiento y el amor en la vida de Dios». El contemplativo no es ni un cristiano «especial» ni una persona «rara»; es el bautizado que llega a la plenitud, y también la persona que alcanza su realización plena en cuanto ello es posible en este mundo (Fundamentos, 98-99).

3. En este sentido tenemos que subrayar la importancia que tiene el hecho de que la dignidad del ser humano nace de esta llamada a la comunión con Dios:

-Y por lo tanto no depende de que nadie le otorgue esa dignidad y las consecuencias que derivan de ella: todo ser humano tiene la dignidad inviolable de haber sido creado para Dios, de estar llamado personalmente a la comunión con Dios. De esa dignidad nace el respeto a la vida desde el primer instante de su existencia y el derecho a buscar libremente la verdad y la felicidad.

-Esa dignidad no depende de otras capacidades físicas, psicológicas, intelectuales o morales y por lo tanto no se puede negar ni eliminar de ningún ser humano.

-Esto es lo que nos diferencia radicalmente de las demás criaturas, que tienen la dignidad de haber sido creadas por Dios y dan gloria a Dios siendo lo que son, pero no tienen la dignidad de estar llamadas a una comunión personal con Dios y no existe en ellas esa llamada a ser mucho más de lo que son ni esa desproporción entre lo que son y lo que están llamadas a ser.

4. No podemos terminar estas reflexiones sin aportar los textos bíblicos que describen la importancia y las características de la búsqueda de Dios y la sed de Dios que existe en el hombre; todo lo cual nos descubre a Dios como apasionado buscador del hombre:

Ya en los salmos se encuentra expresado el anhelo de Dios inscrito en el corazón del hombre:

Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? (Sal 42,2-3).

Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua (Sal 63,2).

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro (Sal 27,8).

Dios, que nos ha marcado con la necesidad de la comunión con él, subraya esta necesidad con mandatos y promesas:

Buscadme y viviréis (Am 5,4).

Buscad al Señor y vivirá vuestro corazón (69,33).

No abandonas a los que te buscan (Sal 9,11).

Aunque estas promesas no se limitan al Antiguo Testamento:

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Mt 7,7).

Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura (Mt 6,33).

Y, a la vez, él nos busca con todas sus fuerzas. Esta búsqueda del hombre por parte de Dios es el motor de toda la historia de la salvación:

Me he hecho encontradizo de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije «aquí estoy, aquí estoy» a gente que no invocaba mi nombre (Is 65,1).

Pero esta búsqueda de Dios, que define el ser del hombre, no es automática ni la llevan a cabo todos, sino que requiere una disposición que demuestra su autenticidad:

El Señor observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si alguno sensato que busque a Dios (Sal 14,2 = 53,3).

Me buscaréis y me encontraréis cuando me busquéis de todo corazón; me dejaré encontrar de vosotros (Jr 29,13).

28 De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado a su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso: «El creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra y determinó con exactitud el tiempo y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen a Dios, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,26-28).

Las religiones y todas las expresiones de religiosidad desde el comienzo de la historia humana tienen su fundamento en el hecho de que el ser del hombre está marcado sustancialmente por la necesidad de la comunión con Dios y son manifestación de que ha sido creado para Dios. En este sentido, todas las religiones tienen que ser valoradas como expresiones del ser profundo del hombre y nos permiten afirmar que el hombre es un ser esencialmente religioso.

Pero eso no quiere decir que todas esas religiones y sus expresiones tengan el mismo valor, ni que carezcan de «ambigüedades», ya que a la vez que nacen de la necesidad de buscar a Dios pueden oscurecerla y dificultarla.

También tenemos que valorar muchas expresiones «ambiguas» de la religiosidad contemporánea (incluso supersticiosa) que sigue señalando al ser humano como ser religioso; pero es preciso distinguir en ellas lo que tienen de manifestación de un auténtico deseo de Dios y los elementos que dificultan e incluso impiden que se lleve a cabo el encuentro con el Dios verdadero. Esas manifestaciones de la religiosidad humana, ambiguas, incompletas e incluso erróneas constituyen un llamamiento a la tarea de purificar la búsqueda de Dios en el corazón de los hombres y facilitar así el encuentro del hombre creado para la comunión con el Dios trinitario, que sale al encuentro del hombre en Jesucristo. En este sentido podemos reconocer en la necesidad de espiritualidad que manifiesta el hombre de hoy de tantas maneras la tarea y la grave responsabilidad que tiene el cristiano para mostrar esto al hombre actual.

