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¿Qué es el desierto?

La seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón (Os 2,16).

 

Orando en la soledad

 

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¿Qué es entrar en el desierto?

Si Dios quiere que te encuentres con él en lo más profundo de tu alma y te llama a salir durante un tiempo del mundo (física o espiritualmente) para vivir a solas con él, sin compartirle con nada ni con nadie, te está llamando al desierto para hablarte al corazón y seducirte. Aquí encontrarás pistas para responder a esta gracia especial y entrar en el desierto. Es una experiencia de soledad voluntaria, vivida fuera o dentro del mundo, que permite que se purifique tu corazón, te hagas verdaderamente pobre y puedas entrar en la verdadera adoración que te libera de ataduras y te abre al amor de Dios y al abandono en sus manos.

Para entender de qué estamos hablando te puede servir lo que dice Carlos de Foucauld, que hizo de la experiencia de desierto su forma de vida:

Hay que atravesar el desierto y permanecer en él para acoger la gracia de Dios. Es aquí donde uno se vacía de sí mismo, donde uno echa de sí lo que no es de Dios y donde se vacía esta pequeña casa de nuestra alma para dejar todo el lugar para Dios solo.

Los hebreos pasaron por el desierto, Moisés vivió en el desierto antes de recibir su misión, san Pablo, san Juan Crisóstomo se prepararon en el desierto.

Es un tiempo de gracia, un período por el cual tiene que pasar todo el mundo que quiera dar fruto. Hace falta este silencio, este recogimiento, este olvido de todo lo creado, en medio del cual Dios establece su reino y forma en el alma el espíritu interior: la vida íntima con Dios, la conversión del alma con Dios en la fe, la esperanza y la caridad. Más tarde el alma dará frutos exactamente en la medida en que el hombre interior se haya ido formando en ella.

Sólo se puede dar lo que uno tiene y es en la soledad, en esta vida solo con Dios solo, en el recogimiento profundo del alma donde olvida todo para vivir únicamente en unión con Dios, que Dios se da todo entero a aquel que se da también sin reserva.

¡Date enteramente a Dios solo y Él se dará todo entero a ti!

Beato Carlos de Foucauld, Carta al Padre Jerónimo (19-V-1898).

Entrar en el desierto es una gracia

Tener la oportunidad de entrar en el desierto es una gracia muy especial que Dios te concede. No es algo que tú decidas, si lo puedes hacer es porque Dios lo ha decidido antes y te ha llamado; de lo contrario no podrías hacer nada. Como a Jesús, es el Espíritu quien te empuja al desierto (cf. Mc 1,12). Por eso, lo primero que tienes que considerar cuando te diriges al desierto es el amor de predilección con el que Dios te ha bendecido. Dios te llama a vivir a solas con él, sin compartirle con nada ni con nadie, eso es desierto.

¿Qué te hace falta para entrar en el desierto?

La entrada en el desierto es un momento importante. Es preciso que lo hagas con fe y con conciencia de haber sido llamado por Dios y, por tanto, de estar respaldado con su gracia.

Tienes que dar el primer paso en fe, sin saber lo que el desierto te depara, apoyado solamente en la gracia de Dios. Todo lo demás sólo constituye un soporte para esa gracia: lecturas, ascesis, métodos de oración, etc.

Ten confianza. Como a Israel, Dios, que te llama al desierto, te acompañará y te guiará con su providencia: «Condujo a su pueblo por el desierto, porque es eterna su misericordia» (Sal 135,16). Y si es cierto que el desierto supone desgarro y dolor, el que llama a entrar en él dará la medicina necesaria, «porque él hiere y pone la venda, golpea y él mismo sana» (Job 5,18).

La entrada en el desierto ha de hacerse con humildad y con paz. Toma la actitud que Dios le pide a Moisés: «Descálzate, porque el lugar que pisas es terreno sagrado» (Ex 3,5).

