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La dirección espiritual

9. Riesgos y tentaciones

 

Andando sobre la cuerda floja

 

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Como todo proceso de la vida espiritual, la dirección espiritual supone un recorrido en el que una persona tiene que descubrir la voz de Dios y seguir su voluntad, bajo la guía de un experto, a través del complicado mundo exterior y el no menos complicado mundo de su alma. Esto pasa necesariamente por situaciones de peligro y está sometido a diversas tentaciones que, afrontadas adecuadamente, fortalecen y ayudan al crecimiento; pero pueden llevar a desorientación y errores que pongan en riesgo toda la vida espiritual. Para mayor claridad, veremos estas dificultades en cada uno de los sujetos de la relación de dirección: en el director y en el dirigido.

1) Riesgos y tentaciones del director

a) La manipulación

El director espiritual no es una persona situada por encima de otra a la que encamina en una determinada dirección y la orienta según su sabiduría o experiencia; y menos aún según sus gustos o intereses personales.

Hemos de insistir, una vez más, en que el verdadero director espiritual es el Espíritu Santo, que trabaja directamente sobre el alma. Él es el que mueve a ésta en un sentido u otro, dándole las luces y mociones que se necesitan para impulsarla a la santidad. Por eso, la auténtica dirección espiritual está al servicio de esa acción del Espíritu Santo y excluye cualquier tipo de acción por parte del director que provenga de él y no del Espíritu Santo.

Adviertan los que guían las almas y consideren que el principal agente y guía y movedor de las almas en este negocio no son ellos sino el Espíritu Santo, que nunca pierde cuidado de ellas, y que ellos sólo son instrumentos para enderezarlas en la perfección por la fe y ley de Dios, según el espíritu que Dios va dando a cada una. Y así, todo su cuidado sea no acomodarlas a su modo y condición propia de ellos, sino mirando si saben por dónde Dios las lleva, y, si no lo saben, déjenlas y no las perturben (San Juan de la Cruz, Llama, 3, 46).

La responsabilidad específica del director no consiste, pues, en dar una dirección espiritual al otro. No; pues únicamente Dios «es el artífice sobrenatural, Él edificará sobrenaturalmente en cada alma el edificio que quisiere, si tú le dispusieres… Y esa preparación es de tu oficio ponerla en el alma, y de Dios, como dice el Sabio (Prov 16,1 y 9), es enderezar su camino por modos y maneras que ni el alma ni tú entiendes» (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 40-41, citando a San Juan de la Cruz, Llama, 3, 47).

Teniendo en cuenta este principio es esencial que el director espiritual sea, ante todo, un buen «dirigido» del Espíritu Santo, no alguien que «al fin del año, hace el balance de los enviados al seminario y reclutados en tal movimiento o en una congregación. Sin ideas preconcebidas, y guardándose también de querer imponer nada, busca primero colocar a cada uno ante su libertad y ante Dios»[1].

Esta dependencia del Espíritu Santo convierte al director espiritual en un mero instrumento del Espíritu al servicio del dirigido. Precisamente en razón de esta instrumentalidad jamás debe considerarse el superior o el dueño de las almas que Dios le encomienda, debiendo limitarse a animarlas a avanzar por los caminos de la perfección evangélica, actuando con la humildad de quien sabe que no son su propiedad, sino que pertenecen a Dios, y renunciando a atarlas a sí mismo[2].

En este sentido, la dirección es «espiritual» porque colabora con el trabajo que el Espíritu Santo realiza «desde siempre» en el dirigido:

Espiritual, por tanto, designa aquello hacia lo cual todos somos conducidos, aquello en lo cual vamos siendo transformados. El agente de este proceso es Dios mismo: el Espíritu Santo. Ya desde ahora estamos siendo hechos espirituales. Pero todavía no somos totalmente espirituales (Rom 8,24-25), pues a este lado de la muerte aún somos carnales en nuestro soma psychicon. Pero Dios de manera inexorable va llevando hacia la plenitud perfecta la obra que ha comenzado (Flp 1,6). Por consiguiente, cuando aquí usamos la expresión «dirección espiritual» nos referimos a una dirección realmente espiritual… El director espiritual lo que ha de hacer es ayudar a que aflore a la conciencia y a descifrar más claramente esa dirección espiritual ya existente de antemano por la que el Espíritu va llevando a la persona (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 32.39).

