El discernimiento espiritual y la elección evangélica

«Examinadlo todo y quedaos con lo bueno» (1Ts 5,21)

 

Dudas ante la elección

 

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1. Introducción

a) Qué es el discernimiento

Vivimos en un mundo saturado de opiniones, ideas y proyectos que se nos tratan de imponer, condicionándonos la vida. Y este ambiente se ha filtrado también en la Iglesia y afecta a los cristianos, incluidos pastores y consagrados. Por esta razón se hace imprescindible el ejercicio del discernimiento para tener las garantías necesarias de que llevamos a cabo el plan de Dios y no nuestros planes o las modas del momento.

El fundamento del discernimiento evangélico está en el hecho de que en cada uno de nosotros actúa el Espíritu de Dios, que nos va conduciendo personalmente por un camino concreto, que es distinto para cada persona. Por la fe podemos descubrir el plan de Dios para cada uno; pero se requiere de un método espiritual determinado para poder entrar en la actitud y la disposición que nos permitan encontrar la luz concreta que Dios proyecta sobre nosotros.

El discernimiento de espíritus es la criba de las experiencias de fe, que tiene como objetivo descubrir si su origen es del Espíritu de Dios o del Maligno.

b) Sobre qué aplicar el discernimiento

El discernimiento evangélico debe realizarse principalmente en las grandes opciones que debamos tomar en la vida, como la elección de estado, la aceptación de un cargo determinado, etc. Pero también debemos hacer discernimiento en esas otras determinaciones ordinarias, de las que va a depender nuestra vida, como es la elección de unos valores concretos, un plan de trabajo, unas determinadas actividades apostólicas, etc.

2. La base del discernimiento: las mociones

El criterio básico del que partimos es el siguiente: Dios me ama y quiere salvarme, haciéndome participe de su vida. De este convencimiento emana la confianza como actitud básica de la vida del cristiano. Esto vale para cualquier momento o circunstancia de nuestra vida, pero especialmente para las ocasiones en las que tenemos que tomar alguna decisión importante o en los momentos oscuros. Por eso, si existe algún temor que nos quita la libertad, nos paraliza o dificulta nuestras elecciones, hemos de reconocer que ese temor no proviene de Dios. Y desde ese reconocimiento debemos trabajar para liberarnos de dicho temor y entrar en la confianza que nos permita elegir evangélicamente.

Sobre esta base de libertad, el discernimiento evangélico se apoya en las diferentes influencias que sobre el hombre ejercen Dios y el demonio. Para empezar, podríamos resumir el principio general que rige el discernimiento en una sencilla afirmación que puede servirnos de sencilla regla básica para cualquier discernimiento y elección: Todo lo que viene acompañado de paz, alegría y ánimo es de Dios y todo lo que lleva inquietud, tristeza y desánimo es del Maligno. Y, en consecuencia, también podemos decir que donde hay paz, alegría y ánimo, allí está Dios, mientras que donde hay inquietud, tristeza o desánimo, allí no está Dios sino el Maligno.

Estas diferentes influencias generan en el alma lo que llamamos mociones espirituales, y constituyen la base sobre la que se realiza el discernimiento y la elección. Pueden ser de dos tipos: de consolación y de desolación.

Ni que decir tiene que se presupone la sinceridad con nosotros mismos para que este tipo de trabajo espiritual tenga garantías. Y ésta es una de las razones por las que se requiere la libertad que nos permite reconocer las mociones interiores, así como nuestras actitudes, en verdad. El peligro en este sentido es grande porque engañarnos a nosotros mismos es más fácil que engañar a los demás. Así, por ejemplo, podemos convencernos de que la tranquilidad que nos deja hacer una elección a nuestro gusto es la paz que nos da Dios cuando elegimos según su voluntad; cuando, en realidad, tranquilidad y paz son bien diferentes, aunque se parezcan en algo.

a) La consolación

Se trata de un impulso que mueve el alma con un vigor interior que se expresa en la caridad, la paz y la alegría.

La caridad no tiene que ser necesariamente sensible. De hecho podemos tener una voluntad de amar, que se traduce en actos, en oración y en abnegación, sin sentir nada especial, incluso experimentando oscuridad o sequedad.