El Concilio Vaticano II nos ayuda a entender, a la vez, la valoración de las demás religiones, sus limitaciones, y la tarea de los cristianos (el subrayado es nuestro).

Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra, y tienen también un fin último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extienden a todos, hasta que se unan los elegidos en la ciudad santa, que será iluminada por el resplandor de Dios y en la que los pueblos caminarán bajo su luz.

Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte?¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?

Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana y a veces también el reconocimiento de la Suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con íntimo sentido religioso. Las religiones a tomar contacto con el progreso de la cultura, se esfuerzan por responder a dichos problemas con nociones más precisas y con un lenguaje más elaborado. [...] Así también las demás religiones que se encuentran en el mundo, se esfuerzan por responder de varias maneras a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es decir, doctrinas, normas de vida y ritos sagrados.

La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn., 14,6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas (Nostra aetate, 1-2)[4].

 

Encuentro de líderes religiosos con Juan Pablo II en Asís

 

Son muy luminosas a este respecto las palabras de Benedicto XVI a propósito de la necesidad de mantener la verdad sobre Dios en el discernimiento de las religiones:

El Señor Resucitado encargó a sus apóstoles, y mediante ellos a los discípulos de todos los tiempos, que llevaran su palabra hasta los confines de la tierra y que convirtieran a los hombres en sus discípulos. El Concilio Vaticano II, retomando en el decreto «Ad gentes» una tradición constante, sacó a la luz las profundas razones de esta tarea misionera y lo ha asignado así con fuerza renovada a la Iglesia de hoy.

¿Pero esto es válido realmente todavía? se preguntan muchos hoy, dentro y fuera de la Iglesia. ¿La misión es realmente actual todavía? ¿No sería más apropiado encontrarse en el diálogo entre las religiones y servir juntas a la causa de la paz en el mundo? La contra-pregunta es: ¿el diálogo puede sustituir a la misión? Hoy, efectivamente, muchos son de la idea que las religiones deberían respetarse y, en el diálogo entre ellas, convertirse en una fuerza común de paz. En este modo de pensar, la mayoría de las veces se da por supuesto que las diferentes religiones son variantes de una única y misma realidad; que la «religión» es el género común que asume formas diferentes según las diferentes culturas, pero que expresa de todos modos una misma realidad. La cuestión de la verdad, la que en el origen motivó a los cristianos más que todo lo demás, aquí es puesta entre paréntesis. Se supone que la auténtica verdad sobre Dios, en última instancia, es inalcanzable y que a lo sumo se puede hacer presente lo que es inefable sólo con una variedad de símbolos. Esta renuncia a la verdad parece realista y útil a la paz entre las religiones del mundo.

Pero esto es letal para la fe. En efecto, la fe pierde su carácter vinculante y su seriedad, si todo se reduce a símbolos en el fondo intercambiables, capaces de referirse sólo de lejos al misterio inaccesible de lo divino.

Queridos amigos, vean que la cuestión de la misión nos pone no sólo frente a las preguntas fundamentales de la fe, sino también frente a la pregunta de lo que es el hombre [...]

1. La opinión común es que las religiones están, por así decir, una junto a la otra, como los continentes y los países individuales en el mapa. Pero esto no es exactamente así. A nivel histórico, las religiones están en movimiento, de la misma manera que están en movimiento los pueblos y las culturas. Hay religiones que están en actitud de espera. Las religiones tribales son de este tipo: tienen su momento histórico y sin embargo están a la espera de un encuentro más grande que las lleve a su plenitud.

Nosotros, como cristianos, estamos convencidos que, en el silencio, ellas esperan el encuentro con Jesucristo, la luz que viene de él, la única que puede conducirlas completamente a su verdad. Y Cristo las espera. El encuentro con él no es la irrupción de un extraño que destruye su propia cultura y su propia historia. Por el contrario, es el ingreso en algo más grande, hacia lo cual ellas están en camino. Por eso este encuentro es siempre, a la vez, purificación y maduración. Por otro lado, el encuentro es siempre recíproco. Cristo aguarda su historia, su sabiduría, su visión de las cosas.

Hoy vemos cada vez más nítidamente también otro aspecto: mientras que en los países de gran historia el cristianismo, en varios sentidos, se ha cansado y algunas ramas del gran árbol crecido de la semilla de mostaza del Evangelio se han secado y caen a tierra, del encuentro con Cristo por parte de las religiones en espera brota una nueva vida. Donde antes sólo había cansancio se manifiestan y llevan alegría nuevas dimensiones de la fe.