b) Selección incorrecta de la materia

La orientación y el fruto de la dirección dependen, en lo humano, de la materia que el dirigido recoge de su vida interior y selecciona como más significativa o importante para realizar el discernimiento que Dios le pide para ser santo. Este trabajo básico comporta la tentación de seleccionar de forma interesada la materia para condicionar la orientación del director y el fruto de la dirección espiritual[3].

Para realizar su misión el director debe seleccionar lo verdaderamente relevante entre lo que le manifiesta el dirigido y, en consecuencia, lo que hay que iluminar y en lo que se debe trabajar. Esa selección en el proceso de escucha es necesaria para orientar el discernimiento, pero puede fallar por diversos errores del director[4]:

-Porque se concentra en un área más conflictiva y se abandonan otros aspectos que hay que desarrollar, aunque no sean tan problemáticos.

-Porque tiende a exagerar la importancia de algunas dificultades que realmente no tienen tanta trascendencia.

-Porque no quiere entrar en aspectos de la situación del dirigido que también son conflictivos para él mismo. O porque le cuesta tratar determinados tipos de personas o determinados problemas y prefiere rechazar a ese tipo de personas y no afrontar esa clase de problemas.

-Porque insiste en ratificar su diagnóstico de la situación del dirigido y se empeña en lo acertado de sus soluciones, fijándose sólo en lo que está de acuerdo con la imagen que se ha formado del dirigido. Puede pensar que conoce muy bien al dirigido y rechaza todo lo que no encaja con el retrato que se ha hecho de él, minusvalorando o sobrevalorando sus capacidades y posibilidades.

-Porque no quiere reconocer valores o gracias que no están de acuerdo con sus prejuicios personales, teológicos o espirituales[5].

c) Proyección de sentimientos

Llamamos transferencia al hecho de que el paciente trate al psicólogo como alguien distinto a quién es y proyecte en él sentimientos y expectativas propios de otras relaciones. Cuando es el terapeuta el que realiza esta proyección se la denomina contratransferencia.

En la dirección espiritual este fenómeno supone que el director espiritual puede proyectar sus sentimientos y expectativas en el dirigido, lo cual siempre es un grave obstáculo para la dirección espiritual porque dificulta la escucha de la voluntad de Dios en el dirigido[6].

Este tipo de proyecciones surgen fácilmente cuando el director intenta satisfacer sus necesidades personales en la dirección espiritual[7].

Si no es posible reconocer estos sentimientos y deshacerse de estas proyecciones, es necesario cortar la dirección espiritual[8].

d) Desequilibrio entre firmeza y suavidad

 

Mostrar el verdadero rostro

 

Cuando se da una firmeza sin afabilidad, el director suele caer en aspereza, rigidez y despersonalización; y esta dureza acaba minando la confianza. Puede ser que la dureza del director sea expresión de que se ha forjado una imagen o un proyecto del dirigido y que éste no acaba de conseguir estar a la altura de este ideal[9]. Aunque a veces se busca el director espiritual duro porque es preferible a carecer de director, normalmente el interés por este tipo de directores se basa la necesidad de disponer de una referencia externa dura que sustituya en el dirigido la falta de reciedumbre interior o, incluso, en la búsqueda de una rigidez tan patente que descalifique al director dispensando al dirigido de seguir sus consejos.