La paz de Dios no consiste en la ausencia de agitación exterior o en una mera tranquilidad; es una paz profunda y dinámica, que actúa empapando nuestra vida. No es la simple paz del cuerpo (relajación) es la paz del alma. Es la paz que da Cristo y que nace de la sintonía con Dios, del consentimiento en lo que Dios quiere.

Finalmente, la alegría no es la euforia física, la alegría vulgar o el gozo estético, sino el profundo contento del alma, que es el contento de Dios, de estar con él y de amarlo a él. Es una alegría que puede coexistir con el dolor, el fracaso o los conflictos. Esto mismo es el signo de que no se trata de una alegría natural, sino de la alegría invencible con la que Dios nos vivifica.

b) La desolación

Por desolación no entendemos ninguna de nuestras simples caídas de ánimo, que son parte de nosotros mismos. Evidentemente hemos de ser conscientes de las fluctuaciones de nuestro ánimo para saber reconocer su causa y ponerles remedio; pero el discernimiento se basa en algo más profundo y de una índole distinta al abatimiento o la melancolía.

Es una especie de «depresión espiritual» que perturba nuestra relación con Dios dañando nuestro amor y nuestra confianza en él o nuestro amor a los demás.

No estamos ante una tentación, en la que tiene que existir una incitación al mal. Aquí no se nos propone nada malo, pero se crea una atmósfera que hace difícil la vida espiritual y que nos obliga a buscar la causa y a reaccionar para solucionarla.

La desolación es lo contrario a la consolación y se caracteriza por lo siguiente:

-Desaparece el fervor y el deseo de entrega.

-Se nubla la visión sobrenatural.

-Se experimenta un sentimiento de hundimiento general, acompañado por tristeza, turbación, oscuridad, sequedad del corazón, pérdida de la confianza.

-Se experimenta a Dios lejano.

-Se pierde la conciencia del estado espiritual de uno mismo y se cae en la desorientación interior.

3. La acción de Dios

Hemos de partir del hecho de que Dios responde con su amor de distinta manera según nuestra actitud, dando lugar a diferentes mociones:

a) Consolación

 

imágen bucólica de un bosque

 

Dios que quiere llevarnos a él cuando estamos en camino y vamos respondiendo a las mociones e impulsos de la gracia de Dios en nosotros, él demuestra un gran interés en seguir atrayéndonos a su amor y nos ayuda a progresar en el camino. Su acción se reconoce por un impulso tonificante que nos hace progresar en el bien: sentimos confianza, superamos los obstáculos y los sacrificios, todo se simplifica... Ésta es la acción del buen espíritu que hemos de secundar.

b) Desolación

 

Joven atribulado en la desolación

 

Y cuando nos apartamos de él, eligiendo un camino distinto al de su voluntad, Dios, por amor, aunque con «respeto», nos incordia interiormente para volver a atraernos a él. Especialmente si nos apartamos de Dios por medio del pecado, nos vemos sacudidos en nuestra tranquilidad, siendo turbados y finalmente atormentados por un verdadero remordimiento que nos fuerza a enfrentarnos a nuestro propio pecado. Así es como Dios nos espolea a volver a él y a buscar y esperar su perdón. Lo característico de esta turbación es que anima nuestra esperanza en Dios, en vez de desanimarnos, como hace el demonio.

Aquí hemos de señalar que existe un tipo de remordimiento persistente, cuya razón no se descubre a pesar de la buena voluntad y de los medios que pongamos, y que no cede ni siquiera con la confesión. Esto no lleva la huella de la acción de Dios; y hay que sospechar que se trata de un desorden psicológico más que religioso.

4. La acción del Enemigo

Paralelamente a la acción de Dios, el demonio también hace su tarea. Su objetivo es lograr a toda costa nuestro alejamiento de Dios; aunque sea dando un rodeo por el bien, o proponiendo un aparente bien mayor al que Dios quiere. De ese modo es como tratará de dificultar el plan y la actuación de Dios en nosotros.

Hemos de tener muy presente dos características de la acción de Tentador. La primera es que, a diferencia de la acción de Dios, el demonio no suscita en ningún caso consolación, sólo desolación. Y la segunda, que la acción del enemigo no se proyecta directamente sobre los afectos o la voluntad -como sucede en el caso de la consolación de Dios- sino sobre la razón. Éste es el campo al que el demonio tiene acceso. Por eso no puede provocar directamente la desolación, sino como fruto de unos razonamientos que provocan la desolación propiamente dicha, y que es la consecuencia de nuestro alejamiento de Dios.