2. En sí, la religión no es un fenómeno unitario. En ella hay siempre muchas dimensiones distintas. Por un lado está la grandeza del extenderse, más allá del mundo, hacia el Dios eterno. Pero por otro lado se encuentran en ella elementos surgidos de la historia de los hombres y de su práctica religiosa. En ellas pueden encontrarse sin duda cosas bellas y nobles, pero también bajas y destructivas, allí donde el egoísmo del hombre se ha adueñado de la religión y, por el contrario, más que en una apertura la ha transformado en un encierro en el propio espacio.

Por eso, la religión jamás ha sido simplemente un fenómeno solo positivo o solo negativo: en ella están mezclados uno y otro aspecto. En sus inicios, la misión cristiana percibió en forma muy fuerte sobre todo los elementos negativos de las religiones paganas con las que se encontró. Por este motivo, el anuncio cristiano fue en un primer momento extremadamente crítico de la religión. Solamente superando sus tradiciones, que en parte consideraba también demoníacas, la fe pudo desarrollar su fuerza renovadora (Benedicto XVI)[5].

 

Rostro de la diversidad de razas

 

También son muy útiles a este respecto las ideas de Molinié sobre las diversas actitudes ante las demás religiones, porque el hecho de que las religiones sean expresión de que el hombre está marcado por el deseo de Dios, que la adoración sea para él un movimiento natural, y la mayoría de la humanidad rece de forma natural, eso no quiere decir que todas las religiones sean iguales (de nuevo, el subrayado es nuestro):

La adoración es un movimiento natural. Por eso, muchos hoy no ven por qué sería necesario ser cristiano o incluso judío. Cada uno su religión y, en última instancia, cada uno su verdad; expresión muy conocida. Dios no abandona a nadie, cada uno recibe la gracia que necesita. Bien está que cada uno siga su camino, sea fiel a sí mismo, a su religión, a su verdad... una verdad en la que, bien entendido, hay muchos errores, pero qué importa eso pues Dios nos salva de alguna manera a través de nuestras ilusiones, y de las parcelas de la verdad destiladas por esas mismas ilusiones.

Algunos pretenden apoyarse en el Vaticano II para decir eso. Ahora bien este Concilio no ha dicho jamás que las religiones vienen a ser lo mismo, sino que en todas las tradiciones hay una parte de verdad que la Iglesia honra, lo que es muy diferente. Porque eso no impide decir (y el Concilio lo hace explícitamente) que sólo la religión cristiana ha recibido la plenitud de la Revelación y en consecuencia de la Verdad.

Sí, cada uno se salva por la verdad que acoge y que ama. Esta verdad viene siempre de Dios, a través de la razón natural y de una revelación permanente que no se cansa de iluminar a los hombres de buena voluntad. Pero eso no quiere decir que los errores y las ilusiones no tengan importancia. Esos errores no son inocentes, resultan de una ceguera más o menos voluntaria que tiene siempre su peso de pecado –original, personal o los dos– pero pecado después de todo... y en consecuencia pone gravemente en peligro esa misma salvación ofrecida a todos (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 4,2)[6].

* * *

El padre Loew denuncia un segundo obstáculo que concierne a los occidentales del siglo XX, es decir a nosotros: la impresión ilusoria según la cual el sentido de Dios sería una excepción. Eso es verdad en nuestro ambiente, pero este medio mismo es una minoría: «Ocurre actualmente en algunos, en Francia y en algunos países de Europa, un singular acontecimiento: a fuerza de hacernos dudar de todo, han acabado por hacernos dudar de Dios. Querrían creer en él, pero no se atreven. Y a algunos les parece que el mundo entero está sumergido en el mismo error». Sin embargo el número de los que rezan es infinitamente superior al de los que no rezan. El último de los fieles en todas las religiones está más cerca de Dios que el grupito que ha perdido el camino de Dios, esa minoría pudiente del mundo occidental, educados cristianamente, que van más o menos a misa... pero que no rezan [Esto no quiere decir que todas las religiones sean iguales: si Dios se ha dado a conocer, la religión que recibe esta revelación es evidentemente la verdadera. Pero todas las religiones comulgan, más o menos profundamente, en la búsqueda y en la adoración de Dios.]. (Molinié, Carta 22)[7].

