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Ejercicio de desierto sobre Fundamentos: 3.4

Caminando en libertad

 

Saludando a la libertad

 

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Antes de empezar

Antes de empezar conviene que recordemos que el desierto es el lugar de la tentación para el Señor (cf. Mt 4,1-11) y para nosotros. Como el Señor, somos llevados al desierto por el Espíritu Santo para ser tentados; no para sucumbir a la tentación, sino para vencerla y alcanzar la libertad.

En el silencio y en la soledad del desierto surgen, desde lo más profundo de nuestro interior, los miedos, debilidades y deseos, que son como la materia prima de las tentaciones del diablo. En el desierto oímos con más fuerza la llamada de la carne (nuestros miedos y necesidades), del mundo (con sus invitaciones a la prudencia y a la eficacia) y del demonio (que quiere apartarnos de Dios falsificando la llamada de Dios). Y es precisamente en el desierto donde podemos reconocer con toda claridad las tentaciones concretas que nos afectan y, gracias al desierto, podemos responder con valentía a las tentaciones, apoyados en la Palabra de Dios, en el ejemplo y la victoria de Cristo, y en la fuerza del Espíritu Santo. Vencidas las tentaciones volvemos al mundo con una libertad que antes no teníamos, la libertad necesaria para seguir al Señor.

Esta propuesta de desierto tiene que ver especialmente con la tarea de descubrir y romper ataduras, y por eso precisa, como siempre y más que nunca, de silencio, confianza y humildad; de la preparación necesaria para el combate que nos espera en el desierto.

Véase la introducción al desierto

Querer de verdad

Punto de partida

Lo que Dios nos pide para entrar en el camino de la unión con él no es difícil ni requiere nada extraordinario, simplemente basta con querer; pero no de cualquier manera, sino querer de verdad. Y la prueba de que queremos así, en serio, es que estamos dispuestos a pagar el precio de las opciones que libremente tomamos. En este caso tenemos que estar dispuestos a hipotecarlo todo frente a Dios, para que él sea de verdad el único y absoluto centro de nuestra vida (Fundamentos: 3.4. Caminando en libertad).

Iluminar con la Palabra

Este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo, para poder decir: «¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?». Ni está más allá del mar, para poder decir: «¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?» El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas (Dt 30,11-14).

Tengo que eliminar desde el principio toda sensación de que lo que Dios me pide es difícil de alcanzar, como si él no pudiese conseguir un imposible. Dios está cerca, y lo que pide siempre es sencillo, fácil y posible... porque es él quien lo hace con su gracia.

El desierto me aísla de influencias externas para colocarme en la indefensión que me hace verdaderamente dócil a la acción de Dios.

Jesús le contestó: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres así tendrás un tesoro en el cielo y luego ven y sígueme». Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico... Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo» (Mt 19,21-22.25-26).

Como vemos en el joven rico, la clave para llegar hasta el final está en querer. Pero el querer de verdad se manifiesta en quitar los apegos concretos, la riqueza a la que cada uno está apegado.

Como les sucedía a los discípulos de Jesús, nos puede parecer imposible ese paso de desprendimiento. Y quizá lo sea para nosotros, pero no para Dios: Dios puede realizarlo en nosotros. De nuevo, basta con querer y dejar actuar a su gracia.

Para el joven rico, y seguramente para nosotros, esa gracia estaba en la mirada del Señor que podía arrastrarle y ayudarle a arrancar los apegos: «Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo...» (Mc 10,21).

Debo emplear tiempo prolongado en dejarme mirar por el Señor, hasta que su mirada se convierta en el clima interior que respire mi alma y me mueva suavemente a la identificación con él.

Después de esto, salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió (Lc 5,27-28).

En Mateo (Leví) contemplamos a alguien que quiere de verdad y está dispuesto a pagar el precio: lo deja todo para seguir a Jesús.

No es mucho suponer que, a diferencia del joven rico, este publicano (rico y pecador) se dejó arrastrar por la mirada de amor y la llamada sorprendente de Jesús.

Dedicaré el tiempo necesario para experimentar la mirada de amor que me dirige el Señor y que es capaz de enamorarme hasta romper de forma natural todas mis ataduras.

El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo (Mt 13,44).

Este hombre de la parábola muestra con realismo que está dispuesto a pagar el precio («todo lo que tiene») por alcanzar el tesoro del reino de los cielos.