Así pues, la acción del demonio sólo puede llevar a desolación; a la que llegamos por dos vías distintas, según estemos en gracia o en pecado.

a) Desolación cuando estamos en gracia

Si estamos en gracia, el demonio tratará de apartarnos de Dios sirviéndose de algunas situaciones o circunstancias de la vida que hacen que las dificultades se acumulen o crezcan desmesuradamente, así como que nuestras limitaciones psicológicas inunden el terreno religioso. Evidentemente hemos de tener todo esto muy en cuenta para dar la batalla eficazmente poniendo los medios adecuados según el terreno en el que nos movamos.

También podemos reconocer la huella del Adversario cuando estamos siendo fieles a Dios y aparece la oscuridad, el desánimo, el temor o el escrúpulo y nos encerramos en nosotros mismos, perdiendo el tiempo y las energías que necesitamos para crecer espiritualmente.

b) Desolación cuando estamos en pecado

Si llevamos una vida de pecado el demonio tratará de llevarnos al adormecimiento de la conciencia que lleva a quitarle importancia al pecado, haciendo así que nos mantengamos habitualmente en él.

La desolación que suscita no tiene nada que ver con la inquietud esperanzada a la que Dios nos empuja. A través de razonamientos como: «Siempre estoy igual, no voy a salir nunca de esta situación, Dios no me puede perdonar, etc», el Tentador tratará de que caigamos en el desánimo y la desesperanza, que constituyen una forma de desolación que dificulta enormemente el regreso a Dios y el cambio de vida.

5. Cómo actuar en las mociones

a) ¿Qué hacer en la desolación?

Una tarea básica previa es analizar si la desolación tiene una causa física o psicológica. Si es así, hemos de poner los medios adecuados para resolver dicha causa, acudiendo al médico o al psicólogo, descansando más, etc.

En condiciones físicas o psíquicas normales hemos de tener en cuenta la dirección en la que caminamos. Si nuestro rumbo está orientado según unas elecciones bien hechas y estamos tratando seriamente de cumplir la voluntad de Dios, hemos de proseguir en la misma dirección. Hay que evitar cualquier cambio con respecto a lo que hacíamos antes de que llegara la desolación, tal como afirma san Ignacio de Loyola: «En tiempo de desolación no hacer mudanza» [318]).

En cualquier caso hemos de mantener la calma, tratando de sosegarnos, tanto corporal como mental y espiritualmente, tomando conciencia de que lo que importa no es cómo nos sintamos sino que trabajemos objetivamente por hacer lo que tenemos que hacer.

En este sentido hemos de buscar la objetividad. Para ello debemos considerar lo que me sucede con la máxima objetividad, tratando de mirarlo desapasionadamente, como si nos mirásemos desde fuera; intentando no exagerar las cosas ni dejarnos llevar por el dramatismo.

Hay que potenciar la fe y la confianza en Dios. Para lo cual hemos de reconocer que los sentimientos no tienen ninguna importancia, aunque nos resulten muy agradables o dolorosos. Lo que somos no es lo que sentimos sino lo que hacemos. A partir de aquí debemos recordar y devolverles su valor a las razones de la fe: Por muy mal que me sienta, Dios me ama, cuida de mí, me da su gracia, etc.

Hay que apoyarse claramente en la fidelidad de Dios, siendo consciente de que, aunque nos sintamos en medio de una dura tormenta, Dios siempre vive en la luz, la paz y el amor. Y eso nunca cambiará.

Todo esto exige que se potencie la oración. Además de procurar que ésta sea más profunda y auténtica, hay que tratar de prolongarla, en lugar de acortarla, que es a lo que tenderíamos. Ese esfuerzo nos hace más pobre y humildes y, por tanto, más receptivos a la gracia.

En clima de oración hemos de pedir ayuda a Dios, confiando en sus palabras: «Llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).

Debemos trabajar serenamente para remediar lo que veamos que está mal y puede arreglarse, aceptando con paciencia aquello que no tiene solución o no está en nuestra mano alcanzarla.

Finalmente, hemos de mantener la mirada providente que nos asegura que Dios puede llevarnos por caminos desconocidos, pero que, aceptados en fe, son siempre caminos de liberación.

b) ¿Qué hacer en la consolación?

