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La dirección espiritual

3. Raíces bíblicas de la dirección espiritual

 

Con la palabra en la mano

 

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Como un bien que posee la Iglesia para orientar en el camino evangélico hacia la santidad, la dirección espiritual es un instrumento que pertenece al patrimonio común de los discípulos de Jesús desde los albores de la Iglesia, como medio necesario para llevar a cabo el discernimiento espiritual que exige el desarrollo personal de cada creyente y la vida misma de la comunidad eclesial[1].

Escrutando la Palabra de Dios, vemos como san Pablo pide a Dios por los filipenses, para que crezcan de forma permanente en su vida cristiana; y un elemento clave de ese crecimiento es la capacidad de discernimiento: «Esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores» (Flp 1,9-10). Se trata de un discernimiento tan necesario para el cristiano que constituye una tarea permanente en su vida, como pide el apóstol a los gálatas: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (Ga 5,21).

Por su parte, san Juan nos advierte de que hay que saber discernir los espíritus que nos mueven, porque no todos son de Dios y nos podemos engañar fácilmente: «No os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios» (1Jn 4,1).

La carta a los Hebreos nos habla de lo necesaria que es la ayuda para el discernimiento, especialmente en los comienzos de la vida cristiana:

Sobre este particular tenemos mucho que decir, aunque es difícil de explicar, porque os habéis vuelto torpes de oído. Pues, debiendo vosotros ser ya maestros, por razón del tiempo, seguís necesitando que alguien os vuelva a enseñar los primeros rudimentos de los oráculos divinos; y estáis necesitados de leche y no de alimento sólido. Quien vive de leche, desconoce la doctrina de la justicia, pues es todavía un niño. El alimento sólido es para perfectos, que con la práctica y el entrenamiento de los sentidos saben distinguir el bien del mal (Heb 5,11-14).

De sobra es conocida la teología paulina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, formado por los diferentes miembros en variedad de carismas y ministerios. En esa línea vislumbra Pablo el crecimiento de los santos hasta llegar a la medida que es Cristo en su plenitud. Pero en dicho crecimiento estamos sometidos a engaños y errores, y, por eso, el mismo Señor, ha puesto en la Iglesia a los que pueden ayudar al perfeccionamiento de los santos:

Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, en la falacia de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo (Ef 4,11-15).

San Pablo desarrolla el eje de su «teología del Cuerpo de Cristo» en 1Co 12, donde afirma que hay «diversidad de carismas» (v. 4) y hay que «ambicionar los carismas mayores» (v. 31). Y es ahí, precisamente donde coloca el discernimiento de espíritus como «el don de determinar el origen (Dios, la naturaleza, el Maligno) de los fenómenos carismáticos»[2], porque se hace necesario «distinguir los buenos y malos espíritus» (v. 10).

Se trata de una función que algunos reconocen ya en el ministerio público de Jesús, que él realiza en muchos de los encuentros que tiene con algunas personas[3]. Y ponen como ejemplo el diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3,1-17), con la samaritana (Jn 4,6,21) y especialmente con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-33), donde Jesús, después de escuchar atentamente la situación de estos discípulos, orienta su situación en un diálogo a la luz de la Palabra de Dios.

No obstante, y tal como afirma el Dictionnaire de Spiritualité, aunque estemos «tentados de buscar en la Escritura una base para apoyar la justificación de la dirección espiritual… sin embargo es delicado inferir de estos textos o de estos ejemplos una doctrina de la dirección espiritual»[4]. Pero el hecho de que no exista en la Biblia una doctrina completa y organizada de la dirección espiritual, no significa, como el mismo Diccionario indica, que podamos ignorar que en ella «se nos presenta a Dios como el guía particular de ciertos personajes» (Job, Tobías, la Esposa del Cantar), y que también Cristo «tratará de forma distinta con cada uno» y «propone soluciones individuales» (p. ej. a Nicodemo, Natanael, la samaritana, el joven rico, etc), y que alguna de las cartas de san Pablo son «cartas de dirección» (1 y 2 Tm, Tt, Flp).

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NOTAS

[1] «Es preciso por tanto notar que este “discernimiento de espíritus” es tan antiguo como los Apóstoles, y el signo, según S. Pablo y S. Juan, de una vida espiritual que se desarrolla» (Laplace, La dirección de conciencia, 21).

[2] Nota de la Biblia de Jerusalén.

[3] Cf. Mendizábal, Dirección espiritual, 63.

[4] AA. VV., Dictionnaire de Spiritualité, art. Direction Spirituelle, III, 1002-1214, 1173.

 

 

 

 

 

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