* * *

Ésa me parece que es una de las intenciones profundas del Concilio y de Pablo VI. La apertura al mundo puede, en efecto, significar dos cosas:

1. Detectar la Verdad por todas partes en donde se oculte: en los ateos y perseguidores, se buscarán las huellas de moral y filosofía; en las demás religiones (aunque persigan a Cristo), el sentido del verdadero Dios; en la herejía (aunque combata la fe católica), lo que le queda de verdad cristiana; por último en las iglesias cismáticas (aunque persigan a la Iglesia romana), se honrará la plenitud de los sacramentos. Esa actitud no es nueva, santo Tomás la puso particularmente por obra.

2. Proponer el Evangelio a los hombres en estado de pecado mortal como tales, dicho de otro modo: invitarles a la conversión, lo que tampoco es nuevo. El Vaticano II sólo ha subrayado que esta llamada debe respetar la libertad de la persona, dicho de otro modo: la libertad de pecar. Hay que tener el valor de decirlo (Molinié, El buen ladrón, segunda parte, capítulo 1)[8].

29 Pero esta «unión íntima y vital con Dios» (GS 19,1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos (cf. GS 19-21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf. Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10) y huye ante su llamada (cf. Jon 1,3).

Este número del Catecismo tiene una gran importancia para explicar por qué, si todo hombre está llamado a la unión con Dios y si el hombre es un ser religioso, hay tantos hombres que no tienen fe, que viven sin una necesidad de Dios y que, incluso, niegan a Dios.

Desde luego, el carácter esencialmente religioso del hombre no se deduce del número mayoritario de hombres que creen en Dios; es algo que sabemos por la revelación de Dios en Cristo. No estamos hablando de algo que dependa de las épocas o de las culturas, de que se acepte o se rechace por las mayorías o por cada uno; es algo que depende de Dios y él nos lo ha revelado.

Pero es necesario comprender cómo es posible que esa huella y deseo de Dios en el hombre se puedan «olvidar, desconocer o rechazar». Nótese que el Catecismo no dice «eliminar», porque están inscritos en el corazón de cada ser humano, y no podríamos seguir siendo humanos sin ellos.

Merece la pena enumerar las causas de estas actitudes, no sólo para comprenderlas, sino para poder reaccionar frente a ellas y para no colaborar con ellas. Tengamos en cuenta que en las personas concretas y, mucho más, en los grupos sociales, se combinan varias de estas causas:

1. La rebelión contra Dios a causa del mal que existe en el mundo:

No cabe duda de que la existencia del mal, especialmente del sufrimiento de los inocentes, supone una prueba para la fe en Dios que, en bastantes casos, produce una rebeldía contra la existencia de un Dios bueno que hace que olvidemos o rechacemos la posibilidad de buscar la unión con Dios.

Es muy necesario que en la presentación del mensaje cristiano no nos olvidemos nunca de mostrar de dónde surge el mal del mundo y cuál es la respuesta de Dios al sufrimiento del inocente, respuesta que se concentra en la cruz. Y, a la vez, tampoco hay que olvidar que el enfrentamiento con el mal del mundo no lleva siempre al alejamiento de Dios, sino que en otras ocasiones sirve para abrir los corazones a una respuesta nueva al problema del mal y al sentido de la vida. Sin embargo, al que está sumergido en el dolor, le valen de poco las respuestas teóricas, y necesita la compañía de los creyentes y que Dios le salga al encuentro, como le sucedió a Job.

2. La ignorancia o la indiferencia religiosas:

El deseo de Dios y la llamada a entrar en comunión con él es anterior a toda educación religiosa; y puede despertarse en niños y personas que no han tenido ninguna educación religiosa y han crecido en un ambiente lejano u hostil a la fe. Sin embargo, desgraciadamente, es muy frecuente, que esa necesidad de Dios quede ahogada por una falta de educación religiosa, por un ambiente que dificulta el reconocimiento y el desarrollo de la llamada a la comunión con Dios y, lo que es peor, por una enseñanza religiosa parcial o errónea que ahoga el desarrollo del deseo de Dios.

Hemos de ser conscientes del círculo vicioso que crea un ambiente que impide reconocer y responder a la vocación a la amistad con Dios, y que va haciendo más fuerte y generalizado ese ambiente. Pero, a la vez, hemos de afirmar que ningún ambiente puede eliminar totalmente la necesidad y la capacidad de Dios en el ser humano, y que en cualquier ambiente pueden surgir personas en las que esa llamada se haga tan fuerte que no sea posible acallarla.