Lo más importante es consolidar el fruto de la gracia. Aquello que vemos con claridad, a lo que nos sentimos movidos por Dios, tiene que convertirse en valores y comportamientos habituales para nosotros. Hemos de asentarlos tan firmemente que las dificultades que puedan sobrevenirnos en el futuro no los puedan cambiar.

No hay que tomar decisiones precipitadamente, ni realizar cambios significativos en nuestra vida, así como hacer promesas. Cualquier decisión debe hacerse con serenidad y tiempo suficientes para que hayan madurado. En esta maduración es muy importante contar con el consejo experimentado de un director espiritual.

Es importante que no nos atribuyamos a nosotros mismos la felicidad que experimentamos ni nos gloriemos en ella como si fuera algo que merecemos o hemos conseguido, sino que hemos de ser humildemente conscientes de que se trata de un don recibido inmerecidamente.

Por último, hemos de aprovechar la fuerza de la gracia para prever la conducta que debemos tener cuando llegue la desolación en el futuro.

6. La dinámica del discernimiento: la elección

a) El proceso

Por elección no entendemos la decisión de una persona que sopesa los pros y contras de varios objetos de elección y elige de manera «natural». Esto es simplemente un acto natural del hombre que actúa guiado por la razón.

Elección para san Ignacio es un acto por el que el cristiano, que reconoce en su vida la acción del Espíritu Santo, se une a Jesucristo para cumplir la voluntad del Padre. Esto supone que la «elección» coloca nuestros puntos de vista bajo la luz del Espíritu.

El proceso a seguir para llevar a cabo el discernimiento para una elección evangélica consta de varios pasos. Se trata de fases sucesivas que normalmente siguen un orden, aunque en ocasiones puede que algunas de esas fases no se realicen de manera sucesiva o se combinen con otras, ya que todas están directamente relacionadas. Por eso mismo el análisis de las mismas siempre debe tener en cuenta la relación que existe entre ellas.

Podríamos determinar la secuencia del proceso de la siguiente manera:

b) Sujeto de la elección

Lo primero que hay que tener en cuenta es que deberían hacer elección evangélica:

-Quienes por su edad o circunstancias no hayan hecho elección de vida.

-Los que hicieron elección en su momento pero se encuentran en una situación que requiera tomar decisiones ordenadas evangélicamente.

Por el contrario no deben hacer elección:

-Quienes ya hicieron la elección en su momento y se encuentran en un estado que no se puede desatar, como sacerdotes, casados, religiosos. En estos casos no cabe hacer elección de estado, pero sí se puede realizar una elección sobre medios o modos de perfeccionar la elección ya hecha.

-Quienes carecen de libertad para elegir porque tienen miedo a las consecuencias de la elección o se resisten a plantearse problemas. En cualquier caso es fundamental la libertad para poder elegir.

c) Disposiciones para la elección

 

Gota de agua

 

Para ayudar a realizar el proceso de elección, san Ignacio experimentó y nos dejó Los Ejercicios Espirituales, que son el método idóneo para colocar al hombre en la disposición más adecuada para hacer una verdadera elección. Con frecuencia quienes hacen los Ejercicios creen que lo más «interesante» de los mismos es el momento de hacer elección. Sin embargo, se trata de algo secundario con respecto al proceso general de los Ejercicios que no tiene como fin la elección sino llevarnos a la libertad interior que permite hacer una elección evangélica.

A la hora de tomar decisiones, tenemos el peligro de hacerlo en función de nuestros sentimientos o de nuestra capacidad intelectual. Pero, al tratarse de una elección «evangélica» estamos hablando de un discernimiento que va más allá de las capacidades naturales del ser humano.

Es evidente que quien quiere elegir para acomodarse a la voluntad de Dios tiene que realizar un trabajo concreto; pero no como algo mágico que realice un milagro espectacular de claridad y seguridad, sino como la base humana que nos permite entrar en la mejor disposición para abrir los ojos y ver las cosas con la claridad de Dios y liberarnos de condicionantes ataduras externas e internas para poder decidir con verdadera libertad.

