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La dirección espiritual

7. El director espiritual

 

Señalando el camino hacia el cielo

 

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Entraremos ahora en el estudio de las dos figuras que, en lo humano, conforman la dirección espiritual: el director y el dirigido. Y comenzaremos por el primero, para determinar las cualidades que se requieren para que pueda cumplir adecuadamente su misión.

1) Dos tipos de directores espirituales

Los que buscan un director espiritual pueden hacerlo por motivos muy diferentes, al igual que los que ofrecen el servicio de orientación pueden buscar objetivos diversos. Esto explica que existan diversos estilos de directores espirituales. Sin embargo, en el fondo, no hay más que dos tipos: los directores naturales y los sobrenaturales.

a) El director «natural»

El primer tipo, el de los directores naturales, incluye a aquellos que buscan que sus dirigidos tengan un comportamiento cristiano normal, para lo cual se limitan a aplicar criterios basados en el sentido común y en los preceptos generales elementales de la vida cristiana. Puede, incluso, que vayan más allá tratando de introducir a los dirigidos en la oración e impulsarlos en la práctica de la ascesis y de las virtudes. Pero la metodología que suelen usar consiste en animar a la realización de unos determinados ejercicios ascéticos y espirituales para luego comprobar el progreso que van realizando, lo cual obliga a permanecer dentro de unos esquemas predeterminados e impide el trabajo personalizado que exige el hecho de que el proyecto de santidad que Dios tiene para cada persona sea único.

Este tipo de director representa la sabiduría humana, que tiene su evidente valor, pero se queda corta como instrumento para ayudar a alcanzar la santidad (Cf. 1Co 2,14). Son personas que creen que la vida cristiana consiste en una vida regulada por criterios y prácticas espirituales, ascéticas o morales predeterminadas, con las que hay que ajustarse para avanzar en la vida evangélica. Su misión se circunscribe, en gran medida, a enseñar dichas prácticas y a supervisar su cumplimiento, como modo de corregir el itinerario para que se ajuste mejor a los parámetros objetivos en los que se debe centrar el dirigido.

No cabe duda de que este tipo de dirección espiritual permite al director ser optimista, agradable, complaciente; incluso sus correcciones las puede hacer desde la simpatía y la cordialidad. Es más, suele estar dotado de entusiasmo por lograr unos objetivos accesibles, que comunica fácilmente al dirigido, animándole humanamente en su tarea, lo que le hace creer que le facilita el trabajo. Esto es normal puesto que los objetivos y medios naturales son compresibles y controlables para nuestras capacidades naturales, lo que hace que, tanto el director como el dirigido, disfruten de una consoladora experiencia de control de la situación y de seguridad en la percepción del avance espiritual.

Sin embargo, el director natural no suele tener el sentido propio del Espíritu: se queda en lo meramente humano, juzga por criterios externos y en función de la razón o las normas, no tiene en consideración las mociones del Espíritu y el discernimiento afinado de las mismas, considerando sospechoso de no evangélico todo lo que no encaje con los criterios de la lógica o la razón humanas.

Por muy fascinante que pueda ser este tipo de directores, hemos de advertir de su gran peligrosidad, puesto que, a la vez que dan alas a lo humano, cercenan insensiblemente lo espiritual, que es donde se juega la vida de la gracia y la santidad. Una prueba de este peligro la encontramos en la falta de responsabilidad a la hora de acoger o juzgar las gracias y necesidades que ellos no entienden, llevando todo al ámbito que conocen, apoyando sus juicios en principios que siendo válidos en general no lo son en particular por carecer del adecuado contexto que exige el discernimiento. Así, por ejemplo, si un dirigido le plantea al director su preocupación por un determinado giro que debe dar a su vida en función de una luz o moción que se viene repitiendo en la oración, él desmontará todo el potencial de la gracia divina con un argumento, tan simple como falso por ambiguo: «Bueno, no te preocupes, lo que importa es el amor».

Hemos de convenir, con los grandes maestros del espíritu, que no puede ser director de almas quien no tenga una verdadera experiencia espiritual y se deje guiar por el Espíritu Santo, aunque se trate de buenos sacerdotes o de «personas de oración».

Para guiar al espíritu, aunque el fundamento es el saber y discreción, si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no atinará a encaminar al alma en él, cuando Dios se lo da, ni aun lo entenderá (San Juan de la Cruz, Llama, 3,30).

Ha menester aviso el que comienza, para mirar en lo que aprovecha más. Para esto es muy necesario el maestro, si es experimentado; que si no, mucho puede errar y traer un alma sin entenderla ni dejarla a sí misma entender; porque, como sabe que es gran mérito estar sujeta a maestro, no osa salir de lo que le manda. Yo he topado almas acorraladas y afligidas por no tener experiencia quien las enseñaba, que me hacían lástima, y alguna que no sabía ya qué hacer de sí; porque, no entendiendo el espíritu, afligen alma y cuerpo, y estorban el aprovechamiento. Una trató conmigo, que la tenía el maestro atada ocho años había a que no la dejaba salir de propio conocimiento, y teníala ya el Señor en oración de quietud, y así pasaba mucho trabajo (Vida 13,14-15).

El que no tiene una auténtica vida interior no puede iluminar a los demás en esa vida, porque también aquí se cumple el aforismo que dice que «nadie puede dar lo que no tiene»[1].

b) El director «sobrenatural»

Por el contrario el director verdaderamente «espiritual» es el que vive o intenta vivir apasionadamente la primacía absoluta de Dios en su vida, lo que le inflama en el amor de Dios y en la búsqueda de la docilidad al Espíritu Santo. Esto le da una evidente libertad porque le sitúa por encima del juicio y la apreciación de los demás, de modo que, igual que pretende buscar para sí la voluntad de Dios también desea ayudar a quienes tienen auténtico deseo de ser santos en la amorosa fidelidad al proyecto de salvación que Dios tiene para ellos.

Esto crea en el dirigido una clara sintonía entre la acción de Dios que percibe en él con la actitud interior que ve en el director espiritual, y que le lleva a un sano espíritu de emulación; lo que se potencia al comprobar la autenticidad espiritual del director por la entrañable caridad que recibe de él y que le muestra el amor que recibe de Dios.

Estamos ante una relación fundada en el amor y la libertad, que une a dos personas en un objetivo común, que es buscar a Dios, lo que lleva al dirigido a la confianza sobrenatural con el director y a éste a una gran docilidad a la acción del Espíritu Santo; de manera que ambos se mueven en el marco de la verdad y la simplicidad, lo que se traduce en una verdadera humildad: en el director por saberse pobre instrumento de la gracia, y en el dirigido por saberse necesitado absolutamente de ayuda.

Nota característica del director «espiritual» es el convencimiento de que lo importante es ayudar a sus dirigidos a que sean dóciles a la llamada del Espíritu, porque cada persona tiene un camino concreto que debe descubrir. El objetivo de esta relación de ayuda es que el discípulo alcance la libertad de espíritu necesaria para seguir los impulsos de la gracia y colaborar con ellos; o dicho de otro modo, para que capte la manera particular con la que el Espíritu le conduce y sea dócil a ella. En este tipo de dirección el trabajo que se propone es sólo un medio, que tiene que ser relativizado frente a los impulsos concretos del Espíritu «que sopla donde quiere» (Jn 3,8).

La libertad del director «espiritual» le lleva necesariamente a aceptar a cada persona como es, acogiéndola y respetándola en la singularidad del proyecto que Dios tiene para ella y que la define natural y sobrenaturalmente. En razón de esta libertad y esta visión, este tipo de directores pasa por encima de muchas realidades o preocupaciones humanas en las que se puede enredar el dirigido, por importantes que puedan parecer a los ojos del mundo. Su única preocupación es ver –y enseñar a ver– la presencia de Dios y sus designios a través de todas las circunstancias de la vida.

Esto lleva a una actitud de cierto «desapego» humano, que suele entenderse por los más sensibles como falta de interés o exagerada dureza. Sin embargo, sólo las personas verdaderamente espirituales son capaces del optimismo sobrenatural y la ternura espiritual que brotan de la contemplación de esa presencia divina que buscan en todo y que les permite experimentar que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8,27), así como descubren también la acción del Padre y del Hijo, por medio del Espíritu Santo, según las palabras de Jesús: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo» (Jn 5,17).

De esa percepción interior el director espiritual extrae el convencimiento de la acción de Dios en el alma del dirigido y el potencial sobrenatural que tiene, lo que hace que pueda comunicar a éste no sólo las directrices necesarias para avanzar en la vida evangélica sino la gozosa esperanza que le impulsa a trabajar en ello con generosidad y valentía (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 59-61).

