Página de navegación-Contemplativos en el mundo
Casa edificada sobre roca Símbolo del correo electrónico La balanza de la justicia Tomando apuntes en una reunión Campanario al atardecer La luz que ilumina el libro Rostro del padre Molinié Caminando en la soledad del desierto Caja de herramientas Niño mirando a flor que sale del asfalto La cruz y el Espíritu
Para suscribirse a las novedades:
¡nuevo! ¡nuevo!

La dirección espiritual

6. Condiciones para la dirección espiritual

 

Con los brazos abiertos al sol

 

Descargar el presente documento en PDF

La dirección espiritual, como relación entre dos personas, posee las características normales de las relaciones personales auténticas y enriquecedoras, a las que se añaden unas peculiaridades específicas que nos sirven para determinar ajustadamente en qué consiste este instrumento de ayuda al discernimiento. Así pues, dentro de las múltiples relaciones que existen, podemos decir que es una relación que comporta particularmente las siguientes condiciones[1]:

1) Libertad

Como todo instrumento espiritual, la dirección espiritual exige una gran libertad. En principio, porque toda relación entre dos personas, si es sana, exige la libertad, que es un constitutivo esencial de la persona humana. Y esto es más necesario en la medida que esta relación tiene como objetivo alcanzar la santidad. Quizá conviene recordar en este momento que la libertad es la capacidad de elegir el bien y es imprescindible para ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo. La libertad es un don que recibimos del Señor, tal como él nos dice: «Si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres» (Jn 8,36); y a la vez es una tarea, algo que no se aprende en los libros, sino que se «contagia», porque sólo las personas libres ayudan a ser libres a los demás, y viceversa. Por lo tanto, la vida humana, la vida espiritual y la búsqueda de la santidad reclaman una formación de la libertad, que puede durar toda la vida. Con este proceso de formación, normalmente doloroso, vamos conociéndonos y aceptándonos, y nos ponemos a punto para responder a Dios con un corazón purificado y libre de toda atadura.

La dirección espiritual sólo es posible con una persona que posee cierto sentido de libertad. Se trata de una libertad que debe impregnar todo en esta relación, empezando por la misma elección del director espiritual o la aceptación del dirigido por parte éste.

Por eso el que aspira a la santidad tiene que buscar el instrumento que cree más adecuado, probarlo y desecharlo o aceptarlo en función del resultado evangélico, sin mirar más que el objetivo sobrenatural. Igual que hacemos con los demás medios que exige la vida interior: buscamos el libro adecuado hasta que lo encontramos y dejamos de lado el que no nos sirve; buscamos el lugar idóneo para la oración o un determinado tipo de retiro espiritual.

Igualmente el director espiritual debe actuar con plena libertad, de forma que tiene que mantenerse como instrumento en la medida en que tiene luz para ello o se ve reconocido como fiel espejo de su interlocutor; de no ser así debería abandonar esa misión para evitar ser un obstáculo para el dirigido. El verdadero director espiritual no ata al dirigido, sino que le ayuda a que sea gradualmente independiente y le deja marchar cuando ya no puede ayudarle y necesita otro director o incluso cuando peca y se aleja. Y eso no significa que deje de amarle, como vemos en el padre de la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32). Del mismo modo, el dirigido debe aceptar o rechazar con libertad un director espiritual en la medida en que le ayude a su progreso espiritual.

Cuando no existe esa libertad en cualquiera de las dos personas implicadas, aparecerán diversos problemas que harán imposible encontrar la luz de Dios para el discernimiento[2].

-En el director esa falta de libertad produce una atención nerviosa que impide percibir la realidad serenamente; y ese nerviosismo se contagia al dirigido. La necesidad de quedar bien ofusca su discernimiento; el deseo de controlar a los dirigidos les lleva a esterilizar la acción del Espíritu Santo; su temor a perderlos hace que les impida consultar a otros…

-En el dirigido, el miedo a decepcionar las expectativas del director o el recelo a que se le pueda exigir más de lo que uno puede dar le lleva a seleccionar lo que le manifiesta a éste, impidiendo así un discernimiento verdadero[3]. Si no quiere asumir el riesgo de la libertad, el dirigido se refugia en la dirección espiritual para dejar que el director decida por él y no hacerse responsable de su vida. Otras veces busca controlar al director quitándole la libertad de manifestar la voluntad de Dios con manipulaciones y chantajes, procurando que el director le diga lo que quiere oír.

-En ambos puede haber una excesiva preocupación por evitar molestar al otro o por agradarle.

Por otra parte, no debemos olvidar que la libertad no es exclusiva de la dirección espiritual como instrumento evangélico, sino que su necesidad surge de la misma relación personal, que para que sea verdadera tiene que estar basada en el amor, y éste no se da sin libertad y su primer fruto es el crecimiento es la misma libertad. Por eso, sin libertad por parte del director espiritual no puede existir la menor garantía de autenticidad evangélica en su misión, así como en el dirigido la falta de libertad condiciona necesariamente su manifestación al director. De tal manera que el trabajo por conseguir una gran libertad y mantenerse siempre en ella forma parte esencial de la tarea misma de la dirección espiritual, lo que obliga a una permanente lucha contra la necesidad de quedar bien ante el otro, de ser querido por él, de acertar con lo que espera de uno, del miedo a ser juzgado o rechazado por él, etc.

2) Atención a la persona concreta

En ningún caso, la dirección espiritual puede ser un trabajo «en serie», en el que a todos se les trata por igual o se les intenta llevar por el mismo camino. Si algo caracteriza a la dirección espiritual es la atención a la persona concreta[4].

¿Cuántos (directores) permanecen encadenados a la manera personal en que viven su fidelidad a Dios, atados a las prácticas que asfixian a los que se confían a su dirección? Es el peligro de los que se lanzan demasiado deprisa al acompañamiento: están encerrados en su método, bueno para ellos o para los principiantes, y encierran ahí a los demás que, si no dicen nada, se sienten a disgusto y no avanzan por el camino que les es propio (Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 13-14).

Jamás encerremos a nadie en una receta, aunque eso parezca más fácil a ti y a él. Jamás impongamos, desde fuera, una regla que quedó incomprendida. Está bien aconsejar a uno la oración diaria, pero si esta práctica no se acepta desde dentro, se parecerá a esas sesiones de gimnasia que se siguen porque las vemos hacer a otro, pero que nada aprovechan. La regla común es buena; pero el oficio del Padre espiritual es buscar, con cada uno, cómo se la apropia y cómo la debe vivir (Laplace, La dirección de conciencia, 131).

