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Ejercicio de desierto sobre Fundamentos: 5.1

El fundamento del ser del contemplativo secular

 

Raíces de árbol

 

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En este ejercicio de desierto proponemos, como materia para la oración, algunos elementos del fundamento del ser del contemplativo secular que se pueden llevar al desierto para dejar que Dios los avive en nuestro corazón, no por el camino de la meditación o del propósito, sino del silencio y de la espera, que dejan lugar y tiempo a la actuación de Dios.
Evidentemente los doce puntos de los que consta este apartado constituyen una materia demasiado extensa para una experiencia de desierto breve. Si no se dispone de un tiempo prolongado, habrá que elegir el punto o los puntos que más ayuden para mantenernos en el camino interior al que nos llama el Señor.

1. Revivir la seducción del Señor

Punto de partida

La vida contemplativa comienza a brotar en el corazón del bautizado por una seducción de Dios: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20,7). Se trata de una seducción que mueve a la persona y la orienta completamente hacia Dios, empapando toda su existencia en la tensión de Dios (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

Iluminar con la Palabra

Por eso voy a seducirla; voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón (Os 2,16).

Éste es el deseo de Dios que mueve toda la vida contemplativa. La respuesta es entrar en el desierto para que él nos pueda hablar al corazón.

¡Anímate, amor mío, hermosa mía, y ven! (Cant 2,13b).

Escucharlo de labios del Señor para revivir la seducción que hace brotar (y fortalece) la vida contemplativa.

Mi amado es mío y yo de mi amado (Cant 2,16a).

 

El beso del amado a la amada

 

Con estas palabras de la esposa podemos responder a la seducción de Dios.

Yo dormía, velaba mi corazón. ¡La voz de mi amado que llama!: –«¡Ábreme, hermana, amiga mía, paloma mía sin tacha! Mi cabeza está cubierta de rocío, mis bucles del relente de la noche.» –«Me he quitado la túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo? Ya me he lavado los pies, ¿cómo volver a mancharlos?» ¡Mi amado metió la mano por el hueco de la cerradura; mis entrañas se estremecieron. Me levanté para abrir a mi amado, mis manos destilaban mirra, mirra goteaban mis dedos, en el pestillo de la cerradura. Abrí yo misma a mi amado, pero mi amado se había marchado. El alma se me fue con su huida. Lo busqué y no lo hallé, lo llamé y no respondió. Me hallaron los centinelas, los que rondan la ciudad. Me golpearon, me hirieron, me despojaron del chal los guardias de las murallas. Yo os conjuro, muchachas de Jerusalén, si encontráis a mi amado, ¿qué le habéis de decir? Que estoy enferma de amor (Cant 5,2-8).

En mi lecho, por la noche, busqué al amor de mi alma, lo busqué y no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad, calles y plazas; busqué al amor de mi alma, lo busqué y no lo encontré. Me encontraron los guardias que hacen ronda en la ciudad: «¿Habéis visto al amor de mi alma?» Apenas los había pasado, cuando encontré al amor de mi alma. Lo agarré y no lo soltaré hasta meterlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me concibió (Cant 3,1-4).

Hacer nuestra la inquietud del que busca y la necesidad de no soltar al Amado cuando se lo encuentra.

Sugerencias para orar

El silencio del desierto es el lugar ideal para revivir la seducción de Dios. Y eso, a veces significa dejar que surja el anhelo de Dios que nos deja inquietos y nos pone en camino; otra veces, escuchar la voz del Amado que nos seduce y nos mueve; otras, responder a la seducción de Dios con la escucha, con la palabra o aferrándonos a él. Pero nosotros no elegimos lo que vamos a realizar, simplemente dejamos que surja un elemento u otro de la seducción en el desierto.

2. La búsqueda de Dios

Punto de partida

A partir de aquí, la vida del contemplativo se podría definir fundamentalmente como una permanente búsqueda de Dios, que orienta toda su existencia hacia el encuentro con él.