Por otro lado, la comprensión y la dulzura no deben impedir al director afrontar los verdaderos problemas del dirigido, aunque éste se queje. Si el director intenta agradar al dirigido lo dejará atrapado en sus problemas y debilidades y acaba justificando sus errores.

e) Temeridad y miedo a asumir riesgos

Uno de los problemas más claros en el discernimiento y en la dirección espiritual consiste en tomar las decisiones adecuadas a la luz de la verdad que se descubre en el alma como llamamiento de Dios a orientar la vida de un modo determinado. Hay personas que son prácticamente incapaces de asumir los riesgos que comporta emitir un juicio o tomar una decisión, mientras que otras tienden a precipitarse en opinar o decidir sin el equilibro necesario[10]. Cuando una persona con una de estas dos tendencias debe ayudar a la otra a buscar la luz de Dios corre el riesgo de empañar seriamente esa luz en función del tipo de impulso que le caracterice.

Evidentemente no se trata de que el director se imponga un control tan férreo que, por huir de la imprudencia, le haga caer en el exceso contrario, igualmente pernicioso. En el fondo se trata de no salirse del terreno de la virtud de la prudencia, que ordena armónicamente las demás virtudes. Los cual supone que el director debe evitar coartar la acción del Espíritu buscando siempre lo más seguro, impidiendo que el dirigido asuma riesgos para seguir fielmente al Señor. Detrás de esta búsqueda constante de la seguridad está el miedo del director a equivocarse y el deseo de mantener una determinada imagen ante los demás.

Igualmente la prudencia obliga al director a no dejarse llevar por la impaciencia o la fuerza momentánea de una determinada luz para emitir un juicio o dar un consejo que no ha sido contrastado interiormente con el Espíritu Santo. Este tipo de manifestaciones apresuradas e imprudentes tienen siempre un componente visceral que las descalifica como acciones evangélicas o ayudas para el discernimiento.

2) Riesgos y tentaciones del dirigido

a) Búsqueda de afecto o refugio

No cabe duda que las complicaciones de la vida, las presiones del ambiente y las circunstancias crean situaciones duras en las que el cristiano se ve sumergido en pruebas que le desconciertan y le hacen sufrir. Este sufrimiento mueve a la persona a buscar apoyo, consuelo o refugio; esto es algo natural. Igualmente resulta natural prestar el tipo de ayuda que se necesita, o se cree necesitar; de modo que el director espiritual puede ser, en un momento dado, el paño de lágrimas o el amigo que acoge y consuela. Pero esto no significa que ésa sea su función, ni que haya que esperar de él que se dedique a eso, como haría cualquier hermano en la fe.

Lo mismo sucedería si el dirigido llegar un día con hambre o con sed. La caridad más elemental obligaría al director a darle algo de comer o de beber. Pero eso no debería llevar al dirigido a tomar la dirección espiritual como un restaurante. Siempre tiene que estar claro para ambos que la dirección espiritual no es una forma de buscar consuelo en los sufrimientos y dificultades, ni apoyo para las luchas o el afecto que uno cree necesitar en la vida.

Hemos de insistir, una vez más, en que para que exista una verdadera dirección espiritual sólo se debe acudir a ella buscando la voluntad de Dios, teniendo como criterio el Evangelio y como meta la santidad.

b) Obstáculos para una apertura sincera

Nadie puede dudar de la dificultad que supone la sinceridad en un mundo como el nuestro. Pues sobre esta dificultad general, la dirección espiritual exige un esfuerzo suplementario de sinceridad para mostrarse ante el director tal como nos vemos ante Dios. Es conveniente que tomemos conciencia de las razones por las que resulta difícil alcanzar una verdadera transparencia, y por las que muchas personas renuncian a ello[11]:

-La falta de autoestima,

-el orgullo,

-la timidez,

-el miedo a la verdad…

En el fondo esto nos plantea lo siguiente: «¿Cuánta verdad quiere uno descubrir? ¿Estamos incondicionalmente dispuestos a recibir todo lo que Dios quiera revelarnos? O, de manera más o menos inconsciente, ¿ponemos límites a esa apertura y acogida?» (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 107-108).

Incluso en el caso de alguien quiera realmente vencer esas dificultades para abrirse confiadamente al director, hemos de contar con una serie de mecanismos de defensa que suelen aparecer a la hora de manifestar con claridad la verdad de nuestra situación:

-Olvidar la cita con el director, cancelarla, llegar tarde para eludir la entrevista y evitar enfrentarse a la propia realidad.