La razón de este trato absolutamente «personalizado» no es otra que el hecho de ser reflejo de la acción del verdadero director espiritual, que es el Espíritu Santo, con el que el director humano debe estar en perfecta sintonía.

Como toda vida verdadera, la vida en el Espíritu Santo no es uniforme. Ni puede conducir al director a tratar a cada uno de idéntica manera. La adaptación, con sus desigualdades, es su regla fundamental. Desde hace mucho tiempo, S. Pablo estableció los principios: son los mismos que regulan la vida del cuerpo. La diversidad en una misma caridad hace que el cuerpo viva y crezca: «Cada uno recibe de Dios su propia gracia; éste, una; aquél, otras» (1Co 7,7) (Laplace, La dirección de conciencia, 31).

Dios ama a cada persona de modo único y particular. Por tanto, el amor con que el Señor ama a cada dirigido desde y a través del director es singularísimo. Y, por la misma razón, el amor con que el Señor ama al director desde y a través del dirigido es también singularísimo (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 264).

Esto es especialmente importante cuando la tarea de dirección espiritual se da dentro de una congregación, movimiento u organización eclesial. A pesar de un carisma o de una misión común, la dirección espiritual tiene que atender al crecimiento espiritual de la persona, no al de la institución:

El diálogo de dirección conserva, pues, ante el orden objetivo de la institución y de la agrupación, este carácter eminentemente personal característico de toda pedagogía. Coloca lo absoluto del orden a la medida de cada uno, adaptándolo a su edad, a sus condiciones, a su gracia propia: «No para recortar exigencias de la ley, sino para conducir las capacidades de las almas a las exigencias de la ley». Porque como dice el P. Luciano María de San José, de quien tomamos la frase precedente, «la fe, por ser transcendente, no se realiza jamás dos veces idénticamente en las almas» (Laplace, La dirección de conciencia, 28).

Pero, aunque ni el director ni el dirigido pertenezcan a un grupo determinado, es necesario atender a la persona concreta con su llamada particular, con sus cualidades, defectos y dificultades, concretos, sin caer en la comodidad de aplicar clichés o recetas[5].

La aceptación es una continua, constante y consistente convicción y confianza en la bondad del otro… Aceptación significa dejar al otro que sea él mismo en toda su singularidad, lo cual significa amarle tal y como es. Pero en su dinamismo interno la aceptación encierra también una invitación a ese otro a llegar a ser más… La verdadera aceptación supone un reconocimiento y acogida respetuosa del misterio que es toda la persona (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 238-239).

3) Sinceridad y verdad

 

Mostrando el corazón herido

 

Si toda relación humana precisa de la sinceridad, es especialmente necesaria en la dirección espiritual.

El que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios (Jn 3,20-21).

Quien busca de verdad al médico espiritual que le ayude a encontrar la salvación actuará con la misma sinceridad del enfermo con el médico:

Expón tu herida ante tu médico espiritual. Sin avergonzarte di: Aquí está mi falta, padre. Aquí está mi mal (San Juan Clímaco).

De otro modo se hace imposible la ayuda y se pone un serio obstáculo a la gracia de Dios. Y no porque exista voluntad consciente de ocultar la verdad. A veces se trata simplemente del disimulo espontáneo con el que tendemos a darnos importancia[6].

No puede existir discernimiento ni dirección espiritual al margen de la verdad. Cualquier sombra de disimulo, engaño o manipulación impide el descubrimiento de la voluntad de Dios y, por tanto, el avance en el camino de la santidad[7]. Y puesto que Dios se mueve en la verdad, encontrar la huella de su acción en el alma e interpretarla exige la búsqueda apasionada de la verdad, lo que se demuestra con la disposición a pagar el precio que ésta tiene, que es el sufrimiento que comporta la renuncia a la manipulación de la verdad que tratan de imponernos el mundo y nuestras pasiones.

En el fondo se trata de una cuestión de confianza; y no sólo de la que le merece el director al dirigido, sino, sobre todo, la confianza en el Espíritu Santo, que debe manifestarse en la natural sinceridad con el director espiritual.

Abre tu corazón (al director) con toda sinceridad, manifestándole fielmente cuanto hay en él de bueno y de malo, sin fingimiento ni paliativos; de este modo tus buenas obras serán examinadas y aprobadas y tus malas acciones serán corregidas y remediadas. Tú serás aliviada y fortalecida en tus aflicciones y regulada en tus consuelos. Pon en él toda tu confianza (San Francisco de Sales)[8].

Es cierto que esta sinceridad no siempre es fácil y que hay que actuar con prudencia. Ésa es la razón por la que el director debe evitar manifestar todo de forma inmediata; pero, aunque tenga que dosificar prudentemente sus consejos, todas sus intervenciones deben ser sinceras y, por tanto, fieles a la verdad. «Es preciso evitar, a toda costa, que más tarde el dirigido pueda reprocharnos haberle engañado con palabras atenuantes. Sólo libera la verdad […] Pero sobre esta preocupación por la verdad, es necesario saber defenderse a sí mismo del prurito de decirla toda seguida. Existe una pedagogía sobre el descubrimiento de la verdad, para practicarla con una persona»[9].

Si uno quiere avanzar no deberá ocultar ningún movimiento de su alma… Más bien deberá revelar los secretos de su corazón a aquellos de sus hermanos cuyo oficio es ejercer una solicitud compasiva y afable hacia los débiles. En este sentido, lo que sea laudable será ratificado y lo que sea reprensible recibirá la corrección que merece. Y con la práctica de tal apertura iremos poco a poco siendo perfectos (San Basilio).

Al hablar de sinceridad, vemos que no sólo es necesaria en el dirigido, sino también en el director, puesto que su autenticidad facilita la apertura sincera del que pide ayuda[10]:

El don de ser uno mismo reporta muchos beneficios. Inspira en el dirigido un sentido de seguridad y confianza, lo cual, a su vez, le alienta y anima a mostrarse tal y como es (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 263).