Esta misma visión sobrenatural, que debe unir a los dos, puede ser causa de sufrimiento en el dirigido, cuando echa en falta una atención más afectiva y humana; lo que hace que se evidencie la necesidad de clarificar el sentido de la dirección espiritual y la decisión del dirigido de apostar por la búsqueda de Dios. Estas mismas dificultades «afectivas» sirven para que, tanto el director como el dirigido, se afirmen en la tarea que les pide a Dios y realicen la conversión necesaria para llevarla a cabo.

Hay una enorme diferencia entre un director «natural» y un verdadero director espiritual. Ambos aseguran seguir a Jesucristo, pero uno lo hace desde cierta distancia.

El natural, el de sabiduría humana -el anthropos psychikos- (1Cor 2,14), es posible que sea una persona estupenda, afable, delicada. Pero eso no quiere decir que sea necesariamente espiritual según el sentimiento de San Pablo, el sentido del desierto o sentido místico. Puede que esa persona esté llena de entusiasmos y de espíritu, pero no necesariamente del Espíritu. Tal director todavía no capta las cosas del Espíritu de Dios porque le parecen necedad… Los psychikoi disciernen la realidad a base de baremos externos. Miden equivocadamente su propio progreso espiritual y el de los demás según los grados de estricta conformidad a las normas, leyes, costumbres y expectativas de los que están en autoridad… Los psychikoi, empeñados en el cumplimiento de prácticas externas (como ciertos modos de oración, maneras preestablecidas de vivir en común, criterios morales rígidos), interceptan la vida del Espíritu y no la dejan correr a través de ellos. Este tipo de personas se hacen incapaces de recibir nada del Espíritu. Cualquier cosa de genuino valor espiritual les altera y les pone nerviosas. No saben cómo tomarlo, no lo entienden y, por lo tanto, lo resuelven diciendo que debe ser «necedad» (1Cor 2,14). Como no encaja con sus ideas preconcebidas sobre quién es el Espíritu y de cómo dicho Espíritu debería actuar, a la persona natural todo lo espiritual le viene a resultar un enigma.

Desconectado de la vida dinámica del Espíritu que mora en lo interior, los psychikoi no pueden discernir la realidad según las verdaderas espiritualidades (1Cor 2,14). Y es que han hecho de cosas que en sí mismas proceden de Dios y son de Dios y para Dios pequeños dioses, permaneciendo así cegados por esos ídolos. Desgraciadamente, muchos de los que profesan ser buenos cristianos, buenos religiosos, buenos sacerdotes (o incluso obispos) son poco más que buenos psychikoi.

La persona natural que se lanza a ser guía espiritual puede producir efectos terribles. Teniendo tan poca, por no decir ninguna, experiencia de lo que es verdaderamente espiritualidad, será incapaz de dirigir a otros espiritualmente o de entender las experiencias de personas genuinamente espirituales (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 56-58).

Al guiar a otros, el director espiritual será, pues, capaz de amar a los dirigidos con el mismo amor de Dios. Tendrá una gran capacidad de aceptar a las personas tal como son y respetará con toda naturalidad el camino particular y singularísimo por el que el Espíritu va espiritualizando a cada uno… Estos verdaderos espirituales no se detienen en nada, pasan a través de los acontecimientos, las personas, las situaciones de la vida y a través de sí mismos a fin de discernir y detectar la presencia de Dios en el fondo de todo… Las personas espirituales no sólo perciben la presencia de Dios en lo que aparece como bueno, sino que también perciben el potencial de bondad que existe en todo lo que todavía no es bueno. De ahí que un principio fundamental para los directores espirituales sea éste: «Dios hace que todo se torne para bien de los que le aman… Nada puede separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,28-39). La percepción de «Dios siendo todo en todo» (1Co 15,28) dispone al director espiritual a mirar la condición humana de un modo totalmente distinto… Los verdaderos espirituales están dotados por el Espíritu para comunicar esta visión transformada de la realidad a los que con sinceridad buscan su ayuda y su guía (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 59-61).

2) Principales cualidades del director espiritual

 

Hablando con un sacerdote

 

En el fondo, la cualidad más importante que debe tener el director es muy concreta: descubrir en el otro la llamada del Espíritu. Ésta es, pues, la capacidad que hay que buscar en el director. Y, para lograrlo, hemos de tener en cuenta una serie de cualidades que indican la idoneidad de la persona para la función que se le reclama:

Tal oficio requiere en quien lo ejercita una calidad interior correspondiente a un cristiano maduro y ejemplar, eminente por su fidelidad y su vida, de suficientes conocimientos evangélicos, con experiencia de tiempo y calidad y con la prudencia de una virtud madura. Requiere una cualificación fundamental de sapiencia que abarque la competencia doctrinal, probidad o caridad sincera y constante y discreción; una cualificación formal de experiencia; una cualificación donal de plenitud de Espíritu Santo que le haga a él mismo perfectamente dócil y lo convierta en una especie de personificación viva de los dones del Espíritu (Mendizábal, Dirección espiritual, 44).

Evidentemente estamos ante una relación de cualidades tan extensa que puede resultar agobiante, tanto para el director como para el dirigido: para aquél porque puede hacer que se sienta incapaz sin serlo, y para éste porque le haga sentir imposible encontrar a una persona así. En realidad no se trata de poseer necesariamente todas estas cualidades en grado extraordinario, sino la «fisonomía» que confiere a una persona la posesión de estas cualidades en diversos grados o el verdadero interés por las mismas.

San Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús resumen muy bien las cualidades fundamentales del director, de manera tan clara como simple:

Porque, para guiar al espíritu, aunque el fundamento es el saber y discreción, si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no atinará a encaminar al alma en él, cuando Dios se lo da, ni aun lo entenderá (San Juan de la Cruz, Llama B, 3,30).

Así que importa mucho ser el maestro avisado digo de buen entendimiento y que tenga experiencia. Si con esto tiene letras, es grandísimo negocio. Mas si no se pueden hallar estas tres cosas juntas, las dos primeras importan más; porque letrados pueden procurar para comunicarse con ellos cuando tuvieren necesidad. Digo que a los principios, si no tienen oración, aprovechan poco letras; no digo que no traten con letrados, porque espíritu que no vaya comenzado en verdad yo más le querría sin oración; y es gran cosa letras, porque éstas nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz y, llegados a verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos: de devociones a bobas nos libre Dios (Santa Teresa de Jesús, Vida, 13, 16).

Vamos a intentar desgranar, una a una, las cualidades principales que muestran la idoneidad de una persona para la dirección espiritual.

a) Conocimiento

El director espiritual debe poseer conocimientos suficientes tanto en teología como en ciencias humanas, puesto que sin una buena preparación resulta peligroso llevar a cabo el discernimiento evangélico, puesto que será el «ciego que guía a otro ciego» (Mt 15,14)[2]. Lo cual no quiere decir que debamos buscar principalmente a un erudito. «Cuando se trata de adquirir conocimientos espirituales o psicológicos, jamás debemos perder de vista que los mejores educadores no son los más impuestos en pedagogía. La regla puede ser: ni ignorante, ni erudito. Los santos no han de ser, necesariamente, buenos directores, pero los conocimientos llegan a hacerse peligrosos entre los espíritus postizos, abstractos, sistemáticos o poco humanos. Algunos encuentran, en su ciencia, un obstáculo para la dirección de las almas; se enredan en sutilezas en vez de dar un juicio o un consejo. En suma, es preciso evitar, a la vez, todos los daños: los del aprendiz y los del sabio; el simplismo, la pesadez, la sutileza, la pretensión, el encumbramiento, da ausencia de lucidez de espíritu y de falta de tiempo para recibir. Que la ciencia siga al nivel de la vida»[3].

b) Discernimiento

La dirección espiritual está estrechamente relacionada con el discernimiento de espíritus, que es el método idóneo para descubrir si las mociones interiores o las invitaciones que contienen los acontecimientos de la vida vienen de Dios, del diablo, del mundo o de nosotros mismos. En la dirección espiritual buscamos este discernimiento de los impulsos del Espíritu Santo en nuestra vida con la colaboración de otra persona que nos ayuda a captar en concreto la presencia y la acción de Dios en nuestra historia[4].

Por lo tanto, el director espiritual necesita la capacidad para responder al discernimiento que los demás le presentan. Se trata de un verdadero carisma de discernimiento; carisma que hay que pedir, porque sin él no se puede asumir esta misión.

El único temor que debe permitirse el director es no reconocer los dones de Dios y no sorprenderse de las maravillas que pasan por sus manos. Por eso debe conocer el peligro del orgullo, que le empuja a atribuirse como suyo lo que procede de la gracia, sabiendo que sólo el reconocimiento cotidiano de los dones de Dios le puede mantener en la verdad y la libertad propias del amor.