-Desviar la conversación hacia temas intranscendentes, de interés común con el director, o de la vida personal de éste, de modo que se dedique a ello gran parte del tiempo de la entrevista.

-Manifestar sin parar acontecimientos y situaciones personales para evitar que el director perciba o entre en la verdadera situación personal.

-Desviar la conversación a temas teóricos, aunque sean espirituales, que no tocan la situación personal.

-Convertir el diálogo con el director en una discusión sobre temas polémicos como el aborto, la ordenación de las mujeres o la comunión de los divorciados, para no tocar lo que le afecta personalmente a uno mismo.

-Plantear las dificultades de forma teórica o impersonal, como si no le afectaran directamente al dirigido.

-Atribuir la razón de los problemas a otras situaciones o causas para no plantearle al director las verdaderas razones de la situación que se vive.

-Intentar convencer al director de la incapacidad de expresarse o de saber lo que le pasa a uno y, por lo tanto, la imposibilidad de que el director le pida la manifestación del corazón.

-Repetir en la dirección espiritual las frases bonitas que hemos leído o escuchado, para no manifestar lo que realmente hay en nuestro interior.

-Intentar alabar o criticar al director para provocar una reacción en él que desvíe la atención sobre la situación del dirigido.

-Rechazar interiormente las observaciones y consejos que no me gustan, manteniendo exteriormente una buena cara que permita disimular la descalificación interior del director, que se justifica como signo de que no me comprende o no es lo suficientemente espiritual.

Ante este tipo de actitudes, «los directores prudentes se mantendrán a la escucha de Dios sin dejarse despistar por tales estrategias. Con afabilidad, pero con firmeza, harán que el dirigido vuelva a lo que es materia de dirección espiritual»[12].

Salvar el objetivo de la dirección exige del director que reconduzca la entrevista adecuadamente, lo que puede hacer de alguna de las siguientes maneras:

-No reaccionando ante los intentos de desviar la conversación.

-Haciendo alguna pregunta oportuna que centre el diálogo.

-Aceptando por un tiempo la falta de madurez del dirigido para ganar su confianza.

-Afrontando y planteando directamente el problema.

-Reconociendo que el dirigido está tan aferrado a esos mecanismos de defensa que hace imposible la dirección espiritual.

c) Falsas expectativas

En algunos casos, el apego que tiene el dirigido a sus criterios sobre la vida espiritual o al juicio sobre su propio interior hace muy difícil que se le pueda ayudar al discernimiento. Este apego pone de relieve que la persona no busca una ayuda eficaz para encontrar la voluntad de Dios porque quiera alcanzar la santidad, sino una confirmación externa de sus propias convicciones o decisiones para hacerlas coincidir con el plan de Dios[13]. Veamos un par de ejemplos:

-Algunas personas, en el fondo, sólo buscan del director que les ayude a solucionar sus problemas de manera rápida y efectiva. Si se les pide que profundicen en su interior y purifiquen el corazón o si no aparecen resultados inmediatos y tangibles, se quejan de la dirección espiritual, se cansan y acaban forzando al director a acomodarse a sus intereses o abandona la dirección.

-Otros buscan que el director les dé la razón en todo porque piensan que son perfectos, de modo que únicamente necesitan la aprobación y el aplauso de una figura de referencia. Cuando el director les enfrenta a sus debilidades y errores, lo descalifican con facilidad prensando que el director no está a su altura y afirmando ‑interior o exteriormente‑ que no les comprende y, por eso, no le les ayuda.

d) Orgullo espiritual

El orgullo es uno de los pecados que más dificultan el progreso en la vida evangélica; y esto vale también para la dirección espiritual, que se hace imposible sin una buena base de humildad. Un ejemplo de esta actitud lo tenemos en el dirigido que está convencido de que ha logrado la perfección, y cree que, además, eso ha sido fruto de su esfuerzo. Este dirigido suele darle mucha importancia a su santidad, le encanta proclamar sus logros, comentar con todo el mundo sus experiencias y buscar la manera de que se note de forma visible que es una persona excepcional, exagerando gestos y prácticas exteriores[14].