3. Los afanes del mundo y de las riquezas:

Con frecuencia vemos que el vacío interior que existe en el ser humano, cuando Dios no lo llena, se trata de llenar con las riquezas y afanes de la vida. Siguiendo la intuición de Chesterton, que afirmaba que Dios no es el sustituto del sexo, como algunos afirman, sino que el sexo es el sustituto de Dios, podemos decir que el dinero, el consumo, la diversión y hasta la droga son sustitutos que, conscientemente o no, intentan rellenar el deseo de infinito que hay en el hombre y que sólo Dios puede colmar.

No es la ignorancia lo que provoca que los pobres busquen más a Dios, sino la riqueza la que embota el corazón del hombre y oculta una sed de Dios que sigue latiendo en el fondo de su ser. Y, a pesar de que comprobamos cómo el consumismo acalla la vocación del hombre a la comunión con Dios, no faltan casos en los que el hastío que provocan los afanes del mundo y sus riquezas hace aflorar con más fuerza una necesidad de Dios que no puede eliminarse del corazón humano.

4. El mal ejemplo de los creyentes:

Lejos de lamentarnos permanentemente por el ambiente contrario al desarrollo de la vida divina sembrada en el hombre, tenemos que ser muy conscientes de nuestra responsabilidad personal, como creyentes y en conjunto como Iglesia, de ser un serio obstáculo para que la vida divina pueda crecer en los demás: no sólo por los escándalos más graves, como los casos de sacerdotes pederastas, que hacen un daño terrible e irreparable a los que los sufren, sino también por los malos ejemplos de los cristianos, incluso muy practicantes, a los que no damos importancia, así como la falta de modelos concretos y atractivos de vida cristiana vivida en plenitud, es decir, de santos.

En este sentido hemos de recordar siempre este obstáculo que impide el desarrollo de la vida divina en nuestros contemporáneos para no creer que las causas de la increencia están siempre en el ambiente, y para reconocer que está en nuestras manos el facilitar dicho desarrollo con nuestra vida cristiana vivida con plenitud y alegría.

5. Las corrientes del pensamiento hostiles a la religión:

Pensemos en los «maestros de la sospecha» (Marx, Freud y Nietzsche), que han presentado la religión como instrumento de opresión, como una proyección del subconsciente o que han propuesto la muerte de Dios como única forma de la liberación del hombre. El mismo método científico llevado hasta el extremo (piénsese en el primer Wittgenstein) ha llegado a afirmar que ni siquiera podemos hablar de lo que no puede expresarse en el lenguaje de la lógica matemática, y en consecuencia de Dios.

Pero las corrientes del pensamiento hostiles a la religión son mucho más amplias y no siempre necesitan justificarse de un modo teórico, más o menos filosófico. Hay todo un ambiente cultural y de opinión que, sin necesidad de ser una corriente de pensamiento, ataca a la religión (especialmente al catolicismo) y lo presenta como algo perverso, ridículo, superado y despreciado por cualquier persona culta o moderna. Este ambiente, claramente hostil, hace muy difícil que se pueda reconocer y responder a la llamada de Dios a la unión con él. Y, sin embargo, no puede eliminarla.

6. La actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios y huye ante su llamada:

No hay que ser tan ingenuos como para pensar que el rechazo a la religión, a la fe, al mismo Dios, tenga siempre el fundamento de honradez intelectual del que busca la verdad sin prejuicios. El que quiere justificar su pecado e instalarse en él tiene que negar a Dios y toda referencia moral objetiva. Quien no está dispuesto a reconocer su pecado y a convertirse tiene que acallar y negar al Dios que le llama a la comunión con él y, en consecuencia, le invita a una nueva vida. «Todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras» (Jn 3,20). Detrás de muchos ataques a la religión por parte de ideologías ateas y del ambiente de desprecio a lo religioso está el pecado, que no se quiere reconocer o que se trata de justificar, y que necesita eliminar a Dios y acallar su llamada.

 

Anuncio del ateísmo en autobús

 

Este número del Catecismo invita a la lectura de lo que dice el Concilio del ateísmo y de sus causas, que desarrolla con más amplitud los enunciados del Catecismo:

Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con toda atención.

La palabra "ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites sobre esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre a Dios.

Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión.

Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.

Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance el poder público (Gaudium et spes 19-20)[9].