Tu mirada ha de ser solamente para Dios, tu deseo solamente para Dios, tu dedicación solamente para Dios; no queriendo servir sino a Dios solo, en paz con Dios, llegarás a ser causa de paz para los otros (San Simeón el Estudita, Catequesis menores) (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

Iluminar con la Palabra

Buscarás al Señor tu Dios; y lo encontrarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma (Dt 4,29; cf. Jr 29,13).

La búsqueda de Dios tiene que ser con «todo el corazón» y «con toda el alma», no algo más en nuestra vida, y mucho menos un hobby. Ese tipo de búsqueda con todo el ser es lo que define la vida del contemplativo.

Buscad a Yahvé mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cercano» (Is 55,6).

El contemplativo tiene que ser conscientes de que hay que aprovechar las ocasiones de gracia que Dios nos ofrece para buscarle y encontrarle, que no podemos buscarle cómo y cuándo nosotros decidamos o nos apetezca.

Sugerencias para orar

En la soledad y el silencio del desierto es fácil que surjan con claridad esas otras «búsquedas» que compiten en nuestro corazón con la búsqueda de Dios. La oración del desierto nos permite reconocerlas y desecharlas dejando que Dios haga crecer en nosotros la necesidad de buscarle que abarca y abrasa todo nuestro ser.

3. La atracción de la vida futura

 

La luz que baja del cielo

 

Punto de partida[1]

Un encuentro que se vive ya aquí y ahora, pero como anticipo y preparación de su plenitud que tendrá lugar en la vida eterna. Por eso, el contemplativo vive en la esperanza de la vida futura, como centinela que vigila en medio de la noche, la llegada del amanecer (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

Iluminar con la Palabra

Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra (Col 3,1-2).

El contemplativo secular vive en el mundo, pero tiene su meta en el cielo, porque su meta es Dios y sabe que es allí donde se dará en plenitud el encuentro que anhela.

Sugerencias para orar

Se puede aprovechar el silencio y el despojamiento del desierto para tomar conciencia de la vanidad de muchos de nuestros objetivos y metas, y dejar que vaya naciendo con fuerza el deseo de Dios que nos impulsa necesariamente al encuentro definitivo con él en el cielo.

4. Cristo, objeto de la contemplación y motor de la vida del contemplativo

Punto de partida

El mismo nombre de contemplativo hace referencia a lo que constituye el eje de su vida, que es la contemplación. Y lo primero que hay que decir de ella es que el objeto al que se dirige la contemplación no es algo, sino Alguien: Jesucristo. Él es, para Dios, la imagen perfecta del hombre; y es, para el hombre, la imagen perfecta de Dios. En Jesucristo, el contemplativo descubre a un Dios apasionado por el hombre en un hombre apasionado por Dios; y este misterio lo hace suyo como motor profundo que ilumina su búsqueda de Dios, a la vez que unifica y da sentido a toda su vida. Así, en esa contemplación del Hijo de Dios, el contemplativo aprende de él a saciar la sed radical de Dios que le consume y le mueve a buscarlo apasionadamente (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

a) La contemplación de Cristo

 

La luz que transpartenta a Jesús

 

Iluminar con la Palabra

Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con constancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, por el gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios (Hb 12,1-2).

Mantener los ojos fijos en Jesús, muerto y resucitado, dejando que su presencia nos empape totalmente.

Ése es el comienzo y el sostén de nuestra carrera.

Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo (Jn 17,24).

La petición de Cristo es que contemplemos su gloria. El contemplativo quiere responder a ese deseo del Señor.

b) Contemplar a Jesús como icono de Dios y del hombre

Iluminar con la Palabra

Él es Imagen de Dios invisible (Col 1,15a; cf. 2Cor 4,4).

En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo... el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia... (Hb 1,2-3).

Contemplar el rostro de Cristo nos permite acceder a la contemplación del Dios que está más allá de lo que podemos concebir o imaginar. En el rostro de Cristo contemplamos el resplandor de la gloria de Dios.

Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos (Rm 8,29).

En Jesús también contemplamos lo que nosotros estamos llamados a ser, nuestro verdadero rostro a los ojos de Dios, lo que Dios quiere que seamos. Por la contemplación del rostro de Jesús, descubrimos nuestro verdadero rostro y nos vamos configurando a él. Recuérdese lo que dice 2Co 3,18: «Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor».

c) La sed que Jesús tiene de Dios empapa al contemplativo

Iluminar con la Palabra

Mi alimento es cumplir la voluntad del que me ha enviado (Jn 4, 34).