Siendo oficio fundamental de la dirección ayudar a discernir los movimientos de la gracia de los impulsos de la naturaleza para ayudarle luego a seguir fielmente las mociones de la gracia, se comprende que uno de los talentos fundamentales del director haya de ser la capacidad de reconocer la conciencia en relación con estas mociones de la gracia. El meollo de la dirección está en que el director sepa conjeturar el paso inmediato del camino de perfección que en este momento se le ofrece al hombre (Mendizábal, Dirección espiritual, 84).

Este discernimiento necesario del director espiritual tiene mucho que ver con el don de entender al dirigido, es decir, de «leer en su alma», de manera que la eficacia de la dirección espiritual es proporcional a esta capacidad del director[5].

Evidentemente estamos hablando de un don, pero no de un don especialísimo y místico, como tenían el Cura de Ars o el Padre Pío, para conocer la situación espiritual de una persona antes de que la manifiesta. Se trata del don de interpretar con claridad, rapidez y seguridad lo que hay detrás de lo que manifiesta el dirigido con sus palabras y más allá de las mismas. Por eso el director «no tiene necesidad de largas explicaciones y matizaciones. Y la persona se siente también inmediatamente comprendida aun sin haber hablado apenas… El director le entiende mejor de cómo él se entiende»[6].

Este don es ciertamente una gracia, por lo que estrictamente hablando no se puede conseguir con nuestros medios; pero sí necesita de un trabajo concreto para recibirla: la búsqueda incansable de Dios, la permanente atención apasionada a él y el intercambio amoroso entre Dios y el alma[7].

De tal manera es importante este punto, que supone una clave importante para que se pueda establecer la dirección espiritual: si después de haberlo intentado sinceramente, el director no puede «entender» al dirigido o el dirigido no se siente comprendido, no debe mantenerse la dirección espiritual[8].

La capacidad de discernimiento del director tiene que ayudar al dirigido a aprender a mirar la realidad con los ojos de Jesucristo, superar las apariencias y colocarse en la verdad de Dios. Sólo si se sitúa en esa verdad puede tomar las decisiones según la voluntad de Dios. Esa nueva mirada es un sentido espiritual que se da en el bautismo, pero que hay que despertar y desarrollar por medio de la lectura espiritual de la Palabra de Dios y con la práctica. Para ambas cosas se necesita la ayuda de la dirección espiritual.

El diálogo espiritual se convierte así en una educación de la mirada contemplativa, no en una huida del mundo, sino en aprender a dirigir a las cosas, a los acontecimientos y a las personas una mirada verdadera, la de Cristo resucitado, que ve el mundo en la transparencia del Espíritu (Laplace, La dirección de conciencia, 72).

Estrechamente relacionado con el carisma del discernimiento está la capacidad de distinguir lo objetivo de lo subjetivo, lo verdadero de lo falso, la auténtica experiencia de Dios y las proyecciones del sujeto. Es más, el director tiene que ayudar a que el dirigido sepa qué es lo objetivo en su experiencia o en determinada situación, y ayudarle a tomar las decisiones oportunas partiendo de lo objetivo y lo razonable. Forma parte de la tarea del director mantenerse en el plano más objetivo posible y ayudar al dirigido a salir del subjetivismo y de sus propias proyecciones.

Una tentación muy frecuente que dificulta esta tarea, tanto para el director como para el dirigido, consiste en traducir las mociones espirituales rápidamente, sin esperar a que se asienten lo suficiente como para comprobar su verdadero sentido. Por eso, para evitar las proyecciones es imprescindible que objetivar; y para ello el director tiene que recopilar los datos de manera que sepa distinguir claramente estas tres realidades, que normalmente no suelen coincidir:

1. ¿Qué me dice la otra persona?

2. ¿Qué quiere decir realmente?

3. ¿Qué necesita de verdad?

La percepción clara de estas tres realidades es lo que permite al director no sólo captar el problema o la situación real del dirigido, sino que éste se sienta comprendido y perciba claramente que el director ha comprendido adecuadamente su situación.

La objetivación que debe hacer el director tiene como instrumento fundamental la recopilación de datos para tener la más amplia visión de conjunto. A través de lo que manifiesta el dirigido espontáneamente, del lenguaje implícito de gestos, actitudes físicas, etc., tiene que hacerse una idea, lo más precisa posible, de la situación real del dirigido. Para ello tiene que ayudarse de algunas preguntas, claras y precisas, que permitan la mejor comprensión de los hechos y que jamás estén movidas por la curiosidad o el interés personal. Luego, el director unirá toda esta información para tener una idea precisa del proceso seguido, de la situación actual, las motivaciones, etc.

Finalmente, todos estos datos se han de estructurar antes de dar un consejo u orientación, de manera que el dirigido vea claramente la conexión entre lo que él ha manifestado y la orientación que recibe.

c) Experiencia

La misión que se le encomienda al director requiere de experiencia en dos campos:

1. Experiencia en el diálogo de dirección. Que es algo que se va adquiriendo, con el tiempo, a través del mismo ejercicio de su misión[9].

2. Experiencia real sobre lo que va a orientar. En este segundo terreno, es necesaria una preparación teórica previa; pero ésta vale sólo en la medida en que existe una verdadera experiencia de vida espiritual[10]. Así, gracias a su propia vida interior, el padre espiritual puede ofrecer al dirigido unas palabras que adquieren la fuerza de penetración que tienen por ser eco indiscutible de la Palabra de Dios. Este tipo de palabras no las puede inventar a capricho el director, sino que son fruto de la gracia que Dios le concede para percibir el soplo del Espíritu en las circunstancias más importantes de la vida.

3) Otras cualidades del director

Además de las tres apuntadas arriba convienen al director una serie de cualidades que, además de servirle para realizar adecuadamente su tarea, constituyen un buen criterio de discernimiento para elegir al guía de nuestra alma.

a) Hábito de silencio y oración

 

Sacerdote en oración

 

Sin una vida espiritual viva no es posible ejercer la misión de director espiritual, lo cual exige una profunda experiencia interior de encuentro con Dios a través del silencio y la oración. Teniendo en cuenta que la función de orientación se realiza sobre la oración y sus frutos, resulta imprescindible que el director tenga una experiencia personal profunda de oración para poder entender de primera mano las dificultades de la misma, así como los posibles caminos por donde puede discurrir.

A ejemplo de aquellos abbas/ammas, el director espiritual también debe tener una experiencia personal de desierto: concretamente, del desierto del corazón (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 49).

¿Por qué es, pues, la soledad tan esencial para el director espiritual? La respuesta es obvia. No se puede comunicar a los demás un Dios personal y amoroso sin antes haberlo experimentado como personal y amoroso. No se puede dar a otro lo que uno aún no ha recibido. Simples conocimientos acerca de Dios no  son suficiente. Hay que conocerle personalmente, de manera directa, por el amor y la fe. De ahí que la primera responsabilidad de un director eficiente sea la de cuidar su propia vida interior, sacar tiempo para la oración solitaria y el estudio serio. En la experiencia de desierto es donde se recibe de Dios el conocimiento propio y la sabiduría divina necesarios para guiar a otros. Primero hay que ser tentado en el desierto (Mt 4,1). Es preciso experimentar en carne propia la transformación que la gracia realiza en nuestra fragilidad humana. Nunca seremos capaces de dirigir a otro espiritualmente hasta que no descubramos nuestra dirección espiritual. Dios no juega con este tema, ni lo toma superficialmente. El Señor espera que le dejemos hacernos dignos de la vocación a la que hemos sido llamados (Ef 1,4). Un director debe, por lo tanto, aprender a estar solo, a escuchar al Espíritu en el silencio interior, a descubrir su propia verdad y la de Dios. La palabra del director a los demás será entonces palabra de Dios. Será una palabra con fuerza -palabra de autoridad interna (Mt 7,29)-, porque brotará del silencio, la soledad y la oración (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 54-55).

b) Docilidad al Espíritu

Un rasgo que hemos de buscar en el director es la sumisión al Espíritu Santo. Es un fruto de la auténtica fe, y se demuestra en el interés con el que el director la inculca a sus dirigidos, como si él mismo quisiera desaparecer ante el único Maestro que habla al corazón. Esta docilidad, debe existir previamente en su vida íntima; y éste debe ser su distintivo propio»[11]. Se trata de una ductilidad real, que tiene que manifestarse en la vida concreta del director como «docilidad a los acontecimientos y a lo inesperado. Porque a través de ellos, Dios ajusta a la verdad su instrumento de elección para hacerle comprender de dónde le viene su eficacia. Para uno, será el modo de aceptar su enfermedad; para otro, una incapacidad en el trabajo o una fragilidad extrema; para un tercero, una prueba íntima, que nadie sospecha; cada uno aprende a despojarse de la confianza que pone en sí mismo y a no apoyarse sino en Dios»[12].