A continuación el Concilio nos ayuda a entender la actitud que la Iglesia, y por tanto nosotros, tiene ante el ateísmo (subrayamos algunos puntos):

La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana universal y privan al hombre de su innata grandeza.

Quiere, sin embargo, conocer las causas de la negación de Dios que se esconden en la mente del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas planteados por el ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres, la Iglesia juzga que los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y más profundo examen.

La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección. Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y, sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios y a la participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas -es lo que hoy con frecuencia sucede-, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación.

Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad.

El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad.

La Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el ateísmo, reconoce sinceramente que todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificación de este mundo, en el que viven en común. Esto no puede hacerse sin un prudente y sincero diálogo. Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes y no creyentes que algunas autoridades políticas, negando los derechos fundamentales de la persona humana, establecen injustamente. Pide para los creyentes libertad activa para que puedan levantar en este mundo también un templo a Dios. E invita cortésmente a los ateos a que consideren sin prejuicios el Evangelio de Cristo.

La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación del hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos más altos. Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón del hombre es aquello que «nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (GS 21)[10].

Puede ser interesante reflexionar sobre esta anécdota que presenta Molinié en sus catequesis a los jóvenes y describe bien el ambiente hostil a la religión en el que viven:

Una delegación soviética en visita oficial a las universidades francesas preguntó a una bibliotecaria: «¿Existe una cátedra de ateísmo en sus facultades?» Un poco desconcertada, la interpelada contestó más o menos: «Nos hemos hecho demasiado materialistas como para interesarnos por esas cuestiones. Ustedes creen todavía en la verdad, y su ateísmo es implícitamente espiritualista en su pureza doctrinal; nosotros somos tan materialistas que eso ya no nos interesa. Ustedes son ateos abstractos; nosotros lo somos de forma concreta. Después de todo, si les ofrecen una refutación sólida del ateísmo, eso les hará reaccionar; nosotros nos burlamos de toda refutación como de toda demostración». Los soviéticos volvieron la cabeza con un gran desprecio por esta cultura podrida... Esta historia es elocuente, muestra claramente el ambiente en que vivimos. Produce lástima el desamparo de los jóvenes en este terreno (Molinié, Adoración o desesperación, nº 16)[11].

También es interesante descubrir lo que hay (o puede haber) en el fondo del ateísmo y que se relaciona con la necesidad de Dios que caracteriza al ser humano:

El ateísmo es a menudo una blasfemia que se ignora (una blasfemia educada que prefiere dejar a Dios la posibilidad de no existir para no tener que rebelarse contra él), los ateos militantes suplican sin saberlo; pero no blasfeman contra la Misericordia que atrae a pesar de todo la mejor parte de ellos mismos, y que sin saberlo ellos invocan, desde el fondo de un desamparo del que se niegan a tomar conciencia (Molinié, El buen ladrón y los estigmas, segunda parte, capítulo II, nº 3)[12].

Para el contemplativo, este número del Catecismo tiene una especial importancia para ayudarle a entender la razón de que la unión con Dios y el diálogo con él (esto es, la vida contemplativa) sea una capacidad y necesidad esenciales de cada persona, mientras que, de hecho, pocos escuchan esa llamada a la unión con Dios, y menos aún tratan de responder a ella. El cúmulo de fuerzas que se oponen al reconocimiento y al desarrollo de esa vocación es tan grande y tan fuerte que podríamos afirmar con el cardenal Ratzinger que es un milagro que siga habiendo fe sobrenatural y, en consecuencia, vida contemplativa:

Si consideramos la presente situación cultural, acerca de la cual he intentado dar algunas indicaciones, nos debe francamente parecer un milagro que, a pesar de todo, todavía haya fe cristiana. Y no sólo en las formas sucedáneas de Hick, Knitter y otros; sino la fe completa y serena del Nuevo Testamento, de la Iglesia de todos los tiempos. ¿Por qué tiene la fe, en suma, todavía una oportunidad? Yo diría lo siguiente: porque está de acuerdo con lo que el hombre es. Y es que el hombre es algo más de lo que Kant y los distintos filósofos postkantianos quieren ver y conceder. Kant mismo lo ha debido reconocer de algún modo con sus postulados. En el hombre anida un anhelo inextinguible hacia lo infinito. Ninguna de las respuestas intentadas es suficiente; sólo el Dios que se hizo Él mismo finito para abrir nuestra finitud y conducirnos a la amplitud de su infinitud, responde a la pregunta de nuestro ser. Por eso, también hoy la fe cristiana encontrará al hombre. Nuestra tarea es servirla con ánimo humilde y con todas las fuerzas de nuestro corazón y de nuestro entendimiento[13].