Se trata de una actitud nada fácil, puesto que tiene como objetivo en enfrentar al dirigido con la verdad, lo cual será duro para él y la reacción natural le empujará a tratar de evitarle este sufrimiento. Sin embargo el director debe cultivar una profunda coherencia que le permita ser cauce fiable de la verdad de Dios. Esto exige lo siguiente[11]:

-Lo primero que precisa el director para escuchar la verdad de Dios sobre los demás es estar dispuesto a asumir su propia verdad ante Dios, planteándose sinceramente hasta dónde está dispuesto a llegar en el conocimiento de su propia verdad.

-El director debe aconsejar siempre con gran sinceridad, sencillez y franqueza. Enfrentando con claridad a su dirigido con la verdad, lo que supone a veces mostrarle la incongruencia entre su vocación y su vida[12].

-Pero esta confrontación con la verdad debe estar inspirada por el Espíritu de la verdad y de la caridad, cuidando que el modo de la confrontación refleje comprensión y compasión.

-Es necesario que el director examine las motivaciones que le llevan a enfrentar a su dirigido con la verdad y también las que le mueven a no hacerlo. En ambos casos se puede mezclar la moción del Espíritu con motivaciones que nacen de la propia debilidad: cansancio, impaciencia, deseo de control, miedo, comodidad, apegos, intereses, falsa compasión… Purificando las motivaciones debe buscar sólo que se realice la voluntad de Dios y, en consecuencia, el bien del dirigido.

-El director debe calibrar cuánta verdad puede aceptar el dirigido. Pero debe saber que, a la larga, suele ser peor no enfrentar al dirigido con su realidad que evitarle el disgusto de esa confrontación.

-Al final, si se ve la necesidad de enfrentar al dirigido con la verdad, debe hacerlo con espíritu de fe, sabiendo que Dios puede aprovechar esa confrontación para el bien del dirigido, aunque cueste o duela a ambos, mientras que Dios no puede aprovechar la mentira del mismo modo; y no podemos esperar, ni siquiera contando con la gracia, que den el mismo resultado dos situaciones opuestas.

4) Amor y afectividad

Puesto que el fin de la dirección espiritual es el discernimiento, y éste exige la búsqueda de la verdad, la única relación personal que permite descubrir la verdad sobre alguien es la que se fundamenta en el amor. Aunque en lo material podemos afirmar que «nadie ama lo que no conoce»[13], sin embargo en lo personal el proceso del conocimiento es inverso, pues no podemos conocer de verdad a una persona si no es por «revelación», por la manifestación que ella hace de sí misma; y esa manifestación sólo puede ser fruto del amor. De manera que podemos decir que «nadie conoce de verdad a alguien si no lo ama». Esto vale especialmente para la dirección espiritual, en la que sólo una relación de amor puede asegurar la autenticidad de la manifestación del alma que hace el dirigido y la interpretación que de esa manifestación hace el director.

El amor caracteriza las relaciones personales más importantes y es fundamental en la dirección espiritual, lo que plantea necesariamente el lugar que ocupa un aspecto singular del amor, como es la afectividad. Muchos han defendido que una buena dirección espiritual debe prescindir de la afectividad, para colocarse en un plano aséptico desde el que se pueda orientar más «objetivamente» al dirigido. Sin embargo, sin afectividad no sería posible una verdadera relación personal; aunque haya que vigilarla para que no ocupe más espacio del que le corresponde en este ámbito concreto[14].

Veamos las razones por la que afectividad juega un papel importante en la dirección espiritual:

-Es necesaria para que el dirigido pueda abrirse con confianza al director, puesto que no es suficiente con sentirse tratado por alguien competente, sino que necesita sentirse amado personalmente.

-A veces el dirigido no tiene una experiencia clara y profunda de lo que es el amor del que se le habla y por eso es preciso amarle primero, porque el amor sólo se aprende en relaciones humanas concretas. Esto es especialmente necesario en un mundo como el nuestro, en el que crece cada día esa falta de una experiencia de amor verdadero y la necesidad de tener un punto de partida concreto para aprender lo que es el amor.

-El director debe tener clara conciencia y profunda experiencia de lo que es amar, puesto que para ser «padre espiritual» de alguien es preciso haber experimentado antes lo que significa ser hijo de alguien[15].

La relación afectiva fundamental, intrínseca a la paternidad de una buena dirección, es, en su grado, sana y tiene gran importancia por su influjo espiritual. Quien no ha tenido «padre espiritual», normalmente será un «huérfano espiritual» toda su vida. Su evolución cristiana no será del todo perfecta (Mendizábal, Dirección espiritual, 78).

Por lo tanto, la afectividad no sólo no es un problema para la dirección espiritual, sino que hay que contar con ella:

Una persona jamás tiene por qué ahogar o reprimir su respeto y cariño por el director. Es prácticamente imposible establecer una amistad espiritual auténtica sin cierto contacto emotivo, por lo menos al principio. Somos seres humanos, sensitivos y sexuales, por lo cual mientras vivimos en esta vida, estamos necesariamente implicados en una dimensión sexual que puede oscilar desde simplemente sentirnos a gusto con alguien hasta experimentar una fuerte atracción física hacia la otra persona. Todo esto puede ser muy normal y muy sano. Por consiguiente, no se le debe dar más importancia que la que tiene. Y no hay motivo para que esto constituya ninguna preocupación.

El consejo a seguir debería ser éste: si sientes cariño hacia tu director, no te preocupes: quiérelo. Y quiérelo de manera que favorezca la mutua relación y beneficie la vocación personal y compromisos de ambos. Ama al director como Jesús te ama y como el Padre desea que ames. ¿Cómo es posible no amar a aquellos que encarnan para nosotros el mismo amor de Dios? (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 273-274).

Para que las cosas estén en su sitio y la afectividad ayude a cumplir la función paternal es preciso que el director y el dirigido vigilen para que su relación no se cierre sobre sí misma y sirva para que el fruto de la misma sea una mayor apertura a Dios y a los demás. Esta vigilancia exige vencer las tentaciones que evidencian una afectividad desajustada y pueden impedir una sana dirección espiritual al provocar el exceso o el defecto de afectividad en la misma[16]:

-Por defecto: la amargura que provocan ciertos directores que en los momentos difíciles sólo saben dispensar una ayuda técnica, convencional, con palabras estereotipadas. En definitiva, directores sin calor humano.