Por esta actitud, el director está convencido de que el Espíritu es el maestro interior que convierte la palabra escuchada en palabra personal y salvadora. Por eso no cae en la ansiedad sobre lo que debe decir o cómo acertar en sus intervenciones. Está atento a las manifestaciones del Espíritu, pero no es impaciente. De ahí nace un optimismo fundado en la fe: sabe que se puede llegar a la claridad a partir de la oscuridad o desde el pecado, gracias a la luz que infunde el Espíritu Santo.

c) Libertad

Ya hemos indicado que el director es libre y con su libertad ayuda a la libertad de aquel al que ayuda a crecer en la fe[13]. Tiene un corazón libre, que nace del convencimiento de que los otros pertenecen a Dios; lo cual le permite opinar y actuar sin estar atado por la opinión o las reacciones del dirigido, buscando siempre la voluntad de Dios:

Quien es incapaz de dar un disgusto; quien, con tal de que el dirigido no se vaya, está dispuesto a ceder a sus deseos, no cumplirá bien con su oficio de director. Sería milagroso que se diera un buen director a quien ningún dirigido abandonara (Mendizábal, Dirección espiritual, 69).

Esta misma libertad le hace afrontar el encuentro con cada persona y cada entrevista de una forma nueva, sin prejuicios. Dispuesto a manifestarse con libertad, es decir con claridad y sin prevenciones:

Es preciso presentarse desarmado, sin ideas preconcebidas, sin pretender conocer, de antemano, el giro que la cosa tomará. Una situación no se aclara si no se mete uno en ella, como si fuera única y nueva. Esto supone una amplia libertad, la de decir lo que uno piensa, cuando llega el momento, y decirlo en términos claros. Conducta que, a su vez, facilita la libertad del otro (Laplace, La dirección de conciencia, 104).

El que es libre en la tarea de la dirección sabe que esa libertad le llevará frecuentemente a cierta soledad. Conoce la soledad que le viene de la gracia. Lleva en su corazón los secretos de los otros y no le pertenece revelarlos a su manera. Cristo conoció esa soledad, remitiéndose sólo al Padre. Ésa es la fuente de la más pura libertad y de la alegría perfecta.

d) Humildad

Podríamos decir que «la humildad es la virtud fundamental del director porque lo coloca en la justa posición ante Dios y ante las almas que debe guiar… Como siervo debe respetar tanto los derechos de Dios como los derechos de las almas, secundar la acción y los designios de Dios y no imponer sus modos de ver, respetar la personalidad del fiel y sus íntimas exigencias»[14]. De hecho, «por docto y perspicaz que sea, está totalmente fuera de duda que el director nunca podrá cumplir con los deberes de su magisterio sin la gracia de la luz divina»[15].

Para alcanzar esta disposición el director debe ser plenamente consciente de que «los consejos que él da no lo hacen más santo»[16], porque no expresan ni su sabiduría ni su santidad, puesto que nunca deja de ser un pobre «instrumento, instrumento necesario e inútil de una obra divina que le supera»[17].

Y es, justamente, la misma consciencia de su pobreza e indignidad ante una misión que le sobrepasa lo que lleva al director espiritual a la humildad propia de su misión de mediador de Dios, por la que se coloca en un segundo lugar, de mero instrumento, y, a la vez, le confiere la eficacia de la acción del mismo Dios que lo utiliza para sus fines[18].

e) Pureza de corazón

Junto a la humildad hemos de buscar en el director la pureza de la que nos habla el Señor en las bienaventuranzas (Mt 5,8) y que no consiste simplemente de evitar apegos afectivos insanos, sino de algo mucho más profundo, que tiene que ver con dejar que la luz de Dios ponga en su sitio lo que hay en nuestro interior. «En realidad, la pureza de corazón es ese hábito adquirido de transparencia respecto de Dios, mediante el cual, en las acciones, en las relaciones con los otros, en las decisiones, el hombre no se deja engañar por sus móviles secretos y los somete, más y más, a la ilustración de Dios»[19].

f) Paz interior

El dirigido no puede pretender que el director le ofrezca la tranquilidad de conciencia que el mundo logra despachando muchas de las cuestiones espirituales con juicios meramente humanos; pero sí debe poder encontrar en el director la paz que nace del encuentro con Dios en la oración y que elimina toda angustia y todo temor ante sus propias dificultades personales y las que le plantean los demás. Con esa paz, fruto de la confianza en Dios, el director ora por sus dirigidos y pide para ellos la luz de Dios que él sabe que no posee, sino que es poseído por ella.

 

Árbol bañado en la luz del sol

 

Al tratarse de una luz que contradice al mundo, su recepción puede originar en el dirigido un desconcierto o dolor, que el mismo Jesús ya había predicho. En este sentido es necesario distinguir entre la tranquilidad que ofrece el mundo al precio de acallar la conciencia y la paz que nos da Dios como fruto de una autenticidad evangélica que conlleva incomprensión y oposición por parte del mundo[20].

g) Grandeza de alma

Hace falta un corazón grande para aceptar la tarea de la dirección espiritual sin apropiarse de las personas, sin dejarse herir por las susceptibilidades de los dirigidos o de los que le rodean, sin aprovecharse de ventajas ni ceder a vanas curiosidades, con la disponibilidad a dejar marchar al dirigido cuando sea necesario. Ofreciendo generosamente una ayuda que, muchas veces, no se valora desde fuera y no se agradece desde dentro. Dedicándose a una tarea escondida y renunciando a puestos y trabajos más prestigiosos.

La experiencia personal que el padre espiritual ha tenido del juego de la libertad y del amor le preserva de la dureza a la que le expone una preocupación demasiado simple por ser fiel a normas y criterios preestablecidos. La prueba de la autenticidad de su vida espiritual es que le ha llevado, por la vía de la experiencia, a la verdadera bondad, que no consiste en la mera facilidad exterior sino que es patrimonio del alma que no se ata a nada ni a nadie porque busca a Dios y lo encuentra en todos y en todo, especialmente en el alma que Dios le encomienda[21].

h) Bondad y amor

De un modo u otro, la tarea de dirección espiritual exige del director una entrega que le permita acomodarse a las necesidades reales del dirigido y acogerle con cordialidad, pero en verdad, ayudándole no sólo con su palabra, sino también a través de la intercesión[22]. Esto configura al director como un reflejo de la bondad de Cristo-maestro[23]. De hecho «nada le dará tanto sentido de seguridad [al dirigido] como la percepción experimentada de una cordialidad amigable, que entiende inspirada por Dios y ofrecida por Dios en el director»[24].

La bondad del director debe ser muy paciente para soportar, escuchar, repetir, ejercitar (Dictionnaire de Spiritualité, 1191).

La dirección espiritual es así una magnífica oportunidad de ejercitar el amor que nos pide el Señor y consiste en amar al otro como uno mismo es amado por Cristo. Y este amor se manifiesta de manera concreta y real en la entrega generosa que el director hace de sí mismo a través de la donación de su tiempo, sus energías y capacidades y el esfuerzo que supone llevar a cabo su misión con plena fidelidad a la voluntad de Dios[25].

La bondad se hace especialmente necesaria en los momentos difíciles:

La afabilidad siempre es importante en la dirección espiritual, pero es algo absolutamente crucial en los momentos de confrontación… El director manifiesta afabilidad cuando se muestra comprensivo ante la fragilidad y vulnerabilidad del dirigido (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 253.254).

i) Capacidad de escucha

El auténtico director tiene que ser capaz de escuchar y de estar en silencio, para acoger al otro, para ver más allá de lo que se le manifiesta. Un silencio que no nace del temor, la inquietud o la indiferencia. Sabe recibir las dudas y la agresividad del otro con el silencio apacible del que va más allá del razonamiento. Sabe devolver un silencio apacible: respondiendo más con el ser que con las palabras. Sabe esperar el momento en que algo pase o que llegue la palabra que ilumine al otro. No se apresura; deja que el otro reflexione o que se manifieste más profundamente[26].

Quizá sea éste el gran secreto de una buena dirección: escuchar al dirigido. Escuchar gustosamente es la mejor manera de darse al prójimo, a imitación de Dios, que tiene siempre sus oídos abiertos a nuestras súplicas. Escuchar con paciencia, escuchar con interés, escuchar con amor, dándose cuenta bien de lo que se le dice (Mendizábal, Dirección espiritual, 76).

Pero este silencio, como expresión de amorosa acogida del otro, no puede ser fruto de otra cosa que de la actitud de silencio interior con la que el director se pone ante Dios para acoger humildemente su palabra:

El director espiritual, por tanto, permanece atento a Dios en espera silenciosa, aceptando humildemente tanto la presencia como la ausencia de cualquier inspiración que le venga de Él y abierto a cualquier modo en que el Señor quiera manifestarle su plan (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 130-131).

j) Paciencia

 

Dejar crecer la planta

 

A veces la palabra dicha tarda años en germinar. Por eso el verdadero director sabe que su tarea es sembrar. No tiene ansiedad por ver el fruto. Confía en que Dios mismo, que es el que le hace decir la palabra oportuna, él mismo la hará eficaz en el dirigido. Y sabe aceptar también la noche y la espera con fe.