Así, nuestro esfuerzo, que por sí mismo no puede alcanzar la eficacia sobrenatural que sólo da la gracia, nos brinda la seguridad de saber que, en la medida en que nuestra motivación es la gloria de Dios, el ejercicio de discernimiento nos acerca, con seguridad de fe, al descubrimiento de la voluntad divina sobre una realidad concreta de nuestra vida.

d) Punto de partida

Dada la importancia de nuestra actitud es muy importante que empecemos por someter a examen la calidad de los motivos que impulsan la decisión que queremos tomar, según indica san Ignacio: «En toda buena elección, en cuanto está de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple» (Ejercicios Espirituales, 169).

Para comenzar he de partir de lo que constituye la base fundamental del discernimiento, que es el convencimiento de fe de que Dios tiene un plan personal sobre mí y, consecuentemente, mi actitud debe ser no querer otra cosa que el cumplimiento de su voluntad.

A partir de todo esto, el que va a hacer elección tiene que asegurarse firmemente en el objetivo último que pretende, que no puede ser otro que buscar la gloria de Dios y el mejor servicio a Jesucristo en su Iglesia.

Así pues, la preparación inmediata para el discernimiento consiste en tomar conciencia clara del fin último de la propia vida, que es dar gloria a Dios y salvarse. Lo cual, aplicado a la elección, supone que:

-Hay que elegir aquello que mejor ayude a ese fin.

-No se puede anteponer el fin al medio, sino el medio al fin. No sería verdadera elección, por ejemplo, la de alguien que quiere casarse simplemente porque se ha enamorado y, puesto que se va a casar, pretenda dar gloria a Dios con el casamiento.

e) Materia de elección

El siguiente paso exige que se definan claramente los objetos sobre los que trata la elección, sabiendo que sólo podemos elegir evangélicamente entre cosas buenas e indiferentes entre sí. No cabe elección que tenga un objeto malo. Fundamentalmente se elige entre estados de vida: el estado «común» -soltero o casado-, que supone una vida cristiana con el normal uso de bienes materiales, y el estado de «consagración» que exige la pobreza «actual».

También pueden entrar otros objetos en la elección: tomar un oficio u otro, recibir unos bienes, aceptar un empleo o un cargo, hacer una determinada carrera, emprender un noviazgo, disponer de cierta cantidad de dinero para vivir, realizar unos gastos, llevar a cabo renuncias concretas, opciones ante problemas familiares, etc.

f) La oración

El ámbito propio del discernimiento es la oración porque es precisamente en ella donde el Espíritu Santo proyecta la luz que necesitamos para poder orientar nuestra vida según Dios.

La oración propia del discernimiento tiene que llevarnos a un estado de claridad respecto de los sentimientos y valores propios de Jesucristo, a un conocimiento profundo de las mociones que existen en nuestro interior, a la libertad espiritual de quien sólo busca la voluntad de Dios, y al conocimiento objetivo de los elementos objetivos que entran en nuestra elección.

g) Recopilación de datos

Antes de seguir adelante es necesario hacer una seria y objetiva recopilación de los datos que afectan a la elección que queremos realizar. Debe ser una recopilación objetiva; es decir, serena, imparcial y reflexiva. Lo cual no quiere decir que se realice al margen de la fe, porque es el creyente el que emplea la razón, iluminada por la fe, para recoger los elementos que configuran los objetos de la elección.

La elección propiamente dicha

Llegados aquí entramos en el ejercicio concreto de elección. Existen tres modos fundamentales de realizarlo: Por una acción inmediata de Dios, por las «alternancias» de las mociones espirituales, o de manera sistemática, cuando no existen la moción directa de Dios o las alternancias.

Estos tres modos no se excluyen mutuamente, de manera que se puede pasar de uno a otro para lograr una mayor garantía.

a) Por la acción inmediata de Dios

 

Las manos que dejan volar la paloma

 

El primer modo de elección se realiza cuando Dios ilumina claramente el interior y mueve la voluntad, de forma que no se duda ni se puede dudar de lo que hay que elegir. Este se da porque Dios es libre para actuar en el alma sin mediaciones o intermediarios. Al existir una acción directa de Dios sobre la voluntad, ésta se mueve espontáneamente, produciendo un fuerte asentimiento. En estos casos, por tratarse de la acción de Dios no hay necesidad de más pruebas que la misma gracia recibida.

Una característica significativa de este modo es la ausencia de un sentimiento previo que pudiese provocar el cambio.

