Página de navegación-Contemplativos en el mundo
Casa edificada sobre roca Símbolo del correo electrónico La balanza de la justicia Tomando apuntes en una reunión Campanario al atardecer La luz que ilumina el libro Rostro del padre Molinié Caminando en la soledad del desierto Caja de herramientas Niño mirando a flor que sale del asfalto La cruz y el Espíritu
Para suscribirse a las novedades:
¡nuevo! ¡nuevo!

La dirección espiritual

11. La entrevista

 

Entrevista con un sacerdote

 

Descargar el presente documento en PDF

Para empezar, recordemos que el director no es el que decide, manda, orienta, ni nada parecido; tampoco el que adivina o «sonsaca» información; sino el que recoge y presenta, como hace el espejo, la luz que Dios proyecta sobre una persona.

En concreto, después de una acogida cordial por parte del director, la entrevista debería comenzar por el planteamiento de la cuestión por parte del interesado, más o menos del siguiente modo: «Mi experiencia interior es así. Sobre esa experiencia he visto o sentido en la oración tal cosa. He hecho discernimiento sobre el asunto y creo que Dios quiere manifestarme esto o aquello. Y el fruto es tal o cual determinación».

Y aquí empieza la función del «espejo» del director, que debe recuperar la verdadera imagen de la persona que tiene enfrente: revisando los efectos de la gracia, los frutos de la oración y el tono evangélico de las decisiones.

Si el dirigido se ve perfectamente «reflejado» en la imagen que le presenta el director, éste puede extraer las consecuencias: «¿No crees que tal gracia se entiende mejor como invitación a tal cosa, y que si fuera verdad este otro enfoque daría también este otro fruto en la oración…?»

Aquí llegamos al punto nuclear del proceso. En este momento, si el dirigido se ve «reflejado» interiormente, siente en su interior que la visión que se le ofrece encaja y traduce perfectamente lo que intuía en la oración y toma cuerpo en una orientación de vida, de manera que puede empezar a dar pasos con la gozosa seguridad del que tiene clara la voluntad de Dios.

A la hora de manifestar la situación espiritual al director, hay que tener en cuenta que la materia sobre la que trabaja la dirección espiritual es la experiencia interior del dirigido, por lo que éste debe manifestar su estado espiritual del modo más amplio posible, aunque de forma sencilla, y clara.

[La materia] abraza el modo de proceder, criterios, juicios, deseos y pensamientos de alguna importancia y duración, molestos o insistentes; todos los fenómenos que interesan y son de alguna importancia para la vida espiritual, con la intención de que sean rectificados a la luz del Señor (Mendizábal, Dirección espiritual, 98).

En la manifestación del estado espiritual hay que evitar tanto el defecto del que es demasiado breve, genérico o abstracto; y el exceso de detenerse en detalles sin importancia. El dirigido tiene que hacer el esfuerzo, no de decir mucho o poco, sino lo que interesa iluminar y resolver de cara al progreso espiritual[1].

1) Frecuencia y periodicidad

Lógicamente la frecuencia con la que se acude a la dirección espiritual depende de la necesidad real del dirigido; ni de su gusto o apetencia, ni tampoco de su impresión subjetiva. Hay que calibrar la proporción que debe existir entre el fin que se pretende y el medio que ayuda a ese fin. Y hay que hacerlo, como todo, de cara a Dios.

Al dar los primeros pasos será necesaria una periodicidad adecuada al crecimiento de la persona concreta, tal vez fijando el día y la hora de la siguiente entrevista. En esta etapa parece conveniente la entrevista más frecuente (quincenal o, incluso, semanal), porque los interlocutores no se conocen y, sobre todo, si hay que ayudar a poner las bases de la vida espiritual del principiante. Y, lo más natural, incluso en los principios, es que sea el dirigido el que solicite la entrevista y la ayuda. No parece adecuado que sea el director el que tenga que ir detrás del dirigido para que le consulte, porque hay que dejar a salvo la libertad y la responsabilidad del dirigido.