He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! (Lc 12,49-50).

Dejar que nos atrape el deseo de Jesús de cumplir la voluntad de Dios. Dejar que nos abrase el fuego del amor de Jesús que le hace entregarse por la salvación del mundo.

d) La sed de Dios en el corazón del contemplativo

 

Manos sedientas como la tierra

 

Iluminar con la Palabra

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agotada, sin agua (Sal 63,2).

Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? (Sal 42,2-3).

¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo (Sal 84,2-3).

Dejar que se instale en nosotros el deseo de Dios como una sed que sólo puede saciar él y que nos hace buscarle movidos por una necesidad tan imperiosa como la sed.

Sugerencias para orar

Gracias a que estamos en el desierto, podemos dedicar tiempo y tiempo a mirar el rostro de Jesús. Y mirándolo dejar que ese rostro nos vaya mostrando lo que quiere descubrirnos: el rostro de Dios y nuestro propio rostro. En esa contemplación serena hemos de dejar que ese rostro se vaya imprimiendo en nosotros y nos transmita sus mismos sentimientos, especialmente el anhelo de encontrarnos con el Padre y de cumplir su voluntad.

5. Jesucristo absorbe al contemplativo

Punto de partida

Jesucristo va absorbiendo al contemplativo de forma que éste sólo busca conocerlo y amarlo. El nombre de Jesús se escribe así en su corazón de forma indeleble. Y este nombre, pronunciado, rezado, susurrado, se convierte en el instrumento por el que el Espíritu Santo configura al contemplativo y lo va purificando, liberando, simplificando y unificando hasta llevarlo a una armonía en su ser y en su vida que refleja cada vez más perfectamente al Modelo divino (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

a) Vivir sólo para el Señor

Iluminar con la Palabra

Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2Cor 5,14-15).

Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos (Rm 14,8-9).

El contemplativo revive estas palabras de san Pablo, que vive sólo para el que murió y resucito por él.

Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal en su servicio;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

que ya solo en amar es mi ejercicio

(San Juan de la Cruz, Cántico A, 19).

b) El nombre de Jesús es salvador

Iluminar con la Palabra

Sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Jesucristo, el Nazoreo, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Hch 4,10-12).

El nombre de Jesús tiene fuerza salvadora, por eso, siguiendo la tradición de la oración del corazón, podemos repetir en silencio contemplativo el nombre de Jesús, para que vaya actuando en nosotros.

Sugerencias para orar

En el silencio prolongado que permite el desierto podemos dejar que surja el deseo y la necesidad de vivir sólo para él. La repetición del nombre de Jesús nos puede ayudar a ello.

6. El don-vocación del contemplativo

 

El vuelo de la paloma

 

Punto de partida

Una primera consecuencia de todo esto es que la vida contemplativa no es algo que podamos fabricar a nuestro antojo, sino algo que nos viene dado. Como seducción de Dios, es un don inmerecido ante el que no cabe otra actitud que la receptividad. Y esta gracia no puede traducirse en una vida mediocre, sino excepcional, que viene marcada por la propia vocación contemplativa, que es una llamada de Dios y no algo que uno decide arbitrariamente, como si fuera un hobby o un entretenimiento. Es Dios quien nos escoge para que seamos contemplativos. Y uno puede negarse a su seducción, pero al altísimo precio del fracaso de la propia vida interior. Por lo tanto, no estamos ante un tipo de vida que haya que conquistar, sino ante un modo de ser que hay que dejar que aflore desde lo más interior, allí donde Dios sembró, por el bautismo, la semilla de un amor infinito. (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

Iluminar con la Palabra

Os exhorto, pues, yo, prisionero por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados (Ef 4,1).

El don de la vocación a la vida contemplativa tiene que llevarnos a vivir de una forma digna de ese regalo inmerecido que hemos recibido. No se trata tanto de construirlo nosotros, sino de no impedir que aflore la vida que nace de la vocación que hemos recibido.