La parábola ayuda a entender el realismo sobrenatural del que paga ese precio con alegría porque sabe valorar con los ojos de la fe lo que deja y lo que gana.

Voy dejando que surja en mi interior la pasión ilusionada por el Reino, que me impulse espontáneamente a encontrar mi alegría en pagar el precio que sea por poseerlo.

Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Heb 10,6-7).

Jesús es el gran modelo de lo que es querer de verdad la voluntad de Dios, aceptando las consecuencias y pagando el precio.

He de contemplar largamente esta decisión que mueve toda la vida y la misión del Señor para descubrir en él cómo dejar que Dios realice su plan en nosotros.

En la oración del huerto, Jesús dice este mismo «quiero» de otra forma cuando llega al límite de la oscuridad y la tentación: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Mi oración ha de tomar la forma de silenciosa entrega de mi vida, como verdadera ofrenda de mi amor a Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,

y, en cambio, me abriste el oído;

no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,

entonces yo digo: «Aquí estoy

como está escrito en mi libro

para hacer tu voluntad».

Dios mío, lo quiero,

y llevo tu ley en las entrañas (Sal 40,7-9).

Este salmo tiene que llevarme a entender que, en definitiva, lo que entregamos a Dios no son cosas, sino a nosotros mismos, y que esa entrega pasa por aceptar la voluntad del Señor y no la nuestra.

Repetir y hacer nuestras estas palabras del salmo me ayudará a decir a Dios de verdad este «quiero», realista y verdadero, como el de Jesús, como el de María (Lc 1,38).

Dedicar tiempo holgado a contemplar estos modelos y entrar silenciosamente en la oración que ilumina y trasforma…, hasta que salga de mi corazón ese «quiero» auténtico que vaya más allá de las meras palabras, sentimientos o intenciones.

Sugerencias para orar

En el silencio y la soledad dejo que aflore la distancia entre la entrega libre, realista y completa que contemplo en estos modelos, y mi respuesta, seguramente más teórica, más débil, menos realista.

Dejo que me empape la palabra del Señor que me dice que, por muy lejos que esté de esa respuesta, no es imposible para mí porque él quiere dármelo.

Dedico tiempo prolongado a contemplar en silencio, como mi gran tesoro, la mirada de Jesús que me envuelve con su amor y que tiene fuerza para arrastrar mi vida y suscitar en mí la respuesta a su llamada como un «quiero» pleno y realista que cambie mi vida totalmente.

Repito las palabras del salmo, del Señor o de la Virgen, para que vayan calando en mi corazón, a pesar de las resistencias que puedan surgir.

Dejo que aparezcan esas resistencias y tomo conciencia de ellas; las pongo frente al Señor y espero pacientemente que él las vaya envolviendo con su amor hasta que se conviertan en el gozoso instrumento que poseo para corresponder con mi amor al amor con el que me ha bendecido.

Reconocer lo que nos esclaviza

 

Ataduras que nos esclavizan

 

Punto de partida

Quizá puede ayudarnos en este sentido hacer una relación de todo lo que nos ata; es decir, todo aquello a lo que se apega nuestro corazón (personas, cargos, circunstancias, cosas, etc.), todo lo que necesitamos imperiosamente y que tenemos miedo a perder, todo aquello sin lo cual no podemos ser felices. Y para ver esto con más nitidez podemos empezar por reconocer nuestros miedos, porque ponen de manifiesto todas las realidades a las que nuestro corazón está apegado. Por supuesto, aquí no buscamos principalmente valores o afectos negativos o pecaminosos (aunque también puede haberlos), sino aquellas realidades buenas o excelentes, pero que han atrapado nuestro corazón (Fundamentos: 3.4. Caminando en libertad).

Iluminar con la Palabra

Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón (Mt 6,21).

Los miedos, deseos, enfados, tristezas y alegrías ponen en evidencia mis verdaderos intereses y apegos. Dejar que salgan es la mejor manera de descubrir cuál es realmente mi tesoro, a lo que estoy apegado.

El desierto permite que entre en la libertad que me puede hacer superar el miedo a reconocer, a través de todas estas señales que envían nuestros afectos, dónde está en la realidad mi corazón.