Según se va avanzando en la vida espiritual se puede alargar el tiempo entre las entrevistas, aunque en algún momento aparezcan circunstancias y necesidades concretas que hagan preciso que se consulte pronto al director o con más frecuencia. De todos modos hay que evitar el prescindir o aplazar la dirección espiritual en los momentos de dificultad, ante importantes decisiones o cuando aparecen gracias significativas. Aunque parezca un contrasentido -y ciertamente lo es-, hay personas que precisamente en esos momentos prescinden de la dirección espiritual y acuden al director cuando las decisiones ya están tomadas y las crisis se han resuelto de cualquier manera.

También hay que huir de mantener un ritmo artificial de entrevistas cuando no hay verdadera necesidad o verdadero trabajo espiritual. En la medida en que se abandona conscientemente el camino a la santidad no tiene sentido mantener un medio que ya no se necesita y que entonces suele emplearse para justificarse, ante uno mismo o ante el director, o para mantener la falsa impresión de que se trabaja y se avanza en la vida espiritual.

La entrevista, aunque aparentemente espiritual, se volvería inútil -¡y muchas veces se vuelve!- cuando se la busca por vanidad de uno o de los dos, o por mera costumbre, o por problemas fingidos o ilusiones. En ese caso, el director ha de saber no alargar la entrevista, sino más bien, con serena firmeza, limitarla y reducirla al mínimo prudente; y aun, si hiciera falta, declinarla (Mendizábal, Dirección espiritual, 93).

También debe procurar el director crear una atmósfera de espiritual espontaneidad, teniendo cuidado de que la entrevista no se haga en un horario tan restringido que dé la sensación de prisa o de que el dirigido es un número más de una lista. Con todo, conviene que la entrevista no emplee más tiempo del que se necesite.

2) Antes de la entrevista

El trabajo del director espiritual se realiza sobre la materia que le propone el dirigido, que es la que surge de su vida espiritual. En la medida en que esta materia se ordene y sistematice, realizando un adecuado discernimiento, se facilitará la tarea del director[2]. Éste es el trabajo previo que tiene que realizar el dirigido antes de la entrevista. Si, por el contrario, se le presentan una serie desordenada de intuiciones, percepciones, experiencias o decisiones, la respuesta del director, al tener que suplir el trabajo previo que el dirigido no ha realizado, no podrá tener la claridad y sencillez que se necesita.

Directores y dirigidos deberían cuidar la preparación de sus entrevistas, escuchando atentamente a Dios, esto es, en oración silenciosa y contemplativa… Pero para el diálogo de la dirección espiritual no nos preparamos programando exactamente de antemano qué es lo que vamos a decir y cómo lo vamos a expresar. La preocupación por lo que se debe decir no lleva más que a una tensión innecesaria que obstaculiza la disposición para escuchar al Espíritu… No tenemos más que poner atención a Dios en nuestro interior y después de haberle escuchado comunicar sencillamente al director lo que creamos haber intuido como importante como mejor nos salga (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 118-119).

Hay personas que lo dejan todo a la espontaneidad y a la improvisación, pensando que lo más auténtico -también en las cosas de Dios- es lo que no se prepara para que «salga solo», como si eso fuese garantía de autenticidad y facilitara la acción directa de Dios.

Si se quiere que la dirección espiritual dé fruto es necesario que, previamente a la entrevista, haya un trabajo espiritual concreto, que no quita nada ni de sinceridad, ni de humilde petición y aceptación de la ayuda de Dios. Además, sería una falta de conciencia de lo que se está haciendo si el dirigido acudiera al director sin saber qué le va a decir o qué le va a plantear; y una insensatez esperar que el director adivine o «sonsaque» lo que le pasa o lo que necesita plantear. Este tipo de actitudes cómodas e irresponsables acaban desvirtuando la dirección espiritual.

Para poder plantear con claridad, concisión y con todos los datos la «materia» de la dirección espiritual hay que hacer un trabajo previo de oración y de discernimiento. Realmente no se trata de un trabajo extra de oración y discernimiento para la dirección espiritual, sino de recopilación de los datos que surgen allí para presentar en la dirección espiritual los elementos significativos de la oración ‑luces u oscuridades, gracias o dificultades‑ y el trabajo de discernimiento que el dirigido tiene que hacer continuamente para su crecimiento espiritual y que necesite ser iluminado por la dirección espiritual. Evidentemente, la falta de oración y de discernimiento hace imposible una tarea de dirección espiritual continuada.