La humildad en este momento ha de tener forma de total disponibilidad: preséntate al Señor en desnudez y pobreza. Cuanto más ligero sea tu equipaje más libertad le darás a Dios para llenarte con su presencia, su amor y su gracia. Libérate de preocupaciones, afectos, urgencias, problemas, prisas, necesidades... Haz verdad el llamamiento del Señor: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).

Tienes que hacer un acto de libertad. Has de estar dispuesto a perderlo todo, incluso a ti mismo. Ninguna posesión es más peligrosa para el ser humano que uno mismo. El amor propio es la gran barrera que nos separa de Dios. Si buscas, de la forma que sea, ser alguien, o tener algo serás impermeable a la gracia y fracasarás. En este sentido hay que vigilar con cuidado las maneras solapadas que tenemos de buscar y apegarnos las realidades; sobre todo a las realidades que parecen inofensivas o buenas: obras apostólicas, proyectos personales, afectos, ideales... No hemos de olvidar que todo lo que no es Dios es pasajero y no podemos poner el corazón en nada que no sea eterno. Sólo merece la pena vivir (y morir) por algo que permanezca; sólo lo eterno puede llenar nuestra vida presente y futura. Hacer realidad esto constituye la esencia del desierto.

Entrar en el desierto viviendo en el mundo

Si la experiencia de desierto la vas a realizar en medio del mundo tienes que cuidar este momento porque es la primera piedra de una obra de Dios singular. Hay que abandonar el mundo habitual, conocido y seguro, por el mundo desconocido e incierto de la soledad. Hay que romper con ese mundo, abandonando relaciones, tareas, preocupaciones, noticias, televisión, diversiones, etc.; y aceptando los desgarros y las incomprensiones que ello comporte.

 

Amanecer en el desierto

 

¡Atención! Porque se trata de una tarea importante y delicada porque muchas de las realidades de tu vida no las podrás abandonar materialmente; por eso tienes que realizar un afinado discernimiento y una decidida decisión para abandonar materialmente todo lo que se pueda y «abandonar» interiormente todo aquello que no se pueda dejar materialmente; pero en cualquier caso es esencial tomar distancia de todas las realidades y relativizar todo lo que no es Dios, para poder abrirse incondicionalmente al soplo del Espíritu Santo.

Ten en cuenta que el verdadero desierto no está fundamentalmente en un lugar, sino en el corazón. La ruptura necesaria con el mundo para crear el desierto has de hacerla con valentía y generosidad, sin cálculos, dilaciones y componendas. Sólo así podrás disponerte a que Dios actúe libremente en ti arrancando todo lo que estorba para poder plantar de nuevo la siembra de una nueva vida. En este sentido no conviene calcular humanamente las dificultades, porque son superiores a nuestras fuerzas, sino disponerse a vivir en fidelidad el momento presente, haciendo de él la más expresiva manifestación de amor y de entrega incondicional a Dios.

El desierto es un campo de batalla

Para entrar en el desierto no basta con sentir una fuerte atracción por el silencio. En nuestro agitado mundo, un tiempo de soledad de vez en cuando se agradece y se valora, siempre que no nos comprometa excesivamente y podamos volver al bullicio. Pero el desierto es otra cosa. No es el refugio del débil, sino el campo de batalla del fuerte. Por eso no se puede ir al desierto a hacer turismo, sino a comprometer la vida. Es necesario hacer de él nuestro hogar permanente y estable, dispuestos a no abandonarlo. Para ello hay que quemar las naves y cerrarnos la salida. Dios no puede ser objeto de un entretenimiento pasajero en el que podamos entrar y salir según nos apetezca.

Tienes que contar con la repugnancia natural ante el despojo y la soledad. La renuncia y la austeridad hará que tus pasiones se rebelen y reclamen lo que creen que es suyo. Esto supone entrar en la experiencia que narra el profeta Jeremías: «¿Dónde está el Señor, que nos subió desde Egipto, nos llevó por el desierto, la estepa y la paramera, por tierra seca y sombría, una tierra intransitada en donde nadie se asienta?» (Jr 2,6).