En otros casos, el orgullo espiritual se manifiesta en la pretensión de saberlo ya todo, y se orienta más a mostrar la propia sabiduría al director que a buscar su ayuda en el camino de la santidad. De nuevo, cualquier corrección se rechaza como un ataque del director por no comprender lo que es evidente, y lleva al dirigido a descalificarle por no estar a la altura de la santidad o el conocimiento que éste cree poseer.

A veces la misma exageración en la pobreza o la incapacidad son sólo una forma sofisticada de orgullo espiritual. El dirigido alardea de su sus limitaciones como una manera de negarlas y con el fin de obligar al director a compensar esa exageración subrayando lo positivo. Expresiones del tipo: «Soy un desastre, todo lo hago mal, no hay en mí nada bueno…» se pueden hacer desde el orgullo porque son mentira; de hecho nadie hace todo mal o es un absoluto desastre. Sin embargo resulta significativo que alguien que puede repetir muchas veces, como signo de humildad, que «todo» lo hace mal, se moleste cuando se le sugiere que «tal cosa concreta» no la ha hecho del todo bien.

También las reacciones de hundimiento y depresión cuando el director trata de enfrentar al dirigido a su realidad son signos del orgullo latente de quien no acepta la debilidad concreta y cree que ha alcanzado la santidad.

Evidentemente hay que contar con el hecho de que el orgullo se pueda manifestar en algún momento del desarrollo espiritual; pero si el dirigido se enquista en este pecado se hace imposible la dirección espiritual.

La persona realmente humilde acepta serenamente su debilidad, permanece abierto a la corrección y reacciona positivamente al Espíritu que manifiesta nuestro pecado y nos empuja siempre a un amor más pleno (cf. Jn 16,7-13).

e) Legalismo

 

Manos que acusan

 

Una deformación de la vida espiritual apoyo  externo y explica que algunas personas se afanen en encontrar un director espiritual que se acomode a sus intereses es el legalismo[15].

Las personas legalistas son las que ponen un excesivo énfasis en el cumplimiento meticuloso de normas y prácticas, que suele obedecer a su deseo de seguridad para poder estar cómodas y tranquilas con el convencimiento de que, si cumplen materialmente todo lo que se les exige, Dios no puede pedirles más y les garantiza la santidad. Esta actitud suele venir acompañada de la necesidad de contabilizar la vida espiritual en los actos materiales de piedad y virtud que se realizan, lo que manifiesta claramente la autosuficiencia y el sentimiento de superioridad que poseen.

Es evidente que esta actitud es contraria al progreso espiritual y a la docilidad al Espíritu; y no es extraño que acabe desembocando en desaliento y abandono, cuando se experimenta la falta de fruto de ese camino, y en rebeldía, cuando el director espiritual pone en duda lo equivocado del esfuerzo realizado, como prueba la falta de fruto.

Este problema también aparece especialmente cuando un dirigido sano se encuentra con un director legalista, que le corta las alas en su pretensión de avanzar en la vida evangélica. Y, por supuesto, el asunto se complica muchísimo cuando se juntan director y dirigido legalistas, de modo que el dirigido puede contar con un respaldo que, lejos de ayudarle a tomar conciencia de peligro que le acecha, le ratifica y le potencia en su deformación espiritual.

La única forma de intentar ayudar al dirigido legalista es enfrentándole directamente con este problema, como hacía el Señor con los fariseos. Aunque el modo de hacerlo exige prudencia y tacto, aprovechando, quizá, algún momento de lucidez como los que proporciona el fracaso de esta forma de autosuficiencia.

f) Afán de controlar al director

Hay personas que necesitan controlar cualquier situación y, si no lo consiguen, reaccionan poniéndose a la defensiva. Se trata de una deformación o patología psicológica que también aparece en la dirección espiritual[16]. La persona que necesita sentirse segura por tener todo bajo control trata de dominar a los demás para que nada se salga de sus esquemas y le lleve a la angustia de la inseguridad o la incertidumbre.