Este trabajo previo -como el resto de la dirección espiritual- requiere fe, humildad, sinceridad y autenticidad. Hay que mantener permanentemente una actitud de escucha en una triple dirección:

a) Escucha del Espíritu Santo, que habla en el interior del alma a través de mociones e inspiraciones.

b) Escucha de la Palabra de Dios, especialmente en la liturgia y en la lectio, que provoca resonancias en nuestro interior, a través de las cuales ilumina y denuncia.

c) Escucha de lo que me sucede en la vida, tanto a mi alrededor como en mi interior, conociendo y aceptando mis sentimientos, deseos, actitudes, resistencias…

Toda esta escucha hay que hacerla en clima de oración buscando sinceramente la verdad. Y sobre esta base, hay seleccionar lo que se debe presentar, en concreto, al director espiritual en la entrevista. Sería contraproducente que el dirigido presente todos sus discernimientos detallados de la oración, porque eso crearía una dispersión en el diálogo direccional que limitaría su fruto. Igualmente tampoco debería planteársele al director lo que ya está claro y requiere, lógicamente, que se cumpla. O, por el contrario, es muy peligroso dejarle de plantear lo que necesita realmente ser iluminado, confirmado o discernido, porque eso crea una laguna en el proceso espiritual que impide que se siga construyendo con solidez.

 

Concentrado en la oración

 

En esa «materia» que se presenta al director hay que plantearse varios capítulos; aunque no siempre haya cuestiones en todos ellos que se deban llevar a la dirección espiritual:

1. La oración: Dificultades y luces. Gracias concretas cuyo significado y respuesta tenemos que descubrir. Arideces, oscuridades y dificultades en la oración. No sólo hay que presentar estas experiencias, sino el discernimiento que hacemos de ellas: lo que viene de Dios, lo que significan, las causas, la respuesta…

2. Las decisiones que tenemos que tomar. Después de haber detectado en la oración las decisiones que plantea a nuestra vida el seguimiento del Señor, tenemos que realizar personalmente el trabajo de elección, para presentarle al director, no el problema, sino el discernimiento que hemos hecho para encontrar una solución evangélica a esa decisión.

3. Las situaciones que hemos vivido y que son significativas de nuestro avance o retroceso espiritual, y que necesitan ser consideradas a la luz de la fe para descubrir su significado y la respuesta que necesitan. De nuevo no se trata de presentar simplemente lo que nos ha pasado, sino lo que descubrimos a la luz de la Palabra de Dios y de la oración sobre esos hechos concretos.

4. Otras situaciones especiales de discernimiento que se presentan en momentos importantes ‑como la vocación[3], los ejercicios espirituales, encrucijadas vitales, etc.‑ que necesitan de un buen discernimiento para presentar al director una materia clara y ordenada.

Debemos insistir en que no se trata de un trabajo añadido que haya que realizar por el hecho de tener un director espiritual, sino de presentar al director espiritual el trabajo que se está haciendo porque se aspira a la santidad. De modo que podemos concluir que el trabajo específico para preparar la entrevista es presentar la propia vida interior de una forma ordenada, clara y concisa, donde se descubra fácilmente el conjunto de la vida interior y se destaque lo que es más importante en ese momento.

La ausencia de este trabajo no supone sólo que se obligue al director a trabajar más o a suplir el trabajo que debería realizar el dirigido, sirviéndose del director para eludir la propia responsabilidad; lo más importante es que se pone en evidencia que la vida espiritual de quien actúa así es muy pobre y se condena a terminar caminando a ciegas porque no hace el trabajo necesario para ver.

En algunas circunstancias, especialmente en los comienzos, el director quizá deba suplir algunas faltas de trabajo previo a la dirección espiritual o ciertos errores en dicho trabajo; pero sin que ninguno de los dos se habitúe a ello, porque eso lleva al dirigido a acomodarse e impide su maduración espiritual.

3) La entrevista como tal

Llegamos así a la entrevista. Veamos los diferentes aspectos que la componen y el modo en que se relacionan.

a) ¿Qué hay que manifestar al director?