-Por exceso: cuando el director intenta dar salida a un afecto que no ha encontrado otra forma de expresarse y compensa así la paternidad que no se ha tenido.

Para evitar este tipo de problemas que hacen estéril la dirección espiritual es imprescindible, sobre todo en el director, una purificación de la sensibilidad que la ordene y la ponga en su sitio; aunque esto no supone que haya que tratar de eliminar o reprimir la afectividad[17]. Se trata de un trabajo por el que se reconocen y aceptan los movimientos afectivos que surgen en la relación personal y se ordenan para que no nos paralicen, oscurezcan nuestra visión o determinen nuestras decisiones, y aprendamos a ponerlos en relación con su fuente, que es Dios, y desde ella los pongamos en su lugar verdadero.

Es necesario un gran equilibrio afectivo para el que se encarga de una tarea de guía espiritual. Debe poder darse todo entero sin dejarse llevar por las atracciones que siente y todo lo que llevamos en nosotros de narcisismo o de búsqueda de nosotros mismos en el amor que se despierta. Entra en un terreno en el que no debe ceder ni al miedo ni al dejarse llevar (Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 32).

5) Amistad espiritual

 

Una amistad que empieza

 

El amor que une al director y al dirigido forma parte de lo que se denomina «amistad espiritual». De hecho, la dirección espiritual es una forma de amistad espiritual. Y dentro de la misma tiene unas peculiaridades propias, por la que dos personas, que buscan a Dios y quieren ser santas, se unen para alcanzar esa meta: uno presentándose limpiamente ante el espejo y el otro convirtiéndose en espejo limpio. Ambos, por supuesto, tienen que estar libres de cualquier interés personal que dificulte la transparencia necesaria para descubrir la voluntad de Dios. «Aunque [la amistad espiritual] se funda en una semejanza natural y en una elección del corazón, como toda amistad, se diferencia de ella por su principio: el reconocimiento en ambos del mismo deseo espiritual»[18].

Es evidente que este tipo de relación presenta peligros reales, de hecho «el desarrollo de una relación puede hacer aparecer, en uno o en otro, repliegues sobre uno mismo, celos, comportamientos infantiles que manifiestan, bajo su aspecto inocente, falta de madurez afectiva»[19]; por lo que siempre es necesario el ejercicio de la prudencia.

Pero estos riesgos no deben hacernos caer en el error contrario de desterrar el componente afectivo de la dirección espiritual y cerrarnos sistemáticamente a la amistad espiritual, porque correríamos entonces el peligro de rechazar un verdadero don de Dios.

Así pues, lejos de rechazar la dirección espiritual como un modo de amistad espiritual, debemos estar atentos a los signos de que esta amistad es verdadera[20]:

-No surge de una búsqueda o de una atracción ‑aunque ésta sea posible‑, sino como un don de Dios, que ha provocado ese encuentro.

-Según crece la relación, también crece el respeto y la libertad.

-Esa amistad abre al individuo cada vez más a los demás[21].

-Deja transparentar el amor y la alegría que viene de Dios.

-Hace sacar lo mejor de uno mismo.

En definitiva, como toda relación, se conoce por sus frutos, y «se juzga como buena y que procede de Dios por la claridad, la vitalidad, la simplicidad, la plenitud que produce»[22].

6) Actitud de fe radical

La dirección espiritual sólo puede realizarse desde la fe, y no sólo desde la fe en sentido general, sino desde la fe verdadera, profunda y real, por parte del director y del dirigido. Esta fe necesaria para la dirección está caracterizada por un amor real a Dios que se muestra en una absoluta confianza en él y en su providencia, dentro de la cual se reconoce la persona y misión del director espiritual. Lo más significativo de esta actitud es la libertad interior, la valentía para buscar, aceptar y cumplir la voluntad de Dios, y la falta de miedo ante las dificultades que supone la búsqueda de la santidad.

Este espíritu de fe es una consecuencia del «sólo Dios» que resume la auténtica actitud de fe del creyente y hace que todo lo demás se ponga en relación con Dios y se busque a Dios en todas las circunstancias. En el caso de la dirección espiritual, la fe hace que el director vea en el dirigido a la persona que Dios pone en su camino para que la ayude a alcanzar la santidad; en esa persona Dios está diciendo «ayúdame a mí»[23]. En consecuencia, no se trata, para el director, de aceptar una simple tarea, o una carga. En todo caso, es una tarea que da Dios, que sólo se puede realizar con la ayuda de Dios y de la que hay que dar cuentas a Dios. Por lo que al director no le importa fracasar, acertar o que se le agradezcan su trabajo. La eficacia de la dirección espiritual es la de la fe, de manera que cada uno pone su parte, con fidelidad y generosidad, y el resultado se pone en manos del Señor.

Realmente, la dirección espiritual es un don de Dios, porque no consiste en realizar una tarea con nuestras capacidades, sino de alcanzar algo que excede nuestra capacidad, que nos saca de nuestra tranquilidad, que nos cuesta… Si falta la fe, domina la sensación de fracaso y la incertidumbre, y esa inseguridad se suple con medios humanos. La fe elimina en el director cualquier el miedo en el ejercicio de su misión, ya que le proporciona la seguridad de saber que es Dios el que la lleva a cabo realmente; porque, en definitiva, el verdadero director espiritual es el Espíritu Santo, y el ministerio de la dirección espiritual consiste, en el fondo, en descubrir esa acción de Dios en el dirigido. Por tanto, el miedo, la falsa humildad, la resistencia, las excusas son signos de falta de fe.

Para el dirigido no se trata de una ayuda cualquiera, mucho menos de una complicación, sino de una persona que Dios le pone en su camino para llevarla hacia la unión con él. Es un don de Dios que hay que aprovechar, es un medio que tenemos que emplear con responsabilidad.

Este espíritu de fe tiene que eliminar todo temor ante la tarea que emprenden el director y el dirigido. Hay que ponerse ante Dios para aclarar nuestra actitud y eliminar falsos deseos, temores infundados, intereses humanos, intentos de huir o de reservarse. Hay que activar las motivaciones evangélicas que llevan a aceptar la tarea de la dirección espiritual o a solicitar esa ayuda: para uno la llamada a un servicio y a una entrega verdadera; para el otro el humilde reconocimiento de la necesidad de ayuda para responder a la llamada del Señor. Para los dos la confianza, fruto de la fe en que es Dios el que está por encima de todos para guiar, iluminar, incluso para corregir los defectos.