En este modo existe una seguridad interior absoluta de que la elección viene de Dios. A la vez, surge espontáneamente una total docilidad de la voluntad para llevar a cabo el resultado de la elección, incluso cuando se hubiera pensado hacer otra cosa.

Nuestro trabajo en estos casos se limita a pedir a Dios la fidelidad a la gracia recibida, a disponernos a vivirla con alegría y a tratar de vivir en vigilancia para que dé el fruto que Dios quiere.

b) Por las alternancias espirituales

El segundo modo de elección se apoya en las «consolaciones» o impulsos positivos y las «desolaciones» o impulsos negativos. La voluntad se inclina y se retrae alternativamente, según aparecen unos impulsos u otros. Estos cambios en los sentimientos siembran el desconcierto en nosotros y dificultan la toma de decisiones.

El discernimiento en este modo de elección tiene que hacerse sobre el valor de los impulsos que se van alternando, así como de la valoración que hemos de hacer de la misma alternancia en función de la intensidad que tengan los impulsos y la duración de los mismos. Se trata de un discernimiento que requiere algo de tiempo, para poder estudiar las «alternancias»; pero con paciencia se puede llegar a una visión clara sobre lo que hay que elegir.

 

El rostro dividido

 

La clave del discernimiento en este modo estriba en el examen de los impulsos. A propósito de la consolación y desolación, hemos visto que recibimos diversas influencias interiores que tenemos que discernir según sean de paz o de inquietud y lleven a humildad o a soberbia. Conservando las disposiciones para una buena elección, y siempre bajo la acción del Espíritu Santo, este es el momento de ir analizando, a medida que se producen, los efectos que nos causan nuestros deseos y sentimientos. Mediante el examen de la duración, la intensidad y el tipo de impulsos que se van alternando en el alma se puede llegar a la evidencia interior que Dios concede a quien busca sinceramente su voluntad sin desanimarse.

Lo que procede del tentador es duro, excita la imaginación y reclama una ejecución inmediata, porque el demonio no conoce demora. De aquí proceden multitud de inspiraciones falsas y de elecciones equivocadas, aunque puedan tener objetivos buenos. La acción de Dios lleva a la paz, la confianza en él y la entrega a los demás, aunque su presencia nos desconcierte o nos proponga metas que nos cuesten o desagraden.

Para realizar este discernimiento es importante comenzar por detectar en la propia vida lo que podríamos llamar las «constantes de Dios», que son los puntos u objetos hacia los que parece que nos impulsa el Espíritu Santo en los períodos de más calma de nuestra existencia.

Y como la apariencia de los impulsos contrarios al Espíritu es engañosa, es importante que, después de haber hecho este examen, lo sometamos a una revisión objetiva en la dirección espiritual.

c) Elección sin mociones

En tercer lugar existe un discernimiento para las ocasiones en que no existe ninguna moción interior ni se dan alternancias. A pesar de ello, si tenemos que realizar una determinada elección podemos contar con un método para hacerla de manera evangélica. Se trata de un trabajo de reflexión que debe estar rodeado de oración y que tiene los siguientes tiempos:

1. Determinar con claridad el objeto de la elección.

2. Considerar el fin para el que he sido creado y hacerme indiferente respecto a los objetos de la elección.

3. Pedir a Dios que mueva mi voluntad y mi espíritu hacia lo que debo hacer.

4. Confeccionar una tabla en la que vaya poniendo las ventajas e inconvenientes de cada uno de los objetos de la elección.

5. Analizar desapasionadamente la tabla y ver dónde se inclina más la razón; es decir, dónde existen más ventajas o menos inconvenientes; por supuesto dejando al margen nuestros propios intereses o conveniencias. Todo esto debe hacerse sin perder de vista que el objetivo último tiene que ser la gloria de Dios.

6. Hecha la elección, hacer una oración ofreciéndola a Dios para que la reciba y la confirme si es para su gloria y alabanza.

d) Otros modos complementarios de elección

Como garantía y complemento de estos tres modos, san Ignacio propone dos formas de elección que complementan las anteriores para encontrar una garantía suplementaria, y que requieren el uso de la imaginación:

1. Imagino vivamente que una persona desconocida me manifiesta los sentimientos, inclinaciones y preocupaciones que yo tengo y me pregunta qué debe hacer. Considero qué le diría sobre lo que debe hacer para conocer y elegir lo que sea para mayor gloria de Dios y perfeccionamiento suyo. Esta respuesta es la que debo aplicarme a mí mismo.