Ésta es la primera cuestión que el dirigido se plantea cuando está frente al director. Supuesto que haya realizado el trabajo previo del que acabamos de hablar, no existen límites sobre lo que se deba o no se deba manifestar. Lo que importa es que lo que se diga responda a la vida interior, sea verdadero y se exprese con sencilla claridad[4].

Manifestar el corazón al director quiere decir en último término poner al descubierto todo aquello que uno de verdad desea y anhela. El dirigido tiene que ser capaz de revelar esas aspiraciones secretas que abriga en su corazón, ya que es ahí donde se esconden y refugian. Debe ser capaz de abrir su alma con toda sinceridad y llaneza, sabiendo bien que al hacerlo se arriesga a ver la realidad con una perspectiva muy diferente. La verdad que acabamos de afirmar implica un importante principio, el de que en las decisiones fundamentales de la vida Dios mueve a las personas a desear libremente lo que Él quiere para ellas… De ahí que sea de máxima importancia en la dirección espiritual el descubrir lo que en el fondo y de verdad quieren los dirigidos, a fin de discernir lo que realmente Dios quiere de ellos… Únicamente reconociendo nuestros deseos espontáneos y manifestándolos al director podemos discernir el origen de esos anhelos y la línea que señalan. En la dirección espiritual la manifestación del corazón es, sin duda, un instrumento importantísimo para el discernimiento (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 105-107).

La importancia de esta manifestación estriba en que se trata de «la materia única de la dirección»[5], que es la que el dirigido ha seleccionado y presenta al director para que éste le ayude en el discernimiento. Esta materia resume el trabajo previo de oración y discernimiento del dirigido; de modo que lo que se excluye de ella se pierde para la dirección espiritual.

Siguiendo las acertadas sugerencias de Nemeck-Coombs, detengámonos ahora en algunas precisiones sobre la manifestación del interior que debe hacer el dirigido:

Antes de poder abrir su corazón al director uno tiene que descubrir primero qué es lo que hay en ese corazón. Este descubrimiento se da únicamente estando a solas consigo mismo -a solas con su Dios que habita dentro-… Muchas veces los dirigidos no saben expresar con claridad algún aspecto importante de su vida interior, sencillamente porque todavía no están suficientemente conscientes de ello (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 115).

No debemos quitar importancia a las cosas que la tienen ni exagerar dificultades donde no existen (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 116).

El dirigido debe dejar que su intuición y su sentido común decidan qué es lo importante para tratar en la dirección espiritual (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 118).

La disciplina de no salirse del hilo del tema facilita enormemente el proceso de escucha. Cuando la gente se sale por la tangente, entreteniéndose en esas digresiones, el director tiene el deber de traer nuevamente la conversación al tema central (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 117).

La sencillez, la franqueza y la honradez lo que sí exigen es que uno exprese sincera y llanamente lo que pueda y sepa transmitir acerca de su búsqueda de Dios, de sus alegrías y conflictos, sus triunfos y sus fallos, su paz y sus dudas (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 118).

Hay preocupaciones y preguntas que son totalmente impropias de la dirección espiritual. Por ejemplo: ¿en qué grado de santidad me encuentro? ¿Qué fase de la Noche Oscura estoy exactamente atravesando?, etc… Semejantes preguntas provienen generalmente de un afán desordenado de certeza empírica, que es precisamente lo más opuesto a la vida de fe. Estos seudoimportantes temas con frecuencia brotan de un arraigado orgullo que lo que va persiguiendo es la aprobación o la estima del director (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 116-117).

Subrayemos al final de estas aportaciones la importancia de la adecuada selección de lo que se manifiesta al director. Es la tarea que se realiza en la oración, en la que se reconocen y sopesan las luces y las oscuridades de la vida espiritual, las decisiones y los problemas, lo que sucede en la oración y en la vida. De todo ello se selecciona lo que más importa para el discernimiento de cara al progreso en la vida de santidad, para luego manifestar al director en forma de hechos concretos, no de impresiones vagas ni teorías, pero sin entretenerse en detalles sin importancia.