Hay que mantener siempre clara la conciencia de que es el Espíritu el que actúa en mí y en el otro, que es Dios el que tiene más interés en hacer su obra y se servirá de lo que yo hago para llevarla a término, siempre que lo haga con sinceridad.

Especialmente al principio hay que purificar las actitudes de miedo, curiosidad, prevención, cálculo previo de lo que me voy a encontrar o de cómo lo voy a orientar.

7) Diálogo evangélico

 

Caminando juntos en el claroscuro

 

Contando con estas condiciones a las que nos acabamos de referir podemos comprender que una primera característica que define la relación entre el director espiritual y el dirigido es el diálogo entre ambos. Como toda educación, la formación en el discernimiento se realiza por medio del diálogo, en el que una persona propone y la otra reacciona. Por eso podríamos decir que la dirección de espíritus es una forma peculiar de diálogo, por el que dos personas buscan la voluntad de Dios que se les manifiesta a través de la Palabra de Dios y del soplo del Espíritu Santo[24]. La dirección espiritual explicita el diálogo del Espíritu Santo en el dirigido con el Espíritu Santo en el director.

Se trata de un diálogo que exige una base humana muy concreta: un enorme grado de confianza entre dos personas y, a la vez, una gran docilidad y apertura del corazón al que impulsa y guía dicho diálogo, que es el Espíritu Santo. Él es quien hace eficaz la escucha y la palabra del director y del dirigido en la medida en que ambos están inmersos en un diálogo interior con Dios[25]. En la medida que hay fe se superan las antipatías o los rechazos humanos. Todo eso da igual porque hay amor, que es fruto de la visión de fe y de la presencia del Espíritu Santo. Por eso hay que evitar que en esa relación de santificación acaben primando las dificultades sobre la visión evangélica.

Como toda relación dialogal, se requiere que cada uno de los interlocutores se implique realmente, poniendo todo lo que está en su mano para entender y manifestarse con la máxima sinceridad y humildad, sin pretender convencer al otro o imponerle nada; puesto que de otro modo se desvirtuaría la dirección espiritual:

Puede ser que el director, preso de pánico ante los fallos efectivos que este diálogo pueda descubrir ante sus ojos o ante los demás, rehúse intervenir en una relación profunda y se refugie en una actitud convencional donde el diálogo no se acepta sino como un deber necesario, pero al que no se entrega ninguno de los participantes. Una relación así, abstracta e impersonal, queda ineficaz (Laplace, La dirección de conciencia, 49).

Por todo esto resultan tan importantes en la dirección espiritual, tal como hemos visto, las cualidades de la escucha y de la libertad en el director, y de la sinceridad y apertura del corazón en el dirigido. Porque si no hay un verdadero diálogo en un nivel profundo de fe y de sinceridad, la misión del director se reduce a aplicarle clichés a un dirigido al que no conoce realmente; o, por parte de éste, a buscar en el director una serie de recetas o seguridades sin abrirle el corazón.

La escucha del director que inicia el diálogo debe ser sin prejuicios y sin aplicarle etiquetas al dirigido, puesto que, en el fondo, se trata de escuchar al Espíritu Santo que habla en uno mismo y en el otro. Estamos ante una escucha peculiar, de carácter sobrenatural, que consiste en una atención a lo espiritual, comenzando por uno mismo: el director debe escuchar en sí mismo al Espíritu Santo para poderlo escuchar en el dirigido. Si tiene una escucha de fe al Espíritu Santo con docilidad y esperanza, podrá reconocerlo en el otro. Esta escucha permite salir del diálogo sobre «problemas» y plantear la verdadera cuestión, que es la que plantea el Espíritu Santo. Y, por el contrario, si el director no escucha al Espíritu Santo en el otro, verá la dirección espiritual como una carga para sí mismo y la convertirá también en una carga para el dirigido. Para evitarlo es preciso que mantenga una permanente atención a Dios en la oración, al otro por medio del amor, al futuro con esperanza y, con todo esto, al dirigido.

La dirección espiritual, como diálogo, ayuda a conservar el carácter eminentemente personal que debe tener toda pedagogía, y es imprescindible para superar las conveniencias de la institución o del grupo. Es el polo opuesto a la aplicación de clichés o tipos prefijados al dirigido. Este carácter personal coloca lo absoluto de la norma o de la misión, que se aplica a todos, a la medida de cada persona concreta, adaptándolo a su edad, a sus condiciones y a su gracia propia, puesto que «la fe, por ser trascendente, no se realiza jamás dos veces idénticamente en las almas»[26].

He visto que todas las almas tienen más o menos los mismos combates y, por otra parte, que hay entre ellas una diferencia extrema; esta diferencia obliga a no atraerlas de la misma manera… Nos damos cuenta de que hay que olvidar los propios gustos, las concepciones personales y guiar las almas, no por el propio camino, sino por el camino particular que Jesús les indica (Santa Teresa del Niño Jesús, Conseils et souvenirs, Lisieux 1952, 6-7).

Este diálogo supone unas cualidades básicas en los dos interlocutores[27] que podríamos resumir del siguiente modo:

-Han de ser dos bautizados que creen que el Espíritu Santo habita y actúa en ellos y quieren ser dóciles a la acción de este mismo Espíritu.

-Debe darse entre ellos una comunicación, en verdad, de la acción de Dios en ambos, y de las reacciones interiores ante la Palabra de Dios o ante la verdad, para poder verificar si tales reacciones son adecuadas. Se comunica aquello que cada uno ve que es verdadero y es de Dios, procurando mantener la mayor fidelidad a la verdad de Dios.

-Tiene que estar marcado por la confianza mutua, por la libertad de cada uno y por la fe.

-El objetivo del diálogo espiritual es ayudar a mirar al mundo con ojos de fe y esclarecer la mirada con la luz del Espíritu Santo, de modo que se aprenda a mirar a los demás, al universo y a uno mismo con los ojos de Dios.

Para terminar, hemos de tener en cuenta algo que se desprende de cuanto hemos dicho hasta aquí: Estamos ante un diálogo que tiene unas condiciones exigentes que no pueden lograrse sin un gran esfuerzo, lo que supone que no siempre va a resultar apacible y fácil[28]. Hay que contar con que este diálogo cuesta; pero el mismo hecho de aceptar esta dificultad demuestra la autenticidad de la búsqueda de la santidad en el individuo.