Ese alejamiento de la vida sobrenatural es «normal» (en el sentido de habitual) en nuestras circunstancias; pero eso no es razón para hacernos creer que ser contemplativo sea algo excepcional, raro o añadido a la naturaleza humana. Todo lo contrario: sólo la vida contemplativa nos permite realizar el objetivo para lo que hemos sido creados y alcanzar la meta que nos da la plenitud de nuestra existencia.

A la vez, mantener este llamamiento universal a la unión con Dios nos hace mirar a los no creyentes, a los tibios y a nosotros mismos, no como personas «diferentes» que no han recibido esa llamada o no tienen capacidad para responder a ella, sino como personas en las que circunstancias ajenas y decisiones personales están ocultando una necesidad y una capacidad de Dios que nada puede eliminar. Eso es lo que alimenta y guía todo apostolado, que no consiste en valorar las posibilidades de conversión de una persona o de intentar crear en ella una sed de Dios que ya tiene, sino en quitar los obstáculos y facilitar las condiciones en las que esa llamada a la unión con Dios pueda ser escuchada y respondida.

Aunque en nuestro ambiente la vida contemplativa parezca imposible o extraña, eso no quiere decir que sea algo extraño o inalcanzable, se puede citar el ejemplo de Lewis al que alude frecuentemente Molinié:

Si todos los chicos reciben calabazas en un examen, ¿no estará la razón en la excesiva dificultad de la prueba? Eso pensarán, en efecto, los profesores antes de conocer que en otros colegios el noventa por ciento la ha aprobado. A partir de ese momento, empiezan a sospechar que la culpa no es de los examinadores. Muchos de nosotros hemos tenido la experiencia de vivir en algún círculo local de asociación humana -colegio, facultad, regimiento, o profesión particular- cuyo ambiente era malo. Dentro de estos círculos, determinadas acciones son consideradas normales («todo el mundo lo hace»). Otras, en cambio, son estimadas como virtudes quijotescas impracticables. Pero, al salir de esa mala sociedad, descubrimos horrorizados que en el mundo exterior ninguna persona decente hace las cosas consideradas «normales» en ella, y que las calificadas de quijotescas son aceptadas espontáneamente como nivel mínimo de decencia. Lo que nos parecían escrúpulos exagerados y fantásticos mientras estábamos dentro de nuestro círculo, resulta el único momento de cordura de que hemos gozado dentro de él (Lewis, El problema del dolor)[14].

30 «Se alegre el corazón de los que buscan a Dios» (Sal 105,3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, «un corazón recto», y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios. «Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (S. Agustín, Confesiones, 1,1,1).

Ante las dificultades que encuentra la sed de Dios en el hombre, la esperanza de éste sólo está en Dios que no cesa de buscar al hombre. De hecho, Dios sigue trabajando para que busquemos y encontremos la felicidad y la plenitud que está en la comunión con él (cf. Jn 5,17). Es ese trabajo de Dios en cada hombre lo que puede vencer -y vence- las resistencias y dificultades. Además del texto de Isaías citado más arriba (Is 65,1), recordemos la parábola de la oveja perdida en la que se nos habla de un Dios que busca al que se ha perdido «hasta que lo encuentra» (Lc 15,4).

 

Jesús me toma de la mano

 

Pero el hombre -cada hombre- tiene que hacer un esfuerzo para buscar a Dios. Ésa es nuestra tarea, así como el trabajo para ayudar a los demás para que puedan realizar el esfuerzo necesario para buscar a Dios. Ese esfuerzo tiene varios elementos, que se deben dar a la vez y que, de alguna manera, están contrapuestos a las causas del olvido, desconocimiento y rechazo a la llamada a la unión con Dios de las que nos ha hablado el n. 29 del Catecismo. Esto exige que pongamos:

-Todo el esfuerzo de la inteligencia. Nótese que no dice «un poco de esfuerzo», sino todo el esfuerzo de la inteligencia, pues sólo así podremos vencer a «las corrientes del pensamiento hostiles a la religión». Esta necesidad supone una llamada de atención al esfuerzo que dedicamos a la formación necesaria para que sea posible la vida contemplativa (como vimos en el texto de Molinié [*]) y a la profundidad necesaria que necesita la catequesis y la educación cristiana para que haga posible que la vida de Dios no quede paralizada por falta de una inteligencia que responda a las necesidades de la fe en nuestro tiempo.