Una vez se le ha expuesto al director el estado del alma, el dirigido debe activar una actitud peculiar de fe y confianza para acoger las palabras del director. Fruto de esa actitud será la capacidad de encontrar en las orientaciones del director la resonancia interior que Dios despierta en él para que tenga una garantía de la verdad que se le propone. Éste es, en el fondo, el signo y el fruto más importante de la dirección:

La mayoría de las veces sí que se suele recibir del director alguna palabra de orientación espiritual. Si esa palabra es de Dios, el dirigido sentirá en su interior cierta resonancia intuitiva con tal advertencia o sugerencia (suponiendo que esté a la escucha de Dios en su alma). También con frecuencia el director ayuda a clarificar cosas que uno las tenía confusas o que las había expresado vagamente (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 120).

b) La intervención del director

A la manifestación del dirigido corresponde la respuesta del director[6]. En algunos directores, sobre todo noveles, puede aparecer cierta ansiedad sobre qué debe responder al dirigido y cómo hacerlo. Esta misma preocupación denota que están demasiado centrados en las propias capacidades y en la propia imagen. El director, si realmente cree que es instrumento de Dios, debe recibir de Dios la palabra que ha de decir al dirigido. Por eso es esencial que el director sea un hombre de silencio y de oración, en permanente escucha de Dios, también y especialmente en el diálogo de dirección[7]. Y de aquí nace «uno de los principios más cruciales en toda dirección espiritual: Hablar únicamente cuando uno se siente interiormente movido a ello»[8].

No hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado (Jn 8,28).

No seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros (Mt 10,20).

Eso le lleva a aceptar con paciencia, pobreza y fe las consecuencias de ser un instrumento de Dios, moviéndole a la atención receptiva que se expresa en el silencio receptivo inicial con el que acoge las confidencias del dirigido. Permanecer en silencio, disponible y a la espera, es también un modo de servir.

El silencio puede ser una auténtica expresión de cariño y amor, aunque también puede ocurrir lo contrario, que por no molestar o tocar un tema delicado o no enfrentarse a la otra persona, el director se mantenga callado cuando realmente debería hablar.

O puede darse el caso de que el director no tenga nada que decir al dirigido, lo que puede ser fruto de lo siguiente:

-Que no haya escuchado realmente al dirigido, ni al Espíritu que habla en ambos.

-Que no pueda responder porque no hay respuesta. Y ambos deben esperar.

-Que el director tiene la respuesta, pero no debe darla.

-Que tendría que dar la respuesta pero no la tiene. El director no puede inventarse la respuesta, pero el dirigido tiene derecho a ella. Entonces el director no puede decir nada, con lo que se descalifica en su misión, debiendo analizar sinceramente analizar por qué no tiene respuesta.

Para mantenerse en esta actitud interior de fe y presencia de Dios, el director debe procurar lo siguiente:

-Evitar hablar sólo porque se le solicita o se espera que lo haga.

-Que su palabra no nazca sólo de su propia iniciativa sino de Dios.

-No dar la impresión de que ve claro el camino si no es verdad.

-No dejarse llevar por motivaciones humanas para hablar o para callar, especialmente cuando lo que tiene que decir al dirigido le afecta también a él.

-Impedirse rellenar con discusiones teóricas o comentarios intrascendentes y superficiales el tiempo de la dirección espiritual.

-No callar cuando hay que hablar (cf. Ez 31,1-9).

-Evitar decidir por el dirigido.

c) El fruto de la entrevista

 

Guiando la nave

 

El fruto de la dirección espiritual es la ratificación en la voluntad de Dios descubierta en la oración, lo que normalmente se produce en la misma entrevista de dirección. Resulta conveniente en este punto analizar los diversos modos en los que el dirigido puede percibir la voluntad de Dios y encontrar su confirmación[9]:

-A veces Dios le manifiesta directamente su voluntad. Entonces puede acudir al director para que le ratifique que lo que ha visto proviene realmente de Dios.

-Otras veces en el mismo diálogo con el director, al presentarle las luces, dudas y sentimientos que tiene, el dirigido ve por sí mismo lo que Dios quiere. En esos casos el director sólo ha servido como espejo en el que el individuo se confronta consigo mismo y con la voluntad de Dios.