No sustituye el esfuerzo del otro, no da soluciones hechas; ayuda a descubrir y a cumplir. Sabe que valen más las soluciones que descubre cada uno, aunque sean más imperfectas que las que se ven desde fuera. Deja actuar a Dios[27]. Ayuda a descubrir la respuesta que está en el otro.

También sabe que no hay que comunicar inmediatamente la palabra que él descubre, sino que tiene que preguntarse si el otro está maduro para recibirla y debe esperar el momento favorable para decirla.

Esta paciencia es un don del Señor, que precisa de amor, fortaleza,   y esperanza. Es una virtud que se ejercita en relación con los males y aprovecha los bienes. Es necesaria entre el director y el dirigido, también con los demás y con la misma acción de Dios. Pero no tiene nada que ver con la resignación, precisamente porque sabe que Dios actúa y lo aprovecha todo (cf. Rm 8,28)[28].

k) Espíritu de fe en su tarea

Puesto que la eficacia de la gracia no depende del instrumento del que se sirve, el director debe apoyar el fruto de su misión en un acto de fe por el que entrega a Dios su esfuerzo para que él le otorgue el resultado que crea conveniente. «Su abandono debe llegar al punto de darse en él un verdadero desasimiento de todo deseo de dar a los otros orientaciones y sugerencias concretas, y también de todo deseo de obtener soluciones visibles e inmediatas a sus dificultades y problemas. No deberá exigir al Señor gracias específicas para sus dirigidos creyendo que esas son las que les van a santificar mejor»[29].

l) Audacia

Como fruto de la confianza sobrenatural en la eficacia de su misión, el director tiene que ser audaz. Evitando siempre caer en la imprudencia, hay ocasiones en las que su palabra debe ser audaz. Atreverse a lanzar la palabra incisiva que revela el mal o manifiesta una llamada que el otro no quiere escuchar. Esa palabra audaz debe ser franca y clara; puede llegar a ser desconcertante, pero nunca debe ser dura o apremiante. Debe decirse sin temor a lo que sucederá. El guía no es el dueño de la palabra que transmite. Hay que fiarse de la intuición. Los signos de que la palabra dicha era la palabra adecuada es la paz y la indiferencia frente al resultado.

m) El conjunto de cualidades

La relación de cualidades o condiciones necesarias o convenientes puede ampliarse o reducirse en función de lo que se espera de la dirección espiritual y de quien ha de guiarla. El P. Mendizábal[30] propone una serie de cualidades que pueden complementar las referidas hasta aquí y que podríamos resumir del siguiente modo:

-Preparación doctrinal sólida y actualizada.

-Conocimientos y cualidades psicológicas.

-Cultura suficiente y actualizada, no para mostrarla pedantemente, sino para saber llevar la conversación ágilmente, de manera que dé criterios justos en campos diversos tocados en la entrevista.

-Capacidad de inspirar animando.

-Sentido realista y equilibrado de las cosas.

-Fuerza personal suficiente para no dejarse conducir y manejar por aquellos mismos a quienes trata de ayudar.

-Profundo espíritu de fe, con convicciones serenamente radicadas.

-Madurez afectiva, que le haga ocupar su puesto lealmente.

-Luz para conocer el espíritu y penetrarlo hasta el fondo con una mirada y para dirigirlo hacia el bien.

-Capacidad de comunicarse.

-Entendiendo mucho, hable poco; enseñando más con ejemplos que con palabras.

-Don de ganarse la confianza, favoreciendo la apertura del corazón.

-Sentido de acomodación a las disposiciones reales y actuales del dirigido, consciente de su función subsidiaria, complementaria.

-Tacto en sus intervenciones y en la medida de sus consejos, sin empeñarse en instruir a quien está instruido, ni en inspirar a quien está inspirado.

-No ser cerebral ni tenaz en su propio juicio, antes inclinado a seguir el juicio de otros; sobre todo, mayores, experimentados.

-Integración de cuanto enseña la psicología reciente sobre el arte del diálogo y del consejo, teniendo presente que se trata de integrar, no de sustituir, y que ha de asimilar el arte de conversar, no el contenido de la conversación.

-Suma reserva sobre las confidencias que reciba, de manera que del interesado pueda estar cierto que nada de cuanto él haya comunicado saldrá del secreto del corazón del director[31].

4) Cualidades y limitaciones

Después de ver todo lo que necesita el director espiritual, dada la importancia y complejidad de su tarea, podemos tener la impresión de que sólo puede ser director espiritual un superhombre, alguien dotado de un apabullante conjunto de condiciones excepcionales. Esto podría desanimar a cualquiera a realizar esta misión o a pretender encontrar al director adecuado.

Por eso hemos de recordar que se trata de un carisma que, como todo don de Dios, hay que recibir y desarrollar; pero que Dios mismo hace que exista y sea eficaz. Lo cual supone que seamos exigentes y realistas a la hora de buscar un director espiritual, conscientes de que no tratamos de encontrar al director perfecto, sino al mejor ayude a descubrir y cumplir la voluntad de Dios[32].

De manera semejante, Dios se vale de toda la personalidad del director para impartir dirección espiritual al dirigido. Talentos, conocimiento, experiencia, vida de oración…, junto con debilidades, prejuicios, falta de experiencia… todo, todo entra en juego. Hasta la manera particular de expresarse y comunicarse es utilizada (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 128).

Ante la tremenda responsabilidad de ayudar a otros a discernir su senda espiritual, los directores no pueden menos que palpar vivamente su propia pobreza e impotencia, pues les hace tomar conciencia del hecho de que «para los humanos esto es imposible» (Mc 10, 27). Pero precisamente al verse tan pobres e impotentes es cuando acuden al Señor en fe, amor y esperanza, descubriendo igualmente que «para Dios todo es posible» (Mc 10, 27; Lc 1, 37) (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 295-296).

El director entabla relación con los dirigidos tal y como es él. Esto es, con sus limitaciones y debilidades personales, con su incertidumbre y pecado, así como con sus talentos  o dones (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 298).

En este sentido hay que tener cuidado de que el temor a carecer de las cualidades necesarias pueda esconder una tendencia a la autosuficiencia y el deseo de asegurarse el éxito al margen de la fe.

En el fondo de todas las inquietudes que acabamos de mencionar lo que se esconde es la tendencia a confiar y apoyarse en uno mismo y en sus propias fuerzas… Los directores que se preocupan demasiado de cómo resultan y aparecen ante sus dirigidos normalmente están metidos en un continuo autoanálisis y autointrospección (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 300.301).

En ese caso, se hace necesario gustar y aceptar la propia pobreza y dar un salto en fe:

El Señor deja que los directores experimenten su propia impotencia y miseria, para así enseñarles e inculcarles una verdad fundamental, la de que ellos no son Dios ni salvan a nadie, y que a lo que han sido llamados es a ser instrumentos de Dios, sus servidores… La solución contra la autosuficiencia y el egocentrismo es: confianza en Dios y sólo en él; verdadero abandono en fe, esperanza y amor; permanecer libres, sin cuidados, arrojando en el Señor todas las preocupaciones y aconsejando únicamente cuando y como el Espíritu inspire (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 301.302).

Precisamente porque es débil, el director debe saber afrontar errores y frustraciones:

Esto ocurre sobre todo cuando ven que el otro no se está beneficiando de sus consejos y ayuda, o cuando están tan ocupados con algún otro trabajo o responsabilidad urgente que les resulta dificilísimo seguir a los dirigidos con la atención e interés debidos. Esta sensación de frustración todavía se acrecienta más si encima están dirigiendo a alguien que pone muchas reservas y cortapisas para aceptar la realidad…

Todo lo que Dios le pide al director es que sobrelleve esas dudas, esas sensaciones y esa falta de entusiasmo. En lugar de tener remordimiento por sentirse así o de hacer demasiado caso de tales inquietudes, lo que tiene que hacer es esforzarse con todo empeño en permanecer, lo mejor que pueda, atento y presente a Dios en la persona del dirigido. Con espíritu de gozo y generosidad deberá trascender su estado de ánimo y sentimientos para actuar por principios, por sentido de responsabilidad y por convicción (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 304.305).

Lo que tiene que hacer el director es aceptar con humildad y madurez el hecho de que se ha confundido. Y aprender de tal experiencia lo más que pueda. Lo que está claro es que el Señor no quiere verlo hundiéndose hasta el abismo cada vez que comete un error. Y es que hay que saber que ningún guía espiritual es infalible, pero que Dios puede convertir sus equivocaciones en algo bueno, con la misma facilidad con que puede usar para el bien cualquier otra dificultad (Rom 8, 22)… Si hubiera algo en concreto que se pudiera hacer para corregir la situación, naturalmente que lo deberá procurar… Todo lo que Dios le pide al director es que colabore con el Espíritu lo mejor y más sinceramente posible. Lo demás hay que dejarlo en sus manos providentes (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 307-308).