Estamos ante un problema psicológico que afecta a las relaciones de estas personas con los demás, a los que tratan de manipular para mantener el control de su vida y de su entorno. Y esa misma manipulación intentarán realizarla también con el director espiritual; partiendo, además, de que la misma vida interior está viciada porque también tienen que controlar a Dios.

Es muy difícil llevar a cabo una verdadera dirección espiritual con este tipo de personas que sustituyen el objetivo de la santidad por el del control. Sin embargo, esto no los excluye de la santidad, ni mucho menos, puesto que, al tratarse de un llamamiento universal que viene de Dios, éste concede gracias y medios para que se pueda llegar a la meta a pesar de contar con limitaciones o impedimentos significativos. En muchas ocasiones Dios compensa las carencias psicológicas con gracias especiales que, si se reciben con espíritu de verdad y humildad, permiten avanzar rápidamente por la vida espiritual en medio de condicionantes aparentemente insalvables.

Pero para que esto suceda se requiere que el individuo sea consciente de sus limitaciones y las acepte como medios preciosos para alcanzar la pobreza evangélica que abre las puertas del reino de Dios. El problema estriba en la dificultad que supone asumir dicha pobreza psicológica para dejar actuar a Dios, cuando fácilmente se pueden servir de las mismas gracias para convertirlas en pruebas demostrativas de una de santidad que su misma actitud hace imposible y en instrumentos de los objetivos viciados a los que su psicología los empuja.

Si el director espiritual ve una buena disposición en el dirigido manipulador, no debería entrar en confrontación directa con él. Es preferible que insista en que, si quiere avanzar hacia la santidad, es imprescindible que le dé a Dios el control absoluto de su vida. Debe intentar que acepte la gran renuncia que conlleva pasar de controlarlo todo a ser controlado por Dios, y que se apoye en la experiencia liberadora del amor incondicional de Dios, especialmente a través de la oración.

Si de este modo no se consigue que la persona entre en el camino evangélico de reconocer en su pobreza la cruz y aceptarla como prueba de amor e instrumento de salvación, el director deberá enfrentar el problema directamente, ofreciéndole al dirigido los instrumentos para armonizar el trabajo psicológico que supone reconocer su limitación, luchar contra ella y desarrollar al mismo tiempo una vida interior apoyada en la fe y el abandono en Dios, aprovechando para ello las dificultades e incertidumbres de su mismo proceso y crecer en el auténtico amor a Dios y al prójimo.

g) Proyección de sentimientos

Al igual que aludimos a la transferencia psicológica como riesgo para el director, hemos de indicar aquí que la misma tentación existe en el caso del dirigido[17]. Las lagunas afectivas que tiene una persona y sus consecuencias, como son los miedos, complejos, etc., provocan una necesidad inconsciente de huir, justificarse, compensar o diluirse en el ambiente. Eso le puede llevar a utilizar al director espiritual para intentar resolver sus problemas afectivos, convirtiéndolo en un espejo de dichos problemas.

El dirigido puede encauzar hacia el director sentimientos y expectativas propios de otro tipo de relaciones o intentar aprovechar la dirección espiritual para satisfacer necesidades muy distintas a las de la búsqueda de la santidad. Es absolutamente necesario que el director sea consciente de esta proyección y ayude al dirigido a identificarla y superarla[18].

Aunque se trata de un mecanismo inconsciente, no por ello deja de ser un problema que dificulta o hace imposible la dirección espiritual, sobre todo en casos de patologías psicológicas, porque vicia de raíz la misma relación personal entre el director y el dirigido.

h) Desequilibrios psicológicos

Como hemos visto en los últimos apartados, la dirección espiritual puede verse condicionada o impedida por diversos problemas psicológicos que aparecen en el dirigido. Esto es una razón más para subrayar la necesidad de que el director conozca a fondo a la persona a la que orienta, de manera que pueda calibrar, no sólo lo que se refiere a su vida espiritual, sino también problemas emocionales o psicológicos que pueda tener, porque influyen decisivamente en el proceso de transformación en Cristo[19].