-Pero puede suceder también en el proceso de discernimiento que Dios se sirva del director como instrumento para manifestar su voluntad al dirigido. Aquí no nos referimos a que el director manifieste al dirigido cuál es en concreto la voluntad divina sobre él, sino que el dirigido perciba, a través de las palabras del director, la confirmación interior de qué es lo que Dios quiere de él.

Pero hay que tener en cuenta que esta última posibilidad, que es una gracia de Dios, no anula ni el trabajo ni la tarea de discernimiento del dirigido; por dos razones: En primer lugar porque el dirigido no puede esperar como normal lo que es una gracia que Dios concede cuando quiere; por lo que sigue estando obligado a exponer con suficiente claridad su situación para facilitar el proceso de discernimiento y abrir paso a la luz que recibe el director. Y, en segundo lugar, porque después de recibir la confirmación sobrenatural que Dios le regala por medio de la orientación del director, aún le queda el trabajo de encajar la voluntad de Dios con su personalidad, con su historia concreta de salvación y con su vida real.

Hay que tener en cuenta que siempre que siempre que la entrevista genera un conflicto, algo está fallando en el director o en el dirigido.

d) El discernimiento final

Al concluir la entrevista, y por medio de las palabras del director, el dirigido debe poseer una idea clara del estado real de su alma, de la voluntad concreta de Dios sobre él y del modo en que debe ponerla en práctica. Pero antes de lanzarse a poner en práctica la voluntad de Dios debe dejar que la luz recibida en la dirección espiritual se asiente y reciba una definitiva confirmación, que viene dada por alguno de los siguientes signos[10]:

-Cuando el discernimiento recibido encaja con las luces recibidas en otros momentos de oración, en los ejercicios espirituales o en el desarrollo de la misma dirección espiritual.

-Cuando, respetando el proceso personal, nos empuja a dar un salto de entrega, fidelidad, radicalidad, que descubrimos como nuevo y, a la vez, percibimos que ya estaba presente en germen en el recorrido espiritual anterior.

-Cuando otros, que conocen y quieren ayudar al dirigido, ratifican la orientación que éste ha tomado.

-Cuando, al seguir el camino que se ha visto, se mantiene la paz en medio de las renuncias y dificultades y, además, aparecen los otros frutos del Espíritu: «Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5,22-23).

-Cuando se admiten serenamente las dificultades que otros plantean a las decisiones tomadas y se tiene la capacidad de sopesar las razones recibidas como expresión de apertura a la voluntad de Dios.

-Cuando se persevera, con la gracia de Dios, en el camino emprendido.

Hay que mantener la fe humilde que acepta la posibilidad de estar equivocado y no se cierra a la luz que le pueda venir más adelante.

4) Después de la entrevista

Después del discernimiento realizado en la entrevista y la confirmación del mismo en el tiempo inmediato a la misma, el dirigido debe configurar su vida de acuerdo con el discernimiento realizado. Se hace necesaria una tarea de oración y discernimiento con docilidad, libertad y confianza para aprovechar la luz recibida en la dirección espiritual. En este encuentro ‑que a veces es un «choque»‑ entre la luz de Dios y la vida concreta, es frecuente que aparezcan dificultades que si no se conocen y afrontan bien pueden echar por tierra tanto la gracia recibida como el trabajo realizado para responder a la gracia[11].

La dificultad mayor que puede surgir es la resistencia por parte del dirigido a la orientación que ha recibido de su director. Aunque la entrevista de dirección haya sido consoladora y tenga claridad sobre lo que Dios quiere de él, pueden surgir en su interior fuertes resistencias a llevar a cabo las determinaciones nacidas de la dirección espiritual. Para salir al paso de este tipo de obstáculos es necesario ver de dónde proceden esas resistencias y aprender a superarlas[12]:

-Se trata de resistencias que pueden venir de Dios porque el consejo recibido no encaja con su designio sobre el dirigido.

-También pueden obedecer a la oposición del dirigido a seguir el camino que Dios le ofrece, a pesar de estar previamente dispuesto a ello.

-O puede ser expresión de la lucha que se da en el dirigido entre la aceptación y el rechazo que la voluntad de Dios le produce.

Esto hace necesario el trabajo de discernimiento posterior a la dirección espiritual del que hemos hablado un poco más arriba.