Acepta la dura ascesis del silencio interior y trata de ser fiel al propósito de morar siempre en Dios, con el objetivo claro de disponerte activamente a la escucha humilde del Señor.

Ponte en camino. El desierto no es quietud ni estancamiento, sino peregrinación y combate. No es la tierra prometida, sino el duro caminar hasta alcanzarla. Por eso no te puedes instalar, ni buscar ningún tipo de seguridad o confort. Debes aceptar ser «un forastero en tierra extraña» (1Pe 2,11; Ex 2,22; Sal 119,19).

Sólo quien renuncia de verdad a la eficacia que nos ofrece el mundo y se abraza a la ineficacia evangélica, podrá ofrecer humildemente al Señor su pobreza para poder recibir su gracia y convertirse en eficaz instrumento de Dios.

Una vez entres en el desierto, dedícate exclusivamente a escuchar a Dios que te habla al corazón por su Espíritu; rechazando de plano imaginaciones, recuerdos del pasado, inquietudes del futuro, curiosidades o pensamientos dispersos.

No te apoyes en tus planes o proyectos, para mantenerte libre de todo lo que pueda impedir que Dios se sirva de ti según su voluntad. Él conoce bien el plan que tiene sobre ti y te dará en cada momento la gracia que necesites para llevarlo a cabo.

Prepararse para entrar en el desierto

 

Orando en la soledad del oratorio

 

Aunque lo importante no son los medios ni los métodos, tienes que preparar bien esta experiencia y con tiempo suficiente.

En principio tienes que tener en cuenta el lugar en el que se va a desarrollar el «desierto». De entre todos los posibles sitios habrá que escoger el que te permita un mayor silencio y recogimiento, teniendo en cuenta que el ambiente adecuado puede ser muy distinto para cada persona. De ser posible, busca los lugares dedicados a la oración y que garantizan el clima exterior adecuado. Si no te es posible disponer de un sitio así, al igual que si no dispones de unos días para dedicarlos exclusivamente a la oración, acepta lo que tengas con espíritu de pobreza, sabiendo que el Señor suple con su gracia todo aquello a lo que nosotros no llegamos, después de haberlo intentado con sinceridad e interés.

Durante el tiempo que dediques al desierto trabaja por conservar habitualmente el clima constante de silencio y recogimiento, tanto exterior como interior. En la medida en que tengas que hacer compatible este tiempo con otras tareas o actividades, busca la forma de garantizar el modo de realizarlas sin que rompan el clima interior que te permita la oración contemplativa.

Busca también la materia adecuada que te va a ayudar a orar en el desierto. Si ya conoces esta materia, la preparación general previa consistirá en distribuir los distintos temas a lo largo de los días de que va a constar el tiempo de desierto.

En la selección previa de la materia, habrá que actuar con gran libertad y según la situación y las necesidades personales. Puede ser conveniente tenerla en cuenta toda ella, centrarse en algún o algunos temas concretos, o realizar una selección más o menos amplia de temas.

Para una mejor distribución de la materia de oración es necesario ordenar claramente el tiempo de que disponemos para la oración. A ser posible organizaremos la jornada distinguiendo los ratos de oración, los tiempos de descanso y las demás actividades (comer, aseo personal, dormir, etc.).

Los momentos de oración no deben ser inferiores a una hora completa. Salvo que sientas necesidad de ello, no conviene sobrepasar excesivamente ese tiempo para evitar un cansancio que repercutiría en una dificultad para orar en el tiempo siguiente.

Entre cada momento de oración y el siguiente conviene tener un rato de descanso que permita bajar la tensión espiritual sin salir del ambiente interior de presencia de Dios. Para ello puede ser útil pasear, sentarse tranquilamente sin ningún quehacer concreto o realizar alguna tarea manual sencilla y compatible con el recogimiento.