Esto no quiere decir que las limitaciones psicológicas impidan por sí mismas la santidad o la dirección espiritual, ni mucho menos. Salvo trastornos extremos, estas dificultades, como todas las que nos ofrece la vida, pueden ser vividas en cruz y nos ayudan a identificarnos con Cristo. Pero para ello es necesario conocer esas dificultades y encajarlas bien en el equilibro que hay que establecer entre la gracia que se recibe de Dios y el trabajo humano con el que se corresponde a esa gracia, de modo que ambas realidades se armonicen para construir el verdadero progreso espiritual que lleva a la santidad. Y ese equilibrio es hacia el que tiene que orientar el director.

Pero nada de esto supone que se deba convertir la dirección espiritual en una terapia psicológica, porque se trata de terrenos que poseen finalidades y métodos muy distintos; aunque no tienen que oponerse. De hecho la dirección espiritual y la terapia deben poder complementarse y, en algunos casos, incluso necesitarse. Pero la relación entre los dos ámbitos requiere del director espiritual un conocimiento profundo del dirigido y su psicología, un discernimiento del lugar que ocupa lo psicológico en la vida espiritual y ascética del dirigido, y una idea clara de la relación que debe existir entre dirección espiritual y terapia psicológica.

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NOTAS


[1] Laplace, La dirección de conciencia, 128. Hernández, Guiones para un cursillo, 243-244, denuncia como «codicia» la actitud del director que quiere retener a un determinado número o tipo de personas para sus obras de apostolado, lo que le quita libertad para corregir y exhortar al dirigido; también advierte contra los «celos» del director que quiere atrapar a un dirigido y no dejarle escapar.

[2] Cf. Gabriel de Sainte-Marie-Madeleine en Dictionnaire de Spiritualité, 1183; Mendizábal, Dirección espiritual, 45.

[3] Es lo que Nemeck-Coombs llama «selectividad» y lo desarrolla en Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 187-194.

[4] «El verdadero misterio de Dios en el alma del dirigido se le escapa por completo al director, que empuja al otro a ir por caminos contrarios a su línea personal. Lo que inevitablemente resulta de todo esto es deformación y desorientación espiritual» (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 194).

[5] Hernández, Guiones para un cursillo, 243, añade otra causa de selección de la materia que hay que evitar a toda costa: la «curiosidad», no sólo la extrema que se interesa por asuntos que no tienen que ver con la búsqueda de la voluntad de Dios, sino también con la inspección de culpas o gracias que no son necesarias para el discernimiento. Esta curiosidad produce desconfianza en el dirigido y puede hacer odiosa la dirección.

[6] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 194-200, con algunos ejemplos.

[7] En la misma línea Hernández, Guiones para un cursillo, 243, apunta como otro peligro la «vanidad» del director que se apropia del fruto de la dirección, se fía de sí mismo, y presume de su influjo en el dirigido: esta actitud atasca la dirección espiritual.

[8] Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 268-270, analiza el caso en que surge la atracción emocional entre un director es inmaduro y un dirigido sensato: la clave es reconocer la situación y poner las medidas oportunas y aceptar cuando la relación es incompatible con el crecimiento en el Espíritu.

[9] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 200-204.

[10] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 204-205.

[11] Seguiremos en este apartado las acertadas sugerencias de Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 107-114.

[12] Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 114.

[13] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 207-210.

[14] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 211-216. Véase lo que afirma san Juan de la Cruz a propósito de este orgullo y de la verdadera humildad en Noche, libro 1, capítulo 2.

[15] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 216-221.

[16] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 221-223.

[17] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 226-229, con algunos ejemplos.

[18] Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 270-272, analiza el caso en el que surge una atracción afectiva entre un director sensato y un dirigido sin madurez: la salida de esta situación pasa por que el director sea consciente de lo que sucede, plantee claramente al dirigido su inmadurez y, si no hay signos de que la relación se puede reconducir, terminar con la dirección espiritual.

[19] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 229-233.

 

 

 

 

 

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