Llegará necesariamente un momento en que […] la actividad de la gracia meta en duros aprietos al dirigido. Es un trance que el mismo director quisiera evitar, porque presenta para él la llegada de un combate penoso. Pero si no se apura ese trago, nada bueno vendrá ni para el uno ni para el otro (Laplace, La dirección de conciencia, 172).

En esos momentos de dificultad, a veces por la infidelidad y otras por el impulso fuerte de la gracia, es imprescindible no abandonar la dirección espiritual y afrontarla con valentía. Para estas circunstancias pueden resultar de utilidad algunas pistas[13]:

-El dirigido debe tener la valentía de ponerlo todo en tela de juicio, sin dar nada por supuesto. Ha de aceptar con humildad que se necesita esa ayuda, aunque se haya avanzado mucho en los conocimientos o en la experiencia. Ha de resistir la tentación que en esos momentos le presenta mil razones para abandonar la dirección. Desde luego, es preciso manifestar con libertad todo lo que sucede al padre espiritual, incluso las dificultades para la dirección, aunque cueste.

-El director debe tener la valentía de decir lo que se debe decir.

En esos momentos de dificultad es cuando saldrá a la luz si la dirección espiritual ha hecho crecer en el dirigido la humildad, la sinceridad y la libertad necesaria. Y, si en esos momentos de dificultad se hace el esfuerzo de una sincera dirección espiritual, ésta sale tremendamente fortalecida.

Pero si no se da ese salto de sinceridad y humildad, la dirección no debe continuar. Quizá haya estado mal enfocada desde el principio, confundida con conversaciones amistosas, más o menos espirituales; quizá ya no haya en el dirigido la actitud necesaria para la dirección espiritual, no con esa persona, sino en general; quizá falta la comprensión necesaria…

En todo caso, aunque no suele ser así, no se debería abandonar la dirección espiritual, sin la misma sinceridad y fe con la que el dirigido debía comenzar: «¿Esta persona me ayuda a buscar a Dios, a avanzar en la vida cristiana, a ser santo?» Esto es lo único que importa. Otras consideraciones tendrían que quedar fuera de una decisión tan importante.

En todo caso, tras el encuentro de dirección, el dirigido no debería olvidar dar gracias a Dios, y al director, porque reconoce en la dirección espiritual una gracia importante en el camino a la santidad. Y fruto de este reconocimiento es la oración intensa que lleva a cabo para interiorizar la luz que ha recibido de Dios a través de la dirección espiritual.

____________________

NOTAS


[1] Cf. Mendizábal, Dirección espiritual, 98-99.

[2] «Antes de la entrevista direccional conviene, en el recogimiento de la oración, pedir luz al Señor, para sí mismo y para el director, para conocer y rectificar la propia conciencia» (Mendizábal, Dirección espiritual, 99).

[3] «Este diálogo de dirección adquiere una proyección excepcional cuando se trata de descubrir la voluntad de Dios sobre el conjunto de una existencia» (Laplace, La dirección de conciencia, 25).

[4] «En una dirección espiritual seria no hay nada concreto que uno tenga o deba decir. No hay expectativas predeterminadas o autoimpuestas de antemano. Lo único que se necesita es que le manifieste al director con la mayor sencillez y franqueza posible lo que pasa en su interior» (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 99).

[5] Mendizábal, Dirección espiritual, 98.

[6] Seguimos en este apartado a Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 136-141.

[7] Según Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 144, es precisamente el don de discernimiento (que ellos llaman sabiduría divina) lo que experimenta el director como «un impulso a decir o a hacer algo sin detenerse a mirar lo que cuesta o las posibles consecuencias. Llega un momento en que el verdadero director siente una auténtica incapacidad para hacer ninguna otra cosa, sino actuar ligeramente siguiendo esta sabiduría».

[8] Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 136.

[9] Seguimos en este apartado a Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 169-171.

[10] Resumimos los criterios de Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 180-186.

[11] En este sentido Mendizábal, Dirección espiritual, 84, aconseja al director que antes de despedir, es bueno prevenirle de que lo que en ese momento es luminoso se puede convertir en oscuridad y provocar una reacción de rechazo.

[12] Resumido de Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 178-180.

[13] Cf. Laplace, La dirección de conciencia, 172-173.

 

 

 

 

 

Ir al principio