5) Discernir el carisma de la dirección espiritual

A la hora de buscar un buen director espiritual se hace necesario tener pistas concretas que nos permitan saber que determinada persona tiene la capacidad necesaria para tan delicada misión. Una primera pista que nos orienta es comprobar que a dicha persona la solicitan con frecuencia para que ayude en el discernimiento. Eso ya se veía con claridad en los padres del desierto, y sigue siendo un criterio de elección plenamente válido.

El hecho de que (los padres del desierto) fueran buscados por otros no era más que la señal externa de que poseían el carisma recibido de Dios de engendrar la vida del Espíritu en aquellos que les habían sido enviados (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 63).

A una persona espiritual se la considera abba/amma en tanto en cuanto que Dios suscita en otros el deseo de buscarla para dirección espiritual. Y uno es padre/madre espiritual en tanto en cuanto que es escogido libremente como guía espiritual. Uno es abba/amma en la medida en que el dirigido está dispuesto a hacerse como niño: es decir, dispuesto a someterse a Dios a través de otro con docilidad, confianza y sencillez… Ser director espiritual es un ministerio, un carisma en el verdadero sentido de la palabra. Es algo que Dios lo concede primordialmente para beneficio de otros. Es algo que a uno le acontece. Nadie decide por cuenta propia hacerse director espiritual… Dios le revela este carisma sirviéndose de personas que andan buscando una dirección espiritual y la encuentra en él (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 67-68).

Pero hay que ir más allá. En el tiempo de las primeras persecuciones, los cristianos sabían que la fe les podía costar la vida y vivían la fe con intensidad y entrega heroicas. Pero a partir de Constantino el cristianismo se convierte en la religión del imperio y eso conlleva un descenso del nivel de exigencia espiritual de la mayoría de los cristianos, lo que obliga a algunos, que añoran la heroicidad de los tiempos anteriores, a retirarse al desierto para vivir una fe radical. Esto mueve muchos cristianos insatisfechos a buscar a estos eremitas para que les ayuden a alcanzar la santidad heroica en el mundo.

Sin embargo, en nuestros días no se percibe en la Iglesia una corriente amplia de búsqueda de la santidad heroica, sino que existe una tendencia generalizada a la acomodación al mundo. Lo que lleva a muchos cristianos a buscar, no tanto una ayuda para salir de ese ambiente y lanzarse a la santidad, sino el refugio que supone que les justifiquen en la mediocridad como la aspiración legítima ‑y, quizá, la única posible‑ del cristianismo actual.

Por eso no es suficiente el que busquen a una persona para reconocer en esa búsqueda un signo de idoneidad para la dirección, hace falta que quienes acuden a esa persona lo hagan con un claro deseo de salir de la inercia del mundo y lanzarse hacia las más grandes cimas de la santidad. Por eso, además de tener en cuenta las cualidades básicas (objetivas) de las que hemos hablado, hay que pensar[33]:

-¿Por qué nos buscan los que se acercan a pedirnos ayuda? ¿Qué buscan en nosotros: ayuda psicológica, comprensión, desahogo, formación, amistad…? ¿Es posible que un determinado desequilibrio o defecto nuestro atraiga a los demás para compensar los suyos? ¿O simplemente alguna cualidad secundaria como la fama, la moda, la simpatía…?

-¿Qué tipo de personas nos buscan? ¿Sólo jóvenes, o religiosas o mujeres…? Quizá podamos encontrar ahí una señal del tipo de personas podemos a las que podemos ayudar o qué es lo que buscan en nosotros.

-¿Estamos siendo llamados a la dirección espiritual como misión específica y primordial o a hacerla compatible con otras responsabilidades que nos encomienda el Señor?

-¿Cuáles son los frutos de la dirección espiritual que ofrecemos? ¿Se nota el adelanto espiritual en las personas que dirigimos?

-¿El ejercicio de este ministerio de la dirección espiritual nos purifica y nos transforma?

6) El director espiritual no sacerdote

 

Mujer que escucha a una joven

 

Lo normal es buscar la dirección espiritual de un sacerdote, lo que hace que muchos piensen que la condición sacerdotal es imprescindible para llevar a cabo esta misión[34].

Es un hecho histórico que la Iglesia no confía el ministerio de dirección sino al sacerdote ordenado, aunque no siempre lo confía a todo sacerdote ordenado […] Quizá pueda verse una conveniencia en esta designación del sacerdote si nos fijamos en carácter mediador y profético contenido en el ministerio de la dirección, y que parece convenir particularmente al oficio sacerdotal. Esta última observación no pretende, en manera alguna, poner reservas o querer eliminar el ejercicio de un oficio de dirección llevado en la Iglesia por no-sacerdotes (Mendizábal, Dirección espiritual, 54).

Sin embargo no es imprescindible que sea así. Es preferible un laico con el carisma de discernimiento que un sacerdote que carezca de él. «De hecho, lo mismo históricamente que en teoría, la dirección no necesita al sacerdote. En las primeras comunidades monásticas, el candidato escogía, entre los ancianos, un padre espiritual que lo iniciara en la nueva vida que deseaba emprender. El elegido no era sacerdote. ¿Qué le pedía? Edad y experiencia»[35].

La dirección espiritual supone un carisma de discernimiento y consejo que no viene conferido necesariamente por el sacramento del orden[36]. Además es fundamental que el director espiritual tenga experiencia personal de oración, discernimiento y vida cristiana suficiente para guiar a otros. Es cierto que al sacerdote se le supone la formación teológica necesaria para esta tarea pero, aunque tenga esa formación, no siempre tiene ni la experiencia ni el carisma. Y, sin embargo, ese carisma puede encontrarse en personas que no tienen el sacramento del orden.

Lo que pido, ante todo, a mi director, es su competencia, fruto de su experiencia y de su estudio; y que yo pueda escogerlo libremente. Tal competencia no la encuentro en cualquier sacerdote; y al contrario, puedo hallarla en alguno que no lo sea (Laplace, La dirección de conciencia, 39-40).

En este sentido resulta muy clarificadora la formulación que encontramos en el nº 2690 del Catecismo de la Iglesia Católica y en la cita de San Juan de la Cruz que recoge:

El Espíritu Santo da a ciertos fieles dones de sabiduría, de fe y de discernimiento dirigidos a este bien común que es la oración (dirección espiritual). Aquellos y aquellas que han sido dotados de tales dones son verdaderos servidores de la tradición viva de la oración.

Además de ser sabio y discreto, ha de ser experimentado. [...] Si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no atinará a encaminar el alma en él, cuando Dios se lo da, ni aun lo entenderá (San Juan de la Cruz, Llama B, 3, 30).

El texto del Catecismo deja claro que la dirección espiritual es un carisma y que no se concede necesariamente a sacerdotes, ni está vinculado al sacerdocio, sino que lo reciben algunos «fieles».

Incluso podríamos ir más lejos y afirmar que la paternidad y maternidad espiritual, que no tienen que coincidir necesariamente con la dirección espiritual, son algo más amplio y necesario de lo que solemos pensar. «Dios puede llamar a ejercer una pater/maternidad espiritual según formas diversas: como sacerdote, catequista, maestro, enfermera, amigo, madre, padre, hermano, hermana, esposo, esposa… Toda vocación cristiana implica de alguna manera cierta llamada a ayudar espiritualmente a aquellos a los que se es enviado. Sin embargo, una expresión muy singular de la paternidad espiritual es precisamente este ministerio que denominamos “dirección espiritual”» (Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 45).

A lo largo de este estudio se comprueba que la dirección espiritual tiene necesariamente una dimensión contemplativa y encaja con las cualidades y la misión del contemplativo (anhelo de llevar almas a Dios, vocación al amor, discernimiento, intercesión, transparentar a Cristo…), de tal manera que lo normal es que el contemplativo esté dispuesto a ejercer esta obra de caridad fraterna con quienes lo necesiten. Esto resulta especialmente necesario cuando faltan sacerdotes con la preparación, experiencia o interés necesarios para realizar esta tarea y hay tantas personas necesitadas de ayuda para alcanzar la santidad.

7) ¿Cómo se acepta a un dirigido?

A un dirigido se le acepta con mucho cuidado, calibrando bien la propia capacidad, así como la verdadera necesidad y disposición del dirigido. Es una gran responsabilidad porque el director se juega la santidad propia y ajena; sin olvidar nunca que, en definitiva, al artífice verdadero no es el director sino Dios.