Con este objeto rogamos en todo tiempo por vosotros: que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y lleve a término con su poder todo vuestro deseo de hacer el bien y la actividad de la fe (2Tes 1,11).

Es el poder de Dios el que lleva a término lo que ha sembrado con la vocación que nos ha dado. Sólo el silencio que expresa el amor hecho receptividad nos dispone a acoger la transformación interior que crea en nosotros una vida digna de esa vocación y para hacernos dóciles a la acción de su poder.

(Dios) nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús, y que se ha manifestado ahora con la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio (2Tim 1,9-10).

La medida de hasta dónde nos puede y nos quiere llevar Dios ‑la medida de nuestra vocación‑ es la gracia de Dios, la que se manifiesta en Jesucristo, la que se realiza en la cruz, la que se nos da gratis. Si la vocación y el desarrollo de la vocación dependiera de nuestras obras, no llegaríamos muy lejos.

Por tanto, hermanos santos, partícipes de una vocación celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra confesión, a Jesús, que es fiel... (Heb 3,1).

Es la fidelidad del Señor la que nos hace capaces de una vocación que es del cielo, no de la tierra. Nuestra tarea es dejar que actúe en nosotros la fidelidad del Señor.

Sugerencias para orar

Puesto que la vida contemplativa es un don inmerecido y hay que dejar que aflore acogiendo ese don, la oración de espera y silencio del desierto es el camino para permitir que ese don vaya aflorando y lo recibamos con humildad, agradecimiento y docilidad.

7. El bautismo fundamento del ser

 

Cascada de agua entre plantas

 

Punto de partida

Es precisamente en el bautismo donde está el fundamento del ser del contemplativo. La vida contemplativa, don y llamada gratuita de Dios, no es un añadido a la vida cristiana que se ofrece a unos pocos privilegiados, sino que tiene su origen y fundamento en el don común de todo cristiano, que es la gracia bautismal, que nos hizo pasar de la muerte a la vida, nos incorporó a Cristo, uniéndonos a su muerte y su resurrección (cf. Rm 6,3-11; Col 2,12), nos dio el Espíritu Santo (1Co 12,13), y nos revistió de Cristo (Gal 3,27) (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

Iluminar con la Palabra

¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos hemos injertado en él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda libre del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6,3-11).

San Pablo nos ayuda a descubrir el don que hemos recibido en el bautismo y que no debemos ignorar: la muerte del hombre viejo, la vida nueva en Cristo.

Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la fuerza de Dios, que lo resucitó de entre los muertos (Col 2,12).

Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu (1Co 12,13).

El bautismo nos ha dado el Espíritu, el que nos hace capaces de vivir la vida nueva.

Los que os habéis bautizado en Cristo os habéis revestido de Cristo (Ga 3,27).

El bautismo nos transforma en Jesucristo.

Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu» (Jn 3,5-8).

Por el bautismo ‑el agua y el Espíritu‑ nacemos de nuevo, nacemos del Espíritu y podemos entrar en el reino de Dios.

Sugerencias para orar

En silencio reconocer en nosotros lo que se nos ha dado con el bautismo y dejar que afloren en nosotros todos los dones que hemos recibido en Dios. Gozarnos en la posesión del don que tenemos, experimentando que en él está el fundamento de nuestra vida contemplativa.

8. La plenitud de vida divina que hemos recibido

 

Sol entre nubes

 

Punto de partida

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que el fruto del primer sacramento va mucho más allá del perdón de los pecados: el bautismo constituye el pórtico de la vida en el Espíritu (n. 1213) y la participación en la vida de la Santísima Trinidad (nn. 265,1239); produce una verdadera transformación que hace del bautizado una criatura nueva, partícipe de la naturaleza divina, miembro de Cristo y templo del Espíritu (n. 1265); nos da un nuevo ser con todas las capacidades necesarias para una vida cristiana en plenitud porque nos une a Dios mediante la fe, la esperanza y el amor (n. 1266); hace que vivamos bajo la inspiración del Espíritu (n. 1266); y nos permite participar de la vida del Resucitado, convirtiéndonos en imitadores de Dios al conformar nuestros pensamientos, palabras y acciones a los sentimientos de Cristo, y hacernos seguir sus ejemplos (n. 1694). De este modo somos capaces del culto y el testimonio cristianos mediante una vida santa (n. 1273) y podemos dar gloria a Dios y aspirar a la vida eterna, porque en el bautismo se nos regala misericordiosamente la justicia (n. 1992). Y todo esto, que constituye la gracia bautismal, es un don que el cristiano tiene para siempre (n. 1272-1273).