Podemos dar un paso más y profundizar en lo específico de este diálogo:

Desde el principio, la relación director-dirigido tiene que estar centrada en Dios de tal manera que ambos escuchen al Espíritu en el otro. La relación debe estar afincada en Dios, porque únicamente en Él es donde cada uno descubre lo que el Señor tuene reservado para el otro (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 81).

Para el dirigido la dirección espiritual brota de la escucha a Dios en su propio corazón y también de la escucha a Dios en y a través del director. Y el director espiritual ofrecerá orientaciones sólo como consecuencia de haber escuchado a Dios en y a través del dirigido (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 98).

En este diálogo hay una base humana imprescindible, sin la cual no puede haber dirección espiritual[29]:

-Tanto el director como el dirigido tienen que ser capaces de escucharse a sí mismos y ser capaces de reconocer los propios pensamientos, sentimientos, deseos y motivaciones, tanto en lo positivo como en lo negativo. Este autoconocimiento, lejos de llevarnos a centrarnos en nosotros mismos, nos ayuda a comprender y aceptar a los demás. Sin esa capacidad de estar a solas con nosotros mismos no podremos estar a solas con Dios. Si no conocemos y aceptamos lo que somos, no seremos capaces de manifestar nuestro verdadero rostro a los demás y, en concreto, al director espiritual. Hay que tener en cuenta que a veces la dificultad para ser conscientes de los que nos pasa y de manifestarlo es interesada, fruto del deseo de huir del enfrentamiento a la propia realidad; y esa torpeza es un signo claro de la falta de un auténtico anhelo de santidad y de dirección espiritual.

-Ambos, dirigido y director, deben poder reconocer y aceptar las características personales de cada uno y de la dificultad de acceder al misterio del otro. Sin esa capacidad intentaremos modelar al otro a nuestra imagen y semejanza.

-También deben ponerse en el lugar del otro, pero en la fe, lo que significa no sólo hacerse cargo de un determinado problema de la otra persona, sino de la luz que aporta la fe a ese problema…; y entonces uno puede proyectar sobre el otro la reacción que encuentra en sí mismo, iluminada por la gracia. Y esa autenticidad tiene una gran fuerza para ayudar a que la luz de Dios ilumine uy oriente la materia del diálogo.

-Es necesario que los dos tengan una suficiente capacidad de escucha (humana), para que seamos capaces de ponernos en el lugar del otro y lo que digamos sea fruto de lo que el otro nos ha manifestado. Se trata de una verdadera renuncia a uno mismo para intentar captar por medio del amor el misterio del otro. De alguna manera se trata de un acto de fe en el otro.

La dirección espiritual necesita ciertamente de todo esto, pero va mucho más allá, porque se trata de «escuchar juntos a Dios, al Dios presente en el dirigido»[30]:

Escuchar a Dios es la postura propia del hijo en relación con su Padre. La escucha es esa actitud del corazón por la que aquello que es más íntimo y misterioso en nosotros permanece en atención ante aquello que es más íntimo y misterioso en Dios… El escuchar es una entrega incondicional al Padre: Abba… Es estarse a la espera del Señor, atentamente y con ilusión… En el contexto de la dirección espiritual, por tanto, la escucha debe ser la postura fundamental del director y del dirigido ante Dios. No basta que los dos se escuchen mutuamente. Juntos deben escuchar a Dios y captar los caminos que muestra para el dirigido. Esta escucha hace que se establezca una comunión con Dios en la que tanto el maestro como el discípulo permanecen atentos a Él con pura fe, total confianza y amor incondicional (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 92-94).

En esa escucha de Dios, a veces se perciben inspiraciones o palabras concretas; pero en otras ocasiones no se percibe algo sensible, porque la iniciativa sólo la tiene Dios. En cualquier caso, el director y el dirigido deben permanecer siempre a la escucha de Dios, sin olvidar nunca que ambos buscan escuchar al Señor presente en el interior del dirigido. Al director espiritual le corresponde el discernimiento de lo que se escucha en el interior del dirigido para reconocer la palabra y el impulso que indica la dirección de la transformación en Cristo que Dios quiere realizar en el dirigido[31].

8) Paternidad-filiación espiritual

 

El cariño entre el padre y la hijja

 

Según hemos visto, no podemos entender la dirección espiritual como una simple tarea que se pueda realizar sin que se establezca una relación personal, profunda y afectiva entre el director y el dirigido. La dirección espiritual crea una relación muy fuerte, porque es un don de Dios: Dios me da a otra persona para que lo lleve a Dios o para que me lleve a Dios. Eso crea una sintonía especial y debe suscitar una enorme gratitud. «Estamos ante un hecho humano: una cierta manera de buscar la verdad crea, entre los hombres, relaciones más profundas que las preocupaciones por el dinero o por una colocación»[32].

No puede limitarse, por tanto, a una mera «técnica» de discernimiento, sino que, como ya hemos dicho, exige que el dirigido se sienta entendido, aceptado y amado personal e incondicionalmente; porque de otro modo no podrá darle al director la confianza que se requiere para que realice un adecuado discernimiento[33].

La relación personal que conlleva la dirección espiritual puede desarrollarse hacia una amistad espiritual o hacia la paternidad-filiación espiritual. En el primer caso tenemos una relación basada en la reciprocidad que supone compartir la vida recibida de Dios, así como la gracia y la acción del Espíritu Santo en orden a la santidad; y en el segundo se fundamenta en la transmisión de esa vida[34]: Dios se sirve de una persona para generar vida en otra, en este caso la vida divina, sin que eso suponga que uno sea más que el otro, sino que tienen una misión distinta. Pero en ambos casos «tanto la paternidad como la amistad, desde que tocan la profundidad del ser, llevan la marca del mandamiento único y universal. El encuentro particular se convierte en un signo, símbolo del amor con el que Dios envuelve a todas sus criaturas»[35].

Esto que ocurre en el nacimiento natural se da también en cierto modo en el renacimiento espiritual. Así como el Padre usa la pater/maternidad natural para engendrar la vida natural, así también la pater/maternidad espiritual para engendrar nueva vida en el Espíritu. La paternidad espiritual es, por tanto, una participación carismática en la paternidad misma de Dios (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 44).