Hay que huir de dos extremos igualmente peligros: El primero consiste en aceptar a todos a la dirección espiritual sin discernimiento; y el segundo en el elitismo de reservar la dirección espiritual a unas almas especialmente selectas.

a) Actitudes y disposiciones del dirigido

Cuando hablamos de la dirección espiritual, solemos mirar desde la perspectiva del que busca un director, por lo que solemos fijamos normalmente en las cualidades que debe poseer el director, así como la conveniencia de escoger al adecuado. Pero también hay que reconocer que no sirve cualquier actitud en el que solicita la dirección espiritual. El director debe fijarse si el dirigido experimenta realmente la necesidad de la dirección espiritual porque tiene hambre profunda de Dios[37]. Por lo tanto hemos de ser conscientes de que el que busca la ayuda espiritual puede no tener las disposiciones necesarias para poder recibir dicha ayuda o esperar del director lo que está fuera de su misión. Veamos un resumen de actitudes que, pareciendo legítimas, dificultan la acción del director o desvirtúan la misma dirección espiritual[38]:

-Hay quien no sabe cómo empezar ni qué decir y se siente molesto porque el director no toma la delantera.

-Otros están dispuestos a plantarse todas las preguntas y someterse a todas las exigencias, pero porque tienen un gran deseo de ser guiados y no tomar las riendas de su vida.

-Otros, que sufren desequilibrios interiores, acuden al guía espiritual como si fuera un psicólogo, o bien el padre o la madre que no han tenido.

-Otros -aunque equilibrados- no están educados o acostumbrados a expresar lo que sucede en su interior.

El que se ve ante la decisión de aceptar a un dirigido necesita oración y discernimiento para actuar con responsabilidad; y para esta tarea debe valorar los signos que indican si la actitud candidato a dirigido es la adecuada, para evitar posibles prejuicios y antipatías que perturben la decisión de aceptarlo como dirigido. No cabe dudad de que la experiencia del director le da una intuición espiritual para aceptar y rechazar a un posible dirigido. Un criterio para valorar al que pide dirección espiritual consiste en discernir su capacidad humana para vivir de manera normal y sana, así como el grado de libertad que ofrece a la gracia; y no tanto de la libertad teórica, sino de la libertad real, que es la que se manifiesta en la manera de entregarse a un servicio o a una relación personal. De un modo más concreto, el director debe plantearse:

-¿Acepta la visión que se le ofrece sobre su situación personal?

-¿Está dispuesto a ir más allá de sus miedos, gustos y afectos?

-¿Tiene autonomía espiritual? ¿Acepta los riesgos de su libertad?

-¿Tiene capacidad para expresar la interioridad?

Y, profundizando más, se puede preguntar en un nivel más espiritual:

-¿Se abre libremente a la vida del Espíritu?

-¿Tiene la humildad necesaria? ¿Se acerca a Dios con docilidad y confianza?

-¿Se encuentra en esa zona secreta de la fe donde nada es imposible para Dios?

Si estas cuestiones se resuelven adecuadamente, puede darse la confianza mutua, aceptación y empatía necesarias para que comience la relación de ayuda espiritual.

En la práctica puede ser de utilidad para el conocimiento inicial del dirigido que participe en un retiro o unos Ejercicios espirituales bajo la orientación del director. El clima de oración permite profundizar en los problemas desde una perspectiva más evangélica y libre; a la vez que puede centrar la materia sobre la que se trata en la entrevista de dirección en los verdaderos asuntos que requieren orientación espiritual.

Un aspecto importante en lo que se refiere al conocimiento del dirigido es la conveniencia de que el director posea datos objetivos que contrastar con lo que el dirigido le manifiesta. Evidentemente la dirección espiritual trata de orientar sobre la vida de una persona a partir de su experiencia espiritual; por lo que el director no está obligado a «adivinar» lo que hay de objetivo en la información que recibe. Le basta con acoger como verdadera la subjetividad de la otra persona, contando con su sinceridad y buena voluntad. De modo que los juicios que hace en el ámbito del discernimiento no exigen necesariamente un afinado contraste con la realidad objetiva. Si el dirigido afirma, por ejemplo: «No sé cómo asumir como cruz la falta de amor de mi esposa», hemos de tener en cuenta que el problema que se plantea es descubrir la voluntad de Dios en las dificultades, aplicarlo a una experiencia concreta de cruz y darle un enfoque evangélico al asunto. Evidentemente, el director puede ‑y debe‑ sugerir la necesidad de tener una seguridad de que esa falta de amor que le hace sufrir es real y no un mero sentimiento alejado de la realidad.

En este sentido puede ayudar al director conocer las circunstancias reales de la vida real del individuo, bien por tratarle personalmente en lo cotidiano o bien por diferentes informaciones que puede recibir de los que conocen al dirigido. Aunque estemos ya acercándonos a los límites de la dirección espiritual.

En cualquier caso, lo mejor es que el director espiritual tenga, por experiencia y formación, la capacidad para percibir el grado de coherencia o discrepancia con la realidad que poseen las manifestaciones del dirigido, no para echarle en cara su supuesta falsedad, sino para plantearle, respetando su subjetividad, como dudas, los aspectos sobre los que debería afinar el juicio para ajustarse lo más posible a la realidad.

Muchos directores no imaginan cuánto altera este hecho [que el dirigido ofrezca una imagen distorsionada de sí mismo] su punto de vista. Ya que reciben sus confidencias, creen que son los que mejor conocen al individuo. Limitados a la conversación, que llaman espiritual, son los que menos lo conocen. Si no cuidan de mantener contacto con lo cotidiano y lo real, se exponen a facilitar, a sus dirigidos, esta ilusión óptica, que es la del «espiritual puro». Nada más falso (Laplace, La dirección de conciencia, 104).

Aunque, en resumen, siempre habrá que aplicar, el siguiente principio básico: «Apreciar en el que viene a nosotros la capacidad humana de existir y el grado de libertad que ofrece a la gracia» (Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 18).

b) El ejemplo de los Padres del desierto

Vivimos en un mundo tan imbuido de individualismo, que el respeto por los demás se entiende como absoluta oposición a manifestar o realizar nada que contravenga las opiniones o decisiones de los demás. Eso suele llevar al que busca un director espiritual a juzgarlo de manera humana, lo que le hace incapaz de descubrir al instrumento que Dios le pone en el camino para que le ayude de verdad. Para salir de esta mentalidad, tan humana como poco evangélica, puede ayudarnos ver cómo actuaban en este sentido aquellos grandes directores espirituales que eran los Padres de desierto, cuyo magisterio perdura desde los primeros siglos del cristianismo hasta hoy.

¿Qué tipo de personas eran las que iban tras los padres/madres del desierto? Las mismas que hoy en día buscan la dirección espiritual. Eran, ante todo, aquellas que estaban dispuestas a afrontar y sufrir la cruda realidad de su soledad personal, y decididas a someterse, costara lo que costara, a la lucha entre Dios y el pecado ‑ambos viviendo en ellas‑ para poder resurgir renovadas en Cristo. Sin una libre y constante sumisión a Dios en el desierto de sus corazones cualquier intento por buscar orientación espiritual hubiera sido inútil… Quienes buscaban una palabra de salvación estaban enormemente hambrientos y sedientos de Dios. Se afanaban por descubrir su identidad personal en Cristo, así como por encontrar el camino particular por el que cada uno de ellos tenía que recorrerlo. Anhelaban superar el modo de vivir mediocre e incluso que los agobiaba. Los discípulos de los abbas y ammas eran aquellos que al experimentar su pobreza, su lucha personal y su debilidad sentían hondamente la necesidad de ser dirigidos espiritualmente (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 66-67).

La austeridad y radicalidad de los padres y madres del desierto servían de criba eficaz[39] para sacar a la luz las verdaderas y falsas motivaciones a la hora de buscar a un director espiritual:

Aunque uno de verdad crea que necesita un director no siempre ello quiere decir que el Señor le esté empujando a este modo concreto de recibir orientación. Sus deseos pueden provenir de una gran ansiedad por obtener respuesta, de un anhelo de certidumbre y control, de una impaciencia por salir de la oscuridad y el misterio. A veces la curiosidad o el afán de consuelos es lo que mueve a algunos a desear un guía personal. Y hasta hay quienes lo quieren porque suena bien eso de tener director espiritual (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 74-75).

Quizá habría que empezar por aquí. De hecho existen señales previas que ayudan a hacer un juicio sobre la conveniencia de iniciar la dirección espiritual, como el que ya exista una buena confianza mutua o que tengamos tiempo y energía para poder atenderle, «pero, en último análisis, también los directores tienen que fiarse de la propia intuición iluminada por la fe para discernir la autenticidad de esta misteriosa llamada» (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 78). Además, debemos plantearnos alguna cuestiones[40]:

-¿Realmente está buscando una dirección espiritual? Esto se ve con claridad cuando surge la resistencia o la rebeldía ante una simple sugerencia o pregunta de auténtica dirección espiritual.