2. En un clima de oración me sitúo en uno de esos momentos de la vida en los que mi mirada es más lúcida y desinteresada. Para ello, imagino con todo detalle que estoy en trance de morir y recuerdo el momento actual y la elección que ahora me ocupa, tratando de ver qué me hubiera gustado elegir. Eso mismo es lo que debo decidir ahora.

Garantías de la elección

Finalmente, una vez hecha la elección, todavía conviene buscar algunas garantías que nos afiancen en la seguridad de que hemos hecho un correcto discernimiento.

a) La confirmación interior

Como nos movemos en el ámbito de la vida espiritual, cualquiera que sea el objeto de la elección, cuando llega el momento de realizarla conviene que permanezcamos en una fuerte atmósfera de recogimiento y oración.

Para tener garantías en el discernimiento hemos de conservar el firme propósito de no tomar resolución alguna hasta no tener una gran seguridad interior de que lo que hemos decidido es lo que Dios quiere.

La garantía fundamental de una elección según el Espíritu es la consolación, que lleva a una experiencia de paz profunda, de alegría interior y de intuición serena de estar en el camino de Dios. Esta seguridad no es algo que se experimente con la cabeza, como un convencimiento de la conveniencia racional de la elección; ni tampoco en lo más exterior de los sentimientos, como un gozo superficial. Es una experiencia que se origina en lo más profundo del corazón y que mueve a actuar con paz y con la energía que permite superar las dificultades por amor a Dios y a los hermanos.

b) La confirmación exterior

Además de la seguridad interior, podemos encontrar también un apoyo externo para el discernimiento. Se trata de la confirmación que nos viene a través de un instrumento de Dios, como el director espiritual, el superior, en la vida consagrada, etc. Este instrumento puede revisar con más objetividad y desapasionadamente tanto el proceso del discernimiento y su fruto.

De hecho, para que la elección sea evangélica, normalmente debe ser revisada por un testigo cualificado e imparcial. El director espiritual podrá hacer una valoración objetiva del método empleado y de los motivos esgrimidos, aportando así una luz insustituible sobre la elección. De hecho, ésta es la función principal de la dirección espiritual que no sustituye nuestra tarea de discernimiento ni nuestra responsabilidad en la elección, pero realiza un análisis externo del proceso que hemos realizado para garantizarlo o evidenciar los errores que hayan podido filtrarse en él y puedan llevarnos a una elección equivocada.

También en el terreno de la confirmación exterior debe darse la consolación; teniendo en cuenta que se trata de una experiencia de paz interior compatible, a veces, con ciertas dificultades sensibles.

c) La confirmación definitiva

Aunque el proceso se haya realizado bien y la decisión se vea con claridad, las decisiones en el campo de la fe deben estar siempre sometidas a revisión mediante un discernimiento renovado, siempre que la experiencia demuestre que se necesita. Sólo alcanzamos la confirmación definitiva como un don que Dios nos hace a través de la donación de su amor en lo concreto de nuestra historia personal.

Mientras tanto, puede suceder, por ejemplo, que se alcance la consolación y la confirmación de la elección y que, a pesar de todo, la decisión se demuestre como inadecuada porque no se haya tenido en cuenta algún dato necesario o porque exista algún cambio significativo en la situación personal.

De cualquier manera, lo importante es que la respuesta, aquí y ahora, sea evangélica. Entonces, la confirmación surgirá de manera normal porque la decisión a la que se ha llegado es una respuesta realmente libre a lo que se ha discernido como voluntad de Dios en el momento actual. Entonces se puede afirmar que uno ha encontrado en su interior la voluntad de Dios y la lleva a cabo, como expresión del amor real a Dios en lo concreto de la vida.

Si más adelante la experiencia nos ofrece alguna evidencia de que algo falta o no se ha considerado adecuadamente en el proceso de discernimiento, el reajuste del mismo se podrá realizar en el clima de paz propio del discernimiento evangélico y con la serena confianza de que Dios hará brotar el bien de ese mismo error o deficiencia que haya podido existir, como una creación pascual de nueva vida en nosotros.