Es cierto que existe un cierto descrédito de la paternidad espiritual por malentendidos y abusos, pero eso no ensombrece su importancia real en la vida del cristiano, al igual que la tiene la paternidad natural[36]; de manera que si la eliminásemos de la vida cristiana privaríamos a ésta de un elemento importante de la vida del Espíritu. Porque la dirección espiritual llega a establecer una relación única en el orden del espíritu:

La relación de la que vamos a hablar es de otro tipo. Crea entre dos seres un lazo indestructible, semejante al que establece el parentesco entre personas de la misma familia. En vez de ser del orden de la naturaleza es del orden de la vida del Espíritu… No es indiferente para dos personas encontrarse en una búsqueda común de la Sabiduría y de la Palabra (Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 38).

Estamos ante un parentesco que ya aparece con claridad en el Nuevo Testamento, entre Jesús y los suyos, como cuando llama a sus discípulos «hijitos» (Jn 13,33), o cuando afirma: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3,34-35). Y el mismo parentesco veremos que se establece entre los apóstoles y sus discípulos, como vemos, por ejemplo, en la primera carta de san Juan, en la que llama «hijos» a sus destinatarios en diez ocasiones. O en el caso de san Pablo, que llega a afirmar: «Ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús» (1Co 4,15)[37]. Se trata de una participación de la paternidad de Dios, por eso no hay que apropiarse de ella: «Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo» (Mt 23,9). Para el director se trata de dejar que Dios engendre por medio de él una vida. Para el dirigido consiste en que Dios quiere que sea hijo suyo y le da un signo e instrumento de esta paternidad, que es el director. Es, por tanto, para ambos un don de Dios, que tiene que llevar al agradecimiento a él. Pero ese don exige un serio trabajo para que la dirección espiritual sea verdadero signo e instrumento de la paternidad de Dios.

Se trata de una realidad que continuará viva en adelante en la tradición de la Iglesia, y que va incluso más allá de la mera dirección espiritual, como afirma santo Tomás de Aquino:

Así también la persona que cuida de algún modo de nosotros participa limitadamente de lo propio de la paternidad. Pues el padre es el principio de la generación, educación, enseñanza y de todo lo relativo a la perfección de nuestra vida humana; en cambio, la persona constituida en dignidad es, por así decirlo, principio de gobierno sólo en algunas cosas, como el príncipe en los asuntos civiles, el jefe del ejército en los militares, el maestro en la enseñanza, y así en lo demás. De ahí el que a tales personas se las llame también «padres» por la semejanza del cargo que desempeñan (Santo Tomás de Aquino, Suma, II-II, 102, 1).

De hecho «la paternidad por la cual un bautizado ayuda a otro a vivir la vida que le es dada por Dios constituye una relación única, “una imagen extraordinaria y deslumbrante de la paternidad de Dios”» (Dom Louf)[38]. Por eso no hay que olvidar nunca que se trata de una paternidad participada, es decir, de una participación de la paternidad de Dios:

En el flujo de esta vida del Espíritu, más real que la de la carne, el padre se considera a la vez necesario y dependiente. Por su medio, corre y se trasmite una vida; pero no es una vida de la que él sea un maestro arbitrario. Esta vida es la misma vida del Espíritu, recibida del Padre y trasmitida por Cristo, a todos los hombres en la Iglesia (Laplace, La dirección de conciencia, 60).

Engendrar en el Espíritu es dejar que fluya en el otro una vida que viene de fuera, de suerte que, en el que no retiene nada para sí mismo, se continúa el misterio de la generación divina entre los hombres… Aceptar este orden de paternidad es aceptar entrar de parte de otro en lo que permite existir a una persona. Reconocer la paternidad es reconocer que se nos da una vida, una vida que no viene de nosotros y que es puro don del amor (Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 40).

Padre (o madre) espiritual es aquella persona llamada a ser, bien sea por una temporada breve o por largo tiempo, instrumento especial en la regeneración espiritual de otros. Participa en la obra generadora y creadora de Dios, despertando y estimulando en los otros la vida del Espíritu. Atento siempre a las orientaciones del Espíritu, les ayuda a discernir su dirección espiritual. Es más, a través del padre/madre espiritual el Padre celestial hace que los dirigidos experimenten algo de la ternura, la compasión y el inmenso amor que Él nos tiene (Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 45).

En ese sentido hay que entender la advertencia del Señor en el Evangelio y de san Pablo: en definitiva hay sólo una paternidad, la que viene de Dios; las demás, por importantes y reales que sean, son sólo una participación de la paternidad divina:

No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo (Mt 23,9).

Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra… (Ef 3,14-15).

Un [solo] Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos (Ef 4,6).

A partir de aquí podemos entender mejor que, para el dirigido, entrar en esta relación supone una actitud no de infantilismo, no obligada, sino una elección realmente evangélica, puesto que es específico de esta paternidad espiritual un elemento de elección, porque el dirigido acepta ponerse bajo la dependencia que reconoce como padre:

En el orden espiritual, un ser no se convierte en hijo sino según él escoja hacerse niño para entrar en el Reino. Este acto de libertad prolonga el del bautismo, por el cual el cristiano acepta el don de Dios. Más profundamente, imita el acto del Hijo, que no cesa de reconocerse bajo la dependencia del Padre (Laplace, La dirección de conciencia, 62).

Podemos ahora concluir exponiendo las características de esta relación de paternidad[39]:

-Gratuidad: Cuando se entiende bien la paternidad espiritual, el director mira al dirigido, y a la misma relación entre ambos, no como un derecho o una propiedad sino con agradecimiento, como un don de Dios. De ese modo ayuda al dirigido a que se abra a un amor más universal. Pero es un don de Dios para ambos, y hace bien a los dos.

-Alegría: Cuando esta paternidad se realiza en la verdad proporciona la alegría propia de la comunicación del Espíritu.

-Reflejo de la relación trinitaria: Como sucede en las relaciones dentro de la Trinidad, el centro está en el otro. Nadie vive por sí ni para sí; nadie engendra por sí y para sí. Cada uno tiene un lugar único y cada uno permite que el otro sea lo que tiene que ser.

-Reflejo de la paternidad de Dios: Esta paternidad es tanto más real cuanto más pura trasparencia se haga de la única paternidad. Es en la paternidad de Dios donde hay que buscar la fuente y el modelo de esta relación.