Construir la oración en el desierto

Una vez tengas el plan general y el horario concreto, prepara cada momento de oración previamente:

1. Lee despacio la materia y detente en los textos bíblicos, si los hubiere.

2. Considera el sentido general y el objetivo del tema, así como las ideas fundamentales.

3. Toma conciencia de las resonancias interiores que suscita la materia en cuestión y, sobre todo, los textos bíblicos.

Con este trabajo realizado, entra en la oración:

1. Dispón del tiempo y el lugar adecuados, sabiendo que vas a dedicarlos exclusivamente a la oración. Quita toda preocupación o interés, aquietando prisas, afectos, añoranzas, miedos, etc. acogiendo la paz que Dios te quiere dar.

2. Ábrete a la presencia de Dios y ponte en su presencia.

3. Pide luz al Espíritu Santo para que te ayude a alcanzar el fin que pretendes en ese momento de oración.

4. Contempla al Señor a la luz de su Palabra, a través de los textos bíblicos que has considerado y ten en cuenta las resonancias interiores del tema. Emplea en ello el tiempo necesario, sin prisas ni agobios.

5. Mírate a ti mismo desde la mirada que diriges al Señor; es decir, evitar mirarte o analizar tu comportamiento de manera «racional» sino a la luz de Dios, mirándote a ti como parte de la contemplación de Dios, en el cual descubres tu realidad más verdadera.

6. Mantente en recogimiento ante el Señor, más allá de ideas o palabras, todo el tiempo posible. En silencio, convirtiendo el tiempo, la atención, la presencia... en un acto de amor a Dios y en expresión de adoración y escucha.

7. Las consideraciones que puedan surgir (luces interiores que hay que aplicar, dificultades que he de afrontar, sentimientos que me invaden, distracciones, etc.) ponlas ante ti y en la presencia del Señor (entre él y tú) sin ningún afán de resolver nada, sino simplemente de mantenerte en una mirada de amor a él.

8. Al terminar el tiempo de oración, procuro cambiar de postura lentamente, conservando en el corazón todo el fuego del amor que he recibido de Dios, de manera que se realice un tránsito suave a cualquier otra actividad que permita mantener en mi interior el «eco» de la luz y de la gracia que he recibido.

9. Al concluir el desierto, he de evitar que esta experiencia se convierta en un acontecimiento que puedo dejar atrás. Para ello, me dispongo a volver brevemente en la oración y en la vida cotidiana a las resonancias que este encuentro con Dios en el desierto ha dejado en mi interior.

Materia para la oración en el desierto

Lo primero que hemos de tener en cuenta es que la experiencia de desierto no se realiza de una manera preestablecida, porque es el modo de orar cuyo único objetivo es el abandono absoluto en manos de Dios para que él pueda tomar la iniciativa de nuestra vida espiritual sin obstáculo o condicionamiento alguno. Esto hace que el proceso de realización de un tiempo de desierto no se pueda sistematizar mucho ni determinar previamente. Lo cual no significa que no se requiera una materia y un cierto trabajo para llevarlo a cabo.

La propuesta de materia de oración que te ofrecemos para tu experiencia de desierto se apoya en la Palabra de Dios en el marco de los Fundamentos para la Vida Contemplativa.

Pero no olvides... que las presentes orientaciones dirigidas a quienes pretenden realizar una experiencia de desierto para contemplativos seculares son sólo eso, orientaciones o pautas generales para tener en cuenta a la hora de llevarla a cabo. Síguelas en la medida en que te sean útiles de verdad; sabiendo que cada persona es única y tiene su modo específico de orar, que es normalmente el mejor para ella; y, sobre todo, que el que «hace» la oración no es uno mismo, sino el Espíritu Santo, que sopla «donde quiere» (Jn 3,8). La conjunción de nuestra propia realidad y el Espíritu, siempre impredecible, hace que no podamos «controlar» la oración. Por eso, más que un manual de instrucciones infalible, estas líneas pretenden ofrecer una simple orientación que no nos encorsete espiritualmente y nos coloque en una actitud abierta y receptiva a la acción de Dios en nosotros.