Despojaos del hombre viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras; renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas. Por lo tanto, dejaos de mentiras, hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros. Si os indignáis, no lleguéis a pecar; que el sol no se ponga sobre vuestra ira. No deis ocasión al diablo. El ladrón, que no robe más; sino que se fatigue trabajando honradamente con sus propias manos para poder repartir con el que lo necesita. Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad (Ef 4,22-32).

San Pablo me ofrece unas pistas concretas para identificar las «apetencias seductoras» del hombre viejo; y, desde su reconocimiento, emprender el camino de la libertad verdadera.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí (Mt 10,37; cf. Lc 14-26).

El Señor señala algunos apegos «positivos» (no pecaminosos), que pueden impedir que le siga. Son modelos y pistas para que pueda descubrir e identificar los míos.

Sugerencias para orar

El silencio y en la soledad del desierto permiten que vayan aflorando con claridad, sin necesidad de hacer un examen de conciencia, todas esas realidades, malas o buenas, que me atan a la hora de seguir al Señor. Sólo podré identificarme con Cristo desde la verdad de lo que soy; por eso no puedo cerrar los ojos a la realidad de los apegos que me encadenan. En ese clima sereno debo encontrar la paz interior que me permita superar el miedo a descubrir mis ataduras. Debo reconocerlas y aceptarlas como primer paso para entrar en la libertad que me permite seguir al Señor y entregarme a él.

Presentar las ataduras al Señor

Punto de partida

A partir de aquí y en la medida en que somos capaces de reconocer nuestras ataduras fundamentales, si queremos entrar en el camino de la unión con Dios deberíamos empezar por ofrecerle a él todas esas realidades que nos esclavizan, haciendo un valiente ejercicio de libertad interior. En principio bastaría con poner en las manos de Dios todo lo que tenemos y disponernos a aceptar que él nos arrebate lo que él sabe que nos impide ser verdaderamente libres (Fundamentos: 3.4. Caminando en libertad).

Iluminar con la Palabra

En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco; y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es buena. Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí. Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal. En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor! (Rm 7,15-24).

He de aceptar como normal la división entre lo que quiero y aquello a lo que me llevan mis ataduras y apegos.

El silencio permitirá que salga la queja del creyente: «Desgraciado de mí, ¿quién me librará?» Pero, también saldrá la respuesta: Jesucristo.

A partir de ahí debo esperar que surja, junto con la petición de salvación, la acción de gracias por el liberador que necesito.

 

Manos encarceladas

 

En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios (Hb 12,1-12).

Después de reconocer todo lo que nos estorba y nos ata, tengo que clavar los ojos en Jesús, especialmente en su entrega por nosotros y su victoria sobre el pecado. A partir de ahí podré empezar a correr la carrera que me toca.

Vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la te chumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados»... «Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2,3-5.11).

No sirve de nada que me presente ante el Señor como alguien que no soy. He de entrar en la actitud de autenticidad que me permite ponerme ante él con mis ataduras y apegos; como hicieron con el paralítico sus amigos, para que Jesús cure mi parálisis y pueda caminar tras él.

Desde mi impotencia para moverme, hago silencio para escuchar las palabras liberadoras del Señor dirigidas a mí.

Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud (Ga 5,1).

Le presentamos al Señor mis ataduras y apegos con la confianza de saber que él ha venido para liberarme. Y esa liberación se ha realizado con su pasión, muerte y resurrección.

Y una vez liberado, me dispongo a mantenerme en la lucha para no dejarme paralizar por las mismas ataduras de antes... u otras nuevas.

Sugerencias para orar

Dejo serenamente que el silencio permita que vaya calando en mi corazón la alegría y la confianza de tener un Salvador que rompe las cadenas que me atan.

He de permanecer incansable ante Dios, en silencio e impotencia, hasta que él pronuncie la palabra que me libera de los apegos y miedos que me paralizan. No tengo nada mejor que hacer. No hay nada más eficaz.

La expresión de nuestra decisión

Punto de partida

Éste es el primer paso en el proceso normal de crecimiento espiritual, pero si lo que pretendemos es entrar en el camino de la transformación interior y de la unión con Dios no basta con el ofrecimiento, se necesita la renuncia real [...]

Este comienzo tiene que hacerse con sano realismo; y es muy importante no tomarlo como un mero ejercicio ascético, ni siquiera como un acto de renuncia por la renuncia, ni tampoco como un medio mágico que nos proporcione automáticamente determinados resultados espirituales.