-La rectitud de la voluntad, es decir, «un corazón recto». No debemos olvidar nunca la relación que existe entre la voluntad y el conocimiento de Dios, la necesidad de un corazón limpio para poder encontrar a Dios (cf. Mt 5,8), la dificultad que supone el pecado para alcanzar a Dios y la resistencia que tenemos a la conversión para poder aceptar la llamada de Dios. Es luminosa, en este sentido, la respuesta del padre Huvelin a Carlos de Foucauld, que en medio de la crisis interior que le empuja a la conversión, se acerca a pedirle «lecciones de religión»; y el padre lo que hace inmediatamente es decirle que se confiese, y en ella se produce la conversión brusca que le lleva a la entrega plena[15].

-El testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios. Aquí aparece con claridad la gran responsabilidad que tenemos en este campo, y que nos exige, en primer lugar, el testimonio que supone nuestra propia búsqueda apasionada de Dios, con sinceridad y sin recortes. Ese testimonio es imprescindible para despertar en los demás el deseo de buscar a Dios. Y, en segundo lugar, también es necesario la tarea concreta de «enseñar a buscar a Dios». Ciertamente hacen falta testigos, pero también maestros en la vida cristiana vivida como búsqueda de la plena comunión con Dios; es decir, nuestro mundo necesita modelos y maestros de santidad.

Estos números del Catecismo terminan citando la conocida frase de san Agustín, que ha ido apareciendo a lo largo del tema, y que encontraremos frecuentemente en escritos, libros y charlas sobre espiritualidad. Está en el comienzo de Las Confesiones, el libro que en gran medida narra la búsqueda de Dios por parte de san Agustín, y la búsqueda de san Agustín por parte de Dios, y que resume perfectamente todo lo que hemos venido diciendo: «Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti». Esa inquietud, que caracteriza el corazón del hombre, es la prueba de que estamos hechos para Dios, como la cerradura para la llave, y que ninguna otra realidad o ningún otro amor puede darnos descanso, es decir, plenitud y paz. Aprendamos, pues, a valorar esa inquietud; pues, aunque venga envuelta en manifestaciones a veces dolorosas o aparentemente destructivas, constituyen el signo indiscutible de la necesidad de Dios que él ha puesto en nosotros y la puerta por donde él desea entrar en nuestra vida. Y no dejemos de estar atentos a esa necesidad que tienen los demás, para ayudar a alcanzar el verdadero descanso a tantos corazones inquietos como encontramos en nuestro camino.

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NOTAS

[1] L. F. Ladaria, Antropología teológica, Madrid-Roma 1983 (UPCM-Università Gregoriana Editrice), 162-164. Se refiere a la gran obra de H. de Lubac, El misterio de lo sobrenatural, accesible en castellano en Ediciones Encuentro, Madrid 1991.

[2] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, II, La loi et la grâce, Paris 2001 (Téqui), 69-72.

[3] Ib. 89ss.

[4] Declaración del Concilio Vaticano II sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, promulgada el 28 de octubre de 1965.

[5] Benedicto XVI, mensaje a la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma del 21 de octubre de 2014.

[6] M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, Paris 1994 (Saint-Paul), 57-58; cf. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit. Méditation sur le mystère du mal, Paris 2000 (Téqui), 47-48.

[7] M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Tèqui), 2, 123. Cf. M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir. Une catéchèse pour les jeunes... et les autres, Chambray 1989 (CLD), 10.

[8] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VIII, Le bon larron et les stigmates, Paris 2001 (Téqui), 101-102.

[9] Concilio Vaticano II, Constitución apostólica sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes, n. 19-20.

[10] Ib., n. 21.

[11] M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir. Une catéchèse pour les jeunes... et les autres, Chambray 1989 (CLD), 81.

[12] M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VIII, Le bon larron et les stigmates, Paris 2001 (Téqui), 133.

[13] Conferencia del cardenal J. Ratzinger en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara (México) en Mayo de 1996.

[14] C. S. Lewis, El problema del dolor, Madrid 1995 3ª edición (Rialp), 67.

[15] Puede leerse Jean François Six, Carlos de Foucauld. Itinerario espiritual, Barcelona 1988 (Herder), 57-58.

 

 

 

 

 

 

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