Reconocer y vivir la gracia bautismal con todas sus consecuencias nos lleva necesariamente a la santidad y a la vida contemplativa. En este don primero, común a todo cristiano y totalmente gratuito, se contiene y se exige la vida contemplativa. Ésta es la gracia fundamental que proporciona al contemplativo su verdadero ser. Y este ser es el que deja al descubierto la llamada personal de Dios a la vida contemplativa y el que Dios va desarrollando con su gracia y con nuestro consentimiento y acogida. Por eso, podríamos decir que el contemplativo no es el cristiano con un añadido especial de intimidad con Dios y unión con Cristo, sino el «cristiano pleno», el que vive con plenitud la vida divina que ya ha recibido. Es alguien que ha descubierto en su ser de cristiano una llamada a vivir la vida de Cristo con toda radicalidad y acepta que Dios realice en él la obra de la gracia, que le lleva a ser lo que es: una nueva persona según «la nueva condición humana creada a imagen de Dios» (Ef 4,24) (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

Iluminar con la Palabra

Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10).

Creer en la vida abundante que ya se nos ha dado y dejar que se desarrolle en nosotros, eliminando miras y objetivos mediocres y recortados que no tienen que ver con el deseo del Señor, ni con el don del bautismo.

Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo (2Co 5,17).

Al unirnos a Cristo con el bautismo somos criaturas nuevas, él lo hace todo nuevo en nosotros. Dejar que él termine su obra: que pase lo viejo y lo haga todo nuevo.

Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. En efecto, todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, si compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados (Rm 8,9-17).

Conscientes del Espíritu que hemos recibido en el bautismo, dejar que actúe en nosotros como él quiera: dando muerte al hombre viejo, liberándonos del pecado, haciendo que surja en nosotros la oración de Jesús al Padre, dejando que nos transforme en hijos de Dios.

Os habéis revestido del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos. Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros, y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el broche de la perfección. Y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantando a Dios, de corazón y agradecidos, salmos, himnos y cánticos inspirados. Todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col 3,10-17).

Dejarnos revestir de Cristo, dejar que nos envuelva realmente la vestidura nueva que recibimos en el bautismo y todo lo que conlleva: el amor, las entrañas de misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia…

¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo (1Co 6,19-20).

El Espíritu que habita en nosotros convierte nuestro cuerpo en templo del Espíritu y así podemos glorificar a Dios con nuestro cuerpo y lo que hacemos con él.

Pues su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento perfecto del que nos ha llamado por su propia gloria y virtud, por medio de las cuales nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia (2Pe 1,3-4).

¡Partícipes del ser de Dios!

Sugerencias para orar

Ir desgranando en el silencio de la oración la riqueza del fundamento del ser que se nos ha regalado en el bautismo y ponernos dócilmente en manos de Dios para que vaya desarrollando ese nuevo ser que se nos ha regalado.

9. La configuración con Cristo

Punto de partida

La gracia de este descubrimiento fundamental pone en marcha en el alma la vida contemplativa y le ofrece al contemplativo la razón de su ser y de su vida. En el fondo todo se reduce a algo tan simple como reconocer el don de la gracia recibida en el bautismo ‑que es la vida nueva‑, aceptar la identificación con Cristo a la que nos conduce esa gracia y consentir la acción de Dios en nosotros que nos une a él y nos configura según la imagen de su Hijo por la medio del Espíritu Santo. (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

 

Tener a Cristo en la mirada

 

Iluminar con la Palabra

Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos (Rm 8,29).

Eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad (Ef 1,5).

Eso a lo que estamos destinados por la gracia:  Â«reproducir la imagen del Hijo», «ser sus hijos adoptivos» y eso es lo que el contemplativo cree y acoge sin reservas en la contemplación.

Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu (2Co 3,18).

La contemplación del rostro de Cristo nos transforma. Hemos de contemplar al Señor para que surja en nosotros el nuevo ser que ha sembrado en nosotros el bautismo, que es el mismo Cristo que contemplamos.

Pero a todos los que la recibieron [a la Palabra] les dio poder de hacerse hijos de Dios (Jn 1,12).

La acogida del Verbo de Dios es lo que nos abre la posibilidad de convertirnos también nosotros en hijos de Dios. Es una gracia que viene con el Hijo. Nuestra parte es acogerlo.

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1Jn 3,1).

En silencio, contemplamos y gozamos, con san Juan, lo que somos por amor gratuito de Dios. Ése es el fundamento ‑verdadero e inmerecido‑ en el que construimos nuestra vida: ¡somos hijos de Dios!

Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará nuestro pobre cuerpo a imagen de su cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas (Flp 3,21).

Esa transfiguración a imagen de Jesús glorioso es lo que nos espera al final de nuestro camino.

Sor Isabel de la Trinidad también se apoya en la Palabra de Dios para hablarnos de la configuración con Dios:

Esta doctrina de aparente austeridad se transforma en suavidad deliciosa cuando se contempla el término de esta muerte: la vida de Dios que sustituye nuestra vida de pecado y de miserias. San Pablo quería decir esto mismo cuando escribía: «Despojaos del hombre viejo con todas sus obras y revestíos del nuevo... según la imagen del Creador» (Col 3, 9-10). Esta imagen es Dios mismo. Recuerda su deseo manifestado tan solemnemente en el día de la creación: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1,3). Mira, si reflexionáramos sobre el origen de nuestra alma, las cosas terrenas nos parecerían tan pueriles, que sólo tendríamos para ellas un gesto de desprecio. San Pedro escribe en una de sus Epístolas: «Dios nos ha hecho partícipes de su divina naturaleza» (2Pe 1,4). San Pablo nos recomienda que «conservemos hasta el fin esa participación de su Ser que nos ha comunicado» (Hb 3,14) (Beata Isabel de la Trinidad, Carta a Francisca Sourdón, 276)[2].

Sugerencias para orar

Reconocer, aceptar, consentir la configuración con Cristo… esa es la tarea que nos toca ante este don inmerecido, eso es a lo que podemos dedicar tiempo gracias a permanecer sin prisas y sin distracciones en el desierto.

10. La inhabitación de Dios

 

El agua que desciende por la sima

 

Punto de partida

En lo más hondo del ser humano existe un lugar, más íntimo a uno mismo que sí mismo, en el que Dios habita y en el que sólo se puede entrar si se es invitado por el mismo Dios y se acepta libremente la purificación necesaria para poder acoger la luz divina. El contemplativo se descubre habitado por Dios, que ha deseado establecer en él su morada con el amoroso anhelo con el que antaño quiso habitar en la ciudad santa: «El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella: “Ésta es mi mansión por siempre; aquí viviré, porque la deseo”» (Sal 132,13-14). Consciente y fascinado por este descubrimiento, quien ha sido tocado por esta gracia concentra todas sus energías en descender a lo más profundo de su corazón. Ésta es la verdadera peregrinación del hombre, el viaje hacia el lugar más insondable de su ser, en el que habita Dios. Éste es el tesoro en el que el contemplativo pone su corazón (cf. Mt 6,21), la perla preciosa por cuya adquisición vende, lleno de alegría, todo lo que tiene (cf. Mt 13,44). (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

Iluminar con la Palabra

El reino de Dios está dentro de vosotros (Lc 17,21).

Dejarnos arrastrar, en silencio, por el eco interior de Dios que nos lleva a lo profundo de nuestro interior para descubrirnos su presencia y su acción.

Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14,23).

El silencio y la soledad nos vacían de todo para poder acoger la presencia de Dios. La escucha y la obediencia de la Palabra como forma de abrirnos a la presencia de las personas de la Trinidad, hasta el punto de que hacen de nosotros su morada estable.

El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él (Jn 6,56).

La comunión eucarística realiza esa «permanencia recíproca» de Cristo en nosotros y nosotros en él.

Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno (Jn 17,21-23).

El deseo, la oración y el objetivo de Cristo es esa unidad con el Padre que se realiza por medio de la unidad con Cristo, y que no puede realizarse al margen de la unión con todos los que están unidos a él.

Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos (Jn 17,26).

Somos morada de la Trinidad y por eso habita en nosotros el mismo amor infinito entre el Padre y el Hijo que es el Espíritu.

¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? (1Co 6,19).

Somos templos del Espíritu; y, por tanto, debemos entregarnos a él.

De nuevo es Isabel de la Trinidad la que indica y comenta textos de la Escritura sobre la inhabitación de Dios:

«Permaneced en mí» (Jn 15,4). Es el Verbo de Dios quien lo manda, quien expresa este deseo. Permaneced en mí no sólo momentáneamente, durante unas horas pasajeras, sino permaneced... de un modo estable, habitualmente. Permaneced en mí: orad en mí, adorad en mí, amad en mí, sufrid en mí, trabajad y obrad en mí. Permaneced en mí durante vuestras relaciones con las personas y vuestro trato con las cosas. Penetrad cada vez más íntimamente en esta profundidad. Allí está ciertamente la soledad donde el Señor quiere atraer al alma para hablarle, como dice el Profeta (Os 2, 14) (Beata Isabel de la Trinidad, El Cielo en la fe, día 1º).

«El reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21). Hace unos momentos, el Señor nos invitaba a permanecer en Él, a vivir espiritualmente en su herencia de gloria. Ahora nos dice que para encontrarle no es necesario salir fuera de nosotros. El reino de Dios está dentro de nosotros mismos. San Juan de la Cruz nos asegura que «es en la sustancia del alma, donde ni el demonio (ni el mundo) pueden llegar, donde Dios se comunica (a ella)... y así todos los movimientos de la tal alma son divinos; y, aunque son suyos, de ella lo son, porque los hace Dios en ella con ella» (Beata Isabel de la Trinidad, El Cielo en la fe, día 2º).

«Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a Él y haremos nuestra morada en Él» (Jn 14,23). El divino Maestro nos manifiesta nuevamente su deseo de morar en nosotros. Si alguno me ama. Es el amor quien atrae, quien impulsa al Señor hacia su criatura. No es un amor sensible, sino un amor «fuerte como la muerte... que las aguas copiosas no pueden extinguir» (Cant 8,6-7) (Beata Isabel de la Trinidad, El Cielo en la fe, día 3º).

Nota: Puede ser de gran utilidad leer las páginas del libro de Philipon, La doctrina Espiritual de sor Isabel de la Trinidad, que se encuentra en uno de los textos escogidos del apartado de Espiritualidad.

Sugerencias para orar

La experiencia del desierto nos permite la peregrinación al más profundo centro en el que habita Dios. No se trata de pedir esa inhabitación de Dios, mucho menos de construirla; simplemente hay que descubrirla y estar dispuesto al silencio, la espera y la humildad necesaria para descender al lugar del corazón donde habita Dios y nos espera.

11. La participación anticipada en el mundo futuro

 

La gloria de todos los santos de Ricci

G.B.Ricci, La Gloria de Todos los Santos

 

Punto de partida[3]

A partir del descubrimiento de la inhabitación divina en él y de su descenso al centro de su corazón, el contemplativo ya sólo puede vivir para Dios, descubriéndolo en todo y en todos, que se convierten para él en don de Dios y signos vivos de su presencia amorosa. Y así, viviendo en este momento y en este mundo, se proyecta hacia la eternidad y hacia el cielo. Todo lo que hace apunta a anticipar el Reino de Dios y a gustar ya aquí abajo algo de la vida prometida para el mundo futuro. El contemplativo ha escuchado a Dios, ha sido seducido por él y se ha dejado seducir; de modo que arde en deseos de ver a Dios y de entrar en una comunión de amor con él que sea cada vez más fuerte y que jamás termine. (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

Iluminar con la Palabra[4]

Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él (Col 3,1-4).