Una vez hayamos visto con claridad los afectos a los que nuestro corazón se apega y tengamos claro las ataduras que esconden, hemos de renunciar a ellos en la medida en que buenamente podamos y lo permitan las circunstancias y los deberes de estado (Fundamentos: 3.4. Caminando en libertad).

Iluminar con la Palabra

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento... Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más» (Lc 19,6- 8).

El encuentro con Cristo cambia la vida de Zaqueo. La renuncia real y concreta a lo que era su gran apego y la meta de su vida es el signo del cambio producido por ese encuentro. Ese mismo proceso quiere realizarlo Jesús en mi vida. Debo buscarlo apasionadamente, a la vez que soy consciente de que he de vivir para esperar que él me encuentre.

Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo (Flp 3,8).

La comparación del valor de mis apegos con el valor de la intimidad con Cristo es lo que me permite descubrir y aceptar las renuncias concretas a aquello que antes valoraba y ahora reconozco como pérdida y basura.

Sugerencias para orar

En la presencia del Señor, dejo que surja la renuncia concreta que está a mi alcance para mostrarle que mi decisión de entregarme a él es verdadera.

Tomo conciencia de que será él quien tendrá que irme liberando de todas las ataduras que me impiden entrar en la comunión de amor con él; y lo hará a través de las circunstancias de mi vida y de mi misma relación con él.

Espero pacientemente que surja en mi interior la fuerte decisión de seguirle, como el fruto, madurado en el desierto, del conocimiento de mí mismo, de mi necesidad de un Salvador, y de mi atracción por él.

Entrar en la dinámica de la cruz

 

Cruz en la puesta de sol

 

Punto de partida

No debemos olvidar que estamos en el ámbito de la cruz. Toda esta purificación nos encamina a ella, porque la cruz está unida a nuestras necesidades y nuestros miedos. Por eso es vital que dejemos de huir de ella y la aceptemos de forma amorosa y efectiva; sin quejarnos ni buscar justificaciones o disculpas para eludirla [...] Aquí no basta con «aguantar» estoicamente, es necesario aceptar y, especialmente, «querer» (Fundamentos: 3.4. Caminando en libertad).

Iluminar con la Palabra

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10,37-38).

Caminar hacia la verdadera libertad pasa necesariamente por aceptar la renuncia a los apegos (incluso a cosas buenas) que me centran sobre mí mismo y me impiden abrirme incondicionalmente a Dios. Ese camino conduce inevitablemente a la cruz y nos exige una generosa disposición para abrazarla.

Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24).

Desprenderme de afectos, renunciar a ataduras, superar miedos es realmente negarse a uno mismo: negar el hombre viejo que soy para que pueda surgir el hombre nuevo a imagen de Cristo.

La cruz no es un elemento opcional para el cristiano, no es un añadido al seguimiento de Cristo, es lo único que realmente necesitamos para seguir al Señor.

No se trata de cargar con una cruz que es igual para todos o con cualquier cruz: la cruz está hecha a la medida de nuestras características personales, y forman parte de ella nuestras debilidades, miedos, apegos y ataduras concretas. Hay que aceptar nuestra cruz tal como es y con todas las circunstancias que hacen que esté hecha a nuestra medida para que pueda servir de instrumento de purificación, entrega e identificación con el Señor.

Hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas (Flp 3,18-19).

No debo ser ingenuo pensando que puedo huir de la cruz sin pagar un alto precio: si rechazo la cruz, al final seré esclavo de mis miedos, afectos y apegos.

Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo... Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos (Ga 5,19-21.22).

Esta lista de las tendencias que marcan la vida humana debe servirme para aceptar libremente entrar en la lucha firme contra las pasiones que nos esclavizan para disponerme generosamente a crucificar la carne: que muera el hombre viejo dominado por el pecado que tiene como horizonte la lejanía de Dios; de esa muerte nace la vida nueva del hombre renovado por la gracia que conduce a participar de la vida de Dios.

Sugerencias para orar

En el silencio del desierto me dispongo a descubrir serenamente cuál es mi cruz, la que necesitamos, la que está construida a partir de mis limitaciones, miedos y ataduras, la que me hace morir realmente a mí mismo, y me lleva a renacer completamente transformado.

He de dedicar el tiempo y el silencio necesarios para dejar de huir de la cruz y abrazar la cruz liberadora, la que me hace falta para poder seguir al Señor e identificarnos con él.