-¿Tiene libertad de elegir director espiritual? Si no se da esa libertad, es muy difícil que haya sinceridad y confianza. Hay que ayudar, entonces, a que elija adecuadamente el director espiritual que necesita.

Existe un caso especial que se suele dar en los seminarios o comunidades religiosas, donde se asigna a una persona un determinado director. En esos casos hay que tener en cuenta lo siguiente[41]:

a) No se debe forzar la dirección espiritual.

b) Hay que conocer y considerar las necesidades del dirigido antes de adjudicarle un director.

c) Tiene que existir la posibilidad de aceptar o rechazar a un director que no se conoce.

d) Pero si, a pesar de intentarlo, no se da la suficiente confianza y entendimiento debe existir la posibilidad de cambiar de director.

e) Por último, tiene que haber un momento en que se acepte libremente al director y al dirigido.

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NOTAS

[1] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 56-58.

[2] «El pecado capital del director consiste en presumir guiar al prójimo estando él mismo ciego, o al menos en aquellos puntos de espíritu en los cuales él mismo no está iluminado por la luz de Dios, y, en consecuencia, relativamente ciego. El pecado puede ser mayor que el que cometería quien practicara la medicina sin preparación en el campo (Mendizábal, Dirección espiritual, 45).

[3] Laplace, La dirección de conciencia, 95. En las p. 90-96, ofrece un itinerario para esa formación del director. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 255-260, recalca la necesidad de una preparación competente, y subraya que además de los conocimientos necesarios de teología ascética y mística, es preciso la reflexión sobre las experiencias de fe propias y de los dirigidos. Además añade que un excelente complemento de esta preparación, cuando se ha completado la formación básica, es profundizar en alguno de los grandes maestros espirituales.

[4] «Según esta tradición [oriental], la dirección se nos representa esencialmente, por parte del dirigido, como la manifestación, al Padre espiritual, de todos sus pensamientos, a fin de que en este oleaje inconsistente y continuo, el hombre aprenda a “discernir los espíritus”; es decir, esas emociones interiores: “sugestiones, impulsos de dentro” que pueden venir de Dios o del demonio. Y así, gracias a la lucha reclamada por este discernimiento, él llegará a la verdadera libertad de los hijos de Dios, conducido por el Espíritu Santo» (Hausherr, citado en Laplace, La dirección de conciencia, 22).

[5] Cf. Mendizábal, Dirección espiritual, 82.

[6] Mendizábal, Dirección espiritual, 83.

[7] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 142-143. En este sentido es muy interesante el apartado titulado «La sabiduría en la dirección espiritual» (p. 153ss), en el que se afirma: «La mejor manera de disponerse a recibir esta sabiduría es simplemente escuchando a Dios, buscándolo, esperándolo. En una palabra, por medio de la contemplación» (p. 160).

[8] Cf. Mendizábal, Dirección espiritual, 82-83. Hay que distinguir esta incomprensión de la dificultad que puede surgir después de una entrevista en la que uno se ha sabido comprendido: «Podría suceder que la molestia y la violencia se sienta después de la entrevista, cuando ya no se encuentra bajo el encanto en que le envolvía la presencia benigna y serena del director. Entonces quizá se entristezca y hasta le dé rabia el que haya manifestado así su secreto, esa parte de sí mismo, a otro. Es normal que suceda tal reacción. Antes de despedirle al fin de la entrevista, no hará mal el director en prevenirle de que tal cosa puede suceder» (ib., 84).

[9] Laplace, La dirección de conciencia, 97s, propone una forma de reflexionar sobre la propia experiencia que permite que la práctica de la dirección se convierta en experiencia provechosa. También recuerda en la p. 123, que los Ejercicios Espirituales son fundamentales para adquirir la experiencia que necesita el director espiritual.

[10] «Para ser director, ante todo hay que ser espiritual» (Laplace, La dirección de conciencia, 7).

[11] Laplace, La dirección de conciencia, 109.

[12] Laplace, La dirección de conciencia, 112.

[13] «Faltaría a su deber el director que para no molestar al que dirige o por el temor de que acuda a otros, no le indicase las faltas, los defectos, los errores, lo dejase en sus ilusiones o exagerase sus virtudes». Royo Marín, Teología de la perfección cristiana. Citado por Pasquetto, Dirección espiritual, 625.

[14] Pasquetto, Dirección espiritual, 623.

[15] P. Juan de Jesús-María. Citado en Dictionnaire de Spiritualité, 1191.

[16] Laplace, La dirección de conciencia, 110.

[17] Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 35. Sobre la necesidad de considerar a Dios como el único director y el convencimiento de ser un mero instrumento véase Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 125 y las citas de la p. 126.

[18] Cf. Dictionnaire de Spiritualité, 1191.

[19] Laplace, La dirección de conciencia, 111.

[20] Cf. por ejemplo: Lc 12,51s; Jn 15,18.20, etc.

[21] «“Ahora que he pasado por las dificultades que usted sabe, no puedo tratar los casos que se presentan como antes”, me decía un día un sacerdote que hasta entonces sólo tenía lo que había aprendido en las clases del seminario para solucionar las consultas. La experiencia abre los ojos del corazón» (Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 82).

[22] «La cordialidad sana del director, debiendo ser auténtica, no puede limitarse cuadriculadamente al momento de la entrevista direccional […] Tiene que cuidar del dirigido no sólo en los momentos de la entrevista, sino repensar ante el Señor lo que en la entrevista ha tratado, encomendarlo en la oración, tener presente sus preocupaciones» (Mendizábal, Dirección espiritual, 77).

[23] «Como Jesús, será afable y dulce, teniendo presente que un celo indiscreto, una actitud dura y severa desconciertan a las almas y quitan la apertura del corazón, la confianza, la esperanza. Pero intentará no confundir la caridad sobrenatural con el amor sensible» (Pasquetto, Dirección espiritual, 623).

[24] Mendizábal, Dirección espiritual, 75.

[25] «La oblación de sí mismo se expresa en la acogida sonriente; con una sonrisa verdadera de la persona entera, que por el gesto mismo se entrega a la persona que se le acerca. La expresión del don de sí mismo es dar su tiempo. Cuando se da el propio tiempo, se da la atención, la propia presencia, todo lo que se puede dar» (Mendizábal, Dirección espiritual, 76).

[26] Cf. Laplace, La dirección de conciencia, 99-103.

[27] Cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, 15. 330.

[28] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 240-245, que desarrolla este punto con más amplitud.

[29] Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 130.

[30] Cf. Mendizábal, Dirección espiritual, 72-73.

[31] También Hernández, Guiones para un cursillo, 242-243, une a la prudencia, la vida espiritual seria y la experiencia, el secreto.

[32] «Para llevar la entrevista direccional a lo largo del proceso de la vida espiritual, hace falta en el director un conjunto de cualidades que difícilmente se encuentran reunidas en una persona. Hay que contar siempre con la limitación humana. Y la fuerza de Dios se manifiesta preferentemente en la debilidad» (Mendizábal, Dirección espiritual, 72).

[33] Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 69-72.

[34] «La función mediadora de la dirección espiritual estaba ligada a la función sacerdotal… porque la dirección prolonga en el alma la obra de Cristo mediador, que nos conduce al Padre» (Dictionnaire de Spiritualité, 1182). Aunque el mismo Dictionnaire de Spiritualité, reconoce que «otras personas, no revestidas del sacerdocio, pueden ser llamadas a compartir esta misión, con tal que la Iglesia las invista para ello» (col 1182) y que «en el terreno de la conciencia y sin autoridad obligatoria, el director guía y enseña en lo concreto lo que el ama debe hacer. Su doctrina es más bien un arte que una ciencia, porque concierne a lo individual. Su ciencia no le es conferida por el carácter sacerdotal; debe adquirirla».

[35] Laplace, La dirección de conciencia, 36. Baldomero Jiménez Duque, La dirección espiritual, Barcelona 1962 (Juan Flors), 17, afirma: «¿Quién puede ser director? En rigor cualquiera. Con tal, claro está, que tenga cualidades y aptitudes para ello. Es una obra de caridad fraternal, de apostolado, que cualquier bautizado (siempre hablo dentro del espacio espiritual de la Iglesia) puede y debe realizar si vale y está preparado para ello».

[36] «En esta mutua edificación interesa la experiencia y el carisma recibidos. De suyo, el sacerdocio no confiere ni la una ni el otro» (Laplace, La dirección de conciencia, 37).

[37] Cf. T. Merton, Spiritual Direction and Meditation, 5, citado en Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 67.

[38] Cf. Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 15-16.

[39] Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 77.

[40] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 78-79.

[41] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 80.

 

 

 

 

 

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