El que ha encontrado a Dios en el fondo de su ser, ha encontrado la fuente de su vida y aspira y busca ese encuentro con Cristo. En silencio, abandonar todo lo que no es Dios, para crear el vacío interior que haga posible el encuentro por el que él toma posesión del puesto que le pertenece como nuestro Señor único e indiscutible.

¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo. Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio (Sal 73,25-26.28a).

El descubrimiento de Dios como «huésped del alma» no disminuye, sino todo lo contrario, aumenta el anhelo de Dios. Y aunque vivimos en la tierra, y estando en la tierra buscamos a Dios, todo queda relativizado en función del deseo de estar junto a Dios.

Santa Teresa de Jesús expresa con fuerza y hermosura este deseo de ver al Señor:

Véante mis ojos,

dulce Jesús bueno;

véante mis ojos,

muérame yo luego.

Vea quién quisiere

rosas y jazmines,

que si yo te viere,

veré mil jardines,

flor de serafines;

Jesús Nazareno,

véante mis ojos,

muérame yo luego

(Santa Teresa de Jesús).

Sugerencias para orar

Aprovechar la oportunidad que nos da el desierto para dejar que surja el anhelo de Dios ‑a veces en forma de sed‑ y para que ese deseo de Dios vaya creciendo en nosotros y ponga por sí solo las demás realidades en su sitio.

12. La purificación necesaria

 

Contemplando el atardecer en el mar

 

Punto de partida

Y para lograrlo está dispuesto a poner todos los medios y aceptar la total purificación del corazón; porque la nueva vida que Dios le ofrece no puede nacer si no es a través de una purificación radical, que constituye una auténtica muerte a sí mismo.

El contemplativo sabe que Dios es el Inaccesible, el Santísimo, y se considera incapaz de alcanzarlo sin morir. Por eso quiere morir, no a la vida, sino al hombre viejo, al mundo y al pecado, que le impiden ver a Dios, vivirlo y esponjarse en él. Sabe que no puede subir hasta Dios porque es inalcanzable, pero sí puede acogerlo en sí mismo porque Dios se le ha entregado; y por eso puede descubrirlo en el fondo de su propio corazón y entrar en una relación de amor tan profunda con él que transforma toda su vida.

A partir de esta purificación y desde el momento en el que Dios es su única meta, el contemplativo se sabe extranjero en esta tierra y suspira por alcanzar la patria verdadera, que es el cielo: «Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad» (Heb 11,13-16). El contemplativo se va acostumbrando a vivir como si se encontrase en el último día de su existencia; y así se va preparando a la muerte, muriendo en cada momento para vivir en un permanente anticipo del cielo (Fundamentos: 5.1. El fundamento del ser del contemplativo secular).

Iluminar con la Palabra

Y añadió (el Señor a Moisés): «Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida» (Ex 33,20).

¿A qué tengo que morir para poder ver a Dios?

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8).

Hacernos conscientes de la limpieza de corazón necesaria para ver a Dios. Abandonarnos al silencio de Dios para que él nos purifique.

Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8,34-35).

Estar dispuesto a negarse a uno mismo (muriendo al hombre viejo) para poder seguir al Señor y unirnos con él.

Sugerencias para orar

Dejar que en la oración de escucha haga aflorar todas las disonancias que existen en nuestro interior con Dios; dejando que el corazón las reconozca y se desprenda de ellas. Entrar en la disposición de morir a todo eso para entrar en comunión con Dios. Disponernos con docilidad y generosidad a la purificación necesaria para unirnos a Dios.

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NOTAS

[1] Puede unirse este punto con el apartado 11: «La participación anticipada en el mundo futuro».

[2] El texto y las referencias de los textos de la beata Isabel de la Trinidad están tomados de Sor Isabel de la Trinidad, Obras completas, Burgos 1985, 5ª ed (Monte Carmelo). Sin embargo hemos preferido el título «El cielo en la fe», más fiel al original francés, que «El cielo en la tierra» que propone la edición de Monte Carmelo.

[3] Estamos en el mismo fundamento del ser que el apartado 3: «La atracción de la vida futura».

[4] Pueden usarse también los textos del apartado 4d que iluminan la sed de Dios en el corazón del contemplativo: Sal 63,2; 42,2-3; 84,2-3.