-Libertad: Esta relación nace de la libertad y se desarrolla en la libertad. No hay posesión ni manipulación. Si se rompe no pasa nada. Esta libertad se alimenta del mutuo don de sí. Cada uno reconoce su paternidad o filiación y, a la vez, desaparecen los sentimientos de diferencia o de dependencia (al contrario de lo que sucede en la infancia humana). No hay ninguna inferioridad, pero tampoco son iguales:

·En el padre hay una toma de conciencia de la vida recibida; él es quien ofrece la libertad que es capaz de recibir el don de Dios.

·Para el hijo, la relación con el padre es una invitación a convertirse en uno mismo y a actuar según el don que ha recibido.

-Don de Dios: Es Dios el que da el uno al otro en una relación única. Es una relación en la que la vida se reparte, no se retiene.

·El padre es aquel por el que Dios comunica al hijo la vida del Espíritu. Es la fuente.

·En el hijo, el padre reconoce la vida que se derrama y que a su vez será de nuevo comunicada.

Hay que tener en cuenta que esta relación no es frecuente ni fácil de encontrar. Se trata de una meta más que de un punto de partida. Si se encuentra, constituye una gracia que abre a la vida y a la libertad. Y, aunque la persona se aleje, la gracia permanece.

____________________

NOTAS


[1] Hernández, Guiones para un cursillo, 238-240, desarrolla las «calidades» de la dirección espiritual con un esquema diferente: a) concienzuda; b) prudente; c) firme; d) caritativa; e) adaptada.

[3] «Una situación no se aclara si no se mete uno en ella, como si fuera única y nueva. Esto supone una amplia libertad, la de decir lo que uno piensa, cuando llega el momento, y decirlo en términos claros. Conducta que, a su vez, facilita la libertad del otro» (Laplace, La dirección de conciencia, 104).

[4] «La dirección no puede ser arbitraria, sino que debe prestar atención a la marcha personal y a las posibilidades de una persona» (Laplace, La dirección de conciencia, 21).

[5] Es lo que el Dictionnaire de Spiritualité, III, 1188, llama «conocer el alma»: si el director debe ayudar a cada persona en concreto a realizar el plan que Dios tiene para ella, es necesario que la conozca bien, teniendo en cuenta que, tanto el conocimiento del plan de Dios como de las capacidades y dificultades de la persona, se descubren progresivamente.

[6] «Un peligro de esta relación (de dirección espiritual), del que todo director debe enterarse, es su carácter artificial. Sin darse cuenta, todo el que viene a nosotros, para un intercambio de éstos, se cree un personaje; y falsea, desde el principio, la imagen que da de sí mismo» (Laplace, La dirección de conciencia, 104).

[7] Véase, más abajo, el apartado 9,1,a, dedicado a la manipulación.

[8] Citado en Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 100-101.

[9] Laplace, La dirección de conciencia, 107.

[10] Esta cualidad del director encaja con la transparencia que debe tener el contemplativo: «El trasparente crea trasparencia en los otros e impide la comunicación opaca y confusa… No es suficiente una mera actitud humana de sinceridad y apertura; hace falta algo mucho más profundo y sobrenatural. La gloria de Dios que existe en mí puede hacer aflorar la gloria de Dios que existe en el otro… En el encuentro interpersonal con el otro, podríamos decir que Dios habla a Dios, el Espíritu al Espíritu, el Amor al Amor; y ese encuentro se convierte entonces en don, en gracia» (Fundamentos, 6, 2, K).

[11] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 245-253.

[12] El mismo Jesús enfrentó con la verdad a Pedro, a Felipe, a Tomás, a los fariseos… Igualmente san Pablo enfrenta a los gálatas con su situación, o el apóstol san Juan a las siete iglesias en el Apocalipsis. También el Señor nos confronta con nuestra realidad; y eso mismo es lo que debe hacer también el director espiritual.

[13] San Agustín, De Trinitate, VIII, 4.

[14] Resumen de Laplace, La dirección de conciencia, 50-58.113.

[15] Cf. Laplace, La dirección de conciencia, 55.

[16] Cf. Laplace, La dirección de conciencia, 53.

[17] «El apóstol no puede impedir ser sensible a las confidencias que recibe o a la calidad de las almas que se le abren. ¿Cómo van, sus dirigidos, a poner en él su confianza si no encuentran un afecto sincero?» (Laplace, La dirección de conciencia, 113).

[18] Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 46.

[19] Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 47.

[20] Cf. Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 48-49.

[21] «Al colocar así las cosas en su sitio, hay un punto sobre el cual el director debe velar: la envoltura afectiva del sujeto, a fin de que la relación bosquejada no se cierre sobre sí misma» (Laplace, La dirección de conciencia, 58).

[22] Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 46.

[23] No debe olvidarse que esta visión no vale sólo para la dirección espiritual, sino que debemos aplicar a todas las personas que Dios pone en nuestro camino, como esposo o esposa, hijos, amigos, alumnos, vecinos…

[24] Cf. Laplace, La dirección de conciencia, 49. Mendizábal, Dirección espiritual, 53.

[25] Cf. Mendizábal, Dirección espiritual, 67 y 98.

[26] Luciano María de san José. Citado en Laplace, La dirección de conciencia, 18.

[27] Cf. Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 10.

[28] «La dirección de conciencia no es simplemente un conocimiento del dirigido. Es un contacto, un diálogo, a veces una verdadera lucha. Ante todo, es una acción» (Nodet), citado en Laplace, La dirección de conciencia, 106.

[29] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 81-90.

[30] Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 90.

[31] Cf. Nemeck-Coombs, El camino de la dirección espiritual, 95-98.

[32] Laplace, La dirección de conciencia, 51.

[33] Cf. Laplace, La dirección de conciencia, 54.

[34] Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 46.

[35] Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 49.

[36] Laplace, La dirección de conciencia, 59.

[37] Puede verse esa misma relación de paternidad (y maternidad) de san Pablo con sus fieles en 2Co 6,13; Gal 4,19; 1Tes 2,7-12; Flm 10.

[38] Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 41.

[39] Estas características estas extraídas de Laplace, La liberté dans l’ Esprit, 41-45 y La dirección de conciencia, 59-63.

 

 

 

 

 

Ir al principio